Smullyan 3

Hace un par de años conseguí esta magnífica discusión entre un Mortal y su Dios, escrita por el genial Raymond Smullyan, pero en inglés. En aquel entonces me dispuse a traducirlo, y poco a poco y lentamente lo iba haciendo, lamentablemente en aquella ocasión se me dañó el disco duro y mi trabajo se perdió. Hoy decidí volver a comenzar, pero antes se me ocurrió la idea de buscar con Google a ver si ya alguien lo había hecho antes que yo. Y efectivamente así es.

Los amigos de la Escuela de Educación y Humanidades de la Universidad de Viña del Mar, ya lo habían hecho, salvándome así mucho trabajo. Lamentablemente no aparecer el traductor individual para agradecerle personalmente, si alguien se entera, que por favor me pase el mensaje 🙂

Espero disfruten entonces con este diálogo en donde se nos plantean las siguientes preguntas, ¿Por qué tenemos libre albedrío? ¿Sería mejor que Dios nos hubiese creado sin libre albedrío? ¿Qué es el pecado? ¿Por qué pecamos? ¿Pecaríamos si no tuviésemos libre albedrío? y muchos otras reflexiones interesantes, que sé que disfrutarán 🙂

¿Es Dios Taoísta?

Smullyan 2

Mortal: Y por eso, oh Dios, te ruego, si tienes una pizca de piedad por esta sufriente criatura tuya, dispénsame de tener que tener libre albedrío.

Dios: ¿Acaso rechazas el mayor don que te he dado?

Mortal: ¿Cómo puedes llamar don a aquello que me fue impuesto? Tengo libre albedrío, pero no por mi libre elección. Nunca escogí libremente tener libre albedrío. ¡Tengo que tener libre albedrío, me guste o no!

Dios: ¿Por qué deseas no tener libre albedrío?

Mortal: Porque el libre albedrío significa responsabilidad moral, y la responsabilidad moral es más de lo que puedo soportar.

Dios: ¿Por qué te es tan insoportable la responsabilidad moral?

Mortal: ¿Por qué? Con toda franqueza, no puedo analizar por qué: sólo sé que así es.

Dios: Está bien, en ese caso supón que te absuelvo de toda responsabilidad moral, pero te dejo tu libre albedrío. ¿Estarías satisfecho?

Mortal (tras una pausa): No, temo que no.

Dios: ¡Ajá, tal como pensaba! De modo que la responsabilidad moral no es el único aspecto del libre albedrío que objetas. ¿Qué otra cosa acerca del libre albedrío te inquieta?

Mortal: Teniendo libre albedrío puedo pecar, y no deseo pecar.

Dios: Si no deseas pecar, ¿por qué lo haces?

Mortal: ¡Ay, Señor! No sé por qué peco, simplemente peco. Las malas tentaciones llegan, y por más que lo intente no puedo resistirme a ellas.

Dios: Si es cierto que no puedes resistirte, entonces no pecas por tu libre voluntad y, por lo tanto (por lo menos en lo que a mí respecta), no pecas en absoluto.

Mortal: ¡No, no! Siempre siento que si me esforzara más podría evitar pecar. Tengo entendido que la voluntad es infinita: quien tenga la firme voluntad de no pecar, no pecará.

Dios: Y bueno, pues; tú deberías saberlo. ¿Intentas con todas tus fuerzas no pecar o no?

Mortal: Francamente, no lo sé. En el momento, siento que lo intento con todas mis fuerzas, pero en retrospectiva me preocupo porque tal vez no fue así.

Dios: En otras palabras, no tienes certeza de haber pecado. De modo que queda abierta la posibilidad de que no hayas pecado.

Mortal: Por supuesto, está esa posibilidad. Pero tal vez haya pecado, y es esa idea lo que me asusta.

Dios: ¿Por qué la idea de haber pecado te asusta?

Mortal: ¡No sé por qué! Por lo pronto, tú tienes la reputación de infligir castigos bastante espantosos en el más allá.

Dios: ¡Conque eso es lo que te preocupa! ¿Por qué no lo dijiste de inmediato, en vez de andarte por las ramas con eso del libre albedrío y la responsabilidad? ¿Por qué no me pediste simplemente que no te castigara por tus pecados?

Mortal: Creo ser lo suficientemente realista como para esperar que concedieras semejante petición.

Dios: ¡No me digas! Así que tú tienes un conocimiento realista de las peticiones que yo concedería, ¿no? Bien, te diré lo que haré: te concederé una licencia muy, muy especial para que puedas pecar tanto como desees, y te doy mi palabra divina de que no te castigaré por ello en lo más mínimo. ¿Trato hecho?

Mortal (horrorizado): ¡No, no, no hagas eso!

Dios: ¿Por qué no? ¿Acaso no confías en mi divina palabra?

Mortal: ¡Por supuesto que sí! ¿Pero acaso no lo ves? ¡Yo no quiero pecar! El pecado me horroriza, más allá de los castigos que me pueda acarrear.

Dios: En ese caso, mejoraré mi oferta. Te quitaré el horror que te causa el pecado. Aquí tengo esta píldora mágica. Simplemente tómala, y perderás tu horror por el pecado. Podrás seguir pecando alegremente, no sentirás ni arrepentimiento ni horror, y sigue en pie mi promesa de que no serás castigado ni por mí, ni por ti, ni por nada en absoluto. Serás dichoso por toda la eternidad. Aquí tienes la píldora.

Mortal: ¡No, no!

Dios: ¿Pero no te parece un poco irracional? Te estoy quitando incluso el horror del pecado, que es tu último obstáculo.

Mortal: ¡Aun así no la tomaré!

Dios: ¿Por qué no?
Mortal: Creo que, efectivamente, la píldora me quitará mi futuro horror del pecado, pero mi horror presente es lo suficientemente fuerte para impedirme tomarla.

Dios: ¡Te ordeno que la tomes!

Mortal: ¡Me rehúso!

Dios: ¿Cómo así? ¿Te rehúsas por tu propia voluntad?

Mortal: ¡Sí!

Dios: De modo que el libre albedrío te vino al dedillo, ¿verdad?

Mortal: No comprendo…

Dios: ¿Acaso no te alegras de tener libre albedrío para rechazar tan espeluznante oferta? ¿Qué tal si te obligo a tomar esta píldora, lo quieras o no?

Mortal: ¡No, no! ¡No lo hagas, te lo suplico!

Dios: Por supuesto que no lo haré, sólo trato de aclarar un punto. De acuerdo, déjame plantearlo de otro modo: en vez de obligarte a tomar la píldora, supón que te concedo tu plegaria inicial y te quito el libre albedrío — pero con la condición de que en el instante en que dejes de ser libre, tomarás la píldora.

Mortal: Sin mi libre albedrío, ¿cómo podría escoger tomarla?

Dios: No dije que elegirías tomarla; dije solamente que la tomarías. Actuarías, por así decirlo, sujeto a leyes puramente determinísticas, leyes tales que, de hecho, tomarías la píldora.

Mortal: Sigo rehusándome.

Dios: Así que rechazas mi oferta de quitarte el libre albedrío. Esto es bastante distinto de tu plegaria original, ¿verdad?

Mortal: Ya veo lo que te traes entre manos. Tu argumento es ingenioso, pero no estoy seguro de que sea correcto. Hay algunos puntos que debemos revisar.

Dios: Por cierto.

Mortal: Tú has dicho dos cosas que me parecen contradictorias. Primero dijiste que no se puede pecar si no es en ejercicio del propio libre albedrío. Pero luego dijiste que me darías una píldora que me quitaría el libre albedrío, y podría así pecar a mi antojo. Pero si ya no tuviera libre albedrío, entonces, según tu primera afirmación, ¿cómo podría pecar?

Dios: Estás confundiendo dos partes distintas de nuestra conversación. Nunca dije que la píldora te quitaría el libre albedrío, sino simplemente que te quitaría tu horror del pecado.

Mortal: Me temo que estoy algo confundido.

Dios: A ver, comencemos de nuevo. Supongamos que acepto quitarte el libre albedrío, pero en el entendido de que cometerás entonces un sinnúmero de actos que ahora consideras pecaminosos. En estricto rigor, no pecarás, puesto que no realizarás estos actos ejerciendo tu libre albedrío. Y estos actos no implicarán ni responsabilidad moral, ni culpa, ni castigo alguno. Serán, no obstante, de naturaleza tal que en este momento los considerarías pecaminosos; tendrán esa cualidad que en este momento te repugna; pero tu repugnancia desaparecerá, de modo que en ese momento no sentirás horror por dichos actos.

Mortal: No, pero aborrezco esos actos ahora, y esa repugnancia actual es suficiente para impedirme aceptar tu proposición.

Dios: Em… déjame ver si entendí. Parece ser que ya no quieres que te prive del libre albedrío.

Mortal (de mala gana): No, supongo que no.

Dios: De acuerdo, no lo haré. Pero aún no veo claramente por qué ya no deseas deshacerte de tu libre albedrío. Por favor, explícamelo de nuevo.

Mortal: Porque, como me lo has dicho, sin libre albedrío pecaría aun más que ahora.

Dios: Pero ya te dije que sin libre albedrío no puedes pecar.

Mortal: Pero si escojo ahora deshacerme del libre albedrío, entonces todas mis malas acciones subsiguientes serán pecados no del futuro, sino del momento presente en que decido no tener libre albedrío.

Dios: Suena como que estás metido en un buen lío, ¿verdad?

Mortal: ¡Pues claro que estoy en un lío! Me has puesto en un terrible dilema. Ahora, cualquier cosa que haga estará mal. Si conservo el libre albedrío, seguiré pecando, y si me deshago de él (con tu ayuda, claro está), estaré pecando ahora por tomar esa opción.

Dios: Pero de igual modo tú me pones a mí en un dilema. Estoy dispuesto a dejarte o quitarte tu libre albedrío, como quieras, pero ninguna de las alternativas te satisface. Quiero ayudarte, pero tal parece que no puedo.

Mortal: ¡Muy cierto!

Dios: Pero dado que no es mi culpa, ¿por qué sigues enojado conmigo?

 

Mortal: Por haberme puesto en esta horrible situación desde un comienzo.

Dios: Pero según tú no podría haber hecho nada que te fuera satisfactorio.

Mortal: Quieres decir que no hay nada que ahora puedas hacer que me sea satisfactorio; eso no significa que no haya habido nada que pudieras haber hecho.
Dios: ¿Por qué? ¿Qué podría haber hecho?

Mortal: Obviamente, nunca debiste darme libre albedrío. Ahora que me lo has dado ya, es demasiado tarde: no importa lo que haga, estará mal. No debiste dármelo desde un principio.

Dios: ¡Ah, conque eso era! ¿Por qué habría sido mejor que no te lo hubiese otorgado?

Mortal: Porque así nunca habría podido pecar.

Dios: Bien, siempre me ha gustado aprender de mis errores.

Mortal: ¿Qué has dicho?

Dios: Sí, ya sé que suena autoblasfemo, ¿verdad? Casi implica una paradoja. Por una parte, como se te ha enseñado, es moralmente reprochable que un ser sentiente sostenga que yo pueda cometer errores; por otra parte, yo tengo el derecho de hacer cualquier cosa. Pero yo soy también un ser sentiente. De modo que la cuestión es: ¿tengo o no el derecho de sostener que puedo cometer errores?

Mortal: Eso es un mal chiste. Una de tus premisas es simplemente falsa. No se me ha enseñado que sea malo que tu omnisciencia sea puesta en duda por un ser sentiente, sino por un mortal. Pero puesto que tú no eres mortal, estás libre de tal interdicción.

Dios: Bien, de modo que a nivel racional te das cuenta. Sin embargo, parecías estupefacto cuando dije “siempre me ha gustado aprender de mis errores.”

Mortal: Claro que me sorprendió. Me sorprendió no solamente tu autoblasfemia (como la llamaste bromeando), ni el hecho de que no tuvieras derecho a decirlo, sino el mero hecho de que lo hayas dicho, pues se me ha enseñado que tú simplemente no cometes errores. De manera que me sorprendió que sostuvieras que es posible que tú cometas errores.

Dios: No he dicho que sea posible. Sólo estoy diciendo que si cometiera errores, me gustaría aprender de ellos. Pero de ello no se desprende que tal condición haya sido o pueda ser el caso.

Mortal: Dejémonos de evasivas. ¿Admites o no admites que fue un error haberme otorgado libre albedrío?

Dios: Pues eso es precisamente lo que propongo que investiguemos. Déjame repasar tu situación actual. No deseas tener libre albedrío porque con él puedes pecar, y no deseas pecar. (Aunque esto todavía no me queda del todo claro: de algún modo debes desear pecar, de lo contrario no lo harías. Pero dejémoslo así por ahora). Por otra parte, si aceptaras renunciar a tu libre albedrío, serías responsable ahora por tus actos del futuro. Ergo, no debí otorgarte libre albedrío para comenzar.

Mortal: ¡Precisamente!

Dios: Entiendo cómo te sientes. Muchos mortales – incluyendo a muchos teólogos – se han quejado de que he sido injusto, pues fui yo, y no ellos, quien decidió que debían tener libre albedrío, y luego los hago responsables de sus acciones. En otras palabras, sienten que deben respetar los términos de un contrato al que jamás accedieron.

Mortal: ¡Precisamente!

Dios: Como dije, entiendo perfectamente cómo te sientes. Y considero justa la queja. Pero la queja surge de una concepción poco realista de los puntos en cuestión. Voy a iluminarte para que comprendas cuáles son esos puntos, y creo que el resultado te sorprenderá. Pero en lugar de decírtelo directamente, seguiré usando el método socrático. Para recapitular, tú lamentas que te haya dado libre albedrío. Sostengo que cuando hayas conocido las verdaderas ramificaciones, ya no lo lamentarás. Para demostrártelo, te diré lo que haré: voy a crear un nuevo universo, un nuevo continuum espaciotemporal. En este nuevo universo nacerá un mortal igual a ti – podríamos decir que, para todos los efectos prácticos, tú renacerás. Ahora bien, a este nuevo mortal, a este nuevo tú, puedo darle o no darle libre albedrío. ¿Qué te gustaría que hiciera?

Mortal (con gran alivio): ¡Oh, por favor! ¡Dispénsalo de tener que tener libre albedrío!

Dios: De acuerdo, haré lo que me pides. Pero te das cuenta de que sin libre albedrío este nuevo tú cometerá toda clase de actos horribles.

Mortal: Pero no serán pecados, pues no tendrá libre albedrío.

Dios: Ya sea que los llames pecados o no, sigue en pie el hecho de que serán actos horribles, en el sentido de que causarán mucho dolor a muchos seres sentientes.

Mortal (tras una pausa): ¡Oh, Dios, me has atrapado otra vez! ¡Siempre el mismo jueguito! Si ahora te doy mi venia para crear esta nueva criatura sin libre albedrío, la cual sin embargo cometerá actos atroces, entonces es verdad que no pecará, pero nuevamente sería yo quien pecase por con sentirlo.

Dios: En ese caso, mejoraré mi oferta. Mira, ya he tomado una decisión respecto de darle o no darle libre albedrío a este nuevo tú. Ahora voy a escribir mi decisión en este papel y no te lo mostraré sino hasta después. Pero mi decisión está tomada, y es absolutamente irrevocable. No hay nada que puedas hacer para modificarla; no tienes responsabilidad alguna en este asunto. Lo que ahora deseo saber es lo siguiente: ¿cuál querrías que hubiese sido mi decisión? Recuerda que todo el peso de la responsabilidad cae sobre mis hombros, no los tuyos. De modo que puedes responderme con toda honestidad y sin temor alguno: ¿qué decisión desearías que hubiese tomado?

Mortal (tras una pausa muy larga): Espero que hayas decidido darle libre albedrío.

Dios: ¡Pero qué interesante! He eliminado tu último obstáculo: si no le doy libre albedrío, a nadie podrá imputársele pecado alguno. ¿Por qué, entonces, esperas que le haya otorgado libre albedrío?

Mortal: Porque pecado o no pecado, lo importante es que si no le das libre albedrío, entonces (por lo menos según lo que has dicho) causará dolor a las personas, y no quiero que la gente sufra.

Dios (con un suspiro de alivio infinito): ¡Por fin! ¡Por fin te das cuenta de lo esencial!

Mortal: ¿Y qué sería eso?

Dios: Que el asunto no es el pecado. Lo importante es que las personas, y los demás seres sentientes, no sufran.

Mortal: Me suena a utilitarismo.

Dios: ¡Pues yo soy un utilitarista!

Mortal: ¡¿Cómo dices?!

Dios: Sorpréndete todo lo que quieras, sigo siendo un utilitarista. No un unitarista, cuidado, sino un utilitarista.

Mortal: ¡No puedo creerlo!

Dios: Sí, ya sé que en tu formación religiosa te han enseñado otra cosa. Probablemente hayas pensado en mí como un Kantiano más que un utilitarista, pero tu formación ha sido simplemente errada.

Mortal: ¡Me has dejado sin habla!

Dios: Así que te he dejado sin habla. Tal vez no sea tan malo – al fin y al cabo, tienes una tendencia a hablar de más. Pero bromas aparte, ¿por qué crees que te di libre albedrío en primer lugar?

Mortal: ¿Por qué lo hiciste? Nunca he pensado detenidamente en el porqué: simplemente he argumentado que no debiste hacerlo. Pero ¿por qué lo hiciste? Se me ocurre solamente la explicación religiosa habitual: sin libre albedrío, no seríamos capaces de merecer la salvación o la condenación. Es decir, sin libre albedrío no podríamos ganarnos el derecho a la vida eterna.

Dios: ¡Qué interesante! Yo tengo vida eterna; ¿crees que he hecho algo para merecerla?

Mortal: ¡Por supuesto que no! Tu caso es diferente. Tu eres ya tan bueno y perfecto (por lo menos, eso dicen) que no es necesario que merezcas la vida eterna.

Dios: ¿De veras? Eso me coloca en una posición envidiable, ¿verdad?

 

Mortal: Creo que no te entiendo.

Dios: Heme aquí, eternamente dichoso sin tener que sufrir, ni hacer sacrificios, ni luchar contra las malas tentaciones, ni nada parecido. Sin “mérito” alguno, gozo de una existencia eternamente beatífica. En cambio vosotros, pobres mortales, debéis sudar y sufrir y tener todo tipo de horribles conflictos morales. ¿Y para qué? Ni siquiera sabéis si en verdad existo o no, ni si en verdad existe un más allá, ni qué papel debéis jugar si lo hubiera. No importa cuánto os esforcéis por aplacarme con vuestras buenas acciones, nunca podéis estar seguros de que vuestra mejor conducta sea suficiente, y por lo tanto no tenéis la certeza de granjearos la salvación. ¡Imagínate! Yo gozo ya del equivalente de la “salvación”, y jamás he tenido que pasar por ese proceso infinitamente lúgubre de ganármela. ¿Acaso no me envidias por ello?

Mortal: ¡Pero es blasfemo envidiarte!

Dios: ¡Vamos! No estás hablando con tu profesor de catecismo, estás hablando conmigo. Lo importante no es si tienes derecho a envidiarme, sino si me envidias. ¿Me envidias?

Mortal: ¡Por supuesto!

Dios: ¡Bien! Con tu actual visión del mundo, deberías estar muy envidioso de mí. Pero creo que con una visión más realista ya no lo seguirás estando. De modo que te has tragado la idea que te enseñaron de que la vida en la tierra es como un período de examen, y que el propósito del libre albedrío es someterte a prueba para ver si mereces la beatitud eterna. Pero hay algo que no entiendo: si en verdad crees que soy tan bueno y benevolente como dicen, ¿por qué habría de exigir que las personas merecieran cosas como la felicidad y la vida eterna? ¿Por qué no otorgárselas a todos, ya sea que las merezcan o no?

Mortal: Pero se me ha enseñado que tu sentido de la moral, tu sentido de la justicia, exigen que el
bien sea premiado con felicidad y el mal castigado con dolor.

Dios: Entonces te han enseñado mal.

Mortal: ¡Pero si toda la literatura religiosa está llena de esta idea! Tomemos, por ejemplo, “Pecadores en Manos de un Dios Enfurecido”, de Jonathan Edwards. Cómo te describe suspendiendo a tus enemigos como aborrecibles escorpiones por sobre el flameante abismo del infierno, sin dejarlos caer a su merecido fin sólo en virtud de tu misericordia.

Dios: Por suerte no me ha tocado conocer las diatribas del Sr. Edwards. Pocos sermones han sido tan engañosos. El título ismo, “Pecadores en Manos de un Dios Enfurecido”, lo delata. En primer lugar, nunca me enfurezco. En segundo lugar, jamás pienso en términos de “pecado”. En tercer lugar, no tengo enemigos.

Mortal: ¿Quieres decir que no hay personas a quienes tú odies, o que no hay personas que te odien a ti?

Dios: Quise decir lo primero, aunque se da el caso de que lo segundo también es cierto.

Mortal: Vamos, conozco gente que ha declarado abiertamente que te odia. A veces yo mismo te he odiado.

Dios: Quieres decir que has odiado tu imagen de mí. No es lo mismo que odiarme por lo que realmente soy.

Mortal: ¿Me estás diciendo que no es malo odiar una falsa concepción de ti, pero sí es malo odiarte por lo que verdaderamente eres?

Dios: No, no es eso lo que digo, sino algo mucho más drástico. Lo que digo no tiene nada que ver con el bien y el mal. Lo que digo es que quien me conozca por lo que realmente soy simplemente encontrará sicológicamente imposible odiarme.

Mortal: Dime una cosa: dado que al parecer los mortales tenemos una visión tan errada de tu verdadera naturaleza, ¿por qué no nos instruyes? ¿Por qué no nos conduces por el camino correcto?

Dios: ¿Qué te hace pensar que no lo hago?

Mortal: Quiero decir, ¿por qué simplemente no te manifiestas a nuestros sentidos y nos dices que estamos equivocados?

Dios: ¿Eres en verdad tan ingenuo como para creer que soy el tipo de ser que puede manifestarse a sus sentidos? Sería más correcto decir que soy tus sentidos.

Mortal (atónito): ¿Tú eres mis sentidos?

Dios: No exactamente, soy más que eso. Pero está más cerca de la verdad que la idea de que pueda ser percibido por tus sentidos. No soy un objeto; al igual que tú, soy un sujeto, y un sujeto puede percibir, pero no ser percibido. No puedes verme, como no puedes ver tus pensamientos. Puedes ver una manzana, pero el evento de ver una manzana no es visible en sí. Y yo soy más como el ver una manzana que como la manzana misma.

Mortal: Si no puedo verte, ¿cómo sé que existes?

Dios: ¡Buena pregunta! En efecto, ¿cómo sabes que existo?

Mortal: Pues te estoy hablando, ¿no?

Dios: ¿Cómo sabes que estás hablando conmigo? Supón que le dijeras a un siquiatra: “Ayer hablé con Dios”. ¿Qué crees que te diría?

Mortal: Depende del siquiatra. Dado que en su mayoría son ateos, supongo que en general me dirían que simplemente he hablado conmigo mismo.

Dios: ¡Y tendrían razón!

Mortal: ¿Cómo dices? ¿Quieres decir que no existes?

Dios: Tienes una extraña habilidad para derivar falsas conclusiones. ¿Del hecho que te hablas a ti mismo deduces que yo no existo?

Mortal: Bueno, si pienso que estoy hablando contigo, pero en verdad hablo conmigo mismo, ¿en qué sentido existes?

Dios: Tu pregunta se basa en dos falacias y una confusión. La cuestión de si en este momento estás hablando conmigo o no y la cuestión de si existo o no son totalmente distintas. Incluso si en este momento no estuvieras hablando conmigo (y obviamente lo estás), aun así no querría decir que no existo.

Mortal: Bueno, de acuerdo. Entonces en vez de decir: “Si estoy hablando conmigo mismo, entonces tú no existes”, debí decir: “Si estoy hablando conmigo mismo, entonces obviamente no estoy hablando contigo”.

Dios: Una aseveración muy distinta, en verdad; pero sigue siendo falsa.

Mortal: ¡Oh, vamos! Si simplemente estoy hablando conmigo mismo, ¿cómo puedo estar hablando contigo?

Dios: Tu forma de usar la palabra “simplemente” es engañosa. Puedo sugerirte varias posibilidades lógicas en que el hecho de que estés hablando contigo mismo no implica que no estés hablando conmigo.

Mortal: ¡Adelante, sugiéreme una!

Dios: Bien, una posibilidad obvia es que tú y yo seamos idénticos.

Mortal: Qué idea más blasfema – si la hubiese propuesto yo, al menos.

Dios: Sí, según algunas religiones. Según otras, es la pura, llana y evidente verdad.

Mortal: De modo que la única salida para mi dilema es creer que tú y yo somos idénticos.

Dios: ¡En absoluto! Es solamente una posible salida, entre varias. Por ejemplo, podría ser que tú seas parte de mí, en cuyo caso podrías estar hablando con la parte de mí que eres tú. O yo podría ser parte de ti, en cuyo caso estarías hablando con la parte de ti que soy yo. O también podría ser que tú y yo estuviésemos parcialmente superpuestos, de modo que estarías hablando con la intersección común, es decir contigo y conmigo a la vez. El que estés hablando contigo mismo parecería implicar que no estás hablando conmigo sólo si tú y yo fuésemos totalmente disjuntos – e incluso en ese caso es concebible que estuvieses hablando con ambos.

Mortal: Así que sostienes que no existes.

Dios: Claro que no. ¡Otra vez sacando falsas conclusiones! La cuestión de mi existencia ni siquiera se ha presentado. Solamente he dicho que del hecho de que estés hablando contigo mismo no es posible deducir mi inexistencia, ni mucho menos la tesis más débil de que no estés hablando conmigo.

Mortal: De acuerdo, punto concedido. Pero lo que en verdad quiero saber es: ¿existes o no?

Dios: ¡Qué pregunta tan extraña!

Mortal: ¿Por qué? Los hombres se lo han preguntado por siglos y siglos.

Dios: Ya lo sé. No es que la pregunta en sí sea extraña; quise decir que es muy extraño que esa pregunta se dirija a mí.

Mortal: ¿Por qué?

Dios: Porque yo soy precisamente aquel de cuya existencia dudas. Entiendo perfectamente tu angustia. Te preocupa que tu experiencia actual no sea más que una alucinación. Pero ¿cómo puedes pretender obtener información confiable de un ser acerca de su existencia, cuando dudas de la existencia de ese mismo ser?

Mortal: Entonces no quieres decirme si existes o no.

Dios: ¡Pero si no es por capricho! Simplemente quiero hacerte entender que ninguna respuesta que pudiera darte sería satisfactoria. De acuerdo, supongamos que dijera: “No, no existo”. ¿Qué probaría con eso? Absolutamente nada. O si dijera: “Sí, sí existo”. ¿Quedarías convencido? Por supuesto que no.

Mortal: Bueno, y si tú no puedes decirme si existes o no, ¿quién puede?

Dios: Eso nadie te lo puede decir. Tienes que averiguarlo por ti mismo.

Mortal: ¿Y qué debo hacer para averiguarlo?

Dios: Eso tampoco te lo puede decir nadie. También deberás averiguarlo por ti mismo.

Mortal: Entonces no hay forma en que puedas ayudarme.

Dios: No he dicho tal cosa. Dije que no hay forma en que pueda decírtelo. Eso no significa que no haya forma en que pueda ayudarte.

Mortal: ¿En qué forma puedes ayudarme?

Dios: Te recomiendo que lo dejes en mis manos. Ya nos hemos salido bastante del tema, y quisiera volver al asunto de cuál crees que fue mi propósito al otorgarte libre albedrío. Tu primera idea, según la cual te otorgué libre albedrío para ponerte a prueba y así determinar si mereces o no la salvación, puede ser atractiva para muchos moralistas, pero yo la encuentro bastante aborrecible. ¿No se te ocurre una razón más agradable, una razón más humanitaria por la cual te concedí libre albedrío?

Mortal: Bueno, una vez le pregunté a un rabino ortodoxo. Me dijo que nuestra propia naturaleza nos hace imposible gozar de la salvación a menos que sintamos que nos la hemos ganado. Y para ganarla necesitamos libre albedrío, por supuesto.

Dios: Esa explicación es mucho más agradable que la anterior, pero aún dista mucho de ser correcta. Según el judaísmo ortodoxo, yo creé ángeles que no tienen libre albedrío. Me contemplan directamente, y el bien los atrae con tal intensidad que jamás sufren la mínima tentación del mal. En realidad no tienen posibilidad de elección. No obstante, son felices por toda la eternidad, aunque nunca se lo hayan ganado. De modo que si la explicación del rabino fuese correcta, ¿por qué no creé únicamente ángeles en vez de mortales?

Mortal: ¡No tengo idea! ¿Por qué no?

Dios: Porque la explicación es incorrecta, simplemente. En primer lugar, jamás he creado ángeles ya listos. Todo ser sentiente se aproxima en última instancia a un estado que podríamos denominar “angelical”. Pero así como la raza humana se encuentra en una etapa determinada de su evolución biológica, los ángeles no son sino el producto final de un proceso de evolución cósmica. La única diferencia entre los así llamados santos y los así llamados pecadores es que los primeros son mucho más viejos que los segundos. Lamentablemente, toma un sinnúmero de ciclos vitales aprender lo que tal vez sea el hecho más importante del universo: el mal es simplemente dolor. Todos los argumentos de los moralistas, todas las razones esgrimidas para explicar por qué no debemos cometer malas acciones, se vuelven in-
significantes a la luz de esa verdad elemental: el mal es sufrimiento. No, amigo mío, no soy un moralista. Soy un utilitarista de pies a cabeza. El que se me haya concebido en el papel de un moralista es una de las mayores tragedias de la raza humana. Mi papel en el esquema de las cosas (si me es lícito usar esta engañosa expresión) no es ni premiar ni castigar, sino promover el proceso a través del cual todo ser sentiente alcanza la perfección última.

Mortal: ¿Por qué dijiste que esa expresión era engañosa?

Dios: Lo que dije fue engañoso en dos sentidos. En primer lugar, es inexacto hablar de mi papel en el esquema de las cosas. Yo soy el esquema de las cosas. En segundo lugar, es igualmente engañoso hablar de mi fomento al proceso de alcanzar la iluminación por parte de los seres sentientes. Yo soy el proceso. Los antiguos taoístas estaban casi en lo cierto cuando decían de mí (a quien llamaban “Tao”) que no hago cosas, pero a través de mí toda cosa se hace. En términos más modernos, no soy la causa del proceso cósmico. Soy el proceso cósmico mismo. Creo que la definición más precisa y fructífera que el hombre puede formular de mí (por lo menos en su actual estado
evolutivo) es que soy el proceso mismo de iluminación. Quienes gustan de pensar en el diablo (aunque preferiría que no lo hicieran) podrían definirlo análogamente como el tiempo, lamentablemente largo, que toma el proceso. En este sentido, el diablo es necesario: el proceso simplemente toma un tiempo enormemente largo, y nada puedo hacer al respecto. Pero te aseguro que una vez que se comprenda mejor el proceso, ese doloroso lapso de tiempo no se considerará una limitación ni un mal. Se lo verá como la esencia misma del proceso. Sé que esto no te consuela del todo, a ti que te encuentras hoy en en el mar finito del sufrimiento, pero es asombroso cómo una vez que logras incorporar esa actitud fundamental, tu limitado sufrimiento comienza a disminuir hasta finalmente extinguirse.

Mortal: Ya me lo habían dicho, y tiendo a creerlo. Pero supongamos que yo personalmente logre ver las cosas a través de tus ojos eternos. Entonces seré feliz, pero ¿no tengo acaso un deber hacia los demás?

Dios (riendo): Me recuerdas a los budistas Mahayana. Cada uno de ellos dice: “No entraré al Nirvana mientras no haya visto entrar a todo ser sentiente”. De modo que cada uno espera que el otro entre primero. ¡Con razón les toma tanto tiempo! Los budistas Hinayana yerran en dirección contraria. Ellos creen que nadie puede ayudar en lo más mínimo a otro para que alcance la salvación; cada uno debe hacerlo exclusivamente por sí solo. Y así cada uno se esfuerza por lograr su propia salvación. Pero esta actitud excluyente hace imposible la salvación. La verdad es que la salvación es un proceso en parte individual y en parte social. Pero es un grave error creer – como creen muchos budistas Mahayana – que el alcanzar la iluminación te inhabilita, por así decirlo, para ayudar a otros. La mejor manera de ayudar a otros es alcanzar antes la iluminación uno mismo.

Mortal: Hay algo en tu descripción de ti mismo que encuentro inquietante. Te describes a ti mismo esencialmente como un proceso. Pero así te ves tan impersonal, y la gente necesita tener un Dios personal.

Dios: ¿Así que de su necesidad de tener un Dios personal se deduce que lo soy?

Mortal: Claro que no. Pero para que una religión sea aceptable para un mortal, ésta debe satisfacer sus necesidades.

Dios: Estoy consciente de ello. Pero la así llamada “personalidad” de un ser en verdad está más en el ojo de quien mira que en el ser mismo. Las ásperas controversias acerca de si soy un ser personal o impersonal son bastante tontas, porque ninguno de los bandos yerra ni acierta. Desde un punto de vista soy personal, desde otro no. Lo mismo ocurre con un ser humano. Una criatura de otro planeta podría verlo en forma puramente impersonal, como un simple conjunto de partículas atómicas que se comportan obedeciendo a leyes físicas estrictas. Puede que sea tan sensible a la personalidad de un humano como un humano lo es a la personalidad de una hormiga. Y sin embargo una hormiga tiene tanta personalidad individual como un humano para los seres como yo, que conocen verdaderamente a la hormiga. Ver algo impersonalmente no es más correcto o incorrecto que verlo personalmente, pero, en general, mientras más conoces algo, más personal se torna. Para ilustrar este punto, ¿tú piensas en mí como un ser personal o impersonal?

Mortal: Bueno, estoy hablando contigo, ¿no?

Dios: ¡Precisamente! Desde ese punto de vista, tu actitud hacia mí podría describirse como personal. Y no obstante, desde otro punto de vista no menos válido, se me puede ver impersonalmente.

Mortal: Pero si en verdad eres algo tan abstracto como un proceso, no veo qué sentido pueda tener hablarle a un mero “proceso”.

Dios: Me encanta la forma en que dices “mero”. ¿Por qué no dices también que vives en un “mero universo”? Y además, ¿por qué todo lo que hagas tiene que tener sentido? ¿Tiene sentido hablarle a un árbol?

Mortal: ¡Por supuesto que no!

Dios: Y sin embargo muchos niños y primitivos hacen precisamente eso.

Mortal: Pero yo no soy ni un niño ni un primitivo.

Dios: Así veo, lamentablemente.

Mortal: ¿Por qué lamentablemente?

Dios: Porque muchos niños y primitivos poseen una intuición primordial que la gente como tú ha perdido. Francamente, creo que te haría mucho bien hablarle a un árbol de vez en cuando, más incluso que hablarme a mí. Pero estamos divagando. Por última vez, quisiera que alcanzáramos un consenso acerca de por qué te di libre albedrío.

Mortal: He estado pensando en eso todo el tiempo.

Dios: ¿Quieres decir que no has estado prestando atención a nuestra conversación?

Mortal: Claro que sí. Pero todo el tiempo, en otro nivel, he estado pensando en eso.

Dios: ¿Y has llegado a alguna conclusión?

Mortal: Bueno, tú dices que la razón no es probar nuestro merecimiento. Y también descartas que la razón sea nuestra necesidad de sentir que nos hemos merecido algo para poder gozar de ello. Y te declaras utilitarista. Y lo más significativo de todo, parecías tan satisfecho cuando de pronto me di cuenta de que el mal no es el pecado en sí, sino el sufrimiento que causa.

Dios: ¡Pues claro! ¿Qué otra cosa podría ser lo malo del pecado?

Mortal: De acuerdo, tú lo sabes y ahora yo lo sé. Pero lamentablemente toda mi vida he estado sometido a la influencia de aquellos moralistas que consideran el pecado malo en sí mismo. Como sea, juntando las piezas del rompecabezas, se me ocurre que la única razón por la cual nos diste libre albedrío es tu convicción de que con libre albedrío las personas causarán menos sufrimiento a otros y a sí mismas que sin libre albedrío.

Dios: ¡Bravo! Esa es lejos la mejor razón que has dado hasta ahora. Te aseguro que si hubiese escogido otorgaros libre albedrío, lo habría hecho por esa razón precisamente.
Mortal: ¿Qué dices? ¿Quieres decir que no escogiste darnos libre albedrío?

Dios: Amigo mío, no podría haber escogido daros libre albedrío, como no podría escoger hacer equiangular un triángulo equilátero. Puedo escoger hacer o no hacer un triángulo equilátero en primer lugar, pero una vez que escoja hacerlo, no tengo otra opción que hacerlo equiangular.

Mortal: Creí que podías hacer cualquier cosa.

Dios: Solamente lo que es lógicamente posible. Como dijo Santo Tomás: “Es pecado considerar el hecho de que Dios no puede hacer lo imposible como una limitación de Su poder”. Estoy de acuerdo, aunque en lugar de la palabra “pecado” usaría el término “error”.

Mortal: Como sea, aún estoy confundido por tu implicación de que no escogiste darme libre albedrío.

Dios: Bueno, ya es hora de informarte que toda esta discusión, desde el comienzo mismo, se ha basado en una falacia monstruosa. Hemos estado hablando solamente en el nivel moral: comenzaste quejándote porque te di libre albedrío, y planteaste la cuestión de si debí hacerlo o no. Jamás se te ocurrió pensar que no tuve otra opción.

Mortal: Todavía no logro entender.

Dios: ¡Y bien que no puedes! Porque sólo puedes mirar a través de los ojos de un moralista. Jamás llegaste a tomar en cuenta los aspectos metafísicos más fundamentales de la cuestión.

Mortal: Todavía no veo adónde quieres llegar.

Dios: Antes de pedirme que te quitara el libre albedrío, ¿no debiste acaso preguntar si de hecho tienes libre albedrío?

Mortal: Lo di por entendido.

Dios: ¿Qué te hizo pensar que podías hacer eso?

Mortal: No lo sé. ¿Tengo o no tengo libre albedrío?

Dios: Sí.

Mortal: Entonces ¿por qué dices que no debí darlo por entendido?

Dios: Porque no debiste. El que algo sea verdad no implica que debas darlo por entendido.

Mortal: En todo caso, es muy alentador que mi intuición natural acerca de tener libre albedrío haya sido correcta. A veces me preocupaba que los deterministas pudiesen tener razón.

Dios: Tienen razón.

Mortal: Un momento: ¿tengo libre albedrío o no?

Dios: Ya te lo he dicho. Pero eso no significa que el determinismo esté equivocado.

Mortal: En suma, ¿están mis actos determinados por las leyes de la naturaleza o no?

Dios: Aquí la palabra “determinados” es sutil pero poderosamente ambigua, y ha contribuido mucho a confundir las controversias entre libre albedrío y determinismo. Tus actos por cierto están de acuerdo con las leyes de la naturaleza, pero decir que están determinados por las leyes de la naturaleza crea una imagen sicológica totalmente engañosa: que podrías de alguna forma entrar en conflicto con las leyes naturales, y que éstas de alguna forma son más fuertes que tú y pueden “determinar” tus actos, te guste o no. Pero simplemente es imposible que puedas entrar en conflicto con las leyes naturales. En realidad, las leyes naturales y tú son lo mismo.

Mortal: ¿Qué quieres decir con que no puedo entrar en conflicto con la naturaleza? Supón que fuera muy obstinado, y tuviera la firme determinación de no obedecer las leyes naturales. ¿Qué podría detenerme? Si me empecino lo suficiente, ni tú podrías detenerme.

Dios: Tienes toda la razón. Por cierto, yo no podría detenerte. Nada podría. Pero no haría falta detenerte, porque no podrías siquiera empezar. Como dijera tan apropiadamente Goethe, “Al intentar oponernos a la Naturaleza, estamos, en el proceso mismo de hacerlo, actuando según las leyes de la Naturaleza.” ¿Acaso no ves que las llamadas “leyes de la naturaleza” no son sino una descripción de cómo tú y otros seres de hecho se comportan? Son solamente una descripción de cómo actúas, no una prescripción de cómo debes actuar, no un poder ni una fuerza que imponga o determine tus actos. Para ser válida, una ley de la naturaleza debe tomar en cuenta cómo es que en verdad actúas, o si lo prefieres, cómo decides actuar.

Mortal: ¿Sostienes entonces que soy incapaz de tomar la determinación de actuar en contra de la ley natural?

Dios: Es interesante que hayas usado dos veces la palabra “determinación” en vez de “elección”. Es una identificación bastante común. A menudo usamos la frase “He tomado la determinación de hacer esto” como sinónima de “He escogido hacer esto”. Esta misma identificación sicológica debería revelarnos que el determinismo y la elección en realidad están más cerca de lo que parece. Ahora bien, tú podrías rebatir que la doctrina del libre albedrío dice que eres tú quien ejerce la determinación, mientras que la doctrina del determinismo parece decir que tus actos están determinados por algo aparentemente fuera de ti. Pero la confusión es causada principalmente por tu bifurcación de la realidad en un “yo” y un “no yo”. ¿Pero me puedes decir dónde terminas tú y dónde comienza el resto del universo? ¿O dónde termina el resto del universo y comienzas tú? Cuando puedas ver que lo que llamas “tú” y lo que llamas “naturaleza” conforman un todo continuo, nunca más volverás a preguntarte cosas como si eres tú quien controla la naturaleza, o si es la naturaleza la que te controla. De esta forma, el enredo entre libre albedrío y determinismo se desvanecerá. Si me permites usar una analogía algo tosca, imagina dos cuerpos moviéndose el uno hacia el otro en virtud de la atracción gravitacional. Cada cuerpo, si fuera sentiente, podría preguntarse si es él o el otro el que ejerce la “fuerza”. Desde un punto de vista, son ambos; desde otro, ninguno. Lo mejor es decir que lo crucial es la configuración de ambos.

Mortal: Hace poco dijiste que toda nuestra discusión se basaba en una falacia monstruosa. Aún no me has dicho cuál es esa falacia.

Dios: Pero si está más que claro: la idea de que podría haberte creado sin libre albedrío. Actuabas como si ésta fuese una opción real, y te preguntabas por qué no la había escogido. Nunca se te ocurrió pensar que un ser sentiente sin libre albedrío es tan inconcebible como un objeto físico que no ejerce atracción gravitacional. (Por lo demás, la analogía entre un objeto físico que ejerce atracción gravitacional y un ser sentiente que ejerce su libre albedrío es más exacta de lo que crees). ¿Puedes honestamente imaginar un ser consciente sin libre albedrío? ¿A qué podría parecerse?Creo que la noción que más te ha engañado en tu vida es que te hayan dicho que le otorgué al hombre el don del libre albedrío. Como si hubiera creado al hombre primero y luego, como consideración posterior, lo hubiera dotado de una propiedad adicional, el libre albedrío. Tal vez creas que tengo una especie de brocha que uso para pintar algunas criaturas con libre albedrío, y no otras. No, el libre albedrío no es un extra, es parte integrante de la esencia misma de la conciencia. Un ser consciente sin libre albedrío es, sencillamente, metafísicamente absurdo.

Mortal: ¿Por qué entonces me seguiste el juego en esta discusión de lo que creía ser un problema moral, cuando, como señalas, mi confusión era básicamente metafísica?

Dios: Porque pensé que sería terapéutico que eliminaras de tu sistema ese veneno moral. Gran parte de tu confusión metafísica se debía a tus nociones morales erradas, de modo que primero debíamos tratar estas últimas. Y ahora debo despedirme, por lo menos hasta que vuelvas a necesitarme. Creo que nuestra unión presente bastará para sostenerte por un tiempo largo. Pero recuerda lo que te dije sobre los árboles. Claro está que no es necesario que literalmente les hables, si te hace sentir tonto. Pero puedes aprender mucho de ellos, y de las rocas, y de los arroyos, y de otros aspectos de la naturaleza. No hay como una orientación naturalista para disipar estos mórbidos pensamientos de “pecado”, “libre albedrío” y “responsabilidad moral”. En una etapa de la historia estas nociones cumplieron una función. Me refiero a los días en que los tiranos ejercían un poder ilimitado, y nada podía refrenarlos sino el temor del infierno. Pero la humanidad ha crecido desde entonces, y esta forma escalofriante de pensar ya no es necesaria. Tal vez te ayude recordar lo que dije una vez a través de los escritos del gran poeta zen Seng-Ts’an:Smullyan 1

Si quieres la verdad pura,
No te preocupes del bien y el mal.
El conflicto del bien y el mal
Es la dolencia de la mente.

Mortal: Pareces tener una predilección por la filosofía oriental.

Dios: ¡En absoluto! Algunos de mis mejores pensamientos han brotado en tierra americana. Por ejemplo, cuando dije a través de Walt Whitman:

Nada doy por deberes:
Lo que otros dan por deberes, doy por impulso
vital.

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