Nuestro amigo Claudio G. del Castillo, no se hace esperar y también nos ha enviado su relato para participar en nuestro Concurso, una historia que nos narra un futuro familiar y sin embargo tan extraño:

tiago-hoisel-the-shooterImagen: The Shooter por Tiago Hoisel

 

Víctima de su caricatura

Autor: Claudio G. del Castillo

Nueva York, EEUU. Miércoles 11 de junio de 2059, 7:00 am.

God damn it! Humberrrto, come here![1] —gritó Mr Dummy en el cuarto de baño.

Humberto, de nacionalidad cubana, era el nuevo empleado doméstico de Mr Francis Dummy, agente de ventas estrella e imagen publicitaria de la Healthy Life Corp. El joven tarareaba la melodía de un culebrón eslavo, a la sazón popular en su país, mientras amontonaba la hojarasca que había dispersa en el jardín. Al escuchar los alaridos entró a paso vivo en la mansión, cruzó el vestíbulo, subió las escaleras e hizo acto de presencia en el dormitorio de Mr Dummy.

—Yess, yess, señor míster Domi. ¿Juat du llu guan, eh?

How many times do I have to tell you I only use Molafix to brush my teeth?[2] —dijo Mr Dummy con cara de gorgona asqueada.

—¡Oh!, yeeess, señor míster Domi; forguet, forguet —se excusó Humberto, simulando aflicción—. Molafix, yeess…

Take this fucking shit to the incinerator. Now![3] —Mr Dummy le arrojó con violencia un tubo de Colgate.

—Yess, gare, gare: Colgate no igualeichon, so ¡puf!, pa´l incinereitor —convino sonriente el joven—. Y la madre que te parió —agregó en un murmullo al darse la vuelta y salir.

No es que Humberto renegara de su suerte; para nada. A un mes de su arribo a los Estados Unidos, ya estaba al servicio de un peje gordo de la omnipresente transnacional de productos para la familia. Y si bien el sueldo que le pagaba el norteamericano apenas le alcanzaba para comer, este había asumido un gran riesgo al admitirlo sin sus documentos migratorios en regla. Por ello Humberto le estaba agradecido. Recelaba de Mr Dummy, eso sí. Todo porque el joven estaba convencido de no estar tratando con un humano. La moda de los sustitutos se extendía por el planeta cual plaga de langostas y además, aun para el arquetipo de “yuma” que siempre tuvo en mente el cubano, Mr Dummy se pasaba de perfecto: dos metros de estatura; diminutas pecas en las mejillas que le daban un aspecto casi infantil; nariz griega que habría pasado por ideal de no tener una verruga minúscula en la punta; lánguidos ojos color azul-cielo-despejado y, para colmo, dueño de una musculatura recia que delataba su amor al fisiculturismo.

“Me juego un cojón a que es un sustituto”, pensaba Humberto. El verdadero y quizá estrafalario, misógino o tetrapléjico Mr Dummy debía de estar en éxtasis oculto en una apartada habitación de la residencia.

Humberto odiaba a los sustitutos, pero en el caso de Mr Dummy se equivocaba. Él era humano y como humano tenía las preocupaciones inherentes a ellos. Al menos, tenía una en particular: solo restaban dos días para la vital reunión que sostendría con el empresariado cubano en el Palacio de las Convenciones, en La Habana. Y más le valía a Mr Dummy aprovechar en beneficio de la Healthy Life las nuevas oportunidades que se abrían en la isla, pues tenía un pie al borde del despido. Su influencia en la corporación había menguado a raíz del patinazo con el Chosty-Frosty. La propuesta del cover-guy de añadir Caucasinina al cereal había derivado hacia una baja de las acciones sin precedente. Mr Dummy nunca llegó a entender por qué a los extranjeros les importaba un comino que sus hijos, al crecer, fueran rubios, altos y de ojos azules. El hecho es que, pese a las partidas de Chosty-Frosty que había logrado filtrar en las donaciones gubernamentales a Somalia y Haití, los almacenes de la Healthy Life seguían abarrotados con el producto. Y la corporación no necesitaba regalar; necesitaba vender.

Que Cuba se hubiera convertido en su tabla de salvación era motivo de angustia para el norteamericano, quien todavía no había decidido si ir en persona o mandar a fabricar un sustituto y emplearlo en su lugar. Él no ignoraba que su presencia física matizaría el encuentro con el toque de confianza necesario para propiciar cualquier negociación. Sin embargo, aunque desde el indulto del espía caribeño recluido en Ohio las relaciones con la isla habían mejorado ostensiblemente, en ese momento pendían de un hilo muy fino: hacía una semana habían capturado en Florida… ¡a dos espías más!

No, él no querría estar en Cuba si la atmósfera se caldeaba.

Mr Dummy se pasó la mañana cavilando hasta que tomó una determinación. Después de varios intentos infructuosos de contactar a su secretaria a través del videófono, la llamó al móvil:

—Hola, Miss Blackhole… Bien, gracias. ¿Por qué no está en la oficina?… ¿Es muy grave lo de su tío?… Le deseo pronta recuperación. No sé cómo ha podido rebasar en tres meses dos infartos y una apoplejía. Espero que me presente un día a ese vikingo. ¿Le decía…? Ya. Comuníquese de inmediato con la embajada de Washington en La Habana y… ¿Que ha perdido el número? ¡Miss Blackhole, es la tercera…! Anote: 555-12345. ¡Y memorícelo de una vez, por favor! Dígales que me tengan listo un sustituto para el viernes… Sí, he pensado que sería lo mejor. Mi seguridad es lo primero. Que hagan el pedido a las industrias locales; salen más económicos… Un Deluxe, como los que tengo en Irán, Corea del Norte y el Hilton “Selene”, en la Luna. Los de la embajada tienen en su base de datos mi Perfil Tridimensional Integral; ellos se encargarán de hacerlo llegar a la fábrica. Tramítele usted el ID y alquile una suite de lujo en el Hotel Nacional. También necesito que transfiera a La Habana, de mi cuenta, diez de los grandes. Que los conviertan allá en… mambruses… bambises… o como se llame esa moneda y que coloquen el efectivo en el traje de mi réplica… ¡Vaya pregunta! Calvin Klain; no por estar ausente en carne y hueso voy a dar la impresión de ser un palurdo de mal gusto, ¿no cree?…

Modelo Deluxe, el más avanzado en el mercado mundial. El lema predilecto de Bruce Willis & Droids, el trust concesionario de la patente, era “Sensaciones y funciones para todas las ocasiones” ya que, además de reproducir cabalmente la apariencia del cliente, incorporaba los sistemas fisiológicos habidos y por haber: nervioso, endocrino, digestivo, reproductor… Insuperable para una estancia virtual satisfactoria en lugares atractivos o de interés comercial, pero de alto riesgo para la vida; término que en cierta medida definía a la Cuba de la época.

Si un defecto tenía el Deluxe es que era costoso. Amén del sofisticado diseño, la transmisión de la información que generaba en tiempo real consumía la mar de ancho de banda, y cada hora del satélite costaba sus miles. Aunque en este caso la “visita” era oficial y el dinero saldría de las abultadas arcas de la Healthy Life. Si se excluyen, claro está, los gastos personales en que incurriría el libidinoso cover-guy no bien concluyera la cita habanera. Porque no solo con el mojito, el congrí y las masas de cerdo fritas soñaba Mr Dummy, no. Otras masas igual de exquisitas esperaban por él en Cuba: las de una sensual mulatona, bailarina en Tropicana. La había conocido gracias a un viejo colega suyo residente en la isla: Mr Andrew Hollycrap, a quien a su vez utilizaría de traductor en la reunión. Y poco le importaba a Mr Dummy que la mulata se revolcara con su sustituto pues “Si el Deluxe goza, tu vida también es sabrosa”.

“¿No era ese otro slogan del trust, o me lo habré inventado?”

De cualquier manera, la variante del sustituto se le antojó definitiva ya que le ahorraría el azaroso viaje a un país en eterna revolución, y ni siquiera tendría que pagar un crédito extra por un pene mayor. ¿Para qué, si no, tenía a su “Godzilla”?

En su fuero interno, Mr Dummy se felicitó por su decisión.

El viernes 13 por la mañana el norteamericano sorprendió a Humberto dándole el día libre. Afeitado ya y luego de un baño reparador, se tendió en la cama y se adosó en la coronilla el micro-escáner cerebral.

“Conectar con Servicio de Sicotransporte”, pensó.

Conexión establecida —escuchó en su interior—. Por favor, mentalice el ID del sustituto y la contraseña de acceso.”

“ID: MFDDLX004. Contraseña: MEGADICK/59”

Mr Dummy se relajó. El escáner midió y registró cada señal en las sinapsis de sus neuronas, elaborando así millones de paquetes con centenares de petabits de información, que pronto iniciaron su recorrido vía satélite hacia la suite del Hotel Nacional. Fracciones de segundo después el agente de ventas de la Healthy Life cayó en una especie de letargo, tan profundo, que casi parecía la muerte.

Transferencia en curso.”

***

La Habana, Cuba. Una semana más tarde.

Dagoberto Fernández, especialista de Calidad en la Unidad Básica Ensambladora de Sustitutos “Hugo Chávez in memoriam”, rinde un informe verbal en la oficina del director:

—Compañero director, a raíz del escándalo acaecido con el sustituto MFD-DLX004, propiedad, según constaba en su ID, del ciudadano norteamericano Francis Dummy (fallecido en circunstancias poco claras, por cierto), y previa queja formal cursada por la embajada de Washington en La Habana, el Departamento de Control de la Calidad delegó en mi persona la tarea del esclarecimiento de las causas que propiciaron dicha queja. En esencia la culpa puede achacarse a lo de siempre: lo que las malas lenguas dan en llamar “pachanga cubana”, agravada por… ¿Cómo lo adivinó? En efecto: nuestra pasión por el masgüelbol.

Ya sé, ya sé que este deporte no es de su agrado, pero no me negará que un juego Cuba – Estados Unidos le pone la carne de gallina a cualquiera. Máxime si se trata, y fue el caso, de la discusión por el oro en el Clásico Mundial; algo inédito. Imagine el escenario:

Final del noveno; el juego cinco por una a favor de los yanquis; tres outs en la pizarra; las bases llenas con Carlitos “La Anguila” Pérez en el monorraíl de cuarta, que adelantaba con temeridad rumbo a home en su electropatineta; al láser el mismísimo Everardo “Kinkong” Mesa, en dos “repelidas” y tres “pegás”. Y el pitcher gringo tenía la zurda afilada, no se deje engañar; con una magnetobola que se le caía con el negativo hacia afuera para cagarse. Pero “Kingkong” estaba inspirado. Había rematado el octavo con un soberbio tetraplay al atrapar entre tercera y cuarta una línea que iba a la altura de un perro. A esto súmele que ya tenía medio descifrado al zurdito y había accionado con disimulo el inversor de polaridad de su láser (lo vi yo, no me lo dijo nadie, estuve en el teatrico mirando el juego por televisión), así que esperaba el siguiente lanzamiento con el tolete en negativo para irle con todo afuera y sin que lo esquivara la dichosa pelota. En resumen, un final de los que te estrujan el corazón, ¿no?

Pues por ahí sonaron los truenos.

La tragedia se inició aproximadamente en el sexto inning cuando “Paniagua”, el operador “B” de la Extrusora de Endoesqueletos (¿sabe?, leí en un artículo de internet que ya no es la más moderna de América Latina) se percató de que el bioplástico almacenado en la máquina era insuficiente para conformar el esqueleto del sustituto de Francis Dummy. Tenga en cuenta que el bioplástico a utilizar en uno de dos metros excede la capacidad del colector. Para los de gran tamaño hay que agregar el material con un jarrito hasta que el producto está terminado. En eso los que compraron la Extrusora en China se comieron el millo y… Bueno, dejémoslo ahí.

“Paniagua” fue al almacén a solicitar el bioplástico que le faltaba y “El Bizco” Méndez (usted lo conoce, el que se templó a la auditora) lo paró en seco: “De eso nada, monada, que ahora mismo salgo a ver cómo le ganamo a lojamericano”. Dicho esto cerró el almacén, le puso el sello y se disparó para el teatrico, donde ya estaba reunida media empresa. Frustrado, “Paniagua” regresó al taller y en su afán por cumplir el plan del día, no consideró otra alternativa que la de reprogramar las dimensiones del esqueleto en la Extrusora.

Al entrevistarme con él y emplazarlo por su actitud, el hombre adujo que de todas formas no creyó que el norteamericano fuese tan alto; que estaba seguro de que el jefe de turno había adulterado los números para inflar el parte de producción. Así, el esqueleto del sustituto de Francis Dummy inició su recorrido fatídico por la estera con 1,50 de estatura. Para cuando arribó a la Unidad Procesadora de Tegumentos no había mucho que hacer…

¿Café? Sí, por favor.

***

Mr Dummy adquirió conciencia en el Deluxe y de inmediato supo que algo andaba mal. No era el hecho de hallarse en la cama de la suite en calzoncillos (el traje yacía tranquilizadoramente a su diestra, planchado y almidonado), ni el déja vu a la inversa o “esto no lo he visto” usual luego del sicotransporte. Mr Dummy se sentía como una almohada en una funda muy pequeña, o como se sintió su “Godzilla” la vez que se acostara con aquella prostituta en Kioto (la “dama de compañía” le había obsequiado uno de los condones que reservaba para el más asiduo de sus clientes: el Ministro de Relaciones Exteriores del Japón, Excelentísimo Señor Yotekito Metisaca).

Mr Dummy se sentó en la cama entre ayes de dolor y al posar sus ojos en el espejo que tenía frente a sí, exclamó:

—¡¿Qué demonios?!

Desde el espejo lo observaba estupefacto un ente de aspecto que un exobiólogo moderado calificaría de alienígena. El color de su piel era verde bilioso y le tapizaban las mejillas unos rosetones enormes de un amarillo escatológico. Era, por demás, informe en su anatomía: bajo de estatura, rayando lo ridículo; la nariz adosada a una colosal verruga semejante al moco de un pavo; el ombligo en mitad del pecho y en la región abdominal le sobresalían unos bultos de configuración variable que se apretaban contra la piel, desde adentro, como si alguien se afanase en mirar a través de un nylon muy opaco. ¡Y parecía que se movían!

“Ese no eres tú. ¡No puedes ser tú!”

Por un segundo el norteamericano atribuyó lo que veía a su mente abotagada, y se dijo que en realidad no había espejo en lo absoluto; esto es, que no estaba solo en la suite. Lo que terminó por convencerlo de lo contrario fue el traje que había junto al hombrecillo. Sería harto improbable que dos personas coincidieran en una habitación exhibiendo un Calvin Klein de tal manufactura. Y en verdad, una vez que inspeccionó con detenimiento las facciones del monstruo a través del velo de horror que las cubrían, tuvo que admitir que el parecido era indiscutible, revelándose este su copia fiel, solo que enana, retorcida y espantosa.

Llegar a tan abominable conclusión le provocó a Mr Dummy fuertes mareos. Quiso, pues, introducirse un dedo en la boca para vomitar, y a punto estuvo de quebrarse la espalda: su pierna izquierda ejecutó el movimiento que correspondía a su brazo derecho. El norteamericano comenzó a transpirar de puro nerviosismo.

“¡Esto no me está pasando! Es una pesadilla. ¡Vengan unas bofetadas para despertarme!”

—¡Maldición! —Al alzar ambas piernas, Mr Dummy basculó sobre sus nalgas y cayó de la cama cuan corto era, quedando tendido de bruces en la alfombra—. Estoy viviendo en el Mundo al Revés —sollozó.

Mas no demoró en comprobar que la afirmación no era del todo exacta. El dislate de movimientos se reducía a sus extremidades, aunque no era poca cosa.

—¡Los que fabricaron este sustituto oirán hablar de mí! —exclamó.

Mr Dummy, justo es decirlo, no se hundía a la primera. Había alcanzado su estatus gracias a una voluntad inquebrantable y a la decena de libros de autoayuda que había devorado a lo largo de 30 años.

—Concéntrate, Francis. No hay marcha atrás. La reunión es tu objetivo, el por qué estás aquí. Ahora te levantarás y llamarás a Andrew —expresó en voz alta, pues había leído que así debía hacerse—. ¡A la de tres! Uno, dos y…

Se dice fácil.

Si alguien hubiera compartido con Mr Dummy las asociaciones mentales que tuvo que inventarse en aquellos instantes aciagos, se habría quedado de una pieza. Para ponerse de pie, el norteamericano se obligó a imaginar que realizaba el proceso con los brazos y, con todo, solo consiguió un tembloroso y patizambo equilibrio. Pero ahí no acabaron sus problemas: veinte minutos le tomó descolgar con un pie (léase “pie virtual”) el teléfono a lo Graham Bell que descansaba en una mesita, y otros veinte discar las quince cifras del móvil de Mr Hollycrap.

—¿Andrew?… ¡Hola, Hola, Hola, Andrew! ¡El diablo me lleve si no me alegra escuchar tu voz!… Sí, ya sé que se hace tarde para la reunión pero he sufrido un percance con mi sustituto que… ¡Ni pensarlo! No puedo ir para allá. Solo no. Te pido encarecidamente que vengas a buscarme… Luego te explico. Me excuso de antemano por los inconvenientes; una vez aquí, entenderás… Sí, dentro de media hora estará bien. ¡Oh!, Andrew, ¿serías tan amable de traer una silla de ruedas?

Mr Dummy invirtió esa media hora en rajar contra los responsables de su calamitoso estado:

—Mi gobierno tomará cartas en el asunto. ¡Esto es te-rro-ris-mo!

Cuando Mr Hollycrap llegó, por poco sufre un colapso. Bufando y con el rostro amoratado ayudó a vestirse e instalarse en la silla de ruedas a su amigo, quien le rogó que le discara el número de Miss Blackhole.

—¿Miss Blackhole?… No, no la llamo por lo de su tío. Es más, ¿sabe qué?, lo que suceda con él me lo paso por el arco de triunfo. Ahora soy yo el que está en problemas… ¡Me sentiré mejor, sin duda, no bien me deshaga de este sustituto! Contacte a los chicos de la embajada y oriénteles que lo desarmen, lo revendan… no, imposible… que lo incineren, ¡eso! ¡Que lo incineren mañana mismo!, ¿entendió?… No le incumbe… Tampoco le importa. ¿Si tengo que llamar yo, para qué le pago a una secretaria? ¡Hay que ver! ¿Conserva el número que le di?… Perfecto.

—Ánimo, Francis —lo consoló su amigo—. Es hora de irnos —añadió, y condujo a Mr Dummy hasta la puerta.

—Andrew, no sabes cuánto aprecio tu apoyo —murmuró conmovido este, y le prodigó a Mr Hollycrap un sólido apretón de manos que hizo que los dedos de sus pies se encogieran. Además estuvo lo del pedo, que tampoco se lo esperaba.

“¡Vaya!, corto de pellejo también.”

Decididamente, un mal día.

***

Humberto daba vueltas y más vueltas en su camastro del sótano de la mansión intentando dormir la siesta. Por fin, renunció a toda lucha por conciliar el sueño y se entregó, como otras tantas veces, a sus tercos recuerdos…

Cuando aún vivía en Cuba, sus padres exiliados en Miami lo llamaron para decirle que le habían comprado un sustituto con los ahorros de una década. Era un modelo John Doe: semejanza muy modesta (aunque con su misma piel morena y sus ojos pardos) y nervios periféricos mínimos para que sintiera el abrazo cálido de la familia. Por su parte Humberto se agenció un antiguo escáner tipo casco, que un vecino había traído de “afuera” camuflado en un uniforme de Maxwellball. Gracias a la conexión pirata que le gestionó el buenazo de su primo Esteban, los días que la nostalgia lo embargaba se sicoportaba a Miami diez minutos, límite de tiempo que le permitía su colapsada economía doméstica. Sus padres, entre lágrimas, le aseguraban que aquellos eran los diez minutos más felices de sus vidas. Para Humberto no, si bien nunca se los dijo. Las escasas prestaciones del John Doe requerían un Supresor de Respuesta a Estímulos que él no pudo adquirir. Así que la acción de ver y tocar a sus progenitores enviaba estímulos nerviosos a sistemas inexistentes en su sustituto y regresaban, en un ciclo sin fin, hasta desestabilizarlo por completo. Cuando se desconectaba su psiquis estaba deshecha.

Más tarde lo descubrieron y, luego de cumplir un lustro en prisión, abandonó ilegalmente el país. Para esa fecha sus ancianos padres habían muerto. Humberto viajó entonces a Nueva York, apelando a la invitación generosa de un amigo de la infancia que nunca llegó al aeropuerto para recibirlo. El joven durmió en las calles y vivió de la caridad pública hasta que la Providencia se presentó en la forma del “señor míster Domi”; o mejor, de su “sustituto”.

***

Es verdad, compañero director, que otros males pudieron evitarse. En esto el Comité de la Calidad y sus inspectores tenemos nuestra cuota de responsabilidad, pero ya le comenté… el masgüelbol no hizo más que empeorar las cosas.

Lo que siguió fue alucinante. En el séptimo inning el supervisor de la Unidad Procesadora de Tegumentos no aguantó la presión y se fue para el teatrico. Esa fase del ensamblaje es crítica pues el resultado final es lo que se ve y toca. Mas parece que el que se quedó a cargo decidió no tomar en cuenta este detalle al asignarle la Tegumentadora a un muchachito que se encontraba de servicio social. Normalmente el operador recibe la piel cortada a la medida. Cuando este quiso acomodarla en el esqueleto, vio que no jugaba la lista con el billete; conque decidió mutilarla, destrozando así terminaciones nerviosas, vasos capilares y sabrá Dios qué más. Bueno, sí sabemos qué: recién hallamos las tetillas en un cesto de basura.

Aplausos merecen los aguerridos obreros de la Sección de Órganos Internos quienes, aun corriendo ya el octavo, permanecieron en sus puestos y se atuvieron al diagrama tecnológico. Sí pudiéramos imputar al colectivo cierta estrechez de miras. Era evidente que las dimensiones de los órganos, previamente seleccionados en el trabajo de mesa, no se ajustaban al sustituto de Francis Dummy. A este argumento el viejo Atanasio (compañero que respeto mucho, fundador de nuestra empresa y combatiente internacionalista, además) reaccionó indignado y cito:

“¿Cómo va a decirme usted que no cabían? Sepa que durante la defensa de Caracas la explosión de un misil me abrió la barriga de lado a lado. A esa hora no me estrujé la chicha pensando en si me sobraba metro más o metro menos de mondongo (y le garantizo que aquellos sí parecía que no cabían, de tan hinchados y llenos de fango y metralla que los tenía). ¡Para adentro fue todo el mundo! No digo yo si los de ese muñeco iban a caber.”

La Brigada de Pelos y Señas más Genitales (encargada de adornar el arbolito, si me permite la expresión), realizó una faena atroz, tengo que reconocerlo. No puedo dejar de culparlos por usar, en el Aspersor de Pigmentos, la matriz de pecas troquelada para las tetas de la prima ballerina assoluta Sybrinka Zedespetronka (y clarito lo decía la etiqueta) para tratar el rostro del sustituto. ¿Que la Verrugadora tenía salideros de aceite y los insertos salían como papas?, su culpa también por no avisar a Mantenimiento. Y que conste: el sustituto de Francis Dummy no se paseó por La Habana con la piel chamuscada gracias a Orlandito “El Ingeniero”, que sugirió no entintarla en lo absoluto ya que el termostato del horno estaba de baja desde hacía tres meses y el secado se hacía a ojo de buen cubero… Ah, sí, el amarillo de las pecas con el verde que trae la piel de fábrica luce fatal pero…

¿Un cigarro? No faltaría más.

***

El salón estaba repleto. La crema y nata del emergente empresariado cubano había copado asientos y pasillos, dispuesta a escuchar lo que tendría que decir el singular personaje que habían anunciado como “Señor Francis Dummy, agente de ventas estrella y cover-guy de la Healthy Life Corp”. El auditorio lo miraba perplejo. Aquel pigmeo patético, despatarrado en su silla de ruedas, estaba muy lejos de ser lo que habían imaginado.

Luego de los preliminares de rigor, Mr Dummy pidió a Mr Hollycrap que colocara sobre una mesa el muestrario que había hecho traer desde Nueva York, y habló:

—He aquí una selección —traducía Mr Hollycrap— de lo que la Healthy Life puede ofrecer a la familia cubana y a las PYME suministradoras. Nuestros productos complacerán al más exigente, trátese de bisutería, cosméticos, perfumería o… alimentos. Sí, exquisitos, nutritivos, abundantes y baratos alimentos.

—Comiiidaa… —se oyó a través del sistema de audio central. La enteca muchacha que ejercía las funciones de moderadora había olvidado apagar su micrófono.

Mr Dummy era un As del marketing. Había estudiado con antelación el mercado interno cubano y sabía que el país, a cien años de su emancipación del “Norte revuelto y brutal”, no había alcanzado la independencia calórica pese a los ingentes esfuerzos desplegados para conseguirlo. Pero primero a lo primero. El tema alimentario quedaría para el final, asegurando así Mr Dummy el tiro de gracia en el momento cumbre. Sin más preámbulo tomó con sus “pies” un envase chato y ovalado, de etiqueta multicolor, y lo sostuvo con dificultad ante sí:

—¡Démosle la bienvenida a la Frotadina! Esta crema de suave textura, sin par fragancia y cuyo agente activo más destacable es el Matusalato, garantiza un arribo satisfactorio a la cuarta edad. Lejos quedó la época en que la decrepitud vegetativa socialmente útil era privilegio de unos pocos. “¡Barrera de los 200, atrás!”, es nuestro lema.

—¡Oooh!

—¡Hmmm!

—Ññño.

El resto del día un aluvión de productos sorprendentes desfiló ante la entusiasmada concurrencia. Expresiones de “¡Zambomba!”,¡De por firmado el contrato!” o “¡Yo me quedo con tres camiones!” se sucedían una tras otra, convirtiendo el salón en un avispero.

Mas, en breve, las cosas dejarían de ir sobre ruedas:

—Y aquí… —Mr Dummy hizo una pausa dramática— ¡el popular Molafix!, el dentífrico por excelencia y que yo mismo empleo sin ascos —agregó, y sonrió a la manera en que solía hacerlo frente a las cámaras: mostrando su dentadura hasta las encías.

Un silencio incómodo se instauró en el salón. De súbito, vocearon desde la puerta de acceso:

—¡Colgate mejor, gringo! ¡Colgate!

Para encarar al insolente, Mr Dummy no necesitó la traducción de Mr Hollycrap; quien, de otra parte, lo miraba con los ojos como pesetas:

—Nou, nou, nou. Colgate buena, Colgate good, perrro Molafix más mucho mejor. ¡Mirrra! —dijo, y volvió a sonreír.

—¡Qué pelotudo!… ¡Colgate del cuello, che, que ese dentífrico de porquería se ha espichao tu dentadura!

Quien así hablaba era el representante argentino de la EMCOMTAVUABAJO S.A.[4], que iba de camino a un coloquio en el salón adyacente y casualmente pasaba por allí.

—Pues oye lo que te digo —intervino el veterano secretario general del SINPUTIGAR[5]—, si tu Molafix pinta igual que nuestro Perlex (y parece que sí, que así pinta) seguiré recomendando a mis afiliados el uso de la pasta de dientes para secarse los granos, ¡quiá!

Un joven accionista de CROQUETOC Inc.[6] añadió:

—Bueno, puestos ya a criticar… No es mi intención ofenderlo, fíjese, que soy un ejecutivo serio… y a lo mejor hasta es el ángulo pero… ¡la pinga, es usted más feo que una cucaracha boca arriba! Ya está.

Como si hubiera dicho “El rey está desnudo”. De inmediato se desataron los más disímiles comentarios:

—Este hombre es el engendro de la sociedad de consumo más repugnante que he visto en mi vida.

—¡Qué falta de seriedad!

—Razón lleva el Gran Sustituto cuando nos advierte que el Imperialismo no rebasa esta crisis.

—Y todavía tienen la desvergüenza de enjuiciar a dos compatriotas… ¡Siií, porque aquí todo tiene que veeer!…

Sin conocer los motivos de tanta algarabía, Mr Dummy interrogó con la mirada a Mr Hollycrap. Su amigo no daba abasto para traducir los parlamentos. Fueron las gafas de la moderadora las que lo sacaron de su ignorancia. Mr Dummy no podía creer lo que le revelaban los cristales reflectantes: la sonrisa petrificada en su rostro era un rosario de dientes atropellados y mal dispuestos, que casi enseguida le recordaron al protagonista no humano de la película “Tiburón”.

“¿Habrán llegado al extremo de ponerme dientes de más?”

El encuentro, ni que decirlo, fue un sonado fracaso, quedando pendiente en la agenda de Mr Dummy el tema de los alimentos. Este no consideró prudente defender las bondades del Chosty-Frosty. Por razones de etiqueta había ocultado que se servía de un sustituto. ¿Quién creería pues, al ver semejante adefesio, que el cereal ayudaría a los niños cubanos a crecer fuertes, saludables y “americanos”?

Una vez el salón estuvo vacío, Mr Hollycrap le dijo a Mr Dummy:

—Te invito a la Bodeguita del Medio, Francis. Necesitas un trago.

Recién empezaba la telenovela épica rusa “Proceloso Dniéper o los desamores del comisario Vasili”, cuando Mr Hollycrap despidió en la puerta de la suite a un ebrio Mr Dummy.

“Tu idilio con la Healthy Life ha finiquitado”, se lamentó el cover-guy entre hipos mentales. A pesar de ello no había renunciado a su noche de libertinaje. Según lo acordado, la mulata se aparecería de un momento a otro. No bien se levantó de la silla de ruedas y entró dando trompicones en el cuarto de baño para ducharse, lo apremiaron los deseos de orinar. De un tirón se bajó la cremallera y al mirar a su entrepierna enarcó las cejas: su “Godzilla” no era mayor que el “Micky” de su hijito Jim, de ocho años. Ahorcando sus escrotos una cuerda (que un negligente había olvidado cortar) sujetaba una etiqueta clasificadora. Mr Dummy la arrancó y leyó: “Ministro de Relaciones Exteriores…”

—¡Maldición! —exclamó descorazonado, mientras se sentaba en el inodoro para aliviar su vejiga.

Después del “Konieck” de la telenovela llegó la mulata, maquillada y vestida acorde a las circunstancias: más mambises invertidos en su cara que en su cuerpo de guitarra. La muchacha se escurrió entre las sábanas de Mr Dummy sin que mediaran cómos ni porqués. Tampoco se burló de su condición; era una profesional. A los cinco minutos chillaba:

—¡Dámela! ¡Sí! ¡Dámela, coño! ¡Sií! ¡Siií! ¡Dámela toda, Vasiliiij-ij-ij-ij!

—¿A tú gustar lo que yo hecho, darling? —le preguntó dubitativo el norteamericano, acostado de espaldas y con las manos en la nuca.

—Fue como hacer tortilla, beibi —respondió la mulata, y suspiró.

—¡Oh! Tortilla quiubana sabrossa, tortilla quiubana good.

—Sí, tortilla rica papito pero afloja lo que me debes.

A la misma hora en que Mr Dummy caía en standby, “rendido” por el agotamiento, el Excelentísimo Señor Yotekito Metisaka gozaba de lo lindo en un lupanar de Mayabeque.

***

Sí, los dientes tienen su historia aparte. ¿Conoce usted a Manolo? ¡Manolo, compadre…! Disculpe… Manolo, el albino que anda siempre con un obsoleto radio VEF al hombro y le encanta chuparle el rabo a la jutía. Pues resulta que ese día tenía al niño suspendido de la escuela por moquera y lo trajo consigo a trabajar. Buscando entretenerlo y de paso robustecer sus matemáticas, le dio la bolsa que contenía los dientes del sustituto para que llevara los outs que cantaba el narrador. El iluso de Manolo pensaba que le ganaríamos a los yanquis por nocao en el séptimo. Y no es menos cierto que la cuenta daba: 4 outs por 7 inings son 28 outs; o sea, los 28 dientes de Francis Dummy, que no tenía cordales. Pero usted habrá escuchado el refrán que reza: “En el masgüelbol no hay nada decidido hasta el out 36”. Y así fue. El niño tuvo que completar su ejercicio de aritmética cogiendo dientes de otra bolsa. Manolo, que al terminarse el juego ya estaba borracho perdido, no sé percató y le implantó (ignoramos cómo) el ramillete de dientes al sustituto. Si me pidiera una opinión, le diría que tenemos un potencial “Relevante” en el venidero Fórum de Ciencia y Técnica…

¿Eh?…

¿Lo de los genitales? ¿Qué hay con ellos?

¿Cómo que quién le puso…? ¿Acaso no sabe usted que perdimos el juego?

¡¿Qué tiene que ver?! ¡¿Qué tiene que ver?! “Kinkong” se descuelga con una bola neutra de mierda que le envía el gringuito y “¿Qué tiene que ver?” dice el hombre así, tan lechugoso. ¿No recuerda la que se armó? Verdad, acaba de regresar de China. Mejor, mucho mejor. De esa forma se evitó presenciar una escena bastante desagradable. ¡Madre mía, qué despelote! Solo cuando llegó la policía los ánimos se aplacaron. Después un cerillador y un insuflapedos revelaron que en el taller ensamblaban el sustituto de un norteamericano, y para allá corrimos todos, policías incluidos. Así, usted sabe… la frustración… ¡Mire que poncharse el negro cabrón ante un yanqui! ¡Y con las bases llenas! A tumbar caña deberían mandarlo… ¿Qué?… ¡Insiste el hombre en lo de los genitales! Se nota que la pasión por el masgüelbol no circula por sus venas.

¿No se da cuenta de que la broma se pintaba ella solita?

***

Sábado 14 de junio, 8:00 am.

Humberto entró en el dormitorio de Mr Dummy para efectuar la limpieza de rutina y reparó en que el norteamericano yacía inerme en su cama.

Raro que aún no se haya desper… conectado, porque estos tarecos crean un vicio… Claro, este delús está que da la hora”, pensó, dando por sentado que lo que veía era un sustituto.

Diligente, frotó la verruga de la nariz con brillador.

¡Ño, no se cae! Y el mío a la semana ya había soltado un dedo…”

Una llamada por el videófono lo sobresaltó:

Humberrrto, this is Miss Blackhole. Thanks God you are there![7] —El rostro compugnido de Miss July Blackhole apareció en la pantalla.

— Yess, yess, mis Negrohueco. ¿Juat du llu guan, eh?

Humberrrto, how many times do I have to tell you…?[8]

—¡Oh!, yeeess, tu tel llu, tu tel llu…

Shut up and listen to me! Do you have the phone number of our embassy in Havana? I,ve lost it and I need to make the arrangements in order to incinerate Mr Dummy´s surrogate: cancelling the ID, all the paperwork… you know.[9]

—¡Eh!, despacito. ¿Llu ju? ¿Can quién? ¿Tu juat?

God damn it! Let´s see…[10] Veamos a ver… pedazo de idiota. Escucharme bien tú. Incinerrrar sustituto Mr Dummy… Entonces… argh… mí necesitou lo más mucho rápidou…

—Yess, chur. Onderestén, onderestén: sustituteichon señor míster Domi, ¡puf!, pa´l incinerator.

Forget it, Humberrrto. I´ve just found the number! Bye.[11]

—Siyu leiter si es que leiter te siyu, mis Negrohueco —dijo—. Y mis santísimos huevos también, ¿no te jode? —masculló al cortarse la transmisión.

“¡Sí! ¡Siiií!”

Patear, sacudir, desmembrar… ¡achicharrar un sustituto! El joven se frotó las manos.

“Siempre quise hacer esto.”

Con una sonrisa en los labios envolvió en una sábana a su empleador y lo sujetó por las axilas. Luego lo arrastró por el pasillo, dejó que el cuerpo contara por sí mismo los escalones hasta la planta inferior y lo trasladó hasta el sótano, donde estaba el incinerador.

Mientras Humberto arrojaba el “sustituto” al fuego, se preguntaba cuál sería el aspecto real de Mr Dummy. Y a 2000 kilómetros de la mansión, en la suite del Hotel Nacional, un mensaje en el nanocerebro del MFD-DLX004 declaraba lo increíble:

Error de sincronización. Perdiendo enlace satelital con el cuerpo emisor. ¿Qué desea hacer?: ¿Reintentar? ¿Cancelar?”

Mr Dummy abrió los ojos y se llevó literalmente los pies a la cabeza:

—¡Maldición! —gritó, a la par que basculaba y caía en la alfombra.

Allí quedó inmóvil.

Fin

Nuevamente muchas gracias a Claudio.

Este autor también participo el año pasado y además ha realizado varias colaboraciones a nuestro blog en el pasado, si quieres leer sus otros relatos, puedes consultar la etiqueta “Claudio G. del Castillo”. Y por favor no se olviden de comentar, una y otra vez los autores me han repetido que conocer las reacciones de sus lectores es una de las cosas que mas disfrutan 🙂


[1] ¡Maldición! ¡Humberto, ven aquí! (N.A.)

[2] ¿Cuántas veces tengo que decirte que solo uso Molafix para cepillarme los dientes? (N.A.)

[3] Lleva esta mierda al incinerador. ¡Ahora! (N.A.)

[4] Empresa Mixta Comercializadora de Tabacos de Vueltabajo Sociedad Anónima. (N.A.)

[5] Sindicato de los Productores de Útiles para el Hogar. (N.A.)

[6] El sigloide ya no aparece en el listado oficial del Ministerio del Comercio Interior. Es probable que fuese una empresa de vida efímera. (N.A.)

[7] Humberto, es la señorita Blackhole. ¡Gracias a Dios estás ahí! (N.A.)

[8] ¿Humberto, cuántas veces tengo que decirte…? (N.A.)

[9] ¡Cállate y escúchame! ¿Tienes el número telefónico de nuestra embajada en La Habana? Lo he perdido y necesito hacer los preparativos para incinerar el sustituto del señor Dummy: cancelar el ID, todo el papeleo… ya sabes. (N.A.)

[10] ¡Maldición! Veamos… (N.A.)

[11] Olvídalo, Humberto. ¡Acabo de encontrar el número! Adiós. (N.A.)

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