Unos misteriosos Artefactos Fuera de Tiempo, las Esferas de Klerksdorp en Sudáfrica parecen ser de creación artificial y provenir del precámbrico hace más de dos mil millones de años ¿una creación artificial? la experimentada viajera en el tiempo, Carolina Rivaldi, será enviada a investigar el asunto develando un secreto guardado por eones. 

Nuestro amigo Daniel Gonzalez desde Tibas, Costa Rica, es el primer participante de El Desafío del Nexus en su primera edición, nos trae a su personaje Carolina Rivaldi, una avezada viajera del tiempo:

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Los Señores de la Llama

Autor: Daniel Gonzalez

Dos viajeros en el tiempo, un hombre y una mujer, escapaban a toda velocidad de un poderoso enemigo; un feroz triceratops macho enfurecido. Eran animales muy agresivos, especialmente si se sentían amenazados.

Los dos viajeros usaban trajes adecuados y máscaras de gas para protegerse de los posibles agentes patógenos o gases tóxicos desconocidos de aquella época.

Pronto fue claro que era imposible escapar de aquel animal grande como un elefante y mucho más peligroso. Sin duda era más rápido que un ser humano. El hombre le dijo a la mujer que escapara, ésta se resistió pero él insistió y finalmente el animal envistió contra él. La mujer escapó despavorida mientras el infortunado hombre moría entre los cuernos del triceratops.

Ella se introdujo a una esfera metálica gigantesca que abrió una apertura en su superficie perfecta y de inmediato puso a funcionar los motores. La esfera provocó gran cantidad de energía y pronto desapareció entre ases de luz nacarada, dejando tras de si una estela de humo.

Más de 65 millones de años en el futuro, sorprendidos científicos encontrarían el esqueleto de un humano fosilizado en un yacimiento paleontológico que databa del cretáceo y que estaba repleto de restos de dinosaurios. Sería llamado el Hombre de Moab, y fue descubierto en la localidad de Moab, en Utah, Estados Unidos, en 1971.

El Instituto Frankenstein tenía un interés particular por descifrar aquel misterio de las llamadas Esferas de Klerksdorp, descubiertas en la localidad de Ottosdal, Sudáfrica y preservadas en el museo de donde extraen el nombre, y que representaban uno de los más grandes misterios de la ciencia.

Las esferas fueron descubiertas en un estrato de material precámbrico con 2800 millones de años de antigüedad. Un período terrestre donde las formas de vida más avanzadas eran las bacterias y, sin embargo, se encontraron un conjunto de piedras perfectamente esféricas y con finos surcos que solo podían ser artificiales. Eran esferas de unos pocos centímetros de diámetro con los surcos rodeándolas como si representaran algún código. Más alarmante aún, el curador del museo aseguraba que una vez al año las esferas giraban solas y vibraban tan rápido que flotaban.

El Instituto Frankenstein envió a Carolina Rivaldi a investigar el asunto. Carolina era una joven científica y secretamente crononauta, es decir, una viajera en el tiempo, pero esto no lo podía saber el curador del museo, un anciano bóer de poblado bigote blanco que la recibió amablemente.

Con la ayuda del Instituto Frankenstein, una fundación científica privada alemana pero de extensión internacional, un equipo científico desarrolló la primera máquina del tiempo. Gracias a los aportes de algunas de las más importantes mentes científicas, ésta estaba siendo perfeccionada día con día.

Pero los viajes aún eran, en su mayor parte, experimentales. Los mismos explicaban muchos de los misterios que alguna vez intrigaron a algunos científicos.

Carolina sabía, por ejemplo, que el Hombre de Moab descubierto en Utah en 1971 en medio de restos de dinosaurios era un viajero en el tiempo… de hecho, su amigo y compañero muerto por un triceratops en una pasada misión que salió mal. Carolina también sabía que viajar en el tiempo era algo muy peligroso y la pérdida de un colega era siempre un hecho trágico.

Carolina terminó de examinar las esferas que le mostraba amablemente aquel viejo curador, y tras escuchar sus anécdotas se despidió. El anciano no se dio cuenta que la vivaz Carolina había intercambiado una de las esferas por otra falsa, especialmente confeccionada para tal efecto por el Instituto. La esferita auténtica descansaba en su bolsillo y viajó junto a Carolina cuando esta volvió a Alemania.

Tras exhaustivos estudios, el Instituto Frankenstein no descubrió nada especial en la esferita, así que se la regalaron a Carolina como recuerdo. La introdujo en el bolsillo de su uniforme para viajeros en el tiempo casi como un amuleto de buena suerte.

Carolina se disponía a realizar un nuevo viaje en el tiempo. Se introdujo a la esfera y esperó las indicaciones del equipo científico que monitoreaba todo desde el exterior frente a un hangar protegidos por un vidrio transparente e irrompible. Iba a ser un salto de rutina y solo pretendía viajar un par de décadas en el pasado, por lo que iba sola.

—Todo listo para el salto, agente Rivaldi —informó uno de los científicos desde la plataforma de control de la misión.

—Copiado, Doctor, adelante.

Carolina puso a andar el motor de la máquina del tiempo y esta pronto inició la producción de gravitones que provocarían un agujero de gusano artificial que conectaba dos puntos en el tiempo. Justo en ese instante la esferita de Klerksdorp que descansaba en su bolsillo comenzó a vibrar, se salió de su ropa y flotó dentro de la esfera emanando energía. Carolina, alarmada, se comunicó con el control de misión pidiendo cancelar el salto, pero era demasiado tarde, la esferita produjo aún más energía de lo usual y la máquina del tiempo desapareció.

Reapareció en un paisaje inhóspito. La tierra estaba muy caliente y meteoritos caían con frecuencia a la superficie como era visible cuando cruzaban el horizonte. Fumarolas volcánicas lanzaban gases hacia el exterior y el cielo estaba muy nublado. Se trataba de la Tierra en el período precámbrico. La máquina del tiempo había retrocedido 2800 millones de años en el pasado.

—¡Pero que demonios! ¡Maldita sea! —exclamaba Carolina mientras revisaba los datos en la computadora confirmando que estaba en esa remota época. —¿Cómo pude viajar tan atrás en el tiempo? No tenemos suficiente energía para hacerlo… a menos que…

Luego observó la esferita de Klerksdorp dilucidando que aquél misterioso objeto había producido la energía adicional.

Carolina se puso un traje especial, gruesas botas y una máscara de gas para salir al exterior protegiéndose así del calor y la atmósfera venenosa. Al emerger observó aquel extraño ambiente desolador.

Un meteorito casi entero bajó por la atmósfera y Carolina se cubrió el rostro instintivamente cuando cayó sobre el suelo a larga distancia, lanzando escombros y cenizas y, seguido del meteorito, una asombrada Carolina contempló un objeto enorme, redondo y brillante bajando por la atmósfera a poca velocidad.

Atónita observó como se trataba de una nave espacial que aterrizó a unos metros de distancia y abrió una compuerta de la cual salieron alienígenas de aspecto singular, de piel naranja y que medían unos tres metros y medio de altura. No tenían cabello en todo el cuerpo y su piel era rugosa. Sus cabezas eran muy grandes y ovaladas, y tenían tres ojos rojos y redondos. La nariz parecía estar conformada por tres ranuras transversales y la boca era una apertura redonda por debajo de la nariz. Tenían cuatro brazos con cuatro dedos (dos de ellos pulgares) y dos piernas con pies palmeados. Vestían unos trajes elásticos de un material similar al látex.

Ante tal visión, como era lógico, Carolina perdió el conocimiento.

Despertó…

Carolina estaba en la nave espacial de los alienígenas. La habían colocado en una mesa de metal y la estudiaban, lo que le hizo sentir un horror inconcebible y gritó estridentemente.

“No grites” dijo una voz metálica en su cabeza, aquellos seres se comunicaban telepáticamente. “No vamos a lastimarte. Queremos hablar”.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó ella.

“Aunque no lo creas, tenemos más en común contigo y tu especie de lo que puedes imaginar”.

Carolina pudo observar por la ventana principal de la nave espacial que esta se dirigía al planeta Venus cuya atmósfera atravesó rápidamente.

El Venus de hace miles de millones de años era muy diferente. Estaba cubierto por grandes océanos repletos de vida y algunas islas y continentes insulares que sobresalían y estaban recubiertas de tupidas junglas.

La nave aterrizó en una misteriosa ciudad altamente tecnológica enclavada en medio de una de estas islas pululantes de flora y fauna. Las plantas tenían flores coloridas y parecían exóticos vegetales prehistóricos. Pudo ver además a algunos animales, entre ellos a unos crustáceos gigantes del tamaño de paquidermos que parecían ser depredadores y aferraban presas más pequeñas con sus pinzas y unas bestias cubiertas por una enorme coraza que parecían una mezcla de armadillo con anquilosaurio.

“Como puedes ver, nuestro mundo está lleno de vida” le dijo uno de los aliens. “Pero sabemos bien que esto no durará mucho. La temperatura de nuestro planeta se eleva día con día, en un proceso inevitable. Ya se han extinto miles de nuestras especies y miles más se extinguirán, junto con nosotros.”

—¿No pueden detenerlo? ¿O colonizar otro planeta?

“Ningún otro mundo de este sistema solar es habitable en estos momentos y nuestro planeta tiene un ecosistema muy delicado. Su calentamiento es inevitable y es totalmente natural. Pero estamos dispuestos a sobrevivir… de alguna manera. Queremos dejar plantada nuestra semilla en otros mundos y así permitir que sobreviva algún legado nuestro.”

“Por eso creamos las Esferas” dijo mostrando a lo que debían ser las Esferas de Klerksdorp cuando eran nuevas; bolitas metálicas perfectas, brillantes y con los surcos bien definidos, que flotaban en el aire produciendo un ruido vibrador respondiendo a las órdenes de los aliens.

“Están programadas para detectar cuando se abra un pasadizo en el tiempo. Asumimos que algún día una civilización del futuro habrá evolucionado suficiente como para descubrir el viaje en el tiempo y, con algo de suerte, poner en contacto esa tecnología con estas esferas, cuya función será traer al viajero hasta nosotros.”

—Y ¿para que?

“Para contarle la verdad. Para que nuestros ancestros nunca nos olviden. Nosotros somos los verdaderos creadores. Los que fertilizamos tu planeta con nuestro material genético. Los ancestros de toda la vida en la Tierra”.

—Pero… si ustedes pueden viajar en el tiempo ¿por qué no escapan ustedes mismos hacia algún punto en el futuro?

“Nuestros recursos no son suficientes para que toda nuestra civilización emigre, y nuestra ética dicta que la muerte de uno solo de nosotros es tan trágica como la muerte de todos. No somos capaces de dejar a nadie atrás. Pero tú ahora sabes la verdad y puedes volver a tu época”.

Los venusinos devolvieron a Carolina a la Tierra precámbrica y esta se introdujo en la Esfera. La accionó una vez más con la esperanza de regresar a su tiempo. En cuanto el aparato comenzó a producir los enormes campos electromagnéticos necesarios para el salto, la esferita de Klerksdorp que aún guardaba en su bolsillo otra vez comenzó a vibrar y a elevarse en el aire. El saltó se dio y la máquina del tiempo desapareció dejando solos a los venusinos en el desolado paisaje terrícola en formación.

Carolina salió de la máquina del tiempo y rápidamente se percató que no estaba en su época o quizás algo había cambiado en el pasado con repercusiones impredecibles. La Tierra era un desierto grisáceo con extensas planicies y vientos huracanados y, a lo lejos, enormes montañas como gigantescos bloques de piedra. La vegetación era escasa pero además muy extraña y tenían unos bulbos que no había visto antes en ninguna planta y otras eran tremendamente espinosas. Más aterrador aún, el sol no se veía cubierto por una densa atmósfera.

Caminó por aquel paisaje anómalo hasta encontrar rastros de civilización. A lo lejos pudo divisar como, bajando por una pendiente hasta llegar a un valle, se enclava una misteriosa ciudad metálica. Parecía una colmena gigantesca construida en fierros muy duros con un aspecto redondo como el de una bóveda ciclópea franqueada por cuatro torres picudas como lanzas en cada punto cardinal. Se le acercaron unas extrañas criaturas que, en cuanto las vio, le repugnaron por su fealdad y emitió un grito al contemplarlas de cerca.

Se trataba de seres semejantes a coleópteros grandes y rechonchos que medían un poco menos que un humano normal, alrededor de metro sesenta. Tenían dos mandíbulas como de hormiga y muchos ojos negros y redondos sobre la cabeza, que también poseía antenas por medio de las cuales se comunicaban con mensajes químicos. El cuerpo estaba cubierto por un caparazón como de escarabajo y unas alas residuales que no servían para volar y que se asemejaban a las de una cucaracha. Caminaban mediante cuatro patas dobladas como las de una araña y tenían dos extremidades con tres dedos con las que podían manipular objetos como las armas, aparentemente de fuego, con que le apuntaban.

Carolina se rindió pacíficamente pues no tenía forma de defenderse. Era difícil descifrar las emociones de estos insectos pero su intuición le hizo creer que estaban sorprendidos al verla, como si no supieran que era. La llevaron dentro de su enorme estructura y Carolina rogó para que, si iba a morir, no sufriera mucho.

En el interior de la ciudad-colmena Carolina descubrió toda una compleja civilización de miles o millones de estos seres. Se reproducían por medio de larvas pero los adultos eran idénticos unos de otros y no parecían estar divididos en castas como, según entendía, solían organizarse los insectos sociales. Todos dejaban sus actividades para observarla conforme ella transitaba los pasillos de aquella estrambótica civilización franqueada por dos… ¿guardias?

Finalmente fue llevada hasta donde se sentaban cinco de estos seres que la observaron fijamente y parecían hablar entre sí. Le inyectaron algo en la piel y perdió el conocimiento.

Cuando Carolina despertó se dio cuenta que estaba desnuda sobre una especie de mesa de operaciones. Allí estos insectos gigantes le hacían experimentos tomándole muestras de sangre, cabello y piel. Sentía asco y repugnancia cuando sus extremidades de insecto la tocaban o sus extraños rostros se le acercaban, pero sólo podía soportar en silencio y cerrar los ojos. En cuanto se alejaban observaba el ambiente. Se encontraba en un laboratorio, sin duda. Pudo ver las discusiones de los científicos y vio que señalaban un esqueleto humano que estaba preservado en una urna de vidrio o plástico transparente. Estaba casi completo pero lucía como un… ¿fósil? En una lámina cerca del esqueleto había una representación ilustrada de un humano aunque no se parecía realmente a una persona; tenía la piel de color verde y no tenía cabello.

—¡Ya entiendo! —dijo Carolina— ¡ustedes son del futuro! ¡Millones de años en mi futuro! Cuando los humanos estamos extintos y somos fósiles como los dinosaurios en mi época. Y al igual que los científicos humanos con respecto a los dinosaurios, hay muchas cosas que ustedes no saben de nosotros… como nuestro color o que teníamos pelo.

Pero aquellos seres no percibían bien el sonido y las palabras de Carolina pasaron tan inadvertidas como lo hubieran hecho los sonidos ultrasónicos de las ballenas o los elefantes que los humanos no son capaces de escuchar. Estos seres que habían heredado la tierra tras eones en el futuro trajeron en una jaula a un extraño animal, parecía ser un primate lampiño pequeño, como del tamaño de un chimpancé infante. Los científicos insectos hacían comparaciones entre ella y aquel animal.

—Sí —les dijo Carolina aunque sabía que era inútil— soy un primate. ¿Son esos monos tan feos los descendientes de la raza humana? Me imagino que es la misma ironía al pensar que las gallinas son los descendientes del tiranosaurio rex…

Y al igual que los humanos de las gallinas esos seres se alimentaban de esos primates a los que habían domesticado para el consumo, como Carolina pudo ver (ya que habían huesos de estos seres cerca de donde aparentemente los científicos coleópteros que la estudiaban realizaban sus ¿almuerzos?) y temió que terminaría o disecada en un museo o comida en la cena… pero no… si los científicos humanos de su época se encontraran un dinosaurio que llegó a través de una máquina del tiempo lo mantendrían vivo…

Uno de los científicos examinaba su ropa con mucha curiosidad hasta que descubrió la esferita de Klerksdorp y, al verla la soltó sobre el suelo como si estuviera asustado. Todos los coleópteros allí presentes observaron el misterioso objeto y tuvieron la misma reacción. Tras esto liberaron a Carolina, le devolvieron su ropa y se inclinaron ante ella.

¿Qué pasaba?

Los insectos la llevaron hasta lo que parecía ser un templo. Allí estaban aún las esferitas de Klerksdorp que, por lo visto, fueron diseñadas para durar por siempre. ¿Por qué estos seres adoraban a estas piedras como algo sagrado? Las esferitas estaban colocadas simétricamente sobre un pedestal frente a la imagen pintada de un fuego. ¿Era ese su dios? ¿El fuego? Bueno… tenía sentido… los insectos siempre persiguen la luz como las polillas a las velas…

Pero entonces apareció frente a Carolina una extraña visión. Se trataba de una especie de flama llameante que surgió en medio del aire iluminando y llenando de calor la habitación. Los insectos salieron corriendo a toda prisa como asustados o quizás por respeto y allí quedó ella de cara a esa extraña llama flotante.

“Tú no perteneces a este tiempo y lugar” le dijo telepáticamente.

—¿Quién eres?

“Somos los Señores de la Llama”

—¿Los… que?

“Somos los padres creadores de toda la vida en este planeta. Sois nuestros hijos”.

¡Los venusinos! No se habían extinguido hace miles de millones de años sino evolucionado… evolucionado al nivel de convertirse en seres de energía pura… tan superiores a los humanos como los humanos a los microorganismos.

—Quiero regresar a mi tiempo, por favor —suplicó ella.

“Vuelve a tu esfera y volverás. Nosotros nos encargaremos”.

Se dio cuenta entonces que eran varias flamas flotantes pero que su mente las percibió en principio como una sola. Innumerables consciencias… juntas. Salió de la ciudad-colmena sin problemas. Aquellos seres le temían y se escondieron de ella. Una vez en la Esfera la accionó para viajar en el tiempo… se dio cuenta que había dejado la esferita de Klerksdorp en la ciudad de los coleópteros… era mejor así.

La Esfera del Tiempo desapareció en el tiempo y el espacio y reapareció en el hangar que le era tan familiar a Carolina.

Tenía una historia increíble que contarle a sus superiores y compañeros…

Pero antes se preguntó en la naturaleza de aquellas Llamas de fuego volantes que vio en el lejano futuro y que eran los Señores de Venus. ¿Habría sido ese el arbusto en llamas que habló con Moisés en el Monte Sinaí? ¿O los legendarios Seres Iluminados adorados en las montañas del Himalaya? ¿Serán esos los seres que los teósofos y otros ocultistas llaman acertadamente los Señores de la Llama?

Fin
Muchas gracias a Daniel por este relato.

Para leer mas de este autor pueden revisar su blog:

“O también puedes visitar su artículo en la wiki de No Lo Leas”:

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