El amigo y escritor venezolano, Ronald Delgado, participa en nuestro concurso de relatos y nos envía una historia fuerte, es poco lo que puedo adelantar sin anticipar su contenido, pero solo debo advertir que no es apta para menores de edad ni para mentes fácilmente impresionables:

Asian Blonde

NINGYÖ

Ronald Delgado

    Ezequiel se llevó el cigarrillo a la boca e inhaló despacio. La punta del pequeño cilindro brilló con un amarillo intenso y luego un hilillo de humo se agitó a su alrededor como un espectro escurridizo. Tras disfrutar la nube intoxicante que impregnó sus pulmones, dejó caer la mano a un lado y extendió su cuerpo desnudo sobre el almohadón de cuero en el que descansaba. Al mismo tiempo, su otra mano acarició la hoja del fino cuchillo parecido a un pica-hielo que había sacado del mini bar, justo después de encender el cigarrillo. El metal frío le erizó los vellos de la nuca y le llenó la boca de un gusto agridulce. Sus ojos entreabiertos no se apartaron ni un segundo de las figuras que yacían en la cama del otro lado de la recámara, apenas iluminadas por las tenues lámparas ocultas en el cielorraso. Kumiko estaba acostada en el borde más próximo, con su cuerpo blanquecino cubierto con una manta transparente que dejaba ver desde las sutiles curvas de sus diminutos pezones hasta la oscura exuberancia de su monte de Venus. Su rostro sereno y sus ojos azules emanaban un fulgor que parecía sobrenatural. El cabello rubio y un tanto despeinado le caía por los hombros hasta encontrarse con sus dedos, con los que jugueteaba como una adolescente. Ezequiel sabía que las japonesas naturalmente no tenían el cabello rubio ni los ojos azules, pero tal detalle carecía de importancia ante la belleza de los rasgos de Kumiko. Detrás de ella, en el otro rincón de la cama, Natsumi permanecía de espaldas, alardeando de su piel de porcelana y de sus nalgas perfectas. Su cabello, negro y espeso, se desparramaba sobre su espalda y se perdía entre las sábanas. Su nariz perfilada y sus labios carmesí se insinuaban cada vez que volteaba, recordándole la imagen de una provocadora maiko. El aroma de las dos muchachas se mezclaba y se confundía con el olor del cigarrillo y el sake derramado, perfumando la habitación entera.
Incitado por el vaivén de la respiración intensa de sus invitadas, Ezequiel apagó el cigarrillo contra la baldosa del suelo, se puso de pie y caminó despacio a su encuentro, sosteniendo todavía el cuchillo por el mango. Al llegar al borde de la cama posó sus dedos sobre los pies de Kumiko y fue recorriéndola lentamente en dirección a su entrepierna. La muchacha soltó un gemido y se pavoneó sobre la cama respondiendo al estímulo. Natsumi, tal vez celosa, se volvió enseguida y sonriendo acompañó las caricias. Con una voz melódica Natsumi susurró algo que Ezequiel no pudo entender, pero la reacción inmediata de Kumiko fue volverse a ella y juntar sus labios jadeantes. Ezequiel levantó la comisura de la boca, satisfecho por el esfuerzo que hacían sus invitadas por complacerlo, pero aún así la escena todavía no resultó suficiente para causar en él una erección.
Sus pieles eran tan perfectas, pensó. Sus ojos y sus labios como ningunos otros que jamás hubiera visto. Durante su vida había conocido un sinfín de mujeres hermosas que había convertido en sus amantes, y también había pagado por la compañía de otra enorme cantidad; pero ninguna de ellas alcanzaba el nivel de esplendor que en aquel momento se postraba ante él. Y era precisamente esa perfección la que contenía sus sensaciones. Había decidido viajar a Tokio en la búsqueda de una experiencia exótica y diferente, pero a pesar de los lujos y de las dos bellezas que lo esperaban ansiosas en la cama, sentía que, así como ocurrían las cosas, todo aquello se trataba tan sólo de otra aventura más del joven millonario.
Pero eso no era lo que en realidad había ido a buscar.
Tener sexo simplemente con un par de hermosas chicas japonesas no había sido lo que tenía en mente cuando recorrió las calles de Akihabara en busca de los servicios de acompañantes. O al menos, eso supo cuando finalmente se encontró con sus cuerpos desnudos en la recámara. Sin duda, Kumiko y Natsumi representaban la máxima fantasía sexual de cualquier hombre, pues su belleza era imposible de resistir. Pero para Ezequiel allí residía todo el meollo del asunto. El verdadero encanto de Kumiko y Natsumi moraba en lo que se escondía detrás de toda esa hermosura exterior, tan humana y encantadora como podría imaginarse. La esencia de lo que ellas eran y por lo que resultaban para él atractivas y excitantes palpitaba en sus misteriosas entrañas.
Por esa razón, decidió experimentar desde otra perspectiva.
Sin vacilar, se sentó en la cama junto a Kumiko, apretó los dedos fuertemente sobre el mango del cuchillo y tras intercambiar miradas con sus acompañantes, dijo:
—Quédense quietas, y no griten. Es una orden.
Entonces colocó el cuchillo sobre el pecho de Kumiko y hundió el filo suavemente en su piel.
En ese momento se preguntó si habría hecho la elección correcta en el servicio de acompañantes. Después de todo —lo recordaba bien—, la computadora le había prometido una experiencia única con las karakuri ningyö…

Cuando Ezequiel se bajó del auto, el esplendor de Akihabara le encegueció por unos segundos. Los colores intensos, la arquitectura moderna y la atmósfera vibrante le hizo entender el por qué llamaban a ese sitio la Ciudad Eléctrica. A donde quiera que mirase, innumerables tiendas de artefactos electrónicos se solapaban con apretujados mini locales repletos de revistas manga, videojuegos y suvenires propios de la cultura otaku. Para muchos occidentales, la ciudad podía considerarse el paraíso del consumismo. Por supuesto, Ezequiel se incluía en ese grupo, aunque en este caso su interés particular giraba en torno a placeres más carnales. Buenas referencias le habían comentado sobre las particularidades de la sexualidad en el Japón, y mientras deambulaba por las calles del distrito Chiyoda pudo constatar, para su satisfacción, algunas de ellas. En el interior de un callejón pequeño pero bien iluminado, entre una venta de teléfonos celulares y un tarantín donde preparaban sushi, encontró una máquina expendedora de ropa interior femenina usada. No pudo entender nada de lo que estaba escrito en la máquina, ni lo que decía la vendedora proyectada en la pantalla táctil del aparato, pero por pura lógica llegó a la conclusión de que los números que acompañaban cada prenda eran su precio en yenes, y la edad de la muchacha que la había usado. Ese último número iba desde el catorce hasta más de treinta. Por supuesto, junto al número catorce siempre estaba escrito el monto más alto. Ezequiel estuvo tentado a comprar enseguida una prenda, pero prefirió dejarlo para otro momento. Después de todo no tenía presión alguna sobre la duración de su estadía.
A lo largo de su paseo, se encontró también con una variedad casi infinita de jovencitas japonesas vestidas con trajes diminutos de sirvienta francesa o de personaje de caricaturas, muchas de ellas colgadas de los brazos de lo que sin duda eran viejos ejecutivos de empresas transnacionales. Por un momento se imaginó a sí mismo unos años en el futuro; viejo, borracho y desnudo cantando karaoke con menores de edad en una habitación de hotel. El pensamiento causó que se le hiciera agua la boca.
Finalmente dejó atrás la parte más bulliciosa de la ciudad y se adentró en una serie de pasillos y corredores estrechos que no tenían aceras y donde apenas podía pasar un vehículo. En todo aquel sector, pequeños negocios discretamente iluminados mostraban carteles con el rostro o el cuerpo entero de mujeres y hombres semidesnudos y en poses sensuales. Ezequiel revisó cada cartel con detenimiento, teniendo en ese momento muy claro en la mente qué era lo que buscaba, pero sin tener la certeza de que alguno de esos lugares podía ofrecérselo.
Tras visitar todos los locales, se decidió por el que parecía más lujoso. Irónicamente, casi podía asegurar que la fachada del servicio de acompañantes que escogió era más amplia y ostentosa que el interior del mismo. Al atravesar la enorme puerta de vidrio ahumado se encontró con un cubículo de no más de veinte metros cuadrados. Las paredes estaban cubiertas con terciopelo rojo y el techo estaba adornado con una anticuada lámpara de lágrimas que contrastaba con la enorme pantalla tridimensional que servía como recepción. Al detenerse frente a la pantalla, el logotipo del local giró en el espacio un par de veces y enseguida fue sustituido por el típico rostro colorido y de ojos grandes de una chica de animación japonesa.
—Konbanwa –dijo la computadora—. Gengo o hanasu.
—Español, por favor –respondió Ezequiel, como ya era costumbre cuando se dirigía computadoras en Japón.
—¡Por supuesto, señor! ¿En qué le podemos servir esta noche? –dijo con claridad y sin acento distinguible.
—Busco dos chicas.
—¿Dos chicas? Por supuesto, señor. Si lo desea puede explorar nuestro catálogo o puede decirme alguna característica o servicio particular de su agrado para buscarlo en nuestro sistema.
Ezequiel se mordió los labios.
—A decir verdad, sí existe una característica particular. Las deseo artificiales.
—¿Artificiales? –la animación llevó la mirada al techo y arrugó la boca—. ¡Oh, ya lo entiendo! Usted desea disfrutar de la compañía de una karakuri ningyö: una muñeca mecánica.
—Exactamente.
—En ese caso, contamos con un jugoso catálogo a su disposición. Para empezar, puedo mostrarle…
—Las más caras –interrumpió Ezequiel.
La computadora permaneció en silencio un par de segundos. Luego el rostro de la chica animada desapareció para dar lugar a dos figuras femeninas en miniatura, vestidas ambas con sutiles trajes negros que resaltaban sus cuerpos curvilíneos.
—Kumiko y Natsumi. Ningyö de tercera generación. Capaces de adoptar cualquier rol establecido por el amo.

Poseen múltiples mecanismos internos que intensifican la estimulación. Seguro incluido y satisfacción garantizada. Tres millones de yenes la hora.
Ezequiel observó absorto las figuras que levitaban ante sus ojos. La altura de las imágenes, no mayores a los treinta centímetros, hacía ver a las muchachas como verdaderas muñecas. Una de ellas rubia, la otra de pelo negro, poseían facciones y miradas indescriptibles. Trató de imaginarse su olor, su sabor y sus texturas, y se preguntó cuán diferentes podían ser a los de una humana.
Sin vacilar, sacó la tarjeta de crédito y la ondeó frente a la imagen de la computadora.
—Me llevo a las dos.
—Excelente elección –replicó la animación al tomar de nuevo el espacio de la pantalla—. Por favor indique el lugar y la hora donde deben ser despachadas.
Ezequiel le proporcionó los datos, y citó el encuentro para dentro de una hora en el hotel donde se estaba hospedando. Antes de salir, la computadora finalizó la operación diciendo:
—Arigato gozaimasu. Le prometo que nuestras karakuri ningyö le proporcionarán una experiencia única e inolvidable…
Ansioso, Ezequiel regresó al hotel. Después de mucho tiempo, pensó; viviría una vez más sensaciones verdaderamente nuevas e intrigantes. Jactándose de su dinero y su poder, se preguntó cuántas personas en el mundo habrían tenido el privilegio de hacer realidad sus fantasías con dos increíbles robots.

A la hora precisa Kumiko y Natsumi entraron en la habitación vestidas como colegialas, cuchicheando y riéndose apenadas. Al encontrarse frente a ellas Ezequiel se quedó perplejo observándolas. Se le hizo difícil creer que se trataban de unas máquinas. Todos sus movimientos, sus facciones, los matices de su piel y el tono de sus voces eran tan humanos como los de cualquier persona. Tal vez lo único que podía delatar su naturaleza artificial era su belleza obscena. Ezequiel lo sabía muy bien: no existían en este mundo mujeres tan perfectas. Por primera vez en su vida se sintió intimidado ante la figura femenina.
Sin vacilaciones, las ningyö comenzaron a susurrar en japonés palabras al oído de su cliente y a contonearse a su alrededor como serpientes. Ezequiel, que había estado tomando sake en la recámara principal unos minutos atrás, dejó el vaso y la botella en el mini bar y acompañó a las jovencitas mientras les musitaba órdenes en español. En el trayecto, poco a poco fueron deshaciéndose de sus prendas de vestir e intercambiaron besos y caricias los unos a los otros. Al llegar a la cama Natsumi ya desnuda y sudorosa se arrastró entre las sábanas y esperó a sus acompañantes mientras se mojaba los labios con la lengua. Kumiko, segura de sí misma, tomó las manos de Ezequiel y lo invitó al festín que lo esperaba en la cama. Al principio, Ezequiel correspondió las atenciones de las ningyö como la experiencia le había enseñado a hacerlo, pero por alguna razón fue incapaz de responder físicamente como debía. No estaba seguro si era el azul irreal de los ojos de Kumiko o la redondez impecable de los senos de Natsumi. En un desagradable instante su mente se llenó con una ráfaga de pensamientos que le hizo perder tanto el interés como la atención. Abrumado, Ezequiel se retiró de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Se mojó el rostro, sacudió la cabeza y sintió enseguida la imperiosa necesidad de fumar un cigarrillo. Al salir del baño notó que las dos máquinas seguían acariciándose y jugueteando entre ellas con lujuria, como si no necesitasen de hombre alguno. Eran tan humanas, pensó Ezequiel. La forma tan excitante como se muerden, como se clavan las uñas en las nalgas para sentirse más profundamente la una a la otra. ¿Qué carajo me pasa entonces?
Dejó atrás la recámara y regresó al mini bar. Hurgó entre las gavetas hasta que encontró una cajetilla de cigarros y unos fósforos que estaban tirados entre la platería. Sacó un cigarrillo y lo encendió despacio, inhalando sostenidamente. Mientras disfrutaba de la nicotina, su mirada se posó en un curioso cuchillo que descansaba en el interior de aquella gaveta. Era un cuchillo largo y fino, con un mango hecho con hilos de cuero negro trenzados. No sabía exactamente si decirle daga o pica-hielo, pero como fuese le pareció un objeto muy hermoso. Cogió el cuchillo por el mango y al observar su propio reflejo en la hoja se produjo en su mente una idea que a pesar de vaga y difusa, quedó allí plasmada esperando a tomar forma. Sosteniendo el cigarrillo en una mano y el cuchillo en la otra, regresó a la recámara y se tiró en el almohadón de cuero que yacía en una esquina, a un par de metros de la cama. Atentas, Kumiko y Natsumi dirigieron sus miradas hacia él y por un momento parecieron bajar el ritmo de su deseo.
Lo que sucedió luego fue la materialización de esa idea que había asaltado a Ezequiel cuando levantó el cuchillo. Tras contemplarlas por un largo minuto, entendió que lo que pasaba en esa habitación era lo que había ocurrido ya un millón de veces en toda su vida, pero su deseo era precisamente lo contrario. Había viajado a Tokio en busca de una experiencia diferente. Había viajado a Japón porque sabía era el único lugar del mundo en donde podría tener sexo con una robot; sin embargo lo que estaba ante él no eran robots. Eran mujeres, sensuales y encantadoras, como habían sido todas sus amantes. Ezequiel no quería tener sexo con una mujer, quería tener sexo con una robot.
Por esa razón, segundos después les ordenó que se quedaran quietas y guardaran silencio, sabiendo perfectamente que las máquinas debían obedecer todas las órdenes que los humanos les daban. Sosteniendo con fuerza el cuchillo, atravesó la suave piel del pecho de Kumiko y poco a poco comenzó a cortarla y retirarla con facilidad, sin que de ella brotase sangre alguna. Las dos muchachas se mostraron sorprendidas por lo que hacía Ezequiel, pero Kumiko no demostró dolor ni Natsumi preocupación. Cuando la incisión en el pecho fue lo suficientemente grande, introdujo la mano entera y palpando con cuidado fue retirando las uniones que sostenían tanto la piel como los senos en su sitio.

Ayudándose con el cuchillo e impulsado por agradable deseo que surgió en su interior, Ezequiel retiró todos los tejidos y paneles externos de las dos jovencitas, tanto del pecho y la cara como de las piernas y los brazos, y los tiró a un lado como carcasas inútiles. Al terminar se puso de pie y dio un par de pasos hacia atrás, para contemplar su obra. Como en una pintura, iluminadas por las luces tenues de la recámara, observó dos figuras majestuosas que descansaban en una cama. Kumiko y Natsumi era ahora arte, obras maestras de la ingeniería repleta de fibras ópticas, actuadores, engranajes y componentes rutilantes. El interior de sus cuerpos, tanto las partes metálicas como las que parecían de plástico o carbono, estaban pintadas de un azul intenso como el color de los ojos de Kumiko. Sus gemidos se habían convertido ahora en el rumor que generaban los mecanismos cuando se movían incesantes, y el aroma perfumado de su piel había sido sustituido por el olor del aceite y el titanio caliente. Sin duda alguna, pensó Ezequiel, su verdadero encanto moraba en sus entrañas. Ahora sí eran robots. Robots con un dejo a mujer tan excitante que la sangre de su cuerpo finalmente corrió como avalancha al lugar indicado. Cuando Ezequiel volvió a la cama y se recostó entre las renacidas karakuri ningyö, sintió que la electricidad que brotaba de ellas lo invadía y le hacía estremecerse.
Y pensar —se dijo a sí mismo— que la noche apenas comenzaba…

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