En esta ocasión les traigo la obra de Enza Scalici, de Caracas Venezuela, quien nos trae la historia de un mundo muy parecido y sin embargo tan distinto a la Tierra…


RESPETEN NUESTRA CASA
©

¡Que poco sabéis vosotras, pobres powindah,
De la experiencia que hemos acumulado!
(Scytale, maestro tleilaxu)
FRANK HERBERT

Todas las pruebas apoyaban el desembarco: las radiaciones del nuevo planeta y los microorganismos presentes en el aire no representaban amenaza alguna para el ser humano y la atmósfera tenía el contenido adecuado de oxígeno. Excitados por la fuerte presencia en el subsuelo de akkhadisch, el precioso elemento cuya búsqueda era el principal motivo de su misión, los viajeros esperaban el momento del aterrizaje.
Finalmente el comandante dio la orden y la nave comenzó su acercamiento al planeta. ¡Como se asemejaba a la Tierra! Todos los tripulantes habían visto imágenes del mundo de origen de sus antepasados, y se asombraron frente a la similitud de colores entre la mítica patria situada en la lejana Vía Láctea, y este globo recién descubierto en la inmensidad del universo. Las nubes lo rodeaban arremolinándose, y entre la bruma se entreveía predominante el hermoso azul, interrumpido por manchas verdes y sombras pardas. Mientras los océanos, selvas y montes se delineaban con claridad, los visitantes seguían enviando a los nativos señales tranquilizadoras: llegaban en son de paz.
Al tocar tierra fueron recibidos con pompa por las autoridades. El planeta se llamaba Hungool, y la estrafalaria apariencia de sus habitantes los dejó pasmados.
En el comunicado enviado más tarde a Adhria, el comandante escribiría:
“…Hasta ahora no hemos visto un nativo básicamente igual a otro. Su estructura original recuerda vagamente a la humana: cabeza, torso y extremidades. Pero, gracias a las manipulaciones genéticas, han alterado su apariencia física hasta la deformidad. Algunos individuos tienen hasta ocho brazos que brotan alrededor del tronco, cuatro pares de ojos, patas rematadas por garras y protuberancias varias a lo largo del cuerpo. La última moda parece ser la de unas excrecencias muy delgadas, parecidas a filamentos. Se producen a partir de un injerto de piel en cualquier punto del cuerpo y caen cual greñas. Eso les da apariencia de monos, de lo que se ufanan…
Cual engendros grotescos, nos contaron como si tal cosa que cuando su organismo ya no aguanta operaciones, se suicidan, después de encargar un clon que les permita volver a tener un nuevo cuerpo, al que comenzarán a torturar de nuevo. No sabemos si definirlos aberrantes o estúpidos pues, por otra parte, están totalmente desprotegidos: lo más parecido a un arma que tienen son los bisturíes que utilizan en los quirófanos…”

En los días siguientes, entre reverencias y sonrisas mutuas, los visitantes escucharon la historia de los hungoolianos y contaron la suya, remontándose a los primeros colonos asentados en Adhria, hacía un millar de años:
—Eran doce grupos familiares terrestres; en total, unas ochocientas personas. De Adhria, solo sabían que reunía las condiciones necesarias para la supervivencia. No podían esperar mucho apoyo desde la Tierra debido a la lejanía de la misma. Tampoco lo necesitaron. A partir de las pocas posesiones que trajeron consigo desarrollaron su propia tecnología, la cual, pronto los llevó a viajar por el universo…
—Nuestra presencia en Hungool se remonta a la noche de los tiempos —explicaron los anfitriones— cuando la vida se formó de la primera célula. A su debido tiempo, viajamos por el universo, para explorar y comerciar. Luego comprendimos que las posesiones no eran lo más importante y cambiamos forma de ser. Ahora somos un pueblo pacífico, sin grandes ambiciones, no molestamos a nadie y queremos ser dejados en paz. Los visitantes siempre han sido bienvenidos… a condición de que no sobrepasen el límite de hospitalidad que les ofrecemos.

“…Las primeras, discretas mediciones, arrojaron resultados que superan nuestras expectativas más optimistas: el subsuelo del planeta es un inmenso depósito de akkhadisch. Creemos que los hungoolianos conocen el gran valor que alcanza este elemento en el mercado interestelar, pero no manifiestan ningún entusiasmo por su explotación. Son seres extremadamente perezosos, producen lo suficiente para subsistir y no les interesan las relaciones con los otros planetas, ni otra cosa que no esté relacionada con sus ensayos científicos. Si los nativos no acceden a trabajar para nosotros, tal vez el proyecto no podrá llevarse a cabo, pues traer todo el personal desde Adhria comporta demasiados gastos… Sin embargo, creo que podremos ejercer la presión necesaria dándole aspecto legal, pues a pesar de su desarrollada biotecnología son un pueblo débil, que nada podrían hacer contra nosotros. Es mi opinión que, confiados y desprotegidos como son, podríamos aprovecharlos para sacar todo el akkhadisch sin mayores problemas…

—Nuestra principal fuente de ingresos es la compraventa, sobre todo de minerales. Adhria tiene grandes reservas de elementos casi inexistentes en otros planetas, y los productos que no tenemos, los buscamos por el espacio para revenderlos. De ahí nuestro interés en explotar sus yacimientos.
—No estamos muy convencidos de darles las concesiones que piden. Sabemos que a la larga, la presencia de extranjeros en nuestro planeta siempre trae problemas.

—Les daremos trabajo a los hungoolianos. Nuestra permanencia aquí será una lucrativa fuente de ingresos y aportará grandes ganancias a las autoridades. Serán recompensados por su grata hospitalidad.
—Ya explicamos que no estamos interesados en el lucro. Respetamos su forma de pensar… comercial, pero nosotros vivimos felices dedicándonos a nuestros experimentos, aunque es obvio que no nos entienden. Ustedes cambian de ropa; nosotros cambiamos de apariencia…
Pero al final dieron permiso para explotar los yacimientos y contratar mano de obra nativa, con algunas condiciones:
—Que quede bien claro: no aceptaremos imposiciones de nadie. Trabajarán los hombres que quieran y por el tiempo que quieran. No olviden nunca que los dueños de la casa somos nosotros y ustedes, sólo unos huéspedes.
A los de Adhria le costó contener la risa frente a tamaña arrogancia. Dado el caso ¿cómo pensaban defenderse, con sus cuchillos de cocina de punta roma?
Los obreros hungoolianos, demostrando una inconciencia sin límites; firmaron confiados unos contratos en donde las cláusulas más importantes estaban redactadas en letras muy pequeñas. Con el paso del tiempo no soportaron las rígidas condiciones impuesta por los patronos. Ellos no estaban acostumbrados a turnos de trabajo, ni a manejar herramientas pesada, mucho menos a que un capataz les estuviera gritando. Entonces comenzaron a abandonar sus puestos.
Fue cuando se dieron cuenta del error cometido.
—¡Las multas impuestas a los trabajadores que abandonan sus tareas sobrepasan lo que ganarían en un año de trabajo! –protestaron los delegados hungoolianos
Los de Adhria se encogieron de hombros.
—El contrato habla claramente de las multas. Debieron pensarlo antes de firmar.
—Pues rehagamos los convenios, para que ustedes traigan sus propios obreros.
—Las condiciones actuales nos parecen favorables: no tenemos por qué cambiarlas.
— ¡Nos engañaron!
—Tómenlo como quieran. Si los hombres cumplen con su trabajo, no habrá multas y sí ingresos para todos.
Una vez quitada la careta, los de Adhria les exigieron más y más a los nativos, limitando cada día sus derechos, mientras ellos obtenían pingües ganancias con la venta del akkhadisch.
No tenían miedo a las represalias, pues ¿qué podían esperar de un pueblo casi que vivía aislado, sin ninguna tecnología, sin armas para defenderse siquiera?

Un año después se podía considerar a los hungoolianos como pueblo esclavizado, mientras que sus opresores comenzaban a figurar entre los más ricos del universo.
Fue entonces cuando en Adhria comenzaron las epidemias.
Estallaron en diferentes ciudades y se expandieron por el planeta a una increíble velocidad y, por supuesto, a nadie se le ocurrió pensar que provenían de una misma fuente.
Los adhrianos, presas de vómitos, hemorragias internas o extrañas convulsiones, morían a diario por millares y los médicos, los que aún no estaban contagiados, miraban impotentes, pues nada aliviaba los horribles sufrimientos de los enfermos.
Un día, en el castigado planeta, recibieron un angustiado mensaje desde Hungool:
“¡Las epidemias tuvieron origen aquí! Se están vengando!… ¡Vengan a rescatarnos! ¡Auxilio! ¡auxilio…!”
La línea enmudeció, pero los adhrianos, tras largas semanas de apatía, abordaron una flotilla de naves, ahora empujados por la esperanza y una rabia desmedida.

Finalmente Hungool apareció en sus pantallas. ¡Como se asemejaba a la Tierra! Las nubes, cual delicado encaje antiguo, dejaban entrever el hermoso azul de los océanos y el verde de las selvas. Mientras se acercaban al planeta, los visitantes seguían enviando a los nativos mensajes amenazantes: que se prepararan para conocer su furia en toda la extensión del término.
Al aterrizar fueron recibidos por un silencio ominoso.
No había un alma a la vista, ni un vehículo, ni siquiera un perro callejero…
Sofocando la alarma que experimentaban, se apresuraron a dirigirse hacia la planta de explotación.
Sus pasos despertaban ecos dentro de las desiertas instalaciones.
En las oficinas, en todas las pantallas de computadoras parpadeaba el mismo mensaje:
Pulse cualquier tecla para escuchar el comunicado.
Y pulsaron una tecla.
La imagen del supremo delegado hungooliano se multiplicó en decenas de monitores, con los pliegues de sus injertos temblándole en las mejillas cuando comenzó a hablar:
—Bienvenidos a nuestro planeta, queridos visitantes. Lamentamos no poder recibirlos con el mismo cariño que cuando llegaron aquella primera vez… porque fuimos generosos, no pueden negarlo. Lamentablemente se engañaron creyéndonos un pueblo indefenso… o tonto, y actuaron groseramente, a pesar de que les advertimos varias veces de que ésta era nuestra casa y no permitiríamos abusos. Nosotros fuimos sinceros; ustedes actuaron arteramente. Pecaron, y ahora están pagando las consecuencias. La venganza es dulce…
Los colgantes de piel de su rostro ondularon de forma repugnante cuando les dedicó a los espectadores algo parecido a una sonrisa, mientras los seis ojos miraban en distintas direcciones.
—¿Cómo lo hicimos? Fue fácil… Sin darse cuenta, cuando nos relataron su historia, ustedes nos dieron una clave de gran poder. Dijeron que doce familias habían llegado desde la Tierra para colonizar Adhria: por lo tanto, la población actual se reprodujo a partir de estas doce cepas básicas. Ustedes tienen una historia genética pobre y limitada, y nosotros somos unos expertos investigadores; nos resultó un juego de niños localizar los pocos millones de elementos que la conforman. Fueron suficientes unos recortes de uñas, algunos cabellos, un rastro de saliva dejado en un cubierto por los adhrianos presentes aquí… Siete meses de investigaciones y tuvimos en nuestras manos los componentes genéticos que conforman vuestra población actual. Luego preparamos unos cuantos clones, y todos ustedes estuvieron a nuestra merced… ¿Cómo lo logramos? Sería largo de explicar, sólo les diré que es algo parecido a como actuaba el vudú en la Tierra, hace varios milenios.
Y como si pudiera escuchar los gritos de amenaza y las maldiciones lanzadas por los espectadores, el hungooliano añadió:
—Debo avisarles que ya no hay solución a su problema. Después de cinco mil años, y por tercera vez en nuestra historia, decretamos un nuevo renacer general. ¿Qué significa? Nos suicidaremos en masa, de manera que no quedará nadie vivo que los pueda ayudar. Esto no significa que desapareceremos, como ya habrán comprendido. En un lugar que nunca lograrán descubrir, están guardadas las muestras genéticas de cada uno de nosotros. Dentro de cierto tiempo, los mecanismos automáticos comenzarán la reproducción y la vida en nuestro mundo florecerá nuevamente.
“Si están pensando en desquitarse destruyendo nuestro planeta, lo lamentaremos, pero no podemos impedírselo. Ya otra civilización lo hizo en una contingencia parecida, pero nada lograron a la larga: previendo esto, también habíamos guardado, y lo hicimos ahora, muestras de cada planta y animal.
“La vida en Hungool jamás desaparecerá. Volveremos a renacer, y siempre recibiremos con generosidad y cariño a los visitantes espaciales. Nada deberán temer de nosotros… mientras no abusen de nuestra hospitalidad.

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