Nuestro amigo Daniel González, ganador del Desafío del Nexus del mes anterior, nos ha enviado su nueva historia para participar en el Desafío de este mes

Mars Colony

Días Rojos

Un grupo de astronautas en Marte se dan cuenta de que el mundo del que provinieron ya no existe. Ahora estarán por siempre sin posibilidad de volver a la Tierra y comprenden que ahora sus actos no tendrán consecuencias

Autor: Daniel González Chavez.

La misión Ares fue la cuarta misión tripulada al planeta Marte. Gracias al desarrollo del motor de plasma los viajes a este mundo se podían hacer en un periodo de unos quince a veintidós días y por lo general permanecían algunos meses en suelo marciano, para luego regresar o ser relevados por una nueva tripulación.

Los primeros astronautas en llegar al planeta rojo tuvieron que arreglárselas con un campamento muy rudimentario que los protegiera del inhabitable ambiente marciano. Marte carece de capa de ozono y magnetósfera así que los rayos solares son mortales, es extremadamente frío y tiene vientos huracanados y espesas tormentas de arena. En general, un lugar muy hostil para la vida.

No obstante esto, para cuando la primera misión partió había dejado detrás una estructura estable y compleja para la habitabilidad humana que fue robustecida, adaptada, mejorada y ampliada con cada nuevo arribo hasta que llegó a convertirse en una cómoda biósfera artificial donde había calefacción, agua caliente y espacios cómodos para trabajar, cocinar, descansar, dormir e incluso recrearse.

Para esta misión había existido además una nueva modalidad. Una de esas ideas geniales de los científicos en la NASA; una televisión.

Si bien ya antes se habían llevado películas, videos y música para ver en las computadoras, los científicos pensaron que recibir transmisiones en vivo de televisión mejoraría la moral de los astronautas y combatiría los efectos psicológicos del aislamiento que se reportaban en todas las misiones. No era fácil para la mente humana saberse sólo en todo un planeta y el paisaje desolador de los extensos desiertos marcianos, de ese planeta muerto… crispaba los nervios. Sobra decir que algunos astronautas mostraron en su momento breves cuadros psicóticos. Para esta fecha ya había satélites artificiales orbitando Marte y mediante un sofisticado sistema de transmisión satelital desde la Tierra los astronautas eran capaces de recibir emisiones televisivas directamente dirigidas hacia ellos, aunque les llegaban con varias horas de retraso. Pero de esto ya estaban acostumbrados. Las comunicaciones con Comando Central nunca eran expeditas y tardaban cerca de una hora en llegarles, así como la respuesta en regresar.

El comando de la misión se encontraba bajo la autoridad del coronel Watson, estadounidense y máxima autoridad en la base, un sujeto ególatra, narcisista y grosero, que no tenía ningún don de liderazgo. Watson frecuentemente prorrumpía en histéricos regaños en forma de gritos con los que humillaba a todos sus subalternos, reclamaba frenéticamente ante el más mínimo error, e incluso se enfadaba sin sentido por faltas imaginarias. Nunca dudaba en utilizar apelativos ofensivos y en establecer castigos injustos, al mismo tiempo que él era un holgazán e incompetente que denigraba a los demás como una forma de autodefensa. Sobra decir que era muy odiado por todos, pero no tenían más opción que aguantarlo hasta el final de la misión.

Su segundo al mando, también norteamericano, era Robertson. Teniente coronel y encargado de comunicaciones, tenía unos ojos brillantes, barba de candado, rostro lobuno y era muy fornido, de espíritu alegre pero frío y calculador, odiaba profundamente a Watson pero reprimía su profundo rencor porque aspiraba llegar lejos en el ejército y prosperar en su carrera militar. Robertson era sumamente disciplinado y capaz de llevar a cabo cualquier labor por difícil que fuera, así como de aguantar cualquier humillación de Watson, siempre con la mira de algún día ascender y ser él quien ejerciera la disciplina. Sin embargo, Robertson nunca fue plenamente sumiso, en muchas ocasiones encaró a Watson y lo llegó a cuestionar, aunque siempre dentro de la normativa estipulada por los reglamentos militares. Y cuando, como sucedía frecuentemente, Robertson demostraba tener razón, Watson aunque nunca admitía su error y contenía su resentimiento hacia Robertson, cedía y ordenaba seguir las directrices de este. Robertson era muy listo y mucho más inteligente que Watson, así que jamás hizo nada que no estuviera permitido a un subalterno, por lo que Watson jamás pudo establecerle una sanción contra él como hubiera deseado.

El único otro estadounidense de la misión era Andrade, un sujeto escuálido, de anteojos, cabeza rapada y rostro afilado, era físico y meteorólogo, siempre estaba deprimido y ensimismado, y realizaba comentarios morbosos.

El veterano del equipo era Greivik, un astronauta y ex marino noruego que medía casi dos metros, era muy velludo, barbudo, tenía muchos tatuajes y recordaba a los rudos vikingos de antaño. Sin embargo, a pesar de su aspecto tosco, era sumamente alegre y amistoso, gustaba de tocar la guitarra y cantar viejas canciones noruegas para sus compañeros, nunca se excedía con el licor y siempre sonreía cuando se le pedía un favor. Era el único de los tripulantes que había estado antes en Marte (casi nadie aceptaba nunca regresar al planeta así que solía ser difícil encontrar voluntarios experimentados).

El resto de la tripulación la constituían: Los Hermanos Grimassi, dos inquietos y fornidos hermanos italianos, muy parecidos físicamente y unos verdaderos cabezahueca. Seguían las directrices de sus superiores sin chistar y sólo servían para las labores más elementales y mecánicas. Eran apuestos y de buen físico pero muy tontos, uno mayor que el otro por un año, y ambos eran castaños y con muchos tatuajes. Muy parecidos entre si, aunque no eran gemelos.

La más joven del grupo era la brasileña Natalia Laredo. Debía tener unos veinte años apenas y era sumamente atractiva con su piel morena y cabello rizado. Su cuerpo era esbelto y hermoso, quizás porque siendo adolescente había sido bailarina de valet y atleta olímpica aunque dejó esas carreras de lado para ser astronauta. Además, Laredo era sumamente religiosa, siempre llevaba consigo un rosario, rezaba todos los días antes de comer y de acostarse y leía con frecuencia la Biblia. La doctora María Odriozova, psicóloga rusa encargada de mantener el orden y la estabilidad mentales de los personeros, particularmente por las frecuentes riñas que surgían entre todos debido al hacinamiento y la presión. Era una mujer guapa de edad madura, con cabello largo rubio y ojos azules. El cocinero y encargado de mantenimiento era Abdul, un musulmán de origen turco, y Tamayo, el técnico de informática japonés, el más joven del grupo, un muchacho muy flaco y algo afeminado, que siempre fue objeto de burlas por parte de Watson, Greivik y Robertson debido a su homosexualidad.

La Misión Ares casi llegaba a su fin tras cuatro largos meses cuando un desperfecto les hizo ver que no podían hacer arrancar el motor de plasma de su rudimentario pero eficiente transbordador interplanetario. Abastecidos con provisiones necesarias para mucho más de cuatro meses, no tenían que preocuparse por carencias, pero estaban ya cansados y deseosos de irse. Informaron al Comando Central y éste les dijo que en poco tiempo enviarían un nuevo transporte, probablemente uno de los que tenían los rusos, y que les llegaría en unas dos semanas para traerlos de regreso.

Las labores de la tripulación eran variadas pero normalmente consistían en cerciorarse del buen funcionamiento de las instalaciones de la Base Ares (algo de vital importancia), recabar muestras de suelo y examinarlas enviando los resultados de inmediato, estudiar el clima marciano y explorar de vez en cuando el territorio. Pero, y a pesar de que Watson intentaba reducir el tiempo libre (salvo para él) al mínimo, la verdad es que a veces no tenían mucho que hacer y pasaban largo tiempo tratando de llenar unas tediosas horas muertas. Para evitar ser víctimas de la morbosa sensación de aburrimiento y desasosiego, se abocaban a actividades recreativas comunes y se divertían escuchando las canciones que cantaba Greivik con su guitarra, tomaban algo del vino y otros licores de la despensa cuyo uso sólo era permitido si Watson daba permiso (y en todo caso, era prohibido emborracharse) así como conversaban entre sí o veían televisión. Los marginados de la algarabía eran Watson por su impopularidad y en alguna medida Tamayo que resentía las burlas homofóbicas que había recibido de casi todos salvo las dos mujeres. Odriozova le escuchaba siempre por horas en su terapia quejarse por los insultos hacia su homosexualidad y era con la única que se llevaba bien. Tanto Laredo como Abdul se abstuvieron de insultarlo pero ambos por su religión lo consideraban pecaminoso e incluso Laredo intentaba predicarle el Evangelio sin éxito. Andrade se mantenía siempre distante y con turbios pensamientos en su mente atormentada, pero participaba lo más posible de los escasos festejos.

—…la situación en Oriente continúa con su escalada de violencia —informaba una periodista por la televisión mientras todos comían durante el desayuno en el área de la cocina, la imagen satelital transmitida gracias a los excelentes sistemas de comunicación mostraba un enfrentamiento naval en el Mar de China Meridional— fuerzas militares norcoreanas y surcoreanas se han enfrascado en un enfrentamiento violento. Mientras tanto, China reporta que su espacio territorial ha sido violado por irrupción de buques militares surcoreanos, lo que ha provocado una reacción del ejército chino…

—¡Santo Dios! —clamó Laredo— ¡Oh Señor, por favor trae la paz a la tierra!

—¡Bueno! —dijo Robertson cambiando el lúgubre tema— ya falta menos de un mes para regresar a nuestros hogares. ¿Qué piensan hacer?

—Yo quiero pasar mucho tiempo con mi esposo y mis dos hijos —dijo Odriozova— los extraño mucho. Además pienso dedicarme a la práctica privada por una temporada y quizás sacar otro doctorado.

—Yo iré a ver a mis padres en Brasilia y luego a la iglesia —declaró Laredo.

—Yo iré al burdel más cercano —dijo graciosamente Greivik— para compensar estos seis meses de abstinencia —luego chocó sonoramente las manos y emitió una risotada— si me disculpan las damas mi honestidad, claro está —dijo guiñándoles el ojo y sonriendo. Laredo negó con la cabeza pensando en lo pecaminoso del asunto, pero finalmente sonrió porque Greivik era así, siempre hacía alarde de ser mujeriego y constantemente hacia comentarios y bromas sexuales hacia Laredo y Odriozova, pero debido a su forma de ser afable y simpática, ellas nunca se ofendían.

—Yo también pasaré algún tiempo con mi esposa y mis hijos. Tengo cuatro —dijo Abdul sin que sus compañeros supieran si se refería a esposas o hijos.

—A mí me da igual —adujo Andrade— no tengo amigos y mi familia siempre me ha dejado claro que soy un estorbo. A veces siento que es aquí en estos ambientes deshabitados, lejos de la cercanía de cualquier ser humano, donde soy más feliz. Es casi como la quietud que nos trae la tumba, ¿no creen?

Todos ignoraron su comentario.

—Yo por mi parte —comentó Robertson con ambición en sus ojos— me inscribiré de inmediato a la próxima misión y realizaré los exámenes para ascender de rango.

—Puede que tengas suerte, Robertson —dijo sarcásticamente Watson— últimamente están necesitados de oficiales y ascienden a casi cualquier cosa.

Robertson ignoró el comentario y prosiguieron la conversación hasta terminar de comer y realizar sus labores diarias.

***

Tres días después las noticias internacionales seguían siendo desalentadoras:

—…tras los bombardeos chinos a Corea del Sur y Taiwán como represalia por los recientes enfrentamientos navales, la reacción inmediata fue de condena por parte de Estados Unidos, Japón y la Unión Europea. Irán cerró el estrecho de Ormuz en solidaridad con China y Corea del Norte provocando la inmediata reacción israelí. La Federación Rusa envió un fuerte contingente naval al Golfo Pérsico, apoyado por China. Estados Unidos se encuentra solicitándole a la OTAN corresponder con una sólida presencia militar de la Alianza en el Golfo, aunque ha topado con la oposición de Francia. Mientras tanto, China y Corea del Norte prepararon su arsenal nuclear a pesar de las condenas de Japón y Corea del Sur, lo que automáticamente provocó que India también reactivara su abastecimiento atómico y por ende, Pakistán.

—Creo que el fin del mundo se acerca —declaró Andrade siniestramente mientras todos observaban las noticias de noche, en la oscuridad desde sus catres— pronto ese virus llamado Humanidad que carcome al planeta Tierra será erradicado en una devastación nuclear. Un Holocausto de fuego multicolor que consumirá la maldad y la podredumbre humana por siempre.

Las labores cotidianas continuaron al día siguiente y cada uno realizaba su trabajo tranquilamente… hasta que sonó la alerta roja.

Abdul interrumpió sus oraciones islámicas que realizaba sobre el suelo de la cocina, mientras que Andrade dejaba de lado sus mediciones climáticas y Tamayo su trabajo arreglando un monitor de la computadora de Robertson.

Noticias desde el planeta Tierra llegaron por el comunicador y fueron interceptadas por Robertson mismo ante la mirada expectante del resto del equipo.

—Se ha declarado la guerra —adujo con mirada turbia— tal parece que Corea del Norte disparó misiles sobre Japón. La comunicación se cortó antes de recibir más informes…

—¡Pronto! —ordenó Watson— enciendan la televisión y veamos las noticias.

—…la situación es crítica —comenzó a decir entre una fuerte interferencia la presentadora de las noticias, que mostraba un rostro lloroso y demacrado por el terror— …nos encontramos… nos… —luego prorrumpió en llanto y dejó la cámara. Un compañero la sustituyó diciendo:

—Corea del Norte disparó hace —luego hubo interferencia— …misiles nucleares contra Japón, Corea del Sur, Estados Unidos y Australia lo cual provocó la inmediata reacción de la OTAN que fue… —nueva interferencia interrumpió la transmisión— …armas nucleares disparadas como respuesta contra Corea del Norte por Estados Unidos y Europa… —nueva interrupción— …Rusia y China aseguran… —interrupción— …la integridad territorial de sus países por lo que ordenaron un masivo bombardeo contra los miembros de la OTAN… —interrupción— …Liga Árabe asegura que Israel… —interrupción— …por parte de Pakistán… —la imagen desapareció entre la interferencia pero luego regresó el sonido— …rumores no confirmados de un intercambio nuclear entre Israel e Irán… —el sonido volvió a desaparecer.

—¡Arregla esa maldita transmisión! —ordenó Watson y Robertson ajustó los radares satelitales lo mejor que pudo. La imagen y el sonido regresaron con el periodista que mostraba lágrimas en sus ojos mientras decía:

—…registros moderados calculan la cantidad de muertos una vez que estallen las bombas en dos mil millones de personas que… —interferencia— …nubes radioactivas que matarán a los sobrevivientes… —nueva interferencia— …hemos llegado al fin del mundo. La Humanidad ha escrito hoy su último capítulo… —luego su imagen desapareció en ruidosa estática.

—Los sistemas de comunicación han fallado —informó Robertson— no hay satélites en funcionamiento ni transmisiones militares o civiles de ningún tipo como si…

—Ya nadie las manejara —dijo sombríamente Watson.

—¡NO! —gritó desesperada Odriozova— ¡Mi esposo! ¡Mis hijos! ¡Esto no pudo haber pasado!

—Santo Dios —exclamó Laredo hincándose en el suelo y persignándose con su crucifijo entre manos— tu juicio final ha llegado, como fue predicho por ti: El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la hierba verde, Apocalipsis 8:7. El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre, Apocalipsis 8:8. El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, al cual fue dado quemar a los hombres con fuego, Apocalipsis 16:8.

—¡Cállate estúpida! —Espetó Watson— no pueden haber muerto todos los seres humanos del mundo ni siquiera con una guerra nuclear…

—No una guerra nuclear —corrigió Andrade— un Holocausto nuclear. Y es verdad que las bombas tardarán en caer varias horas, al menos todas aunque algunas deben haber estallado ya.

—¿Significa que quizás seamos los únicos sobrevivientes? —se preguntó Greivik— ¿Tendremos que repoblar la Tierra?

—No seas tonto, Greivik —regañó Robertson— aún si hay sobrevivientes en la Tierra dudo mucho que tengan capacidad para organizar un viaje a Marte… o que les importe. Nuestro relevo no llegará ya nunca y no poseemos alimentos ni agua más que para un mes cuando mucho. Ni tenemos forma de sobrevivir en este inhóspito planeta de mierda. ¡Estamos condenados!

Odriozova seguía sollozando en el suelo, al tiempo que Abdul enjugaba sus lágrimas y Laredo continuaba orando febrilmente. Watson bramó:

—¡Basta ya! ¡Recompónganse! Tenemos trabajo que hacer. Para intentar sobrevivir deberemos racionalizar la comida y buscar algún medio de cultivo agrícola que…

Pero Watson fue interrumpido por Robertson que se abalanzó sobre él y le aferró violentamente las solapas.

—¿Con que autoridad nos das órdenes, maldito bastardo?

—¿Cómo que…? ¡Con la que me ha investido el Gobierno y el Ejército de los Estados Unidos…!

—Un gobierno y un ejército que no existen ya de un país que está reducido a cenizas. Usted ya no tiene autoridad sobre nosotros.

—¡Esto es insubordinación! —reclamó y entonces Robertson le propinó un contundente puñetazo en la mandíbula que lo lanzó al suelo.

—¿Y que va a hacer? ¿Llevarme a una corte marcial? Voy a morir en unos días y no pienso seguir aguantándolo, Watson, creo que trataré de hacer todo lo que no he podido hacer en este maldito agujero antes de morir.

Greivik, los Hermanos Grimassi y Abdul lo apoyaron.

Ya habían pasado varias horas. Laredo oraba en su habitación cuando súbitamente se adentró al lugar Odriozova quien estaba muy alterada psíquicamente y que cerró la puerta por dentro pasando el cerrojo. Justo entonces resonaron los alaridos desesperados de un hombre; Watson.

—¿Qué sucede, Doctora? —preguntó Laredo alarmada— ¿Todavía siguen golpeando a Watson?

—Ya no, ahora lo están torturando.

—Dios mío…

—Traje esto —dijo mostrándole un revólver— lo introduje secretamente entre mi equipaje, sólo por si acaso se diera un caso de psicosis demasiado peligroso y generalizado que no pudiéramos controlar.

—¿Para qué lo sacó?

—No seas ingenua, ¿Cuánto crees que tarden en venir por nosotras?

—¿Venir por nosotras? No la entiendo…

—¡Oh cielos! —dijo mirando hacia el techo— ¡No puedes ser tan inocente! Los escuché hablar sobre lo que piensan hacernos hace unos minutos pero ya lo sospechaba desde antes. ¡Son hombres! Y después de meses sin sexo querrán hacerlo antes de morir…

—¿Cree usted que abusarán de nosotras?

—¡Claro que sí! ¿Qué se los impide? Ya no hay leyes ni juzgados.

—¡Eso es horrible!

—¡Hey! —dijo desde lejos la voz de Robertson— ¿Dónde están las mujeres? Creo que es hora de que tengamos algo de fiesta por aquí…

—¡Ya vienen! —dijo Odriozova con turbia mirada en su rostro cargando el revólver.

—¿Piensa matarlos con esa pistola, Doctora? —preguntó Laredo.

—No, tonta, no son suficientes balas para todos. No es para matarlos a ellos.

Laredo comprendió.

—¡No! ¡No puedo matarme! ¡Es pecado! ¡Soy cristiana! ¡No me puedo suicidar!

—¿Tienes idea del infierno que vas a pasar cuando ellos te pongan las manos encima?

—No importa, será una prueba de Dios. Prefiero soportar el infierno durante unos días aquí que durante toda la eternidad.

—¡No seas tonta! No solamente peligramos de ser violadas. Leí el perfil psicológico de Andrade y es un psicópata en potencia. Torturaba animales cuando niño y maltrataba a otros niños más pequeños, y nunca ha tenido una relación formal con una mujer. No sé cómo pasó los exámenes psicológicos… Es un psicópata sádico y tiemblo en pensar lo que nos hará.

—Lo siento, Doctora, pero no puedo suicidarme, comprenda. Además, Dios me protegerá.

—Pues bien, yo no pasaré mis últimos días de vida siendo violada y torturada. Quiero estar con mi esposo y mis hijos. Que tengas suerte Natalia —sin más trámite colocó el revólver en su sien justo cuando los hombres comenzaron a golpear la puerta metálica para intentar entrar a la fuerza y gritaban comentarios lascivos, y disparó volándose los sesos, salpicando a Laredo.

La cerradura cedió y al lugar entraron Robertson, los Hermanos Grimasi y Abdul todos armados con cuchillos y un hacha extraídos de la cocina. Robertson, que se había tornado en el líder innato del grupo, contempló el cadáver sin vida de la psicóloga y sonrió sádicamente.

—No la culpo. Fue inteligente hasta el final.

Luego tomó el revólver de entre los dedos muertos de la rusa y, junto a sus cómplices, ignoró las súplicas de Laredo.

***

Habían pasado dos días desde que los astronautas en Marte se habían dado a si mismos por sentenciados a muerte a sabiendas de que no podían regresar a la Tierra ni vendría nadie a rescatarlos ni traerles nuevas provisiones. La base estaba toda sucia pues hacía tiempo no limpiaban y tiraban la basura en cualquier lado.

En un costado yacía Watson atado a la pared. Su cuerpo mostraba las evidencias de las palizas y torturas que había padecido. Ahora sus compañeros preferían dedicar su tiempo a beberse toda la despensa de licores, hartarse de la comida que otrora hubieran racionalizado y abusar de Laredo. Bueno… todos menos dos…

Robertson se levantó y fue a evacuar su vejiga. No se molestó en ir a los baños de la base, simplemente hizo lo suyo en el casco de astronauta de Watson. Camino de regreso a la cama escuchó susurros provenientes del camarote de Greivik y se asomó observando al robusto vikingo compartiendo la cama con Tamayo.

—¡Greivik! —reaccionó atónito.

—He sido homosexual toda la vida —reconoció Greivik viéndolo de reojo— pero lo había ocultado hasta ahora. ¿Qué sentido tiene seguir reprimiendo mis deseos si voy a morir?

—Muy cierto.

La madrugada de ese espantoso día había llegado. Robertson y los demás estaban borrachos y alcoholizados, excluyendo a Abdul que no había dejado de lado sus creencias islámicas totalmente. Las súplicas que hacía Watson por agua y comida no eran atendidas. Las de Laredo sí, usualmente a cambio de favores denigrantes a los que en principio se negó por convicciones religiosas, pero que flaquearon cuando el hambre y la sed la fustigaron demasiado.

Nadie se dio cuenta cuando Andrade —que no dormía— arrastró el cuerpo de Watson lejos de su localización porque todos estaban inconscientes sea por la borrachera o el cansancio en el caso de Laredo.

La mañana llegó aunque ahora se levantaban mucho más tarde que antes, en que sus faenas comenzaban antes del amanecer. No se bañaban ni aseaban tanto como antes y desayunaban casi cualquier cosa hecha rápidamente por Abdul.

—¿Han visto a Watson? —preguntó el hermano menor Grimassi.

—¿Y a Andrade? —observó el hermano mayor.

—Búsquenlos —ordenó Robertson.

La pareja de hermanos rebuscó por toda la base que era relativamente pequeña, así que no les fue difícil encontrar el cuerpo de Watson, pero la visión del mismo los llenó de pavor. Encontraron el cadáver en la bodega atado y amordazado para ahogar sus gritos. Andrade lo había matado de una forma lenta y sangrienta.

Ambos llegaron a informarle a Robertson sobre el macabro hallazgo pero éste desdeñó la gravedad del asunto aduciendo que Watson se lo merecía y que Andrade probablemente había querido vengarse del maldito al igual que ellos. Como respuesta Robertson brindó por la muerte del odiado Watson y esto llevó a una verdadera orgía de excesos. Los tripulantes se emborracharon y se sumieron en una espiral de actos cada uno más bajo y degradante que el anterior.

Abdul se abstuvo de participar en la “fiesta” y no sentía gusto por el alcohol. Hacía días que no realizaba las oraciones musulmanas obligatorias y dudaba de su fe, pero nunca había bebido en su vida y no sentía deseos de empezar. Además comenzó a sentirse nostálgico al pensar en su familia y se alejó del resto dirigiéndose hacia el invernadero que tenía las ventanas más grandes y permitía ver bien el paisaje marciano.

Suspiró. De lejos se escuchaban las risotadas de Robertson y sus compinches haciendo cosas que prefería no imaginar. Miró el desértico panorama marciano y sus parajes helados y deshabitados, pensando que quizás eran estas siete personas todo lo que quedaba de la Humanidad.

Sintió un golpe en la cabeza que lo hizo perder el conocimiento.

Cuando despertó, se encontraba amordazado y maniatado dentro de un lugar estrecho y oscuro. Poco a poco se fue percatando, con terror, de donde estaba metido. Era el horno que había utilizado muchas veces antes para cocinar los alimentos de sus compañeros…

Por la ventanilla del horno pudo observar el rostro impávido y frío de Andrade que lo miraba con sus gruesos anteojos. Andrade ignoró las súplicas, maldiciones y esfuerzos desesperados de Abdul por liberarse y accionó el horno a máxima potencia para así cocinarlo vivo…

—¿Sigues siendo cristiana, Laredo? —le preguntó Robertson a la medianoche. A la joven la mantenían con las manos atadas a la espalda para evitar que intentara matarlos o suicidarse.

Laredo rió:

—¿Piensas que todavía creo en Dios después de esto? ¡Por favor! Dios no existe. Un Dios de amor jamás habría permitido todo esto. Y si existe, el desgraciado infeliz es un sádico asqueroso y lo odio. Debí escuchar a Odriozova…

Robertson rió y luego lloró, con una cierta locura en sus ojos que Laredo notó. Ella misma sabía que ya no estaba del todo cuerda, ni ella ni ninguno de las personas allí presentes, si aún podían llamarse personas.

—Siempre quise ser un oficial —dijo Robertson mostrando un profundo dolor por sus sueños frustrados— todas mis aspiraciones, los sacrificios que hice durante años por mi carrera, fueron truncados. Ahora que el mundo fue destruido y todos han muerto… nunca podré hacer realidad mis sueños… ser un general condecorado y respetado, tener a miles bajo mi mando… quizás hasta optar por la carrera política algún día. ¡Maldita sea! —se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y luego tomó una pistola a la que le sacó todas las balas menos una y le dijo a Laredo: —¿Quieres jugar a la ruleta rusa?

Laredo asintió, entusiasmada.

Mientras Laredo y Robertson jugaban a la ruleta rusa, el Hermano Menor Grimassi había sido tomado prisionero por Andrade cuando estaba borracho vomitando en el baño. Lo estranguló con un cable eléctrico.

El Hermano Mayor Grimassi los encontró al entrar al baño pero estaba demasiado impresionado por la visión para reaccionar, así que Andrade le propinó una patada en el abdomen y luego un puñetazo que lo hizo caer y se ocultó rápidamente entre el caos de la base.

Robertson jaló el gatillo con el cañón en su sien pero el arma no se disparó y el casquillo sonó vacío. Luego apuntó a la cabeza de Laredo pero se interrumpió por el alboroto que llegó a sus oídos. El hermano sobreviviente sollozaba desolado mientras abrazaba el cuerpo horriblemente asesinado de su hermano. Tamayo también había llegado a observar y comenzó a gemir histéricamente.

—¡Cállate! —ordenó Robertson exasperado por el ruido que producían los alaridos de Tamayo mientras contemplaba el cadáver y maldecía a Andrade, pero Tamayo no lo obedeció. —¡Te dije que te callaras! —repitió entre dientes.

Luego un disparo resonó por la base militar seguido del sonido sordo de un cuerpo cayendo al suelo. Robertson le había disparado a Tamayo para acallarlo. Nadie dijo nada, excepto Laredo lamentándose

—¡Y pensar que esa bala me tocaba a mí!

—¿Dónde está? ¿Dónde está ese maldito? —preguntaba Grimassi indignado y con gruesas lágrimas corriendo por sus mejillas.

—Se oculta entre las paredes como una rata —murmuró Robertson mientras cargaba su revólver— vamos a buscarlo y darle muerte.

—Pero quiero atraparlo vivo —comentó el hermano con rabia en su mirada.

Los dos soldados rebuscaron por toda la base en persecución de Andrade, cuando Robertson cayó en cuenta de algo y dijo:

—¿Dónde están Greivik y Abdul?

—Ese maldito debe haberlos asesinado.

Su conversación fue interrumpida por los gritos que provenían de la bodega. Corrieron hacia la fuente y en el interior encontraron a Greivik atado a una silla. Había sido rociado con combustible y encendido como una antorcha.

Mientras Robertson y Grimassi contemplaban horrorizados a su amigo quemándose vivo escucharon la puerta de la bodega cerrándose de golpe y corrieron hacia ella demasiado tarde. Andrade los miraba desde afuera a través del vidrio de la ventanilla con su mirada fría tras enormes anteojos. Robertson le apuntó con la pistola pero pronto se escabulló saliendo de su vista. Entonces le disparó al llavín logrando abrirlo y salió al pasillo donde, tarde, le llegó el hedor a gas.

—¡Al suelo! —gritó.

El ruido de una explosión resonó ahogado por las gélidas ventiscas marcianas, pero su eco reverberó brevemente por las inhóspitas montañas de piedra rojiza que rodeaban la base. El estallido dejó un boquete en una de las áreas de la estructura y a través de ella penetró el viento y el polvo marciano.

El plan de Andrade había funcionado. Pensó que si no murieron en la explosión murieron asfixiados por la falta de atmósfera. Cerró las áreas que conectaban con la bodega ahora reducida a trizas y se dirigió a la cocina.

Allí estaba Laredo que lo miró con terror reflejado en los ojos. Andrade tenía un cuchillo filoso para cortar carne en la mano… y Laredo sabía que no pretendía matarla.

Miró hacia el cielo y dijo:

—¡Maldito seas Dios! ¡TE ODIO!

Aunque estaba maniatada y sabía que escapar era inútil, lo intentó. Andrade la aferró del cabello y la lanzó a la fuerza sobre un catre. Luego tomó el cuchillo y comenzó a hacerle cortes en la espalda. Cortes dolorosos pero no fatales… él quería tomarse su tiempo esta vez…

Laredo escuchó el sonido de un arma preparándose para disparar seguido de la voz de Robertson, pero pensó que su mente alucinaba por el pánico.

—¡No te muevas, infeliz! —exclamó con odio el militar.

Andrade se volteó, impávido como siempre. Robertson mostraba heridas sangrantes y quemaduras en su cuerpo, tenía la ropa sucia y andrajosa y apuntaba el arma a la cabeza de Andrade con la mano derecha mientras la mano izquierda estaba severamente quemada y la sostenía en un puño tembloroso contra su propio pecho. Robertson había sobrevivido la explosión y se escabulló como pudo dentro de la base rápidamente. Grimassi no tuvo la misma suerte.

—Suelta el cuchillo —le ordenó.

Pero Andrade sabía lo que le podía esperar por parte de Robertson y Laredo y con su característica actitud lacónica, se enterró el cuchillo en el estómago, y luego se desplomó sobre el piso, aún vivo pero con una herida mortal que empezó a teñir el suelo en un charco de sangre que incrementaba rápidamente.

La televisión que hasta ese momento transmitía pura estática comenzó a mostrar imágenes en video y sonido. Las transmisiones revelaban una multitud celebrando con pancartas de mensajes de paz rodeando el edificio de Naciones Unidas.

En los reportes noticiosos se escuchaba la voz de la mujer periodista que había prorrumpido en llanto hacía unos días reportando el bombardeo nuclear, pero esta vez decía:

—Lamentamos la interrupción de nuestra transmisión que no ha llegado desde hace varios días a ciertas zonas alejadas debido a la desactivación de algunos satélites.

Gracias a los sistemas de escudos antimisiles utilizados por diferentes países se logró interrumpir a tiempo el bombardeo nuclear tanto por parte de la OTAN como de Rusia, China y Corea del Norte evitando así el estallido de todos los misiles atómicos lanzados. Actualmente la Asamblea General de Naciones Unidas se encuentra discutiendo un nuevo tratado de paz y desarme atómico…

—¡Atención Misión Ares! ¡Atención Misión Ares! ¿Me escuchan? —dijo una conocida voz a través del radio comunicador. —Nos disculpamos por el retraso en transmitir pero, por si no han visto las noticias, estuvimos al borde de la guerra nuclear y sufrimos problemas técnicos por ataques informáticos. Hace algunos días partió la misión de relevo, llegará donde ustedes en una semana y media para que puedan regresar a casa. ¡Bienvenidos de vuelta!

Y tras esto, se escuchó la carcajada fría, cacofónica y perturbada de Andrade quien yacía en el suelo poco antes de expirar.

Fue la primera vez que rió…

FIN

Muchas gracias a Daniel por este relato.

Recordemos que Daniel está participando con este relato en el Desafío del Nexus de Febrero, así que si les gustó, manifiéstenlo pulsando el botón “Me gusta” de facebook.

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