Un saludo amigos.

En algún momento del mes anterior se me pasó este cuento de Joseín Moros, pensé que tendríamos una sola participación para el Desafío del Nexus de este mes, pero Joseín también tenía un aporte.

En este cuento el autor nos narra una curiosa versión del primer encuentro:

Tus Manos me Encantan

Un goteo de agua la obligó a pulsar el celular, vio el texto escrito con el extraño alfabeto de los Expedicionarios.

“Elida, quiero verte. Las cosas se están acelerando.”

Frente al escritorio, en la suite de hotel, releyó de abajo hacia arriba y luego en sentido contrario. Más de un mes esperando y al fin. Aunque su mundo cambió en los últimos cinco años, el asunto de conseguir pareja continuaba igual de complicado para ella. Entonces inició un video, siempre lo hacía antes de contestar sus mensajes, de esa manera le parecía estar frente a él.

Esos ojos le hicieron temblar las piernas. Elida no había tenido la oportunidad de verlo en persona o siquiera a alguno de sus compañeros. Cuando tenía quince años vio por primera vez a Gan, en la televisión, al lado del presidente de los Estados Unidos y funcionarios recién llegados a toda carrera a la Casa Blanca.

En el video Gan lucía anteojos negros. Los usaban todos los Expedicionarios, en pocas horas se extendió la moda en las ciudades de la Tierra. Allí estaba Gan Kan, Líder del 8867-HF. Otros Expedicionarios, de pie y en la mesa, apenas movían sus cuerpos.

Hasta ese momento, cuando ocurrió la transmisión pública, el mundo poco sabía de lo acontecido en los cielos de las mayores ciudades y en el espacio. En aquel instante, con la noticia, se desató la fantasía: Los expedicionarios querían establecer relaciones amistosas con el público, a través de las redes sociales.

Con dedos fríos y temblorosos, pulsó símbolos complejos en la pantalla, entonces revisó el escrito y lo envió.

“Gan, no quiero un lugar donde te molesten los curiosos.”

La respuesta fue instantánea, luego del sonido de agua goteando.

“Al final de la tarde, en algún lugar de Broadway. Un vehículo te buscará. Sigue las instrucciones, muéstrate cuidadosa.”

Le maravillaba ese idioma. Al leer hacia adelante y atrás, la idea relucía. En su mente ya no necesitaba traducir, podía decir que pensaba en Kokm.

***

Justo el día de su cumpleaños número quince, Elida corría con dos niñas de su edad en el patio del colegio hacia la salida. Tal vez ese era el grupo más pequeño en la multitud de escolares. La policía ordenó volver a sus casas a la población. Teléfonos, libros y cuadernos caían al suelo a cada momento. Miraban hacia el cielo oscurecido al mediodía. Las noticias en los teléfonos formaron una sinfonía con multitud de tonos musicales. En los lugares del globo donde aún era de noche, la gente fue despertada con la orden de permanecer en sus hogares.

Durante la conmoción de las siguientes semanas, mensajes de sus pocas amigas llegaban a cada momento, amigos del sexo opuesto no tenía. Ante el espejo de la ducha, Elida solo veía una muchacha de cara y figura común. Y para  empeorar, sus extraordinarias calificaciones le parecían provocar un olor desagradable a los muchachos, muchos arrugaban la nariz al leerlas en los reportes del colegio.

En los días siguientes, colocó en la pared de su habitación una impresión de la reunión de mandatarios con los recién llegados. Allí estaba Gan, ella no había reparado demasiado en él hasta que fue presentado por el presidente de los Estados Unidos. La voz del Expedicionario era grave con vocales cortadas, en el idioma inglés, explicó que lo había aprendido viendo transmisiones de televisión en el espacio y pidió disculpas por los errores. En ningún momento sonrío.

—…soy el Líder Gan Kan, mi navío el 8867-HF es el que vemos suspendido sobre la Casa Blanca, a once kilómetros de altura, es varias veces más grande que Washington… también sobre cada gran metrópoli de la Tierra hay naves similares…

Cuando cumplió los dieciséis, pudo llenar el cuestionario y atender a las entrevistas por internet con una sicóloga de las Naciones Unidas. Al fin fue aceptada para aprender el Kokm. Trabajó con ahínco y a los diecisiete ya lo hablaba con razonable fluidez junto a sus compañeras de estudio, sin embargo ella lo dominaba mejor a solas en las clases en línea, con personajes virtuales. En los últimos tiempos adoptó la costumbre de ocultar sus cualidades para no alejar más a sus compañeras y compañeros de clase.

Llegó el gran día. Con dieciocho años ya podía participar en conversaciones de texto con los Expedicionarios. Se formaron grupos con intereses similares: arte, ciencia, historia, floristería, cocina, todo lo imaginable. Comenzar era un reto, muchos de ellos, luego de examinar los perfiles de los solicitantes en la red social, no contestaban, en especial los de más alto rango. Para ese momento el descontento de sus padres se había debilitado e intentaban tomar con buena cara la situación. Su formación como profesores de Física y Biología, en la Universidad Central, aunque no quisieran, le ayudó para aclarar sus dudas.

Entrar al grupo le resultó mejor de lo esperado, aquellos hombres habían adquirido un gran conocimiento sobre las civilizaciones del planeta, sus idiomas historia y costumbres. Al parecer estuvieron bastante tiempo observando el espectro radioeléctrico desde el espacio. La conversación por escrito, donde participaban varios de ellos y muchas jóvenes de la Tierra, las disfrutaba al máximo. Se convirtió en líder sobre temas científicos complicados y fue llamada a participar en grupos más exclusivos. Y así transcurrió otro año.

Una noche llegó una solicitud de amistad, en el idioma de los Expedicionarios. Dio un salto sobre la cama y un grito. Era la primera vez que recibía una de ellas. No sabía de alguien cercano a quien le fuera solicitada amistad directa por algún expedicionario, siempre era a la inversa. Y gritó de nuevo.

Sus padres entraron en la habitación, con los ojos redondos, sin poder hablar.

— ¡Él me está pidiendo amistad! No lo puedo creer. Gan Kan me remitió una solicitud de amistad. Me enviará un teléfono especial, solo para nuestras conversaciones. Lo voy a aceptar, claro que sí, lo aceptaré. ¿Se lo cuento a mis amigas?

Sus padres cruzaron miradas de temor. El hombre habló con lentitud.

—Ya tienes dieciocho años, no debes contar tu vida privada a todos. Y tus planes son asunto delicado. Mucha gente no está de acuerdo.

La madre la abrazó.

—Te escribió en privado, espera un poco antes de comentarlo. Por lo que sé, él no ha participado en foros públicos. La prensa no ha logrado entrevistarlo durante más de unos minutos en estos años, siempre está ocupado y saluda hacia las cámaras, sin hablar.

***

Sus estudios finalizaron. Elida podía darse el lujo de tomar una gran carga de materias por semestre y culminó con rapidez. Las nuevas materias sobre navegación espacial le parecieron fáciles, en comparación con los primeros encuentros telefónicos con Gan Kan. La conversación en aquel idioma permanecía en la etapa formal, como la  exploración de dos campeones de ajedrez evitando situaciones de riesgo. Les costaba despedirse cada noche, ambos siempre tenían algo más que decir. Elida y sus padres estaban sorprendidos por la cantidad de tiempo que él le dedicaba. Ella continuaba sin poder creer tanta felicidad.

Pocos meses antes de su cumpleaños número veinte, asistió a una conferencia en línea, de acceso restringido. Ese día algunas jóvenes de diferentes países fueron invitadas a New York, para residenciarse en un espléndido hotel. Ella y sus padres rieron y lloraron hasta el día de su partida, parecía una despedida definitiva por la gran cantidad de consejos que le daban. Intercambiaron pequeños recuerdos y volvieron a llorar cuando un vehículo militar la fue a buscar a su casa.

Horas antes de su arribo ocurrió un atentado simultáneo en diferentes sitios del globo. Una bomba destruyó un sector del hotel en New York. Murieron muchachas alojadas allí. El terrorista resultó pertenecer a una de las nuevas organizaciones. Había de todo: recién nacidas sectas religiosas, fanáticos de las antiguas iglesias, nuevos partidos políticos y asesinos solitarios. En el planeta se incrementó la protección a las jóvenes en la etapa de contacto personal con los Expedicionarios.

Un día, para empeorar, la prensa propagó un rumor: millones de jóvenes damas, en todo el mundo, planeaban abandonar el planeta. Cada líder del globo fue interrogado por los medios, hasta en los lugares donde los regímenes totalitarios mantenían fuerte control.

El presidente de los Estados Unidos por fin apareció, en horas de la madrugada, dentro de un cubo casi invisible de fabricación extraterrestre. Frente a él remolineaba una multitud de corresponsales enfurecidos. El mandatario estaba de pie, aferrado a un podio en los jardines de la Casa Blanca. La llovizna no formó película de agua en la superficie transparente.

Los periodistas gritaban al mismo tiempo, algunos de ellos con los paraguas abiertos.

—Señor presidente, ¿qué es esto? Usted nos dijo que los Expedicionarios querían establecer relaciones amistosas con jóvenes del planeta para intercambio cultural. Los varones apenas logramos uno que otro contacto por tiempo limitado. Usted no habló de raptar jovencitas.

—Entre ellos no hay mujeres, señor presidente, ¿son una banda de monstruosos filibusteros robando nuestras hijas?

— ¿Estamos amenazados de alguna manera? ¿La Tierra está ocupada por fuerzas enemigas?

— ¿Están los gobiernos comprando tecnología de guerra y nuestras hijas son la moneda? ¿Cada país maneja conferencias secretas con ellos? ¿Algunos países, en secreto, se arman para atacarnos?

Por fin dejaron de gritar cuando el presidente levantó una mano. El hombre no saludó y arrancó a hablar. Su cabellera rubio teñido, necesitaba con urgencia atención del peluquero.

—Hasta el momento calculamos que unas veinticinco millones de jóvenes, todas ellas mayores de edad, están de visita en esas naves repartidas por nuestro planeta. Ellas no dan entrevistas. Aquellas quienes deseen regresar lo harán en el momento que lo decidan. Menos del uno por ciento ya lo hizo, y la mitad de ese porcentaje pidió regresar a la nave.

La cifra de veinticinco millones dejó mudos a los presentes, ahora sospechaban que eran muchas más. Al fin alguien se adelantó en la multitud.

— ¿Cuantas más se robarán? —gritó una mujer enfurecida, iluminada por los reflectores.

— ¿A dónde van y cuándo regresan a la Tierra? ¿Tiene miedo de hablar? Ahora no parece tan valiente —susurró un periodista encorvado y canoso, cuando le entregaron el micrófono.

Entonces, el presidente se alisó la cabellera con poco éxito. En los últimos cinco años envejeció veinte y al igual que los líderes de otras potencias, tenía mirada de fiera acorralada esperando un balazo del cazador. Los corresponsales adivinaron lo que venía, iba a soltar palabras imposibles de recoger más tarde.

—Esto ya es irreversible. Es un viaje voluntario y sin regreso. No conocemos el número de Expedicionarios. Nuestros congresistas y dignatarios, de todos los países del mundo también transportados por ellos, visitaron algunos de sus navíos y los que están dentro de nuestra atmósfera. Detrás de la luna hay una flota con más de cuatrocientas mil naves, algunas cien veces mayores que estas allá en el cielo, ¡yo estuve allí! También en nuestra atmósfera se mueven incontables navíos, no más grandes que un portaaviones, otros son como automóviles voladores, silenciosos, también invisibles para nuestros ojos y radares. Si quisieran destruirnos ya lo habrían hecho. No tenemos dudas, se irán en paz. —y dio un rápido vistazo hacia el cielo oscuro.

Se oyeron exclamaciones de terror, esa información nadie en el globo la mencionó alguna vez. Además todos habían pensado que las naves visibles en el cielo eran las únicas. El ruido de la llovizna aumentó y más paraguas se abrieron. El presidente continuó, en voz baja y tensa. Movía las manos como era su costumbre, pero con mayor velocidad.

Con un pañuelo secó su frente.

—Señores, los Expedicionarios estaban en guerra, muy lejos de su propio sistema solar, para enfrentar un invasor con naturaleza de insecto. Entonces, a sus espaldas, una explosión se tragó catorce planetas habitados, millones de estaciones espaciales y el sol. Todo quedó convertido en una estrella roja, creciendo sin parar.

Tomó un trago de agua, no usó un vaso, dejó destapada la botella, la tapa se le había caído de los dedos.

—Entraron en hibernación para viajar en la búsqueda de un planeta habitado. Los Expedicionarios no tenían mujeres en las naves, los insectos las perseguían sin importar las pérdidas, por eso ya no las llevaban al combate. Cuando su mundo fue destruido, según sus cálculos en la Tierra apenas estaban apareciendo las bacterias. Piensen en ello, estos hombres están viajando desde hace millones de años. ¿Por qué lo hacían? ¿Qué buscaban? Oigan la respuesta. Ellos conocían un misterio no resuelto por sus científicos: en nuestra galaxia muchos de los seres inteligentes que existieron tuvieron ADN compatible entre ellos y nosotros. Según sus descubrimientos arqueológicos, al llegar los Expedicionarios a esos planteas, esas culturas ya se habían extinguido o estaban en etapa demasiado primitiva en la evolución biológica. Es como si una semilla de vida fue sembrada en muchas oportunidades y a distancias increíbles una de otra, Nadie sabe quién lo hizo. Solo tenían que buscar más y sus pilotos automáticos nos encontraron.  Por fortuna para ellos aún existimos.

Los periodistas, sin hablar, se apretujaron unos a otros, como una manada de ovejas al oír el aullido del lobo. El presidente suavizó la voz.

—Su actual plan es encontrar un mundo habitable y con las jóvenes, que acepten quedarse en las naves, iniciarán una nueva civilización. Cada una de las voluntarias lo sabe, apenas hayan comenzado a dormir nuestra generación habrá muerto de vejez en este planeta.

Un  granizo persistente tronó sobre los paraguas. La multitud permaneció inmóvil. Querían más respuestas. Presionaron con el silencio y el llanto. El presidente miró de nuevo hacia el cielo oscuro.

La misma mujer que había preguntado cuántas jóvenes más se iban a llevar, volvió a gritar.

— ¿Y los insectos? ¿Ya vienen por nosotros? ¿Cómo piensan defendernos ustedes?

Muchos no habían pensado en eso y se repitieron los gemidos de terror. El presidente pasó una mano sobre su cabellera despeinada, la corbata roja se le había torcido.

—Los Expedicionarios no lo saben. El viaje ha sido una búsqueda en zigzag, círculos, espirales, y cambios de rumbo aleatorio para eludir la posibilidad de una persecución. Sus pilotos automáticos nos encontraron rastreando nuestras señales de televisión y ellos confiaron en conseguirnos aún activos como especie. No tienen duda, todas las civilizaciones tienen un final. También dicen que los encuentros entre naturalezas diferentes generan conflicto en cualquier momento. Lo vivieron en otras oportunidades, en su pasado histórico, y lo vieron en muchas ruinas planetarias. Siempre una de las culturas desaparece, en la esclavitud o el exterminio.

Hubo un relámpago lejano y algunos periodistas dieron un salto para correr. Alguien habló por fin, una voz femenina.

— ¿Y no hay culturas superiores, con sabiduría capaz de tolerar diferencias por siempre?

El presidente apretó los labios y habló con menos rabia.

—Dicen que nunca encontraron alguna así. Esa es una de las razones por las que deben alejarse de nosotros, con las jóvenes. En poco tiempo ellos serán diferentes, hablando en siglos, y en algún momento nos enfrentaríamos. Es triste que piensen así, pero los comprendo, antes yo prediqué ésa opinión.

Se oyó una carcajada sarcástica, nadie volteó para mirar al autor.

El presidente intentó sonreír, no pudo dibujar buena cara, los mechones mojados de sudor estaban pegados a su frente. En silencio los periodistas se alejaron en grupo compacto. El presidente quedó solo, poco a poco el cubo transparente se hundió en el jardín, desapareció rumbo al refugio subterráneo.

Escenas similares estaban ocurriendo en todo el planeta.

***

Desde el asiento trasero de la limosina, Elida admiró las vidrieras iluminadas. Ella había salido muy poco desde que llegó a New York. Una pantalla se encendió y la joven dio un salto de sorpresa, el noticiero de última hora comenzó a transmitir. Las imágenes mostraban filas de cunas con cientos de niños. En una toma tras otra aparecieron mujeres de todos los continentes y razas de la Tierra, con niños en sus brazos. Sonreían y al lado de cada una había un Expedicionario abrazando a la madre y al niño. Por la ventana del vehículo Elida también vio en vidrieras de la avenida muchas pantallas mostrando el mismo noticiero. Estaba claro, el reportaje lo repetían al mismo tiempo las grandes cadenas mundiales y las redes privadas. Oyó con atención, el documento audiovisual estaba siendo transmitido desde el espacio. Sin dejar de observar los alrededores, no se perdió un segundo de la transmisión. Al final fue reiniciado y Elida concentró su mente en sacar conclusiones.

<< La edad promedio de las madres es veinticinco años, vienen de todos los continentes. Los primeros niños nacieron hace cuatro años y continúan naciendo pero no especifican cantidades, aunque las imágenes sugieren cientos de miles. Hubo un juramento de matrimonio entre cada Expedicionario y la joven de la Tierra, pero no mencionan alguna clase de religión. Las parejas ahora están en hibernación, en compañía del niño luego de cumplir un año de nacido. El ochenta por ciento son niñas, no informan porqué. Cada año más y más parejas con su descendiente pasan a hibernación. No hay duda, este noticiero pretende calmar a la gente de la Tierra pero los terroristas no le harán caso alguno. >>

El vehículo la dejó en la entrada de un centro comercial en la zona de los teatros de Broadway. Ya era de noche, había pocos transeúntes. Una pantalla en alguna de las vidrieras, cuando hizo la conversión mental, le mostró tres grados Celsius de temperatura bajo cero. Siguió las instrucciones de Gan Kan. Entró directo a la brillante galería, tomó cuatro tramos de escaleras eléctricas y arribó al núcleo del edificio. Estaba medio lleno de gente comprando. Le sorprendió.

<< O no vieron la rueda de prensa del presidente, en los jardines de la Casa Blanca, o son agentes secretos. Gan dijo que habría guardias Expedicionarios a mí alrededor desde que salí del hotel, no vi a nadie con aspecto similar a ellos. >>

Una mujer se acercó.

—Señorita Elida. El sol está esplendoroso. Soy Adela Martínez, de su guardia personal. Por favor, sígame. —esa era la contraseña correcta y aceptó los anteojos oscuros que le ofreció.

Casi se los vuelve a quitar. Los vidrios negros no habían atenuado la iluminación, sin embargo aparecieron figuras confusas en los ángulos de la galería. Parecían esas estatuas de caballeros con armadura que hay en algunos museos, pero estas se movían con lentitud avanzando pegadas a las paredes y vidrieras. No proyectaban sombra ni reflejos. Dobló los anteojos y los mantuvo en una mano.

<< Hay Expedicionarios en traje de batalla. ¿Cuantos recorren nuestras ciudades sin que nadie los pueda ver? >>

La mujer, con aspecto de ama de casa en tarea de compras, caminó entre la pequeña multitud y se detuvo a la entrada de un local. Era el restaurante que había visto en la fotografía que Gan le envió: The Enterprise. Sí, era un lugar para fanáticos de aquella vieja serie de películas donde el gran navío recorría la galaxia.

Surgió un empleado vestido de smoking y sin preguntas le dio la bienvenida. La guio hasta una mesa cercana a la barra. El decorado, lleno de alegorías a la película, le causó buena impresión. Había otros comensales, concentrados en conversaciones y galanteos. Quedó de cara a la entrada, le pareció prudente en vista de la situación desde los atentados.

En la entrada apareció un hombre con gorra, lentes oscuros y un abrigo ligero cubría casi todo su cuerpo. En el primer instante lo descartó, los Expedicionarios se veían más impresionantes en la pantalla. Entonces su corazón se aceleró. El individuo venía hacia ella y sonrió, sí, porque aquello tenía que ser una sonrisa a pesar de los caninos tan llamativos.

Estaba confundida. Entonces él se quitó los anteojos y allí estaba Gan Kan. Los ojos enormes, marrón oscuro, el doble de los de cualquier terrestre, la nariz aguileña, la boca de labios delgados y la piel tono salmón con semblanzas de amarillo, serían aterrorizadores si no lo hubiera reconocido. A cualquiera le recordaba la fisonomía de un búho peligroso. El cabello azul oscuro, las orejas pequeñas y pegadas al cráneo, estaban cubiertas por una gorra con orejeras. No era tan voluminoso como lo había imaginado, con facilidad se podría confundir en cualquier multitud terrestre. Por un instante le pasó por la mente salir corriendo.

—Hola, Elida. Disculpa la tardanza —dijo él en el idioma natal de Elida, con lentitud y acento gutural.

Sin levantarse, Elida habló como si se hubieran separado solo unos minutos atrás.

— ¡También hablas español, el idioma de mi país! —y rio, para distender sus músculos abdominales.

Sin sentarse el hombre también río con voz musical.

—Elida, pensé que saldrías corriendo. ¿Puedo sentarme?

Esperó su seña de asentimiento y quedó frente a ella.

Un mesonero trajo dos menús. Parecía no haber visto la gorra en la cabeza del hombre y no le pidió el abrigo. Elida no tuvo dudas.

<< Los comensales y mesoneros son de algún servicio secreto, me sigue pareciendo que todo el mundo en el centro comercial es agente. Ya tengo complejo de persecución. >>

Miró las manos de Gan, tenían un vello oscuro poco visible. Las uñas le parecieron normales, aunque solo cuatro dedos en los primeros segundos la intimidaron. Fue solo eso, unos segundos. Él tomó una de sus manos y ella sintió esos 37,5 grados de temperatura corporal, de los que hablaron tantas veces por teléfono, cuando analizaban la compatibilidad genética.

—Tus manos me encantan. Nosotros perdimos un dedo hace unos cuantos milenios, tal vez por inútil, dicen… decían… nuestros científicos.

Quedaron en silencio y Elida lo rompió.

—Tengo que aprender de ti. Manejas bien haber perdido tu mundo. Si no quieres hablar de eso, lo dejamos.

El hombre no soltó su mano y se inclinó para mirar sus ojos.

—No, no. Es el mejor momento. Quieres más información, lo veo en tu mirada. Seguro estás consciente de la clase de porvenir que te espera. En un instante todo lo que nos rodea habrá desaparecido en el pasado. No sabemos cómo será el futuro para la Tierra, pero será tan distante para ti como si no existiera. Opino que es peor, al menos yo sé que mi familia, mi mundo, desaparecieron, sin dejar descendientes y los paisajes que conocí ya no existen.

Entonces ocurrió lo inesperado para ella. Los ojos de Gan se humedecieron.

Elida no era muy buena consolando a sus amigas, con frecuencia las regañaba para que reaccionaran. Solo pudo poner su otra mano sobre la de Gan y guardar silencio. También por sus mejillas corrieron lágrimas.

Gan tosió y volvió a sonreír. Ahora a ella le pareció una bella sonrisa.

—Perdí el control. Cuando hablo contigo me olvido quien soy.

Elida atrapó la expresión.

— ¿Y quién eres, en realidad, Gan?

***

Gan Kan nació en las montañas del séptimo planeta, un mundo transformado para hacerlo habitable. La cacería y las excursiones fueron su pasatiempo juvenil. Tuvo tres hermanas mayores, ellas se formaron en carreras científicas. Para el momento de su nacimiento llegó la amenaza de los Binek, nadie supo de donde vinieron. Se habló de procedencia externa a la galaxia, pero no había pruebas. Fue reclutado al ejército y se formó para las fuerzas de choque, más allá del último planeta. Ganó batallas y ascendió hasta el máximo grado militar.

Cuando parecía que estaban rechazando al enemigo hasta un cercano sistema solar, a sus espaldas ocurrió la catástrofe. Los instrumentos eran claros, su propio sistema solar se había transformado en una estrella infernal, roja como la sangre.

El choque en las mentes de los Expedicionarios fue mortal. Hubo suicidios en masa, algunas de las naves se abalanzaron al interior de la estrella roja, otras contra el enemigo. Al menos un tercio de la flota desapareció en el vacío, luchando para morir.

Gan Kan asumió la tarea de mantener unidos los restos del ejército. Estuvo hablando con los cientos de comandantes hasta que por fin aceptaron su idea. Un evento apresuró la toma de decisiones: los Binek no los habían olvidado y venían en su persecución. Dos flotas veinte veces más grandes que la suya avanzaban contra ellos. Los Binek perdieron su pista y los Expedicionarios lograron emerger a distancia segura, suponían ellos. Gan, con la ayuda de la inteligencia artificial de los pilotos automáticos, programó una ruta de saltos aleatorios dentro de la galaxia. Así iniciaron la búsqueda, aunque a los demás comandantes les parecía muy poco probable encontrar algo semejante a lo deseado por Gan.

Gan y sus asesores despertaron cada vez que los instrumentos descubrieron algo significativo. Los milenios pasaban como una cascada de estrellas, nunca se rindió. Sufrieron infinidad de frustraciones al encontrar tantas civilizaciones muertas. Hasta que una transmisión de televisión fue interceptada. Lo demás fue rápido, en comparación con el pasado. Ocultos en el espacio, más allá de Júpiter, espiaron para aprender sobre la cultura de los Terrestres. Durante décadas lo hicieron, hasta que se desplazaron al lado oscuro de la luna e hicieron contacto con los habitantes del tercer planeta.

***

Ya no estaban frente a frente. Kan tomó otra silla para estar más cerca, luego de preguntarle si podía hacerlo.

La conversación saltaba de un punto a otro. Una revelación expresada en voz muy baja, la hizo reír. Él quedó sorprendido y también se carcajeó. Ninguno de los comensales volteó hacia ellos.

— ¿Entonces, no te molesta el engaño?

Elida cuchicheó.

—No este engaño. Imagino la cara de los mandatarios cuando la flota se aleje y las armas que exigieron, a cambio de nosotras, dejen de funcionar.  En verdad es lo mejor para la gente, ya tenemos suficiente con el poder letal de las armas actuales.

—Tienes razón. Si los Binek llegaran hasta aquí hasta nuestras defensas son inútiles. Tal vez en unos cincuenta siglos, aquí en la Tierra, puedan fabricar algo parecido a nuestro armamento.

Gan terminó su café y Elida tomó otro sorbo del suyo. Como enamorados quinceañeros estuvieron mirándose a los ojos.

—Gan. ¿Qué edad tienes, en verdad?

Él la miró con más profundidad.

—Si lo medimos con años terrestres, tengo doscientos cuarenta viviendo fuera de hibernación. Y antes que lo preguntes, nuestra verdadera expectativa de vida es ochocientos cincuenta.

Aunque parecía divertida, Elida estaba aterrorizada y el hombre lo percibió.

—En nuestras naves ustedes alcanzarán la misma expectativa de vida que nosotros. Nuestra tecnología médica es muy avanzada, tu renovación celular será casi perfecta. Dentro de quinientos años, aparte del tiempo en hibernación, yo seré un hombre viejo y tú estarás en lo mejor de tu potencial. Y nuestros hijos…

Guardó silencio y ella comprendió, había llegado el momento. Los Expedicionarios no podían perder tiempo con alguien indeciso y menos el líder ejecutivo de la flota. No era una cuestión de amor entre un hombre y una mujer, era un acuerdo por la supervivencia de la humanidad galáctica luchando contra su propia naturaleza autodestructiva y contra un enemigo del cual no sabían dónde se encontraba emboscado.

Elida apretó las manos de Gan y miró sus ojos enormes. Ya no la intimidaba, todo lo contrario, eran los espejos del alma más grandes que alguna vez había tenido frente a ella.

Habló en el tono solemne de un juramento.

— Aunque hayan pasado otros miles de millones de años, Gan, antes de encontrar nuestro hogar, dentro de quinientos años de vida despierta, me seguirás pareciendo igual de hermoso.

Fin

Muchas gracias a Joseín por participar con esta historia en el Desafío del Nexus, esperamos que continúes publicando tus historias por aquí en el futuro.

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