El Oráculo de Penrose III

Por Vlad Hernandez

Nos emboscamos en una enorme cuenca poblada de colectores energéticos y mazos de cablerío que parecían lianas enormes. Habíamos escogido posiciones separadas, detrás de una serie de columnas de intercambio que nos impedirían ser localizados por medios térmicos.

Mientras espiábamos la entrada, conversamos de ordenador a ordenador a través de una línea láser.

—¿Cómo pudo saber el artilecto lo que sucedía en el astropuerto, y que los skash vienen llegando? —le pregunté a Gato.

—Ya te dije que Demiurgo no es exactamente un anacoreta, muchacho. Puede conectarse simultáneamente a muchas fuentes de información del hábitat y a los robots del sistema de mantenimiento. En cierto modo, es un mirón cibernético.

Le interrumpí:

—Ya están aquí.

Los skash entraron en la cuenca. Alisté la cobra y espié en silencio. Eran guerreros profesionales; su formación no permitía que resultaran acorralados y su equipamiento se veía bien sólido. Mi sistema óptico se activó hasta acomodarme mejor a las longitudes de onda del lugar. Magnifiqué la visión y obtuve un atisbo de bípedos corpulentos con afilados rostros lobunos. Flotaban en mi dirección y su avance era cauteloso. Aguanté la respiración.

Gato resultó más temerario que yo. Su disparo trazó un relámpago de dolorosa luz que carbonizó la testa de uno de los skash. Buena puntería. Los otros dos maniobraron con torpeza en la ingravidez y rociaron de fuego el lugar donde Gato se escondía. Era mi oportunidad de sorprenderlos y la aproveché. Tenía un blaster para cada enemigo. Ahora que no era un blanco frontal me asomé, y descargué al unísono toda la potencia de mis armas sobre los dos guerreros. Mis haces energéticos se desperdiciaron en la superficie ablativa de sus corazas, pero la desintegración del material protector les hizo perder el control y uno de sus propulsores resultó destruido. El ambiente se llenó de millones de partículas reflectantes en suspensión.

Teníamos que terminar con ellos pronto.

Entonces salté. Confieso que estaba completamente loco en ese momento, enardecido por los resultados favorables.

No pretendía superar a Gato en coraje, pero salió así.

Volé al encuentro del enemigo más cercano y me estrellé contra él. Absorbió mi impacto y giramos en caída libre forcejeando frenéticamente. Su compañero —el del propulsor roto— no se atrevió a disparar sobre nosotros. Mi cobra, astuta y oportuna, se proyectó contra aquellos ojos sorprendidos. El arma cibernética entró por las cuencas oculares y electrocutó el cerebro del cánido. Las burbujas de sangre ascendieron como perfectas esferas ambarinas.

Pero yo había eliminado la única razón que le impedía al tercer enemigo dispararme. Quedé expuesto.

El skash alzó su arma y… la soltó emitiendo un aullido de dolor que laceró mis oídos. Y entonces comprendí: Gato había logrado alcanzar su mente y lo estaba castigando con insoportables latigazos psi. Le arrebaté el fusil al muerto en el momento en que el kyam salía de su escondite, y con un fuego cruzado dimos cuenta de él.

—Menos mal que terminó pronto —me dijo Gato mientras agarraba mi brazo y nos propulsábamos hacia la protección de una columna—. No quisiera imaginarme qué habría sucedido si algún disparo llega a perforar un colector.

No objeté nada. El grueso del equipo de asalto skash estaba abordando el campo de combate. Eran quince y tenían todo el terreno bien cubierto. Cualquier acción nuestra sería suicida. Empezaron a buscarnos.

—¿No podrías hacer explotar sus cabezas telepáticamente o algo por el estilo? —le pregunté a Gato.

—¿Qué te crees que soy? ¿Algún tipo de mente termonuclear?

—Pues entonces —le aseguré—, si crees en algún dios, pídele que realice un milagro para nosotros.

No me prestó atención; estaba demasiado ocupado apuntando su blaster.

Y sin embargo sucedió el milagro.

Aparecieron aquellas cosas negras; cíberes articulados que con una furia demoníaca cayeron sobre los skash como un enjambre enfurecido de gigantescos insectos metálicos. Salían de todos lados y eran cientos, miles. Sombras de muerte. Un ataque relámpago imposible de enfrentar. La embestida resultó irresistible para los skash: se hicieron pulpa.

Un milagro macabro, tal vez, pero completamente satisfactorio en lo que a mí respectaba. En la guerra todo es válido.

Gato y yo nos quedamos contemplando el campo de batalla lleno de cadáveres, tratando de comprender.

—¡Demiurgo! —exclamó el kyam—. Demiurgo los envió.

Estábamos de regreso en el nicho del QUAI. Nos tenía noticias. Buenas y malas.

—No creo que puedan abandonar el Sistema, aunque logren escapar del hábitat —explicó Demiurgo—. Hay una alerta general en todo Puerto Gris, pues algunas razas no han querido cooperar con las autoridades drakos y se han rebelado. Muchos están intentando despegar, pero todos los diques están siendo bloqueados por las naves skash. Bloqueo a lo grande; los reportes hablan de una gran flota de cuatrocientas naves. Han apostado dos o tres cruceros de combate en cada AG para evitar el ingreso o la salida de cualquier astronave. Tratándose de los skash es muy posible que decidan convertir Puerto Gris en una nube de átomos dispersos, solo para estar seguros.

—Sospecho que antes va a haber mucho jaleo —comentó Gato.

—O podríamos utilizar el Oráculo de Penrose para escapar.

Gato y yo nos quedamos mirando hacia el resplandor del fuego cuántico (todavía nos esforzábamos en encontrar rasgos de personalización cuando hablábamos con él), tratando de adivinar qué había querido decir Demiurgo con tal afirmación.

—Os pedí que no os fuerais —dijo el QUAI—, porque sabía que iba a encontrar la solución a nuestros problemas. Yo sigo hablando con las mentalidades que viven en tu cabeza, Rudy, son volcados de memoria-personalidad del pasado; dialogo con ellos y me ayudan a entender cómo utilizar el Oráculo de Penrose. —Demiurgo se dispersaba, se aferraba a las cosas que carecían de urgencia—. Hay más historias que contar, Rudy; todas fueron imprescindibles a su modo para que, en conjunto, el Penrose fuera posible: la bitácora de una nave que la expedición de Mikka encontró hace tres años flotando a la deriva por los asteroides…

—Demiurgo, por favor —le interrumpió Gato—. Tenemos que concretar. Cuéntamelo todo cuando estemos a salvo en otro extremo del universo.

—¿Sabes lo que soy yo? —le preguntó el QUAI.

—Sí. Un chiflado al que le gusta escucharse a sí mismo.

—Soy un artilecto cuántico. Visualizo otros puntos de la Galaxia, estrellas distantes; los sueño desde el umbral indeterminista sin poder tocarlas. Mi naturaleza me permite visualizarlos como funciones de onda, pero no resolverlos físicamente. Hasta hoy. Eso acaba de cambiar. Ahora, en interfaz con el Oráculo de Penrose, es decir, con Rudy, puedo ir a donde quiera. Yo veré las realidades de destino, y el Oráculo las manipulará. Solo nos falta un vehículo, un contenedor estándar que proteja nuestra integridad física mientras saltamos.

—Yo tengo una nave —recitó Gato haciendo un sonido que parecía un suspiro de impaciencia—. Llevo siglos diciéndolo.

—Pues ya somos un equipo.

Sonreí con incredulidad:

—Menuda pandilla.

Los filamentos tensores comenzaron a soltarse. Nos íbamos.

—¿Y qué pasa con la Federación? ¿Qué pasa con la necesidad que tiene nuestra especie de liberarse de la presencia alienígena en el Sistema, y saltar a las estrellas?

Demiurgo tenía respuestas para todo.

—Si los humanos no vuelven a tener IAs cuánticas, jamás descubrirán el modo de saltar a las estrellas. A menos que alguien consiga regresar al Sistema Solar y les regale el motor de curvatura; pero lo dudo, porque tengo algunas ideas bastante drásticas para sacarles de encima a los skash, los drakos, los yllne… y todos los demás.

El QUAI nos contó su plan, y Gato rió complacido al escucharlo, con un extraño fulgor asomando a sus ojos.
Y ahí me di cuenta de que aquellos dos estaban más locos que yo.

Lo que siguió fueron pasajes de vértigo. Nos apropiamos de un par de propulsores de los guerreros skash muertos, Demiurgo esclavizó como transporte a un cíber, y partimos los tres. La travesía fue corta y afortunadamente pudimos emerger en el dique de la nave kyam sin enemigos a la vista. Los anillos de atraque eran un hervidero de naves despegando. Se combatía en el espacio, y las deflagraciones de las astronaves eran llamaradas ígneas que cubrían el cielo.

Nosotros no necesitamos despegar.

Por la cuenta de Demiurgo, ya casi no estábamos allí.

La transición al hiperespacio fue abrupta; experimenté una sacudida de malestar en todo mi ser, pero seguía vivo. Todo iba bien. Gato me sonreía desde su lecho hidráulico y la voz del QUAI, muy dramáticamente, recitaba en voz alta una cuenta regresiva.

Y entonces ocurrió.

El Evento: La Marea provocada por el Oráculo; la Marea de Penrose.

Un reflujo más allá de la piel del Universo.

La colisión de realidades alternativas, los pliegues de años luz; dos, tres, mil abismos de textura cuántica superponiéndose en ondas de espacio-tiempo; mil Vías Lácteas chocando cuánticamente. Los agujeros de gusano colapsando, desapareciendo.

Los alienígenas se esfumaron de la nueva realidad, expulsados al exterior de una esfera de un kilopársec en torno a Sol. Una esfera vedada a su motor de curvatura. Podían intentar regresar a sus propias estrellas… si alguna vez lograban encontrar el camino.

Solo nosotros, que viajábamos amparados por la singularidad del Oráculo de Penrose, podíamos escapar a la superposición de realidades.

Emergimos en un lejano cúmulo globular, territorio de una raza de sofontes pacíficos, que resultó ser una zona colindante al brazo espiral galáctico. Pusimos rumbo a las estrellas más cercanas.

Ahora que todo parecía haber terminado yo no tenía deseos de regresar a la Tierra. Me sentía agraviado por la mezquindad de Mikka (al que siempre había creído un amigo) y su intento de utilizarme como si fuera un vulgar peón de ajedrez. Decidí tomarme un largo descanso en las estrellas de los kyam.

Recorrería mundos, conocería culturas exóticas.

Para Demiurgo cambiar de vecindario estelar apoyado en el Oráculo era una experiencia enriquecedora; otra forma de perpetuar su estado de expansión mental. A veces, como prueba de su amistad, nos invitaba a visitar su infoverso privado, pero ni el felino ni yo estábamos interesados en tales experiencias, y declinábamos cortésmente su oferta. Eso sí, Demiurgo nunca nos dejó saber de qué manera había escapado al apagón de los QUAI en 2040, y mucho menos cómo diablos se las había arreglado para llegar hasta Puerto Gris.

Viajar con Gato resultaba magnífico. Un excelente compañero, de esos que dan seguridad; de los que nunca te van a fallar. Planeábamos ir a los sistemas de los damokh, a quienes Gato me aseguró que les venderíamos mi material genético; tanto como quisiera cada entidad del gran rebaño de peregrinos cósmicos.

Así que, después de todo, parece que mis genes van a terminar significando mi fortuna.

Fin

Quiero disculparme con todos ustedes porque no pude publicar esta historia el Sábado como había prometido, pero es que se me presentaron demasiadas cosas el fin de semana.

Quiero también agradecer mucho a Vlad Hernandez por compartir esta historia con nosotros, y no olviden que también es el autor de muchos otros libros, por ejemplo:

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