Nuestro amigo Ermanno Fiorucci nos obsequia con una nueva historia para nuestro Desafío del Nexus Decembrino:

Quizá así fue la primera vez

El atardecer luciendo un color anaranjado y púrpura…” pensó el padre Moreno, y el sonido de las palabras adquirió en su mente un agradable ritmo que, por un instante, le hizo olvidar hasta el calor. Pero solo por un instante. Inmediatamente después la sofocante temperatura volvió a imponer su presencia.

Para ser preciso, el caluroso clima de la temporada decembrina en el extremo occidental del estado Zulia no desaparecía jamás completamente. Podía uno distraerse con algún trabajo absorbente o con una preocupación tiránica, pero solo momentáneamente. Luego el calor comenzaba a filtrarse de nuevo, con la fuerza despiadada que el sol, en esos lugares, podía permitirse.

El padre Moreno suspiró y se estiró en su silla de mimbre con la mirada perdida en el vacío.

¡Caramba! Pensó que realmente se encontraba en los límites del mundo. Estaba ahí sentado en el porche de su casa situada en la periferia de un pueblito que, con modorra y lentitud, todavía estaba creciendo y delante de él se extendía un panorama de desoladas grietas, con árboles que se asomaban estériles de la tierra sin vida. De los troncos de aquellos árboles salía el humo de la combustión espontánea y era esta, aparentemente, la causante del calor insoportable.

¡Era un infierno!

Perdóname Señor” agregó apurado el padre Moreno, siempre mentalmente “pero, a lo mejor, los artistas de una época remota tenían razón… ¡Seguro se parecerá a este lugar!”.

La temperatura era penosa incluso para los lugareños. Pero, para el padre Moreno, que había dejado el brumoso y fresco pueblo de San Diego de los Altos desde apenas dos años, se convertía definitivamente en… Expulsó de inmediato ese pensamiento.

¿Qué haré esta tarde?” se preguntó. Cerró los ojos sepultó en su subconsciente la pregunta y decidió hacer, sencillamente, lo posible para seguir adelante hasta la llegada de la noche que traería consigo el alivio de la fresca brisa. Todo lo que no era ardiente, en aquel lugar, se le llamaba fresquito y a veces hielito.

Poco después, el padre Moreno hubiese podido jurar que sus ojos habían permanecidos cerrados un solo instante, exactamente el tiempo necesario para convencerse que estaba descansando de la manera más completa.

Quizás fuera un instante solamente o algunos minutos, de todos modos hubiera debido ver al extraño que se acercaba. Al fin y al cabo de su porche podía divisar muchos kilómetros a la redonda porque, a excepción de unos poquísimos troncones de árboles ennegrecidos, no existía más nada que pudiese obstaculizar la visión… ¡Exceptuando el calor!

Y, sin embargo, ahora había un hombre ahí. Era alto, muy delgado y avanzaba hacia él.

En un primer momento el buen padre no se ocupó del aspecto del extraño por estar muy sorprendido por el comportamiento de este. Avanzaba con absoluta dignidad. Quizás era por la manera en la cual tenía las espaldas erectas o el movimiento acompasado de sus brazos que oscilaban a los lados del cuerpo o, en definitiva, las largas piernas que lo sostenían…

Parecía que para el desconocido no existía ese calor extenuante capaz de agotar las energías de cualquier hombre. Y a pesar de eso, caminaba con bastante ligereza.

El padre Moreno tuvo apenas tiempo de levantarse, cuando aquel estaba cruzando la abertura de la cerca en el lugar en el cual todavía no había sido reparada. Mientras el padre se arrastraba hasta el murito del porche, ya el extraño estaba a un par de metros de él. Se paró y le sonrió.

Necesito de su ayuda, padre — dijo, mientras la sonrisa le iluminaba la cara.

Vestía un pantalón de dril sucio y una camisa militar sin botones o, simplemente desabrochada. Los pies, cubiertos de polvo el camino, calzaban unas sandalias desgastadas, la cara larga invadida por una barba de varios días y el cráneo calvo estaba rodeado por cortos cabellos rubios.

Al padre Moreno le atraían dos curiosos detalles del desconocido: la mirada reposada de aquellos ojos de atisbo amable y la tranquila y sosegada voz de barítono. Pues en aquella voz no había trazas de queja, que tan frecuentemente acompañaba ese tipo de peticiones.

A su completa disposición — contestó el padre Moreno y estuvo a punto de agregar “hijo mío”, pero no lo hizo porque en aquel hombre había mucha dignidad, en realidad más que dignidad era… ¡era como si su interlocutor se sintiese su “par”!

Quisiera invitarle a entrar a la casa — se disculpó. — Pero creo que el calor adentro es peor que aquí en el porche. ¿Ya nos hemos visto con anterioridad?

No, padre, no soy de por aquí — contestó el desconocido siempre sonriendo.

¿Desea beber algo refrescante? También tengo algunas cervezas en la nevera.

No, gracias.

Era muy extraño. Los zulianos, hasta aquellos de la ciudad, eran personas cordiales. En el fondo, todos tenían la característica de ser muy abiertos y, hasta en confesión, asumían una actitud casi alegre.

Suspirando el sacerdote le indicó una silla de mimbre a su lado y giró la suya en dirección del hombre. Se sentía incómodo por presentarse con aquella indumentaria: ¿pero quién podía tolerar tener encima la indumentaria sacerdotal con aquel calorón? Sin embargo levantó instintivamente la mano hacia el cuello abierto de la camisa y lo abrochó.

No logro explicarme su improvisa aparición. Me pareció cerrar los ojos por un instante y cuando los volví a abrir usted estaba caminando hacia mí. ¿Cómo lo hizo?

Se lo diré en un momento — contestó sin hesitar el extraño. — Es parte de mi historia.

Ya… por supuesto. Entonces ¿en qué puedo serle útil?

Escuchar mi confesión… En cierto modo, se trata de una confesión, padre.

Escuche. Hijo… Si profesas nuestra fe, también debe saber que la confesión no es un acto que debe tomarse a la ligera. Mañana es domingo. Por qué no…

Mañana estaré muerto, padre — contestó el hombre con calma, pero con la misma sonrisa.

El padre Moreno se irguió en su silla, asombrado e irritado.

Si esta es una broma, debo decirle que me parece de muy mal gusto.

No es una broma, padre. Mi confesión es real, así como lo es mi muerte. En definitiva una cosa es parte de la otra.

Este está loco” pensó el sacerdote. A veces el calor hace esas travesuras. De todas maneras dijo:

Parece estar muy seguro de lo que afirma. Estoy a punto de creer que tiene intención de suicidarse. En ese caso, por supuesto, no podría en absoluto escuchar su confesión.

Se trata de una confesión diferente a la que usted acostumbra a recibir. Yo también soy un sacerdote. Pero soy un extranjero —replicó el desconocido. Luego asumió una actitud relajada.

En efecto, se nota por el acento. ¿Dijo que era un sacerdote?

Sí.

A qué confesión pertenece? Y ¿De dónde viene?

De improviso se escuchó el repetitivo piar del cristofué que fue a posarse en un raquítico árbol cercano.

El desconocido miró al pájaro y luego giró la cabeza en dirección del sol que estaba casi a punto de desaparecer en el horizonte y que lo teñía de anaranjado esfumado con un tenue púrpura. Su mano derecha se levantó lentamente, como un pétalo cayendo al revés, lentamente, y sus dedos indicaron esa dirección.

Vengo de allá, padre.

¿De dónde?

Si usted viajara siempre en esa dirección, dejaría a sus espaldas primero su sol, luego su sistema solar y al final su galaxia. Hay miles de millones de soles, planetas y de sistemas estelares que nos hacen sentir pequeños e humildes con su grandeza; y más allá, mucho más allá está mi mundo, parecido al suyo. De allá es de dónde vengo.

Sí…Está definitivamente loco” pensó nuevamente el padre Moreno. Pero de inmediato se corrigió. Aquel pobre hombre estaba sencillamente enfermo. El padre trataba siempre de mantenerse informado leyendo siempre algo acerca de la psicología y la salud mental. ¿Tenía enfrente a un paranoico o de un esquizofrénico? ¿Cuál de los dos tipos crea un mundo poblado por seres sobrenaturales?

Naturalmente usted cree que soy un loco. En su lugar pensaría lo mismo — dijo el desconocido.

Sí… sí ¿no era precisamente eso uno de los síntomas? Frecuentemente estos enfermos, aparte de su “idea fija” parecían personas absolutamente cuerdas y razonables. Era necesario decir algo.

Bueno, siempre es muy difícil saber, a ciencia cierta, de dónde uno viene…

Me esperaba esta reacción. Le ruego que me disculpe. Es necesario que le muestre algo.

Instintivamente el cura afincó los pies sobre el piso de madera y se desplazó de algunos centímetros hacia atrás.

No tema. No me moveré de aquí. Le pedí que me disculpara porque tendré que servirme de su mente. Deseo solo hacerle comprender que no me hubiese gustado hacerlo sin su permiso. Pero tengo tan poco tiempo…

Ahora en la voz podía notarse una insuficiencia apremiante, pero el extranjero todavía estaba ahí sentado, inmóvil. Solo sus ojos lucían con vida. ¿Vibraban? El padre Moreno dejó escapar una exclamación de estupor.

Veía siempre sentado en su silla de mimbre en el porche al desconocido que había dicho que era un sacerdote, pero, delante de sí, había aparecido como en una suerte de gigantesca pantalla el panorama de un nuevo mundo.

Ahí está el lugar de donde vengo. —Aclaró el extranjero. Su figura alta y delgada destacaba a los márgenes del cuadro y estaba enmarcada por un cielo rojo y anaranjado.

La pantalla gigantesca absorbía ahora casi también al padre Moreno, quien miraba incrédulo y aterrorizado la escena. Parecía campo abierto: la hierba era espesa y extraños árboles con troncos excesivamente altos y delgados con el follaje en forma de paraguas se levantaban hasta donde alcanzaba la vista. Era pleno día allá y uno de los soles estaba alto en el cielo, mientras el otro se encontraba a medio camino hacia el horizonte.

!Y también los colores lucían equivocados. La hierba era verde, pero con un evidente amortiguado púrpura, los árboles tenían la corteza azul y las hojas se confundían con el brillante azul del cielo. Bueno, por lo menos el cielo tenía el color correcto.

En mi mundo la gravedad es menor que en el suyo, padre. Esa es la razón por la cual la vegetación es más alta… y también las personas —explicó el desconocido.

Ahora el cuadro parecía deslizarse hacia delante. Anteriormente se vio un prado; ahora aparecían unas colinas que se dejaban atrás una profusión de colores, en los que destacaban grupos de flores gigantescas desconocidas en la Tierra.

¡Dios mío! —Exclamó el padre Moreno.

No se asuste, padre, es solo una manera de mostrarle quienes somos y de dónde venimos. No se trata de magia. Solo tenemos una pequeña cantidad de lo que ustedes definen como poder telepático. Nada terrible o misterioso. No podemos mover las montañas y tampoco tele-transportarnos desde un mundo a otro. Y tampoco podemos representar las imágenes de memorias de las que no hemos tenido experiencia personal. Si, por ejemplo, tratara de mostrarle una imagen de mi mundo que no me es familiar, sería algo parecido a si usted tratara de describirme la China en la cual jamás ha estado. Escenas separadas, como en un libro… pero ninguna continuidad… Mire, esta es mi ciudad.

A corta distancia, un poco más de un kilómetro el padre Moreno vio una espléndida ciudad. Los edificios altísimos estaban construidos con un material transparente, que mostraba colores y formas como si se tratase de una estupenda ilusión. Vio que la hierba, los árboles y las flores llegaban hasta los límites de la zona habitada, formando una perfecta unidad entre naturaleza y hombres.

El extranjero todavía se mantenía al margen de la visión inmóvil.

¿Quién es usted? —Gritó el padre Moreno, dándose al fin cuenta, que si lo que estaba viendo era verdad, toda su vida y los años del seminario habían sido perfectamente inútiles. Había fuerza y belleza en aquella visione en un nivel tal que lograron angustiarlo.

¡Vade retro Satanás!— exclamó cerrando lo ojos.

El extranjero, sentado en la semioscuridad, desapareció a la vista, pero la visión sobrenatural permaneció.

¡No soy el demonio, padre! Lo que usted está viendo está dentro de su mente.

El padre Moreno abrió los ojos invadido por un oscuro temor.

¿Por qué? —pidió.

Esta es mi gente — contestó el otro, con calma.

Moreno la veía acercarse. El extranjero tuvo que haber usado una especie de estenografía mental, porque no se trataba de una sucesión continua de imágenes que obedecían a una línea armónica. Veía la ciudad voluptuosamente unida a la tierra y un momento después el padre Moreno se vio frente a una enorme cantidad de gente extranjera que avanzaba hacia él. Ya estaban cerca a unos pocos centenares de metros.

Había niños y adultos, todos increíblemente altos vestidos con ropas aparentemente sencillas, hecho con un material semitransparente de colores diversos.

Formaron una gran círculo; un grupo se separó y al centro del círculo quedaron solo algunos adultos y un par de docenas de niños.

Las personas que estaban en el círculo cantaban; otras fuera del mismo tocaban una vigorosa melodía. Las que se quedaron en el centro, por el contrario, comenzaron a danzar.

¡Era la perfección!

La melodía fluía a veces dulce y susurrante, a veces dura como el acero. Expresaba gratitud, promesa y adoración. Los danzadores expresaban amor y dignidad en sus actitudes y, tanto la música como la danza, estaban invadidas de increíble unidad.

¡No! —Gimió el padre Moreno—. ¡Pare ya!

Era una oficio religioso lo que ha visto —aclaró el extranjero.

Pero ¿por qué él, el padre Moreno, no lograba moverse? En fin ¿era un hombre o un grotesco muñeco, creado por recuerdos de culpabilidad reprimida, que con tanta frecuencia trataba de enmascarar detrás del hábito?

Dios mío… —comenzó.

¡Es el mismo Dios en el cual creo yo! —Interrumpió el extranjero.

Le había preguntado quién es usted.

Mi nombre no es importante, y tampoco él de mi mundo. Nosotros no nos hemos materializados de la nada, por el contrario, hemos cumplido un largísimo viaje, sirviéndonos de un sistema que yo no conozco y que ustedes descubrirán solo entre muchos miles de sus años… suponiendo que lograrán hacerlo…

¿Dijo usted nosotros?

Sí. Nosotros… Somos misioneros.

El cura quiso pararse como un resorte y gritar, pero no lo logró. Sus músculos parecían animales furiosos que trataban romper las cadenas invisibles, pero su cuerpo permanecía inmóvil. Sin hablar.

Le ruego que me perdone, padre. —La voz del extranjero era ahora suplicante—. Somos una especie antiquísima. Algunas de nuestras civilizaciones se habían ya apagadas antes de que apareciera una sola célula de nuestro planeta. Nosotros mismos alcanzamos alturas vertiginosas, pero muchas veces terminamos por aniquilarnos completamente. De todas maneras eso aconteció hace ya mucho tiempo atrás.

También hace mucho tiempo, nuestra raza descubrió improvisamente la razón, o al menos una de las razones, de nuestra existencia. Así que nos hemos dedicados a impedir a las otras especies de cometer un suicidio. Queremos ayudarles a encontrar a Dios.”

El extranjero volteó para mirar a la cara del padre y su sombra giró con él. Había una pena profunda en los ojos del hombre.

Hemos creado una ciencia, gracias a la cual es posible poner en correlación todos los factores de una civilización, y prever el futuro de ella con increíble certeza. Lo hemos hecho millones de veces, ya que, como le he dicho, somos una raza antiquísima. Existen miles de millones de seres vivientes en la oscuridad del firmamento, sobre vuestras cabezas. Para su especie, padre, el diagnóstico es: muerte.

¡Usted me está mintiendo!

No. Tratamos de intervenir sin ofender la dignidad de nadie. Pero hay casos, como este, en los cuales debemos revelarnos, porque solo así es posible volvernos útiles.

Si lo que usted dice es verdad, ¿por qué lo comunica a mí en particular?

Porque usted puede… muchos miles de personas como usted… pueden cambiar el destino de este mundo.

¿Yo? —El padre Moreno soltó una carcajada—. Yo solo soy un cura… Solo un pobre cura de pueblo cuya única responsabilidad es orientar a un millar de almas desparramadas en una zona tan amplia para provocar mareos al solo pensar en ello. Antes de venir aquí, también era un pobre cura de pueblo y de un poblado tan pequeño que casi parecía un juguete. ¿Y sabe usted mi edad? Casi cincuenta y ocho años y si Dios lo permite, trascurriré aquí todo el resto de mi vida. ¿Cuáles son los requisitos que usted cree que se necesitan para salvar al mundo?

La avanzada tarde era tranquila. La majestad de las tinieblas que bajaban estaba solo interrumpida por el sonido de algunos animalitos y por la atmósfera de terror que emanaba del padre Moreno, siempre inmóvil en su silla de mimbre.

El extranjero se levantó y miró el cielo. Tan alto y delgado, el hombre semejaba a uno de aquellos árboles tristes y dolorosos que podían verse en algunos de los cuadros de Mujica. Cuando bajó la mirada y continuó a hablar su voz rebosaba pena.

Le había dicho que no había mucho tiempo, padre. Mi hora llegó. Cuando llegamos a este mundo lo estudiamos acuciosamente y hemos descubierto una trágica realidad: ustedes están condicionados a creer no a la fuerza de la gloria del razonamiento, si no a una persuasión emotiva ciega, casi desequilibrada. Esta actitud de ustedes se manifiesta claramente en una expresión corriente que usan con frecuencia:”Vale la pena morir por ello”. Casi todos sus Dioses han debido morir por conquistar su fe. De modo que hemos decidido imitarlos. Éramos muchos los que estábamos en la nave que nos ha traído aquí… y nadie regresará. En este preciso momento, cada uno de nosotros (y somos más de mil) está de pie, como yo delante de un sacerdote: delante de un Rabino, de un Lama, de un imán, o de un cura cristiano… Algunos están bajo el sol ardiente, otros en las tinieblas, pero todos dedicados a la misma tarea: Les suplicamos que salven a su especie. Vale la pena morir por ello y nosotros estamos dispuestos a hacerlo. Cuando nuestra nave explotará moriremos por usted y por todos ustedes.

En ese instante, en la inmensidad del espacio las estrellas se escondieron detrás de un globo de luz cegadora que se ensanchaba siempre más. No se escuchaba ningún ruido pero la luz se hacía siempre más intensa.

El padre Moreno estaba escuchando su corazón latir fuertemente y un miedo físico le paralizaba los músculos mientras sus labios se abrían y cerraban una y otra vez mientras la mirada estaba clavada en la figura del extranjero a pocos metros de él.

Lenguas de llamas altísimas la rodeaban y, al centro, vio, por una fracción de segundo, la ságoma contraída del hombre. Luego el cuerpo se desplomó y las llamas lo consumieron como si se tratara de hojas secas. El padre Moreno continuó mirando hasta que todo terminó. A pesar de la oscuridad podían verse los huesos blanquear.

El cura avanzó algunos pasos en aquella dirección. En el lugar en cual había estado el extranjero la tierra todavía estaba caliente y la médula de los huesos hervía aun.

Entonces el padre Moreno regresó con equilibrio incierto en el porche y se apoyó en el parapeto sintiéndose desmayar. Pero logró superar esa sensación mientras las lágrimas les regaban el rostro. Arriba en el espacio titilaba todavía el centro luminoso de la explosión.

Una nueva Estrella que indicaba el camino hacia la nueva Belén.

Fin

Muchas gracias a Ermanno por esta historia, recuerden que está participando en el Desafío del Nexus y que pueden votar por ella con el botón “compartir” de facebook.

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