Joseín Moros, autor de los blogs Imaginacción y Wardjan, nos envía este cuento acompañado de una ilustración, ambos de su propia autoría ¿qué mas se puede pedir?

TECNOLOGÍA DE LA OSCURIDAD

La sombra parecía observar la habitación.
La pantalla del viejo osciloscopio lucía atiborrada de trazos rojos, amarillos y azules de diferentes tonos; bailaban una danza de ritmo desesperado; números, cambiando de valor, centelleaban sobre el fondo verdoso del vidrio. En la mesa de madera, otros instrumentos acompañaban al antiguo aparato: generadores de señal, fuentes de poder, voltio amperímetros de varios tamaños y diseños estaban allí, recalentados por largas horas de uso.
Numerosos cables se entrecruzaban como serpientes de variados colores y calibres, opacos por el manoseo de años. Entre ellos, una calavera, pulida por el roce de muchas manos, reflejaba parte de la escena y sobre ella, una vela negra encendida, estaba a punto de terminarse.
La sombra se acercó.
Grotesca, la masa de cables y conectores convergían en un tablero gris claro, con aspecto de lápida carcomida, el cual podía caber en un plato de sopa; cientos de minúsculos agujeros, en filas, lo cruzaban y dentro de los huecos entraban los terminales de los componentes electrónicos, simulando patas de hormigas feroces, unas negras, otras de tonos metálico. Aumentando el complicado aspecto, diminutas lágrimas de colores parpadeaban entre las filas de piezas.
La sombra parecía titubear.
Reducida y oscura, la habitación era opresiva, la única lámpara de techo estaba apagada, se veía una cama desaliñada y otros enseres del hogar. La silla, volcada en el suelo, cerca de una biblioteca con las maderas torcidas por el peso de los libros, tenía desgastado el asiento y el relleno de goma espuma sobresalía como una hernia monstruosa. La puerta del baño estaba medio abierta y no se oía ruido de la ducha, aunque la luz de otra vela hacía parecer que alguien se movía dentro de la pequeña habitación; sólo era una ilusión por los parpadeos de la llama.
La sombra se agazapó.
Un pequeño altoparlante, con el papel carcomido por las cucarachas, y al parecer fue parte de un antiguo radio receptor, emitió una extraña voz, imposible de identificar su sexo.
“Conteste. Quiero hablar con usted”
Casi debajo de la mesa, el cuerpo de un hombre de avanzada edad estaba tendido en el suelo. Tenía los ojos cerrados y una ceja le sangraba, al parecer por haber
golpeado la cara contra el suelo. Estaba sin camisa, tenía un pantalón corto y los pies descalzos; tal vez el calor lo había obligado a quitarse la ropa. Su piel, cubierta con tatuajes, brillaba de sudor. La ventana cerrada no favorecía la ventilación del oscuro ambiente.
El altoparlante vibró de nuevo, y la voz metálica y oscilante, como si estuviera a punto de apagarse, expresó algo más.
“No puedo verlo, diga algo. Sé que está allí, siento su presencia. Diga su nombre, me servirá para encontrarlo”
El anciano abrió los ojos y no se movió. Al fin levantó la cara, miró hacia los lados, apoyó las manos y se medio incorporó en el suelo. Mantenía el cuerpo encorvado, como pretendiendo ocultarse de algo; la mano derecha se movió hasta tocarle el rostro, el dolor le había advertido de su herida. La sangre manchaba sus manos, mejillas y pecho; además el líquido rojo brillaba en el piso, reflejando los destellos coloreados del tablero de diseño.
Se levantó, enderezó la silla y sentado, moviéndola sobre las ruedas, se acercó hasta la mesa. Una grabadora de cinta, modelo también muy antiguo, emitía una luz parpadeante. El herido presionó una de las teclas y se oyó la cinta retroceder, luego varios chasquidos del mecanismo y la misma voz de antes salió del megáfono.
—“¿Quién es usted? ¿Dónde está?”
La sombra no se movía.
Después se oyó la voz grabada del viejo, hablando entre tartamudeos de estupor.
—“¡Se puede hacer!… ¡Lo hice!”
El estampido de la silla, cuando golpeó contra el piso, y el retumbar del cráneo del viejo contra el suelo, se repitió desde la grabadora. El anciano se agarró con fuerza de la mesa para no desmayarse de nuevo y siguió oyendo, le llegaron las palabras que se perdió de oír mientras estaba inerte en el suelo.
—“Conteste. Quiero hablar con usted”
Ocurrió una larga pausa y a continuación brotó la última frase grabada:
—“No puedo verlo, diga algo. Sé que está allí, siento su presencia. Diga su nombre, me servirá para encontrarlo”
Temblando, el anciano movió el dial de un generador de señal, el aparato tenía edad suficiente para haber pertenecido a sus ancestros más lejanos. Las luces, en el tablero de diseño, se fueron apagando por segmentos, ninguna quedó encendida. Se levantó y accionó el interruptor de pared, la habitación apenas se iluminó con el único
bombillo de baja potencia, colgando en el techo, y las moscas se despegaron del vidrio al sentir calor.
La sombra se confundió con un muro sucio y oscuro, a espaldas del viejo.
El anciano regresó a la mesa y tomó un trozo de lápiz, con la mano temblando como pasto seco al viento, miró el dial del generador y anotó un número con el primitivo instrumento de escritura, al mismo tiempo lo pronunció. Su voz coincidía con su aspecto, era arcaica, como si viniera de un pasado más antiguo que su cuerpo.
—Seiscientos sesenta y seis, es el número base, ¿por qué no? Debí imaginarlo antes—y rió, al mismo tiempo que tosía.
La sombra pareció crecer y tomar fuerza, haciéndose más espesa.
En el tablero de diseño, una de las lágrimas de vidrio intentó encender, apenas hizo un destello verde mortecino. Se oyó el sonido de alarma en un prehistórico reloj de cuerda situado al lado de la cama, mostraba las cinco y treinta con las agujas. El viejo movió la mano con rapidez y arrancó del tablero el cable principal de alimentación, el altoparlante emitió un sonido, como el de una puerta muy lejana al cerrarse y quedó mudo. En la pantalla del osciloscopio apenas quedaron ocho líneas, planas como el horizonte de ocho desiertos, cada uno de un color diferente, y los números se convirtieron en ceros. La vela negra se extinguió con un chisporroteo.
La sombra desapareció, encogiéndose como si ofreciera resistencia.
—Se acabó la noche, lo repetiré cuando vuelva la oscuridad, estoy cansado—dijo el viejo, y se dejó caer en la cama.
Con la mano manchada de sangre, apretó los botones de un control electrónico de aspecto complejo, oculto bajo la almohada sucia y hedionda, se arropó con una gruesa piel, de algún animal extraño, de la cual saltaron varios insectos.
Una ventana, hasta ahora disimulada por un muro de ladrillos desquebrajados, se abrió en silencio y dejó entrar la luz del amanecer. La moderna ciudad, con rascacielos rodeados por aparatos voladores, como abejas sobre panales, contrastó con la antigüedad de la habitación, ubicada en un techo a más de cincuenta pisos por encima de la calle.
En el cielo, violeta oscuro, dos difusas lunas estaban siendo borradas por la luz del sol anaranjado, que en pocos momentos apenas asomaría por encima del horizonte durante un día de casi veinte horas. La frescura del aire invadió la atmósfera interior.
Antes de dormirse, el viejo murmuró:
— ¡Al fin!… Podré comunicarme con mi amo… el Señor de los Infiernos.
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