Desde Puertollano España nos llega una nueva opción para nuestro Concurso de Relatos, en esta ocasión de parte del escritor Calamanda Nevado:

Fractal

Mis Alas son Viento

Autor: Calamanda Nevado.

Cae la tarde del viernes. En la lejanía, una gama de ocres y amarillos, sin pretenderlo, se enmarcan junto a toda la perspectiva trágica del paisaje de mi finca. Matizan su geometría y parecen separar, por un momento, el cielo de la naturaleza; también a los animales, porque despavoridos se mueven en un bucle, loco e interminable, alrededor de mi fachada.

Apenas si adivino entre nubarrones morados, casi toledanos, un tibio rayo de sol otoñal. La luz cambia su constancia y juega con vidrios flotantes de colores al escondite; desnuda a los chopos y a sus puntas afiladas de cristal, talando sus hojas multicolores. Apagada la tarde, de pronto, va finalmente a confundirse con ellos, y a cambiar sus luces. El color fuego del cielo ahora parece el de la sangre podrida.

Este momento me descubre, asustado y teñido con nuevas paletas. Soy verdoso, igual a los cerezos verdes no maduros aún del jardín. Y como la luna; ahora prisionera de una capa inmensa de plata verdosa.

Mis claveles, hasta hace nada blancos y níveos en mis balcones, se confunden con sus hojas verdes, y en este momento, exageradamente crecidas. Como las vegetaciones de los senderos. Solo minutos antes secos, muertos de sed a los lados de mí entrada.

Alguien más pasa de largo. Aun no consigo acostumbrarme a este hechizo, y me atropellan vientos caobas y gualdas por el pasillo de atrás de la alcoba; testigos de este crepúsculo atormentado por las luces rojizas. Y un nuevo sol, muy pequeño, ahora color de la naranja acida y muy luminoso mira a la vieja luna, cada vez más grande y arrugada que de pronto baja con zig, zag de rayo a besarme dulcemente la frente.

Aunque siento escalofríos observo desde el desván todos esos rojizos y naranjas entremezclándose. Dándome calor de fuego. Sale su brasa por todas las paredes del piso de arriba.

Desde aquí abajo, donde me encuentro, observo el firmamento. Estaba, hace nada muy arriba, en lo más alto. Bueno pues, no se para qué de pronto baja, toma mi color anaranjado, y el del astro rey; y se lo queda para regalárselo a mis pequeños animales domésticos; desde hace rato dormidos en el corral.

Es un espectáculo ver el cielo casi a la altura de la cabeza, todo él en este sepia acido y brillante.

Desde la mirilla de mi puerta lo observo. Hay a una manada de caballos naranjas que corren y surgen de un pequeño claro, junto a los tilos que gritan con voces, gruñidos y risas; sus lamentos no son rumor de viento, sino de personas tristes. No los entiendo.

Si pudiera hablar con ellos serian la compañía ideal para conocer y viajar por este fin del mundo.

Me encuentro solo en casa. Únicamente el espacio natural me rodea, y se vuelve cada vez más artificial, terrorífico y mágico por momentos.

Árboles tomando voces de aves y aves de personas conocidas por mí se acercan, y se mueven ante mi puerta; la golpean esperándome; no les abro.

Me aproximo, atónito, desde el pasillo hasta la mirilla, y noto mis pasos nuevos. Estos de ahora, son muy distintos de los míos, y desean ir hacia ese lugar de entrada a la casa; pero sin ser vistos. Obedezco, me acerco, aprecio unas palabras detrás de la madera; se entremezclan. Sus silencios y repentinas charlas están cargadas de nerviosismo y ordenes. Desean entrar a buscarme.

Corro despavorido por el pasillo y escucho sus golpes en la puerta principal y también el ir y venir de unos animales y otros por mi jardín; ahora color dorado anaranjado como yo, el firmamento, y mis animalillos domésticos; dormidos o quizá, muertos.

Creo, porque no los distingo bien con las cortinas, que los caballos y los tilos… continúan siendo naranjas y trotan desenfrenados dentro de la piscina.

Me dan pánico sus juegos, se golpean con las colas, se muerden; estarán sorprendidos por el color rojizo del cielo, y de ellos mismos; y por la sonora y silbante brisa que desde hace rato se levantó; mensajera del repique de las últimas horas de nuestra vida en este planeta.

Tal y como nos anunciaron esta mañana. Escucho, claramente, mis propios miedos en los ecos, vencidos por el desgarro humano que sienten las madres al otro lado de mi ventana.

Se le acercan y producen gritos hondos de exilio ¡lo harán para que les abra la verja, me digo! Las observo desde mi sombra anaranjada, cada vez más acida y extraña.

Miran tristemente hacia mi casa y a sus hijos que, las siguen y lloran con ellas. Los míos no han regresado esta tarde, tampoco ha circulado su autobús. Ni se ha salvado su colegio del ataque de los extraños y anaranjados animales.

Lo supe al mediodía. En la hora de la comida lo escuché por las noticias; creía morir de dolor. Aunque, inesperadamente, ya los he olvidado, Se ha borrado todo mi tiempo vivido a su lado. No reconozco su recuerdo, sus pieles, ni sus voces. Imagino sus rostros por las fotografías de lo alto de la chimenea.

Vuelvo a escuchar tras la puerta. Me han estremecido estos niños asustados, y les he abierto la puerta, junto a sus madres. No puedo contarlos. Desde la esquina del comedor, ocupando mí alrededor, infinidad de personas sentadas en círculo intercambian opiniones, consolándose se besan, se despiden; y se acarician extrañamente…

Yo no lo hago. Ya no sé hacerlo. Pero les acompaño con mi cántico hondo de padre sin hijos, en una oración; y me sumo al piar sumiso de unas avecillas cercanas y naranjas asomadas a mi balcón.

Este bucólico anochecer es el último, y crece. El crepúsculo se aviva por momentos. La tarde concede una peculiar atmosfera que de pronto la cambia. Todos hemos perdido nuestro color; y los órganos se nos trasparentan. Eso también nos lo anunciaron “ellos”, los libertadores naranjas. Esos animales, de otras galaxias, a través de los medios; cuando hoy al mediodía nos previnieron

Dónde está mi calma. Todos mis cambios ocurren progresivos, sin poder hacer nada ni evitarlos.

Observo algo más. Algo nuevo. De pronto, ya no hay charla entre madres e hijos. Ese murmullo de sus gritos y múltiples besos ha desaparecido; debe querer tragárselo el silencio y la nueva oscuridad.

Un increíble giro de color y la luz negruzca se instala en mi campo, el cielo y la casa. Se me hacen palpable sus sombras…ya inundan nuestras agitadas respiraciones, paralizándolas. Todos en el salón me miran a mí esperando una orden, y no se cual dar.

Las miradas de estas madres con sus hijos y la mía, las dirigimos de pronto hacia el mismo punto del cielo, y en él se depositan. No es el mismo. Aparece nuevo el color. Amarillea. Tiene una gran boca. En él se desgrana un soplido gigante cuando nos aduce hasta las nubes bajas, bien encadenados, que parecen soportar nuestras cabezas.

Este firmamento de ahora parece mágico, y cambiante. Toma muchísimas formas irregulares de volumen, color y sonidos.

Somos felices o así lo parecemos. Porqué, me pregunto, solo a unos pocos afortunados como nosotros “ellos”, estas fuerzas naturales, nos ofrecen la oportunidad este momento último, y otra forma de vida más especial.

Hemos pasado a ocupar otro lugar. Yo soy nuevo, como mis pasos, y me siento muy sereno. Soy bastante gaseoso y tremendamente liviano. Aquí no encuentro otro cielo que la lejanía, entremezclada, de bosques verdes y azul esmeralda. No observo a más personas que las mismas que acogí en mi casa, ni otros insectos, aves o mamíferos que mis propios animales domésticos y los caballos anaranjados junto a los tilos también anaranjados. Todos hemos cambiado.

¡Yo no tengo brazos!, los he sustituido por blancas alas, sin aún sin estrenar; claro, como todos los demás.

Fin

Muchas gracias al amigo Calamanda Nevado por su relato y le deseamos la mejor de las suertes 🙂

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