Claudio G. del Castillo nos complace con otro de sus relatos, en el interior de nuestras computadoras, la vida no es tan pacífica como nos han hecho creer 😉

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Riña booleana

Clic… Clic… Clic-clic… Clic… Clic-clic… Clic. Clic-clic-clic-clic. Cliiic…

Érase una palabra binaria, repleta de Unos y Ceros, que transitaba veloz por el bus principal rumbo al microprocesador. Contenía una instrucción indispensable para culminar con éxito cierta tarea. De repente hubo un pisotón y un Uno echó pestes de un Cero más obeso de lo normal. El Cero, colorado como el logo de ATI, lo aplastó y disimuló. Pero el daño estaba hecho: se había perdido la integridad de la información. Los números binarios son harto responsables, por lo que la irreversibilidad del suceso –era evidente que el Uno había muerto– caldeó los ánimos. Un Uno mostró el dedo del medio a quien se sintiera aludido y la provocación desató un aluvión de sopapos que duró casi tres nanosegundos. No se había instaurado el orden cuando la inquieta palabra arribó a su destino.

Al ver lo que se le venía encima, el Micro afianzó todas sus patas excepto dos, que utilizó a modo de brazos para indicar un enérgico ¡STOP!

–¿A qué se debe este alboroto? –preguntó y desaceleró el ventilador hasta las 1000 rpm para oír mejor.

Un Cerito vocinglero expuso acalorado su versión del incidente; versión que no satisfizo a los Unos:

–La cosa no fue tan tan tan –intervino el líder Uno–. Si no se movieran como vacas ciegas en un cuartón no tendríamos que lamentar esta desgracia.

Los Ceros se crisparon ofendidos y el escándalo recobró intensidad.

–Cálmense, por favor. Hablen de uno en uno –les pidió el Micro.

Y los Unos, ni cortos ni perezosos, hablaron. Sus argumentos se desplazaron en el espectro hacia el negro de los trapos sucios. Explicaron que no objetaban que la aritmética fuese binaria, pero que podrían evitarse los disgustos empleando, quizá, Unos y Sietes; que donde cabe un Cero caben tres Unos, o dos Sietes; que los paquetes de datos no se atiborrarían sin necesidad; que se economizaría ancho de banda; que la cosa estaba mala… Los Ceros, más comedidos por naturaleza, alegaron que igual de valiosos eran unos y otros. Aunque después aclararon que cuando decían “unos” no se referían precisamente a los Unos; que no querían crear confusión con el término “otros” y que alguien se agarrara del clavo caliente e insinuara que se referían a los Sietes; que que fueran Ceros estaba bien.

Tal enredo hizo suspirar al Micro:

–Juntos logran absoluta coherencia, mas sus razonamientos individuales son ilógicos, ¿me oyen?, ilógicos.

Tratándose de quienes se trataba, la acusación era seria; viniera de quien viniera.

–¡Falso! –se desgañitaron los Unos.

–¡Verdadero! –bramaron los Ceros y enseguida se callaron.

Cuando se escucharon a sí mismos cundió el desconcierto.

–Por aquí no pasan –quiso concluir el Micro.

–¡Ja!, eso sólo se le ocurre a usted, que no tiene dos transistores de frente –se burló el Cerito vocinglero.

Y los Ceros rieron a mandíbula batiente.

–Somos los garantes de una instrucción vital. ¡Yo paso por mis narices! –imprecó el líder Uno mostrando el dedo.

Y sus colegas lo secundaron.

–Ni lo sueñen –dijo el Micro–. A mí no me direcciona una palabra mutilada llena de locos. ¡Sabrá Dios que tonterías me hagan ejecutar! Si no se tranquilizan les aplicaré una interrupción por tiempo indefinido. ¡Se van a pudrir en el stack! –casi gritó.

Ahí se le fue la musa pues a la clase obrera no se persuade de esa manera. Los Ceros y los Unos se reunieron en conciliábulo y resolvieron penetrar a sangre y fuego. Contornearon al Micro y, tomando por asalto un puerto abierto –debido a una negligencia que habría que investigar–, irrumpieron en tropel en su interior. Al principio el Micro percibió un cosquilleo próximo a la caché, luego lo acometieron unas contracciones en el ojo del núcleo –o centro del núcleo, piénsese en los huracanes– que para que contar. Era obvio que los amotinados hacían de las suyas a muy bajo nivel. En cualquier momento lo estropearían por completo.

El Micro intuyó que el asunto se le estaba yendo de las patas. Aquello era una revolución en toda regla que amenazaba con extenderse al resto de la motherboard. Ya advertía a su izquierda un estira y encoge entre el disco IDE y el Serial-ATA que tenía trazas de ir a mayores. Como el Micro formaba parte de una modernización reciente, solicitó la opinión experta del BIOS –que era un Megatrends del 97.

Clear CMOS y Press F1 to continue o, si se acuerda y le interesa, Del to enter setup para configurarme otra vez. Haga lo que quiera. A mí me da igual –comentó amargado el BIOS, escupió un chicle y guardó obstinado silencio.

Era su respuesta habitual.

Así no puedo trabajar, se dijo el Micro y tomó una decisión que elevó su temperatura hasta rozar los 100 grados. ¡Multitarea un cuerno! Si quería procesar con eficiencia las peticiones insistentes que le llegaban desde el exterior, debía imponer respeto en su propia casa. ¡Y pronto!

–¡Esto se jodió! Activen el protocolo de emergencia –vociferó, se quitó el cinto y lo chasqueó–. Ya verá esa palabrita pendenciera de lo que soy capaz.

Cada cual conocía su papel: el COM1 bostezó; la Epson imprimió alocada 17 páginas de prueba; el ratón óptico parpadeó, se puso bizco y bizco quedó; los berridos de la multimedia emularon con los de la disquetera; el monitor, que contemplaba embelesado a la joven que tenía delante, recibió un doloroso pellizco a través del pin 9 del conector VGA.

–Volcado de memoria, ¿ahora? –refunfuñó.

Pero donde manda capitán no manda soldado, conque pantalla azul y se acabó.

La operadora convulsionó literalmente y sendos hilos de saliva asomaron por las comisuras de sus labios. El despliegue de sus facultades intelectuales durante la segunda mitad de la jornada laboral había sido en vano. Furiosa, abofeteó al monitor, declarándolo culpable en base a criterios muy personales. Inconforme con los resultados se aferró al teclado e interpretó impecable el ¡parapapánnn! de la 5ta de Beethoven. La validez del método fue nula. Su último recurso fue un chillido histérico, familiar para el informático. Este se le acercó servicial.

–Yo no he tocado nada, te lo juro –intentó justificarse la muchacha.

–¿Se bloqueó sola? –preguntó él, sonriente.

–Sola solita.

–Hmmm.

–Es que estaba jugando Carta Blanca –confesó ella–, el supervisor me vio y tuve que miniminizar corriendo…

–Minimizar.

–¡Qué pesado eres! Mi-mi-ni… ¡Uyyy!, si ya iba a ganar… –dijo, y dedicó una mirada asesina al ordenador.

Autor: Claudio G. del Castillo.

Claudio también está participando en nuestro concurso con un relato y está publicando varios relatos con nosotros, si quieres leer los otros cuentos de Claudio, revisa la etiqueta Claudio G. del Castillo.

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