En estos días les coloqué una noticia en donde les comentaba que gente alrededor del mundo se estaba vistiendo de super héroes y salía a la calle a “hacer el bien”. Pero por muy “alocado” que me resultó aquello, no cabe duda que siento una cierta simpatía por estos amigos…

Pero para darles un ejemplo, que demuestre lo difícil que es llevar la fantasía de convertirse en un super héroe a nuestra realidad de todos los días, déjenme contarles tres “aventuras” en las que me vi involucrado.

Super Gritón
La primera historia sucedió hace ya varios años, seis o siete años atrás; era la época en la que yo caminaba muchísimo, Barquisimeto era todavía una ciudad relativamente segura, caminaba por la avenida 20, por la zona que va entre la avenida Moran y la Avenida Vargas; en ese entonces yo consideraba aquello “mi área” es decir, parte de los lugares en donde me sentía seguro.
Yo caminaba por aquellas calles pensando en el hiperespacio, la fusión nuclear (solo faltan diez años), la nanotecnología, etc.
De pronto, pocos metros delante de mi, veo un movimiento extraño, y escucho un grito, “¡Auxilio mi celular! ¡Me robaron mi celular! ¡Ayuda!” Una muchacha tirada en el piso, evidentemente la habían tumbado con la fuerza del arrebatón, la ayudo a levantarse y ella me señala adelante donde supuestamente va el tipo que le robó el celular. Antes que me diera cuenta como, estábamos corriendo detrás del maleante, yo, totalmente fuera de entrenamiento iba casi empujado por la muchacha. Sin embargo vi la figura que se movía rápidamente delante de nosotros y comencé a gritar (modestia aparte) con la enorme voz que me caracteriza: “¡Agárrenlo!” “¡Se robó un celular!” “¡Párenlo!” “¡Ladrón!”
A todas estas la carrera continúa y para mi enorme sorpresa la distancia se ha reducido bastante, no era que yo corriese mucho, es que la muchacha empujaba bien. Me encuentro a poca distancia del tipo y empiezo a pensar “¿Y ahora?” Se me ocurrió que podía practicarle un tackle, un movimiento que conozco bien de cuando practicaba rugby, pero ¿y después? ¿Qué pasa si me saca un cuchillo? ¿Qué hago si comienza a pelear? No sé si aquello “me enfrió el guarapo” y comencé a correr mas lentamente o si el tipo me sintió cerca y apretó el paso. De pronto el sujeto cruzó en una esquina y lo perdimos; pero cuando llegamos lo encontramos encañonado por la pistola de otro ciudadano quien lo había alcanzado con su camioneta.
Entonces vi al ladrón, un pobre muchacho, flaco, sucio y mal vestido, verdaderamente daba lastima, la gente lo tenía rodeado y podía verse su cara de angustia.
La muchacha recuperó su celular, la policía llegó (curiosamente andaban cerca) y con bastantes maltratos se llevó al joven ladrón (pobre ser).
Me fui de allí con el corazón todavía latiendo a mil, nadie me dio las gracias ¿merecía yo que me dieran las gracias? No hice gran cosa aparte de correr y gritar como loco…

¡Amarren los celulares!
En otra ocasión, poco tiempo después y por una zona cercana, caminaba yo por las calles que van de la Escuela de Administración (como siempre admirando el desfile de bellezas de ese decanato) y la avenida Vargas, pensando que al ser menos céntrico y comercial sería mas seguro, craso error.
Voy caminando por la calle 11 y me dirijo a la avenida 20, veo a una muchacha de esas que abundan en nuestro país, las que alquilan celulares, está allí, con su bebé en brazos, un paraguas, una mesita y tres o cuatro celulares, y un “cliente” hablando por uno de los teléfonos, yo paso de largo por que es una escena que no tiene nada de particular; iré pocos metros cuando escucho el grito “¡mi celular” “¡Agárrenlo que me robó el celular!” Yo volteo y veo la figura corriendo, un muchachito que difícilmente tendría quince años, a toda velocidad. Evidentemente, el supuesto cliente, vio la oportunidad de quedarse con un celular de forma gratuita y decidió que robar era bueno.
En otro de esos impulsos locos, arranco a correr yo también, la muchacha grita detrás de mí. Pero evidentemente no tengo el entrenamiento, ni el calzado, ni la ropa adecuada para correr, rápidamente el joven pone un buen trozo de distancia (además llevaba ventaja) entre nosotros y cruza la esquina, y cuando alcanzo la vuelta, desapareció…
¿Se metió en una de las casas? ¿Voló? ¿Se volvió invisible? Di unas cuantas vueltas alrededor de la zona, pero inútilmente, no sé cómo, desapareció.
Volví donde la muchacha y la consigo rodeada de sus familiares o amigos, está llorando la pobre, ese celular es una inversión de dinero y le representa una ganancia económica, evidentemente no se va a volver millonaria haciendo aquello, pero la perdida le duele.
La muchacha me lanzó una mirada de reproche y los que estaban con ella me hicieron unas preguntas extrañas, como si sospecharan que yo podía ser cómplice del ladrón.
Terminé cansado, sudado y sintiéndome mal.

Tres pasos
La tercera y última ocasión, sucede tiempo después, de hecho hace menos de un año.
Acababa yo de dejar a mi niño en el conservatorio de música, y me fui caminando hasta el centro comercial Paseo, que queda relativamente cerca, para esperar a que terminen las clases del niño.
Subo al segundo piso, para mirar la vidriera de Magic Sur Barquisimeto, la única (creo) tienda que vende juegos de mesa, miniaturas, comics, etc. En la ciudad. Me distraigo un rato en aquello, luego paso a mirar la exhibición de la tienda de computación que queda cerca, a pocos metros quedan los baños del centro comercial; de donde súbitamente salen unos gritos femeninos “¡Auxilio me robaron!” “¡Agárrenlo!” “¡Auxilio!” Y allí estaba, la figura corriendo, un tipo mas o menos de mi edad, bajito de bigote con una gorra roja. Nuevamente sin pensarlo mucho arranco a correr detrás del sujeto. No fue una carrera larga, el ladrón no tenía mucha ventaja, pero como corría, no fue una carrera larga, del baño a las escaleras no hay mucho espacio, pero se hacía evidente que el sujeto corría mas que yo; cuando llegó a las escaleras, aquello fue impresionante, apenas tres pasos fue lo que le tomó llegar a planta baja, a mi me tomó el doble, se hacía evidente que no lo iba a alcanzar, nuevamente hice uso de mi voz “¡Agárrenlo!” “¡Lleva una gorra roja!” “¡Lleva una gorra roja!” de inmediato dejó caer la gorra, mientras continuaba corriendo a toda velocidad.
Cuando por fin llegué a la salida del centro comercial, el ladrón ya había cruzado la avenida Los Leones y yo estaba sudado y sin aliento.
Según me enteré después lo que había pasado era que una señora había sacado una fuerte cantidad de dinero del banco cercano, el ladrón entonces la obligó de algún modo a meterse en silencio en el baño del centro comercial y a entregarle el dinero.
La señora lloraba sentada en una mesa acompañada de uno de los vigilantes. Las personas que trabajan en las tiendas se acercaron a preguntarme qué había pasado y me manifestaron su enorme molestia con la vigilancia.
Todavía visito con frecuencia el centro comercial Paseo y me gusta pensar que aquellos que se sonríen conmigo es porque todavía recuerdan que por lo menos intenté hacer algo.
Estas tres historias de tres fracasados intentos de “dármelas de super héroe” traen muchas reflexiones:

1º Mi forma física no ha mejorado mucho estos últimos años, ya lo sé, no hace falta que me lo digan, aunque sé que igualito me lo van a decir 🙂

2º No alcancé a ninguno de los tres, pero la gran pregunta es ¿qué hubiese hecho de haberlos alcanzado? Evidentemente habrían opuesto resistencia, tendría que golpearlos, herirlos, etc. ¿Es eso legal? Y como no soy Check Norris ni Bruce Lee, probablemente yo también habría salido herido o peor.

3º Lo mejor sería que estas cosas no ocurrieran, es muy triste ver a un ser humano convertido en un ladrón, estoy seguro que esos sujetos preferirían estar en sus casas con sus familias, pero probablemente las circunstancias de la vida no les dejaron opciones.

La ficción es muy distinta de la realidad…

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