Antonio Caaveiro de Coruña, España, nos envía nuestro siguiente relato para el concurso. Mucha suerte Antonio.


La Primera Guerra

Cuando empezó, éramos jóvenes como raza, y por supuesto un poco estúpidos. Salimos sin control, primero a nuestro “jardín trasero”, conquistando todos los planetas y lunas del Sistema Solar, pero como no era suficiente, acabamos ocupando los sistemas cercanos y fundando un imperio.

Nos expandíamos y fundábamos colonias en cuantos planetas encontrábamos, cuando sucedió el contacto. Nos topamos con un planeta grande y poblado. Con infraestructuras y una sociedad organizada. Intentamos comunicarnos con ellos, pero no hubo manera de entenderlos, y con la tensión en “casa” aumentando se decidió atacar.

En un principio su tecnología parecía inferior. Utilizaban cierto grado de combustibles fósiles, no había estaciones en órbita y no había transito espacial. Sus misiles no salían de la atmosfera del planeta y nos pareció que podríamos tomar aquel verde planeta sin problemas ni repercusiones… y lo hicimos.

Lanzamos bombas sobre sus ciudades, incendiamos la atmosfera con gases a alta presión y nos preparamos para obtener otro planeta más para nuestra población que aumentaba inconteniblemente. Obviamente lo conseguimos, pese a que algunos de aquellos repulsivos seres escamosos consiguieron sobrevivir y montar bolsas de resistencia. Tuvimos que emplear a fondo infantería acorazada y asumimos bastantes bajas, pero obtuvimos un planeta nuevo.

Unos cuantos años después nos topamos con otro planeta habitado, no muy distante de aquel. Pero en esta ocasión, había signos de tecnología avanzada. Y tan avanzada. Sin darnos tiempo a echar un vistazo al planeta, las estaciones orbitales abrieron fuego, y aparecieron multitud de naves. Fue nuestra primera gran derrota… y no sería la última. Perdimos muchos colonos y naves, lo peor fue saber que habíamos iniciado una guerra interestelar contra seres de los que sabíamos muy poco, pero nos sobrepusimos.

Los estudios sobre los restos de los habitantes del primer planeta conquistado se intensificaron. Autopsias, análisis de cualquier fluido y cuanta prueba pudimos inventar se llevaron a cabo para, así hacer crecer nuestro conocimiento, lo mismo que la escalada bélica.

Poco después de de aquella batalla perdida comenzaron a surgir ataques en los límites de nuestro territorio, y los planetas eran bombardeados y asaltados sin compasión. Perdimos a cientos de millones de colonos, pero nos sobrepusimos. Pero el imperio del hombre no se resintió demasiado, los principales núcleos de población y producción estaban en las regiones internas, Sol, Centauri, Sirio… y aquellos sistemas estaban lejos el frente.

En este punto solo combatían las flotas, a distancia de los planetas y las lindes de los sistemas estelares, se decidían los destinos de estos, su permanencia o su exterminio y aniquilación. Pronto fue obvio que necesitábamos ejemplares vivos para investigación, así que enviamos misiones más allá de las líneas enemigas y algunas regresaron. La mayoría sin nada útil, pero unas pocas con éxito. Se trajeron miles de prisioneros, de ambos sexos y de todas las edades. Averiguamos mucho de ellos, tanto manteniéndolos con vida como una vez muertos. Y como solo eran animales no tuvimos reparos éticos en utilizar las más salvajes técnicas de vivisecciones y pruebas para ver sus reacciones mientras morían de todas las formas que pudimos imaginar.

Desarrollamos venenos y toxinas, letales para aquellos reptiles alienígenas e inocuos para nosotros. Sus planteas caían con facilidad, y pese a ser mucho más fuertes y rápidos que nosotros, los vencíamos siempre. Nuestra debilidad nos forzó a utilizar los trajes de combate acorazados lo que, irónicamente, nos hizo mucho más fuertes y rápidos que ellos.

Pero lidiar con las flotas era otra cosa. Sus naves eran cada vez más numerosas y pequeñas y, aunque las nuestras eran cada vez más grandes y robustas, no podían con tal diferencia numérica. Nuestras armas eran más eficientes y potentes. Las suyas más numerosas, aunque mucho menos potentes. Así los frentes se movían con fluidez, cambiando los sistemas de manos varias veces cada año. Afortunadamente, esos sistemas solo estaban habitados por militares acantonados para la protección del planeta.

Y por fin conseguimos romper el precario equilibrio en el frente con nuevas armas. Las llamaron “Misiles de Salto Múltiple” y los equiparon con cargas de tóxicas que entregaban desde un sistema al vecino. Era virtualmente imposible interceptarlos, pero la tasa de fallos era alta y el precio de cada uno de ellos era elevado. Pero aún así, el uso masivo de estas armas hizo que el frente se rompiera y avanzamos sin piedad sobre sus mundos centrales.

Finalmente llego el día de su capitulación. Con nuestra flota en órbita sobre su planeta natal, recibimos a su emperador en nuestra nave insignia, y le hicimos postrarse sobre el suelo mugriento por la grasa de los hangares. El peor insulto que podían recibir. Sin embargo la Tierra no ansiaba rendiciones, ni dominación de culturas alienígenas o la futura posibilidad de un alzamiento. Ansiaban el exterminio. Así que acabamos con su delegación con rudeza y sin miramientos, mientras cada instante y cada gota de su sangre, roja como la nuestra, quedaba registrada para la posteridad en la mejor y más moderna grabación holográfica.

Atacamos su planeta mientras las cámaras y periodistas miraban desde las cubiertas de observación y los distinguidos Almirantes y Generales, que habían tomado parte en las más duras batallas de aquella guerra, sorbían con calma sus bebidas en sus copas labradas y fumaban sus puros, una de las pocas tradiciones ancestrales para la victoria.

El ataque no consistió en toxinas o venenos, sino en armas nucleares y de antimateria. Bombardeamos sus ciudades, sus palacios y todos sus edificios, que se derritieron bajo el plasma incandescente de nuestro poder de destrucción, o sencillamente se convirtieron en energía bajo el contacto de la antimateria. La ya escasa población del planeta, se convirtió en cenizas radioactivas, aunque sin duda, quedarían algunos pocos supervivientes en alguna caverna o bunker. Y por ello les dejamos el “último regalo”, una bomba que lanzamos, y no sin controversia. La Bomba de Cobalto. Un vestigio de un pasado olvidado que se probaba por primera vez. Así el pequeño planeta, antes azul y verde, se transformó en un erial radioactivo marrón y gris oscuro que nadie podría soportar ni un segundo.

Nosotros prevalecimos y continuamos expandiéndonos. Nos topamos con otras civilizaciones y acabamos exterminándolas a todas. Algunas que empezaban a despuntar, otras en un apogeo tecnológico superior al nuestro. Y sin embargo acabamos con ellas, y tras cada lucha, acabábamos siendo más y más fuertes.

Y ahora que ya no somos tan jóvenes como raza, y aunque arrastramos el legado de destrucción y guerras de nuestra juventud, toda la Vía Láctea era nuestra. Y sin embargo seguimos mirando con ambición a las lejanas y frías galaxias que nos rodean a millones de años luz.

Somos, por derecho propio, los Amos del Espacio, los Depredadores de las Estrellas. Somos Seres Humanos.

Comparte este artículo con tus amigos