Nuevamente tenemos el gusto de tener una nueva historia de nuestro amigo Ermanno Fiorucci participando en el Desafío del Nexus, en esta ocasión el autor nos envía en un extraño viaje, sin ir a ninguna parte…

Futuro en el Presente

, desde hace ya algún tiempo la suerte me dio la espalda. Me han perseguido calamidades de todo tipo… y como si fuera poco, esta mañana mi marchante rechazó el lienzo que le llevé y que casi me había ordenado. La excusa: “Sus clientes solo quieren pintura serena, desatascada”… ¡Qué animal!.

Regresé al estudio con el lienzo bajo del brazo, derrotado.

He tratado, cobardemente, retocarlo, desatascarlo, en fin, producir lo que los demás esperan de mí. Pero me di cuenta de qué difícil es parecerse a la imagen que los demás tienen de uno. Dejé todo y salí a dar un paseo para tratar de recuperar el equilibrio.

Sin darme cuenta me encontré en el mercado, caminando como un fantasma entre los buhoneros y los eventuales clientes de estos. Simulaba interesarme por el caos de cosas inútiles que se exponían en espléndida confusión.

Llamó mi atención un vendedor de postales, quien, bajo su toldo, tenía instalada una computadora con respectiva impresora. Estaba leyendo un periódico, con expresión aburrida y, de vez en cuando, lanzaba su estribillo: “baratísimo, baratísimo, postales personalizadas y tarjetas de presentación… más barato que el precio de la tinta…

De improviso, se levantó como impulsado por un resorte. Un cliente indicaba uno de los modelos de tarjetas de presentación que tenía en exhibición.

Era un anciano de traje oscuro, con una espesa barba amarillenta y un largo pelo blanco que salía de un sombrero que apenas recordaba haber tenido tiempos mejores.

Llamó mi atención el perfil bien definido, los ojos hundidos hacia los cuales subía la selva de pelos. Exceptuando el sombrero, su fisionomía era clásica.

Deletreó su nombre al “tipógrafo”:

Gio-van-ni Pe-tro-cel-li.

  • Nombre italiano, ¿verdad?… ¿Profesión? Para la profesión hay un pequeño incremento en el precio.

Ponga… Genio.

¿Genio?

Sí, Genio. Hombre genial. De todos modos, Genio es suficiente.

Por supuesto, no pude evitar reírme. El viejo me apuntó con sus dos ojos claros, transparentes, ultramar purísimo, que no acusaban la opacidad que generalmente suelen adquirir con los años. Esa mirada tenía el candor y la indefinida desaprobación de un hombre bien educado.

Es por lo de Genio — aclaré.

Joven amigo, ¿puede usted demostrarme que no soy un genio?… ¿No?… Entonces le ruego que evite…

No quise iniciar una polémica, le dediqué una sonrisa aséptica y di media vuelta para continuar mi paseo, cuando el anciano, quitándose con un gesto parsimonioso el sombrero, dijo con extrema cortesía:

Señor… ¿con quién tengo el gusto?

No tuve más remedio que presentarme. Entonces él, abriendo el paquete recién adquirido, me entregó la primera de sus tarjetas de presentación, hecho lo cual, con un suspiro se despidió:

No le quito más tiempo señor Brito… zambúllase nuevamente en el fango de nuestros tiempos.

Una malsana curiosidad por los tipos extravagantes, que posiblemente heredé de mi padre, me indujo a continuar la conversación:

Debe ser una gran responsabilidad ejercer la genialidad…— dije tratando de no lucir sarcástico.

El viejo me observó unos segundos en silencio.

Asumo que usted creerá que soy alguna clase de excéntrico… sin embargo, me permito recordarle que en la vida no se puede ser indiferentes, se impone siempre hacer una elección… y yo elegí la genialidad de la meditación. Sucede que los seres humanos especulan tan poco que, quien no acepte esa parsimonia es calificado de excéntrico

¿En qué dirección orienta sus meditaciones? —pregunté distraído

Como consecuencia de un drama personal, particularmente doloroso… —y aquí, antes de continuar. hizo una pausa teatral que llenó con apesadumbrada excitación, — mi atención se circunscribió, muy particularmente, en el problema de la vida y de la muerte.

Oh, ya veo… el problema de la vida y de la muerte.

Una nota de ironía se asomó en mi voz, a pesar mío. Probablemente se dio cuenta que no lo tomaba en serio.

Esta conversación aquí y ahora está absolutamente desfasada… — luego con un suspiro se despidió. — En fin,.. Me pregunto por qué este tiempo no se nos vuelve, de una vez por todas, extraño… como merece ser.

Quedé algo desencantado y más decaído que antes, considerando que el Genio me demostró que yo no era el único poseedor del monopolio de la incompatibilidad con el mundo.

Me pregunto si la hipocondría en la cual busco reconfortarme no será, en el fondo, la amargura de un futuro desplazado… movido. Me lo estoy planteando en este momento, en mi estudio, mientras el café se enfría… y, para mejor juzgar el fracaso de la jornada, me entretengo escribiendo, en este diario, la historia inútil.

Quiero comenzar a trabajar y ensayar, de memoria, un bosquejo del hombre genio… Fracasé.

Encontré, registrando mi cartera, la tarjeta de Petrocelli y decidí hacerle una visita para refrescar los recuerdos estéticos y, paralelamente, usarlo de modelo.

El viejo vivía en un antiguo edificio ubicado en un barrio de la periferia. La conserje escuchó mis preguntas con evidente asombro, por lo que deduje que el Genio no se distinguía por sus múltiples visitas. Por fin dijo:

Piso cinco, apartamento cincuenta y tres.

El ascensor no funcionaba. Por las escaleras flotaba un mal olor que cortaba la respiración.

En el quinto piso, bajo el número 53 de la puerta, vi la tarjeta que ya conocía, pero con una nota escrita a mano: Por favor, tocar fuerte… el inquilino es sordo

Acaté la advertencia y el inquilino vino a abrirme.

PERDONE… — comencé casi gritando.

Shht, no soy sordo — aclaró de inmediato. — La advertencia me sirve para reconocer, por la manera de tocar, la calidad moral y el temperamento de mi visitante.

Tartamudeé algunas palabras de disculpa y siempre tartamudeando, expliqué la razón de mi visita.

La manera más idónea, que usted dispone en este momento, para hacerse disculpar — me interrumpió — es seguir atentamente el hilo de mi meditación, dejando las acostumbradas banalidades a un lado. Venga, pase.

El apartamento era un himno al desorden; libros y objetos heterogéneos por todos lados. El viejo se acomodó en una butaca recostada a una arcaica lámpara de pie, entre una mesa llena de papeles y una jaula vacía. Recostada a la pared, una muñeca… Una vieja muñeca blanda, insólita y triste.

El Genio estiró las piernas, entrecruzó los dedos de las manos y con un profundo suspiro:

¿Los Viajes! ¿Cuál es la trascendencia de los viajes? Me encontraba analizando este tema cuando usted llegó…

Yo estaba paralizado por la posibilidad cierta de poder tumbar una columna de libros, en evidente equilibrio precario, a mi derecha; además una de las patas de la silla, en la cual estaba yo sentado, acusaba preocupantes síntomas de fragilidad. Por otra parte, la muda e incongruente presencia de la muñeca me inquietaba.

¿Los viajes?

Sí. Pero no los convencionales que promueven las agencias especializadas… Viajes al espacio exterior, por ejemplo.

La verdad es que nunca había pensado en eso.

¡Y tiene razón! ¡Son una locura! ¿Qué necesidad tenemos descubrir nuevas Américas, nuevos planetas?… Ir a Maracaibo o a Sirio es más o menos la misma cosa, mientras el dolor y la muerte nos esperan allá como aquí… Pero dejemos los viajes al espacio para los muchachos soñadores. Reflexionemos en cambio sobre los viajes en el tiempo. ¿Qué opina acerca de los viajes a través del tiempo?

Ya más acostumbrado al personaje me atreví a contestar:

¡Locura pura y absoluta!

¡Exactamente! — Exclamó feliz, — Viajes al espacio, viajes al pasado o al futuro, pobres sueños de los seres humanos carentes de imaginación y huérfanos hasta del sentido de la realidad de nuestro mundo. Nosotros viajamos con el tiempo a una velocidad de 24 horas diarias, lo cual es más que suficiente para dirigirnos hacia la muerte. El porvenir está irremediablemente condenado a parecerse al pasado, y el pasado es muy poco divertido por cierto… seguramente nuestros padres murieron de aburrimiento. Pero, para los sempiternos pioneros, como pretendemos ser nosotros ¿Qué otros viajes podrían ser posibles?

Miré la taza de café sobre la mesa, la jaula vacía, la muñeca vestida de verde, la puerta entreabierta que daba acceso a otro espacio en el cual podían verse un práctico fregadero y una montaña inverosímil de recipientes.

Hay viajes alrededor del propio apartamento —dije mecánicamente.

Me miró por unos pocos segundos fijamente, luego con un profundo y teatral suspiro resignado, siguió:

¡No piense más, por favor! Solo sígame… es mejor. Por supuesto que existen otros viajes y en esos precisamente estaba pensando cuando trató usted de tumbar mi puerta. El espacio y el tiempo son las dos primeras opciones. ¿Me sigue?… A qué se dedica?

Soy pintor.

Eso lo explica todo — concluyó compadeciéndome. — Suele sostenerse que, además del espacio y el tiempo, existe una tercera categoría: La Causalidad. ¿Por qué, entonces, no viajar en la causalidad?

Apelando a toda mi experiencia, adquirida empíricamente durante años, acerca de cómo tratar a los desequilibrados, aventuré complaciente:

¡Seguro! ¿Por qué no viajar en la causalidad?

No se haga el incrédulo, noto que está más interesado de lo que pretende demostrar… ¿Qué es la causalidad? Es el nexo que une la causa con el efecto. La tierra gira alrededor del Sol, por lo tanto mañana será igual que ayer. Por todas partes ataduras causales. ¡El mundo es causal! No hay milagros. Aprisiono el mundo en la visión causal que recojo de él. Sin embargo este mundo podría tener, perfectamente, otro aspecto, cambiar su semblante… con lo cual se lograría algo que podría definirse como hacer un viaje en la causalidad. Una excursión en la cosa en sí, como dicen los filósofos.

El tono amelcochado, la mímica histriónica y, sobre todo, la mirada directa e intensa, me dieron la impresión que me estaba estudiando… ¿por qué?

¿Duda usted de mi cordura? — preguntó sin esperar respuesta. — Usted es artista, pero, ¿no ha pensado que ser artista es, en definitiva, sustraerse al aspecto cotidiano del mundo, para intentar otros acercamientos a la realidad? Desafortunadamente los artistas todavía no han encontrado la ruta de escape, todavía no han alcanzado el límite, más allá del cual podrían romper las cadenas que les atan a la viscosidad mundana.

Su tono inspirado y teatral me saturó. Así que decidí ser descortés:

Mire, no hay cadenas ni viscosidades que me aten al mundo. No siento afecto por nada, ni por nadie, ni siquiera por mí mismo. Los seres humanos me desagradan y por lo que a la vida se refiere, la escupiría, con muchísimo gusto, en la cara, suponiendo que tuviese una. Sin embargo, como puede ver, todavía estoy aquí y ahora me levantaré, me dirigiré hacia la puerta y bajaré las escaleras para irme.

¡Extraordinario!… ¿Será posible? — farfulló.

Suponía haberlo noqueado y, por el contrario parecía estar feliz. En el esfuerzo de tratar que mi despedida luciera convencional, al levantarme, le confesé que la razón real de mi visita, obedecía al interés de averiguar si existía la posibilidad de que posara para mí, algún día, con el objeto de trazar algunos bosquejos de su rostro. Se disculpó alegando el trabajo…

¿Trabaja usted?

Sí, en una clínica.

¿Doctor? — Me atreví a insinuar, sin lograr esconder mi asombro.

No. — Tras una breve pausa anunció, orgulloso y con énfasis, — Soy el conserje del laboratorio.

Salí de aquel agujero con un principio de migraña que me agrió lo que quedaba del día.

Tumbado en el sofá de mí estudio e influido por la curiosa tesis de ese viejo loco, me preguntaba qué era lo que me tenía atado a este mundo; la respuesta se presentaba de inmediato: ¡Las mujeres! Luego, era el deseo lo que me tenía enraizado en este terruño maloliente. Las mujeres resumían mi destino de perro de caza… el tiempo perdido detrás de mil pistas. Pero ¿cuál era la razón de aquella cacería continua? ¿Buscando qué o a quién?

¡El derrumbe de mi humor fue catastrófico! Presentí la inminente crisis. En momentos como estos, las píldoras se convierten en la panacea y logran su cometido. Tomo otras dos y luego, por fin, llegó el sueño.

Estaba dormitando todavía, cuando me despertó el timbre de la puerta. Fui a abrir: ¡era Petrocelli!

Es usted la última persona, en este mundo, al que hubiese esperado. Me sorprende su visita.

Le creo. Un individuo de mi edad y de mi sexo, ya ha perdido todas las esperanzas de ser esperado.

Pero, ¿sabe usted qué hora es?

Y qué importa la hora, querido señor Brito, cuando se tiene la certeza que mi genio ha recibido, finalmente, la recompensa merecida. Le informo que frente a usted tiene a un pensador que se honra en anunciarle el más hermoso descubrimiento de su carrera… ¿Ha tratado usted de atrapar una mosca, alguna vez?

Acurrucado sobre mi sofá y separado de él por el escudo que representaba la mesita central, le di como contestación una mirada preocupada.

La mosca vuela… huye, como si hubiese adivinado las intenciones de su captor. Esta observación de una sencillez y banalidad pueril, encierra el germen del descubrimiento más sensacional que hombre alguno haya hecho. Podría continuar enumerando ejemplos, pero prefiero darle de inmediato la genial explicación de todos estos comportamientos: Las especies animales no viven todas en el mismo tiempo.

¿Verdad? ¡Qué bolas! — comenté con desgano.

Bueno, ¿y por qué el tiempo de los hombres debería coincidir con él de los animales? Las palomas, las moscas, los pájaros en general, viven adelantados con respecto al tiempo de nosotros y es por eso que advierten anticipadamente nuestros movimientos. El desfase ´puede también presentarse al revés. ¿Usted ha visto alguna vez a una vaca mientras mira pasar a un tren?… Esa vaca nos luce lerda porque, estando en retardo con el tiempo humano, ve la locomotora cuando, delante de su nariz, está pasando el último vagón.

Imagínese… esa vaca tendrá muchísimos problemas para poder abordar un tren — traté de hacerme el gracioso.

Me fulminó con la mirada.

Jumm…En general los animales salvajes viven con un ligero adelanto con respecto al tiempo humano, mientras que los domésticos tienen un retraso más o menos considerable… En fin, se puede inferir que las especies vivientes no tienen todas la misma ubicación en la línea del tiempo.

Me levanté muy circunspecto para estirar mis piernas tratando de no darle la espalda en ningún momento. Pero el tipo estaba inspirado y recuperó de inmediato toda su elocuencia.

Al llegar a este punto, señor Brito, consideré indispensable individualizar las posiciones de los diferentes especímenes en el tiempo. La conclusión de mis investigaciones fue la siguiente: Los organismos elementales, menos frenados que aquellos otros que tienen delicados mecanismos que desarrollar, presentan mayor ventaja en esa carrera contra reloj que es la vida. En efecto los microbios se colocan a la cabeza del pelotón de las especies.

Quién lo diría — traté de fingir interés. — Tan pequeños y tan veloces…

Posteriormente — siguió, haciendo caso omiso a mi observación — me reservaron otras sorpresas. En ciertas condiciones el carácter de adelanto es hereditario y transmisible por suma a la sucesiva generación. En otras palabras, por cada nueva generación, el adelanto sobre el tiempo de la colonia aumenta. Esta característica es posible transmitirla mediante cultivo.

Eso está muy interesante — acoté bostezando. — Presumo que la colonia de microbios debe sentirse muy feliz por esa veloz evolución.

Si en lugar de exhibir su ácido sarcasmo se preguntara, o me preguntara por qué le cuento todo esto, yo podría decirle que llegué a una explicación brillante y a la vez sorprendente por lo que respecta a la mortalidad humana provocada por las enfermedades infecciosas. Los microbios que proliferan en la sangre del enfermo, transmiten a la sangre un adelanto sobre el tiempo de tal magnitud que el contagiado muere… En otras palabras, los microbios lo arrastran con ellos hacia el porvenir.

Ya interesado por esa teoría desquiciada le pregunté.

¿Entonces cuál es la diferencia entre estar muerto o desfasado en el tiempo?

¡La Duda, señor Brito! Pues me he preguntado si el paciente está en realidad muerto… solo porque un órgano vital, gracias a la intervención de unos virus, sufrió la aceleración de su proceso evolutivo normal. ¿No podría en este caso asumirse que el paciente podría seguir estando vivo, pero con un desfase en el tiempo, agotando los años que en justicia le tocarían vivir?

Teoría loca… pero interesante — admití riéndome.

Sucede, señor Brito, que atados a nuestro universo familiar, vemos desaparecer frente a nuestros ojos, seres que nos han precedido… ¡De acuerdo, lloremos por ellos! Pero reconozcamos que ellos nos indican el camino por donde escapar de nuestro mundo causal introduciéndose en el corredor del tiempo hacia la cuarta dimensión del universo.

El viejo resultaba medianamente divertido, pero no por mucho tiempo. Ya aburrido, le insinué que tenía trabajo pendiente, le acompañé hasta la puerta y él se fue con expresión satisfecha… Su presencia y charla pomposa me impedían pensar. Era evidente que, por su gestualidad y por el tono de su voz, me trataba como a un individuo patógeno.

Me puse a escribir para tratar de comprender algo. Ni así lo logro. Estoy a punto de creer que, si este estado depresivo que suele acompañarme con tanta terquedad no cambia de una forma u otra, voy a terminar mal.

Traté de trabajar durante todo el día sin lograr nada que valiera la pena. Al final dejé de intentarlo.

Me he quedado en casa sin hacer nada; meditando nada más. Intento erigir una barrera entre yo y el mundo. Ensayaré purificarme en la soledad de mi claustro. Han tocado dos veces el timbre de la puerta. No he abierto. Ningún contacto humano. Estoy tratando de volverme absolutamente aséptico.

Esta tarde vi la puesta del sol por mi ventana… ¡Verdaderamente hermosa! Esa claraboya se abre sobre otra realidad. Si siempre pudiésemos tener delante de nuestros ojos un paisaje claro, puro, limpio, como esa puesta de sol, quizás se podría respirar y vivir felices.

Es asombroso darse cuenta de la cantidad de tiempo que se tiene para pensar, cuando se está realmente solos. De hecho no sé más que hacer, porque en vez de pensar, me aburro… esta es la incongruencia de mi existencia: espero el advenimiento de la reflexión y llega el aburrimiento.

¿Podría ser interesante pintar el aburrimiento? ¡Quizás sí! Una imagen extra-humana hecha exactamente a mi medida. El aburrimiento en un paisaje gris y lluvioso: una mancha opaca en el centro de un área blanquecina, que encierra, naturalmente, el infinito.

Limpio los pinceles con las hojas que arranco de un libro viejo. Un momento después recojo unas páginas manchadas de ocre y amarillo y leo: ¿Por qué críticas tanto al mundo? Usted no está obligado a ser su ciudadano.

Miro, en la tapa del libro el nombre del autor: Plotinio. ¡Estaba limpiando mis pinceles con Plotinio y él me lo agradece con un consejo!: ¿Por qué seguir siendo ciudadano del mundo?

Lo importante es la manera como se dicen las cosas. Ese consejo dado con tanta calma y seriedad, se insinúa en mi pensamiento mucho más profundamente que una invitación brutal al suicidio. No querer ser más ciudadano del mundo no significa inmolarse, es más bien, algo así, como cambiar de nacionalidad, cumplir con una formalidad: dejas el país del mundo con una mueca de desaprobación, propia del hombre mundano, que voluntariamente se va al exilio.

Irse en estas condiciones es casi divertido. Es como dar una discreta lección de savoir vivre a los otros, a aquellos que se quedan sumergidos en sus mediocridades.

Traté de leer las páginas que se salvaron del libro, pero el texto se vuelve incomprensible. Plotinio ha escrito una sola cosa que vale la pena: Una frase. ¡No está mal! Por cierto, no se dirá de mí lo mismo, cuando muera.

Es extraño, desde cuando en mi vida no sucede nada, me siento mejor… Cuando uno se reduce a lo indispensable, queda muy poco por hacer.

Nunca hubiese imaginado, antes de esta cura de soledad, que yo ocupaba tan poco espacio en la vida, y que la vida tuviese tan poco sitio en mí.

He tomado la decisión: ¡Dejaré de ser ciudadano del mundo mañana!

Al atardecer… la hora propicia para un casi fantasma como yo, fui a dar la última vuelta por el barrio. Los árboles de la avenida estiraban sus brazos esqueléticos sobre los transeúntes presurosos. En la avenida mojada, los taxis cuidadosos, rodaban muy despacio… como siguiendo a un entierro. Toda la ciudad semejaba una inmensa catacumba de empapadas y musgosas paredes, en la que los presuntos seres vivientes se movían en una actividad de ultratumba.

Caminaba callado en aquel escenario como un condenado a muerte rumbo a la horca, cuando frente a una vidriera en la que se exhibían objetos de cerámica, una sombra me agarró el brazo. ¡Era Petrocelli!

¿Dónde va? — me preguntó

Hacia la muerte.

No es muy original. Ayúdeme, a ver si algún taxi quiera pararse, porque me parece que no ven mis señas.

Solo para complacerle traté que algún taxista parara, sin resultado. Evidentemente nuestras apariencias no eran muy confiables.

¿Cómo se le ocurrió venir por estos lados?

Tenía que hacer algunas diligencias.

Bien, buenas noches… Estoy apurado.

¿De ir a morir?

Sí… A propósito, me suicido mañana.

No acusó el golpe. Pero sus ojos azules me enfocaron con esa expresión de muda interrogación. Me reí solo por hacer algo y darme cierto tono jocoso.

Era más inteligente de lo que hubiese podido suponer. Mi actitud no lo engañó. Comprendió perfectamente que la cosa iba en serio.

Deje que le salude entonces — dijo quitándose el raído sombrero, a pesar de la llovizna pertinaz. — ¡No, por favor! — exclamó frente a mis protestas. — Quiero expresar respetuosamente mi último saludo… Es mi costumbre. ¿Por qué no debería rendirle los mismos honores que le debo a un cadáver? Le saluda un hombre que no morirá, señor Brito. Usted ha decidido zambullirse detrás de la pantalla de la muerte, sobre la cual nosotros, los vivos, seguiremos tímidamente escribiendo y borrando las interminables ecuaciones del misterio. Si no fuese por los deberes que me atan a mi descubrimiento, me dejaría casi tentar por su ejemplo. Pero no puedo hundirme en la noche en este momento… pues poseo la seguridad de que estoy a punto de lograr…

Bla, bla, bla… — le interrumpí aburrido. — Prefiero ser dejado en paz.

¿En paz? Pero si entre poco tiempo usted estará en paz eternamente, bien puede soportarme un rato más.

No quería soltarme. Comenzó a trotar a mi lado como un viejo perro, negro y fiel.

Llegamos a mi estudio. Me tiré sobre el sofá y ya en mi ambiente, logré organizar mis pensamientos para explicar a mi último interlocutor, la decisión que había tomado.

Mientras tanto, un dolor de cabeza más agudo de los a los cuales estaba acostumbrado, me martillaba de manera inclemente las sienes.

Usted que, según me dijo, trabaja en un laboratorio, ¿no podría conseguirme algo para acabar con esto de una vez por todas?

Creo que sería mejor tratar de mitigar el dolor de cabeza.

¡Calmarme el dolor de cabeza! ¡No había entendido nada ese animal! Me enfurecí.

¡Salga de aquí!

Regresaré… regresaré — dijo para salvar las apariencias, mientras se dirigía casi corriendo escaleras abajo.

¡Qué corolario tan desastroso! Para calmar los últimos ruidos de la escena, los confío al papel y en esta operación encuentro un poco de serenidad.

Esperaré que mi decisión madure. He ordenado los lienzos y los pinceles. Dejaré la paleta limpia. Las paletas de los grandes pintores que nos muestran en los museos, después de su muerte, me recuerdan siempre un plato dejado sucio por un devorador de perros calientes. ¡Ahorraré ese disgusto a mis hipotéticos admiradores.

La posibilidad de que no voy a pintar más, lejos de entristecerme, me produce una rara felicidad. Encuentro un tubo de amarillo cromo sin estrenar. Le hago vomitar su contenido hasta la última gota, con una suerte de placer sádico… como si estuviese estrangulando un rayo de luz.

¿Daré la última barrida al estudio? ¿Qué importancia puede tener un poco de polvo más?

¿Qué método usaré? Para cortarse las venas se necesita una bañera, adminículo que no poseo. Alguien me dijo que una botella de ron y la válvula del gas abierta, es el método preferido en muchas partes del mundo. La soga tiene sus admiradores, además de gozar de cierta tradición en el medio artístico; sin embargo la escena que se muestra a posteriori es poco agradable. En efecto, la lengua dentro de la boca es per se desagradable, expuesta al público es definitivamente grotesca. Es importante cuidar la estética.

En fin, los seres humanos carecemos de originalidad y creatividad tanto para vivir, como para morir. Admito que, en el fondo, lo que importa es el resultado, sin embargo me gustaría tener un abanico de medios más amplio.

La Naturaleza, en cambio, tiene mucha más imaginación, cuando es ella la que da el golpe final. Por ejemplo si se agrupa a un lado la infinita variedad de enfermedades y accidentes mortales y en el otro los escasos métodos que se tienen para el suicidio, notamos una desproporción humillante.

Para un individuo que ha decidido morir, la comparación resulta ser divertida.

Sé muy bien que dicen que estoy loco… pero ¿cuál es el significado profundo de ese vocablo? ¿Qué no coincido con la idea que los demás tienen de mí? Bien tienen toda la razón… es ese precisamente el motivo por el cual he decidido morir.

¡Aquel cretino ha cumplido su promesa! ¡Ha regresado! Esperé que hubiese traído la píldora fatídica, que le había pedido… pero no; trajo una compresa húmeda para calmar mi dolor de cabeza.

Quien ha decidido morir — me aclara, —, no soporta ni siquiera la picadura de un mosquito. Usted necesita de todas sus fuerzas para dar el gran salto y la lucha contra el dolor ocuparía gran parte de ellas. Colóquese esta compresa sobres su frente y ojos que son el origen de toda irritación del sistema nervioso.

Me quedé mudo. Lo acuchillé con la mirada. Finalmente comprendió y se fue, dejándome su compresa.

Este pésimo intermezzo, no debe turbar mi serenidad. El somnífero primero, luego la compresa, ya que la tengo. Todavía unas horas de sueño… Al amanecer, mirando las cosas directamente a la cara. Cerraré puertas y ventanas y abriré la llave del gas.

***

Me sucede algo extraordinario: ¡Me despierto curado! Esta mañana pruebo una sensación indefinida, una suerte de entumecimiento interno. Mi mirada nublada, al encontrar una mancha de sol sobre la pared, frente a mi sofá, vuelve a encontrar la magia del color. Reconozco entonces, por la sensación que me hincha el pecho, a la felicidad de la cual había perdido hasta el recuerdo. Al fin, la alegría de existir, simple, gratuita, sin causa ni razón, acompañada por unas ganas de vivir que multiplican mis fuerzas y, además, todo se me presenta agradable y simple.

¡Y pensar que esta mañana yo hubiese debido morir! Tengo ya ganas de salir, de ir al encuentro de la sonrisa del universo.

Fue un magnífico paseo en el cual solo disfruté del placer de asegurarme de la presencia benigna de las cosas… pero es oportuno que frene mi entusiasmo, de lo contrario no creeré más en esto.

Está claro que no puedo esperar vivir en constante euforia. Algunas pequeñas contrariedades están perfectamente acopladas a la existencia. Esta mañana, por ejemplo, abro el chorro del lavamanos y el agua sale amarilla y sucia.

Aparentemente un duende malvado se divierte desinflando el globo de mi renovado entusiasmo. Por ejemplo, hoy el agua sigue saliendo del lavamanos amarilla y sucia. Quiero afeitarme, pero no logro verme en el espejo por estar este en condiciones penosas, sin embargo al tacto siento que tengo la barba crecida. La crema de afeitar no sirve, en lugar de la espuma rica y suave que promete la publicidad, solo logro esparcir sobre mi cara una especie de crema gelatinosa.

Soy víctima de algo cuya naturaleza desconozco, pero mi buena voluntad y humor comienzan a sentir, desafortunadamente, los efectos.

¡Dia duro! Al despertarme comienzo a notar algunos detalles preocupantes: al usar la toalla descubro que está mojada; la hojilla de mi afeitadora está oxidada, sin embargo afeita tan bien como si fuera nueva… será mejor no especular demasiado sobre estos detalles. Un paseo, quizás restablecerá el equilibrio.

Me detuve delante de una floristería y vi que, en lugar del ramo hermoso y frondoso, estaba un buqué compuesto por rosas mustias, claveles resecos y gladiolas marchitas… pensé que podría tratarse de un novedoso estilo publicitario. Una señora se para a mi lado, mira el ramo y murmura encantada:

¡Qué hermoso!

De pronto lo comprendí todo: tenía problemas de visión.

¡Qué desastre! Pintor y con problema de visión. Busque en la guía telefónica y escogí el doctor cuyo nombre estaba más destacado. Anoté la dirección y, con el estado de ánimo en el subsuelo, abordé un taxi.

Ya en el consultorio, leí las letras de todas las dimensiones sin dificultad, me senté en todos los sillones, metí la cabeza en los aparatos más extraños, analicé los tonos de todos los matices. Después de una hora el doctor me confesó que no había encontrado nada extraño: córnea, iris, retina, todo normal.

Pero si la vista está normal — aventuré, — debo sufrir de alucinaciones.

No me contestó, pero me miró de una manera rara. Eso me preocupó más.

Todos los días me despierto angustiado. Aquellas mañanas felices ya son un recuerdo. Necesito saber más acerca de las alucinaciones. Salí para asesorarme en algunas librerías.

El cielo era de un azul limpio y apacible y, de pronto, una lloviznita comenzó a caer, tan insólita que llegué a pensar que un jardinero distraído, al regar la grama de algún jardín, estuviese salpicándome. Pero la gente trataba de guarecerse, por lo que supuse que se trataba de un aguacero repentino.

Busqué reparo bajo el toldo de un café y miré al cielo para calcular el tiempo que duraría la lluvia. ¡No había ni una sola nube! Tuve un raro presentimiento al ver a una señora, muy elegante que, como yo, se estaba guareciendo bajo el mismo toldo, cargando un perrito destrozado.

Pobre animalito — no pude evitar comentar. — ¿Qué le ha sucedido?

La señora me lanzó una mirada hosca, acurrucando entre sus brazos aquel pobre esperpento sin mostrar ningún sentimiento de horror u asco.

Esa escena me dejó preocupado y me pregunté “¿pero estaré viendo a ese animalito tal como es?”

Me alejé del café de prisa y busqué refugio entre la multitud en la calle. Evitaba mirar a los transeúntes para impedir una alucinación, pero no pude evitar observar una pared ennegrecida, una puerta metálica retorcida y en la vidriera unos zapatos calcinados. Me detuve en la acera. La gente entraba y salía del negocio como si estuviese operando normalmente.

¿Cuándo se quemó? — pregunté.

¿Cuándo se quemó qué? — me contestó alguien.

La prudencia me sugirió no responder. A estas alturas ya no tenía dudas: Necesitaba un psiquiatra.

Yo desconfío de ellos, pero si se está quemando la casa, no te queda más remedio que llamar a los bomberos.

La enfermera me hizo pasar a la sala de espera. Al entrar vi, no sin recibir un fuerte impacto, un cadáver sentado correctamente con una revista sobre las piernas.

La puerta se abrió. El cadáver se levantó y desapareció en el consultorio. Era su turno.

Con mucha dificultad logré recuperar la respiración normal, cuando llegó mi turno.

El doctor esperaba parado detrás del escritorio. Con su bata blanca parecía un carnicero vestido para una fiesta. Con gesto condescendiente me indicó una silla. Quería mostrarse autoritario, pero tenía un cristal de sus lentes roto el cual le confería al ojo un aspecto bastante desagradable. Dijo en tono cansado:

¿Ya lo he tratado?

No, porque no estoy loco — Comencé. Se sonrió. Comprendí la clásica torpeza de mi presentación y agregué inmediatamente:

He venido porque sufro de alucinaciones

Fingía escribir en un block. Con un tono de voz en el cual se asomaba una irritante superioridad, preguntó:

¿Qué clase de alucinaciones?

No veo las nubes…

Con la condescendencia incrédula del hombre superior, dijo:

¿No ve usted las nubes?

Sí, no veo las nubes, pero todavía distingo muy bien a los idiotas.

Me dirigí hacia la puerta sin mirar atrás.

Es necesario que diagnostique yo mismo mi problema. En principio debo tratar de comprender qué es lo que me está sucediendo. He hecho experimentos durante todo el día, el defecto existe realmente: soy víctima de disturbios visivos. Por ejemplo cualquier tipo de comestible lo veo descompuesto. En los bares la cerveza, los refrescos y cualquier tipo de licor tienen color de orina. Pero al gusto y al tacto (ya he tenido el valor de comprobarlo), no han cambiado en absoluto. Así que la primera conclusión es que el problema atañe solo a la vista.

Me pregunto si no estaré viendo el futuro; pero no tengo esa impresión, veo lo que veo sin un sentido de premonición. No creo que se trate de una verdadera alucinación, porque esta tiene carácter episódico y fortuito, va y regresa. Yo, en cambio, veo las cosas deformadas, o mejor dicho, modificadas de manera constante.

Es necesario definir lo que me sucede. Hace poco se verificó algo significativo. Fui a tomar unas copas en un bar alejado de mi barrio para no encontrarme con conocidos. En este bar acostumbran poner al lado del cliente una pequeña hielera, que contenía, como suele suceder en estos días, solo un poco de agua. No protesté, solo tomé las pinzas y con decisión atrapo un pedazo de… agua. Sí, un cubito de agua, que se quedaba milagrosamente firme entre los dientes de la pinza. Comprendí entonces que en el lugar del agua que veía, estaba realmente el cubito de hielo. Conclusión: Veo todas las cosas en el sitio donde están, pero en el estado en que estarán más tarde.

Ya no me atrevo a salir, me aterra la posibilidad de espectáculos desconocidos que podrían traicionarme; todavía se siguen quemando brujas. La inquisición nunca ha dejado de existir. Aquel universo que se me había ofrecido, unos días atrás, a través de la ventana, ya no existe.

Vuelvo a leer, precisamente en este diario, lo que decía entonces. Todo mi entusiasmo… ¡fuego de paja! Con una amarga sonrisa paso las páginas hacia atrás. Transito nuevamente hacia una serie de días… Aquí está. ¡Quería suicidarme!… ¡Qué locura! Reencuentro las charlas con Petrocelli… ¡Vaya tipo! Quien sabe que estará haciendo.

De pronto un relámpago en mi cerebro. Una simple suposición y, sin embargo, mi cabeza está hirviendo. Aquella noche, cuando me trajo la compresa para calmar mi dolor de cabeza… No aguanto más. Es absolutamente necesario que lo vea esta noche.

Fui a preguntar a la conserje por Petrocelli en el edificio donde residía.

¿Es usted el señor Brito?

Sí.

El señor Petrocelli, antes de salir de viaje, me advirtió que usted vendría y me dejó esta carta para entregársela a usted.

¿Estará mucho tiempo afuera?

No me lo ha dicho. Aquí tiene la carta.

Regresé al estudio y la abrí:

Estimado señor Brito

Generalmente se rodea a la muerte de misterio. No se anuncia, se insinúa discretamente al moribundo que quiere saber. Es por eso que, considerando que la salida hacia ese gran viaje siempre ha tenido un carácter casi clandestino, considero que es justo que respete esa tradición cuando se trata de otro, tan grande como el primero: el viaje en la causalidad.

Lo insinué muy superficialmente, ya que su ligereza ansiosa y su ironía abiertamente incrédula, no me permitieron profundizar las características de mis investigaciones.

¡Finalmente triunfé! El bacilode Petrocelli, obtenido cruzando especies seleccionadas y cultivadas en la médula del Dasypus sabanicola, mejor conocido como cachicamo sabanero, se aclimata perfectamente en la mielina humana.

En este bacilo el adelanto sobre el tiempo es de segundos. En las condiciones de cultivo que hicieron inmortal al muy mortal Pasteur, el gen que corresponde a ese carácter específico de avance, es transmitido a la generación sucesiva de manera que el progreso sobre el tiempo, en la colonia, crece en cada generación.

Agregaré que la proliferación en la mielina viviente esparticularmente rápida y el terreno de cultivo llega a estar suficientemente impregnado para participar en la evolución que poseen los bacilos.

Una vida entera de trabajo se resume en estas breves palabras. Pero estas palabras tienen una densidad que no será fácilmente igualada, porque ellas encierran la posibilidad de la gran evasión.

A la imaginación decaída del lector atento, estas palabras ofrecen la perspectiva de una línea de fuga, material o ideal, que nos consiente sustraernos a ese misterioso mundo causal.Se abre la puerta a la cuarta dimensión. ¡El tiempo está vencido!…

Pero ya no es el tiempo multiplicado en la mente del matemático, el tiempo irremediablemente ficticio, retórico, abstracto que normalmente se nos viene ofreciendo, es el tiempo biológico, que ahora es posible manejar a nuestro antojo, levantando la tapa que cubre el abismo del universo para ofrecer a la vida, que hasta ahora ha estado prisionera de la monótona y aburrida causalidad las llaves de las praderas del infinito.

Pero, ¿de qué serviría dejar este mundo si no conservamos con él un punto de contacto que nos permita contar las experiencias del más allá? Los muertos, que de manera radical y torpe, emprenden el gran viaje integralmente, no pueden regresar para contar la aventura. Es necesario partir sobre la línea del tiempo, en pedazos. Arriesgar sólo uno de los sentidos: la vista, por ejemplo…

Desde esta perspectiva, el bacilo de Petrocelli, cuya peculiaridad consiste en circunscribirse exclusivamente en las neuronas, ofrece ciertas ventajas. Acentuando el carácter vegetativo, es posible circunscribirlos cerca del lugar de difusión… digamos, el nervio óptico.

Llegado a este punto necesitaba un sujeto de cierta experiencia, es decir un hombre resuelto, joven y libre de ataduras, suficientemente despegado del mundo para no oponer resistencias perjudiciales a la aventura; un hombre, en fin, que no estuviese más anclado a la carne por el deseo. En suma era necesario disponer de un hombre que ya hubiese llegado a los límites que separan la vida de la muerte y que solo un pequeño empujón hubiese sido suficiente para enrumbarlo hacia lo desconocido. En definitiva un hombre dispuesto al suicidio.

Me he preguntado si convendría informar al sujeto, pero desconfiando de las vacilaciones de última hora, he preferido actuar con la mayor discreción.

¿El dispositivo experimental? Algo poco evidente. Una compresa impregnada del cultivo microscópico, aplicada sobre los ojos. La contaminación del nervio óptico sería inmediata y el bacilo comenzaría a multiplicarse aceleradamente y así, sin ruido, la mirada zarparía hacia nuevos horizontes hasta ahora desconocidos.

Y es hacia usted, Primer Viajero de la Causalidad, yo que me quedo en la Tierra, agito mi pañuelo blanco de inventor y precursor. Usted va hacia el porvenir, entra en la historia y considerando que, a pesar de todo, no abandona el presente, habremos concluido esta mezcla de tiempos, debido a la cual, quedará totalmente destruida la causalidad tradicional.

La impaciencia por conocer sus impresiones cede el lugar, por el momento, a una sana prudencia, estimulada por el temor de posibles reacciones de un carácter algo violento, que me impone interponer entre nosotros, cierta sensata distancia tradicional.

Considerando que yo solo salgo para una pequeña fuga periférica, mientras usted zarpa hacia horizontes lejanos, abdico humildemente toda superioridad con respecto a usted y quedo, estimadísimo señor Brito, con admiración su seguro servidor

Giovanni Petrocelli

El Genio

Aquí está la carta, sobre mi mesa. Tengo el presentimiento que no he dejado de leerla. Está escrita con pluma de pato sobre un delicado papel de arroz.

¿Es él o soy yo el loco?

***

Así inicié mi viaje hacia el porvenir sin abandonar el presente, destruyendo la causalidad tradicional…

A estas alturas los bacilos que filtran mi mirada le comunican un adelanto notable. Esta tarde, al regresar a mi casa… me he tropezado con una enorme cantidad de cadáveres…Ya mi vida está adquiriendo características de pesadilla

Cada noche, mi viaje progresa asombrosamente. Hoy quise darme un paseíto por las zonas residenciales. Me entretuve mirando a los transeúntes, sólo pude ver un desfile de harapientos. Parecía la invasión de un ejército de espantapájaros.

Ayer vi la primera mujer desnuda caminar por la calle… me quedé de una pieza. Caminaba con desenvoltura. Distinguí una ligera sombra gris alrededor de sus piernas. Deduje que la mujer vestía unas prendas que, eventualmente, serian destruidas por el fuego y yo ya veía las cenizas.

Ya no cuento los cadáveres que encuentro. Suelo mirarme en el espejo y me veo envejecido… es evidente que no soy la excepción. Ya no se trata de las caras cadavéricas, de los vestidos convertidos en harapos… creo que hasta las piedras se están degradando. Todo lo que convierte en joven al mundo, es para mí ya viejo. Debería estar acostumbrado de tanto repetirme: “Ves las cosas en el sitio en que están, pero como serán más tarde”

Y así, entre lo que es y lo que puedo ver, se va extendiendo un gran vacío a medida que me adelanto en el tiempo. En este abismo desaparece todo lo que conforma la belleza y la juventud. En el horizonte, la muerte levanta su sudario gris. Asisto a la agonía del mundo.

Mi viaje sigue progresando y la usura se ha acentuado frente a mis ojos. Ya mi criterio para distinguir a los vivos de los muertos, sólo se basa en el movimiento… Si algo se mueve: vive; si no, está muerto: ¡Hermosa sencillez! Los esqueletos tienen un aire más sencillo, más amigable. Llevan su destino con humilde dignidad, de la que jamás hubiese creído capaces a los seres humanos. ¡Me reconcilian, con la humanidad!

En la actualidad, aprendo a distinguir a las mujeres de los hombres por la sombra que proyectan sobre la acera.

Esta mañana, al mirarme en el espejo, mi cara me asustó. No sólo me veo envejecer… ¡también me veo morir! Sí, asisto a mi agonía…pero, al tener la posibilidad de presenciar ese espectáculo, debo hacerlo con actitud de espectador, con frialdad. Acomodo la mesa frente al espejo y preparo pluma y papel. Me siento tranquilamente, con la cara a plena luz. Es suficiente levantar la mirada para verme reflejado. Estoy absolutamente decidido a recoger el instante en el cual pasaré de la vida a la muerte. Minuto a minuto las ojeras se oscurecen y la nariz se perfila y la piel de las mejillas se arruga. Por contraste los labios exangües forman una suerte de marco alrededor de la boca que se abre en un esfuerzo desesperado para respirar vida.

Me pregunto, por los síntomas, ¿qué tipo de muerte será la mía? La escena es angustiosa. Sudo como una fuente. Por supuesto no veo las gotas de sudor pero las siento caer sobre esta hoja en la cual, aunque para mí son invisibles, diluyen aquí y allá la tinta que se ensancha velozmente sobre el papel.

¡Qué lucha!… No, no es bonito morir.

Ninguna concesión a la indulgencia mitiga la curiosidad con la que observo, con avidez, el espectáculo. Por el contrario, debo hacer un gran esfuerzo para no reírme. ¿La muerte, entonces, mi muerte será así? No veo en ella ninguna majestuosidad, al contrario, me luce repugnante, como puede serlo un pedazo de carne en descomposición.

Drama mudo, pantomima trágica de la carne que se debate… de pronto me asalta la angustia. ¿Y si al morir pierdo la vista? La expresión contraída se distiende veloz, como un dardo. Un velo cae sobre mis ojos. ¡Muero!…

¡Gracias mi Dios, todavía veo! Estoy muerto y sin embargo veo.

He muerto y nada ha cambiado en el universo. Me siento frustrado… Los bacilos siguen avanzando… estoy viendo cómo serán las cosas después.

Tengo la impresión que el temor de ayer era del todo infundado. Todavía creo que mi mirada hubiese debido apagarse en el momento del traspaso. Por suerte no ha sido así, pero ¿por qué? ¿Debo admitir que después de deceso lo seres humanos continúan viendo? Esta explicación espiritualista difiere con mi activo positivismo. Quizás debo decir, y esta quizás es la verdadera explicación, que mis ojos, así como el resto de mi cuerpo, están todavía vivos, en consecuencia es perfectamente explicable que siga viendo. Pues es lógico inferir que mi nervio óptico sigue proporcionando a los bacilos un medio de cultivo en el cual siguen inexorablemente su marcha hacia el porvenir.

Quisiera saber qué adelanto visivo he alcanzado. La consciencia de que estoy viendo lo que nunca hubiese debido ver, estimula mi curiosidad, por el particular enfoque que tengo del mundo.

Ayer presencié un espectáculo que me dejó sin aliento. Algunos esqueletos, suspendidos en el aire, cruzaban la quebrada que atraviesa mi barrio y desemboca en el mar. Necesité concentrarme para comprender que se trataba de gente que cruzaba el puente militar que, en este momento, es sólo un recuerdo.

La marcha se acelera. Ya alcancé el estado de esqueleto. ¡Por fin, estoy decente! Sin embargo, el viaje no es nada divertido. Los horizontes están escondidos detrás de una neblina intensamente gris. Debo aprender a distinguir todas las cosas únicamente por su demarcación periférica, que cada día se hace más tenue.

En el espejo, noto que la desaparición del sexo tiene algo de simbólico. Aprendo a conocer la soledad de los cementerios. Todos mis amigos están muertos. El círculo de los conocidos se va desvaneciendo. La vida se aleja y frente a mis ojos se ensancha, como un cáncer devorador, la nada infinita.

Los esqueletos, a los cuales me había acostumbrado, se están descomponiendo también. Mi viaje ha progresado. Cualquier recién nacido, ya está muerto para mis ojos. Estoy solo en pleno siglo XXI. Ninguna mirada humana vendrá jamás a encontrarse con la mía. La carne ha desaparecido. Vivo en un mundo de muerte.

Un día, sentado en la plaza, mientras contemplaba mi caos de polvo, de repente, casi bruscamente, aparecieron las Formas. Como algo grabado sobre mi realidad gris, irrumpió el vuelo de blancas formas. Llegaban de todas partes, pasaban, corrían, se paraban y volvían a correr. Manchas móviles, siluetas humanoides que planeaban, deslizándose sin esfuerzo aparente por el aire. Inicialmente pensé en una alucinación. Me fregué los ojos, pero las Formas seguían ahí. Y así como aparecieron, se fueron. Cada forma parecía seguir una dirección determinada. Me quedé con la boca abierta. Cuando ya creía que era una alucinación, las Formas volvieron a aparecer como la primera vez. Supuse que se trataba de una ilusión óptica provocada por el sol. Me levanté, le di la espalda al crepúsculo. Por todas partes, delante y detrás de mí las Formas poblaban la plaza. Me invadió una especie de fiebre. Me lancé en su persecución… como un niño que corre detrás del arco iris. Aprovechando el momento en el cual una Forma se paró detrás de una pareja, me lancé hacia adelante como impulsado por un resorte. Solo encontré el vacío. Mi actitud debía, evidentemente, parecer extraña. Hice un esfuerzo para controlarme y me alejé con paso de inocente caminante. Las Formas habían desaparecido.

¿Por qué no he podido verlas antes? Deduzco que sólo se manifiestan en un universo más allá de la vida humana. ¡Penetro los secretos del más allá a través de la hendija de una puerta misteriosa! ¿Quiénes son? Pienso en ello constantemente. Y me siento atraído por la apariencia de vida que tienen y que devuelven a mi mundo su fisionomía familiar. Tienen rostros que distingo mal, sin embargo puedo afirmar que son rostros humanos. Me acompañan en un escenario de muerte. Las Formas son como chispas incandescentes en las cenizas. Cuando estoy con ellas, aunque su compañía es lejana y muda, siento que mi corazón late.

Pero acallo la fantasía y apelo a la razón que nunca me ha engañado. ¿Qué es lo que existe en el presente más duradero y que a la vez sea inmaterial? ¡Las ideas! Después de la materia, las ideas resisten más… luego yo estaría viendo las formas de las ideas… pero ¿por qué tienen rostro?

LasFormas nunca se me habían aparecido cuando estaba solo. Anoche, percibí una presencia. Con gran asombro vi frente a mí a una Forma, con una cara desconocida, antipática, marcada con un gran lunar detrás de la oreja izquierda, con un no sé qué de canallesco en la expresión. En fin, una presencia detestable que no se quisiera encontrar en un lugar solitario. ¿Quién será ese vagabundo?

La prudencia me aconseja mudarme a otro barrio. Dejaré mi actual domicilio, daré un corte franco y total al pasado y a mis costumbres. Será suficiente una maleta para contener todas mis pertenencias. Además, yéndome sigilosamente, me ahorraré también el último mes de alquiler.

He encontrado una pensión en las afueras. Le he dicho a la dueña que veo poco, para explicar mis desplazamientos cautelosos. El lugar es sórdido, pero en las condiciones en que me encuentro, no puedo ponerme exquisito.

Mientras tanto mi inquietud se calma y poco a poco encuentro otra vez la tranquilidad. Ya he podido notar que las Formas de este barrio no tienen nada que envidiarle a las de mi anterior lugar de residencia.

Organizo mi nueva vida, admitiendo que todavía pueda usar ese concepto y me zambullo de nuevo en el mundo de las Formas. Ahora las percibo casi continuamente, con una tal insistencia, que me veo obligado a buscar con mucho trabajo la realidad detrás de los velos blancos que van y vienen.

Desde que me he alejado del entorno familiar que le confería cierta presencia, el viejo universo real se desliza más rápidamente a través del gris de las cenizas futuras… ¿De qué sirve desplazarse o viajar? El paisaje desfila espontáneamente sobre el panorama de mi actitud inmóvil.

He encontrado, para decirlo de alguna manera, un lugar de observación permanente. Todos los días me instalo en un mirador situado en una colina cercana y desde ese lugar miro como se hunde el mundo. Carros, camiones, transeúntes, ya no son para mí más que remolinos de polvo bajo una inmensa extensión de cielo inmutable. Si cierro los ojos, vuelvo a encontrar la vida casi al alcance de mi mano, ahí están los gritos, los requerimientos, las risas y el tumulto que me rodea por todas partes, pero si los vuelvo a abrir me encuentro de inmediato separado por varios siglos y no veo otra cosa que una tromba de aire que barre un desierto de polvo.

Esta extrema agitación, absolutamente inútil y estéril, es el último adiós del mundo de los vivos; es la agitación del pañuelo que se despide del barco que acaba de zarpar rumbo a la eternidad.

¿Pero será verdad que estoy solo en la inmensidad de mar adentro?

De pronto, casi bruscamente, una gran cantidad de velas me rodea. ¡Las Formas están todas presentes, muy cerca, secretamente ligadas a la evolución del polvo. Estas Formas, presumo, son las ideas que se intercambian en el mundo en un instante.

El universo pierde su cara material y me revela la otra hecha de pensamientos y sentimientos. Todas las pasiones, las ambiciones, los amores, las sonrisas, que hasta solo un momento estaban escondidas detrás de la tempestad de polvo, ahora son visibles. Es un raudo vuelo de estrellas en un cielo ya invadido por la noche, que sugiere un cambio de luces que ilumina lo invisible más duradero, mientras la carne perecedera se hunde en la sombra de la fría tumba. ¡Por qué salir? Las Formas vienen a buscarme en lo más recóndito de mi pobre habitación. Ahora las veo por más tiempo y más definidas.

Pues ya sé que los trazos, las expresiones que dan un rostro a las Formas son causadas por los pensamientos de los terceros. Ellas no son más que una suerte de soporte sobre el cual se estampan los pensamientos que les sugerimos a los demás…

Me arrepiento por no haber pensado, amado y sentido más. De haberlo hecho, a estas alturas, en vez de vagar en medio de tantas caras extrañas y desconocidas, me encontraría rodeado por mil recuerdos, mil oportunidades y momentos felices y el mundo de las Formas, lejos de ser un conglomerado anónimo, sería una multitud amiga y cada rostro estaría en condiciones de hablar confidencialmente a mi corazón.

Mientras analizaba mi miseria, advertí la presencia de una Forma. Su cara me inspiraba cierta repulsión. Más que fea era desagradable, porque su expresión traicionaba una mediocridad pretenciosa. En las arrugas de la frente podía leerse un porvenir fallido. ¿A quién correspondía aquella Forma? Estaba preguntándomelo cuando giró y vi detrás de la oreja izquierda un gran lunar… me puse en guardia. ¡Vaya suerte la mía! La única forma que todavía conserva un punto distintivo es precisamente aquella que no soporto. La encuentro en todas partes incordiando. Debe ser la Forma de alguien que me odió, lo cual explicaría los constantes fracasos sufridos en toda mi vida… y reventaré sin llegar a saber quién ha sido. Aprovecho para estudiar su cara. Cabeza mediocre con una frente huidiza, aspecto miserable de animal perseguido y expresión de degenerado…A lo mejor es la muerte… No, no, la muerte es un mito… y sin embargo cuando está presente yo “me siento mal”.

Me mira sin mirarme. Quiero decir que no tiene consistencia bajo mi mirada. Se pasa una mano detrás de la oreja. Yo, sugestionado, también lo hago y percibo algo, como una ligera hinchazón. Llamo a voz en cuello a la señora Irma, así se llama la dueña de la pensión.

¿Qué te pasa, ya estás agonizando? — dice entrando en la habitación.

Haga el favor, mire detrás de esta oreja… es que el otro día me caí… —mira y toca.

Nada roto, sólo tienes un lunar y nada más. Aunque no me extrañaría que tuvieras alguna herida… los tipos borrachos como tú están siempre expuestos a que les suceda algo desagradable. — Es su manera de tranquilizarme… pero ya asimilé la revelación.

A mitad camino, entre la cama y la pared la Forma me mira con expresión cómplice. Pero yo ya he comprendido todo: La Forma con el lunar detrás de la oreja, soy yo como los demás me han visto y quizás peor.

Al final del calvario llego a conocer, al fin, la respuesta a la pregunta que tanto me ha atormentado y me explico el continuo fracaso que ha sido mi vida: Era yo la cara que ahora me mira. Aquél que creía ser el YO de la íntima ternura, el YO genial era sólo una ilusión. El YO como lo han hecho los otros, como lo leen los otros, es el único auténtico y duradero en el tiempo…

Fin

Muchas gracias a Ermanno por este relato, y recuerda que está participando en el Desafío del Nexus, si disfrutaste con él, no dejes de votar compartiéndolo con el botón de facebook.

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