cyborg by ~Akiroshadowheart on deviantART

Alexis Brito Delgado es el autor del siguiente cuento participante en el Concurso de relatos de Ciencia Ficción de La Cueva del Lobo.
Alexis, nos escribe desde Santa Cruz de Tenerife España.
Muchas gracias Alexis.

VOYAGER

Inmóvil, contemplaba el cielo negro, las estrellas frías, pálidos fantasmas de las estrellas que brillaban en el cielo terrestre. De pronto sentí la cabeza vacía. Sólo me quedaba la lúgubre certeza de haber iniciado un viaje sin retorno. Me negaba a admitir que avanzaba hacia algo inalcanzable, y no me quedaban fuerzas ni para despreciarme a mí mismo.

Stanislaw Lem

He intentado por todos lo medios posibles abandonar aquello que me ataba a mí mismo. Nunca he sido feliz; aunque lo he intentado de un millón de maneras distintas, no ha dado resultado. Desde mi primera operación cibernética, no pude ser el mismo, y de hecho, jamás lo fui. Una frialdad imposible se apoderó de mí ser, mientras los transplantes mecánicos sustituían las partes dañadas de mi anatomía. Ahora, después de tanto tiempo, me aproximo a la hibridación. Me preocupa lo que haré cuando llegue al punto que siempre he intentado evitar. Cuando desaparezca el 48 % de mí que todavía es humano, no podré morir, podrán reconstruirme todas las veces que deseen…

Dorian Stark

1

CRIOSUEÑO

El neurocirujano se inclinó sobre su cuerpo. A través de las lentes de cincuenta aumentos, los ojos fríos del médico estudiaron el miembro destrozado. Un escalpelo brillaba en su mano derecha. Tomó la única opción que restaba:
—Cortadlo —ordenó—. No podemos salvarle el brazo.
La anestesia embotaba sus sentidos, el cloroformo industrial llenaba la mascarilla de oxígeno, las correas de aluminio lo ataban a la camilla, no podía escapar de su destino. Una punzada de dolor llenó su miembro, el láser cortó la hemorragia, acababa de perder el brazo derecho, era un inválido.
—Injertad implante —continuó—. Corroborad que no existan problemas de transmisión neuronal.
Intentó gritar, una quemadura fría envolvió su cuerpo, rasgando sus nervios como una descarga eléctrica…

Sobresaltado, Stark despertó y comprobó que todo había sido una pesadilla. Con la respiración agitada, procuró distanciarse de las imágenes de su sueño, no necesitaba más problemas en aquellos instantes. Apretó un botón. La criocápsula se abrió verticalmente, soltando una vaharada de nitrógeno, y mostró el cielorraso del camarote. Incómodo, cerró los ojos: le molestaban los fluorescentes halógenos. Habían transcurrido dos meses desde que abandonara Marte, sesenta días de su vida desperdiciados

Gracias, Aries, pensó con amarga ironía. Espero que la OC me conceda un ascenso.

Su última misión de exterminio fue un éxito, nada quedaba del grupo de androides terroristas que sus superiores le ordenaron eliminar, las tropas de la Orden de los Centinelas asignadas en territorio marciano estuvieron a la altura de las circunstancias. Puso los pies descalzos en el suelo, se incorporó, y salió del estrecho habitáculo. Poco a poco, sus sentidos se adaptaron al esterilizado ambiente que lo rodeaba: no era la primera vez que descansaba gracias al criosueño. Abatido, se aproximó a la consola situada en uno de los costados de la estancia. El sistema de ventilación cambió de manera automática la temperatura del entorno para adaptarla a las necesidades corporales del Agente Ejecutor.

Dorian estiró los brazos, su cuerpo pálido parecía tallado en un bloque de mármol. Los músculos jaspeados, que se marcaban sobre su piel aterida, le proporcionaban una impresión de falsa seguridad en sí mismo. Tenía un mensaje en el buzón de la Toshiba. El rostro inhumano del comandante Aries llenó la pantalla plana de treinta pulgadas.

—Enhorabuena, sargento —dijo su superior—. Sabía que no me fallaría.
Stark captó el sarcasmo de Aries.
—Un placer, señor —susurró en voz baja—. Muchas gracias.
—Acabo de leer su informe —dijo—. Espero recibir el resto de los detalles cuando regrese a la Tierra.
—Estupendo.
—Le deseo un buen viaje, Stark —terminó Aries—. Nos veremos en Los Ángeles.

Dorian apagó el aparato, no le interesaba escuchar las congratulaciones de su superior, en caso de haber fracasado no hubiera sido tan amable. Con la boca pastosa, tomó una ducha rápida que eliminó los restos de la pesadilla. Después se afeitó, una barba espesa llenaba su cara, le costó reconocerse delante del espejo, parecía una persona muy distinta. Por último, se uniformó con un mono de poliéster negro, que cubrió su anatomía como un guante, realzando los anchos hombros hundidos por el cansancio. Le dolía la cabeza, había dormido demasiado tiempo, tendría que haber programado la cápsula para que lo despertara cada semana como prescribía el reglamento, pero la esperanza de efectuar la travesía de golpe fue irresistible.

Eres un imbécil, pensó irritado. ¿Cuándo aprenderás?

Un calambre de ansiedad recorrió su estómago, el latigazo le cortó la respiración, y el camarote giró enloquecido. Vacilante, se acercó a la cama de espuma sintética, abrió el maletín metálico, y agarró un frasco oblongo del interior forrado con plexiglás. Ansioso, ingirió un puñado de estimulantes. Las anfetaminas le encendieron el sistema nervioso, aceleraron los latidos de su corazón y borraron la fatiga que lo embargaba. Un terrible sentimiento de desamparo se apoderó de su mente, estaba atrapado dentro de los confines de la nave, aislado en el espacio exterior, a millones de kilómetros de casa. Las pastillas lo auxiliaban a permanecer despierto: las consumía desde su primera operación biomecánica, nunca fue capaz de soportar insensibilidad de los implantes sobrio. Stark recordó el sueño que lo obligara a abrir los ojos, su miembro artificial representaba un cinco por ciento de humanidad que no volvería a recuperar, la distancia que lo apartaba de la hibridación definitiva se acortaba por momentos. La ultratecnología lo mantenía vivo, pero transformaba su personalidad, lo convertía en lo que ahora era: un ser consumido por los conflictos que lo distanciaban de sus semejantes.

Apenas era humano, sólo le quedaba un cincuenta y dos por ciento: sus piernas, costado, páncreas, y hemisferio derecho del cerebro habían sido reemplazados por injertos mecánicos, los largos años de servicio en la Schneider se habían cobrado su precio. Exhausto, el Agente Ejecutor tuvo la impresión de que el universo giraba en su contra, las estrellas aisladas no representaban ningún consuelo, invocaban los vínculos que lo ataban a su infelicidad.

2

VOYAGER

Vacilante, Dorian recorrió el pasillo tubular blanco, en el ambiente opresivo de la Voyager. Conforme avanzaba, los fluorescentes teñían el corredor con una luminiscencia cegadora, y resaltaban los revestimientos interiores de policarbono de las paredes inclinadas. Estaba solo, era el único pasajero de la nave, la Inteligencia Artificial pilotaba la charter.

Aries quiere controlarme, reflexionó. Aunque quisiera no podría desertar de la Schneider.

La Corporación sabía proteger sus intereses. Stark era uno de los mejores soldados de la OC, pocos sargentos del departamento contaban con un expediente como el suyo. Examinó la cabina de vuelo desde el umbral de la puerta. La cámara hexagonal brillaba, unas luces palpitaban en la penumbra: hileras de controles, pantallas llenas de dígitos japoneses, mapas de navegación de tres dimensiones, y sofisticados radares de fabricación oriental. El aséptico entorno le recordó los biohospitales de la Schneider; una sensación de rechazo inundó su interior, odiaba los lugares deshumanizados.

Dorian retrocedió, dobló a la izquierda, y avanzó por un túnel angosto. Tardaba en adaptarse al sistema de gravitación, los meses de criosueño habían mermado su capacidad motriz. Llegó al comedor. Los escasos muebles destellaban como espejos: mesa rectangular de titanio, sillas de poliestireno, anaqueles de acero anodizado, equipos de refrigeración transparentes, y expendedoras de alientos Hitachi, encuadrados por los tabiques curvos de la estancia. Stark estuvo tentado de comer algo, pero de inmediato cambió de opinión, los estimulantes le habían arruinado el apetito.

Magnífico, pensó sarcástico. Justo lo que necesitaba.

Intentó dirigirse al Disco Selector, comportarse como hubiese hecho en el pasado, pero fracasó. Apenas actuaba como un ser humano, los implantes le habían arrebatado aquella necesidad biológica, guardaba más cosas en común con las máquinas, que con los de su propia raza. Luego de atravesar la estancia, accedió a una rampa descendente, circundada por cristaleras que le permitieron observar la galaxia; el inconmensurable vacío estelar le resultó desolador.

Dorian se sentía agobiado, su vida era una batalla perdida de antemano, pensar lo contrario significaba mentirse a sí mismo. Los pasadizos de la nave lo atrapaban, drenaban sus sentimientos; la blancura omnipresente no dejaba muchas opciones, molestando los ojos enrojecidos por el exceso de sueño. Al llegar a la salida de la Voyager, estudió el Trek de salvamento, la cápsula metálica era la única opción de escapar que tenía en caso de emergencia. Un surco en espiral cubría la compuerta, las esquinas estaban selladas con plastiacero industrial que impedía la despresurización al tomar tierra en las colonias del Mundo Exterior. Anhelaba volver a la Tierra, aborrecía los planetas conquistados por la ambición del hombre, superpoblados por colonos de todas las clases posibles, que sobrevivían entre cúpulas empresariales dominadas por poderosas corporaciones europeas.

No has perdido nada en Los Ángeles, meditó. Cuando llegues, Aries te encargará una nueva misión de exterminio.

Sin duda necesitaba un descanso, tomar unas vacaciones, no había parado desde hacía cinco años. Cuando realizaba una operación, de forma automática, sus superiores le ordenaban cumplir la siguiente; apenas tenía tiempo de recuperarse del desgaste psicológico que le producían, ignoraba el límite entre lo correcto o lo incorrecto, no controlaba sus actos. Su problema, entre otros, era que no tenía vida personal; su existencia estaba condicionada por los auspicios de la Corporación, había descuidado la repercusión moral de los hechos, escudándose detrás del reglamento como un ordenancista de la peor especie. Debía ser fuerte, implacable, para sobrevivir, la debilidad no era digna de su rango, desacreditaba el estatus de Agente Ejecutor que tanto le costó conseguir. Por desgracia, era un esclavo de su profesión, las misiones lo escindían de sus problemas, apartando las contriciones que lo harían desfallecer. ¿Acaso podría adaptarse a la vida de civil algún día?

Stark sonrió con amargura; era un asesino, había sido entrenado para matar, nunca podría alcanzar la paz que precisaba, no había nacido para ello. A veces tenía miedo de perder el alma, que después de una bio-cirugía sus superiores decidieran permutarla por un biochip, y le arrancaran la cordura de sus manos. Había conseguido salir adelante, romper las barreras delimitadas por la Schneider imponiendo sus propios criterios ante el desagrado del comandante Aries. Jamás sería un soldado como los demás, su idiosincrasia no se lo permitiría, era demasiado rebelde para transformarse en un objeto sin voluntad.

No me he convertido en una máquina, reflexionó. La Corporación no ha conseguido controlarme tal como le gustaría hacer.

Irritado, tres afiladas garras de veinticinco centímetros surgieron entre los nudillos de su diestra, se hundieron en la pared y cortaron la superficie de poliuretano como si fuera papel. La violencia golpeaba sus sienes, deseaba destrozar el entorno estremecedor que lo aprisionaba, desahogar sus frustraciones de alguna manera, pero aquel consuelo, como tantos otros, le estaba negado de antemano. Las cuchillas retrocedieron, un reguero de sangre goteó por sus dedos y manchó el suelo impoluto con una estela carmesí de bordes irregulares. Stark no se preocupó por la hemorragia, sabía que las heridas cicatrizarían en varios días, las marcas que quedaran sobre su piel le recordarían su autodesprecio, era demasiado tarde para cambiar a mejor, lo había perdido todo.

3

REMORDIMIENTOS DE CONCIENCIA

Los ojos de Dorian desmentían su insensibilidad. Dos pozos oscuros donde se adivinaba una carga imposible de soportar, años de desamparo se condensaban en los destellos de su iris, el aislamiento era difícil de sobrellevar con ecuanimidad.

Tengo que salir de la Corporación, pensó. O terminaré transformándome en un cyborg.

¿Por qué las máquinas adquirían conciencia propia? Mientras eran creadas, se las programaba para obedecer a sus superiores, poseían una inteligencia acorde a sus funciones, el deseo de independencia no constaba en sus archivos de memoria, era anormal que se salieran de los límites marcados por los programas de personalidad. Pero sucedía desde el inicio de la robotización, siempre terminaban convertidos en rebeldes o terroristas que atentaban contra la humanidad. En su fuero interno, Stark temía que no fuera un error de cálculo de los laboratorios de fabricación, hacía años que escuchaba rumores sobre la gradual cibernización del mundo, historias sobre el porcentaje de humanidad que sucumbía ante la fusión de las Casas Madres, tanto en la Tierra, como en los otros planetas del sistema solar colonizados. No quería dar crédito a esos susurros escritos con frecuencias fantasmales, aunque le preocupaban, porque sabía que no eran del todo inciertos. Ahora, las misiones de exterminio eran más frecuentes que antaño, sus medios más insospechados, como si pudiera hacer lo que le apeteciese, sin tener en cuenta las consecuencias de su conducta. El Agente Ejecutor llevaba varios meses sin someterse al Borrado de Memoria. No soportaba vivir sin recordar lo que le había sucedido la semana anterior, se encontraba perdido dentro de los límites de una vida que le resultaba extraña.

Dorian desenfundó una WPPK y contempló las líneas metálicas que recorrían la superficie del arma, haciéndola girar entre sus manos para analizar los ángulos veteados de cromo. La culata de carbono parecía transmitirle la seguridad que buscaba. Era una ilusión creada por su cerebro, pero a pesar de ello, resultó confortante al calmar sus nervios torturados. Involuntariamente, el índice acarició el gatillo. Sabía que si se mataba desaparecerían sus inquietudes durante el corto espacio de tiempo que tardaría en ser reconstruido. Interminables batallas llenaban sus madrugadas, la presencia de la muerte se adhería a su integridad como el resumen de su existencia. Quizá debería sentirse completo de esta manera, era para lo que había sido preparado desde adolescente en la Orden de los Centinelas. Para su propio desánimo, sabía que sólo alcanzaba la paz a través de la lucha, era el único momento en el que las tinieblas desaparecían, se transformaban en oleadas de fuerza, proporcionándole un poder que le hacía sentirse invulnerable. Ese distanciamiento, esa frialdad que lo caracterizaba, ¿no era mucho mejor que sufrir como un condenado? Traicionado por sus propias dudas, decidió guardar el arma en el arnés de nailon. La WPPK formaba parte de su brazo, era una extensión de su aliento, resumía su forma de ser.

Los neuroingenieros ignoraban por qué los seres humanos no soportaban el incremento del proceso de cibernación. Un alto porcentaje terminaba suicidándose, en cambio el resto de los supervivientes lo resistía a duras penas: se convertían en cyborgs de Tercera Generación, una nueva clase de máquinas con aptitudes humanas. El Agente Ejecutor tembló, los muros del camarote empequeñecían, aquél era su peor temor, los bioconstruidos que conocía aceptaron la hibridación absoluta, renunciaron a su naturaleza para no perder la cabeza. ¿Le estaba sucediendo lo mismo? No. Aún podía sentir emociones, no se había convertido en uno de aquellos despreciables seres, su fracción humana continuaba intacta.

Dorian se sintió culpable, lleno de odio contra sí mismo por llevar sobre su conciencia la realidad de haber arruinado vidas que tenían más derecho a existir que la suya. Pero lo que más le afligía era no ser una verdadera persona. La bioingeniería ganaba el terreno que la humanidad perdía sin remedio. Atormentado, rompió a llorar…

FIN

Alexis Brito Delgado

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