Llega el tercer participante de nuestro Concurso de Relatos de Ciencia Ficción, se trata de nuestro amigo y habitual colaborador, el autor e ilustrador Joseín Moros, quien nos trae una historia con principio y fin, pero que sugiere una posible continuación, y espero que así sea, pues esta historia inicial está muy interesante.

Ilustración CRONICAS DE PIL

 CRONICAS DE PIL

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p align=”center”>El objeto azul

Recuerdo, cuando pequeño, al día siguiente de la misteriosa tormenta de arena, aquella jornada entre los basureros, allí comenzó la metamorfosis de mi destino.

Los niños corríamos, entre rascacielos moribundos, hasta el lugar donde los transportes voladores arrojaban su carga maloliente.

Nos abalanzábamos al escuchar el ruido de las pequeñas naves. Todo ocurría mientras el mundo se ahogaba en un caos de catástrofes climáticas, revueltas monumentales, hambrunas, guerras y la mayor huida de la humanidad.

En la, nunca antes vista, duna de arena, encontré el objeto azul, entonces lo guardé dentro de mi ropa.

Tenía casi llena mi bolsa cuando de repente el suelo comenzó a temblar, miramos al cielo después de buscar apoyo, escombros enormes caían de los rascacielos, con toneladas de arena que se habían acumulado en las azoteas durante la tormenta.

Los fuegos de la flota, allá en las alturas, hicieron brillar la tarde como un mediodía.

Uno de los flacos adultos agitó el puño, y gritó obscenidades, cuando las naves se redujeron a un punto brillante como un ojo maligno del cielo.

— ¡Gordos malditos! Ojalá se pierdan en el vacío y mueran devorándose unos a otros.

La palabra “gordo” podía iniciar una matanza en cualquier parte. Imaginábamos la cantidad de comida necesaria para lucir papadas, barrigas y mejillas hinchadas de grasa, como aquellas personas en las pantallas públicas. Odiábamos a quienes tragaban, de una sola vez, lo que nosotros consumíamos en muchos días.

En contradicción al resentimiento contra la flota, hubo un gesto inconsciente, empuñamos en nuestro cuello una lámina, de material casi indestructible, y musitamos palabras prohibidas de expresarlas en voz alta.

Esa pequeña chapa era nuestra diosa esperanza; yo no sabía leer, sin embargo veía todas las mañanas el rectángulo de números y letras, representaba mi oportunidad de salir en aquella lotería mundial y ganar un pasaje hacia el espacio. En las pantallas cada mes mostraban los ganadores, mucha gente decía que también era una falsedad, sin embargo nadie quería creerlo por completo.

Cuando la calma volvió la gente comenzó a gritar, los niños nos manteníamos amontonados. Nunca antes esto había ocurrido.

—Van hacia un planeta lejano —gruñó una voz gruesa.

—No, a un asteroide —exclamó otro.

—Sí, con ciudades adentro, y motores para viajar —oímos decir, demasiado cerca, y con precaución nos alejamos.

—El asteroide está en órbita alrededor de la tierra —corrigió un individuo encorvado, mientras brincaba esparciendo arena.

—No es cierto, está más allá de Marte —vino otra corrección.

—Saldrán en un planeta volador, desde Júpiter —este otro miraba a los lados con gesto de maldad.

—Los noticieros hablan de una flota alrededor de la tierra —era uno de los más viejos, aunque debía estar cercano a los cuarenta años.

—Mentira, mentira. Viene el fin del mundo. Lloverán piedras de hielo y los océanos arrasarán la tierra. Por eso los gordos escapan —gritó un hombre alto y muy sucio, armado con un machete; los niños pasamos la mano temblorosa por nuestros pedazos de metal afilado.

La palabrería, desordenada y repetitiva, fue interrumpida por la llegada de pájaros negros y enormes. Posados en el suelo podían mirar cara a cara cualquiera de los adultos. Empezaron a tragar toda clase de basura, hasta piezas de metal y a estas las regurgitaban sin contratiempo. Parecían loros con cuerpo de pelícano, cuello escamado como serpiente, y largas extremidades similares al gallo, con la respectiva espuela asesina. Habían sido creados, siglos atrás, para aquella tarea. No era sensato molestarlos, si te mataban de un picotazo de inmediato tragaban el cadáver sin mostrar remordimiento. El chirrido de sus voces erizaba la piel, su olor producía vómitos y alejaban los curiosos con mucha facilidad.

Los niños corrimos hacia los edificios, permaneciendo alejados de los adultos. Nos movíamos en grupos, casi siempre superiores a veinte. Unos cuantos hombres, al correr para alejarse de las carroñeras, miraban esperando que alguno de los pequeños quedáramos rezagados, no desperdiciarían la oportunidad de llevarse un valioso muchacho.

Mientras sorteábamos escombros, un zumbido repentino me obligó a mirar hacia la izquierda, dos individuos, con una bolsa enorme, estaban agazapados. Grité y mis amigos saltaron, mostrando los puñales, ellos decidieron huir y continuamos corriendo para alejarnos de las aves.

Nos apresuramos para regresar antes del anochecer. Avanzábamos por el centro de una avenida, esquivando montañas de arena y enormes grietas de donde emergían árboles formidables. Veníamos seguidos por al menos cincuenta pandillas de niños; como siempre, no permitíamos la cercanía de otro grupo, era posible ser asaltado para quitarnos la placa de lotería y la comida recolectada.

De improviso sentí un zumbido, casi doloroso, sin saber porqué grité para desviarnos. Algo en mí voz debió ser convincente y, aunque yo era uno de los más pequeños y de ninguna manera líder, me siguieron. Observamos pasar la multitud, cada uno sólo preocupado por la seguridad de su pandilla.

De los edificios surgieron hombres portando bolsas, venían armados con garrotes y cuchillos, mataban a los mayores y escapaban con los más pequeños. Muchos continuaron corriendo y siguieron apareciendo más individuos que los atrapaban al pasar. Uno de ellos nos vio apretujados en la esquina, gritó y un puñado vino en nuestra dirección. Abandonamos los paquetes y corrimos largo rato entre construcciones vacías. Los perseguidores se había dividido en tres grupos para atenazarnos, nuestra velocidad estaba limitada por los menores en edad, yo entre ellos. Entonces el zumbido me detuvo, grité y corrí hacia la planta inferior de un rascacielos, inmensa como un estadio techado. Titubeando los niños me siguieron, sabían que si nos encerraban dentro de una edificación estaríamos condenados.

Me sentí arrastrado en la carrera, atravesamos entre arbustos, escombros y osamentas, bajamos largas escaleras eléctricas, casi derrumbadas. Llegamos a un nivel inferior, en la penumbra seguí corriendo y entré en una habitación, resultó ser un ascensor enorme, sin saber de dónde me salió la idea salté y oprimí una placa. Sonó un crujido que me pareció delator, la puerta se fue cerrando con lentitud. En la oscuridad oí la respiración agitada y el llanto contenido de mis compañeros, acostumbrados a guardar silencio en situaciones de vida o muerte.

Casi gritamos al sentir la presión contra el suelo. Los crujidos nos asustaban, creíamos que podían delatarnos, en realidad eran demasiado silenciosos para salir del titánico rascacielos. Fue una fortuna, inexplicable para nosotros, que estos mecanismos de un moribundo edificio inteligente, todavía respondieran.

Llegamos a una terraza medio derruida, podíamos ver, muchos niveles abajo, el cadáver de un navío mostrando su esqueleto. Aunque estábamos en una zona tropical, el viento era frío. Nos asomamos hacia las calles, había un hormiguero de puntos diminutos, eran más salteadores que continuaban llegando. Algo extraño e incomprensible, para nosotros, estaba ocurriendo en la ciudad.

El sudor casi se congeló sobre nuestros cuerpos y empezamos a temblar, los niños miraban mi cara esperando la siguiente instrucción. Sentí el zumbido y a pesar de la oscuridad, que estaba comenzando a caer, me atrajo un portal metálico, desprendido tal vez por un rayo. Descendimos varias escaleras, y al sabernos casi a salvo iniciamos una conversación en cuchicheos, uno a la vez, como nos habían entrenado nuestras familias.

— ¿Qué hacemos Pil? —al fin me preguntó el mayor de los niños.

—Bajemos hasta encontrar menos frío —contesté, como si la respuesta la hubiera pensado desde antes. Nadie hizo preguntas y continuamos.

Me impresionó un estrecho hueco en la pared y, con alguna dificultad para los mayores, por allí penetramos. En la oscuridad descubrí una compuerta sólida y pequeña, muy oculta por escombros. Sobre nuestras cabezas corrían miles de tubos y cables, al parecer habíamos entrado a un área de acceso restringido, parecía que estábamos en las entrañas de una estación espacial.

El ruido de ratas nos tranquilizó, no moriríamos de hambre si quedábamos sitiados.

—Espera Pil —murmuró uno de los mayores—, no veo nada.

—Yo tampoco —dijeron otros niños.

—Hagamos una cadena, seré el primero.

Avanzamos despacio, tratando de no tumbar algún objeto pesado; todos sabíamos, que en la noche, los sonidos alcanzan distancias enormes. Imaginábamos los criminales con sus orejas pegadas a las paredes del edificio.

La cantidad de telaraña, rozando nuestra cara, nos reanimó; hacía mucho tiempo nadie pasaba por allí, la ausencia de olor a gente reafirmó nuestro alivio. Alcancé la fuerte compuerta y el zumbido en mi cabeza se repitió, me sentí descansado, había llegado al lugar donde permaneceríamos escondidos al menos esa noche. Me colgué de una palanca y en silencio se abrió hacia afuera, fue fácil cerrar y asegurarla con un mecanismo giratorio interior. El aire estaba respirable y tibio, intuí en un instante que el recinto contaba con autonomía total.

Vislumbré mucho espacio en el suelo y me dejé caer, la negrura era intensa pero mi tranquilidad calmó a los demás niños. Al cabo de corto tiempo, como animales, todos dormían. Formábamos un montón, los más pequeños en el centro, nadie roncaba, se mantenían alerta incluso descansando. Yo no podía dormir, me preocupaba no saber dónde nos encontrábamos y desconocer la ruta hacia el sector para obreros, allí nuestras familias esperaban comida.

El último cierre de fábricas había sido una calamidad terrible, pasamos a formar parte de multitudes en largas filas esperando alimentos. Se acabó la vigilancia policial aérea. La gente se organizó en pelotones de guardia, pero el vandalismo contaminó hasta personas que antes nunca lo habríamos sospechado. Mi padre fue muerto cuando helicópteros lanzaban comestibles a multitudes embravecidas, mi madre y dos hermanas vivían escondidas con las viudas, esperando nuestro regreso para comer desechos. Ellas no podían mostrarse en las calles sin compañía masculina, habrían sido linchadas al final de cosas peores. Santones y curanderos atribuían a las mujeres los más repugnantes males, incluso se les culpaba de la mortífera sobrepoblación del mundo, por incitar a los hombres al mostrarse a la vista de todos.

Algo molestó mi pecho, pensé en una araña, al pasar la mano por allí encontré arena, nunca antes la habíamos visto en tal cantidad sino hasta después de la tormenta de polvo. Recordé la pantalla gigante de nuestro sector, esa mañana había mostrado, al otro lado del mundo, enormes remolinos ascendiendo desde un desierto. Mostraban lechos secos de dos ríos, desaparecidos hace tiempo, el Tigris y el Éufrates. Narraron, ayudados con mapas, cómo habían viajado millones de toneladas de partículas hasta nuestro cielo, desde el lugar donde cierta gente llamada Los Sumerios fundó Ur, la primera ciudad de la humanidad. Aquellos nombres se me habían quedado grabados en la memoria. No tuvimos tiempo para asombrarnos, oímos las pequeñas naves y salimos corriendo hacia los basureros, donde encontré el objeto azul.

Al amanecer desperté a mis compañeros, el interruptor de iluminación no funcionó, entonces entreabrí la puerta y mis amigos pudieron ver. Quedaron maravillados, estábamos en un enorme almacén, los estantes contenían comida de larga duración, líquidos hidratantes, accesorios de campaña, variedad de ropa e instrumental médico robot. También hallamos los restos de una persona frente a una caja, y sobre ella, la pequeña estatua de una mujer amamantando un niño. Soltamos risas nerviosas al ver el seno, la cara y el cabello de la figura; poseer algo así era varias veces suficiente para ser linchado por las honorables familias de cualquier lugar del mundo. No sé de dónde me salieron las palabras, aunque sólo fueron susurros.

—Era un hombre y estaba rezando a su diosa. Miren alrededor, todo esto lo preparó él y su gente, parece que nos esperaban. Él murió de viejo, mucho antes del nacimiento de los abuelos de nuestros abuelos.

Ninguno de los niños miró hacia mí, sin dudar habían aceptado mis palabras. Hicimos tres reverencias y caminamos hacia atrás. Hallé una linterna, como si ya supiera dónde se encontraba, y cerré la puerta. En silencio buscamos alimentos, en el suelo comimos y bebimos sin hablar, llorábamos por nuestras hambrientas familias. Nosotros no teníamos una fe definida, al igual que la inmensa mayoría de la población de la tierra, poseíamos sólo un revoltijo de supersticiones mezcladas con verdades científicas y dogmas salidos de todas partes; por ejemplo: sabíamos cómo se producían los rayos y las tormentas, pero también creíamos que entes malignos podían gobernarlos.

—Allí está una sala con lavarropas, ducha y compuertas para desperdicios, esto es un sistema aislado y hermético —murmuré al final de la comida, hablando de algo que nunca en mi vida había conocido—, no debemos dejar escapar olores ni atraer moscas, llamarían la atención de los rastreadores que están recorriendo los edificios.

Aunque los anaqueles rebosaban, asumimos que ésta sería la única alimentación del día. Yo no había dicho nada respecto a quedarnos, pero mis compañeros vieron cuando acondicioné bolsos de dormir para los más pequeños. Luego nos bañamos y les expliqué cómo limpiar nuestros cuerpos, con un líquido suministrado desde una llave en la pared, para curar multitud de escoriaciones infectadas que poseíamos. Escogimos vestimenta y zapatos, por fortuna las suelas eran silenciosas.

Cuando revisé mi ropa, antes de lanzarla por una compuerta de reciclaje, no encontré el objeto azul que había recogido en el basurero. Entonces dudé respecto a su existencia.

Salí del refugio y los niños tras de mí, nunca me pregunté respecto a su comportamiento, aún no tengo firme explicación para aquella aceptación de mi autoridad. En el mismo nivel del edificio llegamos hasta un ventanal inmenso, con agujeros y quemaduras, intuí fueron producidos por armas desde antes de la llegada de nuestro benefactor, quien yacía en el refugio secreto; no habíamos tocado ni el polvo alrededor de sus huesos.

Por primera vez en nuestras vidas vimos el horizonte, el sol de la mañana estaba oculto por corpúsculos arenosos en la atmósfera, y una tonalidad sangrienta manchaba infinidad de agujas apuntando al infinito. La mayoría de aquellos rascacielos estaban desocupados, la población se aglomeraba en los sectores donde repartían comida. Cada edificio fue diseñado para ser independiente, como un ser vivo, pero el vandalismo y las inclemencias de una atmósfera enloquecida, los estaba matando con lentitud.

Sentí el zumbido y mi piel se erizó. Me lancé al suelo y todos los niños hicieron lo mismo, como si fuéramos un cardumen de sardinas espantadas. Quedamos fascinados con la escena en la distancia, era el inicio de un combate aéreo, algo que nunca habíamos visto. Dos nubes, similares a mosquitos, luchaban, en pocos segundos la batalla se aproximó, pudimos oír explosiones de navíos cuando se precipitaban contra los edificios.

—Ya no hay más transportadores al espacio, se acabó la lotería de pasajes, los gobernantes escaparon de la tierra —dije en voz alta, como si lo hubiera expresado el locutor de una pantalla pública.

— ¿Se fueron los “gordos”? —preguntó uno de los niños más pequeños, temblando de miedo, con la mejilla contra el suelo arenoso.

—No todos pudieron, los que siguen aquí, luchan entre ellos en todas partes del mundo —el edificio vibraba y podíamos ver muy cerca diferentes clases de navíos. El fuego en muchos rascacielos, a pesar de sus propios sistemas de protección, se estaba incrementando, y había transcurrido menos de un minuto.

De repente el zumbido en mi mente cambió, salté y corrí hacia el refugio, dejé pasar a todos y cerré la compuerta, el mayor encendió una linterna y aquella penumbra nos calmó, habíamos quedado deslumbrados por el brillo de las explosiones.

—No se oye nada —gritó un pequeño.

—Estamos ensordecidos por el ruido. Todos al suelo —ordené gritando, casi no podía oír mi voz.

Transcurrieron pocos minutos, a través de nuestros estómagos percibíamos los efectos de las detonaciones, con seguridad el edificio recibió un impacto de algún navío. Pensé levantarme, pero el zumbido en mi cerebro se tornó calmante y continué acostado. Todos me observaban, listos para imitar mis acciones. Entonces llegó la tranquilidad.

Me alcé y busqué recipientes de la comida más apetitosa. Los repartí, comunicándonos por señas, para no gritar, continuábamos aturdidos. Así transcurrió todo el día, mis compañeros se durmieron por el efecto de los estómagos llenos. Me levanté para mirar el esqueleto del hombre frente a la imagen, observé que ésta no se había caído. Los estantes estaban fijados al suelo con tornillos, pero varias cajas se habían derrumbado de los paneles. Por mi mente de niño ningún pensamiento paseaba, sólo miré los huesos y la figura de la mujer; entonces fui a dormir.

Cuando abrí los ojos era el día siguiente, lo sabía por la sensación de apetito, mi cuerpo pedía más, en vista que había mucha comida a su alcance. Todos despertaron, experimentaban la misma sensación de hambre desbordada y me miraron en silencio.

—De ahora en adelante comeremos tres veces al día, necesitamos fuerza para lo que viene —quedé contento porque pude oír mi voz bastante bien.

— ¿Nos convertiremos en “gordos”? —preguntó atemorizado el más pequeño.

Reí por primera vez desde la mañana anterior, cuando habíamos partido en grupo hacia los basureros. Parecía como si hubiera transcurrido mucho tiempo.

—No, sólo nos haremos fuertes, no tengas miedo —y todos reímos, para no pensar en nuestras familias que tal vez ya habían muerto.

A continuación encendimos muchas linternas, sabíamos que podían funcionar casi por siempre.

— ¿Qué es eso en la pared Pil? —preguntó el mayor.

Por encima de un escaparate lleno de zapatos, cocinillas capaces de funcionar siglos y grandes estuches para emergencia médica, había trazos muy toscos. No tenía forma alguna que pudiéramos reconocer. Lo miré con atención, y hablé en cuchicheos.

—Es un mapa. Miren el círculo, es nuestra ciudad, vean el otro, iremos para allá, después de atravesar selva, llanura, montañas, y ríos. ¿Lo ven? No olviden. Luego lo borraremos.

Transcurrió un largo momento y todos fueron asintiendo con sus cabezas. Estábamos familiarizados con cartografías, siempre aparecían en los noticieros, porque a las multitudes les gustaba saber que los peores acontecimientos estaban ocurriendo muy lejos. Sin embargo, con este pobre dibujo, nos fue suficiente para adivinar la inconmensurable magnitud de la empresa que teníamos por delante.

De vez en cuando llegaba el sonido de vehículos voladores, no abrimos la compuerta y mantuvimos el mayor silencio en nuestras actividades. Aliviábamos la tensión ocupados en nuestro pasatiempo favorito, luchar cuerpo a cuerpo y simular peleas a cuchillo, encontramos unos de apariencia aterradora, livianos y bien afilados; por nuestro tamaño parecíamos enanos con espadas.

Una noche desperté, mis compañeros, al sentir el movimiento, abrieron los ojos y esperaron mis acciones. Dormíamos vestidos y con zapatos, listos para huir si fuera necesario. Corrí hasta los estantes y busqué una capa impermeable oscura, todos fueron a imitarme. Entonces murmuré las instrucciones de mi mente.

—Sólo bajaremos los dos mayores y yo, los demás permanezcan preparados. Al regresar daremos un toque en la puerta, después dos y otra vez uno, para que nos abran —la mayoría sólo sabía contar hasta cinco.

Nadie habló, pero decidí explicar un poco más.

—Está lloviendo y vienen niños buscando este edificio. Los esperaremos en la entrada de las escaleras eléctricas.

Entonces salimos y los tres bajamos en el mismo ascensor por donde habíamos llegado, portábamos linternas apagadas y en la cintura los cuchillos nuevos. Cuando llegamos a la planta baja la oscuridad era intensa, permanecimos dentro del elevador, el fuerte viento producía una lluvia casi horizontal y al poco tiempo chorreábamos agua a pesar de estar bajo techo.

Entre relámpagos, vimos llegar dos filas de niños, tambaleándose caminaban en pareja, la primera tenía débiles linternas y también la última; los mayores traían cargados otros pequeños. Para mis dos amigos era imposible distinguir sus detalles.

—Pil, Pil —comenzaron a murmurar los recién llegados, en voz muy baja.

Quedé sorprendido, y al ver tantas cabezas rapadas mi confusión fue mayor.

En ese mismo instante vi dos hombres, llegaron encogidos como fieras repulsivas, y se escondieron debajo de las escaleras por donde la fila venía bajando, comprendí con toda claridad sus intenciones. Entonces hablé muy cerca de mis dos compañeros.

—Esperen un momento, y prendan sus linternas, iluminen el suelo. Déjenlos entrar y suban sin esperarme. Hay dos bandidos bajo las escaleras, los vienen siguiendo, están espiando para conocer el escondite hacia donde van. Toma mi linterna, dame tu cuchillo, ellos no pueden verme, envíen de vuelta el ascensor —aquellas armas, en mis manos de niño, las sentí enormes, pero me transmitieron tranquilidad.

Todo parecía estar ocurriendo con lentitud. Me acerqué a los dos criminales, pude sentir su fetidez. El ruido del viento no les permitió oírme, estaban fascinados con la fila de niños, a pesar del frío sudaban de excitación. Los imaginé con sus orejas pegadas a la puerta del ascensor, para deducir a qué altura se detendría; luego traerían su pandilla y subirían para efectuar la redada.

En el siguiente instante me vi retrocediendo hasta una pared, cada salteador tenía un cuchillo enterrado en el centro de su estómago, el lugar menos resistente para mis brazos infantiles, y poblado por grandes vasos circulatorios. Percibí calor en la frente y en los muslos, un tajo lanzado a ciegas me había cortado hasta el hueso y además me estaba orinando. Guardé silencio, los dos heridos continuaban puñaleando el aire, se hirieron varias veces mientras yo podía observarlos con toda claridad. Parecían ciegos enloquecidos luchando a muerte. Al fin cayeron, uno ya cadáver y el otro duró corto tiempo hasta que dejó de respirar. Recogí los cuchillos que se habían arrancado del cuerpo y tambaleándome fui hasta el ascensor. Mis amigos lo habían enviado de regreso. Antes de caer intenté saltar y presionar la tecla de arranque, no pude hacerlo, entonces oí mi propia voz.

—Sube ascensor.

No me di cuenta si el edificio oyó la orden.

Un momento después abrí los ojos, vi cuatro sombras, y de nuevo perdí el sentido.

— ¿Dónde están? —pregunté después, acostado sobre mi cobija ensangrentada. Sentí la confusión de mis compañeros, superpuesta al miedo.

—Detrás de los estantes —contestó el mayor.

Continuó un silencio extraño.

—Pil, no lo vas a creer —dijo el más pequeño y no finalizó, alguien lo había detenido, entonces murmuré, cerca de otro desmayo.

—Son niñas. Se cortaron el pelo y vistieron ropa de muchacho. Deben seguir así, ellas irán con nosotros.

El silencio volvió y lo rompí de inmediato.

—Necesito un espejo y mucha luz. Traigan una de las cajas de emergencia médica. Sigo perdiendo sangre, alguno de ustedes deberá sellar los vasos, desinfectar el hueso, juntar la piel y poner grapas; le explicaré cómo programar el instrumento robot.

Los niños se estremecieron de temor, ante la responsabilidad de aquella tarea.

—Yo lo haré Pil, mi padre fue médico —la voz era de la niña que vino de primero en la fila.

Todos voltearon para no ver su cara y cuello descubiertos; aunque los más pequeños comenzaron a mirarla de reojo.

—Gracias —suspiré con alivio.

La miré a los ojos y pude sonreír, uno a uno movieron sus cabezas hacia ella, luego emitieron risas nerviosas.

— Estábamos en uno de los campos de concentración para viudas y huérfanas, soñamos lo mismo durante noches. Vimos la ruta entre las calles y aunque no distinguimos tu cara dijiste: “Soy Pil, vengan a nuestro refugio”.

Dejé de oírla y comencé a soñar.

Vi como desde el pecho de un anciano el objeto azul salió caminando sobre seis patas, entonces supe su nombre: escarabajo. Aquello era una ceremonia repetida numerosas veces, en un pasado cuando había mares y ríos, ahora desaparecidos, y casi no había gente en el mundo. Muchos de aquella tribu lo creían caído del cielo, otros traído por seres divinos desde lo alto; en esa remota época no tenían idea del espacio exterior, como ahora conocemos. Pensaban que los cuerpos celestes eran algo así como dioses. El escarabajo azul se derritió, en el pecho de una mujer. Entonces todos cayeron de rodillas frente al nuevo guía. A continuación, por siglos, vi prosperar aquella tribu, el objeto azul pasaba a otro elegido cuando el anterior estaba próximo a morir.

Un día hordas extrañas arrasaron aquella gente, el escarabajo quedó sepultado hasta que la tormenta de arena lo desenterró, y lo trajo a nuestro cielo, desde donde cayó al basurero y yo lo encontré.

No pude comprender muchas imágenes de mi sueño. Tal vez el objeto azul es un enlace con la conciencia galáctica de una raza que trascendió el nivel físico; hasta ahora me gusta imaginarlo así.

Mientras inicio estas crónicas, medito en los adoradores de la dama amamantando un niño, quienes suponemos anticiparon nuestras necesidades; también sobre las multitudes escapadas de la tierra.

Ahora debo dormir, ya no soy joven, continuaré mañana.

Autor Joseín Moros.

Joseín Moros es un colaborador habitual de La Cueva del Lobo y aquellos de ustedes que deseen leer sus otros cuentos, pueden revisar la etiqueta “Joseín Moros”.

Felicitaciones Joseín, excelente relato, esperamos ver la continuación de estas crónicas y te deseo mucha suerte en el concurso 🙂

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