Joseín Moros también participa en nuestro concurso de Ciencia Ficción con este cuento, una reflexión sobre el uso de la tecnología, el futuro de la economía y muchos otros interesantes detalles mas que dejaré que ustedes disfruten y descubran:

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PETROLEO CRUDO 2084
Fecha: año 2084, transcurridos 33 después de “la llegada de los mensajeros”.

Autor: Joseín Moros

La joven hablaba desde el centro de la plaza universitaria ante más de doscientos cincuenta mil estudiantes, todos poseían adminículos de audio en sus oídos, veinte súper pantallas mostraban su cara congestionada por la ira y acosada por unas cuantas moscas azules. En el mismo instante la Súper-Net llegaba hasta millones de universitarios en el continente; entonces ocurrió una explosión y quedó sorda, sus oídos silbaban, corría entre nubes de gas lacrimógeno. Sintió el golpe de un garrote electrónico esgrimido por un encapuchado, su hombro crujió y el olor de carne quemada fue intenso, antes de perder el sentido vio navíos esferoidales de cuatro hélices disparando mortales rayos púrpura contra la muchedumbre y las pantallas mostraban la palabra “PROHIBIDO” en letras escarlata sobre fondo negro. Entre fogonazos de oscuridad la escena cambió. Ahora estaba recibiendo su diploma de periodista en algún profundo sótano oscuro bajo los rascacielos de la ciudad, vestía toga y un birrete desgastados, ocurrió otro destello y se encontró en un calabozo hediondo y húmedo, rodeada de moscas azules. Luego impartía clase en un aula tenebrosa atiborrada de adolescentes que sacudían las manos para alejar los insectos voladores; su fotografía ocupaba páginas de periódicos impresos en papel rústico y arrugado, el aire los revolcaba en calles desvencijadas entre rascacielos sin iluminación; mucha gente estrechaba su mano a través de los barrotes que aparecieron de nuevo. Traquetearon silbidos de armas laser y retumbaron tiros de pólvora, la oscuridad se retorció. Vio muchedumbres arremolinadas en las enormes calles fangosas, recubiertas de humo y moscas, decenas de estatuas eran derribadas entre nubarrones de gas tóxico; chorros de agua y de sangre gorgoteaban; rugían multitudes peleando; el rojo sangriento manchado de negro hizo remolinos junto con oleadas de moscas enormes y pesadas. La vestimenta de la multitud envejeció, las personas cambiaron a seres sucios y macilentos; naves rugientes lanzaban cajas y mucha gente quedó aplastada intentando ser los primeros en recibir comida. Las avenidas tenebrosas empeoraron su aspecto, muchos rascacielos terminaron por caer entre torbellinos de fuego. Las agujas del antiguo reloj de una iglesia en llamas giraron hacia atrás, dentro del templo la gente gritaba mientras sus cuerpos eran convertidos en más humo azabache. De súbito aparecieron luces de colores, era niña de nuevo, jugaba con una computadora entre decenas de pequeños que hacían lo mismo y reían mientras una maestra hablaba; sin aviso las pantallas mostraron una palabra en rojo sobre negro: “PROHIBIDO”. Los niños lloraron cuando llegaron hombres y mujeres uniformados. Oyó puertas chirriando, se vio envejecida de manera prematura, en un cuarto húmedo y lóbrego, temía ser descubierta, quería ver el noticiero extranjero en una pantalla conectada con el desesperado esfuerzo de unos pocos para revivir la desaparecida Súper-Net, corría peligro de muerte si las autoridades locales descubrían aquel artefacto ilegal en sus manos.

Despertó, agitó una mano temblorosa para alejar cientos de insectos, aquellas moscas gordas, con rayas tornasol brillando en la oscuridad, habían logrado penetrar bajo la tela rústica que protegía su cabeza. Era una anciana flaca, desdentada, vestida con harapos y acostada sobre trapos hediondos; abrió los ojos, reordenó los recuerdos y deseó con toda la fuerza de su alma poder cambiar el pasado.

Se quedó mirando la llama blanco-azulada bajo la enorme olla de hirviente sopa.

Hacinados, al lado de una piscina maloliente, innumerables familias comían como una jauría desesperada, era una noche negra, calurosa y húmeda; al amanecer sería posible ver los alrededores: por debajo del nivel de la terraza, donde se encontraban, había una gran avenida con rascacielos carcomidos por el fuego y atestada de barracas miserables. El mirador del viejo hotel cinco estrellas bullía de gente demacrada y sucia; el sonido de cuerpos tropezando unos con otros competía con el zumbido de millones de moscas azules; en los alrededores había focos de luz titilante agonizando en latas oxidadas; el humo negro que emitían, manchando todo, hacía la noche más tenebrosa.

Silenciosos como gatos llegaron una cincuentena de hombres y mujeres, cargando bultos bien amarrados, casi todos estaban heridos, venían tambaleantes con los cuerpos ensangrentados, estaban armados con machetes y cabillas; muchos traían bolsas de basura y las vaciaron en la piscina fangosa, entregaron los sacos a otras personas y se echaron cerca de la anciana. Casi todos lloraban.

Uno de los hombres, nervudo como un trozo de suela, herido en la mejilla y la frente, habló jadeando.

—Nos mataron cincuenta y ocho personas profesora; hicimos cuatro días de cola en la proveeduría de alimentos, sólo dos veces nos dieron agua; había mucha pelea, entonces los soldados dispararon proyectiles electrónicos y mataron unos cuantos, así la gente se ordenó un poco; apenas conseguimos latas de frijoles con carne, nada de leche; cerca de aquí un montón de mujeres nos emboscaron, querían quitarnos la comida y las tarjetas de racionamiento; eran sus niños o los nuestros profesora; venían armadas con chuzos untados de excremento, fue horrible, no se rendían, luchaban hasta morir.

Llorando, otro gimió en voz baja.

—Hace dos días gente recién llegada invadió una calle cerca de aquí, algunos tienen armas de fuego, las usan hasta que explotan; mataron hombres, mujeres y niños. Profe, nos va pasar lo mismo, ellos quieren el hotel, estamos en lo alto, tiene dos piscinas repletas, tanque de agua y nunca lo incendiaron.

Una joven se hizo oír, tenía venas del cuello hinchadas, ojos ardientes de fiebre y apretaba un niño dormido contra su pecho; las moscas rondaban el rostro del pequeño protegido con tela vieja y curtida. Respirando con dificultad la muchacha hablaba entre toces carrasposas.

—Profe, debemos adelantarnos; esperaremos hasta la madrugada cuando estén bien dormidos, tenemos varios días comiendo carne de perro para estar fuertes; con bombas Molotov les metemos fuego, quemaremos su fosa de basura y tendrán que irse. No queremos matar mujeres y niños, si no pelean los dejamos ir.

Desde el filo de la terraza y las azoteas del hotel, muchos gritos surgieron.

— ¡Luces!

Al norte de la ciudad, en la falda de la montaña, donde surgen manantiales de agua potable, se habían iluminado algunas ventanas superiores de unos cuantos rascacielos.

***

Un momento antes, en total oscuridad, el transporte WAR3000, de tres hélices y cuatro alas móviles, despegó del aeropuerto cubierto de matorrales y esqueletos de aeronaves abandonadas décadas atrás.

El WAR3000 tiene aspecto de escarabajo con alas de cucaracha, realizó un giro y en la negrura comenzó a barrer la ciudad como si fuera el rey de las moscas azules. Rodeado por nubes de humo, que ascendían de la muerta metrópoli, desapareció imitando un espectro maligno. En el asiento del copiloto, el oficial dio golpes con la mano enguantada sobre su casco y por fin logró comunicación; varias moscas azules caminan sobre el plástico de su máscara protectora; el hombre oyó la voz de un superior saliendo por los auriculares, de inmediato se enderezó en el asiento, con voz retumbante recitó el saludo, finalizándolo con un grito, y comenzó a informar.

—Misión de rescate RC357, arma laser L85 en peligro de pérdida. Patrulla con problemas mecánicos en el transporte HIEL519. Ubicación no detectada con precisión, fallas en sistema de rastreo.

Desde las alturas la ciudad parecía un pesebre con millones de luces titilantes; el formidable transporte sobrevoló una autopista invadida por escombros e iluminada con llamaradas, abundantes remolinos de humo negro, como brea hirviente, subía de pesados recipientes con líquido viscoso distanciados unos cien metros uno de otro; el pavimento cuarteado es un cementerio de vehículos exponiendo sus esqueletos quemados y corroídos. Muchas calles, azoteas y avenidas están invadidas por toda clase de viviendas improvisadas.

Una serpiente, de puntos blancos y brillantes, apareció como por milagro; es una delgada franja de edificios cerca de la montaña, allí se iluminaron algunas ventanas de los pisos superiores; era luz blanca y radiante, diferente a las hogueras asustadas y temblorosas repartidas por la ciudad.

Ante ese espectáculo la tripulación se tornó eufórica, hicieron ascender el aparato realizando giros y piruetas mientras vociferaban.

— ¡Luz eléctrica! ¡Luz eléctrica!

El de mayor graduación lanzó varias carcajadas, se pasó una mano por la entrepierna y varias moscas volaron espantadas, reflejaban brillos azules al revolotear en la cabina.

—Con mi comisión por los repuestos que introduje, ya sabes cómo, compraré otro apartamento al norte, para tú sabes quién —gritó cerca del casco de un subalterno.

Alegre, comenzó a cantar el himno de moda, hablaba de dar la sangre por el pueblo y todos lo corearon simulando entusiasmo.

El copiloto trataba de comunicarse con los técnicos de la torre; sin expresarlo, recapacitó sobre las últimas palabras del superior.

—No reirás más si esa planta falla, sé que trajiste piezas de segunda.
Sonrió de oreja a oreja y murmuró, protegido por el ruido.

—Ya me veo en tu cargo.

***

El soldado Inocencio, apenas un mes atrás, había sido trasladado desde su pequeño pueblo en lejanas montañas, hasta la ciudad; la visión de un caos de tal magnitud le había desgarrado el corazón; no podía dormir y cuando lo hacía, las pesadillas lo atormentaban. Su visor infrarrojo no funciona bien, la definición es casi nula y apenas vislumbra sombras vagas, tampoco los intercomunicadores del casco están operativos; con sus propios ojos trata de traspasar la oscuridad. Doce soldados más están alrededor del vehículo, es un blindado de seis ruedas de casi tres metros de alto y tiene al menos cuarenta años de antigüedad. Félix, el mecánico de la tripulación, ayudándose con una linterna, intenta encontrar la falla; la tropa escurre sudor bajo los pesados uniformes acorazados, el calor y la humedad es insoportable y algunos se habían despojado de las placas protectoras. Todos tienen la cara manchada por humo negro, las moscas azules atacan implacables intentando meterse en las fosas nasales y bajo las ropas.

El mecánico habló a gritos.

— ¡No es falla de combustible!

Otra voz surgió desde el otro lado del transporte, donde la oscuridad era total.

—Eres un genio Félix, en el mundo hay más combustible que agua para tomar.

Iracundo, sacudiendo la cabeza para rechazar los insectos, Félix rugió palabras obscenas e intentó aclarar su idea.

— ¡Sabes lo que digo! Tenemos el tanque por la mitad y llega combustible al motor. Parece una falla eléctrica.

Una voz, desconocida para todos, canturreó desde algún lado de la penumbra.

—Claro genio, si las luces no encienden es una falla eléctrica.

El mecánico sacó una pistola y se abalanzó hacia la parte trasera del enorme aparato, buscando con el haz luminoso los restantes soldados.

— ¿Quién habló? ¿Quién fue el cobarde? —gruñía Félix casi fuera de control.

Inocencio se interpuso, esgrimiendo el pesado y único fusil laser de la patrulla, los demás portaban pretéritos fusiles, con proyectiles blindados impulsados con pólvora.

—Tranquilo, sigue trabajando —dijo con autoridad.

Félix no guardó el arma, abrió la boca para hablar; en ese instante un silbido se oyó, una flecha le traspasó el muslo y partió la arteria femoral. Mucha sangre brotando a presión le empapó el uniforme; gritó, apuntó a la oscuridad y apretó el gatillo, se oyó el repetido clic pero no ocurrieron las explosiones, con seguridad las viejas balas tenían contaminada de aceite la carga explosiva; otra flecha dio en su pecho y sonó como un tambor mal tensado.

Inocencio se agachó y encontró cobertura tras una protuberancia del blindado.

— ¡Félix, apaga la linterna!

Los soldados accionaron los fusiles, cuatro de ellos produjeron explosiones, el resto traqueteó con los esfuerzos de los hombres cambiando proyectil tras proyectil; las balas se comportaban como piedras inertes.

Inocencio, sin haber disparado su poderoso instrumento laser, proyectó órdenes a todo pulmón.

— ¡Alto el fuego! Estamos a cinco cuadras de la autopista, debemos quemar el blindado y escapar con las armas, allí nos podrán ver los de rescate.

Los gemidos del mecánico surgieron del charco burbujeante en que se había convertido su garganta. Inocencio observó que el herido no había podido apagar la linterna, la cual rodó hasta un bache inundado de agua oscura. Sobre ella volaban cientos de moscas, produciendo chispazos azules como estrellas de un cielo minúsculo.

— ¿Puedes correr Félix? —no podía ver que tan mal estaba.

No hubo repuesta, sólo una tos y un quejido, luego una maldición, seguida de palabras mal pronunciadas por la cantidad de moscas que invadieron su boca.

—Mátenlos a todos —y el mecánico murió bajo una nube más oscura que la noche, con insoportable zumbido las moscas se habían abalanzado sobre el cuerpo.

Alguien apagó la linterna, quitaron la pistola al cadáver, lo empujaron bajo el camión, rociaron combustible y prendieron fuego. Los soldados comenzaron a correr, la llamarada había iluminado las ruinas de varios rascacielos y vieron dos figuras escondiéndose. Inocencio apuntó a una gruesa pared con el fusil laser al mismo tiempo que varios soldados accionaron los fusiles una y otra vez, varios de ellos funcionaron mejor.

Un llanto de niño iluminó las sombras y se oyeron gritos cercanos de una multitud enfurecida, habían permanecido ocultos en las ruinas, esperando que los soldados se fueran.

El soldado Inocencio corrió hacia la pared agujereada, sus compañeros le advirtieron mientras se alejaban a toda carrera en sentido contrario.

— ¿Estás loco?

— ¡Te lincharán!

No prestó atención a la tropa, llegó hasta el sitio y encontró dos cuerpos; la muchacha estaba muerta, la cabeza había estallado y el niño tenía un agujero debajo de la cintura; enjambres de moscas azules bullían sobre las heridas; la luz del fuego hacía brillar los insectos como chispas eléctricas.

Inocencio vio el arco de madera y las flechas embadurnadas de excremento.

— ¿Por qué nos atacaron?

Tras vomitar varias bocanadas de sangre el pequeño habló.

—Ustedes mataron nuestra madre, la comida enlatada está envenenada. Muchos murieron.

El niño quedó inmóvil, como una bala después de viajar a su destino.

Inocencio apoyó la culata del arma laser en el suelo, puso el cañón bajo su quijada y estiró el brazo hacia los dos gatillos; en ese instante el ruido de un navío lo obligó a levantar la mirada, el sonido de disparos desde lo alto y los fogonazos, le permitieron entreverlo en la negrura: le pareció una horrible cucaracha asesina.

Decenas de personas caían, algunos lanzaban piedras al negro cielo y la silueta de arqueros disparando flechas contra el navío proyectó largas sombras en las ruinas. Las adyacencias del vehículo incendiado se cubrieron de cadáveres, las moscas parecían escarcha azul arremolinándose sobre los muertos. Inocencio gritaba intentando detener la masacre, entonces el soldado levantó el fusil laser, coreando la protesta del hombre los silbidos rojos penetraron el blindaje, el aparato sacudió una azotea y con un gemido metálico fue a dar a más de cinco cuadras de allí, justo en el centro de la autopista destrozada; la explosión estremeció el pavimento y en toda la ciudad las moscas azules levantaron vuelo.
El soldado Inocencio se quitó el chaquetón blindado, la camisa y el casco; brillando de sudor y lágrimas, con el fusil laser en los brazos, el cañón apuntando al suelo, caminó hacia los sobrevivientes.

***

— ¡Al fin luz! —el grito de mujer pareció aumentar la brillantez de los arcaicos bombillos fluorescentes que se habían encendido tras varios parpadeos.

La matrona saltó hacia el control remoto, encendió la pantalla de pared y lo puso a su lado en el sofá grande como una cama. Desde el último piso del rascacielos donde estaba, al pie de la montaña, el valle se veía como un pozo fúnebre inundado con pequeños puntos de luz de extraño aspecto; eran incalculables hogueras en azoteas y avenidas. Varios tiros de fusil retumbaron muy lejos, el hombre corrió agachado, cerró las cortinas sobre la malla colocada contra el paso de las moscas y retrocedió.

La pareja tomó asiento frente a la pantalla, como hipnotizados miraban el noticiero; quince moscas azules caminaron sobre la imagen, ambos se abalanzaron con potes de insecticida que apenas lograron atontarlas un poco, luego las pisotearon y aliviados regresaron al sofá. La voz del locutor narraba.

…los índices bursátiles de Nueva América, Nuevo Tokio, cinco de las más importantes ciudades de la antigua China, hoy fraccionada en 23 naciones, y ocho de las nuevas repúblicas europeas, mostraron tenue incremento. En el resto del mundo en reconstrucción las exportaciones de carne, grano y vegetales variados, a cambio de la instalación de micro-refinerías petroleras y fábricas procesadoras de alimento, permite disminuir el caos que se ha mantenido desde la aparición…

Con el control remoto el hombre cambió al único canal local; una voz femenina, suave y sugestiva, se apoderó de la sala.

…gracias al maravilloso aumento en la producción de grano, carne y leche, nuestros líderes continúan disminuyendo el hambre de los pobres. Las cestas de comida gratis están siendo repartidas, todos los días, a las agradecidas familias habitantes de los cómodos refugios en todo el territorio, además…

La mujer le arrancó el control y marcó un canal extranjero, apareció otro noticiero.

…algunos de los antiguos países exportadores de petróleo que lograron sobrevivir a las guerras locales, con armas atómicas, acordaron insistir sobre las demandas de indemnización por la destrucción de su principal fuente…

Con un violento empellón el hombre lanzó a la mujer contra el extremo del sofá y le arrebató el control; en el canal nacional mostraban una obra teatral, grabada décadas atrás, basada en la historia de renombrados personajes, a quienes se le atribuyó una vida ejemplar, épica y llena de gloria; en la realidad muchas veces sus estatuas fueron derribadas por la población durante las continuas revueltas civiles. La cámara barrió la sala del teatro, había mucha gente ostentando lujo y poder, se observaban unos a otros con sonrisas y miradas maliciosas; fue una época remota inolvidable para muchos.

La electricidad falló y la visión del pasado fue extinguida como las de un maniático al recuperar la razón. La realidad era más cruel al compararla con aquello.

Temblando de rabia, la mujer comenzó a lanzar insultos en la oscuridad apenas cortada por unas velas de sebo que todavía no habían apagado.

— ¿Cómo es posible esto? Los repuestos de los generadores no llegan y si llegan son equivocados; mis tres mujeres de servicio las mataron los cobardes de tus guardaespaldas, no sé cómo las confundieron con portadores de una mini bomba nuclear, ¡excusa ridícula para ocultar el miedo! Siempre comemos carne seca porque ningún frigorífico funciona en la ciudad y los enlatados llegan podridos ¿Qué otra cosa nos espera? ¡Mira los nuevos países a nuestro alrededor!

¡Estaban bajo nuestro poder, los teníamos ahorcados! ¡Esos noticieros no son mentira! Estoy segura que allí se reorganizaron y cultivan con éxito, fabrican con éxito. ¿Porqué nosotros no?

El hombre encendió una lámpara de petróleo, un artilugio puesto de moda varias décadas atrás, desde el colapso de los grandes generadores hidroeléctricos y bombardeos contra plantas de energía nuclear, por el temor de países vecinos contra las armas de destrucción masiva que se fabricaban con tanta facilidad. Sombras informes bailaban burlonas una danza grotesca alrededor de la pareja de poderosos.

El funcionario, de casi ochenta años, sudaba en abundancia, se mantuvo en silencio mientras limpiaba su vieja pistola de pólvora; diversas cajas de balas recargadas, opacas y poco confiables, estaban dispersas en la habitación. De un salto se dirigió al baño, el recuerdo de su joven cara en la pantalla, aquella vez en el teatro, le amargó la digestión; retorciéndose defecaba y lloraba con las manos sobre la boca. Una mosca azul se posó en la parte baja de su espalda.

***

Al amanecer la anciana miraba a lo lejos desde el mirador del antiguo hotel.

—Ya pasó todo Profe, vaya a dormir; los muertos, muertos están; los vivos seguimos en la pelea.

—No hijo, no puedo; los gritos de gente muriendo los sigo oyendo; el olor de la carne quemada y del asfalto ardiendo me hace doler el alma.

—Profe, no mire hacia allá; háblenos de cuando el metro funcionaba, los rascacielos estaban llenos de personas y había carros en las avenidas, en lugar de turbas matándose por comida en mal estado.

Una mujer acarició el pelo de la anciana con una mano, espantando las moscas azules; el otro brazo terminaba en un muñón a la altura del codo.

—Profe, aquí están nuestros niños, usted es la última de los viejos, cuénteles cómo fue eso; usted escribió mucho, sé leer un poco, leí sus reportajes de cuando todavía usted dirigía la Universidad Clandestina.

Mientras el amanecer agonizaba para dar paso a otro lóbrego día, la anciana continuó mirando hacia el valle. Humo y aves carroñeras remolineaban sobre los esqueletos de altos edificios, espirales anchas, formadas por enjambres de moscas azules, actuaban como serpientes escudriñando en la búsqueda de algo asqueroso; de espaldas a la piscina la antigua profesora inició su reporte, el mismo miles de veces narrado a todo niño, a todo joven, a todo adulto dispuesto a oírla; siempre querían hacerlo y repetían las mismas preguntas. Aunque sabían de memoria los más pequeños detalles de la historia, les gustaba la vida que la anciana daba a las palabras.

—Estamos en el 2084, yo nací el año 2000. En la tercera década del siglo XXI se desataron guerras con armas atómicas entre pequeños países, en todos los continentes de la tierra, muchos desaparecieron tragados por el infierno radioactivo y los victoriosos quedaron tan afectados que habría sido preferible desaparecer. No fue una tercera guerra mundial, no había grandes alianzas, fue la insensatez colectiva de pensar que con las armas nucleares terminarían con algún conflicto centenario, y hasta milenario, entre vecinos. Esto trajo como consecuencia una cacería de centrales nucleares, por diversos grupos no oficiales, hasta en el interior de los países desarrollados; todo llevó a un aumento desmesurado de los precios del petróleo cuando de nuevo se le volvió a utilizar como fuente principal de energía. Una mujer, brillante especialista en genética, seguida por un grupo de jóvenes imprudentes y soñadores, tomaron camino secreto por el mundo; eran unos quinientos, y a la misma hora del 24 de Diciembre del año 2051, desataron “los mensajeros”.

La anciana respiró profundo y continuó, sin apartar la mirada de la lejanía.

—Ella y sus seguidores ansiaban reconstruir el planeta agonizante en medio de estallidos que devoraban la civilización, caos iniciado por la facilidad con que se podía armar un misil nuclear en cualquier sótano y lanzarlo hasta con un pequeño cañón, impulsado con pólvora y destruir una ciudad con millones de habitantes. Estos jóvenes creían que se debía volver a la utilización del petróleo de manera universal, como había sido hasta la llamada “Revolución Pacífica de la Energía Nuclear del siglo XXI”, pero el petróleo debía ser gratis para todos, cada comunidad tendría su fuente y cualquier país estaría en capacidad de mejorar con esta energía sin costo. Para ese año 2051, la población mundial había disminuido cuarenta y cinco por ciento, como resultado de las contiendas entre vecinos y la secuela radioactiva.

Apretó los flacos puños y volvió a tomar aire, sacudiendo la cara para alejar las moscas azules.

—En pocas semanas, en las aguas estancadas, el milagro de la manipulación genética se realizó; los desechos se convirtieron en algo prodigioso: ¡petróleo! Todos los países del globo, de polo a polo, con sólo llenar una fosa con agua y desechos orgánicos obtuvieron el oro negro.

Sus ojos enrojecidos se movían a los lados.

—Para sorpresa de aquellos idealistas que provocaron la nueva situación, vino otro largo y terrible caos mundial: nuevas guerras civiles, hambrunas, epidemias y los países desarrollados se fraccionaron aún más. Pocas comunidades en el globo lograron a duras penas mantener algo de orden y democracia, y la población disminuyó otro treinta por ciento.

Pero ocurrió una paradoja, muchos de los menos desarrollados debieron organizarse, era eso o morir, no había excusa, tenían la posibilidad de energía gratis; estaban acostumbrados a soportar hambre desde siglos atrás y eso fue un factor decisivo para superar la no tan nueva situación para ellos.

Enderezó la espalda y miró a lo alto.

—Nosotros vendimos petróleo y otros minerales por centurias, tuvimos una primera edad de oro en el siglo XX, otra aún mejor al comienzo del XXI, cuando la destrucción de plantas nucleares en el planeta fue nuestra nueva bendición y la contaminación radioactiva en muchos de los antiguos yacimientos petroleros del globo nos favoreció de manera infinita. Estábamos en la gloria, aunque nuestras plantas nucleares ya no funcionaban, destruidas en la primera hecatombe, no importaba aquello. Nada producíamos, todo lo comprábamos — y agregó con desconsuelo —, hasta la moral de la gente.

El llanto ahogó un poco sus palabras.

—Entonces nos hundimos en el negro infierno, estuvo esperándonos por generaciones, y no quisimos verlo. Hasta la mayor panacea del mundo es inútil ante la incapacidad para crear causa común y el hambre de caudillos, falsos líderes mesiánicos destructores de los derechos humanos.

Gritando, la anciana giró y señaló la piscina, los niños siguieron su mirada.

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— ¡Una bacteria hace la transformación en petróleo y esa bacteria está en el cuerpo de las moscas azules!

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