Saludos a todos amigos, justo cuando ya me estaba desesperando, desde Cuba el amigo Claudio G. del Castillo nos envía el segundo cuento para nuestro Concurso de Ciencia Ficción, espero que lo disfruten:

multiple universes

El hombre del traje azul

Autor: Claudio G. del Castillo

A Gretter, mi esposa.

Gloria emerge de una luz cegadora aparecida de la nada junto al tocador, y con extraña mezcla de compasión y alivio en el rostro se queda observando a Jack, quien inhala de su muñeca la tercera o cuarta raya de la jornada. Al reparar en Gloria, éste aúlla cual ánima en pena y, dando trompicones, intenta asirla por la blusa, mas ella esgrime una hipodérmica y se la hunde en el cuello. Una blasfemia antecede a la oscuridad.

Jack despertó pasado el mediodía. De súbito, un efluvio gélido ascendió por su espinazo, obligándolo a mirar en derredor. Y pudo comprobar que se hallaba tendido en paños menores en la cama. Irremediablemente solo.

“No fue más que una pesadilla”, le recordaron a voces la terrible jaqueca, el malestar de estómago y la sensación de vacío que lo acompañaban desde que su esposa muriera.

Había ido a recogerla al centro de investigaciones donde trabajaba como analista de sistemas. Últimamente Gloria permanecía allí hasta muy tarde con Leonard Boyle, doctor en física cuántica, para “tocar puntos neurálgicos” del proyecto en ciernes. Jack, bastante ebrio, la había escoltado hasta su Ford a los gritos de “¡Zorra!”, pero en el camino a casa no demoró en arrepentirse de la amarga escena. A su “¿Me perdonas?” respondía ella con un “¡Ojalá murieses!” cuando tomaron la curva del pueblo a más de cien por hora. Los neumáticos derraparon en el pavimento, el auto abandonó la senda y luego… el roble agigantándose en el parabrisas. Gloria no llevaba puesto el cinturón.

Jack consultó el almanaque que había en una mesita. Domingo. Una semana y el dolor seguía ahí, masticándole las entrañas. De su garganta escapó un gemido. Casi al instante, una mujer traspuso el umbral de la habitación:

–¡Por fin! –exclamó.

Anonadado, él no atinó a mover un músculo, siquiera a pestañear.

“Pues no, aún sueño”, se dijo.

–¿Quieres que te sirva el almuerzo, amor? ¿Quieres? –Gloria corrió a su encuentro y lo abrazó y lo besó con tal vehemencia que estuvo a un tris de hacerle perder el aliento.

Jack tragó en seco.

“El calor de su piel, la humedad de sus labios…”

Rompió a llorar. Ella era real, o lo parecía.

–¡Imposible! ¡Estás muerta, Gloria! ¡Muerta!

–Tranquilízate, cariño. Es normal que te sientas confundido.

–¡Muerta! –gritaba él, y la apretaba contra su pecho, horrorizado de que se esfumara ante sus ojos–. ¡Saliste disparada del auto y…! ¡Por Dios, te desangraste en mis brazos!

–Mírame, tócame. No podría estar mejor, ¿cierto? Pobrecillo, recibiste un golpe en el cráneo que te mantuvo inconsciente una semana. Pero Boyle sostiene que te repondrás del todo y que dejarán de acosarte las alucinaciones.

–¿Alucinaciones? ¿Cómo puede Boyle llamar “alucinaciones” a tu cuerpo exánime, tu sepelio, los lamentos de tus padres, mis noches de cocaína? Además, ¿qué sabrá el hijo de puta?

–Alucinaciones –subrayó Gloria en tono suave, aunque firme–. Y no hables así del doctor. Es un excelente amigo y profesional.

Jack iba a decir una barbaridad, pero se limitó a hurgar frenético debajo del colchón.

–Juraría que me quedaban un par de rayas –musitó.

–¡Terco que eres! –Su esposa le acarició la frente–. ¿Puedes creerlo?, ya no tienes fiebre. ¡Magnífico! Levántate, holgazán, y ponte algo encima. Te espero en el comedor –concluyó, le dio la espalda y al salir, cerró la puerta.

Jack se cubrió la cara unos minutos con ambas manos. Cuando las retiró, sus facciones eran la imagen viva de la felicidad.

–Gracias, gracias… –murmuraba, y a la vez oraba por que sus temores en lo concerniente a Gloria se debieran a otra jugarreta de su psiquis maltrecha.

Encaminó sus pasos hasta el cuarto de baño y se inspeccionó en el espejo.

“¡Hombre, rasúrate la barba!; tienes el aspecto de un forajido.”

Silbando una melodía, se untó crema y tomó una Gillette de la repisa. Y el primer corte reveló un minúsculo punto inflamado, similar al que haría una aguja.

–¿No te gusta la carne con papas? Tienes un semblante… –Gloria cogió una rebanada de pan de una cesta–. Por favor, alcánzame la mantequilla.

–La carne está muy bien… y las papas. Querida, me he notado una marca…

–¿El pinchazo? Es que tuvieron que administrarte los fármacos y los alimentos por vía intravenosa –aclaró ella, sin apartar la vista de su rebanada de pan.

–¿Una cánula en el cuello?… ¿Por qué no? ¿Y cuándo me trajeron del hospital?

–En la madrugada, poco después de que recuperaras el conocimiento y cayeras rendido por el estrés.

–Sí que me despacharon rápido; ni que mi seguro fuese de los baratos. –Jack era reacio a polemizar, mas había un aspecto en el que no estaba dispuesto a transigir–: Oye, no vi mi traje azul en el armario. ¿Acaso lo enviaste a la lavandería sin mi consentimiento? Sabes que se estruja y es mi preferido.

Gloria señaló vagamente a un rincón, donde se apilaba una veintena de cajas:

–Estará en una de esas. ¿No te comenté que nos mudamos a Lewisburg? Pues lo dicho; necesitas un cambio de aires. Le he telefoneado a Dorothy y se ha puesto… muy contenta.

“¿A Lewisburg? ¿Con mi madre?”

Jack evitó exteriorizar su perplejidad: no estaba en los mejores términos con la anciana desde que él desposara a “la arpía”.

–Esta chaqueta es horrible –gruñó–, así que búscame el traje azul. Ah, y se te rebosa la mantequilla.

–Cariño –Gloria miró a su esposo directo a los ojos–, ¿no podrías, simplemente, disfrutar este momento? –dijo, se incorporó y recogió la mesa. Con andar apurado fue hasta la cocina para lavar los platos.

Él la siguió y le ciñó el talle por detrás. Olió su pelo negro cortado a la francesa.

–¿En verdad te angustió la posibilidad de perderme?

Ella se volteó; las lágrimas rodaban por sus mejillas:

–¿Cómo puedes cuestionarte eso?

Gloria y Jack pasaron el resto del día meciéndose en el columpio de madera que había en el jardín, sus dedos entrelazados. Allí conversaron sobre temas en apariencia banales; si bien, a criterio de Jack, Gloria manifestaba un entusiasmo excesivo cuando él respondía de manera afirmativa a preguntas como: “Te desquician las interpretaciones de Helen Church, ¿sí o sí?” o “¿Recuerdas la vez que a la tía Wendy se le aflojó una muela en el Burger King?” Tal parecía que a Gloria le apremiaba corroborar que él no había olvidado los detalles más insignificantes de la vida que llevaban en común.

–¿Y miento si digo que te encanta el potaje de garban…?

Un chico los interrumpió al sortear la valla tejida de enredaderas que delimitaba el jardín. Jack tomó la edición vespertina del Greenville News que con mano trémula le extendía este y penetró en la casa. No tardó demasiado en volver. El chico ya doblaba la esquina a máxima velocidad y Gloria… Gloria lucía muy tensa.

–¡Caramba, iba a darle una propina! –Jack meneó la cabeza, se sentó en el columpio y reanudó la charla–: ¿Qué me cuentas del proyecto secreto en el que trabajas? ¿Funcionó aquella máquina que te obsesionaba?

–¿Que me obsesionaba? Exageras. No le dediqué un mes a programar la interfaz de usuario en el ordenador que la opera. ¡Pero no hablemos de ello! Se me ocurre algo –en el rostro de Gloria asomó una sonrisa–: iré al Dolly´s a por champán y suministros para una velada especial. No salgas a la calle –le advirtió, ceñuda, y al instante hizo un mohín y se relamió, lasciva–. Descansa; te quiero en óptimas condiciones para esta noche.

Jack decidió obviar el agradable cosquilleo en su entrepierna. Le urgían cosas más importantes. Por ejemplo, terminar de leer la noticia que ocupaba la primera plana del diario, y de la que solo había tenido un fugaz aunque perturbador atisbo.

No bien se hubo apagado en la distancia el ronroneo del BMW de Gloria, Jack se acomodó en una butaca de la sala y desplegó el Greenville News:

Cancelan el proyecto M. Un vocero gubernamental anunció esta mañana la retirada de los fondos asignados al desarrollo de un ingenio tecnológico capaz, según ha trascendido, de abrir un portal al Multiverso. El prototipo ya construido será desmantelado.”

El tópico no le era ajeno: infinitos universos paralelos e historias alternativas…

Un grupo de expertos desestimó su utilidad y catalogó de impredecibles los efectos de su empleo. No obstante, fuentes que se acogieron al anonimato especulan sobre una prueba no autorizada que habría tenido lugar en la madrugada de hoy. Mi pregunta de si el gobierno investigará la supuesta violación de la seguridad, obtuvo por réplica el silencio; actitud que no sorprende a este corresponsal dado el bajo índice de aceptación del presidente Hoppner y el escándalo que sin duda…”

Jack palideció; las ideas más inquietantes se daban de codazos en su cerebro: ¿Qué si en uno, diez o mil millones de tales universos hubiera muerto él y no ella? No, absurdo. Semejante capricho de la causalidad resultaría en un número incalculable de generaciones diferentes. De otra parte, ¿qué representaba lo incalculable comparado con la grandeza de lo infinito? ¿Y qué crédito merecía, en todo caso, la opinión de un agente inmobiliario acerca de los derroteros y destino último de la Materia? Y ahora que analizaba los hechos bajo una nueva óptica, si a la certeza de que el potaje de garbanzos le provocaba gases y que Gloria debería saberlo, añadía la intuición repentina de que ella no se había referido al doctor Boyle cual si de una eminencia en teoría de cuerdas se tratase… Esto, sin mencionar lo de las sospechosas alucinaciones.

El corazón de Jack se lanzó al galope. ¿Habría osado “la arpía” dejar sin amparo a su… verdadera madre? Y si así fuese…

–¡¿Por qué?!

Solo consiguió calmarse en la entrada al cementerio, donde lo interceptó un viejo mugroso que llevaba una pala. Jack le dio cinco dólares y un nombre.

La tumba era reciente. De rodillas frente a ella, recorrió con un dedo la inscripción grabada en la lápida: En memoria de Jack W. Clifford (2008-2039); por siempre a su lado…

–A este lo sembré hará una semana –dijo el sepulturero–; un fulano trajeado en azul. Regresaba con su esposa del teatro cuando se escachó en la mata de la curva. Yo siempre lo digo, que el cinturón no lo inventaron… ¡Eh!, ¿pero ya se va? –El viejo se encogió de hombros y masculló–: Esa cara, esa cara… ¿Te estarás volviendo loco, Fred?

Gloria llegó del supermercado y preparó diligente la cena.

–Unos garbanzos exquisitos –la alabó Jack–. El Chardonnay, fenomenal.

Después de un cigarrillo se retiraron al cuarto y, a la luz de las velas, hicieron el amor como nunca antes.

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