Este es el último de los cuento que Claudio no ha enviado (hasta el momento) esperemos que muy pronto nos envíe mas:

Nevermore Manual para un crimen

por Claudio G. del Castillo

Era la esperada tormenta de una medianoche de octubre. La luz de una vela reñía con la penumbra en el comedor de la casa de Arturo y Elisa, cuando una ráfaga de aire frío se coló por la ventana entreabierta. El despertar súbito de la llama destacó la silueta de Arturo, que se deslizaba errático desde un teléfono recién lanzado al suelo. El joven se sentó sobre la mesa y empezó a balancear las piernas al compás de sus pensamientos. Algo había terminado de romperse en su cerebro.

Había pasado la tarde afilando una navaja; admirando el perfil de la que iba a ser el arma homicida. Sin embargo, ahora la sostenía con la punta de sus dedos, con respeto. La colocó ante sí. Desde el metal bruñido lo contemplaba un ojo marchito por el insomnio, con la antigua obsesión ya apagada.

Hacían tres años desde que lo sacaran de su automóvil accidentado. Pero ni las fracturas expuestas ni las quemaduras hicieron sentir a Arturo tanto dolor, ni llorar como cuando halló la nota en el diario de Elisa, el mes anterior. “Mi Elisa”, evocó.

–O ya no tan mía –gruñó en voz alta.

El soliloquio repentino hizo que el viejo cuervo revoloteara por la pequeña estancia para luego descender vacilante, hasta apoyar sus patas en el mantel. A salticos buscó sosiego junto a la lumbre tranquilizadora.

Una pluma flotó por breves instantes y cayó con delicadeza en el regazo de Arturo, que la recogió y se perdió en su negrura, ensimismado. Su alma se encogió y un gemido involuntario emergió de su pecho.

El ave chilló. Arturo, sobresaltado, reparó en el cuervo, que se agitaba inquieto. Observó torvo al animal e intentó atraparlo sin mucha convicción. Un pico agudo y amenazador lo conminó a desistir. El joven comprendía vagamente su abierta hostilidad, pero su condición le impedía ver más allá.

–Imagino cómo te sientes –le dijo–, mas tu afecto es primitivo, mero instinto… Yo amo a Elisa, y la amo como sólo puede amar un humano: con locura. Sí, locura.

El ave emitió un graznido que a Arturo se le antojó respuesta.

–¿Por siempre? ¿Por siempre, has dicho?

El joven dio atrás al calendario.

Había encontrado al cuervo empapado y maltrecho a los pies de un roble del parque, cuando iba camino a la rehabilitación. No bien le comentó a su siquiatra que se lo regalaría a Elisa en el aniversario de bodas, este cerró su expediente y le concertó cita para otro día, alegando una jaqueca repentina.

Aunque Elisa, por razones muy distintas, los miró raro, aceptó el inusual obsequio de su esposo y cuidó solícita del ave. Así, lo convirtió de la noche a la mañana en siniestro confidente. “Por siempre” le había prometido su amistad en un murmullo, creyendo a su pareja en sueño profundo a su lado.

–¿Por siempre? –Arturo presintió que la réplica del cuervo era intencional y adecuada–. Eres un bicho listo, sin duda. A menudo me pregunto qué más te habrá enseñado la perra. Su perspicacia no deja de asombrarme. Tanto es así que, incluso después de leer su nota, no podía creer que me fuera infiel tan descaradamente.

Un graznido semejante al anterior movilizó la indiferencia aparente de Arturo. Sus fosas nasales se dilataron y las venas de sus sienes chamuscadas se retorcieron.

–¡Mientes, sarnoso! Juntos compartimos momentos de felicidad verdadera. Tuvimos años de arrullos, sexo, risas, literatura, amigos… antes del accidente. Bien rápido comenzó a esfumarse durante horas, pretextando su afiliación al Círculo de Lectores. ¿Comprendes mi ira? Abandonarme poco a poco fue su cómoda salida; revolcarse con el infame, la definitiva solución. ¿Tengo acaso plena conciencia de mis secuelas? Sólo una vez la golpeé, sólo una… Creo que dos, sí, sólo dos.

El cuervo graznó y engrifó las plumas. Arturo estrujó el cabo de la navaja y habló con voz preñada de rabia:

–Vengativo pajarraco del infierno, ¿qué insinúas? A un enfermo hay que prodigarle cariño; mimarlo si es necesario. Elisa rehuyó mi compañía con hiriente ligereza. A ti te consintió más que a mí, ¡mal augurio! Más que a mí te consintió, ¿me oyes? Por eso merece el castigo… o por lo otro. Por ramera voy a matarla… o no sé… Lo cierto es que mi plan es infalible hasta el más mínimo detalle; concebido según el manual del propio infame.

“¡Dulce ironía! Descubrí el libro casualmente en la biblioteca del doctor; ubicado entre los ejemplares de ficción. ¿A quién se le ocurriría ponerlo allí? Dediqué cada minuto de mi terapia a beber de sus páginas. En ellas mi inconstancia halló su justo cauce.

“La escena, que he diseñado con suma meticulosidad, ya discurre ante mí. Sí, casi puedo verla: Escojo deliberadamente una noche de tormenta y entreabro las ventanas para dar paso al viento helado. Creado así el ambiente imprescindible aguardo paciente el regreso de Elisa. Una vez ha entrado le quito el abrigo, cuelgo su paraguas y beso con ternura salvaje sus labios. Esos labios que percibo con sabor a pecado. Pecado, ¿entiendes? Me intereso por cómo van las cosas en el Círculo de Lectores. Seguro que no ha estado allí pero me miente. Se burla de mí, de su esposo amantísimo. Me abraza, juguetea conmigo y se disculpa por la demora. ¿Cómo puede ser tan falsa? Me aclara que está agotada y saca de su cartera el frasco pequeño. ¡Ese maldito frasco…! Arrojo furtivo al florero las píldoras que me ofrece; píldoras que me atontan, me adormecen. Hasta hoy.

“Finjo alegría por tenerla en casa y le sirvo la cena. “He cocinado tu guiso favorito”, le digo. Ella se sienta a la mesa y me observa con atención. No creo que note mi entusiasmo, he practicado con rigor. “Ya he comido”, le explico, quitándome el delantal. Agradece el detalle de la vela. “No podía faltar”, saboreo las palabras. Elisa engulle una cucharada tras otra. Sí, está cansada y hambrienta. ¡Cómo traga la zorra! Es el apetito natural de la lujuria satisfecha.

“Me acerco por detrás y masajeo su espalda, y acaricio su cuello. Es bella la arpía, que sonríe y reposa la mejilla en mi mano izquierda; yo, con la derecha, extraigo sutil la navaja de un bolsillo. Elisa lo hace muy bien pues inclina hacia atrás la cabeza. ¿Conocerá su papel? Beso su frente y es entonces que nuestras miradas se cruzan. Sus ojos azules me interrogan: “Tienes esa expresión”, musita, y un escalofrío recorre su cuerpo. “Es la hora”, le respondo y mordisqueo su garganta con el ansioso filo. Lo que pretende ser un grito de sorpresa y dolor se torna en curiosa gárgara. De pronto recuerdo algo y me aparto cinco segundos para deleitarme con los estertores de su sombra en la pared. Cinco segundos ya y la sujeto recio del cabello dorado a la par que le susurro al oído la frase que ha machacado mi mente todo este tiempo. La frase del manual, que resume con brillante lucidez mi angustia. La susurro apretando las encías, con rencor. Pero tú, negro demonio, te abalanzas sobre mí y tus garras se ensañan con mis cicatrices. Aturdo tu frenesí de un manotazo. Elisa forcejea débilmente y se atraganta. La muy puta está a un tris de arruinar mi obra.

“Debo apresurarme, aunque no demasiado: quiero que el tajo converse con ella, que le comunique sílaba por sílaba la amargura que me corroe. La hoja es buena y avanza… La sangre de Elisa ora se escurre entre mis dedos, ora se dispara sobre el plato y el mantel, marcando la arritmia de su corazón que agoniza. Está hecho. Limpio meticulosamente la navaja en la manga de mi camisa. Queda reluciente.

La excitación apenas contenida de Arturo fue decayendo a medida que concluía su diálogo, como el telón al final de una representación.

El cuervo aleteó y lo observó lúgubre, inescrutable. Y guardó silencio.

–¿Por qué callas? No tiembles, pobrecillo. Tal vez son espejismos los que asedian mi cabeza lastimada. ¿Quién lo sabe? Mis ideas vagan, se diluyen; a veces se encuentran y condensan. Quizá el tal Poe no conmueva ni estremezca tanto a mi Elisa como afirma ella en su diario. La nota no rebosa entusiasmo, lo admito: es concisa e imparcial. No hay dibujos de corazones flechados. Buen escritor el tal Poe, eso sí. Excelente el manual. Se lee fácil, se interioriza mejor. ¿Sabes qué se me ocurre?: llamaré al Círculo de Lectores. Un simple timbrazo confirmará que mi Elisa ha estado allí, sólo demorada a causa de la tempestad. Seguro me persuadirán de que el tal Poe no tiene nada con ella; que lo suyo es un imposible y lo mío, paranoia. Quizá la perdone. Sí, la perdonaré y todo volverá a ser como antes. Mía es la culpa. No recuerdo las últimas palabras sinceras que le dije. ¡Memoria que me abandona! Las últimas, no las recuerdo.

El viejo y enorme pájaro se elevó y, como un buitre, planeó por la habitación. Al posarse sobre un hombro de la degollada graznó en su oído.

“Nunca más”, creyó escuchar Arturo. “Nunca más.”

Desde la mesa, el joven se atrevió a mirar el cadáver por primera vez después de lo sucedido. A la luz de un relámpago la garganta abierta dirigió fugaz su rojo reproche al asesino. La impotencia que había embargado a Arturo luego de su llamada al Círculo de Lectores, retornó devenida en furia para desfigurar todavía más su rostro repugnante. Empuñando el arma, se incorporó de un salto. El ave alzó el vuelo nuevamente, sofocando la vela con el batir poderoso de sus alas. Un sudario de plumas negras cubrió a la pálida Elisa mientras Arturo, fuera de sí, cortaba la densa atmósfera a navajazos. Ciego, se enredó con el cable del teléfono y se desplomó cuan largo era. La sangre que había en el suelo se mezcló con la de su camisa, tiñó aún más sus manos y anegó la cuenca vacía de su ojo muerto.

El cuervo se dirigió raudo hacia la ventana decidido a enfrentar la tormenta; sin prestarle atención a Arturo, que se retorcía con la evidencia macabra aferrada a sus pies: nada volvería a ser como antes.

–Nunca más –graznaba el cuervo bajo la lluvia–. Nunca más…

Autor: Claudio G. del Castillo.

Muchas gracias nuevamente a Claudio por todos estos cuentos maravillosos, espero que no sea lo último que leemos de ti, y que muy pronto tengamos de nuevo tus historias por aquí.

Si quieres leer las otras historias de este autor, puedes revisar la etiqueta Claudio G. del Castillo.

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