El escritor Argentino, Gustavo Campanelli nos envía una historia para participar en el Desafío del Nexus de Octubre:

Humo

Otro día de niebla en la ciudad, ya van siete y la verdad es que se hace cada vez más difícil aguantarlos. Si tan solo fuera niebla sería mucho más fácil, pero mezclado con el vapor de agua está el humo, imposible de ignorar. La niebla normal tiene ciertas propiedades físicas y respeta ciertos lugares, esta combinación ha cambiado esas propiedades físicas a las que estábamos acostumbrados, y no respeta lugar alguno. Es una bruma extremadamente insidiosa.

Incluso con tanta niebla/humo, hay actividades que no podemos parar. Por eso, como cada madrugada (o más bien cerca del la madrugada, cuando aún es noche) tomo la bicicleta de reparto y salgo a recorrer el barrio entregando diarios en las casas de los clientes. Sin embargo este día algo es distinto.

La niebla/humo hoy es más densa que los últimos días y parece ser más humo que niebla. Apenas se ve con algo de detalle a unos 20 metros, más allá es todo cada vez más borroso hasta que simplemente deja de ser. Por momentos me imagino ser un aventurero encandilado por su propia antorcha, que revela todo lo cercano al costo de ocultar todo el resto, iluminando solo una pequeña área segura alrededor. Los pocos faros callejeros que aún funcionan generan verdaderas murallas blancas, trampas de luz. Mis oídos buscan, desesperados, algún ruido que señale la presencia de cualquier vehículo que obligue a despejar la calle para evitar ser atropellado.

Y, por supuesto, está el olor. Este fino y espeso manto que cubre mi ciudad tiene olor a humo. He escuchado a algunos que dicen que es olor a pasto quemado, pero yo no estoy tan seguro. Pasto quemado, si, pero hay algo más en ese humo. ese algo que cambia hasta el gusto de la saliva, y en mi saliva no siento pasto, no se que es, pero no es pasto. Tal vez sean las otras partes de esos ecosistemas que están desapareciendo con el fuego, tal vez haya alguien aprovechando para ocultar un árbol aberrante en este masivo bosque etéreo.

Concentrarme tanto en aroma y gusto no es bueno, toso, estornudo, y genero mucha más saliva de la normal. Este humo obliga a mi metabolismo a trabajar tiempo extra solo para vivir en el. Definitivamente no me gusta este humo.

Estoy acercándome a un árbol cuando veo algo que me hace frenar. Lo admito, no es una frenada muy digna, pero es lo que hay y funciona. Lo que veo es una de las escenas más maravillosas que puede generar un desastre como este. Arriba veo como las estrellas brillan, demostrando que la capa de humo/niebla es fina, y de todas las alturas posibles para estar, eligió la nuestra. Por detrás de un edificio, que intuyo a unas dos cuadras, veo descender y desaparecer lentamente una luna hinchada, amarillento rojiza, casi llena, con su superficie perfectamente definida. Es un instante mágico. Escucho algo, pero no le doy importancia. Estoy hipnotizado por la luna. Reacciono cuando siento algo en la nariz y veo caer algo que me recuerda la nevada del invierno pasado. Lamentablemente no es nieve, son cenizas.

Tomo conciencia de que escuché un ruido, pensando lo identifico como pisadas leves que se alejaban, por lo menos a media cuadra de distancia. Cuando estoy por arrancar nuevamente la bicicleta, un poste de luz gastado, de esos que prende un rato, apaga un rato, prende un rato, etc, decide usar ese justo instante para prenderse. La luna acaba de desaparecer, y la nueva luz toma importancia. Está un poco más allá del árbol y filtra lo que puede a través del follaje. En esta masa de falta de detalles, los rayos de luz perfectamente definidos atraen poderosamente la atención. A trasluz, veo caer los pequeños trozos de ceniza, moviéndose en un viento que no siento. Nuevamente magia pura, y mi mente que corre a mil uniendo luna, luz definida, cenizas y pasos que se alejan. La asociación es casi inevitable, esta terrorífica belleza parece una escena salida de mi amado juego, Silent Hill.

No se cuanto tiempo ha pasado desde que paré a mirar la luna, pero reacciono y continúo el reparto de diarios. En estos días este trabajo es especialmente desgastante. El ejercicio de pedaleo hace que mi cuerpo precise respirar más de lo común, y eso implica incorporar más humo y cenizas a mi metabolismo. Este día es particularmente cruel en este aspecto. Los ojos arden, siento como se secan, más incluso que los labios. Intento forzar algunas lágrimas, pero no salen, apenas una leve humedad que desaparece muy rápido.

Por momentos imagino que mis ojos están rojizos, saltones debido a la hinchazón, tal vez levemente amarillentos y con pequeñas costras en los bordes. En otros momentos los pienso deshidratados, chupados, sin vida. Tal vez haya jugado demasiados juegos y visto muchas películas de horror para mi propio bien. Una lástima que estos momentos sean escasos, son divertidos. Pero la mayor parte del tiempo no hay lugar para la imaginación, solo para sentir esos ojos que arden más a medida que pedaleo más fuerte.

Algo más tarde, me asombro al comprobar que aún no ha amanecido. Pienso que ya debería ver esa claridad, pero sin reloj (que no uso hace mucho tiempo) y sin mucha sensación del paso del tiempo por la intemporalidad blanca que me rodea, no puedo afirmarlo con total seguridad.

El humo se espesa más aún y debo bajar de la bicicleta para seguir caminando, llevándola a mi lado. No es seguro continuar de otra forma. Escucho ruido de un motor a lo lejos, pero no puedo ubicarlo debido a un pequeño acceso de tos, nada grave. Tomo conciencia de la inmensa cantidad de baba y flema que llevo tragando desde que comencé el reparto. Ya me está causando algunas nauseas, pero a la vez siento sensación de hambre, y me confundo al querer manejar ambas cosas a la vez.

Dejo la bicicleta apoyada contra un árbol y subo una escalinata para entregar un diario, pero cuando llego arriba veo que no es el lugar donde debo entregar, tan solo se parecen mucho en esta espantosa bruma.

Al bajar, tanteando los escalones porque no los veo, siento la piel de mi cara seca, no es una sensación agradable, ni siquiera estoy acostumbrado a pensar en el grado de humectación de mi piel. ¿Se pondrá tirante? Realmente no lo se, y descubro que no tengo tiempo para preocuparme por esto. Estoy buscando la bicicleta casi a ciegas, pero no la encuentro. Debo haber perdido totalmente el sentido de la dirección.

Sigo caminando, buscando el árbol en que apoyé la bicicleta. Se que tiene que estar ahí, hace ruido al andar, si alguien se la hubiera llevado, habría escuchado algo. Mi pierna derecha golpea algo y siento un dolor casi eléctrico, debo haber golpeado un nervio. Duele mucho, así que me siento unos minutos. Compruebo que solo es un golpe, no hay sangre, pero probablemente cuando me levante deba renguear por unas cuadras.

Completamente derrotado, cierro los ojos, y bajo la cabeza con resignación, hoy no es mi día. Es en ese instante que la revelación me golpea con fuerza. Me levanto y abro los ojos, y siento que veo este fantasmal mundo por primera vez como realmente es. Mi indignación estalla en forma de un desafiante grito gutural, que cualquiera en cuadras a la redonda escuchará. Es inútil negarlo por más tiempo. No amanecerá en este pueblo abandonado y, lamentablemente, hoy me ha tocado el rol de zombie.

Fin

Gustavo Campanelli

Muchas gracias a Gustavo por compartir esta historia con nosotros, y recuerden votar con el botón compartir de facebook.

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos