Para su participación de este mes en el Desafío del Nexus, Joseín Moros nos obsequia con una historia magnífica:

La Cerveza de mis Abuelos

Hank Ghuan entró al Salón Los Conquistadores. Muchos ocupantes de las mesas y la barra voltearon para observarlo, Hank ignoró las miradas, su figura de fantasma perdido en el limbo podía inquietar a cualquiera: tenía más de dos metros de estatura, piel blanca como el yeso, ojos redondos pequeños y negros parecidos a lunares inmóviles. La contextura de galgo lo decía todo: podía moverse con rapidez.

 

Nadie prestó atención a otro individuo de aspecto tampoco muy común, había entrado detrás de Hank y quedó eclipsado. Era corpulento, su enorme caja torácica estaba cubierta con una gruesa indumentaria de mecánico aeroespacial, de los cuales hay muchos más en la sala de la taberna.

 

—Es un Espectro, viene de H-94, un cerdo blanco—, susurró un hombre nacido en la Tierra, estaba al otro lado del salón, utilizó el término y con el mismo tono ofensivo continuó cuchicheando—, los Cöñs los sacaron a patadas de sus planetas, allá al final del Brazo de Perseo. No les sirvió de nada modificar su propio ADN para imitar la fortaleza física de los aborígenes. Después de un largo colonialismo esos monstruos se rebelaron y mira a este: ahora quieren llegar aquí y olvidarse cómo se fueron cuando las cosas estaban mal. Siempre fueron cobardes.

 

—No se fueron, los gobiernos tomaron a lo peor de la gente y los montaron en esas naves con los primeros motores que rompieron la barrera de la luz. Esas porquerías estallaban más de la mitad de las veces y mandaron la chusma al otro lado del centro de la galaxia. No fue en el laboratorio donde adquirieron ese aspecto tan asqueroso, fue en la cama, sus madres se acostaron con esos pulpos blancos aborígenes llenos de ojos negros como viruela —agregó otro y rieron a carcajadas.

 

Los murmullos continuaron, numerosos nichos holográficos con diferentes escenas para el esparcimiento se encendieron y una docena de artistas –actores en vivo, algo muy costoso—, corrieron al escenario iniciando una ruidosa presentación muy popular. Se abrieron pequeñas puertas alrededor y surgieron enormes hombres armados de pistolas eléctricas. Se quedaron inmóviles con la mirada oculta por anteojos oscuros, estos les permiten visión clara y perfecta, incluso en el campo infrarrojo, pero no dejan ver sus ojos a los clientes.

 

Hank Ghuan vio las armas, no se sintió amenazado en lo físico porque él y sus congéneres eran bastante insensibles a las descargas de alta tensión. Por otro lado sí experimentó la amenaza del rechazo.

 

<< Dioses de la Guerra, este es mi planeta, de aquí salieron mis ancestros. Me consideran un invasor como yo lo fui en los sistemas solares H-94. No tenemos esperanza de ser aceptados >>

 

Un rato después Hank permanecía en la impresionante barra –una mole negra de roca sólida tallada con figuras de lejanos planetas—, disfrutó saboreando cerveza de la Tierra, había algo en el sabor imposible de imitar en las factorías de su planeta natal en el sistema 33-H-94 en la Zona Oscura detrás del centro galáctico en la punta del Brazo de Perseo. Este líquido dorado le traía recuerdos que él no tenía como vivencia real, estaban tal vez guardados en la memoria ancestral que muchos niegan.

 

<< Regresaron por millones –cuchicheó su propia voz en el lugar de su mente donde trataba de mantenerla callada—, los subestimamos, se habían refugiado en planetas oscuros y tan inhóspitos que hasta a ellos les debió ser una tortura. Copiaron nuestras armas, nuestras naves y técnicas de batalla, en tanto nosotros robamos parte de su genética. Nos barrieron y huimos como ratas desalojadas con fuego. Y pensar que al llegar allí utilizamos armas químicas y bacteriológicas, arrasamos sus ciudades en tierra y océanos, queríamos exterminarlos y creímos que lo habíamos logrado. Y ellos, me siento avergonzado, nos permitieron escapar, derrotados y humillados >>

 

Sin disimulo varios soldados se aproximaron, estaban en su día libre, fueron desplazando clientes y en aquel sector de la barra sólo quedaron ellos y el extraño gigante. El hombre que había entrado detrás de Hank estaba en una de las mesas en apariencia fascinado con el espectáculo en vivo presentado al otro lado de la sala, ningún otro de los mecánicos de la taberna lo saludó, al parecer era un desconocido tal vez procedente de otro espacio puerto.

 

Los soldados reían, estaban borrachos, hacían chistes sobre las derrotas sufridas por los congéneres de Hank, eran más de diez y sólo dos de ellos parecían equiparase en fortaleza física con la del extranjero. Uno fingió que había sido tropezado por Hank.

 

—Cerdo blanco, porqué me tropiezas.

 

Los demás rodearon a Hank, él no se movió; en el momento cuando los dos corpulentos se aproximaron para atrapar los brazos del extranjero sonaron sirenas en el exterior y varias explosiones. Hank y los soldados reconocieron los estampidos de anticuadas armas de fuego, eran las preferidas por los tradicionalistas guerreros pertenecientes a la secta religiosa más amenazadora del momento. Una gritería en la puerta hizo voltear a todos hacia allí. Al menos cincuenta niñas entraron corriendo rodeadas por sus maestras, algunas estaban heridas por fragmentos de vidrio. Los guardias comenzaron a cerrar la puerta, los actores se lanzaron al suelo al igual que la mayoría de los presentes. Hank giró la cabeza como un gato cazando una rápida mosca, obtuvo una visión completa del instante actual, los soldados acostaron las niñas al lado de la barra, ellos como la mayoría de la gente estaban entrenados contra este tipo de ataques en cualquier lugar público debido a su alta frecuencia. El fuego y las explosiones continuaron en el exterior de la taberna. De repente sonó un alarido y el hombre que había entrado detrás de Hank llegó pisoteando a la gente acostada en el suelo. Apretado contra su pecho traía un objeto rojo como una manzana, el objetivo era claro: quería estallar en medio del grupo de niñas. Su secta odiaba la presencia de mujeres en la calle.

 

—Una granada –gritaron las voces de los soldados y se aplastaron aún más contra el suelo, sabían que no había manera de evitar el estallido de ese artefacto primitivo y poderoso.

 

La visión de las niñas heridas había paralizado a Hank por un microsegundo, recordó su madre hijas y esposa muertas en diferentes eventos durante la gran huida desde H-94 mientras él combatía intentando retener uno de los sistemas solares que sus ancestros colonizaron. Pero reaccionó.

 

Hank dio un salto prodigioso y cayó en el centro del grupo de niñas, con una mano atrapó la granada contra el pecho del corpulento terrorista y con la otra su nuca, los huesos crujieron. En un solo movimiento dobló el cuerpo y envolvió la granada con el mismo, mantuvo la mano en el interior del enorme bulto, en el siguiente instante dio tres saltos y cayó detrás de la monumental barra de piedra. La explosión estremeció el local. Los disparos de armas en el exterior terminaron y llegó un silencio mortal.

 

Los soldados corrieron tras de la barra y muchas personas hicieron lo mismo. Allí estaba el hombre pálido de H-94. Yacía boca arriba, le faltaba el brazo derecho y la pierna izquierda, tenía el cuerpo irreconocible por la gran cantidad de fragmentos ensangrentados. Movió la única pierna como si pretendiera levantarse. Los soldados llegaron hasta él y uno de ellos pasó sus manos para apartar fragmentos de carne.

 

—El pecho está bien. Resiste hermano, resiste. No mueras, no mueras. Traigan médicos, rápido, rápido —casi todos los soldados corrieron a la puerta para conseguir ayuda.

 

Quienes continuaron a su lado hicieron un torniquete con sus propias ropas en la pierna y el brazo mutilados. Todos lo tocaban como si con ello pudieran revivirlo. Entonces Hank movió la boca y muchos pidieron silencio para oír.

 

— ¿Las niñas?

 

–Están bien hermano. Te curarás. Ya viene la ayuda —dijo llorando uno de los militares.

 

—Estoy sordo. Siento mucho dolor. ¿Las niñas?

 

Una de las maestras puso su cara frente a la de Hank.

 

—Todas están bien. Todas están bien.

 

Hank sonrió y cerró los ojos. Ella le dio una palmada en la mejilla.

 

—Sigue aquí, amiguito. Te necesitamos.

 

Hank sonrió de nuevo y mantuvo sus ojos negros mirándola con curiosidad aunque su cara se contrajo por el dolor.

 

***

 

Un año después en la taberna Los Conquistadores había un empleado nuevo, deambulaba vigilante caminando entre la clientela y tras de él mujeres y hombres cuchicheaban.

 

—Ese es Hank Ghuan, El Conquistador, así lo llaman ahora.

 

—No necesitó trasplantes, él mismo regeneró un brazo y una pierna.

 

—No aceptó trabajar en el ejército, muchos soldados vienen aquí sólo para conocerlo.

 

—Me siento más tranquilo con gente como él entre nosotros, aunque sean tan feos.

 

—A mí no me parece tan feo —dijo una muchacha.

 

Fin

Muchas gracias Joseín, sinceramente que gran historia has conseguido con menos de 1500 palabras, sorprendente.

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