También regresa Joseín Moros a nuestro Desafío del Nexus con una excelente historia.

Un futuro distante, un encuentro nocturno, un amor que no se olvida.

Espero que la disfruten tanto como lo hice yo.

Les repito la ilustración de portada porque no sale bien:

Más Allá de las Nebulosas

El viejo se inclinó para besar la frente del niño. La abuela lo miró desde lejos, todavía no se acostumbraba al nuevo nieto, pasaban demasiado rápido y encariñarse una vez más seria doloroso.

El hombre y el niño estuvieron trabajando todo el día en los campos. El pequeño, de unos siete años, apenas podía conducir una máquina de cortar hierba, pero no quiso entregarla hasta llegar al granero.

—Drío, eres fuerte, no abuses de tu cuerpo, estás creciendo y debes cuidarte.

—Sí, abuelo Ernz. ¿Abuelo, por qué no le gusto a la abuela Uvia? ¿Tengo algo malo?

—Sí le gustas, pero necesita tiempo para acostumbrarse.

—Ustedes me gustan. Me gusta este lugar. Me gusta cuidar las plantas y los anímales. Pero algunos me tienen miedo, no sé por qué.

—No te acerques a las fieras, pueden causarte algún daño.

— ¿Yo soy extraño, abuelo?

—Todo lo contrario, los extraños somos tu abuela y yo.

El atardecer se convertía en noche, la primavera terminaba. El abuelo y su nieto se despojaron de la vestimenta sucia, cayeron en una larga piscina con trampolines para saltos de altura y estuvieron nadando hasta que oscureció. Luego de vestirse con ropa de un dispensador automático siguieron la caminata hacia la casa.

—Ayer en la clase hablaron de envidia, odio y otras cosas. Y del amor. Me cuesta entender, abuelo.

—Muchas veces es imposible, Drío. Ha mejorado mucho tu vocabulario. ¿Qué edad tienes en este momento?

—Siete años, tres meses y cinco días.

Entraron a la casa y la abuela Uvia los recibió con expresión triste, su cabellera estaba mojada, ella prefería entrenar en la piscina techada de la casa, acompañada por un par de delfines, sus mascotas preferidas.

La máquina de abastecimientos sirvió cena en la cocina, como había preferido el niño desde su llegada. Comieron hablando de las tareas de la granja. Drío prestaba atención, hacía preguntas y muchas veces miraba por los ventanales en dirección al bosque. Cuando se despidieron los abuelos, para ir a dormir, el niño fue a sala y con audífonos estuvo sentado durante horas. Frente a él, aparecían imágenes tridimensionales fijas o en movimiento. Solo una vez el niño hizo una pregunta.

— ¿Hibernar, dormir y morir, es igual, maestro?

Y estuvo largo rato observando las imágenes móviles explicativas.

Un momento antes de la media noche, Drío salió de la casa y bajo la luz de la luna corrió muy veloz hacia el bosque. Daba saltos como un conejo por encima de obstáculos más altos que su cuerpo y cuando se detuvo para caminar no jadeaba. Entonces arregló su ropa y sacudió el barro de las botas. Ahora sí su pequeño corazón latía con fuerza, esperó todo el día por este momento.

Más adelante había un riachuelo y cuatro tumbas en una estructura derruida, sus lápidas resquebrajadas por el tiempo mostraban nombres borrosos y estatuas sin forma. Las había descubierto noches antes, por casualidad, y se encargó de limpiar incluso hasta unos cuantos metros a su alrededor.

En ese preciso instante una manada de lobos cruzó por encima de las tumbas y enfocaron sus ojos contra el niño. Los puntos rojos de sus pupilas producían un efecto de luciérnagas sobrenaturales. Erizaron su pelambre, gruñeron algunos de ellos y la loba negra que los guiaba dio la vuelta con rapidez. Todos huyeron un trecho y desde un punto más alto observaban, sin dejar el aire agresivo.

Entonces ella apareció. Bajo la luz de la luna su figura de niña abrazando una muñeca paseaba sobre la hierba. Tomó asiento sobre uno de los cúmulos de tierra, en una piedra plana que Drío había puesto allí. A continuación agitó un brazo a manera de saludo. Drío caminó despacio mirando también hacia la manada, la niña les había dado la espalda.

—Hola, Drío. Qué bueno, viniste otra vez. —la voz infantil para Drío tenía un acento agradable.

—Hola, Moha. ¿Viste esos animales?

—Son lobos. Solo tienen curiosidad por ti.

—Y miedo. Me tienen miedo, Moha.

—Mejor. No te atacarán. Siéntate. ¿Quieres que te hable de los lobos? Se mucho de ellos. También te puedo contar sobre otros animales, los tigres, los osos, las ballenas, águilas, algunos viven lejos de aquí.

Drío tomó asiento en otro cúmulo de tierra, frente la niña y manteniendo el grupo de lobos a la vista.

La conversación fue interminable. Cuando los gallos de la granja comenzaron a cantar, Moha inició su despedida.

— ¿Volverás, Drío?

—Sí, Moha. Volveré.

La niña se puso de pie, mantenía abrazada la muñeca. Ambas, la pequeña y el juguete, vestían de rosado con zapatos blancos. Sus cabelleras color negro, más abajo de los hombros, tenían flores similares como adorno, amarillas y violetas, a la luz de la luna lucían diferentes.

—Ayer tenías un vestido blanco y tu muñeca uno rojo. Y el cabello lo tenías recogido con una peineta de oro.

—Me gusta cambiar de vestido. También me encantan los adornos.

El recordó la noche cuando vio a Moha por primera vez. Había estado siguiendo un lobo y la vio caminando por el bosque. Ella, con toda familiaridad lo invitó a pasear y cuando encontraron las tumbas tomaron asiento al igual que hoy. Aquel lobo había desaparecido, también en este momento la manada retrocedió hasta detrás de la maleza y se perdieron en silencio.


Pasó el tiempo. Los abuelos, como todas las noches, se prepararon para cenar con Drío en la cocina. El niño ahora se veía más alto que el abuelo y esa noche quiso preparar la comida sin ayuda del dispensador automático. Al finalizar, sacó del refrigerador un pastel y colocó quince velas azules sobre él.

Los viejos mostraron cara de sorpresa.

—Desde cuando cumplí ocho quise tener un pastel de cumpleaños. Nunca lo dije, hoy tomé la decisión de celebrar mi cumpleaños como lo hacían en el pasado.

Los abuelos se miraron. La abuela, con la servilleta, secó una lágrima en su cara.

— ¿Por qué no lo dijiste? ¿Lo viste en las proyecciones?

El abuelo sonrió y tomó una mano de su esposa.

—Conocemos una canción de cumpleaños. Vamos a cantar y pide un deseo, Drío, así lo hice en mi infancia.

Las quince pequeñas velas azules se encendieron. Al final Drío las sopló y se apagaron.

La abuela no pudo contenerse más y se levantó para abrazar a Drío.

—Te quiero mucho, Drío. Nunca te olvidaré. Que tu deseo se cumpla.

El abuelo se contagió por la emoción y también lo abrazó.

—Nunca te olvidaremos, Drío. Que tu deseo se cumpla.

Esa noche Drío también se despidió de Moha.

Caía una suave nevada, ambos niños vestían ropa abrigada, la niña tenía casi la misma estatura del niño. Moha, con un largo mantón rojo, que en la oscuridad parecía negro, vestía también un sombrero marrón de ala ancha. Drío tenía una poco usual indumentaria para un niño granjero. Su vestimenta parecía de brillante cuero negro, con pesadas botas y guantes. Sobre su cabeza había un casco integral hasta la cara, una visera negra estaba abierta, dentro del mismo artefacto algunas  débiles luces parpadeaban.

—Me tengo que ir, Moha. Me lo dijeron hoy.

—Buena suerte, Drío.

Drío adelantó un paso para abrazarla pero se detuvo, dio vuelta y a toda carrera se lanzó hacia la llanura. Cruzó sembradíos y ascendió por una rampa a un navío flotando a baja altura. En su interior encontró un centenar de figuras similares a la suya, sentados en filas con las negras viseras ocultando sus rostros.

El vehículo, en la madrugada ahora azotada por el viento y los inicios de una tormenta de nieve, enfiló hacia el lejano horizonte. De todos los puntos cardinales se aproximaban miles de transportes iguales en aspecto, como granos de arroz negro abalanzándose contra una montaña oscura.

Desde lejos lo que parecía una elevación solitaria en la llanura, resultó ser un navío descomunal. Su altura se perdía en las nubes de la tormenta, no tenía luces pero al abrirse las puertas para que entraran los navíos, parecía haberle nacido un cinturón luminoso como una delgada línea azul. Un momento después todo volvió a la penumbra del amanecer, la montaña ascendió en silencio aunque un temblor en la tierra hizo elevar vuelo a las aves en cientos de kilómetros.

Entonces brilló como una burbuja de aire ascendiendo en aceite. La velocidad aumentó y un trueno lejano estremecía una vez más la llanura.


Por el camino empedrado venía un niño de seis años, el sol primaveral hacia resplandecer lozas antiguas y desgastadas por las pisadas de mucha gente ya desaparecida. Los abuelos, Uvia y Ernz, estaban parados en la puerta de la casa. Un navío se alejaba en el horizonte.

Saludaron al niño, lo llevaron hasta su habitación luego de pasearlo por las instalaciones.  El niño miraba con mucha curiosidad, todo era nuevo para él, incluso tener abuelos.

En la noche, cuando el pequeño salió a toda carrera a recorrer los bosques, en su habitación la pareja hablaba en voz baja.

—Mientras nosotros los tenemos un año ellos crecen de los seis a los quince. Nunca duermen, son más fuertes que cualquier hombre. Todo eso es admirable, pero son niños. ¡Cuando se van tienen miedo! —cuchicheó la abuela.

—La guerra está pidiendo más y más. Algo debe estar saliendo mal para nosotros los de la Tierra —también cuchicheó el abuelo.

— ¡Son niños, no los imagino matando!

—Combatí junto a ellos. Siempre están confundidos, saben muy poco de la vida, sin embargo en asuntos de batalla todo lo conocen. No son crueles en realidad, aunque parecen insensibles. Muchas veces me pareció que sufrían de arrepentimiento. Uno con el mismo aspecto físico de Drío, la serie D27, lo vi llorar y se arrancó el casco en el vacío, cuando destruimos una flota y resultó ser colonos en huida.

— ¿Drío? ¿Tú también lo recuerdas? Fue muy especial. Han pasado veinte años y veinte nietos desde que se fue.

—Si todavía vive debe tener el aspecto de un joven adolescente, endurecido para sobrevivir. Ellos tampoco quieren morir, aman la  vida, también los he visto cantar, reír, mirar un amanecer o a un niño jugando.

— ¿Y amar…amar?

—Miran a las mujeres, pero no pueden. Nunca hablan de eso.

—Esa es la peor crueldad que pueden haberles hecho al crearlos. Además de hacerles pensar que pertenecen a una familia.

La abuela guardó silencio y de repente continuó hablando.

—Una vez fui tras Drío, en la noche. Lo había notado muy alegre, diferente a los anteriores nietos. Entró al bosque y con binóculos de visión nocturna lo observé. Tomó asiento en una tumba, allí estuvo casi toda la noche. Hablaba mucho, también cantaba, incluso lo vi bailar. Volví de día a ese lugar, aquello parecía un jardín de cómo lo tenía de bien arreglado. Si muero primero me gustaría que me sepultaras allí, no lo olvides.

El viejo tapó con un dedo la boca de la mujer. No quería oírla hablar de su muerte. Prefirió cambiar de tema.

—Esta comarca estuvo deshabitada hasta que nos trajeron aquí. ¿Averiguaste de quien son esas tumbas?

—Son demasiado antiguas, tal vez dos mil años, y en ese sector enterrado hay muchas más. Las exploré con una sonda. Los esqueletos son casi polvo, pero la sonda me dio la información: un hombre y dos mujeres más una niña, muertos con armas a proyectiles. Había un detalle curioso, tiene una muñeca todavía incólume, debido al material de construcción. Las probabilidades de ser abuelos, madre y nieta son casi cien por ciento. Al parecer en este lugar hubo masacres. No imagino cómo lograron sepultar unida esa familia.

— ¿Qué buscaría Drío, allí?

—Por las flores y el lugar donde lo vi sentado, le hablaba  a la niña. Imagino que fingía conversar con algún ser querido, ya muerto. Tal vez lo vio en las proyecciones sobre comportamiento humano y quiso imitarlo.


En ese mismo instante, mucho más allá de las nebulosas, ocurrió un encuentro nefasto para las fuerzas aliadas de la Tierra. Los restos de una flota militar quedaron diseminados como un manchón sangriento sobre el pizarrón negro del espacio estelar. Los inmensos trozos de metal fueron conformando una larga serpentina la cual, por las fuerzas gravitacionales, tomaron destino a una estrella donde en unos cuantos millones de años arribarán para sumergirse en el fuego.

Cuerpos destrozados, de hombres muy jóvenes, tropezaban entre ellos mientras se iban separando. Algunos giraban, otros permanecían en apariencia inmóviles aunque la velocidad de la serpentina era miles de kilómetros por segundo hacia su fatal destino.

<< ¡Drío! ¡Drío! ¿Dónde estás? >>

Los choques silenciosos entre monumentales restos se fueron haciendo cada vez más esporádicos. Las explosiones cesaron, los fuegos se extinguieron pero las voces que casi ningún ser vivo puede oír continuaron.

<< ¡No! Tú no eres el Drío que busco. Tú tampoco. No y no. >>

Los objetos aún calientes terminaron por igualar su temperatura al más bajo nivel. Lo que antes fue una poderosa flota militar, ahora solo era una tira de fragmentos cada vez más larga. Por alguna extraña razón los cadáveres parecían buscarse unos a otros, cuando no estaban atrapados en el interior de las ruinas. Había unos en especial, vestidos de negro, ellos fueron quedando atrás. Las oscuras viseras de sus cascos miraban hacia el lugar oscuro donde se encontraba la Tierra.

<< ¡Drío! ¡Drío! Soy Moha. ¡Moha! >>

Uno de los cuerpos tropezó con otro y con otro, parecían hojas secas empujadas por el viento, donde una de ellas, solitaria en su movimiento, luchaba para no ser arrastrada. Le faltaba la mitad del pecho y en el abdomen un trozo de metal surgía con filo de espada.

<< ¿Moha? ¿Moha, viniste por mí? >>

<< ¡Sí! Aquí estoy, te lo prometí. >>


La manada de lobos miraba hacia las tumbas. Se mantenían a distancia, ese hombre tenía sobre su hombro una torreta lanza rayos, quemaba en silencio si alguno de ellos se acercaba aunque su portador estuviera de espaldas

En realidad era un anciano, estaba arrodillado frente a una quinta tumba, nueva en comparación con las demás. Se bamboleaba adelante y atrás, estuvo hablando en murmullos, entonces quedó sentado sobre sus talones y dejó caer los brazos.

<< ¿Recuerdas a Drío? Lo vi. Tiene novia, se llama Moha, se conocieron de niños, al crecer él se fue lejos y ella lo siguió. Fue un rescate maravilloso. No lo vas a creer. Viejo sordo. Vienes todas las noches, te hablo y te hablo, no me oyes y miras hacia dónde no estoy. Decide venirte pronto, tengo muchas cosas para contar. >>

Ni los lobos oyeron la voz de la abuela.

Fin

Autor: Joseín Moros

Muchas gracias Joseín, gran historia aunque un poco triste, no se puede negar.

Un gusto tenerte nuevamente en estas páginas y espero que continuemos viéndote en los próximos meses del Desafío.

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