Nuestro amigo y colaborador Joseín Moros, nos ha enviado su participación para nuestro Cuarto Concurso de Relatos. Una historia de policías, criminales, y una particular clase de ¿Gusanos?…

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EL GUSANO Y EL NIDO DE ÁGUILAS

Autor: Joseín Moros

Lunes 13 de Agosto del año 2012.

Vi el hombre por primera vez cuando surgió bajo los árboles en la explanada del estacionamiento. Vestía chaqueta negra con el cuello levantado, tal vez para evitar el viento del atardecer.

Era mi segunda semana como guardiana en aquella universidad, al final de la jornada estaba yo en el cafetín al aire libre, con mesas llenas de estudiantes a mí alrededor.

Tengo cuarenta años, quince como policía, me casé con un compañero detective y un año atrás él murió en un encuentro contra terroristas. Diez años de matrimonio finalizados y mi retiro voluntario del trabajo.

El individuo de chaqueta llegó hasta la barra, pidió café, tenía pelo negro, piel bronceada, cuarenta y cinco años, un metro ochenta de estatura, setenta y cinco kilos de hueso y músculos; era un peligroso oponente.

Mi trabajo es evitar raterías y que los estudiantes tenga sexo en los jardines, ese hombre debe ser un profesor visitante —me dije, deteniendo pensamientos paranoicos.

De repente los quince años de policía hicieron sonar alarmas en mi subconsciente, el sospechoso me espiaba a través del reflejo en la vidriera, no era la típica mirada masculina, su cuerpo no mostraba la posición de gallo conquistador, era el acecho de la fiera. Debo decir que tengo ojos violeta, pelo castaño y un cuerpo que toda una vida practicando artes marciales me ha esculpido: es llamativo aunque lo cubra con ropa masculina de mi trabajo. De improviso dio media vuelta y se alejó, camuflado con un grupo de estudiantes que se habían levantado de una mesa.

Lo dejé ir, pensando que había sido una impresión errada por mi parte.

***

 

Jueves 20 de Diciembre del año 2012.

Meses después, mientras hacía mi ronda vespertina, al llegar al cafetín vi al hombre. Estaba rodeado de jóvenes y muchachas. Su voz me pareció profunda, el acento no pude identificarlo y puedo decir que soy casi imbatible en deducir la nacionalidad de las personas. Nadie miró hacia mí, yo me había ingeniado para que los estudiantes me tomaran como parte del paisaje, vistiendo uniforme holgado, fingiendo aire distraído y saludando sólo por la mañana, el resto del día me desplazaba como la mujer invisible; me fue útil tal actitud, con mi presencia ya no interrumpían sus diálogos y pude prever situaciones desagradables.

—Imaginen estar en un planeta —decía el sospechoso—, donde al acostarse sobre la hierba, mirar un cielo lleno de estrellas y cuatro lunas, sepan que en cada uno de aquellos brillantes puntos hay seres humanos, hablando igual que tú, pensando de la misma forma, como la gente libre de pecado que muchos filósofos imaginaron. La riqueza te rodea, el tiempo libre es mayor al que necesitas trabajar, sin barreras para tener todo aquello que deseas. No hay guerras, no hay ejércitos, puesto que las fronteras no existen, poseemos toda la galaxia para seguir construyendo planetas a nuestro gusto y las fuentes de energía limpia son inagotables. Cada persona puede vivir hasta quinientos años o más, alguien con mi aspecto habría vivido cuatro siglos.

De repente el hombre volteó, sus rasgados ojos claros, similares a los de esos perros que arrastran trineos en la nieve, me observaron como si yo fuera un trozo de carne envenenada. Estaba bien afeitado y las orejas lucían casi pegadas en su totalidad al cráneo. No pude deducir con certeza de dónde provenía. Para satisfacer mi orgullo, me contenté con pensar que parecía una mezcla de esquimal del siglo XIX con normando de la edad media.

En ese momento mi supervisor, con un viejo teléfono en la mano, venía hacia la barra, le decíamos Humo, era un antiguo policía retirado, con tanta experiencia como cicatrices en el cuerpo. Tenía la capacidad de aparecer y desaparecer como su sobrenombre. El anciano reaccionó al verme, dio la espalda a las mesas y por señas pidió un café, sin mirarme habló en voz baja.

—Habla si puedes.

— ¿Chaqueta negra?

No necesitó voltear, mientras venía llegando sus fatigados ojos ya habían fotografiado las mesas.

—En la oficina —contestó.

Completé mi ronda y llegué a nuestro cuartel, en realidad una pequeña dependencia con un computador y tres sillas, ubicada cerca de la biblioteca central.

Apenas entré Humo habló, mirando la pantalla.

—Casi desde que lo vi, hace cuatro años —dijo en voz baja—, no me gustó, logró introducirse en la universidad con mucha habilidad. Inmigración lo atrapó buscando empleo, dijeron que vino del norte europeo, como perseguido político, pero no menciona de dónde para proteger a su familia; nos lo enviaron, resultó un genio, según algunos profesores. Hace suplencias a catedráticos, ayuda a investigadores, sin embargo no quiere figurar en publicaciones de sus trabajos y pide que lo llamen Peregrino.

— ¿Quiénes eran los jóvenes en la mesa? —pregunté, más tranquila; el asunto no era mi estado mental, como ya estaba pensando.

—Los mejores, les habla de un futuro maravilloso: la galaxia convertida en paraíso terrenal; lo sigo como la sombra de su sombra, por mi iniciativa, claro.

— ¿Alguna motivación sexual?

—No toca los estudiantes.

— ¿Vicios?

—Se cuida como un atleta olímpico. Casi todos los fines de semana Peregrino asciende dos mil metros en las montañas cercanas, y muchas veces pernocta allí. Por mi edad no he podido seguirlo.

— ¿En qué gasta su dinero?

—Ahorra como una ardilla enloquecida, para comprar sustancias químicas y artefactos de laboratorio. Le dieron habitación en La Casona, a pocos kilómetros de aquí, la residencia temporal de visitantes, ya sabes. Allí prepara clases, nada de explosivos amenazadores; reviso con frecuencia y conozco bastante de eso.

— ¿Amigos?

—Ni una mascota.

— ¿Pretenderá implantar alguna creencia?

—En el futuro maravilloso, del que habla, las religiones y los ejércitos no tendrán razón de existir, la gente sólo vivirá para disfrutar de sus largas vidas, no obstante la palabra pecado se le escapa con frecuencia.

—Ya lo hiciste todo, no se me ocurre ninguna otra pregunta.

—Hice más.

— ¿Qué más?

—Como detective privado interrogué personas que se acostaron con él, todas mayores de edad y con experiencia, ninguna es docente o estudiante de esta universidad. Los consiguió en festivales musicales y cosas por el estilo. Argumenté la búsqueda de un violador.

— ¿Y qué dijeron?

—Nada de cadenas, esposas o ropas extrañas, aunque todas coincidieron en un “pero”, un gran “pero”

— ¿Sí?

—Ellas y ellos se sintieron odiados, no sabían decir porqué. No los golpeó, o dijo algo ofensivo, sólo odio etéreo, a raudales, como si estuviera dispuesto a matar hasta sus tataranietos, dijo alguien.

—Se me acaba de ocurrir una pregunta.

—Dime.

— ¿Porqué te cayó mal?

Humo guardó silencio antes de contestar.

—En un principio no lo tomé en cuenta, luego su actitud, siempre vigilando si alguien lo seguía, me hizo caer en sospechas.

— ¿Sospechas de qué? —pregunté con alarma.

Humo pareció titubear, como si no estuviera seguro de cómo responderme.

—Son un viejo policía, siempre he querido encontrar un criminal de gran calibre, tal vez para completar mi colección de cabezas sobre la pared de la chimenea —rió en voz baja y luego puso cara seria—; en verdad no sé qué pensar con este hombre. Peregrino puede ser lo que dice: un genial científico huyendo de enemigos políticos, con una imaginación exacerbada por lecturas de ciencia ficción, conozco muchos casos. Una sensibilidad como la tuya me puede aclarar las ideas.

Hizo una pausa, mientras miraba con atención la pantalla de su teléfono celular.

—La primera vez que lo vi sentí adrenalina en mi boca —murmuré, en realidad no sé si es posible saborear la adrenalina, pero un sabor amargo es mi reacción intuitiva ante el peligro.

Humo sonrió, su mirada brillaba.

—Tengo algo más amiguita —me dijo el viejo, ahora con sonrisa de zorro matando gallinas amarradas.

Me acerqué a su cara, el sonido de la voz apenas fue audible.

—Consulté también con un catedrático, su nombre es Publio. Pero no logré ganar su confianza a pesar de la forma como iniciamos la amistad. Nuestro sospechoso lo utilizó para ganar compañerismo en la institución. No sé por qué razón el profesor Publio quiso suicidarse, llegué a su oficina cuando se apuntaba a la cabeza con un revólver como el tuyo. Sé que lo tienes escondido bajo la chaqueta del uniforme, pero eres mujer y sales tarde, las cosas no son fáciles para ustedes en esta ciudad, por eso miré a otro lado.

No hablé y él continuó.

—Lo llamé mientras te esperaba. Estuvimos hablando de tu extraña percepción, que coincide con la mía y se mostró muy interesado en conocerte.

— ¿Cuándo hablamos con él?

—Ahora mismo.

El anciano tomó su teléfono, pasó la mano por el asa de la cuerdecilla de seguridad contra caídas y salimos.

***

La oficina del profesor Publio resultó sencilla. Tenía dos computadoras, una de ellas portátil. Estaba oscureciendo y encendió luces, luego cerró la puerta.

Su pelo negro, con sienes plateadas y los ojos almendrados, grandes como el personaje de una tira cómica japonesa, llamaron mi atención.

Humo nos había presentado y a continuación se eclipsó, quedó inmóvil mirando el teléfono, fundiéndose con la silla. Nos había dicho que cruzaba mensajes de texto con sus nietos, residentes en otra ciudad.

Entonces expliqué al profesor mi experiencia con el extraño hombre de la chaqueta negra, con todo detalle, como antes me había pedido Humo que hiciera. Uno de los temas de estudio del catedrático era el cerebro humano y su capacidad para llegar a conclusiones acertadas con el mínimo de información respecto a un problema planteado.

—Magi, como tu nombre lo expresa —dijo, cuando finalicé mi exposición—, tú posees magia. En apenas unos segundos sospechaste lo que a Humo le costó meses y a mí varios años; percibiste la verdadera personalidad del gusano, sólo con una mirada. Eso es talento policial, te felicito.

—Gracias profesor, no sé qué decir —el insulto contra Peregrino me sonó como un nombre técnico.

—Magi —continuó hablando el catedrático—, quiero dar información a tu prodigioso cerebro. Ya conoces la versión oficial respecto a la identidad del gusano: aseguran que es un refugiado político.

Tecleó en la portátil, poniéndola frente a nosotros.

En pantalla apareció la primera imagen, una acuarela, deteriorada por el tiempo, donde una fortificación dominaba un desierto rocoso.

—Es El Alamut —murmuró el profesor—, así debió verse hace diez siglos, se cree que su nombre significa “nido de águilas”. Ese es el lugar donde nuestra historia oficial asegura que existió la primera estructura terrorista de la humanidad, llamada Los Asesinos. Poseían organización militar, planificaban los atentados y a sus miembros no les importaba morir en la acción, incluso la deseaban.

Ya había oído esa historia, en los cursos de antiterrorismo de la policía.

La siguiente imagen fue la Vía Láctea, su nombre estaba escrito con letras enormes, que no formaban parte de la antigua pintura.

El profesor señaló una zona en el extremo inferior.

—En el Brazo de Perseo está nuestro sistema solar, un punto imposible de distinguir. Necesitaríamos amplificar la imagen hasta el tamaño de nuestra área de parqueo, para al menos ver el sol como medio grano de arroz.

Otra imagen surgió: el asesinato de Julio Cesar. Romanos sacaban puñales y rodeaban al gran guerrero vestido con toga blanca. Me llamó la atención una figura embozada, observando desde el fondo oscuro.

—“Cambió la historia” —dijo el profesor, suspirando con fuerza—, es la frase utilizada para describir tal clase de acontecimientos.

No habló cuando otra pintura se fue formando por una lluvia de pequeñas esferas, tenía un escrito, agregado por el presentador: “El asesinato del Archiduque Francisco Fernando, Sarajevo, 1914” El profesor Publio guardó silencio durante las siguientes imágenes, la mayoría desconocidas para mí, todas con mayor o menor grado de envejecimiento. Vimos al menos unos treinta de estos terribles eventos, en todos los continentes y en diferentes épocas. El factor común fue el magnicidio.

— ¿Qué se te ocurre, Magi? —preguntó el profesor Publio, cuando desapareció la última imagen, y mirándome como si yo fuera una vieja pitonisa.

No medité la respuesta, él deseaba saber lo que se me ocurriera en el primer momento, confiaba en las cualidades más profundas de la mente humana.

—En cada uno de estos crímenes hubo un autor intelectual, nunca identificado; la idea está representada en figuras embozadas al fondo de las pinturas.

— ¿Te dice algo más el conjunto de imágenes?

Los engranajes oxidados de mi mente, paralizados desde el día de la tragedia donde murió mi esposo, estaban comenzando a moverse.

—La fortaleza El Alamut —agregué, intentando no pensar demasiado—, ese nido de águilas, representa la mentalidad que está detrás de asesinatos selectivos. La galaxia nos recuerda el tamaño del escenario.

Humo se movió a mi espalda, con seguridad tecleaba otro mensaje de texto en su teléfono.

Yo hice una pausa, para ordenar las palabras que brotaban como espuma dentro de mi cerebro.

—Hemos visto representaciones artísticas, aunque de los casos más recientes existen fotografías auténticas. Es una indicación: todo es fraguado, como la obra de un artista.

El profesor Publio estrechó mis manos con entusiasmo, regresó al escritorio y continuó la presentación en pantalla.

Esta vez no fueron magnicidios, sino terribles acontecimientos históricos, muchos de ellos desconocidos para mí. Al igual que las primeras imágenes, habían ocurrido alrededor del globo durante casi tres milenios; no tenían secuencia por fechas, el desorden aparente daba saltos impredecibles: del hundimiento del Titanic, al incendio de la Biblioteca de Alejandría, retornaba a la destrucción de las torres gemelas en New York, y pasaba por acontecimientos en África y el continente asiático, en un pasado tan remoto que las ropas de las personas eran muy primitivas; vi los más conocidos accidentes en los transportadores espaciales de la NASA y un sinnúmero de naufragios, con toda clase de embarcaciones.

El extraño sabor de la adrenalina me amargó el paladar. Por fin la pantalla quedó negra.

—También son pinturas antiguas —dije con voz ronca—, pude ver figuras embozadas por aparente casualidad, con una cámara fotográfica, una mano levantada, la bandera de un navío, el humo de algún incendio. Y la secuencia me desconcertó, descubrí eventos del siglo pasado, seguidos por similares dos mil años atrás, y a continuación otro cercano en el tiempo y menos espectacular, como una variación del primero. Los presiento interconectados, aunque no concibo cómo.

Hice una pausa para continuar, el sudor en mi frente goteó desde las cejas hasta las mejillas.

—Hay un factor común, lo entreveo —aseguré, con la mirada fija en la pantalla oscura.

Nadie habló, mientras yo pensaba.

— ¿Quién o quiénes pintaron esas imágenes? —pregunté en voz baja.

—Son fotografías —contestó el profesor Publio—, de un viejo álbum, lo encontré en el segundo piso de La Casona, confundido con revistas y periódicos viejos, amontonados a la puerta de la habitación de Peregrino; lo pudo haber dejado otro visitante de la universidad.

Oí el estampido de una pieza de rompecabezas al calzar.

—Peregrino es factor común en esas tragedias —dije con lentitud—, pero es imposible, una locura.

El profesor me observó con intensidad, y creí ver una sonrisa fugaz.

—Magi, vea esta otra información —dijo, secando el sudor de mi frente con una toalla de papel.

Apareció una imagen tomada de internet, sólo texto de la Wikipedia, en letras enormes: “La primera obra en hablar de un viaje en el tiempo es Año 7603, del dramaturgo noruego Johan Herman Wessel, en el año 1781. Allí, un hada transporta a una persona al año 7603. Si bien la obra carece de valor literario, se transformó en libro de culto por ser la primera que tantea el tema del viaje en el tiempo”

Me sorprendió, esperaba imágenes más sangrientas.

La siguiente fue más Wikipedia: “La primera mención en la literatura de una máquina para viajar en el tiempo proviene de la imaginación de Enrique Gaspar y Rimbau, un escritor español, que la describe minuciosamente en su obra El anacronópete”

A continuación tuvimos una lluvia de imágenes con portadas de libros y afiches de películas, cuyo tema fue el viaje en el tiempo. Yo no había leído, ni visto, alguna de ellas; prefiero los policiales.

La última imagen también fue tomada de Wikipedia, parecía un papel doblado por la mitad, donde alguien hizo una conexión entre las dos partes, con una especie de tubo; el texto me causó gracia: “Representación 2D de un agujero de gusano”

Oí la explicación del profesor Publio. En mi cerebro otro engranaje se movió, pero no logró hacer coincidir, con precisión, pieza alguna del rompecabezas. Y sonreí para hablar.

—Por un agujero de gusano, viaja un gusano, por lo tanto Peregrino es un gusano —dije, como si estuviera recitando una canción infantil.

El profesor abrió los ojos con asombro y habló en voz muy baja.

—Magi, esa misma frase la recité como producto de una noche demencial. Había un factor suplementario, contradiciendo el impulso intuitivo que me llevó por estos derroteros y casi me lanzó al suicidio, enloquecido por las paradojas de viajar por el tiempo que te mencioné.

— ¿Cuál factor?

Levantó la voz y por un instante me pareció que lloraría.

—Soy un científico y mi formación dice que es imposible Magi, imposible, escrito con letras mayúsculas.

—Peregrino sí es un gusano —dijo la voz de la silla detrás de mí—; hasta ahora lo creí un genio científico de extraña personalidad, calumniado por mi obsesión de encontrar un súper criminal.

El anciano Humo había dejado salir sus palabras con lentitud, lo miramos, sacó la mano de la cuerda que ataba el teléfono a su muñeca, y estiró el brazo para entregar el pequeño aparato al catedrático.

—Cargue los videos en su máquina, profesor —dijo, con la voz temblorosa y la mirada enrojecida.

En un momento tuvimos el primer cuadro, reconocimos la habitación, era una sala con mesones de laboratorio, ubicada en la planta baja de La Casona, donde los catedráticos visitantes podían ensayar trabajos para sus clases. Allí sólo estaba Peregrino, ensamblando vidriería, me pareció la preparación de una clase de química bastante avanzada. El profesor Publio acercó su cara a la pantalla, mirando algún detalle, con interés que me pareció desproporcionado.

—Fue en diferentes fines de semana —dijo la voz de Humo—; Peregrino siempre estuvo solo en La Casona. Lo filmé desde la ventana, me escondía en los rosales.

De repente la imagen se tornó borrosa y Humo aclaró lo ocurrido.

—Tuve miedo y continué mi ronda, porque Peregrino de vez en cuando miraba hacia los lados, él estaba nervioso, pero tomó confianza y se descuidó. Ya van a ver.

En el siguiente video nuestro sospechoso, concentrado en su trabajo, manipulaba la fuerte llama de un mechero, debajo de un enorme balón de cristal donde hervía líquido espeso, vimos vapor rojo surgir hacia la campana extractora del mesón. Peregrino tenía guantes, máscara antigás, y sobre el pecho un peto refractario al calor. Yo pensé en alguna película donde un hombre tomaba un líquido humeante y se transformaba en monstruo, lo iba a comentar cuando vi la cara del profesor Publio.

—Dios mío —murmuró, deteniendo el video, lo devolvió unos segundos, se quedó analizando la imagen y la dejó continuar —; es una complicada tarea de alquimista; un científico tan capaz perdiendo el tiempo de esa manera, debe estar loco. ¿En verdad pretende obtener la piedra filosofal de los antiguos?

Al parecer, durante la filmación, Humo intentó hacer un zoom, todo se volvió una mescolanza de borrones y el profesor Publio perdió los detalles que miraba con tanto interés. Volteamos hacia el anciano y puso cara de culpabilidad.

—Tengo muy poco tiempo con ese teléfono, me lo regalaron —murmuró.

En el siguiente video Peregrino estaba sentado en un alto sillón de laboratorio, sobre el mesón había siete nueces de piedra, rojas como una fresa deshidratada. La imagen comenzó a crecer por efecto del zoom. Vimos la mano de Peregrino, acercando un imán en forma de herradura a cada una de las piedras. Todas saltaron, apartándose de los dos polos.

La imagen se alejó con lentitud, volvimos a ver a Peregrino, jugando con las nueces, las perseguía primero con un polo y luego con el otro; saltaban con violencia, cayeron al suelo y rebotaron por la sala, se agachó para recogerlas y Humo aprovechó para desaparecer de la ventana, lo percibimos cuando vimos las rosas y parte del jardín.

—Esto es un truco —sonó ronca la voz del profesor.

Se inició el siguiente video, el profesor Publio había olvidado nuestra presencia.

Las imágenes salieron perfectas, casi me levanto para palmear la espalda del viejo Humo.

En el primer cuadro apareció el laboratorio, con Peregrino de pie frente al mesón. Los castillos de vidriería de laboratorio ya no estaban por allí, en su lugar había un disco de plástico anaranjado, de esos que los muchachos utilizan para jugar en las playas, lanzándolos al aire. Peregrino finalizaba de introducirle varios objetos en agujeros perforados de lado a lado, fijándolos con una de esas pistolas que dejan salir un adhesivo fundido. No tuvimos duda respecto a lo que veíamos: las siete piedras formaban una figura, y estaban rodeadas por fragmentos del imán con forma de herradura que antes habíamos visto, también fijados con el adhesivo a sus correspondientes agujeros. Me pareció distinguir, en las figuras que resultarían al unir con rayas cada objeto, varias estrellas unas dentro de otras, o tal vez cuadrados con un pequeño ángulo de giro cada uno.

Peregrino estuvo soplando para enfriar el pegamento y con lentitud levantó las manos, mientras aferraba el plato. El zoom retrocedió y me pareció estar viendo un tenebroso hierofante realizando algún macabro ceremonial.

El plato quedó en el aire, el movimiento de las piedras y los trozos de metal magnético, mostraron que estaba girando cada vez con más velocidad, recordé los platillos voladores en la TV de mi infancia. Las manos de Peregrino saltaron para detenerlo, con rapidez tomó un rollo de alambre bastante delgado y conectó varias de las piedras y trozos de imán entre ellos, creando una forma extraña, en ese momento me pareció una cruz gamada, pero creo que fue sugestión. De inmediato repitió la maniobra de levantarlo y el objeto quedó una vez más flotando en el aire, girando con velocidad estable. Peregrino cruzó los brazos y se quedó mirando el redondel anaranjado. Entonces el video terminó.

El profesor Publio continuaba con la vista fija en la pantalla oscurecida, como si esperara que algo surgiera de la negrura. Yo lo miraba, a la espera de verlo regresar a nuestra realidad.

De repente habló.

—En una oportunidad, mientras Peregrino y yo bebíamos, ingirió una extraña píldora y me contó una historia demencial, con una oferta diabólica. Fue entonces cuando presentí un gran peligro, por debajo de lo irrazonable de sus palabras. Al día siguiente busqué la manera de entrar a su habitación y con mi teléfono tomé fotografías de un álbum revuelto con periódicos viejos, el cual les mostré hace un momento. Desde ese instante ya no supe cómo razonar, y me hundí en la desesperación.

— ¿Cuál fue su oferta? —pregunté, como si deseara no saber la respuesta

—Me propuso darme los secretos para fabricar la máquina del movimiento perpetuo. Me haría muy rico.

No comprendí, Humo continuaba inmóvil, mirando su teléfono. Hice otra pregunta.

— ¿Eso es algo malo?

—Si nunca hubiera visto ese álbum de pinturas, ni oído la confesión de Peregrino, creería que es lo mejor que puede pasarle a la humanidad: una fuente de energía inagotable, sin contaminación; imaginen gigantescos círculos como el que vimos construir por Peregrino, haciendo mover generadores eléctricos en todas las metrópolis del mundo; Navíos con la capacidad de flotar y moverse por la galaxia, a velocidades inimaginables; en medio millón de años, cuando miráramos al cielo, cada punto brillante nos recordaría que allí hay humanos como nosotros.

— ¿Cuál fue su confesión? —insistí, con intención de obtener más datos para mi cerebro en ebullición.

Humo se había levantado de la silla, me pareció que deseaba salir de la oficina.

Vi lágrimas en los ojos del profesor Publio mientras habló.

—Recuerdo sus palabras, una detrás de otra, me las he repetido muchas veces, buscando la manera de quitarles fuerza.

Y con la mirada en el vacío, el catedrático recitó con voz lúgubre.

“Pertenezco a una milenaria cofradía de guerreros sagrados, dispuestos a morir por nuestra fe, la muerte en combate nos enviará al lugar donde vive El Verdadero, allí esclavas y esclavos nos adorarán por siempre.

“Dentro de medio millón de años, la galaxia estará ocupada por los seres humanos. La Tierra será una leyenda, de la cual dudarán haya existido. Aunque la humanidad cuenta con la máquina del movimiento perpetuo, y no hay fronteras por las cuales luchar, ni diferencias genéticas importantes entre la gente, existirá una conflagración con decenas de milenios: la Guerra de la Verdad, y estábamos perdiendo la posibilidad de dominar la galaxia”

“En mi presente podemos vivir hasta cinco siglos, al viajar al pasado no contamos con las máquinas de regeneración celular y envejecemos, casi tan rápido como la gente de cada época, por eso: viajar al pasado es un acto suicida”

“De lo alto, El Verdadero nos envió ayuda, nuestros ejércitos tropezaron con un extraño planeta casi fuera de la Vía Láctea, una estructura artificial de magnitud titánica. Para nosotros fue como si un guerrero espartano se encontrara de improviso dentro de una planta nuclear del siglo XXI, nos llevó siglos comenzar a comprender qué era este mundo metálico: todo él resultó ser una máquina del tiempo. Los seres que la fabricaron debieron ser más antiguos que la misma galaxia, no sabemos si ya dejaron de existir”

“Logramos hacerla funcionar de manera parcial, a costa de muchas vidas, mientras descubrimos la manera de alterar nuestro presente; podemos movernos sólo al pasado más remoto, pero no al cercano y al futuro tampoco, por lo tanto un viaje en el tiempo es una misión suicida, al no tener retorno”

El profesor Publio hacía pausas, respiraba con lentitud y continuaba recitando la historia contada por Peregrino. Humo y yo oíamos sin hablar.

“La comunicación con nuestros mártires guerreros es complicada, deben peregrinar hasta lugares específicos y en fechas predeterminadas, para dejar objetos que recuperamos. De esta manera recibimos información de la historia del planeta Tierra, aprendimos sobre sus culturas e idiomas, para enviar guerreros cada vez mejor preparados para la misión encomendada. Así pudimos conocer los efectos de nuestras acciones, planificar las siguientes y efectuar las correcciones históricas necesarias para nuestro objetivo: ganar la Guerra de La Verdad”

“La misión para cada uno de nuestros mártires guerreros ha sido llegar a un momento específico en la Tierra, antes del final del año 2012, y de manera encubierta ocasionar un calculado cambio histórico, cuya repercusión sólo sea perceptible en nuestro presente, dentro de medio millón de años. La trayectoria histórica de la humanidad, como un árbol milenario, es casi inamovible, apenas afectamos sus hojas más nuevas, cuando hurgamos muy profundo en las raíces. Iniciamos nuestro experimento con sucesos de pequeña magnitud: naufragios, incendios de ciudades y grandes construcciones; para nuestro asombro la experiencia demostró que su efecto se anula con otros eventos, cuando no es frustrado por sucesos impredecibles. Entonces probamos incrementar la magnitud del cataclismo, actuando sobre líderes individuales y naciones dominantes, haciendo participar actores de la misma época y los resultados mejoraron. El aumento de eficiencia fue notable cuando creamos organizaciones terroristas bien calificadas, desde los pasados más remotos, con gente del tiempo local y sin importar sus razones; más terrorismo, más caos histórico y mejores efectos para nosotros”

“Cada evento que empotramos, en el flujo de la historia, lo llamamos positivo cuando se refleja en nuestro presente como victoriosas batallas por nuestra fe, similar a un cambio de color en algunas de las más pequeñas y jóvenes hojas del árbol que tomé como analogía. En todo momento eludimos un gran peligro, no debemos tocar la historia más allá del año 2012, las primeras pruebas demostraron que su efecto siempre fue muy negativo para nuestro objetivo”

“De manera reciente descubrimos que adelantar hallazgos tecnológicos, en la historia, causa un gran beneficio para nosotros, nuestra fe se potencializó en zonas de la galaxia donde nunca había logrado resultado alguno”

“Yo, Peregrino, soy el mártir elegido para el golpe final; la máquina del movimiento perpetuo debería ser descubierta dentro de ochocientos años, cuando las colonias humanas ya estén ocupando Marte de manera masiva. Pero no será así, antes que termine el año 2012, nuestra fecha límite, haré que algún profesor la invente, con el apoyo de estudiantes que aportarán los descubrimientos complementarios. Si no eres tú hay muchos más dispuestos a ganar esa gloria”

El profesor Publio se quedó callado, con la mirada perdida.

—En La Casona hay cajas cerradas —dijo Humo, de pie al lado del profesor—, las revisé con un endoscopio. Me parecieron partes de una pequeña máquina, no pude identificar su naturaleza, soy un policía especializado en rastrear criminales, no un científico.

Imaginé al anciano Humo, en la oscuridad, introduciendo la lombriz de fibra óptica del viejo instrumento, que varias veces observé sobre un archivador, mientras con sus ojos cansados miraba el interior de cada caja.

—Y mañana serán trasladadas al anfiteatro —agregó el viejo policía—, tres profesores harán una presentación ante industriales, parece algo de rutina.

El profesor Publio regresó a nuestra realidad, se levantó de un salto y sólo dijo una palabra.

—Vamos.

***

Minutos después estábamos en La Casona, aquella antigua residencia de catedráticos visitantes estaba sola, en la puerta del paso de vehículos Humo despidió al vigilante de seguridad.

—Puedes tomarte la noche —dijo al agradecido hombre, quien salió disparado en su motocicleta.

Con rapidez me cercioré que Peregrino estaba fuera de La Casona.

El profesor Publio comenzó a destapar una de las cajas, bajo los ojos atentos del anciano Humo, quien mantenía aferrado su viejo teléfono, bien atado a la muñeca izquierda.

Una campanilla sonó, era otro aviso de mensaje recibido. La intensa palidez en el rostro del anciano, mientras leía un nuevo texto en la pequeña pantalla, me hicieron preocupar por la salud de sus nietos.

—Debemos destruir esta máquina —dijo en tono desesperado el profesor Publio—, necesitarán meses para hacer otra y habrá terminado el año 2012. Recuerden, Peregrino me aseguró que cualquier cambio en la historia, luego de esta fecha crítica, se vuelve contra sus planes. No tiene forma de comunicarse con su gente para recibir alguna clase de ayuda en tan corto tiempo, pienso que necesita subir a las montañas cercanas para enviar sus mensajes.

Entonces, con violencia, la puerta de un escaparate se abrió. Como un oso enfurecido, de un manotazo, Peregrino arrojó al profesor Publio hacia la pared, yo lancé una patada al abdomen del terrorista y me pareció haber chocado con un murallón. De un revés, con la otra mano, me estrelló contra un mesón, oí crujir mi hombro derecho y casi perdí el sentido.

Desde el suelo, de manera borrosa, observé al anciano Humo tecleando en su teléfono, concentrado, como el cazador experto apuntando con cuidado al rinoceronte embravecido que se abalanza contra él y entonces alejó el pequeño aparato de su cuerpo, como si fuera más importante que su vida. Un sonoro manotazo lo recibió en el pecho, sin soltar el teléfono Humo cayó a mi lado, sus ojos vidriosos me observaron, sin moverse; la punta astillada de su clavícula izquierda asomaba por el cuello de la chaqueta.

Peregrino levantó por el cabello al profesor Publio, quien sangraba por la frente, ambos brazos colgaban inertes, el catedrático recuperó el sentido y no gritó de dolor; escupió saliva sanguinolenta contra la cara de Peregrino y el terrorista pareció no sentirla.

Con mucha dificultad moví mi mano izquierda hacia la axila del mismo lado, extraje mi revólver y desde el suelo apunté a la cabeza de Peregrino, quien se encontraba de espaldas a mí.

Sentí halar mi chaqueta, miré con rapidez y la cara de Humo tenía una expresión de pánico, más adrenalina cayó en mi sangre; el anciano me avisaba de otro peligro mucho mayor, me lo dijo el subconsciente.

—“No lo mates” —pronunció, despacio, para que pudiera comprender el movimiento de la boca, al mismo tiempo negaba con la cabeza.

Peregrino volteó el cuerpo y se encogió para saltar contra mí.

Quince años de práctica diaria con ambas manos movieron mi brazo, hice dos tiros y Peregrino cayó, sin emitir quejido se arrastró para alcanzarme, una bala en cada rótula le impedía ayudarse con las piernas. Me levanté con esfuerzo y disparé a sus codos, entonces arrastré al viejo Humo lejos del alcance de Peregrino, quien continuaba revolcándose como un gusano para atacar con sus dientes; rasgó una de mis botas de cuero curtido, caí al suelo y debí patearle la cara para liberarme.

Quiere morir peleando, cree que así viajará directo a su reino celestial —me dije sin asombro, sabía bastante sobre la patología de los terroristas suicidas.

En ese instante la habitación se oscureció, como si un enorme objeto en el centro de la sala estuviera tragando luz con voracidad; me levanté para defenderme de otra amenaza. Cuatro figuras aparecieron, brillando como fantasmas, dos mujeres y dos hombres, con trajes ceñidos blancos y lustrosos, como la piel de un tiburón.

—No dispares, Magi, son amigos —susurró Humo, desde el suelo, halando con debilidad la tela de mi pantalón.

***

 

Al día siguiente, Viernes 21 de Diciembre del año 2012, después del mediodía.

Al atardecer del día siguiente cerramos las puertas de La Casona, ninguna de las cajas cerradas, con la máquina del movimiento perpetuo, se encontraban allí.

El profesor Publio conducía su automóvil, en el puesto trasero iba Humo, silencioso como siempre. El trayecto hacia la universidad se nos hizo largo, íbamos pensativos, demasiadas cosas habían cambiado, el profesor Publio y yo nos parecía estar viendo los paisajes por primera vez.

Recordé, como un resumen de una historia muy larga, las explicaciones de Humo.

“La otra máquina del tiempo, hallada por nosotros, la llamamos TM-ALFA —había contado Humo —, ese artefacto nos mostró su existencia cuando percibimos fuerte alteración de planos gravitacionales en las afueras de la galaxia, lo cual coincidía, ahora sabemos, con cada envío de terroristas suicidas al pasado por parte del enemigo. Fuimos a investigar, encontramos un planeta artificial, con una órbita de una magnitud tan grande como el ancho de la Vía Láctea y descubrimos que estaba equilibrado con otro cuerpo similar en el lado opuesto de la galaxia, el centro de giro era el núcleo de la Vía Láctea. Ahora sabemos que TM-BETA, así llamamos la máquina del tiempo de nuestros enemigos, hace pareja con TM-ALFA, la nuestra; no sabemos cuando fueron construidas, esas maquinas pueden viajar por el tiempo y el espacio; tal vez llegaron hace poco desde el futuro o el pasado”

“Nos llenamos de pánico cuando, al ir desentrañando la manera de operar tan complejo instrumento, comprendimos que nuestra época estaba siendo afectada por el enemigo y de manera muy torpe, puesto que incluso habían efectos muy negativos para ellos en muchos de los casos. Los registros nos mostraban la naturaleza de sus intervenciones, cuando analizamos sus errores aprendimos a operarla de manera acelerada”

“Somos una civilización muy avanzada, el pensamiento científico tiñe nuestras interpretaciones del universo, sin menospreciar el contenido espiritual. Los seguidores de la arcaica fe llamada El Verdadero, son fanáticos de la guerra y la supremacía del sexo masculino, todas las soluciones a sus conflictos pasan por la confrontación, venganza y aniquilación de los herejes, sin concederles ninguna oportunidad, como lo ordena su deidad. Fue posible para nuestros científicos, en algunos casos, amortiguar la magnitud de los sabotajes históricos, al costo de las vidas de nuestros voluntarios, quienes viajaban sin esperanza de retorno, incluyéndome yo. Gracias a los recientes descubrimientos, en la operación de TM-ALFA, yo pude ser rescatado. Tenía cincuenta años buscando a Peregrino, los datos de TM-BETA nos lo habían ubicado con un margen de medio siglo en el pasado, aunque con excelentes coordenadas geográficas. Estuve siguiendo varios sospechosos, el último fue Peregrino, a la espera de enterarme de la naturaleza de su misión, para informar a mis superiores y anularla si era posible”

“En reciente oportunidad, cuando viajé a las montañas, subiendo y bajando en funicular, recibí el teléfono con el cual podía ser localizado en el momento que marcara los códigos apropiados, además de cruzar mensajes en clave”

“Casi de manera simultánea, cuando nuestros estudiosos lograron inhabilitar a distancia la TM-BETA, descubrieron un terrible factor adicional. Si las bases de la tecnología del movimiento perpetuo era dada a la luz pública entre el 21 y el 25 de Diciembre del año 2012, la repercusión en nuestro presente iba a ser la caída inexorable bajo el dominio de los fanáticos seguidores de El Verdadero, a través de una cadena de terribles derrotas en batallas alrededor de la galaxia, pero además: nuestra TM-ALFA informó algo terrorífico. Si alguien de ésta época daba muerte a Peregrino, durante estas fechas, la conflagración en la nuestra sería tal, que la Vía Láctea casi iba a quedar deshabitada por la nefasta guerra santa. Las instrucciones de proteger la vida de Peregrino las recibí en mi teléfono, mientras ustedes revisaban las cajas cerradas, de inmediato pedí ayuda, entonces llegaron los cuatro viajeros que nos rescataron y se llevaron a Peregrino, para curarlo de heridas y mantenerlo prisionero en nuestra época”

Llegamos los tres al cafetín de la universidad.

—Caramba Magi, sin el uniforme pareces otra estudiante —dijo el muchacho de la barra.

Se refería a mi traje de una pieza, confortable y ligero; pantalón y camisa unidos con una cremallera.

Los pocos estudiantes que todavía se encontraban por allí nos miraban con algo de curiosidad, en especial observaban al profesor Publio, el cual no lucía canas plateadas.

—Su cara me parece conocida —continuó locuaz el muchacho, mirando a Humo.

—Es el nieto de Humo —me adelanté a explicar—, sigue la tradición de la familia, habla poco y también le dicen Humo, vino para hacer la suplencia de su abuelo, que está de viaje.

Ambos jóvenes se estrecharon las manos por encima de la barra del cafetín.

Tomamos nuestros cafés y fuimos a una de las mesas; desde allí podíamos ver la multitud de vehículos llegando, con industriales y periodistas, para asistir a la misteriosa presentación que tres profesores, y un buen lote de estudiantes avanzados, efectuarían en pocos minutos en las instalaciones del anfiteatro de la universidad.

A mi izquierda quedó el profesor Publio, ya no tenía canas y en su cara y brazos ninguna huella de huesos rotos ni herida alguna. A mi derecha estaba quien yo identifiqué como nieto del anciano Humo, no me cansaba de mirarlo, nunca pensé que de joven sería tan apuesto.

Miré hacia mi reflejo en una vidriera y sonreí de satisfacción, parecía de veinticinco, la regeneración recibida fue muy efectiva para mi cuerpo y espíritu. Recordé que, allí mismo, fue donde vi por primera vez los ojos del terrorista suicida del futuro, el gusano del nido de águilas, ahora prisionero a medio millón de años más adelante de mi presente.

Los tres habíamos necesitado asistencia médica inmediata, el profesor Publio y Humo estuvieron más graves que yo, por eso pude disfrutar, casi desde un principio, de muchos paseos turísticos por TM-ALFA, la segunda máquina del tiempo.

—Profesor Publio, si usted quisiera podría asistir a la presentación de la máquina del movimiento perpetuo —dijo el joven Humo en voz baja—, después de dos años con nosotros, en este siglo nadie sabe tanto como usted respecto a ella.

—Prefiero esperar, como sugirió TM-ALFA —murmuró el profesor Publio—, cuando intenten la producción industrial encontrarán escollos infranqueables. El prototipo básico, preparado por Peregrino, tiene defectos, él no era un científico metido a guerrero, sino lo contrario. Su artefacto funciona, es verdad, pero surgirán ciertas sorpresas, estaré allí para rediseñar la totalidad.

Levantamos nuestras tazas de café, para brindar por “El Trío Los Correctores del Tiempo”, como en broma llamábamos a nuestra amistad.

Fin

Muchas gracias a Joseín por tan magnífico relato y por tan fantástica ilustración, te deseo la mejor de las suertes 🙂

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