Tenemos que quitarnos el sombrero con nuestro amigo Joseín Moros, no solo ha estado participando mes a mes en el Desafío del Nexus, si no que además este mes también nos presenta una historia aparte para participar en nuestro Concurso anual.

Una historia que debo decirlo es muy interesante, introduciéndonos a un nuevo universo con tonos de terror y fantasía como nunca antes le había leído, esperemos que este cuento solo sea el primero de una serie:

Piedranegra, ilustración

Piedranegra

Autor: Joseín Moros

Una niña, y su hermano menor, sufren un accidente y se ven secuestrados a un mundo fantasmal. En su lucha, intentando regresar, quedan envueltos en una batalla entre espeluznantes seres de la oscuridad.

Entre estos mundos, ambos muy reales, existe una forma secreta para viajar de uno a otro. Las puertas de comunicación están protegidas por abominables entidades; ellas, muchas veces, pueden confundirse con los habitantes de ambos universos.

Es un medio día cualquiera y en plena época de calor. En el subsuelo de la enorme ciudad multitudes luchan para entrar a los trenes del metro. Una pareja de niños son empujados por la muchedumbre hasta la mitad de un vagón.

—Estamos lejos de la puerta, no podremos salir a tiempo —se lamentó David.

—Movámonos hacia una salida —agregó Marina, aferrando la mano del hermano menor, haciendo esfuerzo para abrirse paso entre un bosque de piernas. El aire acondicionado resultaba insuficiente para refrescar el gentío y los cuerpos parecían contener sangre hirviente.

Entonces el tren partió, acelerando con fuerza.

Sin advertencia retumbó un fuerte golpe y todo quedó a oscuras. Ninguna luz de emergencia llegó a funcionar. Muchos pasajeros gritaron mientras el vagón retemblaba, hasta que se detuvo.

Alaridos de miedo, insultos, advertencias de calma, sonaron al mismo tiempo. El sonido de impactos contra las ventanas aumentó el caos, tampoco las puertas respondieron a los esfuerzos de quienes intentaban abrirlas en plena oscuridad.

Una tras otra comenzaron a encenderse pantallas de teléfonos celulares. Las caras de los pasajeros, con expresión de pánico y brillantes de sudor, parecían espectros bajo las coloreadas iluminaciones.

Otro estampido hizo gritar aún más a la multitud, alguien había utilizado un objeto pesado contra un vidrio. Luego sonó otro cristal y el ruido de la gente empujándose, para salir por las ventanas, empeoró el tono de la gritería.

Marina arrimó a su hermano David contra la pared del vagón, luchando para no ser pisoteados.

Un momento después los gritos y llantos se fueron alejando, hasta que todo quedó en silencio.

Una luz, en el suelo del vagón vacío, quedó como única iluminación.

—Es un teléfono, alguien lo perdió —dijo David, con la voz temblorosa.

—Nos servirá de linterna —agregó su hermana, y la niña lo recogió.

Con bastante esfuerzo salieron por una de las ventanas rotas, el granizado de vidrio crujió cuando los niños cayeron al suelo. Miraron hacia los lados, el tren a oscuras reflejaba una luz blanquecina proveniente de muy lejos, suficiente para caminar sin peligro de una caída. Marina guardó el teléfono en un bolsillo de su ropa.

—Hay una acera, subamos, es más seguro —dijo ella.

Treparon con facilidad, a pesar de estar a casi un metro por encima de los rieles.

—Hace frío, y huele muy mal. ¿Por dónde se fue la gente? —preguntó David, mirando hacia ambos lados del túnel tenebroso.

—Regresemos a la estación —indicó Marina, tomando la mano de David.

Sus corazones golpeaban con fuerza, la oscuridad y el silencio eran demasiado espesos. Enormes vagones los intimidaban con sus negras ventanas, como cuencas vacías de cabezas gigantescas.

Largos minutos después llegaron a una estación, no pudieron reconocerla, sólo estaba iluminada con el débil reflejo de alguna luz blanquecina desde el nivel superior. Subieron por escaleras eléctricas paralizadas y David sintió molestias en la cara.

—Hay telarañas —protestó en voz baja.

Marina sacó el teléfono y lo activó para iluminar. Fue cierto, la escalera estaba cubierta por telarañas y hasta donde pudieron distinguir había mucho polvo sobre el suelo. Ambos niños intentaron leer los letreros donde debería estar identificada la estación, pero la luz de la diminuta pantalla fue insuficiente, de inmediato ella volvió a guardar el aparato.

En el siguiente nivel vieron torniquetes de salida. Los encontraron invadidos por telarañas y el suelo tenía una capa de polvo endurecida como barro seco. Miraron hacia el lugar donde una luz azulosa penetraba en la estación y descubrieron las enormes escaleras de salida.

Ambos niños corrieron cuesta arriba, los zapatos golpearon peldaños cubiertos de fango, duro como piedra.

Cuando vieron el exterior, más allá de la monumental puerta de entrada, retrocedieron boquiabiertos.

— ¿Es de noche? —preguntó Marina.

—Qué luna tan grande y tan rara —murmuró David.

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Estaba muy oscuro y no podían explicarse la razón. Cuando el tren falló era mediodía y habían tardado menos de una hora en salir, calcularon. Marina y David, con dificultad, reconocieron la avenida: estaban lejos de casa.

— ¿Porqué no hay luces? ¿Dónde está la gente? Nada se mueve. Hace mucho frío —gemía David, repitiendo las mismas frases.

—Baja la voz, no sabemos quién puede estar por aquí —advirtió Marina, trotando sin soltar la mano de David. Minutos después se arrepintió de haber mencionado un peligro, David se había quedado mudo.

El viento arrastraba restos de basura, papeles, bolsas de plástico y polvo. Parecía que la lluvia no había mojado las calles en mucho tiempo.

— ¿Porqué no llamas a casa? El dueño del teléfono comprenderá, es una emergencia —susurró David.

Marina sacó el teléfono y se acercó a una pared, ocultando el reflejo de la pantalla con su cuerpo. No quería que los vieran desde lejos, todo estaba oscuro y la única luz artificial habría sido la del pequeño artefacto.

—No hay señal —murmuró la niña.

—No gastes batería, apágalo, probaremos más adelante —cuchicheó David.

Marina pulsó las teclas, pero el teléfono continuó encendido, entonces David repitió la operación y por fin el dispositivo quedó fuera de servicio.

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Ya no podían trotar, de sus bocas resecas brotaban nubes de vapor. A pesar de su gran actividad física el frío les hacía castañear los dientes.

—Falta mucho —murmuró Marina, sólo por hablar.

—Hace frío —protestó el niño en voz baja y se detuvo, mirando hacia los lados.

De inmediato habló, sin levantar la voz.

—Mira, tiendas de ropa y tienen las puertas abiertas.

—No tenemos dinero.

—Moriremos de frío —insistió el niño —, agarraré cualquier cosa.

Marina temblaba cada vez más. Miró a los lados, asintió y se quedó vigilando, sin perder de vista a su hermano.

Un momento después la pareja de niños tenían chaquetas para hombre, les llegaban hasta las rodillas y sus cuerpos temblaban mucho menos, sin embargo la sed aumentaba en sus bocas agrietadas.

— ¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Tomé un bolso de mujer, para guardar comida.

—En casa comeremos.

—Falta mucho, y necesitamos agua —gimió David.

—No tenemos dinero.

—Hay tiendas y están abiertas, podemos tomar algo prestado, después lo pagaremos, cuando traigamos de vuelta las chaquetas y el bolso.

Ella se dejó convencer.

Repitieron la operación, David entró en otro comercio, donde luz de luna llegaba hasta su interior, y con rapidez salió con el bolso lleno.

—Agua mineral congelada, refrescos enlatados y un frasco de salchichas, el refrigerador no funciona pero todo está muy frío —decía y sonaba contento. Abrió una lata para su hermana.

—Tiene mucho hielo —dijo la niña, cerca de la oreja de David—, pero sabe más o menos bien, toma uno para ti.

Un rato después ambos continuaban pensando en lo mismo: ¿Cómo podía ocurrir esto si hace poco tiempo hacía calor y era de día?

Mientras caminaban, y comían, no paraban de mirar a todas partes.

Entonces oyeron carcajadas.

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Marina y David estaban de pie, escondidos entre una pared y un kiosco de revistas cubierto de pinturas hechas a mano, de las conocidas como grafitis.

Ella no se movía, tapando con su cuerpo al pequeño David. Sus ojos rebuscaban en el lugar donde creía provino la carcajada, media cuadra más allá, en una gasolinera solitaria, bien iluminada por la gigantesca luna. Entonces su mirada tropezó con los arrugados periódicos del puesto de revistas, sostenidos por una rejilla metálica, sus amarillentas hojas fulguraban bajo la luna y pudo leer un titular enorme: “Derribado muro de Berlín

No quiso prestarle más atención, pero su mente continuó trabajando y tuvo una duda.

— ¿David, cuándo derribaron el muro de Berlín? —preguntó, muy cerca del oído del niño.

Quedó sorprendido, pero cuchicheó.

—En 1989. Ni tú ni yo habíamos nacido.

Debía ser verdad, pensó la niña, David vino al mundo con una memoria prodigiosa.

El niño comenzó a mirar hacia todas partes, buscando la razón de la pregunta, vio el titular y se dedicó a leer los restantes.

—Todo es muy viejo —dijo, y se quedó pensando; entonces, con movimientos lentos sacó del bolso un refresco enlatado.

— ¿Tienes sed? —preguntó Marina.

—No. Mira esta lata.

En la penumbra ella pudo ver el diseño impreso y la obsoleta pestaña removible, para abrirla.

—Es de colección, la he visto en casa de mis tíos —dijo ella.

— ¿Será de 1989? —preguntó David.

Ambos comenzaron a temblar con más fuerza, a pesar de las chaquetas y la protección contra el viento ofrecida por el kiosco.

Otra carcajada sonó cerca.

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Por el medio de la avenida venía un grupo de gente, los niños oían pisadas de tacones muy duros.

Marina y David continuaron inmóviles, hasta que los vieron pasar. Trataban de reír en voz baja la mayoría de ellos, y hablaban cuchicheando. El niño los contó, sin pensar, lo hacía con todo. Eran doce personas, seis hombres y seis mujeres, le pareció gente de circo: unos encorvados y otros tiesos como postes, con sombreros enormes y cabelleras de moño alto.

Cuando se alejaron, Marina resbaló su espalda en la pared y cayó sentada en el suelo. David la imitó, el terror y la espera los tenía agotados.

El niño señaló la fecha de una revista.

—Es de 1989 —dijo, sólo moviendo los labios, para que ella interpretara las palabras en su boca.

—Tengo miedo de pensar —murmuró la niña.

De inmediato fingió fuerza y se levantó.

—Iremos por donde no seamos iluminados por la luna.

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El trayecto hasta su cuadra duró una eternidad, y entonces comenzaron a llorar en silencio: su edificio no estaba, sólo había un terreno con árboles muy altos. La oscuridad bajo aquel bosque era estremecedora.

Marina y David fueron a sentarse en la entrada del inmueble de enfrente. Varias veces habían llegado hasta su quicio, para admirar un gato negro de gran tamaño, con ojos amarillos y muy buen temperamento; en aquellas oportunidades el enorme animal cerraba los ojos para dejarse acariciar.

David sacó del bolso una botella con agua mineral, el calor de su cuerpo había disminuido el hielo, y bebieron con rapidez.

— ¿En qué año construyeron nuestro edificio? —susurró el niño.

Marina captó la idea.

—En 1995.

David abrió la boca para hablar, en ese instante hasta ellos llegó el rumor de un gentío y retrocedieron, ocultándose en las sombras del quicio enrejado.

—Viene gente con antorchas —dijo Marina.

El niño gateó y desde el suelo levantó el brazo para alcanzar la manilla de la cerradura.

—Está abierta, como siempre —siseó.

Igual a ratones aterrorizados, se arrastraron para entrar. En silencio David cerró la reja y ambos se adentraron en el largo pasillo, hasta quedar protegidos por una columna. Desde allí podían ver el terreno, donde su hogar había desaparecido.

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La gritería les recordó una jauría de chacales, en alguna película de la TV.

Había unos cincuenta hombres y mujeres de diversas edades. Penetraron en el bosque, agitando antorchas. El brillo, de extravagantes joyas, era tan abundante como el de las llamas y largos tabacos humeaban en casi todas las bocas.

Amontonaron las ardientes maderas y comenzaron a danzar. Extrajeron, de sus ropas, botellas y bolsas de cuero. Bebían a largos tragos, empapando cuellos y pecho.

Entonces bailaron con más energía, quitándose la vestimenta y dejándola caer sobre los matorrales, mostrando enormes tatuajes sobre pieles de diferentes razas.

Marina retiró a David y retrocedieron hasta un rincón, allí se apretujaron en el suelo. Su respiración sonaba como fuelles, y sus pequeños corazones pulsaban con pánico. Ambos luchaban para contener gritos de terror.

—No hagan ruido —dijo un susurro, desde el lugar donde comenzaba la escalera hacia los pisos superiores.

Reconocieron aquella voz: era la señora Piedranegra, una anciana, a quien todos llamaban Señora P. No la sintieron acercarse, en el siguiente instante ella puso sus manos sobre las cabezas de los niños y sintieron alivio con el tan conocido saludo.

—Los guiaré por las escaleras —dijo la mujer.

Llegaron al cuarto piso, los niños sabían que la ventana de la sala daba hacia enfrente, al lugar donde la gente danzaba y bebía al otro lado de la calle. Todo estaba muy oscuro, no podían ver ni sus propias manos frente a la cara. La luz de luna estaba bloqueada, debido a gruesas cortinas negras que más tarde pudieron distinguir.

La señora Piedranegra encendió una diminuta vela de color negro, similar a la de tortas de cumpleaños, dentro de un recipiente de vidrio. La llama quedó estática, sobre la amplia mesa central de cortas patas, con plancha de piedra veteada y pulida, oscura como el azabache y forma circular. Les recordó una negra luna.

Lo que más impresionó a los niños fue la Señora P. No era la viejecita pálida y erguida, de pelo blanco y ojos grises, con vestido de flores, quien siempre les saludaba mientras tomaba sol en el balcón. Durante toda su corta vida, Marina y David la habían visto desde su propio apartamento ubicado en el séptimo piso del edificio de enfrente. Le sonreían al regresar de la escuela y también al partir. Todo el mundo la conocía en la cuadra, la Señora P., o señora Piedranegra, era propietaria en el antiguo edificio dónde vivía, el cual, se decía, fue el primero construido en muchas cuadras a la redonda.

Los dos niños, a la luz de la pequeña llama, observaban con asombro a la rejuvenecida Señora P., su cabello —la pequeña porción que podían ver—, estaba negro, en lugar de blanco. Vestía una oscura bata, llena de bordados con hilo azabache, la túnica era larga hasta el suelo y con capucha. Sintieron inquietud por aquel aspecto, pero estaban seguros: era la señora Piedranegra. Ella pidió tomaran asiento en el enorme sofá, muchas veces lo habían podido observar desde la ventana de su séptimo piso de enfrente. El grueso cuero negro los abrigó, ella les dio cobijas y sus temblores comenzaron a disminuir. Después trajo dos tazas, con caldo casi hirviendo, bebieron despacio y en silencio. Tampoco la dama pronunció más palabras.

Cuando terminaron de beber, la Señora P. guardó las tazas y tomó asiento en un sillón, frente a ellos.

— ¿Cómo llegaron aquí? —preguntó en voz baja, la cara parecía flotar en la oscuridad, debido a la capucha y bata oscura.

Marina comenzó la historia, con aclaratorias de David, ofreciendo cantidad de pormenores.

Cuando finalizaron la Señora P. habló.

—La decisión de apagar el teléfono, entre los dos, fue acertada. Déjenme verlo.

Marina buscó en sus ropas y extendió el brazo. La Señora P. se había levantado con agilidad y lo recibió. Ambos recordaban los movimientos suaves de la anciana, y el asombro los mantuvo mudos.

La dama colocó el aparato sobre la placa azabache de la mesa, luego levantó el recipiente de vidrio, con la diminuta vela, y dejó caer una gota de cera derretida sobre el artefacto, murmurando palabras incomprensibles para los niños.

Marina se tapó la boca y David levantó la cobija hasta su nariz.

El teléfono había emitido un chillido de rata, y como si estuviera construido con gelatina se deformó, hasta convertirse en un lagarto viscoso, de tres palmos de longitud. El animalejo saltó al suelo, en ese mismo instante una sombra, con forma de gato, salió de un rincón y cayó sobre el reptil. Los niños oyeron crujido de huesos, entonces lo arrastró a la oscuridad.

—No comprendo —dijo David, con voz temblorosa.

La señora Piedranegra, sentada de nuevo en el sillón, sonrió para continuar hablando.

—Era un espía, David. Cayó dormido cuando ustedes decidieron apagarlo. Entre los dos tienen bastante poder para anular un hechizo como este.

Aunque la observación les despertó nuevas inquietudes, los niños tenían otras mucho mayores.

— ¿Dónde estamos? —preguntó David, aprovechando que la Señora P. no lo miraba.

—En el mundo de las sombras, y el dominio de la luna. Donde nunca llega el día, ni tu tiempo existe. La ciudad se llama Tür.

Ambos niños se quedaron dormidos.

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Los dos pequeños, al mismo tiempo, abrieron los ojos. La pequeña vela, sin haber disminuido de tamaño, continuaba sobre la mesa. La negrura de la sala seguía igual.

— ¿No fue un sueño? —preguntó David.

Antes que su hermana le contestara, desde otra habitación dónde parecía que una llama estaba encendida, llegó el susurro de la Señora P.

—En el baño hay agua caliente. Después vengan a desayunar.

Ambos miraron la enorme cortina negra sobre la ventana; cerca de ella, en el suelo, estaba sentado el gato negro, sus ojos amarillos reflejaban luz. Ellos lo miraron con afecto, recordando momentos más felices, y el animal parpadeó.

En el baño encontraron jabón, crema dental, toallas y cepillos nuevos. David miró las marcas de fábrica.

—Son las mismas que tenemos en casa. ¡Mira esa ropa!

—Baja la voz. Echa un vistazo a las que llevamos, están muy sucias, con polvo y telarañas. La Señora P. nos está ayudando —cuchicheó la niña.

Rato después estaban listos. Parecían duendes, con batas oscuras, botas de tela gruesa y mullida, capa de abrigo y sombreros parecidos a peludos turbantes con orejeras, cubriéndoles nuca y gran parte de la cara.

Llegaron a la cocina y la Señora P. los sentó frente a una mesa de cuatro puestos. Ante ellos estaba el mismo desayuno que su madre preparaba, incluso similares vasos de colores con jugo de fruta. El hambre los hizo olvidar la extraña casualidad y comenzaron a comer. La señora Piedranegra conservaba la bata oscura y la capucha subida; los miraba, de pie, sonriendo con ternura, como ellos estaban acostumbrados a ver en su cara cuando tenía cabellera blanca.

Rato después los tres se encontraban de nuevo en la sala, el ruido de la lavadora de ropa llegaba hasta ellos. David, moviendo los ojos de un lado a otro, parecía indeciso en decir algo.

—No hay electricidad —dijo la Señora P., intuyendo los pensamientos del niño—, la máquina de lavar funciona de manera diferente.

Antes que David lanzara otra pregunta, la Señora P. continuó hablando.

—Alguien provocó el accidente del tren y dejó el teléfono en el suelo del vagón, con él podría seguirlos aunque los perdiera de vista.

Los niños no hablaron, deseaban continuar oyendo una explicación de lo acontecido. La Señora P. siguió conversando, mientras acariciaba el enorme gato negro que había saltado al sillón. La diminuta llama apenas alcanzaba para iluminarlos, el resto del apartamento permanecía oculto por la oscuridad.

Marina no pudo soportar el mantenerse en silencio.

—Queremos avisar a nuestros padres y regresar con ellos, Señora P.; deben estar buscándonos en los túneles del metro —su voz sonó frágil y quebrada.

—Para ellos ustedes todavía están en camino.

— ¿Cómo hacemos para regresar, Señora P? —David por fin había encontrado el instante para hablar.

—Primero debemos anular el hechizo que los trajo aquí.

— ¿Es 1989? —preguntó el niño.

La Señora P. sonrió por la interrupción.

—Cuando estemos fuera de este apartamento sólo dirás lo necesario y en voz baja —le advirtió la mujer, sin dejar de sonreír—, hay seres peligrosos, escondidos por todas partes.

David estuvo a punto de hacer otra pregunta, pero se tapó la boca con la cobija.

—No es 1989, David. En esta ciudad hay más puestos de revistas con periódicos de otras fechas. Son puertas hacia tu mundo.

Entonces los miró con ternura y preocupación.

Marina, David, deben saber algo.

Ambos niños se enderezaron.

—Ninguna de estas puertas funcionará para ustedes —dijo la mujer —, quien ordenó raptarlos es muy fuerte y anuló esa posibilidad.

— ¿Quién es? —preguntó David, con voz temblorosa.

—Todavía no lo sé —contestó la dama.

— ¿Entonces qué haremos? —preguntó Marina.

—Investigar —dijo la señora Piedranegra.

Y el gato negro saltó hasta el suelo.

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Mientras bajaban por la escalera, llevados de la mano por la Señora P., oyeron la respiración del gato.

Kin está cambiando de forma —susurró ella.

Al llegar a la planta baja, iluminada por el reflejo de la luna, distinguieron un animal enorme, caminando delante de ellos.

Kin es un tigre dientes de sable —informó la señora Piedranegra, en voz baja y con naturalidad, como si hablara de cualquier mascota.

El terrorífico Kin era muy negro y más alto que Marina, si apoyara su cuerpo sobre las patas traseras superaría en estatura a la señora Piedranegra. Casi no tenía cola, sus pisadas eran suaves, a pesar del enorme peso de la fiera.

—No se sorprendan por mis ropas, niños; son anticuadas, lo sé, pero detesto las modas.

Voltearon a mirar a la Señora P. y Marina lanzó una suave exclamación de agrado. David abrió mucho los ojos y no pudo hablar. El resplandor lunar, penetrando por la puerta enrejada del edificio, parecía un reflector publicitario sobre la Señora P.

En algún momento la mujer había retirado, hacia su espalda, la bata con capucha. Ahora caminaba una dama, de larga cabellera negra, piel pálida, ojos grises, y con la indumentaria más extraña que los niños habían visto alguna vez desde tan cerca. A David le pareció más bella que cualquiera de las maestras del colegio.

Sus hombros estaban descubiertos y al menos la mitad superior del busto era visible. En la cadera derecha, el vestido, de sutil tela oscura, tenía una abertura, permitía ver las piernas enfundadas en botas de cuero, con largos tacones, silenciosos como las pisadas de Kin. Poseía un cinturón de monedas metálicas y piedras negras, con extrañas efigies, sólido pero estilizado y de él colgaba una daga.

Cruzaron la puerta cuando la señora Piedranegra la abrió. Frente al resplandor directo de la luna ella se quedó inmóvil, mirando el esplendoroso satélite con los grandes ojos grises.

—Esa luna es muy rara —murmuró David.

—Es el lado oscuro de la luna, David. Hasta no hace mucho tiempo muy pocas personas de la Tierra, vivas o muertas, habían podido verlo —explicó la mujer, en voz baja.

Ambos niños miraron la esfera en el cielo sin estrellas. Antes que Marina hablara, David se adelantó, siseando las palabras.

— ¿Estamos en el espacio?

—En otro tiempo y otro espacio —fue la respuesta de la Señora P.

En ese momento Marina inspiró con fuerza y apuntó con un dedo hacia el frente. David miró hacia el lugar señalado.

En el terreno había desaparecido el bosque y estaba ocupado por una construcción, en apariencia abandonada; se veían columnas de concreto, con largas cabillas surgiendo de la parte superior. Había por lo menos cinco niveles sin paredes, con las placas piso-techo finalizado, pero no veían obreros, materiales o maquinaria de construcción. Además, crecía vegetación hasta en los suelos de cada nivel, y largas enredaderas colgaban muchos metros.

Cuando David comenzó a decir una palabra, algo interpuso un obstáculo a su visión. Una carroza negra, de cuatro ruedas, llegó rodando sobre el asfalto de la calle, silenciosa y amenazadora. Un par de sombras, con dos patas y larga cola ondulante, la arrastraban utilizando sus fuertes brazos y garras para aferrar el largo madero que sobresalía hacia el frente. Su estatura superaba la de cualquier persona y no estaban amarrados al vehículo.

— ¿Qué son esos animales? —murmuró Marina, dando un paso atrás. Sobre ella cuatro ojos, similares a los del cocodrilo, estaban fijos, como si estudiaran cada centímetro de su menuda figura.

—Son bisker, saurios veloces, inteligentes y grandes guerreros, por eso llevan parte del cuerpo cubierto con armadura —contestó la Señora P. —, sus nombres son: Deimos y Fobos.

Deimos, Fobos: Terror, Pánico, en griego antiguo —pensó David, y dio otro paso atrás.

Los dos monstruos de armadura se veían correosos y fuertes, con piel gruesa, similar al rinoceronte. Sus miradas denotaban una aguda inteligencia; miraron sólo un momento a David y continuaron con la vista fija en Marina.

La Señora P. avanzó, sin soltar la mano de los niños; a unos dos metros de ellos levantó la cara y habló, sin alzar la voz.

—Ella es Marina y él es David.

La niña intentó esconderse tras la mujer.

—No tengas miedo, Marina —y luego miró al niño—, tócalos David.

Muy despacio David se aproximó a las bestias y acarició las piernas de cada una de ellas. Las enormes cabezas bajaron para olfatearlo, en cualquiera de aquellas bocas David habría cabido como un bocado. Marina lo siguió, por voluntad propia, no quería dejar solo a su pequeño hermano tan cerca de los feos animales. Entonces ambos niños retrocedieron.

Mientras tanto Kin permanecía en el medio de la calle, olfateando las corrientes de aire frío. Los colmillos blancos brillaban y sus ojos amarillos no parpadearon.

Entonces una sombra cayó desde el techo de la carroza. Casi no hizo ruido contra el asfalto, y se enderezó, como una estatua oscura.

—Él es Mawll.

El hombre estaba vestido como un insólito gladiador, con media armadura negra en lado derecho, y el resto del cuerpo cubierto con cuero y malla metálica muy oscura. Desde los hombros, hasta el suelo, caía una pesada capa azabache, la cabeza cubierta con un casco, fabricado de metal labrado, lustroso como el acero untado con betún, tenía la visera levantada. La cara era pálida, los ojos brillaban con luz azulosa y el viento frío agitaba mechones blancos. A los niños les pareció aterrorizador, igual que la enorme espada en su cadera.

Mawll mostró una sonrisa. David buscó en su mente, el individuo le parecía familiar.

— ¿Pude olvidar una cara? Lo debo estar confundiendo con el personaje de alguna película —pensó el niño.

El hombre abrió una de las puertas de la carroza, cubierta de labrados grotescos, y la Señora P. los ayudó a entrar. Esperaban un lugar estrecho e incómodo, de una oscuridad aterradora.

— ¿Cómo puede ser tan grande aquí dentro? —pensó David.

—Que bonito —dijo Marina, en voz muy baja.

Las paredes estaban forradas con mullido cuero negro; en las cuatro esquinas internas de la cabina había pequeñas luminarias, parecidas a brillantes joyas azules, poco a poco se estaban apagando. Los sillones, frente a frente, eran amplios y muy cómodos.

Con lentitud la oscuridad se incrementó y a través de las negras cortinas tuvieron una visión del exterior, brillante de luna. Un suave vaivén les indicó que habían comenzado a moverse y los edificios pasaban cada vez más rápido.

— ¿Dónde vamos, Señora P? —preguntó Marina, susurrando y con la mirada fija en el exterior.

—Desandaremos la ruta que ustedes tomaron, desde el momento cuando salieron de la estación del metro —contestó ella —; no olviden hablar en voz baja, la voz de un niño es llamativa para los seres ocultos en la ciudad.

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Habían recorrido las calles, buscando algo, ninguno de los niños imaginaba su naturaleza. En varias oportunidades el vehículo se detuvo, observaron a Kin entrar a las tiendas de ropa y comida, husmeando el aire, como un sabueso. Incluso vieron a Fobos, uno de los bisker, avanzar por la acera, olfateando los techos de algunos kioscos de revistas.

—Ya vieron, Deimos y Fobos no están enganchados a la barra delantera del coche —aclaró la señora P—, lo aferran con una de sus manos, para mantenerse libres y saltar a la batalla.

— ¿Habrá pelea? —preguntó Marina, con voz recelosa.

—No se preocupen niños. Mawll, Kin, Fobos y Deimos, forman un gran equipo.

En ese momento David reconoció la estación del metro por donde él y Marina habían surgido a la oscuridad, luego del accidente. Kin entró, el tigre dientes de sable, negro como el cielo sin estrellas, desapareció apenas la luz de la luna dejó de iluminarlo.

—La sombras están iguales —murmuró David—, la luna no se ha movido.

—Está en el mismo sitio —le informó la señora Piedranegra —, casi nunca se mueve.

David ya tenía lista otra pregunta, pero un rugido hizo saltar a los dos niños. Siguió un chillido, como el de un enorme cerdo, y volvió el silencio.

Uno de los bisker, en este caso fue Deimos, corrió hasta la entrada del metro, lanzando nubes de vapor con su respiración, se agachó y entró silencioso. El gladiador Mawll saltó desde el techo de la carroza, sin producir ruido cayó en la entrada del subterráneo.

Marina y David se abrazaron, la Señora P., en la oscuridad de la cabina, tocó sus cabezas.

—Tranquilos niños. No salgan cuando abra la puerta, y mantengan silencio.

Bajo la luz de la luna apareció el gladiador Mawll, arrastrando por la negra pelambre un ser con aspecto de gárgola blanquecina, y con la talla de un enano. Tenía enormes ojos facetados, como las moscas, sobre una cara huesuda con boca de piraña. El cuerpo desnudo y encorvado, con piel como lija, agitaba las extremidades con mucha fuerza. Manos y pies tenían forma de garra, similar a las de un ave de rapiña, y la pequeña cola se agitaba con rapidez. Los niños observaron, en la espalda del pálido monstruo, dos atrofiadas alas de murciélago, inútiles para volar.

La señora Piedranegra salió de la carroza, con la capucha y la bata oscura cubriendo su cuerpo. Llegó hasta la acera donde el bisker Deimos, el tigre dientes de sable Kin y el guerrero Mawll, rodeaban al extraño ser de la oscuridad.

Los niños pudieron oír murmullos de una conversación, en silbidos de rata, entre la gárgola blanquecina y la Señora P. Entonces, cuando Mawll soltó las greñas del ente, el monstruo, agitando las débiles alas como una gallina espantada, saltó hacia la entrada del subterráneo y se perdió en la oscuridad.

Todos corrieron hacia la carroza. De último entró Kin, había recuperado su forma de gato negro y se escondió debajo de uno de los asientos. Una de las luminarias internas fulguró con debilidad, llenando la cabina de luz violeta.

—Es un hechicero de la tribu Shy —dijo la señora Piedranegra, luego de sentarse—, viven en cavernas del subsuelo y se prestan para trabajos de secuestro y espionaje. Fue él quien provocó el accidente del tren y dejó el teléfono para que lo encontraran. Cuando ustedes lo apagaron perdió contacto con el lagarto, y decidió seguirlos, pero no pudo llegar muy lejos, la luz es demasiado fuerte para sus ojos.

— ¿Esas cosas viven en los túneles del metro, en nuestra ciudad? —gimió Marina.

—Lo visitan y recorren las grandes alcantarillas. Casi no dejan huella, su olor es como el de las cloacas. La gente corriente no los percibe —informó la Señora P., sentada en uno de los asientos.

— ¿Dijo algo útil para nuestro regreso a casa? —preguntó David, en voz baja, mirando a la Señora P. con ojos inquisitivos.

Ella contestó con agrado.

—Sí, lo dijo, bajo amenaza de lanzarlo a un desierto, a plena luz del sol. Debemos ir a un lugar en las afueras de este sector.

Entonces habló en tono reposado.

Marina, David, deben saber algo más.

Ambos niños voltearon hacia la Señora P.

—El shy no sabía quién dirige esta operación. La orden le llegó a través de intermediarios. Rebuscando en su mente encontré la imagen de un lugar apartado. No queda cerca.

— ¿Entonces, hacia dónde vamos? —preguntó Marina.

—A sorprender a quien maquinó el secuestro y desea robarle sus poderes, niños.

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Mientras por la ventana pasaban calles y avenidas, la señora Piedranegra hablaba con los niños, ellos no separaban su mirada de aquellos ojos grises, saturados de belleza y ternura maternal.

—Antes que la ciudad donde ustedes nacieron existiera, cuando sólo había seres humanos viviendo en cavernas, hechiceros de clanes muy alejados visitaban la explanada donde está nuestra cuadra. Todo el valle era territorio sagrado: cementerio, lugar de oración y sacrificios sangrientos. Pasaron los milenios, el lugar fue olvidado, tribus nómadas fundaron poblados debido a la fertilidad de la tierra y abundancia de cacería. Infinidad de veces las guerras hicieron cambiar de propietario aquel paraíso; un sector persistió intacto: una explanada donde a nadie se le ocurría cultivar o edificar viviendas, siempre llena de árboles, mantenían sombras profundas a cualquier hora del día.

Marina y David estaban hechizados con sus palabras, imaginando los paisajes y la gente de la que hablaba.

—Con el crecimiento de la ciudad, comenzaron a construir calles y edificios en los alrededores de la explanada, incluso en ella, sin embargo había un lugar por el que nadie se interesaba: el terreno en el cual erigieron el edificio donde ustedes viven.

Marina habló en susurros.

—Ese lugar debe ser muy importante.

David asintió, estaba de acuerdo con su hermana mayor. Los niños se mantuvieron atentos a cada palabra de la Señora P.

—Es así, allí existió una puerta al universo de la oscuridad, creada por los primeros hechiceros. En ese pequeño lugar, nacieron magos y sacerdotisas poderosos, bajo el respaldo de fuerzas ocultas.

— ¿Todos son malignos? —volvió a susurrar Marina.

—En el mundo de las sombras, donde la luna impera, existen las dos fases: oscuridad y claridad lunar. En este lugar, aunque nunca llega el día, hay fuerzas interesadas en respaldar el bien.

— ¿Usted es una de ellas, Señora P? —preguntó Marina, inclinándose hacia la mujer sentada en el otro sillón.

—Nací en la explanada, cuando la ciudad no existía. Mi madre recibió apoyo de este lado de la puerta; vigilo el lugar, esperando la llegada de niños como ustedes.

En ese momento la carroza inició un bamboleo, el suave sonido de sus anchas ruedas metálicas, rodando sobre el asfalto, cambió de manera notable, convirtiéndose en un golpeteo continuo. Ambos niños saltaron hacia las ventanas.

—Si se ponen de pie, sobre los asientos, podrán mirar al frente a través de otra cortina en la pequeña ventana frontal —les informó la señora Piedranegra.

—Parece otro país —dijo Marina, todavía susurrando.

—Aquí la ciudad no está en un valle, sino en una meseta, por eso nunca pudieron ver las montañas cuando caminaban por las calles.

David se enderezó.

—Quiero saber algo —dijo, con voz clara y sin temblores, después de haber inspirado con fuerza.

La señora Piedranegra y Marina lo miraron con atención.

— ¿Si ya nos tenían aquí, porqué no nos atraparon al llegar a la calle?

Marina miró a su hermano, la niña tenía cara de alarma.

— ¿Estás sospechando de la Señora P? Ella nos protegió, David; y nos conoce desde que nacimos.

La Señora P. sonrió a los niños, y habló con suavidad.

—Nadie, en esta ciudad de la oscuridad, sabe dónde ustedes viven. En la mañana, cuando estaban en el andén, por casualidad pasó un vagón donde viajaba un hechicero humano. Este individuo sintió la presencia de algún niño con un poder especial. De inmediato comenzó la búsqueda, con espías shy, en los túneles alrededor del lugar, hasta que lograron su objetivo. El brujo shy provocó el accidente.

— ¿Porqué no nos atraparon cuando caminábamos por la ciudad oscura? —insistió David, con voz menos agresiva.

—Comprendo tu incertidumbre, David. Sí ya los tenían, para qué averiguar dónde era su hogar. Hay una razón.

— ¿Querían encontrar otra persona? ¿A usted Señora P? —se adelantó Marina.

—Así es, niños. No podían comprender por qué mucho antes no se habían enterado de la presencia de ustedes en la ciudad, con el nivel de poder emitido por sus cuerpos. Alguien los protegía y necesitaban eliminarlo, de lo contrario ocurriría lo que ya está pasando: escaparon de sus manos y ahora no saben quién los persigue.

— ¿El shy no se los dirá?

—Los shy son débiles, me fue fácil borrar su mente, ahora apenas recuerda quién es. Merece el castigo, contribuyó con muchos secuestros.

Ambos niños quedaron mudos de terror. La dama sonrió, mientras los sacudones se incrementaban; sacó la daga de su cinturón, la soltó y el arma quedó flotando en el aire. La circular piedra negra, en el mango, comenzó a crecer. Cuando brilló con suavidad, mostró una imagen.

—Parece una TV. ¡Y es 3D! —murmuró David.

La mujer sonrió por la comparación del niño.

Las imágenes tridimensionales parecían tomadas desde un helicóptero bastante rápido.

—Allí está la meseta donde se encuentra Tür, la ciudad por donde estamos viajando. Calculen lo inmenso de su extensión, comparando con el tamaño de los rascacielos. Son otros pueblos de la Tierra, donde también existen puertas para venir hasta aquí. Adviertan la magnitud del desierto a su alrededor.

A los niños la meseta les pareció el muñón de un gran árbol, cortado casi a ras de la tierra. La superficie superior mostraba ríos, lagos, colinas, y estaba cubierta con millones de minúsculas piedrecillas, de formas y tamaños heterogéneos. Cada partícula era una construcción. David reconoció grandes estructuras y porciones de ciudades, su formidable memoria fue puesta a prueba. Maravillado pronunciaba nombres: Paris, la torre Eiffel, New York, el rascacielos Empire States, Moscú, el Kremlin, el Taj Majal, Caracas, un sector de la Gran Muralla China, la Alhambra, el Coliseo Romano, Macchu Picchu. También observaron miles de poblados desconocidos. Todo estaba entrelazado como si un par de manos gigantescas hubieran mezclado mapas, sin tomar en cuenta su ubicación en el planeta.

—Es un caos geográfico —murmuró el niño, al final de su examen visual.

—Ahora estamos explorando nuestras calles —dijo la Señora P., cuando ocurrió un acercamiento de las imágenes—, allí están los inicios de la construcción del edificio. Están llegando jinetes, montando animales parecidos a caballos negros, recorren las avenidas. No son caballos, esas cabalgaduras comen carne. Vean los hombres, tampoco lo son, tienen parecido con los shy, aunque son más grandes; buscan nuestro rastro.

Les pareció estar viendo una película, con el sonido muy atenuado. La Señora P. continuó la demostración, alejando la imagen. La meseta, con la ciudad encima, se redujo al tamaño del pulgar de cualquiera de los niños, un dedo erguido en medio de un paisaje estremecedor.

—Parece la superficie de la luna —dijo David.

—Así es —agregó la Señora P. —, los cráteres están aquí, como si hubieran extendido la piel de la luna sobre una mesa, distorsionando sectores, y alterando proporciones la mayoría de las veces.

— ¿Y la luna no está en el cielo? Puedo verla allá arriba —observó Marina.

—No es la misma luna y cielo, tampoco estamos en un planeta que imita la superficie lunar. Aquí desconocen la existencia de un sol, estrellas, planetas, galaxias. Estamos viendo un universo plano hasta el infinito. Muy lejos ya no se parece a la superficie lunar. Hay paisajes imposibles de imaginar; muy pocos de los seres humanos, existidos en la Tierra, vislumbró tal clase de territorios. En este lugar sus habitantes nacen y mueren con diferentes explicaciones de su universo, también muy pocos pueden viajar a tu mundo y ese tipo de viaje es un secreto entre iniciados. El uso del fuego, su brillo y calor, está rodeado por la superstición. Evitan las grandes hogueras, y las actividades que lo requieren son efectuadas por gente considerada fuera de lo común. Recuerden los hechiceros danzando al otro lado de la calle, pertenecen a una de esas minorías, en unos casos respetadas, y muy temidas en otros.

— ¿Cuántos habitantes hay? —preguntó el niño, con los ojos muy abiertos por la curiosidad.

—Nadie lo sabe, es plano hasta el infinito, pero algo si sé: no todos son iguales.

— ¿Y cuántas especies de animales?

—A cada momento veo uno nuevo y no todos son tan torpes como los de la Tierra, algunos tienen lenguaje, como Deimos y Fobos. No los considero animales, por completo.

— ¿Hablan?

—A su manera y manejan números.

Marina guardaba silencio, mirando pasar las imágenes tridimensionales. David cuchicheó.

—Las distancias son muy grandes. ¿No es posible volar?

La Señora P. lo miró con simpatía.

—Sí, pero animales voladores y artefactos aéreos pertenecen a razas guerreras; no conviene encontrarlos. Debemos confundirnos con la gente corriente, por eso viajamos en una carroza similar a muchas otras, en su aspecto externo, incluyendo a Deimos y Fobos.

— ¿Estamos buscando al secuestrador o huyendo de él? —preguntó Marina, sin quitar la vista de las imágenes entre los dos sillones de la cabina.

La señora Piedranegra contestó, sin apartar sus ojos de las figuras en movimiento.

—Ambas cosas, Marina. Huimos y observamos quiénes nos persiguen. Hay muchos interesados en robar riqueza, por ello es difícil discriminar de otros más complejos en su proceder, como los mercaderes de esclavos.

— ¿Cómo hacen para medir el tiempo? —preguntó David.

—Aquí casi todos los seres vivos tienen un ciclo de veinticuatro horas en su organismo, nadie sabe porqué. En este momento es algo así como pleno mediodía, por eso hemos oído movimiento de gente.

—Yo no escuché nada, el ruido me parece igual —dijo David.

—Poco a poco mejorará tu oído, observa, ya ves mejor.

La carroza se detuvo.

—Llegamos, niños.

— ¿Podrían volver a secuestrarnos, Señora P.? —preguntó Marina.

—Sólo saben que viven en la ciudad. Los descubrieron por accidente. No están al corriente de quiénes cuidamos de ustedes desde que nacieron.

Marina y David abrieron la boca por la sorpresa.

—Sí, los protegemos, Mawll y yo. Pero ustedes ahora se mueven con independencia por las calles, nos hace más difícil la misión.

Hubo un corto silencio.

—No podemos depender de ustedes —al fin dijo David.

La Señora P. sonrió.

—Tienes razón, David. Deben aprender a cuidarse solos.

De repente ambos niños, con los ojos muy abiertos, miraron hacia el techo y a los lados y pronunciaron las mismas palabras.

—“En una hora, veinte minutos y cuarenta y dos segundos, estaremos rodeados por enemigos”

—No sabemos cómo son ni quién es el jefe, está muy oscuro —agregó David.

La Señora P. miró al techo. Como un relámpago negro Mawll penetró por la puerta derecha.

— ¿Qué ocurrió? —y miró a los niños, con expresión preocupada.

—Tienen poderes muy valiosos para los mercaderes de esclavos: la capacidad de adivinar acontecimientos, y apenas están despertando. No podemos retroceder —dijo la Señora P. —, debemos encontrar la forma de anular el hechizo, lo más pronto posible, de lo contrario los niños nunca podrán volver con sus padres.

—Debemos apurarnos, oí lo del ataque inminente —dijo Mawll, también inquieto, y regresó al techo. Antes de cerrarse la puerta salió Kin, el gato negro había estado oculto bajo los sillones.

La Señora P. produjo un gran acercamiento en las imágenes tridimensionales. Desde lo alto se veía la carroza, con Deimos y Fobos al frente, en una carretera empedrada, ancha como una autopista de doce canales de circulación. Kin, con su forma de tigre dientes de sable, trotaba detrás, protegiendo la retaguardia. Estaban ascendiendo una fortaleza, con una altitud muy difícil de calcular, retorcida, inconclusa; las ventanas, o puertas, era difícil decirlo, lucían asimétricas y oscuras, como si la luz de luna se detuviera para no entrar.

—Me recuerda pinturas de La Torre de Babel, en internet —murmuró David—; el edificio Empire States tiene 443,2 metros de alto y 102 niveles, esta torre debe ser más del triple en altura. A pie tardaríamos días recorriendo la carretera espiral, hasta llegar al techo.

La Señora P. apoyó una mano sobre el hombro del niño.

David, aquí la llaman de igual manera: Babel. Cada uno de sus orificios es una ventana de comunicación, llevan a lugares muy lejanos de este plano universo.

El ascenso era estrepitoso. El rugido del viento, circulando por las cavidades de la torre, opacaba el sonido de las ruedas. El suelo estaba empedrado con bloques irregulares, en tamaño y textura, y hacía estremecer las ruedas de la carroza. También había infinidad de piedra suelta, tenían el aspecto de formar parte de fragmentos caídos de la torre. Deimos y Fobos trotaban cuesta arriba, aferrando, con una garra cada uno, la gruesa barra donde podría ir media docena de caballos. En el techo del vehículo iba Mawll, con la mano en la palanca de freno y atento a las ventanas de la torre.

—Mira esas puertas y ventanas, Marina, hay de todos los tamaños —murmuró David—, por las más grandes podría entrar una avioneta y al mismo tiempo otra podría salir. Esto parece un palomar cónico, agujereado con tiros de escopeta.

Los niños dieron un salto atrás. En ese mismo instante había salido, rugiendo como un taladro neumático, un oscuro animal volador y lo siguieron al menos medio centenar, cada uno tan grande como la avioneta imaginada por David. Vieron alejarse la bandada. Resultaron ser reptiles voladores, con plumas en la mayor parte de sus fibrosas alas. Volaron por debajo de la altura donde se encontraba la carroza, en la ascendente carretera en espiral, y un momento después pasaron muy por encima de la torre Eiffel. Todavía el monumento metálico podía verse a una distancia enorme, una diminuta prominencia al lado de otras muchas.

Por las ventanas de la carroza ingresaba una densa pestilencia, como venida de una jaula de fieras. La señora Piedranegra movió su mano izquierda y los niños sintieron, en sus oídos, una sensación familiar.

—Qué maravilla, Marina. Tenemos cabina presurizada, como los aviones. El mal olor no puede entrar —y rió en voz baja. La niña y la Señora P. se miraron, y casi sonrieron, porque fueron interrumpidas.

Tres rugidos, y un grito de guerra prolongado, sacudieron la carroza. Los niños vieron en las imágenes una espesa capa oscura, arrastrándose por la carretera, descendiendo muy rápido hacia ellos. Comenzaba un par de niveles más alto, en una de las monumentales ventanas. Similar a una serpiente plana y negra, se dejaba caer por paredes y riscos. La imagen dio un salto de acercamiento y comprendieron: no era una sustancia espesa.

— Parecen murciélagos. Hay miles. ¿Qué tan grandes son? ¿Por qué no vuelan? Allí veo uno, gigantesco, ¿quién es? —preguntó David y la Señora P. lo miró.

—Poseen alas demasiado pequeñas. Les dicen avils, Mawll tiene dos tercios de su estatura, con sus colmillos pueden romper y triturar una armadura de metal. Usan garrotes y escudos, silban para orientarse en la oscuridad, afuera el ruido es enorme. Ese, el más grande, es Karkobab, El Raptor, se especializa en secuestrar niños con poderes mágicos, para apoderarse de sus mentes. Puede cambiar de forma y número de cuerpos. Vi en la mente del shy una guarida de seres menos poderosos, y venidos de un lugar diferente; fue una imagen creada para atraernos a esta emboscada. Caí en la trampa de Karkobab.

— ¿Qué comen todos ellos? —murmuró Marina.

—De todo. No se acerquen a las ventanas. Los avils lanzan piedras con mucha precisión, y la carretera contiene muchas.

—Será una lluvia de rocas —observó el niño.

—No creo que lo hagan de esa manera. A ustedes quieren capturarlos vivos, para convertirlos en zombis a su disposición.

David se mordió la uña de un dedo y Marina subió los pies al sillón. La Señora P. tomó la daga flotante, se levantó y abrió la puerta derecha.

En la imagen que persistió dentro de la cabina, vieron a la señora Piedranegra y su compañero, parados en el techo de la carroza. Los dos bisker, Deimos y Fobos, continuaban el trote, arrastrando el vehículo pendiente arriba. Marina y David percibieron un aumento en la velocidad.

La mujer extrajo la daga del cinturón y ésta creció, convirtiéndose en una espada oscura, como si estuviera hecha de piedra negra pulida. Mawll imitó su gesto, las dos espadas negras reflejaron la brillante luna. Entonces, al mismo tiempo, se convirtieron en metal flamígero, como recién salido de un horno de fundición, proyectando luz naranja. La sombra de la carroza, y los dos bisker, creó una mancha móvil en el empedrado. La avalancha tenebrosa se detuvo.

Pero sólo fue por un instante. De entre el ejército de avils se fueron adelantando unos más grandes y encorvados, empujando a un lado a los demás, arengados por los rugidos de Karkobab, cuyas enormes alas negras latigueaban sin parar, pero no levantó vuelo. Todos silbaban como locomotoras de vapor enardecidas. Los niños percibieron diferencia en aquellos monstruos.

—No tienen ojos. Mira sus orejas enormes y puntiagudas —dijo Marina.

—Como los verdaderos murciélagos, tienen radar, se guían por el rebote del sonido de sus chillidos —David tenía miedo, pero estaba fascinado con aquellas criaturas.

Mawll saltó a la carretera y corriendo se ubicó delante de los bisker, moviendo la espada flamígera como un abanico, intentando llegar hasta el líder: Karkobab El Raptor. Aunque los avils estaban a varios metros cuesta arriba, abrieron una brecha. Por este mismo camino bajaban los sin ojos, derribando a sus compañeros más bajos en estatura. Todos tenían algo en común: patas cortas y andar pesado. Kin se mantuvo en la retaguardia, vigilando contra un potencial ataque por la espalda.

El choque fue brutal. Los sin ojos llegaron hasta Mawll, el gladiador frenaba los garrotazos con la espada y de un solo tajo partía, por la cintura, a dos o tres con cada molinete flamígero. Viseras hediondas y sangre, casi negra, salpicó el pavimento. Eran demasiados. Los dos bisker, Deimos y Fobos, soltaron la barra de la carroza, para defenderse de un ataque masivo. Lanzaban dentelladas, y zarpazos con las cuatro extremidades, cada coletazo derribaba avils; sus armaduras recibieron garrotazos y las abolladuras aparecían con rapidez. Un sonoro golpe en un hombro hizo caer a Mawll, rodó por el suelo, dando espadazos, cercenando las cortas patas de los avils más próximos. Desde el techo del vehículo, la señora Piedranegra decapitó más de una docena de avils ciegos, los monstruos intentaban arrancar las puertas de la carroza. Los colmillos de Kin mataban uno tras otro, había recibido varios garrotazos, pero continuaba en pie de lucha. Dos piedras enormes golpearon la espalda de la Señora P., y cayó a la carretera, sin soltar la espada. Otra roca chocó contra la palanca de freno y la carroza comenzó a retroceder, si ganaba velocidad y tomaba rumbo al borde irregular de la carretera, la caída hasta la inmediata vuelta inferior de la espiral sería mortal.

Dos pequeñas figuras surgieron, una por cada puerta. Eran los niños, que con celeridad treparon hasta el techo de la carroza. Las indumentarias oscuras: botas, capa, turbantes de piel con orejeras y sus caras emitiendo volutas de vapor blanco, brillante bajo la luz de luna, los hacía parecer gnomos humeantes. De un salto David llegó a la palanca de freno, un instante antes de moverla el vehículo se detuvo. Los avil cesaron el ataque de proyectiles, al parecer no querían matar a los niños, como había dicho antes la Señora P. La señora Piedranegra y Kin luchaban contra un pelotón de avils sin ojos, aquellos monstruos buscaban sorprenderlos por la espalda. Percibiendo que no sería fácil, tomaron piedras, grandes como dos veces la cabeza de una persona, y se dispusieron a lanzarlas contra la mujer y el dientes de sable. Más arriba, Mawll, Deimos y Fobos, retrocedían acosados por la superioridad numérica. Detrás de la avanzada, rugiendo y aleteando, venía Karkobab, El Raptor.

En el techo de la carroza los dos niños se abrazaron. Después, permaneciendo muy juntos, señalaron con la punta de sus dedos hacia los avils acosadores de Kin y la señora Piedranegra. Con un “crack” ensordecedor, de sus manos surgieron serpenteantes rayos azules, naranja y amarillos, de un brillo mucho más intenso que el de la luna presente en las alturas. Los avils cayeron electrocutados. Se oyó otro “crack”, los más cercanos a Mawll y los bisker fueron puestos fuera de combate por otra centella; relampagueante había saltado más de cien metros, como una telaraña cegadora. La pestilencia de pelo quemado fue intensa.

Karkobab, El Raptor, levantó vuelo con atronadores aletazos. Los dos niños apuntaron con sus brazos y una espada de fuego siguió al monstruo. Ocurrió un resplandor, la explosión produjo ecos en la distancia. Ningún fragmento cayó de lo alto.

La avalancha de avils se movió en retroceso, los silbidos perdieron ritmo. El pánico envolvió a los miles de monstruos y un momento después habían desaparecido, por la misma ventana por donde surgieron.

Kin cojeaba, a la Señora P. le costaba mantenerse en pie, Mawll tenía el brazo izquierdo colgando, y las dos espadas se habían apagado. Los dos bisker perdieron fragmentos de armadura y las correosas pieles estaban manchadas de sangre roja; en sus mandíbulas faltaban colmillos.

—Niños, regresen a la carroza —murmuró Mawll, mientras con el brazo sano ayudaba a la Señora P.; Fobos y Deimos aferraron la pértiga para arrastrar el vehículo.

—Si bajamos del techo, regresarán —dijo David, tratando de hablar en voz baja. Las caras de ambos niños tenían la frente contraída y sus miradas eran de miedo.

—Ustedes podrán disparar desde el interior de la cabina —agregó la señora Piedranegra, y jadeando cayó en uno de los sillones.

Marina y David se descolgaron del techo, cada uno de ellos se ubicó en diferente ventana lateral.

—Haga funcionar las imágenes, Señora P. —murmuró la niña.

—Ustedes pueden hacerlo, ya tienen suficiente poder —y cerró los ojos.

▲▲▲

Para los niños el ascenso parecía interminable, David había contado cuarenta y dos vueltas. Por la imagen flotando, en el interior de la cabina, veían la carroza bastante cerca de la mitad, en altura total, de la torre Babel.

Muchas veces vieron salir y entrar seres voladores, unos más horribles que otros; también rápidos jinetes en infernales cabalgaduras, cubiertos con capas; fue imposible vislumbrar su aspecto. Al parecer no les interesaba la carroza, sólo uno miró hacia ellos. Mawll iba en el techo, encorvado y cubierto con la capucha; la Señora P. continuaba desmayada, y los dos saurios jadeaban. Oyeron un quejido bajo el asiento, Kin sufría dolor.

Sin aviso, la carroza se detuvo y la señora Piedranegra abrió los ojos.

Marina, David. En el momento cuando despertaron sus poderes y comenzaron a destruir avils, Karkobab perdió fuerza para retenerlos. Ya pueden regresar a su hogar, por esa ventana oscura. Ahora les pertenece.

—No podemos dejarlos aquí, solos e indefensos, Señora P. —dijo Marina.

—Primero los llevaremos a su casa, Señora P. —agregó David.

—Niños, ya no corremos peligro, sólo necesitamos tiempo para curar nuestras heridas —dijo la señora Piedranegra.

Marina y David miraron hacia el enorme agujero oscuro, en la pared rocosa de la torre. Era tan negro como el cielo, podían oír graznidos reverberantes venir de allí, la corriente de aire traía pedazos de plantas resecas y olor a carne podrida.

Se despidieron de Kin, de Mawll y los dos bisker, luego caminaron hacia el nauseabundo antro. Sus pequeños corazones latían con rapidez, las volutas blancas, brotando de sus bocas, eran borradas por el viento. Les pareció sentir un aumento en la temperatura del aire, y de repente la oscuridad los envolvió.

▲▲▲

En lo alto se encendieron luces blancas y brillantes. Sintieron calor y el murmullo de una multitud. Los olores cambiaron con brusquedad, como si se hubieran quitado una máscara hedionda.

— ¿Estamos en el vagón del metro? —preguntó David, hablando en murmullos y mirando sus propias ropas; el ruido apagó su voz.

Marina apretó la mano del niño y lo arrastró contra la pared. Uno tras otro se apagaban teléfonos celulares, la gente los había utilizado como linterna mientras duró el apagón. En el suelo había uno, al parecer abandonado por su dueño, pero nadie parecía verlo. El vaivén se incrementaba cuando el tren recuperó velocidad.

Una gruesa mano tocó un hombro de David. El niño levantó la mirada y reconoció al individuo, tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y en la frente las suturas de una larga herida. Otra mano tocó un hombro de Marina. Ambos niños reconocieron a la anciana de pelo blanco. La Señora P. tenía un bastón y un collarín acolchado alrededor del cuello.

Ambos niños sonrieron y miraron de nuevo sus propias ropas, eran las mismas vestidas antes de ser secuestrados, recién lavadas y planchadas.

Cuando terminaron el viaje de retorno, los cuatro caminaron desde la estación del metro hasta la puerta del edificio dónde vivía la anciana. Durante todo el trayecto no hablaron.

— ¡Mira, es Kin! —exclamó Marina.

—Tiene muchos vendajes por todo el cuerpo —observó David. Todavía acostumbrado a hablar en voz baja.

El gato negro parpadeó.

—Gracias, Señora P., y señor Mawll. Nos salvaron la vida —murmuró Marina, cuidando de no hablar demasiado alto.

Marina y David cruzaron la calle y corrieron escaleras arriba, como todos los días, apostando quién llegaría primero al séptimo piso.

▲▲▲

La señora Piedranegra cerró las cortinas del apartamento. Con un rápido gesto se arrancó el collarín y comenzó a desnudarse. Frente a ella, Mawll lanzó a un rincón el cabestrillo del brazo y también procedió a despojarse de las ropas.

Kin sacudió el cuerpo y sus vendajes saltaron por la sala.

Como si hubieran estado fabricados con un material gelatinoso, al unirse las dos personas y el animal, quedaron convertidos en una viscosa bola de brea grasienta. Creció y cambió de forma. Karkobab, El Raptor, ahora con forma de serpiente negra con tres cabezas, empujó los muebles y quedó enrollado en el suelo.

—Debieron aceptar la protección de los niños, hasta recuperar la fuerza. Ahora será muy fácil para mí —siseó una de las fauces.

Y cerró los seis ojos, brillantes como sangre coagulada. Karkobab todavía se encontraba muy cansado, después de la segunda emboscada a los protectores de Marina y David, porque la resistencia de la señora Piedranegra, y sus amigos, fue valiente y tenaz, hasta el siniestro final.

<

p align=”center”>FIN

Nuevamente felicitaciones a Joseín, tremendo relato, que mundo tan fantástico y tan bien detallado el que nos ha mostrado en este relato. Y ese final por cierto apunta a una continuación, esperemos que así sea y nuestro amigo pronto nos narre como continúa esta historia.

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