Una nueva participación para nuestro concurso de relatos que en esta ocasión nos llega desde Tenerife España, de parte del escritor Daniel Gutierrez:

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Sorpresa

Autor: Daniel Gutiérrez

Se encontraba sentado, con las manos atadas por detrás del respaldo de la vieja silla de madera, y los tobillos de igual manera a las delgadas patas. Enric notaba en su paladar una extraña sensación de sequedad, al mismo tiempo que la lengua, medio hinchada, era incapaz de articular sonido alguno. Su cabeza daba vueltas, haciendo que el salón revestido de madera donde la noche pasada había compartido una estupenda velada con su mujer con motivo de su treinta aniversario de casados, pasara ante él a su alrededor como un tiovivo borroso. Veía pasar por delante de sus ojos la estupenda cabeza de alce que se hallaba colgada de la pared. El juego de dos escopetas que un cazador de Guinea le había regalado, y con las cuales había abatido a un elefante. Veía varios cuadros suyos y de su mujer que parecían bailar en la pared como un caleidoscopio de su propia vida. La chimenea encendida a su derecha, que despedía destellos amarillos y naranjas por toda la estancia, y oía el crepitar de los troncos apoyados en la magnifica plancha de acero, que decoraba el interior iluminándose por el efecto de las llamas. Su casa de campo, la que usaban él y su esposa todos los años para darse un respiro de la ciudad, el trabajo y sus hijos, ahora era un torbellino de escenas difusas que no alcanzaba a enfocar con sus vidriosos ojos.

La cabeza le dolía enormemente, sentía nauseas, y un fuerte e incisivo pitido le taladraba los oídos haciendo que no se pudiera concentrar en nada. Si bajaba la cabeza y miraba al difuso suelo, una sensación enorme de vértigo le subía por la espina dorsal hasta clavársele en el cerebro.

Cerró los ojos fuertemente, sacudió la cabeza a izquierda y derecha varias veces y los abrió de nuevo. La vista se aclaraba muy poco a poco, era capaz de diferenciar más formas y objetos, pero era una tarea ardua debido al intenso dolor de cabeza que le atenazaba. Intentó llamar a Helen, pero no pudo decir nada. Solo un chorro de saliva caliente resbaló por la comisura de su boca hasta la perilla.

El miedo por él y su mujer comenzó a hacer acto de presencia cuando se percató de que tampoco podía moverse. El sudor le caía de la calva reluciente por las sienes y la frente en grandes gotas que aterrizaban en su cuerpo. Hacía un calor asfixiante. Echó otro vistazo rápido ahora que su visión parecía estar casi recuperada. En su primer y bastante borroso reconocimiento visual, no se percató de que se encontraba sentado justo delante de un bonito espejo de pie que sus hijos les regalaron hacía ya más de quince años, y que decoraba una de las paredes de la cabaña. Y no le hubiera importado no verlo, puesto que su propio reflejo hizo que se meara encima.

Estaba totalmente desnudo, y haciendo un esfuerzo y enfocando la vista lo más que pudo, distinguió toda suerte de aparatajes en su cuerpo. Un reluciente casco plateado cubría la coronilla de su cabeza hasta la altura de las orejas. De este salía un cable de color rojo hasta una consola repleta de gráficos y botones que se encontraba a su izquierda. Dos goteros descansaban a sus lados, conectados en sendos brazos a la altura del codo. Suministraban alguna suerte de liquido amarillo por vía intravenosa. De sus pezones colgaban dos pequeñas pinzas plateadas interconectadas, y de debajo de su silla, un largo tubo de plástico transparente se perdía por detrás de la consola hasta un recipiente esférico. No lo notaba, pero pudo imaginarse en que orificio de su cuerpo estaba introducido. El pene, estaba totalmente plastificado, y una afilada aguja traspasaba el glande de arriba abajo. La sangre goteaba a una extraña probeta que ya casi estaba llena. Dado lo obsceno de la imagen, pensó durante unas décimas de segundo en el dolor que aquello le estaría causando, pero por alguna razón que desconocía, no sentía absolutamente nada.

Intentó zafarse de las ataduras que le impedían moverse pero fue inútil. Las muñecas estaban tan bien atadas que solo consiguió oír el chasquido de sus propios huesos al intentar doblar la mano más de lo que su vieja articulación le permitía. Chilló con todas sus fuerzas.

Un miedo atroz e irracional se apoderó de él y rezó para que todo aquello solo fuera fruto de su imaginación y de su estado de semi inconsciencia, pero un ruido de pasos a su espalda le hicieron despertar por completo.

–Oh por dios… ¿Helen? –llamó con la voz aún algo gangosa–. ¿Eres tú cariño?

Los pasos se acercaban cada vez más, algo le rozó el hombro haciendo que se le erizara el vello. Su mujer se situó en su campo de visión, pero en lugar de ir hacia él, se dirigió a la consola repleta de botones.

–Helen por favor desátame y llama a la policía rápido. ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Hacía caso omiso de sus súplicas. Solo apretaba botones y subía y bajaba palancas con aire ausente. En una de sus manos llevaba una extraña maleta que depositó con cuidado en el suelo.

–¿Helen? ¿Qué estás haciendo? Deja eso por dios, no sabemos qué es. Y ven a desatarme –dijo algo enojado.

Su esposa le miró de reojo subiendo una ceja mientras pulsaba una fila de interruptores verdes. Una larga repisa plateada salió despedida de uno de los laterales de la consola acompañada de un siseo.

Él la miró detenidamente. Su aspecto era distinto, no físicamente, pero algo no le cuadraba. Llevaban juntos cuarenta años, treinta de casados, y sabía perfectamente que algo grave le pasaba. Su expresión era sombría, fría, sin vida, como una muñeca de cera a la que han esculpido los rasgos a base de cincel. El pelo siempre bien recogido en un moño, ahora estaba alborotado y repleto de pegotes blancos que no supo identificar. Su respiración era muy rápida, demasiado incluso, pensó. Si seguía respirando así lograría hiperventilar.

Ella por el contrario parecía estar a gusto. Se agachó y abrió la maleta que había traído consigo.

–Helen por favor mírame. ¿Qué haces? ¿Qué te ha pasado? ¿Me has atado tú?

El sudor caía ya en ríos por su cara. Mientras, ella colocaba con parsimonia varios objetos de la maleta en la repisa metálica que había extraído. Enric no podía verlos del todo bien dada su posición, pero parecían bastante puntiagudos y relucientes. Helen los depositaba en el frío aluminio, uno al lado del otro. Clink, clink, clink.

–Si no me desatas ahora mismo empezaré a gritar. ¿Pero qué demonios pretendes? ¿Es una broma? ¿Es eso verdad? Quieres asustarme…

Clink, clink, clink… Más objetos.

–¡Qué estás haciendo Helen! –rugió enfurecido.

Ella le miró con cierto desprecio mientras sacaba decenas de objetos de sus respectivas bolsitas transparentes y las colocaba cuidadosamente encima de la mesa.

–¿Cariño? ¿Qué es todo eso? –volvió a preguntar mientras intentaba liberarse las manos de las ligaduras.

Si se había vuelto loca, al menos intentaría hablarle para ganar tiempo e intentar desatarse.

Otra mirada cargada de odio. Esta vez se llevó el dedo índice a la boca en señal de silencio.

No estaba del todo seguro, pero hubiera jurado que tenía los dedos extrañamente largos y pálidos. También su cara parecía más blanquecina con respecto a la noche anterior.

–¿Estás enferma? ¿Eso te pasa? Quizás deberías desatarme y hablaríamos tranquilamente. Podemos llamar al doctor y hacer que te vea.

Esta vez no se molestó en mirarle, seguía ocupada sacando artilugios.

–¡Por Dios Helen! ¿Qué demonios pasa? Desátame ahora mismo o lo haré yo y te reduciré hasta que llegue un medico y te reconozca. ¿Has enloquecido? ¡Desátame! –gritó amenazante.

Su esposa le miró de nuevo. Vio como Helen abría la boca de un modo antinatural. La mandíbula se dislocó de su sitio, y emitió un sonido tan agudo que hizo que a Enric le reventaran los tímpanos. Dos chorros espesos de sangre resbalaron por su cara hasta la barbilla. Le recordó a los gritos de un cerdo en el matadero, pero multiplicado por mil. Helen le miraba con una expresión tan feroz mientras gritaba que el dolor de los oídos quedó minimizado por el horror que sentía. Cuando terminó de gritar, la mandíbula volvió a su sitio con un sonoro clack, y continuó colocando y limpiando el diverso instrumental que descansaba sobre la repisa.

No podía creer lo que acababa de ver. Hasta ahora un miedo irracional se había apoderado de él al ver a su mujer a su lado con todas aquellas herramientas que sabía dios de donde había sacado, pero al menos hasta hacía unos instantes la veía como a su esposa y la seguía queriendo. Después de aquel grito ya no estaba tan seguro de que aquella mujer fuera Helen, y eso hacía que el miedo que sentía minutos atrás fuese un juego de niños comparado con lo que sentía ahora.

Quería hablarle, hacerla entrar en razón, pero no se atrevía. Con un solo grito había estado apunto de reventarle la cabeza, dios sabía que podría hacerle si se acercaba a él.

Reunió todo el valor de que fue capaz y habló de nuevo.

–Oye escucha. Escúchame.

La mujer acabó de sacar utensilios y tiró la maleta por los aires. Apoyó las manos en la consola y le miró fijamente. Enric respiró profundamente.

–No sé quién eres, pero no eres Helen. La conozco, la conocería incluso con los ojos cerrados. Quiero saber quién eres y qué quieres.

Ella se fijó en él y esbozó una sonrisa maliciosa enseñando los dientes mientras se daba golpecitos con el dedo en la sien. Entonces abrió la boca para hablar. Pero lo que salió de su garganta dejó petrificado a Enric.

Los sonidos que emitía eran similares al ruido que hace una botella de plástico al ser arrugada. Salían de su garganta estridentes, agudos, y con un tono metálico que hicieron que la sangre se le helara en las venas. Entonces pareció caer en la cuenta de algo sumamente importante y de repente comenzó a reírse histéricamente con ese horrible sonido de plástico prensado.

–¿Pero qué coño…? –musitó Enric aterrado.

Entonces Helen recogió un pequeño dispositivo de la consola de mandos y lo sostuvo en la mano unos segundos. Era un pequeño cuadrado de un par de centímetros con un led rojo que parpadeaba a toda velocidad. Se lo tragó haciendo un esfuerzo para que pasara por su esófago.

–Quizás ahora me entiendas mejor –dijo ella sonriendo.

Era la voz de su mujer, tan cálida y aterciopelada como siempre. Él no daba crédito, se quedó mudo sin saber que decir.

–¿Se te han quitado las ganas de hablar? Estupendo, entonces hablaré yo.

La miraba sin perder detalle.

–Se me acaba el tiempo. He pasado aquí ya más del que normalmente estamos. Mi informe de personalidad y entorno está completo. Se ha hecho un gran trabajo.

–¿Pero qué cojones estás diciendo? ¿Qué informe? ¿Qué tiempo?

–¿No entiendes nada verdad?

–¿Qué es lo que tengo que entender?

–¿Crees que soy tu mujer?

–Hemos pasado cuarenta años juntos. Tenemos dos hijos. Claro que eres mi mujer –dijo casi llorando.

–Eso son detalles mínimos y circunstanciales, solo un trabajo de adaptamiento al medio. Y bastante desagradable por cierto.

–¿Entonces no eres Helen?

–Soy Helen, siempre he sido Helen. Y tu siempre has sido Enric.

–No entiendo.

–No hace falta. Solo me queda terminar el examen físico del sujeto y me iré de este asqueroso planeta.

–¿Irte del planeta? ¿Pero qué estás diciendo?

Enric empezaba a patalear en la silla haciendo que la vieja madera crujiera bajo sus embestidas.

–No hagas eso o me veré obligada a hacerte daño. Hasta ahora no has sentido dolor, y por tu bien ruega para que siga siendo así –señaló los dos viales que tenía en los brazos–. Ese liquido es un sedante que te protege de toda agresión externa. Créeme, no querrás que te lo retire cuando empiece el examen.

Dejó de luchar y se relajó en la silla.

–¿Qué eres? –preguntó

–Interesante pregunta. No lo entenderías. Vuestro cerebro es demasiado pequeño para entender ciertas cosas.

–Sorpréndeme –dijo resignado.

Helen se apartó de la consola lentamente hasta situarse delante. Una mueca de desafiante sorna se reflejaba en su rostro. Se acercó hasta quedar a un metro escaso de él. Enric la miraba atemorizado. Su mujer se agarró la piel de una muñeca con la mano y se sacó la piel como quien se quita un guante. Tiró el pellejo al suelo por encima del hombro. La mano que quedó al descubierto era lo más horrible que Enric había visto en los días de su vida. Únicamente contaba con tres falanges extremadamente largas que se expandían y se retraían como los tentáculos de un pulpo. Eran de un blanco casi transparente, y en las puntas se diferenciaban unas pequeñas esferas luminiscentes. Los dedos, por llamarlos de alguna manera, dejaban ver dado su transparencia, cientos de partículas fluorescentes recorrer las venas a un ritmo frenético, acompasados por la alterada respiración de aquel ser. Cuando se percató del semblante de Enric, volvió a sonreír y retrajo la articulación alejándose de él hasta su sitio detrás del panel de mandos.

–No tienes por que ver más. Con esto es suficiente.

Él no salía de su estupor. No sabía que hacer o decir.

–¿Eres un extraterrestre?

–Vaya… excelente deducción. Has tardado más que otros especímenes en preguntarlo, aunque nunca me sorprendiste por tu inteligencia la verdad.

–¿De donde vienes?

–No lo entenderías.

–¿Cuántos sois?

–Millones.

–Me refiero a cuantos sois en la tierra –preguntó visiblemente horrorizado.

–Millones –repitió su mujer-alíen sonriendo.

–No puede ser, esto no puede ser.

Lo decía más para si, que para aquella cosa que le miraba ahora con gesto algo condescendiente, mientras movía la cabeza a los lados intentando comprender lo que le estaba pasando, y dejar de lado todas las supersticiones y el folclore alienígena. Levantó la cabeza para mirarla al tiempo que dos lagrimas resbalaban por su cara.

–Yo no creo en los extraterrestres –dijo lloriqueando.

–Da igual Enric, nosotros si creemos en vosotros.

–¿Voy a morir? –preguntó sorbiendo algunos mocos.

–Desde luego.

–¿Por qué?

–En todos estos años, y por la información que he recogido, no conozco a ningún humano que haya sobrevivido a la extracción de órganos.

–¡No me refiero a eso! –chilló indignado–. ¿Por qué yo? ¿Por qué me haces esto?

–Es mi trabajo Enric. No es nada personal. Soy oficial de identificación y extracción de especies interplanetarias. Mi labor consiste en estudiar todo lo que este a mi alcance. Y ahora tengo que estudiar tu interior.

Él cerró los ojos unos instantes y después volvió a mirarla lentamente.

–¿Qué pasará con los niños? –quiso saber.

–Los niños son como yo. Vendrán conmigo.

–Eso es imposible! ¡Los vi nacer! –gritó dando empellones encima de la silla haciendo que las patas crujieran débilmente.

–Viste lo que nosotros quisimos que vieras. Estaba todo preparado. Ahora por favor, no lo hagas mas difícil y cállate, tengo que empezar.

El extraterrestre se acercó con paso decidido a Enric sosteniendo en la mano una herramienta con un filo enorme y dentado. Dio un par de golpes con el dedo a los tubos que pendían de sus brazos para asegurarse de que el goteo seguía a su ritmo y levantó la sierra a la altura del esternón.

–No lo hagas por favor, te lo suplico….

Pero no le dio tiempo a decir más. La hoja se hundió en su pecho con una facilidad pasmosa dejando a la vista sus entrañas.

FIN

Muchas gracias a Daniel por su participación, le deseamos la mejor de las suertes en el concurso 😀

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