Recibimos ahora a un nuevo escritor en nuestro concurso de relatos, Manuel Herrera, quien nos brinda una historia ambientada en un futuro cercano, demasiado cercano…

Dawn_by_freelancahImagen:  Dawn por Freelancah

Ada a la Medida

Autor: Manuel Herrera.

Hace mucho tiempo atrás conocí a un joven. Por las razones descritas en el transcurso de este testimonio, no puedo decir su nombre; sencillamente lo llamaré “él”, debido a que en este relato los únicos dos personajes somos nosotros. De los rincones más apartados de mi fugaz memoria se han volatilizado ya la mayoría de los recuerdos referentes a él, y es una lástima pues muchos de ellos eran realmente hermosos. De cualquier forma, ninguna de esas anécdotas vienen al caso para lo que estoy por contar; ésta no es una historia de amor ya que nunca amé a ese muchacho, aunque él me quiso con todas sus fuerzas.

Siempre fui una mujer solitaria hasta el momento en que nuestras vidas se cruzaron. Ambos estudiábamos medicina, y su compasión por la humanidad me abrumó incluso antes de interactuar con él. Era más que introvertido cuando empezamos a salir, pero no dudó en abrirme su corazón cuando se dio cuenta de mi interés por él. Le gustaba mucho hablar y a mí callar; eso me hizo pensar en que formábamos una muy buena pareja. Se notaba que era una persona con demasiadas cosas por decir pero nadie a quién decírselas, de forma que mi arribo a su vida representó un desahogo de años viviendo en la soledad de sus pensamientos. Para mí fue refrescante la idea de que pudiera significar tanto en la vida de otra persona, y me hizo feliz el conocimiento de que llenaba de dicha a alguien más solamente con el hecho de existir. Eso fue lo que me hizo corresponderle cuando me pidió que fuera su novia.

Me llevó a su hogar y aprendí un poco sobre su modus vivendi. Vivía solo en una enorme casa que heredó de su último pariente en morir. De más está decir que era un completo desastre: platos sucios y envases de comida rápida desperdigados por doquier, océanos de ropa que impedían determinar el aspecto original del suelo, papeles de cualquier tamaño empleados para tomar notas ininteligibles… En su domicilio se encontraban reunidas todas las formas de desorden conocidas por el hombre, pero eso no me era de gran importancia pues lo único que deseaba de él era su compañía y nada más. A menudo nos sentábamos a charlar en el único espacio hermoso de su residencia: un ventanal que daba con el paisaje más sereno del planeta, provisto de una elegante cortina de seda blanca que parecía inmune al omnipresente polvo de la estancia. El se encargaba de mantener ese lugar en total pulcritud ya que allí solía contemplar con su madre los atardeceres anaranjados, antes de que se fuera para no volver.

Sentados uno frente al otro en el grueso borde del ventanal, pasábamos días y horas deliberando sobre cualquier cantidad de tópicos imaginables (e inimaginables también). Desde axiomas disparatados hasta complejas explicaciones sobre los orígenes del todo… Llegamos inclusive a desarrollar una teoría sobre la hormona responsable del amor (toda una quimera, aunque bastante plausible desde un punto de vista científico). De él recuerdo en particular una deducción por completo disparatada cuando se encontró la cura a una enfermedad erradicada ya de la faz de la Tierra: el SIDA. Decía que el SIDA nunca existió y que su existencia se inventó para contrarrestar el frenesí sexual de la época. La personas que creían estar enfermas del SIDA morían pero de hipocondría (o de intoxicación por barbitúricos, cuando la sugestión médica no bastaba). El fraude perfecto: una enfermedad viral de transmisión exclusivamente sexual. Eso hacía casi imposible demostrar la no existencia de un ser vivo tan diminuto como el VIH en el huésped. Y lo mejor de todo: la única enfermedad de la que se puede padecer sin presentar síntomas. El complot internacional cesó cuando un farmacéutico de Sri Lanka dijo públicamente haber inventado una vacuna contra el letal flagelo de la humanidad. Por supuesto que su declaración fue una mentira, pero con ella desmanteló una conspiración que mantuvo a la sociedad médica dividida durante décadas, y que cobró en vano muchas vidas solamente por evitar que el género humano llevara a cabo con libertad una función vital tan normal como cualquier otra, aunque quizás la más hermosa y especial de todas.

Por supuesto que yo no compartía con él ni ésta ni muchas otras de sus creencias. Aunque en el fondo, pienso que lo que él tenía era mucho miedo de contraer alguna enfermedad de transmisión sexual; sin embargo, yo fui su única amante. Así pasamos mucho tiempo juntos: riendo, llorando, estudiando, holgazaneando… Era una verdadera amistad, de ésas que no se consiguen dos veces en una misma vida. Ambos éramos felices porque la soledad que cada uno de nosotros experimentó alguna vez se había desvanecido por completo, y de ella solamente quedaba la sensación de algo muy desagradable que ya no se puede recordar con nitidez. Nunca lo llevé a mi departamento porque mi familia me avergonzaba. Mi madre estaba separada de mi padre ya que este último era alcohólico, y yo me vi forzada a permanecer con papá para no perder mis estudios. Mientras más tiempo pudiese evitar quedarme a solas con mi padre, mejor, y en algunas oportunidades pasaban semanas enteras sin que yo regresara a casa, prefiriendo en su lugar la compañía de mi amigo especial. En ese entonces él era lo único verdaderamente valioso para mí después de mamá, y atesoré mucho su amistad porque siempre estuvo allí cuando lo necesité como el hermano que nunca tuve.

Mientras estuvimos juntos siempre hubo algo que me llamó poderosamente la atención. Algunas ocasiones que iba a su casa sin anunciarme, lo hallaba en el interior de un enorme baño al que no me dejaba entrar. A veces salía de allí desconsolado y cavilante, otras tartamudeando de la alegría. Siempre lloraba, independientemente de su estado de ánimo, y su rostro se iluminaba cada vez que le preguntaba acerca de su misterioso proyecto. Era como si no quisiera que lo supiera, pero deseaba que lo adivinara, y en lugar de darme una respuesta concreta me decía que ese baño estaba clausurado y no había nada de interés allí para mí. La puerta nunca estaba cerrada con llave pues él confiaba ciegamente en mí (o quizás anhelaba un atrevimiento de mi parte), pero durante mucho tiempo ese baño y los misterios que encerraba estuvieron fuera de los límites de mi imaginación. ¡Y Dios, cómo me hubiera gustado que las cosas se mantuvieran así!

Una tarde, mientras el sol se ponía detrás de las montañas que coronan el horizonte del otro lado del ventanal, y el cansancio se apoderaba ya de mis agotados párpados, él me hizo notar algo que hasta ese momento había pasado por alto.

—Ada, ¿te has percatado que desde que nos conocemos nunca has visto desde esta ventana un atardecer de color naranja?

—Pues, ahora que lo mencionas, creo que tienes la razón —le respondí yo, algo sorprendida por la veracidad de sus palabras.

—Bien —dijo él mientras se incorporaba sobre el borde del ventanal—, te confieso que las tardes anaranjadas se terminaron en este valle cuando mi madre murió, pero yo me encargaré personalmente de remediar esa situación.

No sé si fue la determinación en su tono de voz o el significado de las palabras pronunciadas por él lo que ocasionó en mí un estremecimiento espectral. Sentí como manos fantasmales, blancas y heladas manos de mujer profanaban mi cuerpo cuando no pude evitar pensar en el interior de aquel aposento que nunca había visto, lleno de experimentos fallidos y un pestilente aroma a formol. Jamás había imaginado a mi amigo del alma como un médico demente, enfrascado en siniestros experimentos de reanimación corporal, pero fueron tantas las ideas que se me vinieron de golpe a la cabeza, que fue casi imposible obviar esa posibilidad. Sus deliberaciones sobre la teoría del Patrón Czetziano Tácito siempre me habían parecido meras especulaciones de un romántico; en ningún momento se me vino a la mente que estuviera poniendo en marcha algo de tamaña magnitud. Pero todo tenía sentido. Desgraciadamente, todas las macabras piezas emplazaban a la perfección.

En ese momento reaccioné y entré en pánico; caminé apresuradamente hasta la puerta de la residencia, tomé el picaporte con las dos manos y volteé. Aún estaba allí, de pie en el ventanal con el sol ocultándose tras él. Su cara reflejaba desesperación; sin embargo, no hizo nada para evitar que me terminara de ir. Esa noche no dormí, aunque estaba rendida. Tenía que saber la verdad a toda costa. A costa de nuestra amistad, si era necesario. Una de las características más pintorescas de nuestra relación, es que tras unas pocas palabras del uno, el otro podía adivinar con asombrosa precisión lo que le ocurría. Eso estaba bien porque ambos éramos muy reservados cuando se trataba de revelarnos asuntos personales. Tenía miedo de estar en lo correcto. Temía lo que pudiese encontrar en ese lugar si llegaba a verlo, pero sabía que no podría evadir el tema si decidía continuar con nuestra amistad haciendo caso omiso de lo ocurrido. Lo mejor para ambos era compartir ese secreto, o alejarnos el uno del otro para siempre.

Al día siguiente tuve una visión más optimista del asunto, y hasta me parecieron absurdas todas las invenciones que mi mente produjo el día anterior. Tomé la decisión de pasar directamente por su residencia en lugar de encontrármelo en la universidad, y como siempre hallé la puerta entreabierta. De manera que entré, y me dirigí al intrigante baño pensando en lo que posiblemente me iba a encontrar: un estudio improvisado entre paredes embaldosadas. Era seguro que habría en su interior una biblioteca y un escritorio con el computador portátil que solía llevar a la universidad. Tal vez estaría un poco desordenado, como el resto de la casa, pero ésa fue la muy inocente visión que tuve del recinto momentos antes de estar frente a frente con la puerta que me daría acceso definitivo a la verdad. Me extrañó mucho no toparme con él rondado por los alrededores de la casa desde que entré; no sospechaba que la vez del día anterior iba a ser la última durante ocho largos años.

Volví a tener miedo mientras giraba con lentitud la perilla de la puerta, y ese temor se convertía en terror a medida que la puerta quedaba cada vez más y más abierta, hasta que finalmente lo estuvo luego de un intervalo infinito. Entonces lo vi. Tenía el aspecto exacto de un baño cuyo propósito real había sido negado durante años, y el único mueble de baño que conservaba era la bañera, si bien colmada de ropa sucia. El lugar tenía cierto aroma a hospital aunque muy tenue; parecía que él se había esmerado en mantener aséptico el recinto (no obstante, sin mucho éxito). Había papeles de reciclaje en el suelo manchados con una sustancia amarillenta, que formaban una especie de sendero hasta un cesto de basura repleto de ellos. En las paredes baldosadas se encontraban pegados con cinta adhesiva documentos acerca de la teoría del Patrón Czetziano: información detallada sobre el descubrimiento de Czetz y Pramanik aunada a notas personales de mi amigo. Muchas de estas notas las reconocí porque él las había escrito en mi presencia, pero siempre pensé que formaban parte de su tesis de grado (estábamos en el último año de la carrera). Cerca de la puerta se hallaba una mesita roja provista de ruedas, con una torre de libros encima sobre diversos lenguajes de programación y algunas tazas de café sucias en el compartimiento de abajo. Fue entonces cuando pensé de nuevo en el Rondeau portátil, e inmediatamente lo busqué con la mirada. Estaba en el otro extremo de la recámara, apoyado en una diminuta mesa de color beige. La escasa y nacarada luz del lugar (que entraba por una ventana clausurada con maderos) hacía refulgir el dorado acabado del computador junto con un vaso de agua que tenía cerca. Cuando me aproximé al Rondó noté que estaba encendido, y en la pantalla pude observar el código fuente de algún programa que en ese momento se estaba ejecutando, pues la esquina inferior izquierda de la ventana mostraba el rótulo BUILDING PATTERNS – PLEASE WAIT. Hasta ahora, todo me había parecido perfectamente cotidiano, y estuve a punto de abandonar el sitio por completo aliviada cuando mi atención se posó sobre el vaso que se encontraba cercano al computador. No era un vaso de agua, sino de precipitado, y al mirarlo fijamente me percaté de un objeto minúsculo flotando en su interior. Cientos de hilos que venían desde afuera lo rodeaban, y todos ellos hacían convergencia en un puerto improvisado que se extendía hasta la parte trasera del Rondó. Era un feto. Tuve escalofríos y lloré, pues en ese preciso instante me di cuenta de que nuestra amistad había concluido.

Salí a zancadas de allí y jamás volví a poner un pie sobre esa casa. Atravesé un período de dolor muy amargo ya que lo extrañaba demasiado, pero no encontraba el valor para enfrentarlo después de lo que presencié. Sé que él también debió añorarme mucho, quizás más de lo que yo a él pues me amaba, pero la vergüenza debió impedirle que intentara averiguar mi paradero. Nuestra férrea amistad había sido seriamente mancillada por ese acontecimiento, y una vez más la desgarradora soledad se había apoderado de mi espíritu. El tiempo transcurrió y nunca más supe algo acerca de su destino, con excepción de que se había graduado después que yo debido a que abandonó los estudios durante un año. Todo lo que vivimos juntos comenzó a parecerme desde entonces como un sueño opaco y cubierto de niebla; una realidad ambigua y onírica generada por mi mente, tan llena de inverosimilitud que me era imposible tomarla como algo que verdaderamente ocurrió. Mi memoria siempre ha sido un caos, y pronto quedaron olvidados todos esos momentos tiernos que pasé con él para ser reemplazados con nuevas experiencias.

Ocho largos años pasaron. Conocí a varias personas más pero ninguna se le asemejaba, y mi vida continuó siendo veleidosa hasta que contraje nupcias con un compañero de trabajo en el ambulatorio donde presté servicios mientras hacía mi postgrado. No era una mala persona, pero nos divorciamos al poco tiempo cuando entendí que mi persona le resultaba escasamente importante. De nuevo me encontré conmigo misma, y descubrí que la soledad había permanecido latente en mi interior. Ahora me apuñalaba con más vehemencia, y no hallé manera de combatir semejante dolor. Deseé morir, pero aún no era mi hora, así que reuní fuerzas de donde no las tenía para seguir adelante acompañada exclusivamente por mi soledad, que parecía ser la única amiga que no me abandonaba con el paso de los años. Me preparé para vivir el resto de mi vida con optimismo, y la inercia me ayudó mucho durante un buen tiempo para evitar que mis demonios internos consumieran lo poco que me quedaba de esperanza.

Un día iba atravesando la ciudad en un autobús rumbo a mi departamento, después de un agobiante día de trabajo en el hospital donde fungía como psicoterapeuta voluntaria. Estaba sumida en mis cavilaciones, intentando elaborar en mi cabeza una sinopsis coherente de todos los testimonios que escuché ese día (como muy a menudo solía hacerlo durante el prolongado viaje de regreso a mi casa). De pronto, algo insólito que reconocí a través de la ventanilla de mi asiento me arrancó súbitamente de mi acostumbrada meditación diaria, cuando el autobús se detuvo frente a un conocido centro comercial. Un señor alto y delgado salía del recinto con una pequeña niña tomada de la mano. Una sensación muy familiar me asaltó cuando observé el rostro de la niña, ya que era mi propio rostro a la tierna edad de siete años. En ese momento comprendí a cabalidad cuál era la identidad del hombre y salté fuera del bus para ir tras él, pero ya ambos habían abordado un automóvil oscuro que partió en una dirección que yo conocía muy bien.

Había estado viviendo una farsa durante años, alimentando su amor por una mujer que no era la real cuando ésta lo abandonó. No puedo asegurar cómo obtuvo el patrón que necesitaba para lograrlo, pero con sólo uno de mis cabellos que hallara en su almohada le bastaba. Es probable que se haya sentido desesperado y muy solo, para decantar todas sus esperanzas de felicidad en una fantasía czetziana que acarició más que cualquier otra aspiración en su aislada existencia. Su perdición absoluta se debió a la partida de la única persona en el mundo que le demostró afecto incondicional además de su madre; cometió el grave error de jugarse el todo por el todo al depositar su recién descubierto sentimiento en una persona que no le compensaría por todas las noches que lloró a gritos encerrado en su dormitorio, cuando lo que sencillamente deseaba era un cálido abrazo de la joven a quien amaba. Pero yo no lo amaba, y nunca pretendí ocasionarle un sufrimiento tan pernicioso al tomar la decisión de irme para siempre.

Esa misma tarde, por primera vez desde los ocho años que transcurrieron sin verlo, tomé la decisión de pasar por enfrente de su domicilio. Allí estaba la enorme residencia blanca y el auto negro, aparcado en una cochera que no formaba parte de la casa cuando la conocí. Desde el otro lado de la calle, pude oír con claridad las felices carcajadas de un orgulloso padre y su pequeña hija de siete años, que se divertían jugando a las cosquillas en el precioso jardín de rosas rojas que siempre estuvo frente a la ostentosa fachada de la mansión. Entonces fue cuando presencié un suceso que nunca olvidaré por la impresión que me dejó: allá en el horizonte, muy por detrás de la residencia y el trasfondo vegetal que la acompañaba, el día estaba atardeciendo de color naranja. Era el atardecer más hermoso y colorado que había visto jamás, con todas las tonalidades de rojo que el hombre conocía y desconocía también. Una extraña alegría me invadió y lloré mientras caminaba de regreso a la parada de autobús más cercana, porque había descubierto que, aún sin proponérmelo, existía en este mundo alguien que era plenamente feliz gracias a mí.

FIN
Interesante visión de un futuro que está a la vuelta de la esquina (si es que no está con nosotros ya). ¡Muchas gracias Manuel 🙂

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