Desde Alicante, España, nos llega el nuevo relato para nuestro Concurso de Relatos, de la mano del autor Jose A. Dols.

Darkness Chez Andre

Preludio

Autor: José A. Dols.

Desde fuera, sólo les llegaba el helado y obsesivo gemido del viento. Sentados en el frío suelo de ladrillo y a la luz de una única vela, un hombre y una mujer se miraban a los ojos.

Dejando atrás su hogar, alcanzado por uno de los numerosos incendios que en aquellos momentos se enseñoreaban del planeta, habían tenido que atravesar la ciudad.

Sortearon y esquivaron a la chusma enloquecida, ciudadanos comunes a los que el pánico había reducido al nivel de bestias sedientas de sangre y destrucción.

Desbordados por aquella danza brutal de fuego y violencia, corrieron para salvar sus vidas. Él se vio obligado a pelear: había tenido que luchar, y también había tenido que matar. Su instinto de conservación y de protección hacia la mujer que sentía amar era, aún en aquellos momentos, más fuerte que su clara certeza de la inexorable muerte que desde el espacio exterior llegaba rápidamente a su encuentro.

Y ahora, sentados en esa oscura sala de techos altos y abarrocada decoración, en las entrañas de aquel viejo caserón abandonado al aullante viento exterior, se miraban desconcertados. En los últimos días, su forma de relacionarse había sufrido un cambio profundo y drástico: sus últimas y terribles vivencias, junto a la certeza de su inminente final, los habían transformado y despojado de cualquier capa de banalidad que aún los pudiera cubrir. En esta última noche, sólo quedaba ya lugar en ellos para el sentimiento desnudo y las palabras que de verdad importaban…

No era la primera casa en la que se habían refugiado estos días, pero sí sabían que sería la última.

-¿Quién eres tú? No te reconozco. – dijo él.

Ella lo miró. Pero no vió a él, sino al otro que ahora ocupaba su lugar. El rostro que se revelaba ahora ante ella era el de un viejo… Aunque sus rasgos aparentaban la misma y familiar apariencia de juventud, era la mirada – esa nueva mirada – la que ahora la angustiaba: el brillo desvaído de la desesperanza y la derrota.

-¿No lo sabes? – le contestó.

Él la miraba cansado, frustrado ante su falta de entendimiento y comprensión… Ella aún era muy jóven, no era consciente de… ¿De dónde sacaba esa entereza? ¿Esa insensible… confianza? ¿Esa obscena alegría? Morirían esta noche, y a ella esto no parecía afectarle. A veces era tan… inhumana…

Eligió la respuesta más hiriente que pudo encontrar:

-No. Nunca lo supe.

Ella le respondió, con paciencia inamovible:

-Yo sí. Te conozco. Y es el ahora lo que importa. Nada más.

Con dulzura, cogió la mano de él entre las suyas.

Sumido en su tristeza, más allá de toda empatía, él le dejó hacer.

¿Es que no lo podía ver? Siempre había luchado por ella, por los dos. Había peleado, combatido a la vida y a todas las fuerzas que en algún momento habían conspirado para separarles. La lucha había sido dura, y siempre había salido triunfante… pero ahora sentía que le fallaba a ella por primera vez. No podía hacer nada, ésta era su despedida final… Pronto, su último enemigo, el más fuerte de todos, llegaría y los separaría. Y esta vez no podía luchar, no había forma… Esta vez, la separación sería para siempre, para toda la eternidad.

-Estamos aquí. Estamos juntos. – le espetó ella.

-¿Por cuánto tiempo?

-¿Para siempre?

Desencantado, retiró la mano:

-Me haces reír. Y llorar.

-No me crees…

-No lo sabes… sí lo sabes. No hay futuro. No hay “para siempre”.

-Eso es lo que ellos decían.

-Y es la verdad.

-Eres… pesimista. ¿No crees que…?

No terminó su frase. Él le puso suavemente la mano en el rostro, tapándole la boca…

-Calla.

En una lenta y tensa caricia, deslizó la mano a lo largo de su cuello, hombro, brazo…

Desesperadamente, intentaba alcanzarla desde una insondable distancia. Quería aprehender su esencia, capturar su imagen en su mente, su voz y su alma en el recuerdo… pero en esos momentos la sentía inalcanzable. Ella era la luz que pronto se apagaría, sumiendo su mundo en la oscuridad…

Ella le dejó hacer, aunque sus ojos no pudieron disimular un destello de tristeza.

Respiró hondo y alzó hacia él su mano temblorosa, intentando acariciarle la cara…

Turbado, él se la cogió y la acercó suavemente a su rostro, manteniéndola junto a su mejilla y sofocando así el temblor… no podía dejar de mirarla. Fue entónces cuando en el rostro de ella asomó una lágrima:

-Oh, Diós! (…) No sé si voy a aguantar… no sé si lo podré resistir…

Ahora era todo su cuerpo el que temblaba.

Al verla, él sintió que se desmoronaba por dentro. No supo qué hacer. Entónces la abrazó. Estrechó entre sus brazos aquel cuerpo tembloroso que una vez había amado, y se dio cuenta con horror de que ya no sentía nada. Sólo vació. Y ella no dejaba de llorar:

-Lo siento… ¡Lo siento, perdóname! Perdóname…

Desde el exterior, casi inaudible, irrumpió un fragor muy lejano, parecido al de un trueno. La luz de la vela tembló. Él lo notó, ella no. Y en ese fugaz momento, él supo por fín lo que tenía que hacer. Su mirada fija se alzó, parecía ver más allá de los muros de la habitación, del campo y de la propia Tierra. No tenía claro si sentía lo que iba a hacer o simplemente lo hacía por ella, pero eso era algo que ya no le importaba.

Ella notó su alteración. Se despegó de su abrazo y le miró a los ojos:

-¿Qué te pasa…? (…) ¿Qué es lo que piensas?

El usurpador había desaparecido. Era ÉL quien le miraba ahora. Su rostro resplandecía. Brillaba en él una insólita paz.

-Para siempre… – dijo él.

Ella le miró, desconcertada.

– El futuro… -continuó.

Ella comprendió. Y fue en este momento cuando percibió por primera vez el fragor exterior, que comenzaba a hacerse audible… y la llama de la vela tembló ante otra ráfaga de aire.

-La eternidad.

Ya no dijo nada más.

Y ella vió en sus ojos el recuerdo de un amor que nunca se había ido, que siempre había estado ahí, y la certeza inconmovible de que este amor sobreviviría a la muerte.

De que éste no era el final, sino un nuevo principio.

Dejó de temblar, sus lágrimas se secaron. Y lo abrazó. Los dos se abrazaron. Pero éste era un abrazo distinto. Un abrazo de reencuentro. Permanecieron así unos instantes que ellos sintieron muy largos…

El fragor exterior aumentó, ahora luchaba contra el sonido del viento, que crecía hasta transformarse en un rugido… la llama de la vela zozobró.

-Ya viene… -dijo ella.

-Lo sé. – dijo él.

Por fín, la vela se apagó.

Ya no lo pudieron ver, pero arriba en el cielo nocturno, muy alto sobre sus cabezas, el Universo se apagaba y las estrellas se extinguían, siendo reemplazadas por el vacío y una inabarcable oscuridad…

Fin

·Muchas gracias a Jose por su colaboración, esperamos verlo de nuevo por aquí, y le deseamos la mejor de las suertes 🙂

La imagen pertenece a CHEZ ANDRE 1

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