No podía faltar a la cita nuestro amigo Ermanno Fiorucci quien para este Desafío de Marzo nos brinda una historia compleja e interesante:

PROBLEMAS EN KEPLER-LXIX

El número de personas que viven en diferentes planetas aumenta.

Diferente clima global cambia el cuerpo de las personas y mutan.

Nuevo profeta enseña a la gente los valores morales y religiosos.

Una nueva iglesia se organiza.

(Baba Vanga)

La noche estaba cayendo, pero la ciudad comenzaba a resplandecer de rojo rabioso por las llamas que subían mientras la multitud combatía tumultuosamente en las calles gritando de rabia y furor su malestar.

Sin embargo, delante de los cuarteles, más allá del Palacio de la Administración Terrestre, la lucha parecía concluida y la confusión de cuerpos se había reducido a alguna figura aislada y atemorizada.

Lonlog uno de los mercenarios provenientes de Tros, apareció exhausto, desde una calle lateral, tratando de correr. Sus brazos pendían inertes y sus ropas convertidas en jirones, carecía de arco y su cuerpo estaba cubierto de heridas, pero no sentía el dolor, pues su prioridad era la de hacerse de un arma.

Vaciló, escuchando si alguien lo perseguía. Luego, con un último esfuerza irrumpió en la entrada de los cuarteles, dirigiéndose hacia el depósito de los arcos.

Una luz le hirió los ojos y le obligó a detenerse. Habían adivinado su destino y se le adelantaron. Eran doce, guiados por el renegado Porpron cuyo arco ya estaba tendido; su voz sonaba calmada mientras miraba fijamente a Lonlog y aseveraba, dirigiéndose a los otros:

Es uno de los sanguinarios.

Su tono era hosco y la cuerda del arco se tendió un poco más.

¡Renegado atomista! —Lonlog comenzó a chillar sabiendo que era muy tarde para hablar. — ¡Ya la Tierra sabrá darte tu merecido!

Porpron sacudió violentamente la cabeza:

¡La Tierra! — Habló como si estuviese escupiendo: — Los hombres de la Tierra ya desaparecieron hace más de un siglo. Solo los más débiles quedaron. Esos jamás moverán un dedo, hasta que no se vean obligados, y entonces será demasiado tarde. ¡Ruégale a tus falsos dioses y no a la Tierra!

Lonlog dio un salto, pero la flecha ya había salido y se plantó en su cuerpo.

Porpron bajó el arco y se recostó contra el muro y lloró desconsoladamente, pero no por la muerte de Lonlog.

***

Además de los altos muros de la Estación Espacial, Kepler-LXIX no parecía haber cambiado mucho desde cuando José Cárpenter, treinta años antes, había estado por última vez en el planeta. El tiempo parecía no existir aquí, aunque era evidente que había incidido sobre él. El uniforme gris-naranja de la Asistencia Colonial Interplanetaria colgaba como un trapo sobre los músculos endurecidos de su viejo cuerpo. El color negro había casi desaparecido de sus cabellos y unas arrugas amargas cruzaban el rostro rubicundo. Sus ojos ya no funcionaban sin lentes. Unos pocos años más y hasta un tratamiento de rejuvenecimiento en la Tierra hubiese sido inútil.

Gruñó incómodo, cuando el brag que cabalgaba bufó al subir el sendero escabroso que conducía a la cima de la colina, luego levantó una mano señalando a los escoltas que se detuvieran.

Parece todo bastante tranquilo —observó.

También una bomba H, antes de explotar —rebatió Herodio con su voz estridente e irritante.

Su estúpido rostro estaba inundado de sudor y él hacía movimientos nerviosos al secárselo con el pañuelo.

La Tierra debía estar en crisis para enviar a un tipo así para que administrara un planeta, aunque se tratase de uno como este con su evolución estancada”, pensó Cárpenter. Lentamente tomó el binocular para observar el valle. El aire era fresco y cristalino, como suele serlo después de una tormenta.

Matorrales cargados de racimos de frap y campos de mohet esponjoso cubrían las laderas de la colina. Más abajo una caravana subía el sendero, llevando especias, perfumes y minerales de uranio para el comercio espacial, y se escuchaba el ligero tintinar de los cascabeles que subrayaban el paso de las bestias. Otras caravanas se cruzaban al norte, frente a la colina mientras que el puerto, a oriente, estaba lleno de bajeles y galeras con velas policromas que le daban un aire festivo.

Se entretuvo observando la ciudad más allá de los asentamientos de abarrotes al aire libre. Cafal había crecido hasta convertirse en un laberinto de bajas construcciones y callejuelas que se entrecruzaban bastante más allá de los viejos muros. Cárpenter sabía que la ciudad estaba llena de escualidez y suciedad, pero la distancia las atenuaba un poco. Los adobes amarillos y los techos oscuros parecían diluirse silenciosamente a la luz del atardecer en un conjunto de formas siempre mutantes.

Al centro de la ciudad estaba ubicado el gran Santuario que sobresalía con sus tres cúpulas de mármol recubiertas con delgadísimas planchas de oro deslumbrantes. Cárpenter apuntó los binoculares para observar la plaza frente al enorme edificio. La multitud se aglomeraba principalmente en esta zona, pero nadie se movía con excesiva vivacidad. Considerando que el festival de la Encarnación iniciaría el día siguiente, esto lucía como una nota falsa.

Herodio carraspeó con nerviosismo:

Creo que sería mejor seguir por si se presenta algún problema…

¿Provocado por un solo kepleriano? —Preguntó Cárpenter con ironía.

También se dijo que Mahoma era solamente un hombre enfermo —puntualizó Herodio — y la historia antigua nos relata que en el lejano 2043 (FT), los Musulmanes lograron controlar toda Europa y el Islamismo fue la Fe oficial de la mayoría de la población de la Tierra. Además estos pueblos tienen un montón de leyendas acerca de dioses humanos.

Diosas —le corrigió Cárpenter.

De inmediato su humor menguó. Malía estaba ubicada a una distancia de treinta años en su pasado y, sin embargo, no la había olvidado…

Se irguió en su silla y ordenó continuar. Esta vez dos de los arqueros Kunfah de Tros se ubicaron adelante. Eran los famosos mercenarios de Acuarius: monos amarillos, sin pelos y con hocico de lobo. Como soldados eran excelentes, tan buenos que uno solo hubiese sido una escolta eficiente.

Se cruzaron con la caravana que habían visto a lo lejos y se apartaron para dejarla pasar. No parecía que hubiese nada extraño en la actitud de la mujer que la guiaba, sin embargo él notó que Herodio arrugaba el ceño a consecuencia de un extraño gesto que ella le hizo. Probablemente algún saludo religioso, pero no lo reconoció.

Los keplerianos estaban más próximos, físicamente, a la especie humana que la mayor parte de los habitantes de la Galaxia; sin embargo, había diferencias muy notables. Los pechos de las mujeres eran planos solo cubiertos por una estrecha faja, obvio, ya que eran marsupiales y sus marsupios se veían claramente por encima de la corta falda que vestían tanto los hombres como las mujeres. De piel fruncida de color verde pálido, mucho más diluido que el verde del cabello, mientras que las narices y las orejas eran ridículamente anchos. Con aquellos cuerpos ordinarios y pesados hubiesen podido representar perfectamente a los monstruos de la mitología terrestres pero, cotejados con los saurios de Heleus o con los arqueros de Tros, parecían ser sumamente parecidos a los seres humanos.

También sus costumbres y religión tenían algo de terrestre, aunque su dios fuese un sabio y exigente Espíritu Materno: Han

La Tierra había esperado una conquista fácil, basándose en el hecho que sus leyendas hablaban de sacerdotisas encarnadas, que eran las imágenes perfectas de las mujeres humanas. Las sacerdotisas habían logrado mantener la paz bastante bien desde los primeros tiempos de la conquista, hasta ese día, en el cual el incendio de la mitad del Santuario había cambiado drásticamente aquel grave error de valoración.

¿Ha visto a ese profeta del cual me ha hablado? —preguntó Cárpenter a Herodio.

Este sacudió la cabeza y sacó de nuevo el pañuelo:

Solo en una grabación hecha a distancia… Parece que llegó desde el desierto, el año pasado, y comenzó a visitar las provincias promoviendo proselitismo. Hace una semana llegó a Cafal para el Festival, y ya están rodando un montón de ficciones acerca de milagros y cosas parecidas.

¿No lo buscaron para interrogarlo?

No tengo autoridad para intervenir en los asuntos religiosos locales. ¡Usted lo sabe! — la voz de Herodio era petulante. — Eso es competencia suya, ahora, y de la sacerdotisa mayor, la Gat Matra. Fue ella la que pidió al Gobernador una nave de guerra y una compañía de guardias terrestres para mantener la paz.

Cárpenter frunció el ceño intranquilo. El Gobernador del sector tenía, en efecto, la nave de guerra, pero no una adecuada dotación de hombres para combatir. La juventud de la Tierra estaba ocupada divirtiéndose con los placeres que ofrecían un millar de mundos, para ocuparse del control de estos planetas… De manera que lo habían enviado para cubrir esa falencia, a pesar de sus protestas. Para él siempre había un cargo de Vice-Gobernador, cuando la situación así lo requería.

Finalmente estaban entrando en Cafal, y se dirigieron hacia el Santuario y el Palacio de la Administración Terrestre. Cárpenter observó a la multitud, comprobando que el tiempo había aportado cambios. La pobreza era todavía peor y los esclavos parecían organismos de piel y huesos solamente. Los impuestos que exigía el Santuario debían ser muy gravosos. Las calles regurgitaban muchedumbre y cada caravana vaciaba nuevos peregrinos, muchos de ellos armados con espadas, desafiando a las costumbres del festival de la Encarnación que las prohibían. El viejo mercado era una constelación de rústicas tiendas de piel y de otros resguardos todavía más elementales, saturados de fetidez y clamor.

Vivificados por Abú Até—comento Herodio, pronunciando el calificativo en tono desdeñoso. — Más allá del Santuario su número disminuye. Creo que tendremos tiempo para darnos un buen baño antes de que la Gat Matra llegue al Palacio.

La multitud de estupefactos y sucios keplerianos se abrió con displicencia a su paso. Sus caras verdes miraban al hombre y a los mercenarios Kunfah como si no los vieran, parecían sumergidos en una extraña éxtasis. Se podría haber pensado que estaban bajo los efectos de alguna droga. Parecían muy pacíficos, pero los fanáticos pueden querer la paz y una hora después desencadenar una guerra santa.

Al girar la calle hacia el Santuario la multitud disminuía. Más adelante estaban ubicados el Palacio, los Cuarteles de los mercenarios y el feo cementerio de la colina al final de la calle. José Cárpenter miró con los binoculares la pequeña colina prohibida, luego comenzó a sacudirlos, imprecando.

En la cima de la colina-cementerio se erguían tres palos delgados, uno de los cuales sostenía el cuerpo despedazado de un kepleriano. A su lado otro desdichado, todavía vivo, estaba sentado sobre la punta afilada de otro palo. Este había sido engrasado de tal manera que sus manos no podían sostener su peso y sus pies estaban a poyados sobre un montón de arena que se desmoronaba en cada contorsión. Lenta e inexorablemente su cuerpo iba bajando.

¡Estos bárbaros habían restablecido el Empalamiento!

Cárpenter desmontó sacudiendo enérgicamente la cabeza, mientras Herodio disminuía el avance.

¡Apártense, maldición!

La concentración de keplerianos se abrió para dejarlo pasar y, al fin el camino quedó libre. Subió corriendo la escalinata del Santuario

La sacerdotisa debía estarlo esperando, pues se oyó un grito y dos esclavas bajaron para ayudarlo. Sorprendido pudo darse cuenta que necesitó de esa ayuda; la edad daba muestra de su presencia en la respiración.

Informen a Gat Matra que he llegado —dijo jadeando.

La Gat Matra saluda a Abú José.

Sonó una voz clara y agradable desde la cima de la escalinata, hablando en perfecto galáctico.

Él recuperó el aliento, mientras ambos se estudiaban. Era una dama gorda y vieja, tanto que su piel estaba tan estirada que casi parecía transparente y su cuerpo abultado lo tenía recubierto de joyas. Despidió a las otras sacerdotisas con un gesto enérgico, y al final sentenció:

Usted es un hombre fuerte y realista… creo. Le felicito por eso.

Suficientemente realista para entender que usted no puede gravar de impuestos a un pueblo hasta el extremo de matarlo de hambre y gobernarlo con tortura —contestó secamente. Hizo un gesto señalando la colina. — ¿Creyó que era suficientemente distraído para no darme cuenta?

La sacerdotisa suspiró orientando una oreja en dirección a los lamentos del moribundo que se oían débilmente por encima de los ruidos de la calle.

Estaba segura que lo vería —dijo tranquilamente. — Estamos atravesando tiempos terribles, Abú José, tan terribles que estos desvergonzados han tratado de saquear el Santuario. Posiblemente yo mentí al llamarlos seguidores de Até, pero la sentencia era legal. Con respecto a los impuestos le diré que tomo lo que puedo, sin embargo no soy yo la que los reduzco por hambre, lo hacen ellos mismos. Los locos de todo Kepler están en Cafal para ver a este Até u observar lo que yo le hago… Tengo los almacenes vacíos y no hay comida para todos. Después de todo, el código emitido desde la Tierra aprueba el empalamiento para cualquiera que osare profanar el Templo. Así que una estupidez semejante merecía un castigo como ese. — Lentamente su ira se hizo evidente.

Entonces le ruego me disculpe Matra.

Realmente no ha sido una ofensa, José —le dijo sonriendo amablemente por el ritual de los nombres.

Ahora, si lo prefiere, podemos hablar mejor en mis aposentos.

En la pequeña habitación, detrás de la gran estatua de oro y jade de la Diosa Han, les hizo una señal a las esclavas que estaban a su lado y estas salieron presurosas de la habitación; le sirvió vino de frap y el incomparable queso de Cafal y luego se hundió de nuevo en sus almohadones haciendo tintinar sus ornamentos.

Un hombre sabio tiene muchos destellos —sentenció. — Me alegra que su Gobernador lo haya enviado a usted en lugar de la nave de guerra que el administrador había requerido y que no hubiese servido de nada. Quizás, usted y yo consigamos encontrar una solución… José, cuando estuvo aquí, ¿qué aprendió acerca de las encarnaciones de Han?

Él podía sentir los músculos de su cara estirarse, pero logró lucir tranquilo:

Encontré a una de sus sacerdotisas y vi lo que era capaz de hacer — respondió.

¡Malía!

Una luz relampagueó detrás de los ojos de Matra . Luego se relajó de nuevo.

Oí algunos comentarios, aunque en ese tiempo yo solo estaba sirviendo en el burdel del Santuario… Bien, entonces sabe que entre nuestra raza puede nacer, cada período de tiempo indeterminado, un niño que se parezca a uno de vosotros, y puede crecer y hacer milagros. Até dice ser uno de estos.

¿Un varón? —preguntó Cárpenter sorprendido, aunque hubiese podido habérselo esperado.

Ella asintió.

Hasta ahora habían sido solamente hembras, exceptuando el primero quien fue él que fundó nuestra religión con una serie de sangrientas guerras santas. Algunas leyendas afirman que él era fértil, a diferencia de las hembras, y hasta se dice que haya sido él a concebirlas todas, pero el pueblo cree que sean encarnaciones de la Diosa, y esto no incomoda al Santuario, Até, en cambio, sí lo hace.

¿Por qué no lo mandó a matar cuando apareció por primera vez? —preguntó.

Él estaba tratando de adecuar sus pensamientos a lo que había escuchado. Debía tratarse de una especie de mutación recesiva y congénita, acompañada por la posibilidad de sanar a los enfermos con la sola fuerza mental. Era perfectamente posible. La Tierra había descubierto y desarrollado muchas mentes con las mismas capacidades que habían elaborado y ajustado los costosos tratamientos geriátricos para el rejuvenecimiento.

Lo intenté más de una vez —admitió ella, — pero él convirtió a mis emisarios. Luego traté de convencer al administrador a proclamarlo terrestre, ya que pretende ser un kepleriano. Hubo, de hecho, una terrestre cumpliendo aquí una misión, hace ya muchos años, que se comportaba de manera parecida y la Tierra decidió transferirla.

Cárpenter recordaba haber leído algo al respecto… Esto hubiese podido hacer las cosas mucho más fáciles. Los keplerianos habían siempre considerado la “Ciencia” una respuesta tranquilizante a todo lo que los terrestres podían hacer; en cambio, consideraban una afrenta que una raza cualquiera se ocupara de su religión.

Supongo que Herodio ni siquiera tomó en consideración la propuesta. —Ella asintió y él imprecó en voz baja. Era una actitud típica de ese inepto. — ¿Cree en verdad que este Até sea un terrestre?

Ella se encogió de hombros, mirando con amargura la copia enmarcada del Tratado Tierra-Kepler.

¿Habrá alguien capaz de saber cómo podría ser una encarnación masculina? Y ¿cómo podría hablar yo de los terrestres si todos los que he visto son diferentes en cuanto a catadura, talante, estatura y hasta en el color? Tengo las manos atadas. Si es terrestre, yo no puedo hacer nada. ¡Si es kepleriano, por ser una encarnación, está fuera de mi poder! Pero debe ser parado por el bien de todos nosotros, de su mundo y del mío. ¡Aquí y ahora!

Agarró un cofre y comenzó a sacar un fajo de hojas escritas en kepleriano.

¿Puede leer esto? —le preguntó. A su señal afirmativa se las entregó.

Tómelas y léalas. Se dará cuenta que él adora al Espíritu Materno pero también al Precepto Paterno. Quiere que las riquezas les sean quitadas al Santuario y distribuidas entre todos. Proclama la igualdad de todas las razas. José, ¡imagínese lo que podría significar esto para la posición de la Tierra! ¿Cómo negociarían con Kepler sin la intermediación del Santuario? No lo podrían hacer más, por lo menos por ahora. ¿Está la Tierra, en la actualidad, suficientemente fuerte, para lograr recuperar Kepler contra una multitud de fanáticos, o poder conservar sus otros mundos si este se le escapa?

De improviso hizo una pausa para observarlo. Luego una leve sonrisa le volvió a subir las comisuras de la boca.

Estaba tan desesperada que hasta llegué a pensar en la posibilidad de corromperle, José. Pero un hombre, que después de cincuenta años de servicio en la ACI sigue siendo pobre, debe ser, seguramente, una persona honesta. De todas maneras le enseñaré lo que había escogido para usted.

En el fondo del cofre había una prenda de Esmeraldas de Palámides, legendarias joyas que de día brillaban iridiscentes y de noche se iluminaban con fosforescencia plateada. En la Tierra con una de estas esmeraldas se hubiese podido conseguir un completo tratamiento de rejuvenecimiento y diez eran suficientes para conseguir una gobernación en cualquier sector. Las manos de José temblaron un poco pero logró sonreír cuando la sacerdotisa cerró el cofre.

La sonrisa de ella tenía algo extraño, cuando guardó la caja:

Bien, quizás algún día la Diosa le recompensará por su honradez. Esa es una posibilidad que siempre está presente. — Luego se levantó con mucho esfuerzo y volteó hacia la puerta. — Hice preparar un carruaje para que le lleve hasta el Palacio.

El carruaje se zarandeó a lo largo de la bajada hasta que pasó a través de una estrecha reja ubicada al final de la escalinata, pero Cárpenter casi no observó el camino que escogió la sacerdotisa que lo manejaba. Estaba detestándose, mientras el resumen de su entrevista con Matra se estaba definiendo en su mente. Ella le había dado algunas informaciones, dejándole a él toda la responsabilidad y sí, maldición, ¡había tratado de ofrecerle una prenda de Esmeraldas de Palámides a cambio de su ayuda! Aquellas palabras dichas al final, solo podían significar esto. Matra lo había manipulado durante aquella hora de coloquio, pero él no lograba asir la hebra inicial de la madeja en los asuntos de su competencia y ella ¡le había endosado todo el problema!

De pronto el carruaje se detuvo con una sacudida y comenzó a retroceder. La calle que estaba a punto de embocar, la principal entre el Santuario y el Palacio, estaba ocupada por una suerte de procesión. Exactamente en el centro había un espacio despejado en el cual una figura vestida con una pesada túnica larga caminaba en solitario.

Él agarró las manos de la sacerdotisa que estaba a punto de dar la vuelta:

¡Espera!… ¿Es Até?

Ella afirmó. Odio y temor se dibujaron en su rostro.

Los binoculares mejoraron muy poco las cosas. La luz ya estaba disminuyendo y la figura, que se movía lentamente, estaba completamente tapada por la túnica y una capucha. Cárpenter observó también a la multitud y, con enorme sorpresa, vio a dos arqueros Kunfah en medio de la gente. Estos no tenían nada que buscar ahí. Si también los Kunfah eran susceptibles a ser convertidos, entonces…

Un murmullo comenzó a elevarse en medio de la multitud; giró el binocular y vio a un kepleriano dirigirse hacia la figura solitaria. Con un brazo sostenía débilmente una espada, gritaba mientras se acercaba. La carne de su cuerpo estaba recubierta por llagas, la piel oscura en estado de putrefacción, exhibiendo una delgadez esquelética.

La gente cerca de él se apartaba, mientras avanzaba vacilando. Con un arresto final levantó la espada y se la clavó profundamente en su pecho.

Até, con la larga túnica, se paró al lado del cuerpo que se debatía sobre el suelo. Extrajo lentamente la espada de la herida, casi sin tocarla. Luego se inclinó sobre él como si estuviese regañando al moribundo. Al final se irguió. El herido se quedó inmóvil por un momento. Luego su cuerpo se estiró y se levantó muy firme sobre sus dos piernas con un salvaje grito de felicidad y se mezcló a su vez con la multitud. También las llagas oscuras habían desaparecido de su descarnado cuerpo.

Se elevó el frenesí y la procesión prosiguió su camino. En el medio, la figura cubierta con la capa parecía sacudir tristemente la cabeza.

A una señal de Cárpenter, la sacerdotisa giró el carruaje y lo dirigió a través de callecitas tortuosas hacia el Palacio. Su mente estaba totalmente estremecida por lo que había visto. Era tan absolutamente diferente de cualquier poder de curación usado en la Tierra, o en las leyendas de Kepler, que solo podía ser definido como un milagro, a menos que se tratara de un truco teatral presentado al aire libre.

Si la noticia de un hecho como este se hubiese conocido en la Tierra, aquí llegarían hombres de cualquier culto, ingenuos, alienados y aprovechados, entre estos últimos alguien, sin dudas, de la familia del Presidente Hereditario.

Gat Matra había visto más lejos de lo que ella misma imaginara, al comparar su peligro con el que podría correr la Tierra. Con las inestables condiciones que existían allá, solo la noticia de acontecimientos como estos, hubiesen podido sacudir todo el sistema. Malía había significado un riesgo una vez; ¡Até, en cambio, representaba un destino aciago!

En el Palacio, Herodio y su hermana, con los cinco asistentes humanos, que representaban a los únicos terrestres en Cafal, estaban organizando un vago intento de recepción en su honor, pero lucieron visiblemente aliviados cuando Cárpenter les informó que se sentía muy cansado. Ellos hubiesen transformado esa recepción en una orgía, atendiendo a lo que se decía de la hermana de Herodio, que se pasaba de un hombre a otro, incluyendo su hermano. Pero esto no era asunto de Cárpenter. Con el número siempre decreciente de mujeres que llegaban de la Tierra, era incómodo formular críticas severas sabiendo, además, que se había decretado drásticas sanciones contra el acoplamiento con extranjeras, a pesar de que algunas veces esto sucedía lo mismo. Razón por la cual…

No quiso pensar más y se dedicó a desempacar en el apartamento que le habían asignado. Desde el fondo de su maleta sacó al final una copia de “Los libros escogidos del Antiguo Testamento”. Nunca los había leído, aunque había hecho el propósito de hacerlo; pocos hombres a estas alturas conocían su contenido, pues había muchas Incógnitas en el Culto. Pero este era su amuleto. Lo dejó a su lado y se dedicó a revisar los documentos que Matra le había entregado.

El contenido confirmó sus palabras sin agregar ninguna información. Pero tampoco esta certificación significaba gran cosa realmente, ya que los documentos podrían ser falsos. Debería proceder de acuerdo a su propia intuición y, en este caso, la misma Matra representaría un estorbo.

Pero ahora el cansancio, que había inventado como excusa, se estaba convirtiendo en real. Tendría que llamar a un esclavo para hacerse preparar el baño y la cama, pero eso era un fastidio. Hizo todavía el intento de resumir sus compromisos, pero renunció y se tiró en la cama sin desvestirse… ¡Sacerdotisas, diosas, profetas! Por nada en el mundo hubiese deseado mezclarse en otro asunto religioso de los keplerianos. Había sido más que suficiente una vez y ahora…

***

Treinta años antes de envejecer, un hombre podría permitirse hacer proyectos para el futuro en la ACI, hasta en un mundo exterior.

Las esperanzas de José se fundamentaban en un libro que estaba escribiendo: las curiosidades del equilibrio ecológico en un mundo en el cual los marsupiales habían vencido y dominado las otras especies.

Estaba disfrutando, sin acompañante, sus vacaciones bienales en un pequeño pueblo aislado a unos dos cientos kilómetros al norte de Cafal, en un palacete que fue propiedad de la ACI y que ya no se usaba. El libro estaba concluido y su publicación prácticamente asegurada. Luego habría reconocimientos, promociones y la posibilidad de regresar a la Tierra; y también habría una esposa para recompensarlo por diez años de abstinencia y posiblemente también niños. Él siempre había deseado un hijo suyo, a pesar de que la idea era demodé en la mentalidad de ese tiempo.

Todo hubiese ocurrido, posiblemente, si una súbita tormenta no lo sorprendiera mientras estaba paseando para aclararse las ideas. La misma tormenta, que encontrando la ventana dejada abierta por un descuido, había barrido su cajita de antibióticos y dañado la radio. Solo quedaba el doctor del lugar que desconocía todo acerca de las pulmonías. José había caído en la fase de delirio, tristemente convencido que despertaría en el cielo, en el cual no creía.

Cuando recuperó los sentidos, estaba aún menos convencido. Se sentía hecho pedazos con la visión nublada… ¡pero había un ángel o una mujer de la Tierra en la habitación, que hablaba en kepleriano con un viejo de color verde! Ella vestía como los nativos, pero no tenía la piel como ellos y sus caderas eran suaves y sugerentes y sus hombros hermosos y delicados. Cuando le vio el rostro gruñó sorprendido. ¡Por el cosmos, pocas mujeres en la Tierra eran tan hermosas, sin maquillaje, como ella! Siguió considerando la idea del ángel.

Ella movió la cabeza hacia él, pasando a un galáctico casi sin el acento silbante provocado por la ranura en el paladar de los keplerianos:

Yo solo soy una diosa —le dijo. — O mejor dicho lo seré dentro de un mes. Has tenido suerte que no me hubiese ido a Cafal. Estabas casi muerto y tus células sí son diferentes. Ha sido un trabajo difícil contigo. — Luego se inclinó un poco más y sus largos cabellos rubios le rozaron el rostro; — ¿Eres de verdad un hombre de la Tierra, José?

Soy un terrestre tanto como lo es usted, creo —murmuró él acercándose a ella.

Lucía turbada frente a sus intentos de besarla, no protestó hasta que el viejo no farfulló algo que sonaba así como una jocosidad. Entonces se separó llevándose las manos al pecho. Con sorpresa él constató que tenía el pecho plano como el de un hombre.

¿Qué cosa es una mama, tío Kumon? —le preguntó al viejo.

Tetasdos… esas cosas crecen en parejas —contestó la criatura sonriendo con picardía. — Lee más profundamente en su mente y apuesto a que descubrirás un montón de cosas acerca de ellas.

Su galáctico era rápido y correcto tanto como el de ella, aunque pronunciado menos claramente.

Por un momento ella miró fijamente a José. Luego comenzó a reír como una colegiala pícara y salió de la habitación.

Kumon se acercó y se dejó caer pesadamente sobre la cama.

No soy su tío —aclaró. — Soy su maestro, por lo menos, hasta que no alcance el Santuario. Soy uno de los pocos keplerianos que fueron admitidos en las escuelas superiores de ustedes, antes de que la Tierra renunciara a la idea de elevar nuestro nivel de vida, dejándonos marchitar en nuestro mundo. Pero yo no odio a la Tierra. Abandoné el odio y la rabia hace ya mucho tiempo y esta es, probablemente, la razón por la cual todavía estoy vivo.

Dime algo acerca de ella —le solicitó José.

El viejo hizo una mueca afectuosa.

Admito que ella es más interesante que yo. Es lo que ya te ha dicho que es: una diosa y muy buena también. Tú ya estabas en coma cuanto ella llegó. ¿Nunca oíste hablar de nuestras diosas vírgenes?

José había escuchado algunas historias pero no le prestó mucha atención. Hubo una muchacha nacida un siglo atrás que se parecía mucho a las mujeres de la Tierra y poseía el fantástico poder de curar enfermedades y enderezar a los deformes. ¡Pero ella no podía ser la misma! Miró hacia afuera y la vio hablar con una pareja de keplerianos. Luego frunció las cejas. Bajo la luz del sol, parecía haber una leve sombra verde en su piel, y existía la marca de una línea que atravesaba su abdomen, allá dónde los keplerianos tenían el marsupio. Sin embargo podría tratarse solo de un desperfecto cutáneo.

Aquellos son su padre y su madre que se están despidiendo —aclaró Kumon indicando a los dos nativos.

Él todavía estaba débil, sintió un mareo y se desmayó. Cuando retomó consciencia, su cuerpo parecía estar en perfecto estado de salud, a pesar de que solo habían transcurrido un par de horas. Saboreó un poco de la sopa de queso caliente que Kumon le sirvió, bajó de la cama y miró al viejo a la cara.

De acuerdo, explícame los detalles —sugirió.

Kumon estaba deseoso por complacerle, y esta vez José fue menos escéptico. Pero todavía tenía algunas dudas, que se diluyeron cuando, aquella tarde, una rara procesión subió por la calle. Algunos tenían llagas, otros deformes y ciegos. Luego, al ver a Malía sus lamentos se transformaron en gritos de felicidad, y corrieron como pudieron hacia ella rodeándola. Parecía, por lo que José logró entender, que ellos habían llegado retrasados al pueblo donde ella vivía y alguien les había dicho que había salido hacia Cafal para ser consagrada. Pero al encontrarla, daba la impresión, por sus rostros, que habían logrado evitar el infierno. Hasta parecía que miraban a José como a un amigo, por haber tenido el acierto de ganarse una pulmonía y haber así retrasado su partida.

Uno a la vez ella los atendió a todos, a veces hablando, otra posando sus manos sobre ellos. Él miraba tratando de descubrir el truco, al final abandonó la tarea. Debajo de los dedos de Malía la carne que había comenzado a corromperse dejaba crecer una piel nueva. Los huesos volvían a soldarse, las cataratas desaparecían de los ojos. En una ocasión al ocuparse de una columna vertebral rota, hizo levitar al paciente, lo giró en el aire sobre sí mismo y le colocó las manos en su espalda. Se escuchaba un leve canto, pero a nadie asombraban sus habilidades.

Después de haber atendido a todos, y los ubicó en las cabañas del pueblo, regresó donde estaba José:

Es más difícil de lo que pueda parecer —le dijo. — Pero uno se siente bien al hacerlo. Ahora cuéntame algo de la Tierra.

Había quedado solo con ella. José trató de satisfacer su curiosidad, pero no siempre logró describir a la Tierra con claridad. No era fácil acostumbrarse a la idea que una inocente muchacha, y además hermosa, pudiese ser mitad marsupial y mitad un ser muy similar a una divinidad, hasta el límite de hacer milagros.

Creo que me quedaré todavía por algún día más —le dijo de pronto. — Quiero conocer algo más sobre la gente de la Tierra y estudiarte. Puede ser que algún día yo vaya a la Tierra a curar gente.

Hubiese sido muy duro tratar de dormir sabiendo que en la habitación de al lado estaba ella desnuda. Había insistido en alojarse con Kumon, cerca de él. Pero todo lo estimulante que esto pudo significar desaparecía cuando trataba de imaginarla en la Tierra.

El administrador de este planeta era un teósofo neo-blavatskita de la peor especie y no hubiese deseado nada mejor que llevarse consigo a una diosa, ley mediante o no. Una vez que las familias de los senadores hubiesen visto lo que era capaz de hacer, se desencadenaría el pandemónium. Se verificarían no menos de una decena de intentos de raptos cada mes y la mitad de las revoluciones palaciegas se realizarían solo por estar en condiciones de controlarla. La situación podría haber sido peor de la que se presentó con las lagartijas hipnóticas de Gliese, un siglo atrás.

Durante los días siguientes trató de disuadirla a veces con la ayuda inconsciente de Kumon. Pero ella se mostraba segura de sí misma hasta el punto de convencerse que solucionaría todo para lograr satisfacer su más anhelado deseo.

Además nadie le haría daño a una diosa virgen —le dijo, como si esto tuviese alguna importancia. Sirvió, de todos modos, para distraerlo de sus pensamientos.

¿Por qué virgen? —le preguntó. — Tú tienes una divinidad suprema que llamas Espíritu Materno, que solo reencarna. ¿No es una contradicción? Supongo que ella te enviaría un rayo si pierdes tu virtud.

Me abandonaría porque ella es la madre de todos y no de uno solamente. De todas maneras para mi es imposible generar, por naturaleza no soy fecunda con nuestros hombres. Quizás no me importaría no ser una diosa, si pudiese tener un niño y amar a un hombre a tu manera, pero no tengo el deseo de perder lo que tengo a cambio de nada.

Sus palabras le devolvieron todos sus pensamientos al inicio, con la absoluta sensación de haber comenzado a reconsiderarla un ser humano. Sin embargo, aunque pareciera a una mujer, las estructuras básicas de sus células eran diferentes. ¡Hubiese sido más fácil generar un hijo con un árbol de la Tierra! Ninguno de sus cromosomas hubiese podido acoplarse con los de ella. Además, prescindiendo de cualquier otra razón, el sexo era aceptado, moralmente, solo para generar hijos. Asimismo él no sabía absolutamente nada de la anatomía de los keplerianos. ¿Qué sabía él de cómo estaba hecha Malía debajo de la falda?

Ella rió con aquella risita cristalina, juvenil y desenfadada.

José, si quieres que me quite la ropa ¿por qué no me lo pides? No me molesta en absoluto… de esa manera tú mismo puedes darte cuenta.

¡Vete al infierno! —exclamó enfurecido y salió decidido a hacer el equipaje y partir inmediatamente. Un hombre puede resistir hasta cierto punto… más allá se pierde el control. Sí, es cierto, era inocente. Pero sabía perfectamente que era capaz de hacerlo enloquecer y que, además, le gustaba la idea.

Pasaron cinco días y él todavía estaba ahí. Ya hubiese debido regresar a Cafal. Podrían viajar juntos pero no sería oportuno. En vez de hacer el equipaje, José paseaba junto a Malía hacia uno de sus lugares favoritos para descansar, en la cima de una colina.

Llegaron hasta una pequeña depresión que los resguardaba del viento. Él tendió una manta y se dejó caer sobre ella. No había dormido bien la noche anterior y tenía intención de dormitar ahora. Ella había llevado consigo el único libro que Kumon había conservado desde los tiempos de sus estudios en la Tierra, una reedición hecha, quien sabe por quién, del Antiguo Testamento. Ella y Kumon debían saberlo de memoria ya, pero todavía lo estudiaban regularmente.

José se desperezó y ella se acurrucó cerca de él. Su pecho se hinchaba regularmente en cada respiro. ¿Pecho? Él se sentó como un resorte con una exclamación, mirándola fijamente. La primera vez que la había visto era completamente plana y ¡ahora ya no lo era en absoluto!

Tú las querías, así que he cambiado —dijo satisfecha. — ¡Ya era tiempo que te dieras cuenta! Y eliminé el verde de mi piel que no te gustaba y he hecho desaparecer la línea de la piel que indicaba el lugar en el cual debería haber tenido el marsupio. ¿Ves?

Él vio, pero en ese momento estaba más interesado en lo que había de más que de lo que había desaparecido. Si había usado algún tipo de relleno lo había hecho de una manera perfecta.

Son verdaderas —le aclaró ella. — Escogí en tu mente las que te gustaban más. Puedes revisar si no me crees. No me desagrada. Después de todo esto para mí no tiene ninguna importancia…

Pero tenía la respiración gruesa como la suya mientras él deslizaba suavemente su mano debajo del tejido. La sintió temblar y sus pezones estaban erguidos y duros bajo sus dedos.

Por más de un minuto, ella estuvo inclinada sobre él, acercándose con los labios entrecerrados. Luego se levantó como impulsada por un resorte mirándolo con los ojos abiertos de par en par. Por primera vez él notó miedo en su rostro.

No —susurró ella.

Así debía ser. Lo entendía claramente ahora. Una vez que se le hubiese entregado, perdería todos sus poderes y se convertiría en una muchacha cualquiera. Quizás el cambio para ella hubiese significado solo una pérdida de confianza en sí misma, pero no tenía importancia. Era la solución. La Tierra jamás sabría de ella… y ¡habían transcurrido más de diez años sin tener a una muchacha entre sus brazos!

Estaba parado frente a ella. La cara de Malía era pálida, luego decidida.

No —repitió, — No ahora. Todavía no. Debo pensarlo.

Esta vez él esperó, sabiendo que no podía hacer nada para convencer a una criatura con poderes divinos. Pero solo valía esperar. Y al final fue ella la que tomó la iniciativa. Quitándose lentamente la tuniquita superior mientras se le acercaba. Él permaneció inmóvil hasta que ella casi lo rozó. Se le acercó más apretándose contra su pecho jadeando:

Déjame ver de nuevo tu mente. Permíteme ver todo —susurró. — Quiero estar segura.

Sus manos habían encontrado el broche de la falda, pero trató de complacerla; sus pensamientos se agitaban confusos. Y de pronto ella se pegó a él, sin nada que se interpusiera jadeando cerca de su oído.

Estoy segura, José… Estoy segura.

¡Diez años es mucho tiempo!

La última vez que José la vio, ella estaba durmiendo completamente exhausta pero con una leve sonrisa en sus labios. Susurró algo con un hilito de voz, y él la besó dulcemente, mirándola con deleite y pensando en muchas cosas.

Era ya noche, cuando llegó al palacete en el cual vivía. Encontró su montura, la ensilló, se dirigió hacia el edificio para recoger sus manuscritos. Vio a Kumon que los estaba leyendo y desistió. No estaba con ánimo de enfrentarse a las preguntas del viejo. Guio su brag fuera hacia el sendero, lo montó con un salto y se dirigió a Cafal, esperando que el dinero le alcanzara para el viaje.

Fue una larga cabalgata y hubo tiempo suficiente para pensar. A veces se congratulaba por haber puesto punto final al poder de ella, como si su victoria demostrara que Malía no había sido más de lo que él mismo era, otras, en cambio, se avergonzaba no solo por haber roto el tabú hacia los extranjeros, si no por lo que había hecho. Y había también otros sentimientos contra los cuales imprecaba, pero que duraron más tiempo que los otros.

Después de un año, cuando su traslado fue aprobado, él gastó todo su dinero para enviarle una caja con objetos valiosos direccionándola a su pueblo. Al ser pospuesta la salida de la astronave, comenzó a desear que ella se le reuniera. Pero no la vio nunca más.

En cambio sí llegó el viejo Kumon, pero en ese momento ya no importaba. Estaba apoyado en la reja de los pasajeros, allá donde ningún nativo podía entrar. Kumon trató de pasar pero se lo impidieron. Luego, cuando vio a José, estiró hacia adelante su largo brazo y le lanzó algo al otro lado de la reja.

Era el delgado y desgastado libro que Malía estaba leyendo. Él se paró teniéndolo en su mano tratando de adivinar qué quisiera decir, mientras Kumon se iba. Lo sacudió pero no había ningún mensaje entre sus páginas y tampoco había nada escrito en sus tapas. Era para él un misterio. Pero tenía nostalgia de casa, mientras los motores rugían hacia arriba alejándolo de Kepler-LXIX.

***

Cárpenter despertó temprano, molestado por la luz que se filtraba por las dos ventanas del apartamento. Refunfuñó todavía adolorido moviéndose de un lado a otro hasta encontrar sus lentes. Un esclavo tuvo que haberlo desvestido durante la noche, y otro estaba entrando trayéndole su ropa limpia y una bienvenida taza de café.

Una de las ventanas miraba al norte hacia la colina la otra hacia el jardín trasero. Abrió una permitiendo la entrada de aire fresco y las agradables voces de tres niños que estaban jugando. Por el parecido eran, sin lugar a dudas, hijos de Herodio. Había sido una locura tenerlos pero, en el fondo, Cárpenter no podía criticarlo mientras los miraba, hasta sintió una pizca de envidia.

Cerró nuevamente la ventana precisamente en el momento en el cual el mismo Herodio estaba entrando. Lucía enfermo y asustado.

¡La Gat Matra arrestó a Até! —gritó, sin perder tiempo en saludos rituales. — ¡Ahora lo está juzgando por haber profanado el Santuario! ¡Todo esto después de que yo le ordenara que lo dejara tranquilo! ¡Venga, debemos impedirlo!

El manual de las normas había sido violado y esa atalaya, construida por Herodio, ya era inútil. Fue un golpe también para Cárpenter, pero no se amilanó. Hubiese debido esperar una acción similar por parte de la sacerdotisa. “¡Yo anulo su orden!” había dicho ella.

Se dio cuenta que se estaba vendiendo, probablemente aceptando la corrupción de Matra, pero no existía ninguna utilidad en tratar de deshacer lo que ella había hecho. El daño menor era la cosa mejor:

Si estás turbado, Herodio, quizás le convendría abordar con su hermana e hijos la nave y abandonar Kepler.

El miedo se transformó en bochorno. Herodio lució casi a punto de desmayarse: el incesto era suficiente para destruirlo políticamente. Pero al final consintió: se recuperó apelando a sus extremos recursos interiores para adquirir su aspecto normal, luego se dirigió hacia el jardín.

Cárpenter salió apurado a la calle. Naturalmente no había ningún carruaje esperando. Gat Matra se proponía, evidentemente, ponerle frente a un hecho cumplido. Se fue caminando y observó que la multitud se estaba congregando alrededor del Santuario y otros se estaban sumando. Pero todavía estaban sin un líder e inseguros acerca de lo que estaba sucediendo. Sin pensarlo se apartaron para dejarlo pasar, a causa de su uniforme.

Dentro del Santuario una sacerdotisa displicente lo condujo hacia una gran puerta dorada y la abrió de par en par. Él vio a Matra en la otra extremidad de la gran sala que entregaba a un prisionero al cuidado de dos Kunfah. Pediría explicaciones después por esta presencia de mercenarios Kunfah en el lugar sagrado.

Ella lo vio y le invitó a acercarse y cuando estuvo cerca se irguió en toda su estatura.

No he podido encontrar un carruaje y tampoco enviarle un mensaje a través de toda esa multitud hostil —mintió rápidamente en voz baja. — De manera que he procedido esperando que le informaran de inmediato. Lo he ya juzgado como un impostor de raza terrestre, y lo entregué a la justicia por ser un espía vistiendo el uniforme del Santuario, como en efecto lo es su ropa. Encontré la norma correspondiente a la jurisdicción de los espías en una vieja convención de la Tierra y la he usado.

De manera que ya no me necesita ¿cierto? —Le preguntó acerbamente.

Hasta podía admirar su solución; esa del uniforme del Santuario era un golpe genial, e incluso volvía todo legal. Pero su táctica le quemaba.

Matra sacudió la cabeza insinuando una leve sonrisa:

Me alegra que esté aquí, José. Prefiero no falsificar los documentos. Le cedo La Autoridad de Juez, sentencie. Puede también certificar su pertenencia a la raza terrestre.

Cárpenter se encontró sentado sobre una gran silla con los documentos delante de sí. Estaban perfectamente ordenados y escritos en pulcro galáctico. Matra era una experta. Pero hasta si él hubiese tenido una pizca de dudas acerca de aquel hombre, ella ya podría manejarlo a su antojo, después de la arrogante toma de poder.

¡La había dejado avanzar demasiado!

De pronto vio al prisionero y cualquier obstinación desapareció. El hombre era insignificante, banal, con dulces ojos azules, los cabellos color zanahoria, que solo podrían provenir de la Tierra. Había también una insinuación de pecas alrededor de la nariz. Con reluctancia, Cárpenter firmó. No le quedaba ninguna duda y no había más nada que hacer. Un hombre solo no podía hacer nada contra el planeta entero. Pero sus manos temblaban cuando dejó la pluma.

Escuchen la sentencia —proclamó de inmediato Matra. — Por sacrilegio contra el Santuario, el llamado Abú Até será empalado hoy mismo hasta morir. Llévenselo.

Cárpenter se puso de pie casi en un salto protestando. El hombre era, prácticamente, un prisionero político. Él llegó para cumplir rituales probos y no para atacar el Santuario. Pero ya era demasiado tarde para protestar.

El prisionero habló. Era una voz clara que parecía llenar toda la sala:

El mundo ha juzgado y el mundo ha sido juzgado. —dijo Até lentamente.

Sus ojos vacilaron y su mano hizo un gesto extraño. Luego sacudió los hombros y dejó que los guardias se lo llevaran.

Cárpenter sintió que sus ojos le quemaban y su visión pareció ofuscarse. Se quitó los lentes en un gesto automático y comenzó a limpiarlos. Luego lanzó una exclamación y tomó los papeles que reposaban delante de sí: también sin lentes, ¡lograba ver claramente las minúsculas letras del texto! Se había verificado un último milagro, incluso dentro del lugar sagrado.

Vaciló. Matra se le puso delante, había un paquete entre sus manos:

Algunas veces la Diosa es veloz en recompensar —murmuró. — Rechazar Su regalo ahora, representaría un acto de profanación a Su nombre. El Santuario le está agradecido, José.

Él tomó el paquete se lo deslizó en el bolsillo sabiendo que esto lo ligaría indisolublemente a ella, pero en ese momento no lo razonó.

Es muy gentil, Gat Matra —dijo mecánicamente. Luego se dirigió hacia la puerta y la calle.

La multitud había crecido y estaba ya mostrando deseos de entrar. Bajó un par de escalones y de inmediato fue tragado por el gentío y empujado aquí y allá. Siempre había sido, para él, una muchedumbre abstracta, sin rostro, carácter o sentimiento hasta ahora. Nunca hubiese pensado que podría ser tan rabiosa, sofocante y compacta. Se sintió demasiado débil y viejo para enfrentarla.

Luego recibió otra sorpresa. No muy lejos de él apareció el rostro de Kumon, con sus viejos ojos abiertos de par en par mirándolo, antes que el movimiento de la multitud los separara. La sorpresa pareció aclararle la mente. Gritó muy fuerte:

¡Lo están llevando a la colina para empalarlo! Matra ha ordenado empalamiento para él.

Otras voces recogieron el grito y lo repitieron difundiéndolo en un instante. Entonces de repente la muchedumbre giró, tratando de alejarse del Santuario todos juntos y correr hacia la colina. Cárpenter fue arrollado y tuvo que luchar arduamente para abrirse camino a un costado y salir antes de ser arrastrado más allá del Palacio.

De alguna manera lo logró sin saber cómo. Entró corriendo y se tiró sobre su cama. O, por lo menos, se encontró tendido, sucio y con la ropa desgarrada poco tiempo después. Llamó a un esclavo, pero nadie respondió. Se zambulló a toda prisa en el baño y volvió a vestirse con uno de los uniformes de la Asistencia que colgaban en el closet. Luego desde el norte llegó un sordo rumoreo que se sobrepuso al silencio ominoso del Palacio. Miró hacia afuera.

Cafal estaba absolutamente desierta. Toda su población estaba en la colina, en donde los mercenarios Kunfah, con los arcos tendidos, habían hecho un pequeño círculo en la cima. En el medio había una figura inmóvil. Por un instante Cárpenter esperó que el hombre hubiese muerto ya, pero la cabeza se sacudió débilmente.

Até no había tratado de salvarse. La sentencia se había cumplido plenamente.

Y en el cielo, nubes oscuras se juntaban para desencadenar uno de esos huracanes estacionales. Cárpenter las observó y de nuevo comenzó a preocuparse. Este era un mundo primitivo en el cual los presagios eran muy importantes. Una tormenta en este momento podría significar un descontento divino y esto podría ser una condena para él y Matra más de cualquier lógica o ley. No había tiempo para dudar.

Hizo rápidamente el equipaje dejando para el final el libro y la cajita. Luego quitó la envoltura para guardar la prenda. Sus treinta y dos gemas lucían con un color plateado desde la oscuridad en la cual las mantenía. Esas representaban una nueva juventud, una esposa e hijos, la Tierra o cualquier otro planeta que hubiese escogido… significaba todo menos la paz consigo mismo.

Solo cumplió con su deber. Un hombre no puede mirar con indiferencia como su mundo se desploma sin que sus habitantes hagan algo para impedirlo. En su tiempo, por lo menos, la Tierra debía conservar sus dominios.

Fulguró un rayo, una violentísima descarga rompió el techo del Santuario. Era natural porque las cúpulas eran la parte más alta de la ciudad, pero la superstición se desencadenaría. El rayo provocó un trueno fragoroso que encubrió el ruido de la lluvia y unos pasos que le seguían. Giró la cabeza lentamente, sin sorpresa:

Ha transcurrido mucho tiempo Kumon.

Demasiado, José —contestó la vieja voz. Sorprendentemente el hombre no parecía más viejo, pero había fatiga y pena en cada movimiento suyo. — Sus guardias se fueron, así que dejé mis bestias y entré.

¿Venganza? —Preguntó Cárpenter.

A estas alturas yo dejé la ira a otros, José. Además venganza ¿para qué? Malía te quería. Y él sabía que todo esto pasaría y que le tocaría a él llevar la carga. Yo era solo el maestro y no el discípulo, aunque lo amara. No, yo te seguí para verte y llevar a Malía tus palabras. Ella todavía vive en el pueblo y piensa mucho en ti.

La tempestad parecía calmarse, se iba tan de prisa como había llegado. Kumon fue hasta la ventana y miró hacia la colina. Había lágrimas en sus ojos, pero su mirada era casi serena.

Todo ha concluido —dijo.

Giró y miró el libro sobre la mesa y su sorpresa fue evidente.

Solía preguntarme por qué no regresabas. Ahora… ¿Cómo hiciste para no ver el mensaje teniendo el libro durante tantos años, José?

Tomó el pequeño volumen y lo abrió en el punto marcado por un cordelito. Luego titubeó, agarró los binoculares:

Mira, José. Mira atentamente, y trata de creer más allá de las apariencias.

Cárpenter se dirigió indeciso hacia la ventana. No quería pero no pudo resistirse. Miró atentamente la figura todavía erecta. En este momento, dónde hubiese debido dominar la palidez de la muerte, el rostro había asumido una extraña fuerza y nobleza, parecía mirar al cielo, triunfante, esperando. Pero era un rostro perfilado por las horas de sufrimiento, y había algo en su fisionomía… la nariz, la forma del mentón.

¡No! —gritó Cárpenter mientras los binoculares caían al suelo. — ¡Es imposible! ¡Materialmente imposible!

No para quien tiene el Poder, José. Se consumió en un solo esfuerzo, pero lo logró. Aquí está el mensaje que te llevé de su parte al Espacio-Puerto hace ya treinta años.

Había un delgado círculo negro alrededor de un verso. Debajo de este la firma de Malía. Cárpenter se inclinó sobre el libro y leyó los pequeños y desgastados caracteres dentro del círculo:

Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. (Isaías 9-6).

Levantó los ojos del libro y miró la prenda que hubiese debido darle una nueva juventud, una mujer y un hijo, un rejuvenecimiento que le hubiese regalado más años para pensar y repensar lo que había hecho y para considerar lo que hubiese sido ese poder que su raza, en este momento, estaba venciendo. Años para pensar y preguntarse, tal vez, lo que una mujer demasiado humana en un pueblo de Kepler-LXIX estuviese pensando. Él dirigió una última mirada a la colina, con los ojos secos y luego giró para seguir a Kumon fuera del palacio vacío, sabiendo que ya no dejaría Kepler.

Los dos hombres giraron la esquina juntos, subieron silenciosamente a lomo de sus brags y se dirigieron, lentamente hacia el norte, lejos del puerto espacial y del infierno que ya se estaba desencadenando en la ciudad.

La noche estaba cayendo, pero la ciudad comenzaba a resplandecer de rojo rabioso por las llamas que subían mientras la multitud combatía tumultuosamente en las calles gritando de rabia y furor su malestar.

Adentro el libro estaba abierto sobre la mesa. El viento entró por la ventana haciendo girar lentamente las páginas sobre el último capítulo de Isaías. Luego, improvisamente, una ráfaga lo cerró del todo.

Fin

Mil cien palabras mas fue lo que le faltó a esta historia para convertirse en una novela corta en plena regla, y lo cierto es que nos deja con ganas de mas, ¿qué sucede después? ¿Cómo se encuentran los amantes? Pero creo que la gran pregunta es ¿qué sucede al tercer día?…

Muchas gracias a Ermanno por compartir con nosotros su historia, y si tú también disfrutaste de ella, recuerda que puedes votar por ella en el Desafío del Nexus, utilizando el botón compartir de facebook.

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