Los Cielos de Júpiter: El Revolver de Ferdinando

Treviño hace todos los esfuerzos para recuperar el control de su crucero, mientras tanto Genevieve y Alphonse están haciendo todo lo contrario.

El último de los misiles había caído por un disparo del Profesor Pasternack, Diana cambiaba de dirección el transporte e intentaba reunirse con la flota, Meyers sentía que aún en la ingrávida sala de artillería le temblaban las piernas; Louis no tenía idea de como seguía vivo.

—¿Alguien puede explicarnos qué fue lo que pasó?

En las pantallas Rackham podía ver como las fragatas y destructores de la Inquisición yacían en pedazos mientras que el crucero de Treviño, el «Absoluta Verdad» iba a la deriva con los reactores apagados.

—Parece que tus hermanos abordaron el crucero en compañía de un reducido grupo de pilotos —La repuesta vino de Sheila quien finalmente consiguió comunicarse— al parecer han conseguido hacerse con el control de los reactores, las demás naves que intentaban proteger al crucero al quedarse sin su apoyo fueron presa fácil de nuestros cañones.

—¿Entraron en la nave? ¿Y si Treviño se decidía a volarse como lo han hecho los otros Capitanes de la Inquisición que nos hemos encontrado? ¿Es que acaso están locos?

—Vaya pregunta Louis ¿acaso no son tus hermanos? Pensé que era cosa de familia.

Rackham ni se dignó responder y pasó directamente a dar órdenes.

Quienes estén mas cerca intenten apoyarlos, si pueden abordar también sería lo mejor, si no pueden, intenten ayudar desde el exterior.

—¡Sí Señor! —Respondió Waldemar desde su corbeta, ansioso de volver al combate.


Treviño ajustaba los últimos detalles de su colosal armadura, no pensó que tendría que utilizarla para combatir en su propia nave, pero siempre la llevaba consigo «por si acaso.»

—Manténganse detrás de mi, yo los cubriré, —con un solo movimiento colocó su espada a su izquierda y su pistola a su derecha— esos asesinos jovianos nunca se enfrentaron a un paladín marciano ¡por la gloria de Gimenez!

El compartimiento había terminado de vaciar la atmósfera y las compuertas se abrieron, Ferdinando y sus escoltas flotaron hacia un corredor oscuro iluminado solo por las luces que portaban en sus armaduras. En el lugar flotaban varios cuerpos rodeados de burbujas de un rojo oscuro y había rastros de disparos por todas partes.

—Están utilizando nuestras propias armas en nuestra contra. —Gina, una de las guerreras que acompañaba al Paladín, mostró que ninguno de los cuerpos llevaba arma alguna.

—Después de esta masacre de seguro deben estar sin municiones, pero ahora tienen las nuestras… —Treviño pensó, no por primera vez, que si los rebeldes se hacían con la tecnología de aquella nave las consecuencias podían ser terribles.

Avanzaron flotando en silencio por unos minutos, cuando alcanzaron el corredor central tomaron mayores precauciones pues era la única estructura que aún mantenía en comunicación a toda la nave y era muy probable que el enemigo les tendiera una emboscada allí, o de no hacerlo sería una oportunidad para el Paladín y sus acompañantes. Pero al parecer no tendrían esa suerte, sus instrumentos mostraban un grupo de fuentes de calor en movimiento en mitad del corredor central.

—¿Qué están haciendo allí? —Preguntó James, otro de los escoltas.— No es el mejor lugar para ocultarse.

Gina se asomó doblando la esquina tras la compuerta que los mantenía ocultos, pero entre la oscuridad, la distancia, los escombros y los cadáveres que flotaban por todo el lugar era difícil estar seguro. Treviño se adelantó y se aproximó pistola en mano.

—Gina, ya te lo dije, mantente detrás de mi, no actúes impulsivamente.

—Mi deber es protegerlo Paladín.

—No tu deber es ayudarme a completar mi misión, y mi misión es acabar con esos herejes, muerta no me servirás de mucho.

Al aproximarse Treviño pudo ver con mejor claridad, aquello no eran enemigos, era su propia tripulación, miembros de los cuerpos de seguridad interna.

—Así que los tan cacareados Asesinos de Júpiter si conocen la piedad después de todo… —Ferdinando y sus acompañantes liberaron a los prisioneros.

—Tenemos tanta vergüenza mi señor Paladín. —Willmer no podía ni sostener la mirada del enorme sujeto— pero los asesinos nos rodearon y estaban sobre nosotros antes de darnos cuenta.

El Marino Lee y los otros narraron el encuentro con lujo de detalles.

—Lo que no entiendo es ¿cómo se hacen invisibles a nuestros instrumentos? ¿Acaso su tecnología a superado la nuestra?

—No mi señor Paladín, pero son buenos, muy buenos ocultándose, sus cuerpos se mueven con la rapidez de las manos de un ilusionista, te hacen mirar en una dirección cuando ellos se mueven en la otra… —Lee sabía que su explicación no tenía mucho sentido pero era lo mejor que podía hacer.

—Está bien, seguiremos hasta los reactores entonces, a ustedes los han dejado sin armas, pero nosotros tenemos algunas de sobra. —Treviño se quedó con la espada y le extendió la pistola a Lee, pero este se negó a recibirla.

—Lo siento tanto mi Señor Paladín, pero los asesinos dijeron que si intentábamos oponernos a ellos por una segunda vez, en esa ocasión sí nos matarían…

—¿Y qué? ¿Prefieres vivir pero permitir que la herejía crezca en las órbitas de Júpiter? —El Paladín no podía creer el rostro de terror que tenían sus subordinados ¿tanto temor habían infundido aquellos malditos entre su gente?— ¿Qué harás cuando algún desastre aquí en Júpiter llegue hasta Marte? ¿Crees que es imposible? No conoces el alcance de la ciencia, ¿tienes familiares o amigos en Marte? ¿En los Asteroides? ¿Cómo te sentirás sabiendo que sufren por tu causa?

Con lagrimas en los ojos Willmer tomó el arma que le daba el Paladín.

Treviño ignoró aquella muestra de debilidad y guió su grupo hacia los reactores.


Genevieve, Alphonse y otros tres pilotos flotaban en el exterior de la nave, ahora que la nave ya no aceleraba continuamente los pequeños propulsores de sus trajes no tenían dificultad para moverlos en el vacío, habían llegado al borde del ventanal del puente, pero como ya habían comprobado, ni los rifles de la inquisición podían hacer gran cosa contra el blindaje de la nave. Habían tenido la esperanza de que disparando desde aquella distancia podrían encontrar alguna hendidura entre los cristales de seguridad y el casco que les permitiera entrar, pero la búsqueda había resultado inútil.

—Dame los cargadores que te sobran, todos, denme los cargadores que les sobran.

Genevieve tomó los cargadores y los colocó sobre la superficie de la ventana y los ajustó con una gran cruz de cinta adhesiva que siempre llevaba consigo.

—Sheila, Violeta, Waldemar, ¿pueden ver los cargadores? Quiero que concentren su fuego sobre ese punto.

—Los veo.

—Yo también.

—Y yo.

—Pero Genevieve querida ¿qué diferencia harán unos cuantos cargadores? —Preguntó Sheila quien no veía mucho sentido en aquello.

—Digamos que no es mas que una señal para que todos combinen su fuego allí, si la señal además explota, no está demás ¿o si?

—Pues tienes razón querida ¡Fuego!

Al grito de la Almirante D’Aramitz todos los cañones de las corbetas de la inquisición abrieron fuego sobre aquel punto, luego pudieron ver una silenciosa explosión, y el inconfundible flujo de partículas de polvo en el aire que se escapaba.

—¿Cómo sabías que eso iba a funcionar? —Le preguntó Alphonse mientras se lanzaba por el agujero.

—Pues no lo sabía, fue pura suerte, pero quedarnos allí sin hacer nada, mirándonos los unos a los otro hubiese sido peor. —Genevieve no se quedó atrás.

—Eres totalmente la hermana de Louis.

El puente estaba completamente vacío, reinaba una oscuridad de muerte, todos los controles e instrumentos estaban apagados. La tripulación debía haber huido cuando vieron a las corbetas aproximarse mientras sus cañones estaban inutilizados.

—Tú también eres su hermano, por si lo olvidaste.

Entonces la sala volvió a la vida de pronto, y el rostro del Paladín Treviño apareció en una de las pantallas, movía los labios pero en el vacío atmosférico las cornetas no podían emitir el sonido, Genevieve rápidamente hizo una conexión directa con unos cables y le pasó la señal a los otros.

—Atención Puente, repito, hemos restaurado la energía a toda la nave, necesito que activen todos los sistemas y le devuelvan el control a los cañones antes que mas rebeldes suban a la nave. —Decía al Paladín sin saber a quien se dirigía.

Genevieve activó las cámaras en el puente y le respondió a Treviño:

—Un poco tarde Ferdinando, como puedes ver ya estamos en control del puente, y no creo que le devolvamos la energía a los cañones muy pronto…

—¡¿Pero por donde llegaron?! Se suponía que no había paso.

—¿Acaso importa? —Genevieve no se andaba con rodeos— Tu causa está perdida, mejor ríndete ahora, tu causa está perdida y aún conservas la vida.

—¡No! No puedo permitir que controlen esta nave, si se quedan con el control de la tecnología a bordo de este crucero ¿quien sabe lo que podrán hacer? ¡Escuadrón! escúchenme, tenemos que sacrificarnos y hacer que estos reactores se sobrecarguen para que hagan volar la nave en mil pedazos.

Pero entonces el Paladín se encontró con su propia pistola apuntándole en mitad de los ojos.

—Quiero vivir. —Willmer temblaba pero sostenía la pistola firmemente.— quiero vivir y los asesinos me mostraron piedad, lo siento, pero quiero vivir…

 

Los Cielos de Júpiter continúan este Miercoles 23 de Abril de 2014

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Lobo7922
Creador de La Cueva del Lobo. Desde muy joven me sentí fascinado por la Ciencia Ficción y la Fantasía en todas sus vertientes, bien sea en literatura, videojuegos, cómics, cine, etc. Por eso es que he dedicado este blog a la creación y promoción de esos dos géneros en todas sus formas.
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