La autora Argentina Silvia Cristina Milosnos envía un relato para participar en el Sexto Concurso:

El Pigmentador

Les voy a contar como empezó todo. A  El Loco lo conocí cuando acompañé a mi novia, él le presentó al Pigmentador. El Loco cobró 400 minutos de mi tiempo solo por eso. Era caro. Luego nos dejó. Yo me dí vuelta, era impresionable a las agujas y a los pinches tableros que fluctuaban en la pared según se los mirara. Si movías las pupilas, se desplazaban hacia el lado contrario, haciendo que por reflejo los advirtieras. Tenían vida propia. Habían pasado un par de horas cuando ella salió.  Con sus ojos teñidos de  rojo, y estaba muda. El Pigmentador tenía sus guantes puestos, y más allá pude advertir como una figura se escurría tras sus espaldas. La tomé del brazo y nos fuimos cual si huyéramos. Pude escuchar que nos gritaba antes de girar el domo: -¡falló!-que vuelva cuando decida hacerlo en serio.

No le hice caso, aunque pensé que algo raro sucedió. Ella siguió así, y jamás me pudo contar nada, ni quiso volver a intentarlo. Eso de pedir no volver a ver a alguien tiene sus consecuencias.

El domo cesó su giro y quedamos como antes de que “El Loco” viniese. Nunca hubiese querido negociar con un androide, pero no tenía opción, ella insistió tanto-¿pueden imaginar a alguien taladrándote los oídos aunque no te hable? Así fue que terminamos en la puerta IV .Por ahí nos esperaba El Pigmentador. Una liviana capucha y lentes aviadores cubrían gran parte de su rostro, pero  los labios sobresalientes como un pico delataban su procedencia estelar, aparte del tercer ojo, siempre cerrado. Con un susurro nos invitó a pasar por la puerta del Laboratorio. Las manos cubiertas por unos impecables guantes completaban su uniforme, daba una sensación de que “ese” oficio era de rutina. Sabia que no era totalmente humano, en fin ¿Quién lo era? ninguno estaba seguro de quien tenía enfrente. Los androides, los estelares, y finalmente nosotros: los humanos-recombinantes, o humanos -r. Convivíamos, eso sí, bajo estrictas reglas. Era mal vista la mezcla de razas. Siempre quedaron los vestigios de la última Aniquilación. Los Estelares llegaron en el Meteorito QL25, cuando todavía los interceptadores espaciales estaban a modo prueba y fallaron en destruirlo. Era necesario limitar la cantidad de “visitantes”. Volvamos entonces a la salida IV.

El domo era un decaedro al que para acceder era imprescindible coincidir en tiempo y espacio, como una puerta giratoria. Estaba hecho de diamante, ya que era el material súper resistente, limpio, casi sin fricción y químicamente inerte.

Habíamos logrado salir, sin lo que Ella quería. Los estelares, hacían trampa. Ese fallo al que se refería El Pigmentador, podía ser un error de base o de contacto. Los de base eran los predecibles, es decir, que por falta de acoplamiento de los fluorocromos los catalizadores cambiaran de positivos a negativos. Y como la imagen quedaba plasmada en la memoria, era imposible de borrar. Si todo andaba bien, el catalizador positivo aceleraba la imagen de modo tal que no se visualizara. Como por arte de magia. En cambio, los errores secundarios, por llamarlos de algún modo, eran de causalidades futuras. Me refiero a la persona que no era imprescindible para el planeta. Al ser una técnica relativamente nueva, había errores, y decidir ser un humano recombinante tenía su costo. Todos teníamos algún implante, ya casi no quedaban humanos puros.

A pesar de haber desaparecido totalmente y de que jamás me contó lo que había pasado con su vista, no dejé de pensar en ella. Sì o sì tenía que sacarla de mi cabeza. Era una cuestión de capricho lo que sentía, porque entre tanto engendro era difícil encontrar humanos -r que me plazcan. Su perfume almendrado y su piel color ciruela me obsesionaban al punto de atormentarme. Como las picaduras de los tarks -unos insectos diminutos parecidos a los antiguos alfileres-que se clavaban en los dedos de los pies al andar descalzos.

Un día, cansado de penar contacté a El Loco. El llegó volando y aterrizò sin tocar el suelo en el parque Natural. Este androide, era un dron al que se le habían agregado brazos y piernas, y de inmediato me pidió 500 minutos para volver a contactar al El Pigmentador. No quise andar con vueltas, aunque estaba molesto por la suba del precio,  el temor de infringir las reglas era obvio. Y el miedo hace que uno se convierta en una bestia. De nada lo hubiera empujado y pisoteado, ¿Y luego qué?

Tenía que darle un cierre a mi mal de amor, y esta lata con patas me podía salvar.

Siempre me pregunté que cuernos hacia este androide con los minutos que ganaba. ¿Para que los quería? En teoría era inmortal, salvo que las aleaciones se rompiesen nada lo invalidaría. Un poco más adelante encontré la respuesta.
Como antes, mediante el sonar adosado a su muñeca lo llamó sin levantar sospechas. Porque lo que El Pigmentador insertaba no era aprobado. Convertir a un humano en recombinante requería varios pasos que en el domo IV se saltaban. Con pagar tus minutos ya estabas adentro y pedir que te saquen a cual o tal de la vista (en razón de que matar estaba prohibido-realmente prohibido-) para la salida cobarde estaban los fluorocromos. El Androide era el nexo, y esta lata también quería colorearse. O no sólo yo tenía un amor que aniquilar.

Entré una vez más al domo IV ocho meses después de que Ella me dejara, estaba sentado delante del Pigmentador. Así que cerré los ojos y me entregué.

Cuando El gritò- ¡Perro! -. Tuve miedo.Quise abrir los ojos, pero no pude. Era difícil saber ver quien era el que realmente operaba. Y con un artefacto me cubrió completamente los ojos, dilatando mis pupilas al máximo.

De ahí en más estuve convencido de que El Perro estaba manipulando mi vista. Un láser modificado infligió los pigmentos fluorescentes que rápidamente buscaron la imagen fija de Ella. A quien yo quería sacar. Los ojos se me tiñeron de un verde espantoso y todo lo que imaginaba o recordaba desapareció. Al rato, una vez pasado el efecto, el mismo sillón me eyectò, y sin ayuda alguna llegué hasta la puerta 4.

Salí a la calle. Una luz intensa me irritó, y de a poco fui distinguiendo elementos y personajes. Guiado por un intenso aroma a almendras caminé, y a dos cuadras de ahí me topé con El Loco, estaba hablando con una chica, la sombra rojiza de su piel era realmente hermosa: le estaba regalando mi tiempo.

Fin

Muchas gracias a Silvia por su participación con esta historia y le deseamos la mejor de las suertes en el Concurso.

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