Desde los Teques, Venezuela llega también nuestro amigo Ermanno Fiorucci, con una nueva historia para participar en El Desafío del Nexus de Agosto. Una historia sobre el tiempo, las decisiones que tomamos y las que dejamos de tomar:

Migraine_aura

Tiempo Desplazado

Autor: Ermanno Fiorucci

Quien sufre habitualmente de migraña sae que los ataque más dolorosos están precedidos por  particulares disturbios de la visión. Un médico del siglo XVII, John Fothergill notó que estas formas se parecen a los ángulos de una fortaleza, mientras que la abadesa alemana Hildegarde von Bingen observó que a veces, en lugar de la fortaleza aparece una “gran estrella negra”. Estas curiosas observaciones la puede hacer usted la primera vez que sufra de migrañas.. Pero no trate de descubrir que hay al otro lado de la estrella negra, podría ser peligroso para usted y para todo el universo.

Linares atrapado en su aburrimiento, encontró casi agradable el sonido del timbre del teléfono.

—¿Quién será, querido? — preguntó Cristina Linares, arrugando las cejas.

—La verdad es que no reconozco este particular tono del timbre — contestó él con ironía. Cristina apretó los labios molesta.

—Aló, aquí José Linares

—¿Así que nos llamamos José ahora? Antes era Pepe. — La voz lucía tensa pero controlada.

—¿Quién habla?… —Linares no conocía la voz.

—¿De verdad no lo sabes? Muy interesante.

En esas palabras había algo que activó el sistema de alarma en Linares

— Mire, — dijo — o se identifica o cuelgo.

—Tranquilo, José. Ya lo hago. Llamé solo para cerciorarme si tú y Cristina estaban en casa, antes de ir para allá.

—¡Un momento! — Exclamó de inmediato Linares — Todavía no me ha dicho qué quiere.

—A mi esposa, por supuesto — contestó amablemente la voz. — Son casi nueve años que vives con ella, y vine para recuperarla.

Un click, y luego el zumbido característico en su oído. Colgó y se quedó indeciso, por unos segundos, al lado del teléfono.-

¿Sería una broma de mal gusto?… pero esa alusión al hecho que él ya no se hacía llamar Pepe era, cuando menos, sospechosa. Linares había comenzado a servirse del nombre de bautizo, y no más del diminutivo, cuando el negocio comenzó a crecer; pero era una cosa ya vieja, pensó indignado, y solo le incumbía a él.

Sin embargo le retumbaba en el cerebro la frase: “son casi nueve años que vives con mi esposa”; pero él tenía once años casado con Cristina… sin embargo aquella expresión “nueve años” significaba algo, se conectaba con un sentimiento de ansiedad, como si una parte de su subconsciente hubiese captado el sentido y ahora estuviese esperando angustiado el próximo movimiento.

—¿Quién llamaba?

—Lo desconozco. —No quería comentar esa llamada.

—¿Número equivocado?

—Sí.

Cristina lo miró a los ojos:

—Me pareció que a veces subías el tono de la voz

—Digamos, entonces, que el número era el correcto, pero la persona equivocada — corrigió con impaciencia. — ¿Quieres un trago?

No recibió respuesta. Se sirvió una generosa dosis de ron y se apoyó en la barra del bar, mirando a su esposa, quien se quedó sentada y simulando indiferencia.

De pronto encontró la explicación a la frase “son casi nueve años…” Nueve años atrás, exactamente en este mismo mes, una patrulla de la policía había encontrado a Cristina vagando en la oscura avenida Vargas con algunos fragmentos de cerebro humano enredados en sus cabellos…

¡El timbre del teléfono de nuevo!

—Aló. Aquí Linares — dijo secamente.

—Hola José. ¿Qué sucede? — Esta vez identificó la voz. Era Carlos Brito.

—¡Carlos! —Se dejó caer sobre un taburete de la barra. — ¿Tú llamaste hace media hora?

—No.

—¿Seguro?

—Por supuesto… estaba muy ocupado… aquellos sondeos en Guárico presentan algunos problemas.

—¿No coinciden los registros?

—Exacto. Esta mañana hice una serie de ocho tanteos al azar, en el área designada, y los he revisado con un gravímetro diferente. Por ahora, lo único que puedo decirte es que los análisis del mes pasado estaban completamente equivocados. De acuerdo a las nuevas muestras, tienen alrededor de veinte miligal menos de lo que deberían tener.

—¡Veinte! Pero eso significa que se trata de una formación rocosa mucho más ligera de lo que habíamos previsto. Podría tratarse de…

—¡Sal! — concluyo Brito. — ¿Tu cliente estaría interesado en una mina de sal, en lugar de una construcción de cemento?

Linares encendió un cigarrillo preguntándose por qué el universo había escogido precisamente esa tarde para comportarse de manera tan extraña.

— Mira, Carlos, esas discrepancias pueden ser interpretadas de dos maneras. O, como tú dices, que la roca calcárea, se transformó de buenas a primera en sal, o que nuestros gravímetros necesitan ser revisados y ajustados… ¿cierto?

—Parece que sí — admitió con voz cansada Brito.

—Así que mañana alquilaremos otro par de instrumentos y volveremos a efectuar las pruebas.

—Estaba seguro que me dirías eso, José.

—La próxima vez iré contigo — prometió Linares. — Necesito hacer algo de ejercicio… Hasta mañana, Carlos.

—Sí… hasta mañana… A propósito José… obviaste una tercera posibilidad.

—¿O sea?

—Que haya disminuido la gravedad.

—¡Necesitas descansar Carlos… hasta tus chistes están influidos por el cansancio!

Linares colgó sonriendo, pensando en ese geólogo que jamás se desalentaba.

—Era Carlos — dijo, sin que Cristina se lo preguntara. — Trabaja hasta tarde.

Ella se dio por enterada sin mostrar ningún interés. “Está hecha así.” Pensó irritado Linares. “Desprecia mi trabajo y todo lo que le concierne. Y pensar que lloré, de felicidad al saber que se encontraba bien la noche en la que la encontraron con el cabello salpicado por pedazos de cerebro de ese individuo, Espinoza”.

Linares bebió su ron de un solo trago y se sirvió otro y… dejó de especular al percibir que estaba comenzando a emprender un viaje.

Las luces y las paredes de la sala comenzaron a retroceder a distancia planetaria, estelar, galáctica. Trató de hablar, pero la subestructura transparente del lenguaje estaba mutando sobre la superficie de la realidad, privando de su significado a las palabras. Curiosas figuras geométricas se sobrepusieron a la perspectiva de la habitación, transportándolo, con una clara sensación de náusea, de un polo a otro desconocido. Una cara giró hacia él, una forma pálida, sin significado. ¿Hombre o mujer? … Con paso decidido, cruzó el límite.

Linares cerró con rabia el capot del carro. Cristina, sentada, esperaba inmóvil, tranquila, como una estatua y esa actitud logró irritarlo más.

—La batería murió… Esto resuelve el problema: ¡No vamos!

—No digas estupideces. — Cristina salió del carro. — Los Martínez nos esperan. Llamemos un taxi.

—¡No seas terca, Cristina! Ya tenemos una hora de retardo… no tengo ninguna intención de llegar a una recepción con las manos llenas de grasa. Regresemos a casa.

—Eres insoportablemente infantil.

—¡Gracias! — Linares cerró con seguro las puertas del carro. — Vámonos.

—Yo voy a casa de los Martínez. — Insistió Cristina. — Tú, si quieres, puedes irte para la casa a diluir tu mal humor.

—No seas necia. No puedes mandarte ese maratón tú sola a estas horas.

—Puedo ir y regresar perfectamente sola… lo he hecho durante años, antes de conocerte.

—Sé que estuviste andando por ahí, querida… pero siempre he tenido el buen gusto de no hablar al respecto.

—¡Gracias! ¡Así que no tendrás el bochorno de dejarte ver públicamente conmigo esta noche!

—¿Cómo pretendes llegar allá? ¿Trajiste dinero?

Ella titubeó, luego estiró la mano.

—Dame para el taxi.

—Nada que ver. Soy insoportablemente infantil y pretendo seguir siéndolo. ¡Vamos a casa!

Disfrutó por un momento la desesperación de ella. Luego pensó: Qué importa llegar tarde a una recepción, con las manos y la cara sucia. Siempre podré decir la verdad y así hacer creer cuán importante era esa reunión para mí. Voy a dejar que me ruegue una vez más y aflojaré. Iremos a la fiesta.

Pero, Cristina dio media vuelta y se alejó caminando por la acera iluminada, gracias a luz de las vidrieras de los comercios. Con el chal cubriendo sus hombros. Sus piernas largas lucían más estilizadas por los tacones altísimos de los zapatos; su presencia, en ese lugar y a esa hora lucía incongruente.

Linares se sintió invadido por un sentimiento de sincero afecto. No puedes dejar que Cristina camine sola de noche por la ciudad, le dijo una voz interior… sin embargo no quería arrastrarse detrás de ella y acceder a su voluntad. Después de un instante de dudas, dio la vuelta dirigiéndose en dirección opuesta, disgustado consigo mismo e imprecando entre dientes.

Dos horas después, se paró frente a su casa una patrulla de la policía. Linares que estaba asomado a la ventana, bajó como un rayo a abrir la puerta.

Había dos detectives civiles y detrás un agente uniformado. Uno de los dos se identificó:

—¿El señor José Linares?

Afirmó, incapaz de hablar.

—Soy el inspector Monasterios… brigada de homicidios. ¡Quisiera hacerle algunas preguntas!

— Por favor, entren.

Los guió hacia la sala.

—No parece sorprendido por vernos aquí — comentó lentamente Monasterios.

—¿Qué desea Inspector?

—¿Tiene un fusil en casa, señor Linares?

—Ah… sí. — Linares estaba sorprendido.

—¿Quisiera mostrárnoslo?

—Escuche, ¿podría decirme qué es lo que está sucediendo?

—El detective Millán le acompañará hacia donde usted guarda su fusil.

Linares guió al detective hasta un armario en su estudio, en el cual guardaba desde la caña de pescar hasta la pelota de bowling. Millán se le adelantó, abrió el armario, tomó el fusil y ambos regresaron a la sala. Monasterios recibió el fusil y pasó el dedo sobre la culata cubierta de polvo.

—Pareciera que no lo usa con mucha frecuencia…

—Creo que la última vez fue un par de años antes de casarme.

—Hum… Es un modelo de aire comprimido ¿cierto?

—En efecto.

—Aparatos peligrosos estos. Son capaces de destrozar la cabeza de cualquier animal. No entiendo porqué la gente los usa.

—Porque tiene un magnífico mecanismo. — explicó Linares. — Y a mí me gustan los buenos mecanismos… a propósito, este no funciona.

—¿Por qué?

—Una vez bajé el obturador y creo que dañé el percusor.

—Hum — Monasterios revisó el obturador, olfateó la culata, miró a contra luz de la lámpara el cañón. Devolvió el fusil al detective. — ¿Es el único fusil que tiene?

—Sí. Escuche, inspector, ¿Puede decirme por qué vinieron? —Linares titubeó. — ¿Le pasó algo a mi esposa?

—Creí que jamás me lo preguntaría. — Los ojos de Monasterios no aflojaban la cara de Linares.

— Su esposa está bien. Ha sido muy imprudente al cruzar el parque a esta hora, sola… un hombre la ha asaltado… Pero está bien.

—¡Un momento… no entiendo! ¿Cómo es que está bien si un hombre la ha asaltado?

—Bueno, ha sido muy afortunada, señor Linares. Otro hombre, que de paso corresponde a su descripción, apareció de detrás de un árbol con un fusil y, le voló la cabeza.

—¿Qué? ¿No estará pensando… ¿Dónde está ahora ese hombre?

Monasterios sonrió.

—No lo sabemos… parece que se desvaneció.

… Un sentimiento de dolorosa inmensidad, una mutación de perspectiva y paralaje, inimaginables transiciones en las cuales las curvas del espacio-tiempo oscilaban entre el positivo y el negativo, mientras el infinito se abría al centro, amenazante, ilusorio, hiriente…

Está bebiendo como un cosaco, pensó Cristina. Esta noche va a ponerse en órbita.

—¿Por qué no sales un rato al porche para respirar un poco de aire fresco? … — le sugirió Cristina, mientras ella subía hacia la alcoba. — Creo que te hará bien…

Linares encendió un cigarrillo y salió al porche. La noche era oscura y fresca. Respiró el aire húmedo con fruición. Tiró la colilla que el césped húmedo apagó. Dio la vuelta para reingresar.

—No cierres la puerta, José. — La voz venía del caminito de la entrada. — Vine a recuperar a mi mujer… ¿se te había olvidado?

—¿Quién es? — preguntó al ver una figura avanzar hacia la luz. Pero ya había reconocido la voz. Era la misma de la llamada telefónica anónima.

—¿No lo has comprendido todavía, José? — El desconocido ya había alcanzado el porche. La luz le alumbró el rostro.

Linares, paralizado, se encontró mirando su propia cara.

—¿Quién eres y qué quieres — preguntó con aspereza.

—Ya te he dicho qué quiero, José — dijo con gentileza. — Y tú ya deberías saber quien soy…

—Creo… —José no terminó la frase, temiendo decir en voz alta lo que pensaba.

—Entremos —propuso impaciente el recién llegado. — Hace fresco aquí afuera.

—Creo que ya este jueguito está pesado — exclamó José una vez en la sala. — Quisiera alguna explicación.

El visitante observó atentamente a José. El otro sí mismo era un poco más robusto y vestía ropa cara, pantalones a la medida y una elegante camisa deportiva marrón.

¡Nueve años! Nueve años divergentes han producido algunas diferencias, pensó. Yo no luzco reposado y bien nutrido, pero mi hora llegó. ¡Mi hora!

—Estoy esperando — dijo José Linares.

—Me hubiese gustado hablar en presencia de Cristina.

—Mi esposa subió. — Las primeras dos palabras fueron subrayadas con intencionalidad.

—José… La verdad es que no sé como decírtelo… Yo soy… tú….

—Eso es como decir: yo soy yo — sentenció José con indiferencia.

—No. Podría contarte cosas que solo tú conoces… como el asunto de la prima Luisa.

—¿Para el trote, compañero! — amenazó José dando un paso adelante.

—No te enojes. Estoy simplemente presentando las credenciales. ¿Te molesta si me siento?

— ¿Queda otra alternativa?

—Así está mejor. ¿Qué opinas de los viajes en el tiempo, José?

—Creo que son imposibles. Actualmente nadie puede viajar en el tiempo. La tecnología actual no lo permite… creo. Y nadie puede venir a nosotros desde el futuro, porque el pasado es inalterable. Eso es lo que pienso de los viajes en el tiempo.

—¿Y la otra dirección?

—¿Cuál?

—Ángulo recto con respecto a las dos direcciones que has mencionado.

—¡Ah, esa! — José tenía el aire de estar divirtiéndose. —Cuando leía ciencia ficción los consideraba… probables.

—De acuerdo — convino. — ¿Qué piensas de un viaje probable?

—¿Estás tratando de decirme que vienes de otro presente? ¿De otra corriente temporal?

—En efecto, José.

—Suponiendo que sea verdad, ¿por qué viniste? —. Tenía los ojos pensativos. — Nueve años, decías. ¿Tiene eso algo que ver con…?

—Escuché hablar José. — Cristina estaba entrando en la sala. — ¿Quién está contigo?… Oh… ¿José? — La voz de Cristina era trémula e incierta. — ¿José?

Se levantó y la presencia de ella le llenó los ojos. ¡La había alcanzado!

—Es mejor que te sientas, Cristina — Aconsejó José con voz sutil y monótona. — Creo que nuestro amigo tiene una historia que contarnos.

Lentamente, comenzó a ordenar los hechos de los nueve años pasados en los meandros de su mente.

En ese momento creyó estar a punto de hacer un viaje involuntario. Pero todo parecía normal.

“Cristina dio media vuelta y se alejó caminando por la acera iluminada gracias a luz de las vidrieras de los comercios. Con el chal cubriendo sus hombro. Sus piernas largas, lucían más estilizadas por los tacones altísimos de los zapatos; su presencia, en ese lugar y a esa hora lucía incongruente

Linares se sintió invadido por un sentimiento de sincero afecto. “No puedes dejar que Cristina camine sola de noche por la ciudad”, le dijo una voz interior… sin embargo no quería arrastrarse detrás de ella y acceder a su voluntad. Después de un instante de dudas, dio la vuelta dirigiéndose en dirección opuesta, disgustado consigo mismo e imprecando entre dientes.

“Cerca de dos horas después, se paró frente a la casa una patrulla de la policía.

Yo tenía tiempo asomado a la ventana, bajé como un rayo a abrir la puerta de par en par. Había dos detectives civiles y detrás un agente uniformado. Uno de los dos se identificó:

—¿El señor José Linares?

Afirmé, incapaz de hablar.

—Soy el inspector Monasterios de la brigada de homicidios. ¿Le molesta si entro?

—Por supuesto que no. Pasen.

Los guié hacia la sala.

—No sé como decírselo, señor Linares — dijo lentamente Monasterios.

—¿Qué pasa inspector?

—Se trata de su esposa. Parece que estaba en el parque esta noche, sola, y la asaltaron

—¿Asaltada? — Sentí que me temblaban las rodillas. — Pero ¿dónde está ahora? ¿Está bien?

Monasterios negó con la cabeza

—Lo siento, señor Linares, está muerta.

Me hundí en la poltrona, mientras el universo se encogía y expandía entorno a mí como la cavidad de un corazón enorme. He sido yo, pensé. Yo maté a mi mujer.

“Siguió un período de depresión absoluta.

“La policía le dijo que era muy difícil descubrir a los asesinos en serie. Entonces decidí inventar mis propias reglas.

“El asesino de Cristina no había sido visto por nadie, y como no había existido un motivo personal, específico, para cometer el delito, no constaba nada que lo ligase al mismo. Sin embargo yo no conocía al asesino, pero “él seguramente me conocía”. El caso había sido ampliamente publicitado en los periódicos y en la TV local. Tenía el convencimiento que al ver sus ojos lo reconocería.

La ilusión de aquella esperanza me sostuvo durante cinco semanas hasta que la desnutrición y la intoxicación etílica la apagaron.

“Cuando reabrí los ojos estaba recluido en un hospital.

“Cinco días después fui dado de alta. Helena, mi secretaria, tuvo cuidado de mí durante mi hospitalización. y ahora, me llevaba a mi casa.

Traté de concentrarme en el informe que me daba acerca del funcionamiento del negocio, pero me di cuenta, con angustia, que un puntico de luz roja parpadeante apareció frente a mí. Me froté los ojos pero la mariposita de luz seguía creciendo. Al llegar a mi casa, despedí a Helena agradecido.

“El destello furtivo seguía creciendo con mayor rapidez, en ese momento cubría casi todo mi campo visual, y ya comenzaba a desarrollarse de acuerdo a los esquemas ya conocidos: prismas geométricos que variaban en continuidad, se movían, deformaban, abrían ventanas sobre dimensiones desconocidas.

“¡No ahora!” Suplicaba en silencio. “No quiero hacer un viaje ahora.”

Conocía aquellos fenómenos ópticos desde la infancia. Se presentaban a intervalos irregulares, de acuerdo al estado de tensión mental; generalmente los precedía una sensación de insólito bienestar. Una vez pasada la euforia, aparecía el resplandor zigzagueante delante del ojo derecho, y emprendía viajes inexplicables en el pasado.

“Los doctores me dijeron que cada viaje duraba solo unos poquísimos segundos de tiempo real. Que era un fenómeno curioso de la memoria… pero eso no lograba hacer más soportables las anomalías que lo precedían, porque las escenas jamás eran agradables. Fragmentos de mi vida que hubiese preferido olvidar, momentos críticos.

“La mirada del ojo derecho comenzó a aclararse, la tensión interior aumentó, la habitación se alejó, torciéndose, mostrando perspectivas extrañas, y… crucé los límites.

“Cristina dio media vuelta y se alejó caminado por la acera iluminada gracias a la luz de las vidrieras de los comercios. Con el chal cubriendo sus hombro. Sus piernas largas, lucían más estilizadas por los tacones altísimos de los zapatos; su presencia, en ese lugar y a esa hora lucía incongruente

“La luminosidad de las vidrieras la enmarcaban proyectando una imagen nítida en mi mente. Fue entonces cuando vi, claramente, que la escena era equivocada: tres árboles crecían en medio de los corredores viales donde jamás habían crecidos árboles. Eran almendrones con un cierto “no sé que” en la disposición de las ramas provocaron en mi el deseo de alejarme poseído por un sentimiento de repulsión. Me di cuenta luego, que los troncos eran inmateriales y que la luz de los faros de los carros los atravesaba. El sentimiento generado era temor y atracción simultáneamente.

“Mientras tanto Cristina continuaba alejándose y una voz interior me decía que no podía dejarla caminar sola de noche por la ciudad vestida así como estaba. Combatí la misma batalla con mi orgullo, luego giré para dirigirme en la dirección opuesta, lleno de disgusto hacia mí mismo, imprecando…

“Luego… Un sentimiento de dolorosa inmensidad, una mutación de perspectiva y paralaje, inimaginables transiciones en las cuales las curvas del espacio-tiempo oscilaban entre el positivo y el negativo, mientras el infinito se abre al centro, amenazante, ilusorio, hiriente…

“Apreté con fuerza los brazales de la poltrona hasta que mi respiración se normalizó. Fui a la cocina a preparar un poco de café, mientras mi mente iba despojándose de la actividad provocada por el viaje. La pérdida de energía nerviosa que seguía a cada viaje era otro de los aspectos característicos de las excursiones hacia el pasado; pero esta vez el consumo había sido mayor que de costumbre. Me di cuenta que este viaje había sido diferente, porque se había introducido un elemento fantástico. Aquellos árboles que se erguían en medio de la vía me habían sorprendido, porque, además de la incongruencia de su presencia, existía el absurdo de su inmaterialidad… estaban como proyectados sobre una pantalla; pero el arco irregular formado por sus ramas era verdadero. Los había visto antes… ¿dónde?

“Regresé a la sala, me senté… bebí unos sorbos del café, pensé vagamente que debía comenzar a trabajar… La penumbra había invadido la sala y me dormí.

“Cuando desperté ya era oscuro. Una luz tenue, proveniente de la luminaria de la calle, se filtraba en la sala; observé las sombras vacilantes de los árboles sobre la pantalla gris de la televisión… entonces recordé dónde había visto los tres almendrones.

“Durante un reportaje televisivo habían transmitido unas diapositivas del lugar en el cual había sido encontrado el cadáver de Cristina… cerca de los tres árboles.

La diferencia era que los almendrones vistos por mí en el viaje no estaban inmóviles, como los de la foto. ¡Se movían!

“Hesité antes de definirlos reales, ¡pero lo eran! Esto significaba que había algo cambiado en mis viajes, que una parte de la mente había considerado necesario creer que realmente había visto a Cristina, aquel día. ¿Sería posible que mi consciencia, culpable, hubiese desafiado las leyes de la naturaleza, haciendo un viaje real en el tiempo? ¿Y si el antiguo deseo humano de regresar al pasado para corregir errores, hubiese sido la fuerza síquica que había hecho viable todos los viajes míos?

Mientras estaba en estas cavilaciones, sonó el teléfono. Era Enrique Caldera esposo de Helena.

—¿Cómo se siente? —quiso saber.

—Mucho mejor ahora. Gracias

—Pero ¿qué tenía? — insistió.

Después de un instante de vacilación, decidí decir la verdad.

—En realidad no veía muy bien. Me aparecen luces coloradas delante del ojo derecho.

Y entonces, de manera inesperada Enrique Caldera me dijo en tono comprensivo:

—¿Prismas y dibujos zigzagueantes? Entonces usted también pertenece a nuestro club.

—No entiendo…

—Yo también sufro de las mismas molestias… y luego comienza el dolor — explicó. — Son los síntomas preliminares a un ataque de migraña.

—¿Migraña? Pero yo jamás he sufrido de dolor de cabeza — aclaré

—¿No?… entonces es uno de los pocos afortunados… Yo experimento, después de que todas esas luces se apagan, algo muy desagradable, se lo aseguro.

—Desconocía que había un nexo entre esos fenómenos visuales y la migraña — confesé.

“La convicción acerca de la posibilidad de los viajes en el tiempo nació después de una gestación que duró meses.

“Regresé al trabajo, pero no estaba en condiciones de emitir juicios válidos ni en las cosas rutinarias. Helena, mientras tanto, ayudada por los tres técnicos, que constituían el personal de la empresa, logró mantener el negocio funcionando adecuadamente.

“Cada seis o siete días hacía un viaje, que revivía, invariablemente, aquella última escena con Cristina. Sin embargo, la casual conversación que había tenido con Enrique Caldera, había cambiado todo, y el interés que despertó en mí era la única cosa positiva de aquellos días aciagos.

“Comencé a frecuentar las bibliotecas públicas… La esperanza de encontrar al asesino, era una especie de proyecto esquemático básico, sin reconocer la obcecación que ese plan me producía.

Primero leí artículos y tratados sobre la migraña, luego pasé a los textos de medicina general, de biografías de famosos pacientes de migraña, todo lo que mi instinto me sugiriera que podría conducirme al punto donde quería llegar. Las lecturas me enseñaron que se trataba de una molestia conocida desde la antigüedad; los griegos la llamaban: “El mal de la mitad de la cabeza.”

“Una de las cosas más interesantes, para mí, era la sorprendente precisión con la que mis experiencias visuales habían sido descritas por otras personas, en otras épocas.

Los términos médicos eran muchos, desde “teichopsia”, hasta “escotoma centelleante”, pero yo prefería, por su exactitud:” formas de fortificación”.

Quien se sirvió de esta definición por primera vez fue un médico del siglo XVIII, John Fothergill, quien había escrito: “…una extraña especie de destello en la vista, objetos que mutan con rapidez sus posiciones aparentes, circundados por ángulos luminosos como los de una fortificación.”

“Una tarde pesada y aburrida, ojeando una desconocida publicación médica, quedé sorprendido al encontrar dibujos precisos, no de las formas de fortificación que cualquier artista podría elaborar, si no de la estrella negra que eventualmente las sustituía.

Uno de los dibujos era obra del filósofo francés Blaise Pascal, y otro que se remontaba hasta el siglo XII hecho por la Abadesa Hildegarde von Bingen.

“ Un año más tarde tuve consciencia de que desde la muerte de Cristina, mi potencial retroactivo había alcanzado un nivel anormalmente elevado, cuyos resultados eran los frecuentes viajes. No pretendiendo construir un edificio filosófico capaz de conciliar las implicaciones físicas, queda la cuestión de cómo llevar a la práctica, la teoría.

“Cinco años después, dependía del cheque que mensualmente me enviaba Helena, el cual me permitía, con gran alivio, saldar la cuenta con SCN (Sociedad Científica Nacional). (Ya Helena y ese nuevo técnico Carlos Brito, manejaban el negocio).

Estaba animado. Mi trabajo pasaba de la fase investigativa a la experimental. ¡Y pensar que le debía mi gran descubrimiento al uso de un destornillador defectuoso!

Ignoro qué fue lo que me indujo a extraer el suero de la enorme ampolla que se había formado en la palma de mi mano derecha, quizás lo hice porque pensaba al posible uso de los dolores de la migraña como disparador de los impulsos crono-motores.

Las investigaciones hechas en clínicas demostraron que una sustancia llamada kinina, se produce en las arterias craneales durante los ataques de migraña, en las personas que no experimentan la “hemicrania sine dolore”.

“El suero de una ampolla cuando se extrae y se pone en contacto con el vidrio, produce kinina, la cual, si viene re inyectada en la ampolla, provoca dolor. Así que Inyectando kinina, al percibir los síntomas de teichopsia, que preludiaban mis tres últimos viajes, estuve en condiciones de sufrir verdaderos ataques de migraña y, por primera vez, escuché aquellos tres almendrones silbar al viento.

“Superada esta fase de mi trabajo, me topé con el problema de efectuar el desplazamiento temporal de una notable masa física, es decir, mi cuerpo. Supuse que haría falta una enorme amplificación de los impulsos nerviosos, pero debía eludir Las Leyes de Kirchhoff.

“Después de otros tres años, la abrogación de las Leyes de Kirchhoff fue más fácil de lo previsto (si se toma en consideración la cuarta dimensión se convierten en posibles muchas cosas). Sin embargo subvaloré los gastos. La venta de la casa y de los muebles me proporcionó solo una pequeña parte de la suma necesaria. Por suerte logré convencer a Helena y a Brito para relevar mi coparticipación en el negocio.

“¡Y llegó la hora de corregir errores! Esperé a que cayera la tarde, antes de dirigirme al parque. Revisé el equipaje. Primero el sombrero, que parecía uno cualquiera si no hubiese sido por aquellos destellos anaranjados bajo el ala. Me lo coloqué en la cabeza con cuidado. Conecté los cables que descendían desde la faja interna del sombrero con los otros que emergían del cuello de la camisa. Cuando terminé la conexión, traté de moverme. La telaraña de cables me permitía libertad de movimientos. Luego me ocupé del fusil que, tuve que mandar a reparar pues tenía el percusor encasquillado. Saqué del bolsillo las municiones y lo cargué.

“Las venas me pulsaban por la excitación y la actividad de mi cerebro era superior a la normal, provocando un sentimiento de exultante tensión. Bajé del carro. Escondí el fusil bajo el impermeable.

“Los primeros disturbios visuales se presentaron ya frente a la entrada del parque. Me dirigí hacia la parte central y luego me desvié y fui tragado por la oscuridad anónima. Saqué el fusil y me lo llevé a la cara para controlar la mira de rayos infrarrojos. Las brillantes luces coloradas habían alcanzado el máximo esplendor cuando llegué a los tres almendrones.

“Presioné el ala del sombrero y un sordo zumbido se hizo oí… las baterías comenzaron a emitir energía. Contemporáneamente, la jeringa automática conectada al circuito, inyectó una carga de kinina en la zona afeitada sobre mi parietal derecho. Sentí el frío pinchazo, luego el dolor se difundió implacablemente en mi cabeza, mientras la sustancia se difundía por las arterias cerebrales… entonces el remolino de prismas de colores comenzó a retirarse, y a reducirse. ¡Había llegado el momento!

“… ella avanzaba en la oscuridad con su vestido azul y el chal plateado. Una silueta negra se movía detrás del arco formado por los almendrones. Se acercó a Cristina con los brazos estirados y ella gritó por el miedo. Encuadré la mira, y disparé instintivamente cuando apareció en el cruce del retículo la cabeza del atracador. El fusil reculó en mi hombro y la cabeza del delincuente había desaparecido.

“Quedé tendido por un buen rato con la cara aplastada sobre la grama. “Había logrado el Gran Viaje”, pensé con un destello de satisfacción… Ocho años de trabajo incansable habían alcanzado su instante de recompensa. Había vadeado el implacable río del tiempo.

“No vi a nadie cerca, pero era comprensible. El hombre que había eliminado fue encontrado y retirado ocho años antes y Cristina… en este momento debía estar en casa. Pero, me dije: “si Cristina está en casa ¿qué estás haciendo tú con el fusil en el parque? ¿Si está viva, cómo puedes recordar su funeral?”

“Más tarde, guié mi carro hasta la parte de atrás de mi vieja casa y el aviso “SE VENDE” todavía estaba en el jardín, alumbrado por las luminarias de la calle.

“Confundido, me dirigí a un bar de la periferia. Sentado en la larga barra pedí un ron, recriminándome por no haber previsto lo que sucedería. Traté de recapitular mentalmente los hechos:

Regresé atrás en el tiempo, le disparé a un individuo y ninguna de estas acciones había cambiado la realidad de la muerte de Cristina… Sumergí el dedo en el licor y dibujé una recta sobre la barra. Luego dibujé otra recta que divergía de la primera. Si la primera representaba la línea temporal en la cual nada había cambiado, entonces los pocos segundos que le había robado al pasado, habían transcurridos sobre la línea divergente. Al concluir el momento en el cual había matado, regresé al presente en mi corriente temporal. ¡En lugar de traer a Cristina en esta corriente, había evitado la muerte en la corriente divergente!

“Bebí un sorbo de ron, convencido que Cristina estaba viva en alguna parte. En efecto, mi viaje en el pasado, al crear una nueva corriente temporal, había creado otro universo completamente definido en el cual no faltaba nada, ni siquiera el duplicado de mi mismo. Había dado a Cristina otra vida pero solo para compartirla con otro hombre. No era correcto decir que el otro hombre era yo mismo, ya que un individuo está constituido por la suma de sus experiencias, y el otro Linares no había visto la cara de Cristina muerta, no tuvo que soportar el remordimiento de la culpa y no tuvo que dedicar ocho años de su vida a la idea fija que había concluido con la recreación de Cristina Linares.

“La línea bifurcada, trazada en la barra se estaba secando y yo la miraba sumergido en mis pensamientos. Pero si…Volví a humedecer el dedo y dibujé un circulito para indicar el presente sobre la recta que representaba la línea principal de la corriente temporal; luego dibujé otro igual sobre la línea divergente. Dibujé una diagonal que unía los dos puntos. Entonces entendí… había desafiado el tiempo para crear otra Cristina…La nueva tarea era alcanzarla”

La media noche había sido superada, cuando Pepe Linares terminó de contar su experiencia. Hubo un punto en el relato desde el cual José y Cristina habían comenzado a creerle. Hasta ese momento todo lo que había dicho era verdad, pero ya comenzarían las mentiras y debía tener cuidado para no caer en su propia trampa.

—¿Tienes algo más que contarnos?—preguntó José Linares con aire deliberadamente indiferente.

—Sí. Empleé un año para modificar el crono-motor y tener la posibilidad de viajar a través del tiempo. Se necesita muy poca energía pero la demanda es continua. Creo que para llegar aquí he tenido que viajar hacia atrás en el tiempo una millonésima de segundo lo cual es tan imposible como regresara atrás un año, provocando, de esa manera, una suerte de rebote…

Cristina se levantó y salió, dejando a los dos hombres solos.

—No es eso lo que me interesaba saber. — adelantó José. — Lo que te pregunto es: ¿Qué sucederá ahora?

—Bueno, ¿qué crees que debería suceder?… tú estás aquí con mi mujer y yo pretendo recuperarla.

Pepe Linares miraba atentamente al otro sí mismo y se sorprendió al constatar que este no reaccionaba con violencia.

—El caso es que Cristina es mi mujer —contestó con calma. —Dijiste que la tuya fue asesinada por haberla dejado ir sola.

—Tú también, José, la dejaste ir sola. Pero he sido yo él que encontró la vía para corregir tu error. No olvides eso.

—Hay algo enormemente equivocado en tu reflexión… pero ¿qué sucederá ahora?… ¿pretendes matarme?

—¡Por supuesto que no! Pero aquí tenemos un triángulo, y la única manera razonable de resolverlo es que la señora en causa se decida por un ángulo o por otro… De todos modos pretendo quedarme un par de semanas para que ella se acostumbre a la idea y, luego…

—¡Desvarías! ¡No puedes estar imponiéndote en nuestra casa!

—Mira—aclaró Pepe con calma, — es evidente que entre ustedes dos las cosas no funcionan muy bien…

—¡Ese es un problema nuestro! — Cortó José.

—Coincido… tuyo, mío y de Cristina. Es un problema nuestro… Bien, creo que todos estamos cansados y yo agradecería un reparador sueño.

Se instaló en el cuarto de huéspedes.

Más tarde asomado a la ventana Pepe pensaba: Una semana. Es todo lo que estoy dispuesto a esperar. Después de ese tiempo estaré en condiciones de tomar el puesto de José Linares. Nadie, se dará cuenta, excepto Cristina, claro.

Cuando estaba alejándose de la ventana, el cielo nocturno fue quebrantado por una lluvia cruzada de estrellas fugaces. Se fue a la cama y trató de dormir, con un sentimiento de desazón en el corazón.

Vestido con su traje gris mañanero, Pepe estaba asomado a la ventana de la habitación reflexionando acerca del Tiempo B. Consideró que debía haber diferencias en las dos corrientes temporales, además de la esencial, que era la existencia de Cristina. En este mundo un asesino sicópata, había sido eliminado; esto tuvo que haber alterado algunas cosas, especialmente las eventuales futuras víctimas que ya no serían tales. En el Tiempo B, el negocio de Asesoramiento Técnico Linares manejado por José había prosperado, ofreciéndole la ocasión de influenciar los eventos de manera, quizás, significativa. Pepe tomó mentalmente nota para recordar aquellas diferencias y acostumbrarse a ellas cuando ocuparía el lugar de José.

Cuando oyó movimientos en la casa y olfateó un agradable aroma de café, salió de la habitación hacia la cocina. A pesar de la hora, ya Cristina estaba perfectamente vestida y preparando el desayuno.

—Buenos días Cristina. ¿Puedo serte útil en algo?

—Oh… hola. No gracias

—Me apena verte trabajar tan temprano por mi culpa.

—No te preocupes — dijo José, que estaba parado frente la ventana y solo en ese momento Pepe se dio cuenta de su presencia. — Tenemos una buena cocinera que cumple también con otras funciones domésticas.

—Hoy no viene — informó Cristina. —La llamé para decirle que no la necesitábamos por algunos días.

José no la escuchó. Estaba oyendo atentamente la radio portátil apoyada en el alféizar de la ventana. La voz del locutor, distorsionada por las interferencias estáticas, se dejó escuchar:

“… continúa ahora en el hemisferio oriental. Un portavoz del observatorio de Monte Palomar afirma que la lluvia de meteoritos ha sido la más imponente de la historia, y nada hace prever que disminuya de intensidad. Los servicios televisivos de Tokio, donde el fenómeno se está manifestando actualmente con mayor intensidad, serán retransmitidos a través de las principales redes, apenas será reparada la falla, que hace pocas horas presentó el satélite de comunicaciones.

“El señor C.J. Cristopher, presidente de la Letsu principal agencia, que se ocupa de la manutención de los satélites, ha excluido, en un informe preliminar, que los satélites Vector se hayan desviados de la órbita sincronizada. Otra explicación posible, para la falla que se presentó la otra noche y que ya ha provocado las quejas y los reclamos de muchos usuarios civiles, es que los satélites hayan sido chocados por algún meteorito´

“Ahora pasamos a los sucesos locales…”

José Linares, preocupado, apagó la radio y se despidió:

—Voy a la oficina, a ver qué otra curiosa novedad me espera…

Pepe quedó silencioso en la cocina mirando a Cristina que estaba lavando unas manzanas. Nueve años, pensó, la tocaré y moriré. Moriré.

—Cristina, — preguntó — Por qué lavas las manzanas

—Costumbre… presumo. Siempre las lavo. — contestó sin voltear.

—Entiendo… ¿era absolutamente necesario hacerlo ahora? ¿Es urgente?

—Quiero volverlas a poner en la nevera.

—Pero no hay apuro ¿verdad?

—No — contestó ella apenada, como si hubiese estado obligada a admitir algo vergonzoso.

—¿Notaste que la fruta luce más fresca y lozana cuando está sumergida en el agua?

—No.

Ella dio la vuelta y Pepe le tomó las manos. Estaban frías y mojadas y despertaron en él lejanos recuerdos. Besó aquellos dedos fríos como pagando una promesa.

—¡No hagas eso! — Ella trató de retirar las manos, pero Pepe las retuvo.

—Cristina, — le suplicó, — te perdí hace ya nueve años. Pero tú también has perdido algo. José no te ama pero yo sí. Eso es todo.

—No creo que sea prudente emitir juicios apresurados acerca de José. Es injusto.

—¿Por qué? Basta mirar los hechos. Acaba de irse para la oficina como si aquí no estuviese pasando nada. Nos ha dejado solos. ¿Tú crees que yo te dejaría sola con un hombre que es mi rival?

—Es la manera de ser de José. Él actúa así cuando sufre o se siente ofendido… practica una suerte de judo mental, si tú empujas él jala y si tú jalas, él empuja.

Cristina liaba las palabras, desesperada, mientras él trataba de atraerla hacia sí. Pepe deslizó sus dedos suavemente por su nuca, entre su cabello, y sosteniendo su cabeza la obligó a mirarlo de frente. Ella se resistió por algún instante, luego se dio la vuelta con sus labios entreabiertos, anhelantes. Pepe Linares no cerró los ojos durante aquel primer beso, tratando de grabar aquel momento en su mente, para proyectarlo más allá del tiempo.

Más tarde, mientras yacían en la penumbra sepia de la alcoba, Linares tenía los ojos fijos en el techo y pensaba: Esta es la normalidad.

Puso su mano sobre la piel lisa y fresca de una pierna de Cristina.

—¿Cómo estás?

—Bien. — Su voz era adormecida, remota.

Linares asintió, continuando a mirar la alcoba con nuevos ojos.

El sol que se filtraba a través de las persianas cerradas tenía una cálida tonalidad amarilla, limpia y tranquilizante.

Se irguió apoyándose en el codo y mirando a Cristina:

—Quisiera ser poeta para cantar tu hermosura— dijo

Ella lo miró con un esbozo de sonrisa, luego desvió la mirada y él comprendió que estaba pensando en José. Linares se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, acariciando con un dedo la hinchazón del módulo crono-motor implantado bajo la piel y escondido por la correa del reloj… El único lunar en el Tiempo B era José Linares.

El día siguiente, cuando ya José había salido para la oficina, Pepe esperó con impaciencia que Cristina bajara por él, pero la mujer se presentó impecablemente vestida.

—¿Vas a salir? — le preguntó disimulando su desilusión.

—Voy de compra — contestó Cristina con una indiferencia que le dolió.

—¿Por qué?

—L a gente, incluyéndonos, tiene la inveterada costumbre de comer.

Pepe percibió en su voz un matiz de hostilidad, y sintió que ella trataba de evitarlo, después de aquel único encuentro íntimo. La idea de que pudiese sentirse culpable y que la causa de ese sentimiento era él, lo llenó de un pánico irracional.

—José insinuó la posibilidad de irse. — No fue capaz de evitar aquella mentira de adolescente enamorado.

—José es libre de irse cuando y donde quiere — le contestó ella y salió.

Cuando el teléfono sonó, Pepe corrió para contestar, pero luego titubeó con los dedos apretando la bocina.

Dos horas de soledad en la quietud de la umbrosa tarde, lo habían llenado de vagos presagios, alternados con momentos de excitante triunfo. Ahora con la bocina que templaba bajo sus dedos, solo tenía en su cabeza un sentimiento de inminencia, una consciencia de vida y de muerte que se equilibraban sobre el filo de una navaja…

Levantó la bocina y escuchó sin hablar.

—Aló — La voz masculina tenía un ligero acento conocido — ¿Eres tú, José?

—Si — contestó cauto Pepe.

—No estaba seguro que ya estuvieses en casa. Llamé a la oficina y me dijeron que habías salido… pero solo han transcurrido cinco minutos… Seguro estuviste picando cauchos como en tus buenos tiempos…

—Sí, me embalé un poco… Pero se te oye con muchas interferencias… ¿con quién hablo?

—Carlos, por supuesto. Carlos Brito. Oye, Cristina está aquí con nosotros. Minerva y yo la hemos encontrado en el supermercado… ya te la paso.

—OK

Con alegría celebró que en el Tiempo B estuviese también el eficiente geólogo Carlos Brito.

—Aló José — Cristina adivinó, por su hesitación que no era José.

—¿Qué pasa Cristina?

—Mira, Minerva tiene una reunión esta noche y me ha invitado. ¿Te molesta si voy directamente a su casa? ¿Puedes arreglártela sin mí por esta tarde?

El hecho que Cristina no estuviese encasa en las próximas horas encajaba perfectamente en sus planes.

—Cristina, ¿me estás evitando? —preguntó con voz reposada.

—¡Por supuesto que no! Solo que no quisiera perderme esta ocasión.

—No preocuparte, querida —dijo dulcemente Linares. — Asiste y diviértete

Colgó y pensó en el próximo movimiento.

Carlos dijo que José ya había salido, así que debía llegar en cualquier momento. Corrió a su cuarto y tomó la pistola que había traído en el salto. Para hacer plausible la hipótesis que José se había ido, era necesario librarse también de la ropa y de los objetos que debería llevarse. ¡Dinero! Entre otras cosas. Pepe decidió que como primer movimiento, mañana iría al banco y, presentándose como José Linares, transferiría una gran suma a un banco de Maracaibo. Luego iría retirando sumas de aquel banco para hacer más real la ficción. Fue al armario del estudio, y tomó dos maletas que llenó de ropa y las llevó al hall de entrada.

De pronto sintió un frío mortal. Escuchó el carro de José llegar. Entró por la puerta posterior y frunció las cejas al ver las dos maletas.

—¿Dónde está Cristina?

—La han invitado a cenar los Brito.

—Ya veo. —José lo miraba atentamente — ¿Qué piensas hacer con mis maletas?

Pepe apretó los dedos sobre la pistola y sacudió la cabeza sin lograr hablar.

—Tienes un aire extraño — observó José. — ¿Te sientes bien?

—Me voy — mintió. Sabía que jamás apretaría el gatillo. — Te devolveré las maletas más adelante. Tomé prestado alguna ropa… ¿Te molesta?

—No. —Los ojos de José traicionaban el alivio. — ¿Debo deducir, entonces, que te quedas en nuestra corriente temporal?

—Sí… me basta saber que Cristina está viva y cerca…

—¡Oh! — La expresión de José fue de desilusión. — ¿Te vas ya? ¿Quieres que te llame un taxi?

Pepe asintió y José giró para ir al teléfono., oportunidad que aprovechó el otro para golpearle, con la cacha de la pistola, la cabeza. Las rodillas de José se doblaron, y se desplomó sin sentido.

Pepe, le registró los bolsillos, encontró la cartera con todos los documentos que le serían de gran utilidad, un fajo de llaves entre las cuales estaba la del carro. Arrastró a José hasta el garaje, lo montó en la maleta… No quería matarlo y tampoco podía dejarlo con vida… … le quedaba muy poco tiempo disponible para resolver el dilema.

La pesadilla del general Isaías Durán consistía en que tenía dos enemigos completamente diferentes: Uno era la eventual nación contra la cual, sería llamado, algún día, a combatir; el otro estaba representado por los misiles y los técnicos que se ocupaban por su manutención. Formado con criterio ortodoxo, estaba dotado de escaso instinto para la tecnología bélica.

Desde que ocupaba el cargo, el general había aprendido a despreciar profundamente a los científicos y técnicos que las circunstancias le habían impuesto y aprovechaba cada ocasión para demostrarlo.

Miró el reloj. El doctor Casal, Científico en jefe, asimilado al Ministerio de la Defensa, había pedido una cita con carácter de urgencia. Al escuchar la puerta externa de su oficina abrirse, se preparó para aplastar al científico bajo el peso de su odio.

—Buenos días general —saludó el doctor Casal al. — Ha sido muy gentil recibirme con un preaviso tan corto.

—’ndía. ¿Cuáles son las novedades?

—No sé como decírselo, general

—Espero que encontrará las palabras adecuadas — dijo con intencionalidad. — De lo contrario no entiendo por qué vino.

La cara huesuda de Casal se contrajo violentamente:

—La dificultad no depende de la capacidad de expresarme, si no de su capacidad para comprender.

—Entonces simplifique el verbo —dijo Isaías en tono desafiante.

—Bien, general, presumo que habrá notado la lluvia de meteoritos, que puede apreciarse desde algunas noches.

—Un magnífico espectáculo — acotó irónico Isaías. — ¿Vino para comentarlo conmigo?

—Indirectamente. ¿Ha sabido cuál es la causa de este espectáculo sin precedentes?

— No tengo tiempo para frivolidades científicas.

—Entonces me permito recordárselo — siguió con calma Casal. — Ya no hay dudas que la fuerza de gravedad está disminuyendo. Normalmente la Tierra recorre una órbita que desde hace tiempo carece de detritus cósmicos, pero a causa de este nuevo cambio en la constante gravitacional, la órbita está otra vez invadida por estos. La lluvia de estrellas fugaces es una prueba visible de que la fuerza de gravedad…

—¡Gravedad, gravedad! — Exclamó Isaías. — ¡Qué carajo me importa la gravedad!

—¡Debería importarle! — Aquí Casal se gratificó con una breve sonrisa. — La gravedad es una de las constantes en los cálculos de las computadoras, de que están dotados sus misiles, que les permiten alcanzar el objetivo designado… y ahora la constante… no es más constante.

—Quiere decir… — Isaías se interrumpió porque había captado finalmente la gravedad de lo que le había dicho Casal.

—… que los misiles ya no caerán sobre los objetivos.

—¡Pero esto me pone en una situación insostenible!

—A todos

—¿Cómo?

—Todas las naciones del mundo tienen el mismo problema… Piense como deben sentirse las grandes potencias — Casal hablaba con una calma filosófica que irritó al general.

—¿Usted no está preocupado?— tronó

—¿Preocupado, general?… Si tiene tiempo para escucharme, le explicaré cómo estas frivolidades científicas influenciarán el futuro de la humanidad. — Mientras el doctor Casal explicaba con voz monótona y sutil, el general descubrió qué significaba tener de verdad miedo.

—… pero — balbuceó, consternado — si todo eso es verdad, significa…

—Sí, general. Significa el fin del mundo.

Pepe Linares cerró la casa y corrió hacia el carro. Manejó con cautela hacia el norte.

En las afueras de la ciudad no notó diferencias considerables entre el Tiempo B y el A.

En la lejanía, hacia el este algo brillaba, comprendió que era provocado por la caída de un meteorito. Así que las lluvias de estrellas continúa Pensó.

Encendió la radio:

“… se ha descubierto que, los satélites no funcionan y se salen de sus órbitas, las radiaciones solares inciden en las comunicaciones radiales, fanáticos religiosos predican el fin del mundo. Mientras tanto la NASA…

Pepe apagó la radio con la extraña sensación que futuro de Cristina y suyo estaba comprometido.

Llegó sin contratiempo al viejo chalet de montaña en el cual había pasado vacaciones idílicas con Cristina.

Bajó del carro, sacó como pudo a José de la maleta y lo arrastró hasta el chalet, abrió la puerta. Descargó las maletas. Buscó en los cajones encontró una cuerda, amarró a José que ya estaba recuperándose, inspeccionó si todo estaba seguro, apagó las luces y cerró la puerta con llave. Montó en el carro y se dirigió hacia el sur rumbo a casa.

Al llegar respiró con alivio al comprobar que no había luces encendidas. Estacionó el carro en el garaje y entró por la puerta trasera. Revisó toda la casa para eliminar cualquier evidencia. Luego se sirvió un generoso trago de ron y se hundió en una de las cómodas poltronas.

Despertó sobresaltado, invadido por el pánico preguntándose en dónde estaba. Cuando recordó, no se sintió tranquilo.

Oyó la puerta del garaje cerrarse. Al fin Cristina había regresado. Nervioso y todavía amodorrado, fue a abrir la puerta de la cocina.

Cristina lucía, tan bella como “su” Cristina.

—¡José! — Llamó al entrar. — Oh… Pepe.

—Entra Cristina. — dijo él con dulzura. — José se fue…

—¿Se fue?

—Te había advertido que era eso lo que quería hacer.

—Sí… pero no me lo esperaba. ¿Estás seguro que se fue? Su carro está en el garaje

—Tomó un taxi. Creo que fue al aeropuerto.

—No lo entiendo — estaba diciendo ella casi para sí misma. — ¿Se fue para siempre? ¿Así no más?…

—Traté de explicártelo, Cristina. José había llegado a un punto crítico…

—¿Y su trabajo?…

—Decidió que yo me encargue.

—¡Qué raro!… ¡Ha abandonado un negocio que vale millones!

— Cristina, fue su decisión. Yo no vine aquí buscando dinero.

Cristina giró para mirarlo y su voz se hizo más dulce…

—Lo siento. Pero han pasado tantas cosas…

Linares se le acercó y le puso las manos sobre los hombros.

—Cristina, querida…

—No haga eso.

—¡Pero soy tu marido!

—Algunas veces me molesta que mi marido me toque.

—Entiendo — dejó caer los brazos.

Sintió como si hubiese participado en una batalla no declarada, que ganó la superior estrategia de Cristina.

Linares despertó pensando en la noche anterior. Había sido obligado por Cristina a representar el papel del gentil y razonable amigo de la familia, pero había sido un error al no consumar de inmediato su nuevo matrimonio. Le estaba dando a Cristina el tiempo para rumiar sus pensamientos y llegar a conclusiones no influenciadas por la pasión.

Se vistió y fue a la cocina, ya Cristina estaba colando el café.

—Buenos días, querida.

—Hola… Estoy preocupada por José…

—No veo por qué. Se fue y te dejó sin pensarlo dos veces.

—Es que no es su manera de actuar… él no es así.

—Estaba cansado del matrimonio y cortó por lo sano…

Cristina lo miró directo a los ojos.

—No. Esa no es su forma de actuar… José jamás huiría dejando todo en suspenso… él habría arreglado primero las cosas… ¡No es normal!

—Pero lo hizo.

—Y es por eso que digo que no fue una reacción normal.

Linares no sabía cuando había comenzado la pesadilla, pero sabía que estaba en medio de ella.

—Amor, hablamos demasiado — dijo abrazándola. — No hacemos otra cosa que hablar.

Cristina se puso rígida

—¡Por favor déjame en paz!

—¿Por qué? … Será porque no existe la posibilidad que José nos sorprenda. ¿Es eso que hace que sea menos estimulante la…

Cristina le soltó una cachetada en la boca y de inmediato él devolvió la bofetada.

—Esto soluciona el asunto — siseó Cristina llena de odio. — ¡Vete! ¡Deja inmediatamente esta casa!

—No— susurró él sintiendo que la sangre se le helaba. — Esta es mi casa y tú eres mi mujer.

—Bien, entonces. Seré yo quien se va de “tu” casa.

—No es necesario llegar a tanto… ambos estamos tensos. Yo no…

—¡Me voy! — Subió a su cuarto sacó una maleta del armario y comenzó a tirar en ella sus cosas. Y dirigiéndose a Pepe que la había seguido. —Y no trates de impedírmelo…

—No me dejes, Cristina.

—Solo te pido un favor… si aparece José dile que estoy en el chalet de la montaña… necesito hablar con él.

—Al chalet no… ¡No puedes ir allí!

—Me gusta la paz de la montaña. Por favor déjame pasar — le ordenó Cristina tomando la maleta.

Linares levantó las manos casi para formar una barrera. Cristina de improviso, palideció.

—El chalet —murmuró Cristina. — ¡José está en el chalet! ¿Qué le has hecho?

—¡Cristina, cálmate… estás desvariando!

Ella asintió. Con calma dejó la maleta delante de él y trató de escabullirse. Linares la agarro por un brazo y la obligó a sentarse en la cama.

—De acuerdo, Cristina… ganaste. Te diré todo.

—¿Qué le hiciste a José?

—Nada. Le di mi crono-motor. Eso es todo. Se fue al chalet para aprender a usarlo para luego tomar mi lugar en el Tiempo A. Fue idea suya. Le pareció la mejor manera para resolver la situación.

—¡Yo voy de todas maneras! — Cristina no se daba por vencida.

—Lo siento, amor. No puedes ir hasta que yo no esté seguro que él se haya ido.

La arrastró hasta el armario de pared, del cual Cristina había sacado la maleta, cerró las puertas corredizas, extrajo de la maleta un par de medias de nilón asegurando con ellas las manijas transformando el armario en prisión.

Bajó corriendo hasta el carro. Todavía tenía otra cosa que hacer ese día: Proyectar a José no en el Tiempo A, sino en la eternidad.

Ya en las afuera logró controlar su excitación y el pie del acelerador… El cielo oscuro, delante de él, fue de pronto iluminado por un vivísimo resplandor. Un sol en miniatura trazó un arco, de arriba hacia abajo seguido por una estela de fuego y luego desapareció detrás de una elevación coronada de árboles a menos de dos kilómetros de distancia. La luz cegadora de la explosión delineó las siluetas de los árboles y luego un fragor tremendo envolvió el carro paralizando a Linares con un terror primordial. La primera explosión fue seguida por una serie de truenos que fueron disminuyendo hasta asumir el tono de gruñidos y bufidos desdeñosos que llenaron todo el espacio circundante.

El chalet estaba sumergido en la oscuridad. Linares bajó del carro, se dirigió a la entrada abrió la puerta y entró. Encendió la luz y vio a José Linares tendido de lado en medio de la habitación.

—Traté de liberarme — dijo con naturalidad. — ¿Vienes a terminar el trabajo?

—Debo. Lo siento.

De pronto una brisa gélida embistió a Pepe que giró invadido por el pánico y se quedó sombrado mirando el rostro de otro hombre.

Era un aspecto de la crono-moción que jamás había considerado.

—¡No hagas tonterías, Pepe!

El desconocido hablaba con voz átona, deshumana, pero perentoria. Cuando logró controlas todas sus facultades visivas e intelectuales, tuvo que admitir que aquella cara poseía un solo ojo y dos bocas.

—Quien… — logró decir con trabajo. — ¿quién eres?

La respuesta no vino del desconocido si no de José Linares desde el suelo.

—¿De verdad no lo reconoces, Pepe? — preguntó José. — ¡Eres tú.

—¡No! — Pepe retrocedió instintivamente. — ¡No puede ser verdad!

—Pero él es de verdad. — El tono de José translucía venganza.

—¡No discutan! — La voz del desconocido se escuchaba cansada pero autoritaria como la de un emperador moribundo. — Disponemos de poquísimo tiempo. No apelaré a la violencia. Solo puedo servirme de la palabra.

—Te pregunté quién eres — insistió Pepe.

—Sabes muy bien quién soy. — El desconocido parecía visiblemente más cansado. — Al transportarte en esta corriente temporal, te has autodenominaste Linares A y a José lo llamaste Linares B. Yo prefiero hacerme llamar Linares Sénior. Es más apropiado. Considerando que tú también diste un salto atrás, deberías saber que puedo soportar este esfuerzo solo un brevísimo período y luego seré reabsorbido para rellenar el vacío temporal que he creado en mi tiempo.

Linares asintió recordando la ejecución de Espinoza… Y solo fue un salto de pocos segundos.

—Diste el salto por varias razones, una de las cuales era corregir un error. Eso te hizo cometer otro error más grande que tiene dos aspectos diferentes: personal e universal. El personal consistió en no resignarte por la muerte de Cristina. El universal te impone regresar al mundo de tu tiempo, pues, si no lo haces, destruirás dos universos.

—Continúa — dijo Pepe, sintiendo que las rodillas le templaban.

—Bien. Recordarás, que el problema fundamental en la construcción del aparato crono-motor, consistía en saltar las Leyes de Kirchhoff…sobre todo la segunda ley por el hecho que la suma algebraica de las fuerzas electromotrices, en cualquier circuito cerrado, es igual a la suma algebraica de los productos de la resistencia de cada componente…

—Trata de ser más específico – lo interrumpió Pepe.

—Bien. Analicemos la ley de la conservación de la energía. El universo es un sistema completamente cerrado, y tiene que obedecer al principio fundamental que la suma de su masa y de la energía debe permanecer constante… Estando tú ahí, el universo del tiempo A contenía toda la masa y energía que siempre había tenido. — Linares Sénior hablaba más de prisa. — Y tú, Pepe, eres una criatura compuesta de masa y energía y, al abandonar el universo del Tiempo A provocaste una pérdida que es absolutamente imposible obviar. Y al entrar en el universo del Tiempo B has creado una sobrecarga en el tejido del espacio-tiempo. Estos desequilibrios, solo pueden ser soportados por muy pocos instantes.

—De manera que eso explica todo lo que está sucediendo — intervino por primera vez José Linares. — Los cambios en la constante gravitacional, la lluvia de meteoritos y todo lo demás. Y no es casualidad — continuó mirando a Pepe, — que todo comenzó la noche que tú llegaste. Lo recuerdo muy bien… además Carlos me llamó para decirme…

—El tiempo que dispongo se está acabando — cortó Linares Sénior. — Pepe, más tiempo te quedas fuera de tu universo, más se acentuarán los desequilibrios que terminarán con destruir ambas corrientes temporales. ¡Debes regresar inmediatamente! Si matas a Linares B y te quedas en este universo… es muy largo explicarte lo que sucedería… ¿Te sirve si te digo que yo soy tú entre solo cuatro años… Gracias— y se desvaneció.

Pepe Linares miró el espacio vacío que solo un momento antes había ocupado Linares Sénior. Luego miró desesperado a José, cuya cara era del color de la ceniza. Hubo entre ambos un momento de total comprensión.

—Te voy a desatar — murmuró Pepe

—Estaré muy agradecido. Pero seguiré detestándote.

—Te comprendo.

Pepe tomó un cuchillo de la cocina y mientras estaba cortando la cuerda que ataba a José, se escuchó un carro pararse delante del chalet y el golpe de dos puertas al cerrarse. Pepe corrió a la ventana y a la luz fantasmagórica de las estrellas fugaces vio el carro de Carlos Brito y a Cristina que ya estaba corriendo hacia el chalet. Se alejó de la ventana, en la gaveta del mueble de la cocina encontró un punzón. Empujó el reloj hacia arriba del antebrazo, apoyó el punzón sobre la hinchazón del módulo crono-motor, y quedó ahí hesitando, mirando fijamente a José.

—¿Quieres decirme adiós?

—Adiós.

—Gracias.

Pepe Linares presionó el punzón sobre la hinchazón del pulso y el mundo del tiempo B se le alejó inmediatamente.

Carlos tardó más para bajarse del carro. Cuando entró al Chalet solo vio en el centro de la sala a José y Cristina Linares Abrazados

—Bien, ¿dónde está?

—¿Quién? —contestó José con expresión inocente

—El individuo que te ha traído aquí… ¡el plagiario!

—¿Plagiario?

—Mira José, yo decidí ir a tu casa para comentar la evidente disminución de la constante gravitacional. La puerta estaba abierta, entré y oí los gritos de Cristina en el piso superior. Abrí el armario en el cual estaba encerrada y me confesó, asustada, que la acompañara porque tenía la impresión que algo podría estarte sucediendo.

—Discúlpame Carlos— Dijo Cristina Linares, levantando la cabeza del pecho del marido. — Ha sido una equivocación… se trata de un asunto familiar.

—No me luce una respuesta satisfactoria… pero la acepto. Buenas noche… Presumo que ustedes regresarán en su propio carro.

—Así es, y… gracias Carlos.

Pepe Linares, tuvo la impresión que alguien había apagado las luces del chalet… le dolía el pulso. Estuvo atento tratando de escuchar algún ruido… el silencio era total. Se asomó a la ventana y vio el cielo surcado por luces espectrales. También el universo del Tiempo A tenía su lluvia de meteoritos, pero ahora que él había restablecido el equilibrio cósmico, todo regresaría a la normalidad.

Salió y, antes de cerrar la puerta a sus espaldas, giró para mirar la oscuridad de la sala vacía.

—Discúlpenme, —dijo sintiéndose idiota, pero incapaz de impedir que sus labios formularan las palabras — entiendo que ustedes dos prefieren quedarse solos.

Y tuvo la ilógica convicción que Cristina y José habían recibido su mensaje.

FIN

Me encanta la forma en que Ermanno caracteriza a sus personajes, la habilidad que tiene de dotarlos de vida propia. Uno casi puede sentir la migraña que sufren los Josés.

Recuerden que también Ermanno está participando en nuestro Desafío del Nexus de Agosto, si disfrutaron con esta historia, no dejen de votar con el botón “Me Gusta” de facebook.

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos