Hoy tenemos el gusto de publicar un cuento de la autora argentina Chinchiya P. Arrakena (seudónimo de Juana I. Gallego) gran amiga quien nos obsequia esta genial historia:

Sólo servimos 20% de sangre de calidad

Repaso las copas por quinta vez. Mi mentor decía que un bartender siempre debe verse ocupado. Ya se irán, apenas falta una hora para el amanecer. No voy a cometer la descortesía de empezar a dar vueltas las sillas, como en otros establecimientos de baja categoría.

Saludan, al fin. ¡Dejaron buena propina, al menos!

Fue una noche agitada. Desde hace unos meses, todas las noches son así. La escasez de sangre humana y la falla en la producción de sangre sintética son desesperantes. Todo el mundo vive con miedo: la crisis amenaza con estallar en cualquier momento, con las bestias famélicas viviendo en los túneles de la ciudad.

Hola ―dice una voz queda detrás de mí. ¡Qué estúpida! Olvidé cerrar el candado otra vez. Me apresto a atacar… Pero al darme vuelta me encuentro con un viejo inofensivo. Qué mal gusto haber convertido en Compañero de la Noche un humano ya en decadencia.

Señor, ya cerramos. Lo lamento. El sol ya está por salir… Ya sabe.

Oh, yo sólo… ¿Tiene un café con 5% de sangre? ¡Qué raro, un café a esta hora!

No, señor, tal como dice el letrero, sólo 20% de sangre de calidad. ―Y sin embargo, este Compañero huele a sangre… ¿Acaba de alimentarse?

Entiendo. ―Hace un movimiento para irse, pero se lo ve dudar―. Disculpe, quiero proponerle algo.

El viejo saca de entre sus ropas una gruesa cadena de plata que le da tres vueltas el cuello y yo retrocedo, trepando por la pared.

¿Qué demonios hace? ¡Usted es un hombre! ¡Con razón ese olor a sangre: era de la suya propia!

No se asuste, señora, esto es sólo para mi protección. Como dije, quiero proponerle un trato.

Bajo de la pared y aliso mi vestido. No me gusta nada este tipo, pero me produce una enorme curiosidad. Lo miro, haciendo un gesto para que continúe hablando.

La cuestión es esta: soy un humano en un mundo de vampiros, y estoy muy viejo ya para seguir huyendo, corriendo todos los días. Estoy solo: mi familia ha muerto o se ha convertido y hemos perdido contacto.

¿Y por qué piensa que puede importarme? ―Mi curiosidad se ha esfumado, ahora es sólo hastío y la preocupación por llegar a casa antes de la salida del sol ―. No tengo tiempo; al grano.

Bien. Le propongo vivir en su subsuelo. Usted me alimentará y yo la alimentaré a usted. ¿Qué le parece? Soy una persona fácil de entretener; quizás sólo necesite salir un par de veces al mes a ver el sol. Y eso es todo.

Me lo quedo mirando. Está bromeando. No, no está bromeando. Es en serio. Es una verdadera locura.

Comprendo que no es una propuesta usual ―continúa el hombre, pero como usted dijo, no tiene mucho tiempo para decidir. O me lleva con usted, o ya saldrá el sol y tendré que irme. Sólo le pido que si me adopta, cuide de no tomar demasiada sangre por día, porque sufriré de anemia. Y la comida que me provea deberá tener mucho hierro: lentejas, hígado…

Ya, ya lo entendí. No soy estúpida. ―Guardo mis cosas para irme a casa, mientras reflexiono unos instantes más―. Está bien. Venga conmigo. De todas maneras, si esto no funciona, puede volver a las calles o puedo matarlo. Veremos.

Hace unos días que Tony vive aquí conmigo. La verdad, no molesta ni se queja, es un buen tipo. Y de vez en cuando le dejo las llaves de casa para que salga al sol. Es maravilloso el efecto que logra el sol en el sabor de su sangre.

Y ese es un tema aparte. Durante toda mi vida de Compañera de la Noche, me he alimentado con sangre procesada por el Gobierno. Pero la sangre de Tony es muy, muy diferente. Realmente deliciosa y nutritiva.

Las cosas se han puesto peores. El nuevo experimento de sangre sintética falló, y la sangre de animales no nos alimenta bien. Yo tengo asegurada mi escasa ración diaria, pero ya el cartel del 20% parece un chiste. Todo el mundo sabe que, con el desabastecimiento, como mucho las bebidas tienen la mitad.

Los efectos no se han hecho esperar: algunos se han puesto a tostar… y otros se han convertido en bestias, debido al hambre. He visto la horrenda transformación en un mendigo que solía estar en la esquina del bar. Al pasar las noches, le fueron creciendo los dientes y los dedos, en forma de garras. Sus orejas se hicieron puntiagudas… Y junto con el cabello, perdió también su capacidad de razonar y hablar. El hambre lo volvió agresivo, y lo último que vi cuando se lo llevaban los oficiales de Paz y Oscuridad, fue que había desarrollado unas alas membranosas. Desde entonces he estado vigilando mis manos y mis orejas, para ver signos de transformación en mí misma.

Es una noche como otras en el bar, con la tele que no parece hablar de otra cosa. Ya ni siquiera se molestan en poner programas de distracción; sin embargo, cuando intenté apagar el aparato, varios clientes se opusieron. Y miran las pantallas absortos, se diría que buscando algo que les de esperanza, en medio de tanto horror. Las bestias han tomado los subterráneos por completo.

De repente, se oyen forcejeos en el pasillo de entrada. Gritos, un vidrio roto.

Irrumpen las bestias en el salón del bar.

Todo es caos, la gente huye por las paredes, intentando encontrar alguna salida. Otros, más valientes, los enfrentan con cualquier improvisada arma.

Me refugio detrás de la barra y tomo dos grandes estacas de madera que tengo de recuerdo de la época de mi padre, cuando todavía éramos nosotros los cazados.

Pero luego pienso que, si me quedo aquí, soy presa fácil. Mejor colgarme del techo y esperarlos ahí.

Subo por entre las bebidas de la barra y en un instante encuentro una esquina desde donde puedo verlo todo. Ya hay varios clientes muertos, y varias bestias también. Pero siguen entrando, en estampida.

Los que me descubren, gritan y vienen hacia mí, pero son tan torpes que son fáciles de matar. Sólo se requiere estar calmada y esperar el momento justo.

Van cayendo, uno a uno, y ya cuando mis fuerzas flaquean, los oficiales pacificadores terminan con ellos.

Amenaza neutralizada ―dice uno de ellos a la radio―. ¿Se encuentra bien, señora?

Asiento con la cabeza y bajo. Miro alrededor todo el destrozo y los cadáveres. Me llevará una semana limpiar todo esto.

El oficial manda a retirar los cuerpos y averiguar quiénes son, para avisar a sus familias, si es que tienen.

Luego me mira intensamente.

Como se habrá dado cuenta, esto no es normal, a pesar de las circunstancias.

Me alegra que diga eso. Pensé que iba a tener que poner rejas para atender a los clientes.

Sin embargo… hay algo raro en este lugar. ¿Por qué, si no, estas cosas iban a atacar en grupo, tan violentamente? ¿Hay algo que debería saber, señora?

No sé a qué se refiere. ―Por supuesto que lo sé: Tony vive en el piso de abajo y ahora es claro que las bestias pueden olerlo.

Ya lo averiguaremos. ―Su sonrisa dista mucho de ser amistosa.

Ha pasado una semana desde el incidente, y el mismo oficial vuelve con un papelito flameando en la mano. Tiene cara de malas noticias para mí.

Buenas noches, oficial. Sea lo que sea, por favor hagámoslo en calma. No quiero una escena frente a los clientes.

Como quiera. Tengo una orden del Departamento de Bromatología por control de plagas.

¿Qué? ¿Y eso qué significa?

Tengo que registrar todo el lugar en busca de humanos. Sospechamos que usted oculta uno aquí, que fue lo que atrajo a las bestias el otro día. Quizás a usted no le importe demasiado, pero a mí me molesta perder ciudadanos.

Por supuesto, oficial, haga lo que tenga que hacer ―Demonios, ¿por dónde podré escapar? Cuando vean a Tony…

Es inevitable. Los otros oficiales, con un dejo de cortesía, despiden a los clientes y a mis empleados. Amenazan con ponerme esposas de plata si me resisto a acompañarlos por todo el local.

Olfatean cada rincón y van rastreando el olor humano hasta dar con la puertita del subsuelo. Es admirable el autocontrol que tienen: al hallar a Tony no dan mayores muestras de sorpresa; antes de que llegue a gritar, lo ponen a dormir con un shock eléctrico y lo meten en una bolsa. Terminará sus días como ganado.

En cuanto a mí…

No hace falta que escuche lo que me está diciendo el oficial.

Es la cárcel o el sol. En la cárcel sufriré la transformación por hambre, aunque lo nieguen… Así que de todas maneras terminaré tostada.

Ahórrese la perorata, oficial. Quizás ustedes están entrenados, o bien alimentados, como para resistir esta tentación. Yo no. Mi vida es ofrecer tentaciones en el bar. ¿Qué otra cosa iba a hacer si este humano vino hacia mí proponiéndome un trato? ¿Entregarlo? ¿Devorarlo? No, lo saboreé cada día un poquito, y no me arrepiento de eso.

El oficial me mira casi con asco, pero no interrumpe.

Lo que le pido es que me encadene a las rejas del bar, del lado de afuera. No tengo familiares; ahórrese la búsqueda.

Como usted quiera, señora. La ley no impide que usted elija el castigo.

Me han encadenado, como prometieron. Se han ido: a ningún Compañero de la Noche le gusta ver la muerte de otro.

Lo que no saben es que soy muy hábil con los cerrojos. Me encargaré de que encuentren un pilón de cenizas aquí, junto a las cadenas.

Ya está; recogeré unas pocas cosas y me iré a otra parte; quizás con el tiempo tenga mi propio bar de nuevo. Mi aspecto juvenil no revela la cantidad de veces que he tenido que cambiar de rumbo, de identidad… Al principio fue muy difícil. Pero sé por mi experiencia que prevaleceré.

Fin

Muchas gracias a Chinchiya por regalarnos tan entretenida historia, y ustedes no olviden que está participando en el Desafío del Nexus, así que si la disfrutaron, no dejen de votar compartiéndola en facebook.

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