Nuestra amiga Enza Scalici nos presenta una historia llena de suspenso para nuestra edición de Octubre del Desafío del Nexus.

Especies Inteligentes

El crepitar de la estática le anunció a Dreyxer que llegaba un mensaje de otra nave, aun antes de que las notas melodiosas, que era su forma de comunicarse, salieran de los parlantes:

—Dreyxer ¿me escuchas?

Si bien la conexión no era todo lo clara que se deseara, sin duda el que llamaba era Layko.

“Ojalá no sean malas noticias” Pensó el comandante de la flotilla. No fueron como asumió, malas, fueron peor que esto:

—La computadora anunció que en veinticinco minutos las compuertas de las cunas comenzarán a abrirse.

A pesar de la distancia y la estática, el comandante percibió la calma fatal con la que su amigo le daba la noticia. Cerró los ojos, desalentado. Era de esperar. Ya habían perdido a los ocupantes de otro de los vehículos, el primero que había remontado vuelo aquel lejano día que abandonaron su planeta. Y como habían salido prácticamente uno detrás de otro, ya estaba actuando el efecto dominó.

—No te desanimes, Laiko —contestó alegremente, manifestando un entusiasmo que estaba bien lejos de sentir—, esta galaxia en la que acabamos de penetrar promete mucho.

—Hasta ahora nos hemos encontrado nada más que unos cuantos planetas muertos, amigo ¿qué te hace pensar que hallaremos lo que buscamos?

—Nos estamos acercando al sol central. Estoy seguro que a la debida distancia de éste habrá un planeta donde se den apropiadas condiciones de vida. El tercero, contando desde el centro, ofrece grandes esperanzas…

No quería que su amigo se desanimara pero, en el fondo, él tampoco quería crearse falsas esperanzas, porque ¿Cuántas veces no habían creído que se encontraban cerca de la solución a sus problemas para desilusionarse poco después? La verdad parecía ser que la pesadilla que había comenzado hace muchos años en Malhert, su planeta natal estaba a punto de concluir… con la muerte de todos ellos.

Dreyxer impulsó su cuerpo alargado hacia arriba. Abrió el conducto situado sobre su cabeza redondeada y tomó una profunda respiración, calmando así un poco el desordenado ritmo de los latidos de su corazón. Nunca olvidaría aquel día aciago cuando descubrieron que los rayos de su descompuesto sol estaban quemando la superficie de Malhert. Comprendieron que, dentro de poco tiempo, los rayos sobrecalentados evaporarían las aguas de los mares, su hábitat natural. Por aquel entonces Dreyxer era un jovencito, pero recordaba claramente el frenesí que embargó a los científicos, quienes buscaban una solución al problema.

No la encontraron.

Por alguna razón inexplicable, la estrella que iluminaba su mundo había alterado su composición, y aun cuando los malherteanos poseían una tecnología muy avanzada, no hallaron como revertir el proceso. La única alternativa a una muerte segura era abandonar el planeta.

Desde aquel momento, los esfuerzos de todos se enfocaron en construir suficientes naves donde poder trasladarse, mientras los estrategas trazaban la ruta a seguir. En realidad, no lograron establecer una meta en concreto. No querían invadir otros mundos habitados, necesitaban encontrar un sitio despoblado que tuviera las características necesarias para su sobrevivencia, pero esto llevaba tiempo, y ellos no lo tenían. Decidieron detenerse provisionalmente en Hoychior, un planeta de mares salados iguales a los de Malhert, que ofrecía las condiciones adecuadas para su sobrevivencia, y cuya especie inteligente estaba en los albores de su desarrollo, vivía en la superficie y centraba sus esfuerzos en producir armas nuevas. Surcaban los mares en barcos, más no los habitaban, por tanto los delherteanos podrían alojarse en ellos sin llamar la atención ni interferir con su progreso natural, mientras los exploradores encontraban un lugar definitivo donde establecerse.

No contaban con la negligencia de los nativos.

La última vez que se habían acercado a Hoychior, era un planeta sano y lujuriante. Cuando lo sobrevolaron con la intención de amarar, las mediciones hablaron de aguas altamente contaminadas por desechos tóxicos y radiaciones atómicas, inadecuadas para la sobrevivencia. Obviamente, sus habitantes no tenían conciencia del desastre que estaban provocando. Lo cierto es que ellos se quedaron sin un lugar de alto, desamparados en el medio de la nada.

Y ahí comenzó su peregrinación, que todavía proseguía.

Desde aquel día, habían pasado casi doscientos años. Los delherteanos viajaban hibernados en tanques, mientras que los pilotos y comandantes nadaban libremente en las naves casi llenas de agua salada, la cual se reciclaba constantemente. Pero, todo acaba, y la vida de las máquinas había llegado a su fin. Por más que en el momento de su construcción se usaron materiales de última, los filtros de los purificadores estaban agotados por largos años de trabajo, y ya no tenían repuestos. Al detectar que el agua de los tanques ya no ofrecía la pureza necesaria, la computadora despertaba automáticamente a sus ocupantes y acto seguido abría las compuertas. Obviamente, los nutrientes del agua de la nave y el oxígeno, calculados para mantener con vida a los conductores, eran insuficientes para sustentar a una población de millares. De modo que, al abrirse las esclusas, todos estaban condenados a una muerte segura.

Dreyxer cerró el boquete y volvió a hundirse. Podían permanecer hasta media hora aguantando la respiración, luego necesitaban oxigenarse, y a él, aquella breve pausa le sirvió para recuperar la calma. Entonces observó con interés la pantalla.

— Laiko ¿sigues en línea? —inquirió moviendo con la aleta derecha uno de los mandos.

—Aquí estoy…

—Estamos acercándonos al tercer planeta… la computadora capta emanaciones de calor en movimiento, que equivalen a seres vivos. Y si hay vida debe haber agua…

—Ojalá y tengas razón —fue la desanimada respuesta de su amigo—. Faltan diez minutos para que las esclusas se abran…

—¡Están llegando las primeras mediciones! Aire compuesto por nitrógeno y oxígeno como elementos principales y… ¡Hay mares y océanos, Laiko! ¡Agua en abundancia! —la melodiosa voz del comandante nunca antes había sonado tan excitada—. Ciudades y pueblos… tracción animal… ¡No se registran escapes de monóxido carbónico ni radiaciones contaminantes! ¡Aumenta la velocidad Laiko, encontramos el ambiente ideal!

—Tengo la potencia al máximo pero… el tiempo…

—¡Ya entramos en la atmósfera del planeta! A ver… a ver… ¡Océano en latitud noreste a siete minutos de vuelo!

—Anehina a comandante… nuestras esclusas también están a punto de abrirse.

Otro vehículo más… Dreyxer no les dijo que la nave en la que viajaba él mismo también había lanzado la última advertencia ¿para qué preocuparlos más? En cambio, tratando de mantener un tono animado les contestó:

—¡Arriba el ánimo Anehina, los dioses escucharon nuestros ruegos! ¡Hay agua abundante a la vista! Ya estamos entrando en la atmósfera del planeta.

—Y hablando de esto, la computadora está haciendo un escaneo… —añadió tratando de entretenerlos— sí, ya llegan detalles. No hay emisiones radiales, y si abundantes bibliotecas… … los nativos llaman Tierra a su planeta,. Está dividido en muchos países, todavía tienen fronteras, y utilizan un montón de idiomas. Parece que su tecnología no es muy avanzada…

Una especie de sollozo le llegó desde el comunicador.

—¿Laiko? —inquirió con cautela.

—Se abrieron las compuertas… Todo terminó amigo mío.

Dreyxer se imaginó a centenares de seres recién salidos de las cunas, amontonados en el poco espacio del interior de la nave, buscando desesperadamente una boconada de aire. En pocos segundos todos estarían muertos.

Cerró los ojos y volvió a abrirlos al instante, espoleado por la última imagen que captó en la pantalla.

—¡Laiko hay un curso de agua directamente debajo de tu nave!

—Lo estoy viendo, es un río…

—¡Bajen, introdúzcase en él!

—Es agua dulce, Dreyxer.

—¡Pero es agua fresca y oxigenada! Ofrece una esperanza… Tú también Anehina, y todas las naves que no pueden llegar al mar ¡busquen ríos!

No les quedaba otra alternativa, todos lo comprendieron. Tanto Laiko como Anehina desviaron la trayectoria y se lanzaron en picada hacia el gran río que fluía abajo.

—Adiós Drerxer… hermanos todos… adiós…

—¡Volveremos a vernos! —Gritó el comandante con emoción— ¡Recuerden que todos los ríos van hacia los mares!

Fue obvio que abrieron las compuertas antes de llegar al agua, pues Dreexer vio por la pantalla a varios de sus compañeros que se lanzaban desde el aire, y entraban de cabeza al río.

—Adiós… —murmuró con voz quebrada.

Pero cosas más urgentes exigían su atención. La sobrevivencia de su especie estaba en juego.

Mantuvo el rumbo hacia el mar, apresurando la velocidad, y comenzó a exhortar a los otros pilotos a hacer lo mismo.

Pocos minutos después las naves se hundieron en el agua salada y abrieron las compuertas de inmediatos.

Los cuerpos sinuosos y alargados de sus ocupantes abandonaron lo que fue su hogar durante largos años y comenzaron a hacer piruetas en las frescas aguas.

Habían encontrado un nuevo hogar.

Más adelante, los nativos del planeta los llamarían “delfines”.

Fin

Muchas gracias a Enza por su participación, y les recuerdo a todos nuestros lectores que esta historia participa en el Desafío del Nexus de octubre, así que recuerden votar con el botón de facebook.

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