Desde Caracas Venezuela, nuestro amigo Joseín Moros, vuelve a la carga con un nuevo e interesante relato para participar en El Desafío del Nexus de Agosto, una historia que nos presenta con un gran ¿qué hubiera pasado si?…

LA BESTIA

La Bestia Mítica

Autor: Joseín Moros.

¿Fluye la actual historia de la humanidad como una obra de teatro desbordada del libreto, donde los actores corren apresurados en todo momento?

¿No existirá un elemento, o elementos, presentados en escena antes de tiempo?

¿Por qué en tan corto período, desde la invención de la escritura hasta hoy, los acontecimientos históricos parecieron acelerarse?

¿Qué pasaría si uno de los elementos, aceleradores de la historia, desapareciera? ¿Ocurrirían los acontecimientos con el natural paso de un caminante distraído? ¿O reaparecería, de forma inevitable, para volver al “libreto original”?

Ana karina rote,

aunicon paparoto mantoro, itoto manto.

(Nosotros somos la gente, no tenemos cobardes,

nunca nos rendimos.)

Grito de guerra Caribe.

Una historia no sólo es verdad cuando se narra como ha sucedido,

sino también cuando relata cómo hubiera podido acontecer.

J. Mario Simmel.

 

El olor de sangre, agua marina, sudor de la heterogénea multitud, excrementos humanos y animales, golpeaba el rostro de Leonardio el de Vinchee. Durante toda la tarde, bajo un ardiente sol, pensó cubrirse la cara con la túnica, pero habría podido desagradar a los presentes, no debía olvidar que era un extranjero, a pesar de ser considerado un gran constructor de grúas y catapultas. Tenía veinte tres años, y procedente de Europa sólo unos meses atrás, había llegado a La Guaira, la mayor ciudad fortaleza del continente. Se había visto forzado a firmar un contrato, para construir sus máquinas en el principal astillero del Continente Caribe.

Treinta líneas de sillas más abajo, en la arena, los asistentes retiraban cadáveres de hombres y bestias: cincuenta y cuatro gladiadores de híbridas razas del globo, dos elefantes africanos, cinco camellos, dos leones, veintitrés jaguares, veinte caimanes con más de cinco metros de longitud cada uno y cuatro osos palmeros, el doble de alto que un ser humano cualquiera.

Había llegado el final de la fiesta, el Imperio Caribe conmemoraba dos mil quinientos años del Descubrimiento de Europa. Fue una de sus escuadras de navíos, desviadas por una secuencia de tormentas, capitaneada por El Rojo, un Caribe nacido con un lunar púrpura sobre más de la mitad de su cara, decía la tradición.

El coliseo, con fuerte influencia del estilo arquitectónico romano y con casi dos milenios de erigido, comenzó a vaciarse.

Casi aplastado por el gentío, el europeo logró salir. Ciudad abajo vio el Mar Caribe, el verde esmeralda tenía reflejos sangrientos y el crepúsculo amenazaba transformarse en oscuridad. Más de cuatrocientas naves mercantes y de guerra, de variado tipo y antigüedad, dormían en el descomunal puerto, iluminadas por torres de brillantes faros alimentados con aceite de ballena y de palmera. Las velas recogidas y largas filas de remos, fuera del agua, denotaban poca actividad por las recientes festividades.

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Efectuó un largo rodeo al tazón del coliseo, guiándose por la iluminación de antorchas desde las paredes de piedra, empotradas unas con otras sin argamasa alguna, gruesos pasadores de acero conferían mayor firmeza a la construcción. Volvió a entrar en la estructura por una galería llena de olores profundos. Orina, sangre y alimentos en cocción, produjeron escozor en su nariz. Barbacoas con ají, pescado y grasa de caimán le molestaba, pero la carne de danta, con arepas y aguacate, le parecía una delicia. Entregó brillantes monedas locales y le dieron una lámpara de aceite; los bronceados soldados, ataviados con lanzas, escudos, cascos, macanas de hierro y acero, lo saludaron pronunciando el nombre y cargo del importante extranjero.

Un momento después, en una galería para desechos animales, iluminaba la escena observado por cuatro Cunaguaros, gatos enormes con manchas de jaguar, nada amigables, fanáticos de la carne caliente de las ratas y hostiles a la carroña. Con rapidez realizaba dibujos al carboncillo, sobre un rollo de papel, fabricado con fibra de caña de azúcar. De repente un enorme hueso viejo, seco y roído, tal vez por jaguares, le llamó la atención. Luego otro y otro. Con la respiración agitada los fue apartando a un lado. Y los minutos transcurrieron, no percibió el paso del tiempo, mientras intentaba reconstruir un animal. Faltaban huesos importantes, y no había ninguno de la cabeza, al parecer habían sido piezas cortadas para alimentar fieras, y las acompañaron en las jaulas hasta llegar al coliseo. Lionardio sudaba y tenía la túnica pegada a la piel. Entonces tomó una decisión arriesgada: seleccionó unos cuantos para llevarlos consigo. Compró dos costales usados y al final se dio cuenta que era demasiado peso para él.

Una tos y ruido de pasos lo sorprendió, ya no había sirvientes por los alrededores, la sombra, que tal vez tenía largo rato allí, se acercó hasta la luz de su lámpara.

Resultó ser un oficial Caribe, el aborigen tenía una cicatriz desde la frente hasta la quijada, su nariz era un promontorio nudoso, rojo y brillante de moco; en la mejilla derecha, la silueta de una araña negra hacía de tatuaje identificador de su linaje. La indumentaria se veía de excelente calidad: sandalias remachadas, casco de acero adornado con plumas, capa de piel de oso palmero, faldón de cuero de jaguar, torso con pectoral de suela y malla; además, puñal y macana con adornos de oro puro, anunciaban a gritos su experiencia y grado.

—Buena cacería, Cacique Mayor Maraque —saludó Lionardio, al veterano del Océano Pacífico, donde el Imperio Inca tenía tres milenios y medio intentando liberarse del dominio Caribe.

El soldado miró los huesos separados por Lionardio, su expresión no mostró cambio. Con un movimiento del pie derecho trazó la figura de un pez, en el suelo cubierto de arena sobre las placas de piedra lisa. Sin bajar la mirada, con el otro pie lo borró.

Lionardio quedó alerta, para observar el siguiente movimiento

—Enviaré sirvientes y costales nuevos, el astillero está lejos —señaló el militar, entonces miró a los lados y habló en murmullos—. Cacique Carpintero Lionardio, compartamos el Alimento del Caballero.

Lionardio palideció al oír la secreta frase ritual y ver la palma de la mano derecha. Levantó los ojos y miró la expresión del oficial: dura como una piedra partida por una cicatriz.

<< No puede ser que éste oficial… tan lejos de Europa. Sus dedos están en posición correcta. >>

Reaccionó y tomó el ficticio alimento, utilizando tres dedos de su propia mano derecha, lo aproximó a la frente, a la quijada y a cada oreja, comenzando por la izquierda, luego fingió morder un trozo. Tuvo cuidado de no equivocarse en la secuencia, si el militar pensaba que se había revelado a un impostor lo degollaría sin titubeo. Cacique Mayor Maraque recibió también con tres dedos, y después de similares movimientos cruzados hizo el gesto de comer.

De inmediato abrazó a Lionardio y este respondió con análoga energía; se palmearon la zona del corazón, tres veces cada uno. Ante la ausencia del último paso, un año atrás, Lionardio mató un impostor para defender uno de los suyos y su propia vida. En esa oportunidad, sintiéndose en peligro, aceptó el contrato al Continente Caribe, donde ahora se encontraba frente a fragmentos de hueso que lo aterrorizaban. Y al mismo tiempo lo llenaron de esperanza.

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Al final Cacique Mayor Maraque lo ayudó a llevar los huesos hasta el astillero, en costales que él mismo buscó. En las ascendentes y descendentes calles oscuras de la ciudad fortificada, hablaban con frases incompletas, para protegerse de oídos no deseados —por lo menos había un millón de habitantes permanentes, sin contar los viajantes del puerto—. El empedrado chorreaba, un aguacero tropical estaba cayendo. Cruzaron patrullas nocturnas, con perros de presa encadenados y bozales de cuero; los militares saludaron al oficial y este pronunció el nombre y cargo de su acompañante.

—Cacique Carpintero Lionardio. Va a su hogar.

Varios soldados lo reconocieron. Habían visto la prueba de la primera catapulta instalada en Colina Mamo. Sus rocas partieron un trirreme de doscientos remos, —de un solo impacto, a una distancia enorme y con una precisión diabólica—, gracias a las marcas que los oficiales leían en pequeñas ventanas cruzadas con fino cuadriculado de alambre. De acuerdo a la carga de piedras cambiaban estas ventanillas.

—Estoy viejo, Cacique Carpintero. Tengo cuarenta años, no conozco ninguno de mi grado militar… con tanta edad. Usted ya es un hombre maduro y puede… ser muy útil a nuestra familia.

—Por mi familia estoy dispuesto a… todo.

Ambos hombres se aproximaron, uno al otro, aprovechando que la avenida había aumentado de ancho y el aguacero incrementó sus rugidos.

—Tengo documentos, no sé qué hacer con ellos. Muchos murieron para traerlos, por eso me arriesgué identificándome frente a usted.

—Los copiaré y le devolveré los originales.

—No. Conmigo corren peligro. ¿Por qué un militar, que casi no sabe leer, los tiene? Usted puede confundirlos con todo lo que hay en su estudio. Discúlpeme, lo estuve espiando desde que llegó. No se preocupe, no encontré evidencia del secreto, estaba desesperado, en el último momento decidí matarlo si no sabía responder la consigna sagrada. Somos muchos en el interior del Imperio Caribe, pero el acuerdo comercial con el Imperio Romano, desde que hicimos el primer contacto hace milenios, exige perseguir nuestro credo. No me diga qué busca en los huesos, es mejor para todos. Mañana traiga otros, para despistar algún posible espía. Trabaje cerca de las ventanas, incluso en la noche, usted sabe cómo ocultar sus verdaderos actos. Piense que alguien puede estar mirando por algún orificio en la pared, aunque sea de piedra.

Después de cruzar amplios jardines, iluminados por una lámpara bajo el quicio, el militar soltó los costales frente al portón del estudio. Sonrió por primera vez, le faltaban los dientes frontales.

—Revise bien los huesos —de inmediato la sonrisa murió y su expresión volvió a endurecerse—; tenga preparado un equipaje liviano, con varios pares de sandalias, por si es necesaria una huida.

Lionardio arrastró uno de los bultos, después de cerciorarse que la enorme estancia continuaba vacía. La estridencia del chaparrón continuó aumentando y él chorreaba, como si su cuerpo expulsara agua por cada poro de la piel. Cuando tomó el otro costal, habló en voz baja

—Cacique Mayor Maraque, es urgente, muy urgente, que yo envíe cartas hacia Europa. Simples comentarios de un carpintero a… dos maestros de nuestra familia. Habrá dibujo de huesos, dantas, osos palmeros y raíces de papa.

El militar enderezó el cuerpo, cuando oyó “Maestros de nuestra familia”. Con la mano sobre el puñal, contestó con rapidez.

—Dama Matajara, la mujer quien cuida el Estudio, las recibirá. Ella entiende tu idioma, vivió en Europa y fue una gran bailarina.

Lionardio recordó la vivacidad de la callada señora, mientras ordenaba sus cosas. Había sospechado que podía leer algo de lo escrito, cuando capturó vivo interés en su mirada.

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Después de frotar su cuerpo y cabello, con trozos de lino y aceite caliente, Lionardio se colocó una túnica limpia. Encendió una lámpara adicional. Bebía cacao humeante mientras trabajaba, la lluvia lo había enfriado y no quería enfermar. Con tinta, pluma y asombrosa rapidez, dibujó los huesos, junto con sus medidas, en un delgado pergamino. En otro plasmó cuatro raíces de papa, el tubérculo consumido por el ejército Caribe durante sus largos viajes por mar, ríos o tierra. La papa, una vez cocida en salmuera, podía ser almacenada durante largo tiempo, resultando un alimento de gran valor estratégico para soldados en campaña.

Comenzó a escribir. Durante una pausa tomó uno de tres cilindros de madera, le siguieron pareciendo demasiado pesados para sólo contener escritos; Cacique Mayor Maraque los había ocultado, con los huesos, y ahora lo esperaban muy cerca de su mano, sobre el mesón de dibujo. Tenían casi un metro de largo cada uno y veinte centímetros de diámetro, estaban bien cubiertos con tela empapada de brea, para protegerlos del agua. Necesitó unos segundos y, con un afilado cuchillo, separó una de las tapas de los extremos. Retrocedió la cara cuando vio un símbolo.

<< ¿Líquido o sólido corrosivo? ¿Otra clase de peligro? ¿Un avanzado alquimista puso esta advertencia? >>

Llevó los cilindros hasta un mesón de piedra. Allí, una multitud de recipientes de loza contenían pigmentos, para otra de sus investigaciones: la pintura sobre madera.

De los cilindros extrajo dados de vidrio grueso, bien sellados, conteniendo sustancias en forma de polvo. Tenían manchadas etiquetas, con símbolos alquímicos y letras desconocidas. Por último encontró cuatro rollos de papel fino, también manchados, sabía que eran huellas de sangre. Respiró aliviado cuando reconoció el idioma: griego mal escrito, o muy antiguo, no estaba seguro. El tamaño de la letra era minúsculo, buscó en una gaveta uno de sus valiosos lentes magnificadores, protegido por un estuche de madera.

Un par de horas después sudaba de excitación, casi no podía creer que tenía algo tan valioso en sus manos. Recordó las advertencias del militar y controló su actitud; bostezó y preparó más cacao, sin perder de vista el mesón de piedra. Sin titubear reescribió en su clave más compleja cada misiva, luego quemó las originales, acompañándolas con otros papeles sin importancia, mientras se frotaba los ojos, como si el sueño estuviera a punto de dominarlo. Creó nuevas etiquetas para los dados de vidrio y destruyó las originales. Lo que más lo perturbaba era la fecha, estos cilindros tenían casi doscientos años de antigüedad, y debieron haber sido entregados en las propias manos de un lejano Emperador Romano, de acuerdo al espía y alquimista desconocido, autor de las misivas. Estaba seguro que ese gobernante, ni otro, nunca recibieron algo similar, de lo contrario la historia del mundo habría cambiado.

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Al amanecer Lionardio continuaba despierto. Había finalizado las cartas para sus amigos en Europa. Cerró y lacró dos pequeños cilindros de madera, forrados con brea. Sintió entrar a la sirvienta Matajara. Con ágil paso ella caminó directo hacia él y esperó. Lionardio le entregó los negros cilindros, cada uno marcado con letras iníciales de algún nombre. La mujer los escondió bajo el amplio ropaje. El europeo tuvo tiempo de ver una daga de acero, con amenazadoras marcas en el mango de marfil, prueba de la efectividad de su filo. Lionardio escribió los nombres y direcciones en un grueso pergamino, y lo entregó a la mujer; para su admiración ella miró sólo una vez, luego lo quemó en la llama de una lámpara. Matajara sonrió con mirada de complicidad, dio media vuelta y habló en voz alta.

—Layamara. Quedas a cargo del Cacique Carpintero Lionardio. Lo cuidarás mientras regreso.

Lionardio no apartó su pensamiento del largo viaje necesario para que los cilindros llegaran hasta sus destinatarios.

<< En un año tendré respuesta. >>

La visión de una bella mujer, de unos quince años, que había entrado con andar de reina, lo dejó con la boca abierta. Ella contestó a su abuela, en lenguaje Caribe, y lo repitió en lento romano, con acento musical a los oídos de Lionardio.

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Su deseo se cumplió. Dama Matajara, antigua bailarina en fastuosos palacios de Europa, tardó en volver.

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Un par de meses después, Lionardio estaba en la cama con Layamara, revisando un documento en lenguaje Caribe. Los errores de su alumno hacían reír a la muchacha. Entonces alguien tocó el aldabón de la puerta.

Layamara sacó un puñal, escondido bajo la cama, y lo ocultó entre las sábanas. Cuando Lionardio preguntó quién llamaba, una voz conocida respondió, opacada por el huracán que se había iniciado esa tarde.

—Maraque —luego se oyeron tres golpes suaves con el aldabón.

Un momento después estaban frente a la mesa, bebiendo cacao caliente, con leche de cabra, miel y ron. La lluvia producía fuerte ruido, el viento huracanado estremecía las ventanas, todo lo ideal para enmascarar una conversación comprometedora. Lionardio sospechaba que por esa razón había llegado el militar en tal momento. Aunque el estudio era enorme, sólo tenía un ambiente principal y una sala de baño con agua corriente, a través de tuberías de aleación. Las paredes de piedra ensamblada como un rompecabezas, columnas sosteniendo vigas de madera y techos con tejas de barro, no eran suficiente cobertura para unas palabras que podían causar la muerte, si llegaban a oídos inadecuados.

—La prueba de grúas fue un éxito. Tendrás otro pedido de al menos doscientas. Ya eres un hombre rico, muchos banqueros desean administrar tus bienes, te sugiero no hacerlo con europeos, deberías invertir un sexto en flotas mercantes, otro tanto en barcos pesqueros y adquirir un seguro para tus fraguas y aserraderos —el militar hablaba en voz baja, tomando la infusión; él no había incluido licor de caña.

Los tres miraban sus bocas, para comprender mejor las palabras. Una vela, algo lejana de allí, los mantenía en la penumbra.

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—Nuestro Cacique Emperador Caribe murió hace una semana —dijo el militar, señalando una de las jarras como si comentara su contenido. Layamara abrió la boca, de inmediato fingió un bostezo y se la cubrió con una mano. Lionardio tomó un sorbo de su totuma preferida, un tazón fabricado con la dura cubierta de un fruto.

—Tenía cincuenta años. Bebió demasiada chicha, esa noche estuvo con tres concubinas y casi con la cuarta…su Dama oficial es de los nuestros y su abuelo tenía una araña negra en su cara, como la mía; éramos de la misma isla.

<< ¿Su Dama es de los nuestros?>>

Esta vez fue Lionardio quien abrió la boca, de igual manera fingió un bostezo.

—Hoy fue escogido, entre sus diecisiete hijos varones, cuál será el sucesor. Su nombre es Guaicaay, tiene veintiocho años y mucha experiencia en guerra, también es de los nuestros.

Lionardio inspiró muy profundo, tomó una jarra de ron y bebió un trago puro, tosió varias veces y se aclaró la garganta con leche de cabra hervida.

Los tres permanecieron en silencio. Cacique Mayor Maraque, con lentitud, interrumpió los arremolinados pensamientos de la joven pareja.

—En lo militar nada cambiará en nuestro Imperio Caribe. El Emperador Romano, con seguridad, exigirá una vez más no legalizar nuestra religión. Pero ya está hecho: nuestro Cacique Emperador Guaicaay decretó libertad de culto; como lo hacemos con todos nuestros vasallos. Recuerda nuestro mandato Caribe: “No me importa tu dios, pero no olvides quién es tu Cacique”. No llegaremos a la guerra contra el Imperio Romano, todavía. Nos necesitamos para defender rutas comerciales contra piratas asiáticos y africanos, aunque para nuestro Imperio Caribe sería cómodo retirarnos del Atlántico Europeo y concentrarnos un par de siglos en recuperar el norte, antes que sus caudillos lleguen a formar una alianza importante. Pero nos falta fuerza militar para tal empresa, con urgencia necesitamos el nacimiento de más hombres. No debemos dispersarnos en el próximo siglo, quiero que mis nietos gocen de una vida como la mía, tengo muchos y vienen varios más.

El militar alzó la voz.

—No han mirado bien mi casco.

Lionardio distinguió una pluma de Cóndor, ave de lejanas montañas, en el centro de las demás. Miró hacia el puñal y la macana de acero, la filigrana de oro era diferente, él ya sabía lo suficiente para reconocer el enorme ascenso de grado.

—Cacique Almirante Maraque —dijo el europeo, con lentitud. Layamara se arrodilló en el suelo y volvió al asiento.

—Y yo estaba convencido que mi carrera militar había terminado. He pedido a nuestro Cacique Emperador Guaicaay que usted esté bajo mi directa protección, debido a la importancia de su actividad como Cacique Carpintero.

Lionardio hizo un gesto cortés, para que la joven desviara la mirada de sus caras. Se aproximó al militar, riendo como si estuviera comenzando a contar un chiste subido de tono. Cacique Almirante Maraque comprendió la intención y sonrió, emitiendo una risa de tono gutural.

Cerca de su oído, Lionardio murmuró con rapidez.

—El documento que me entregó describe cómo construir un arma de inmenso poder. Necesitamos trabajar en completo secreto, en territorio aislado de intrusos. Cuando vea ese sitio le diré en detalle la clase de artesanos y materiales que necesitamos. Será costoso, pero nos dará una ventaja militar nunca vista en este continente, ni en Europa. Luego lanzó una carcajada y bebió otro trago de ron puro. Sentía su corazón acelerado.

El militar abrió la boca desdentada, como intentando comprender el chiste. Luego rió con estruendo, palmeándose los muslos. Entonces, con celeridad, se puso de pie para retirarse.

—Pasado mañana usted será llevado al sur. Quiero que vea el lugar donde pretendo construir un puente, una fortaleza y almacenes de alimentos. Necesitamos grúas modernas.

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Una mañana Lionardio miró el calendario de nudos en una cabuya. Vivían en una sólida churuata con piso de bahareque, suspendido unos cuatro metros sobre el terreno, para protegerse de fieras y alimañas. El acceso se efectuaba por escaleras de madera y las retraían en la noche. El ruido de lejanas fraguas, soldados en ejercicio, obreros ensamblando paredes de piedra, mugido de bueyes y búfalos de carga, se perdía absorbido por la magnitud del valle. En realidad estaban muy cerca de La Guaira, pero separados por altas montañas selváticas, y en el interior de un valle que gozaba de una eterna primavera. En la distancia podían verse muchos conucos de papa, yuca, maíz, tabaco, cacao, aguacate, ahuyamas y otros que Lionardio nunca había visto.

—Han pasado diez meses, desde que tu abuela Matajara partió con mis dos cartas. No me había dado cuenta, me parecía tener menos tiempo aquí en este valle. ¿Cómo dijiste que se llama?

—Caracas —contestó Layamara.

El reflejo de un lejano espejo entró por las ventanas, la luz cubrió casi toda la churuata. Desde lo alto de la montaña norte, un punto brillante parpadeaba, era uno de esos enormes marcos de madera, llenos de escamas móviles de metal pulido, accionados por una palanca, como una persiana. Se utilizaban para comunicación en todo el Imperio Caribe, por la noche las iluminaban con hogueras, desde la parte trasera. Layamara tomó un carboncillo y escribió sobre una tabla. El mensaje estaba en clave. La muchacha esperó la repetición. Entonces lanzó un puñado de polvo al fuego de una hornilla metálica, debajo de la chimenea, con ducto metálico hacia el exterior. Mucho humo blanco ascendió, ella esperó un instante y repitió la manotada. Mientras tanto ya Lionardio había descifrado el mensaje.

— ¡Llegaron mis amigos! Pasado mañana estarán aquí. ¿Cómo pudo tu abuela…?

Layamara sonrió con amplitud.

—Una escuadrilla correo, nada de carga, las mejores velas, los mejores capitanes, remeros y marinos de primera, mucho dinero, y mi abuela conoce Europa. Fue una misión secreta y fue infiltrada dentro de otra, muy importante para comerciantes que ignoran cuánto nos son útiles sus recursos de comunicación.

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Los tres europeos cantaban y reían, llevando el compás con maracas y tambores, frente a la mesa en el interior de la churuata. Ya casi era media noche. Estaban medio borrachos, llenos de ron mezclado con jugo de piña y leche de coco. Fuera de la construcción, restos de un pernil de danta chorreaba grasa sobre los carbones. En la mesa, muchas papas asadas reposaban sobre bandejas de madera, acompañadas de yuca, arepas, casabe y auyama. También había guayabas y al menos doce clases más de jugosos frutos.

—Cuando Matajara se presentó, bajo la nevada y en plena madrugada —dijo Greger Moendel, un joven de veintiún años, con aspecto de campesino del norte de Europa—, con la punta de un dedo trazó la figura del “Pez en el aire”, pronunció tu nombre completo, Lionardio, y cruzó los dos cilindros. Ella los aproximó a mi pecho y susurró la palabra ritual, creí que estaba frente a una trampa. Sin embargo los tomé de la forma apropiada y luego de ver mis iníciales sobre la brea, devolví el otro, continuando el protocolo secreto. Sabía que estaba preparada para asesinarme si tenía alguna duda, yo también estaba pensando cómo matarla si descubría una trampa. Después de leer tu carta cifrada, ver los dibujos, y haber comprendido que tal vez había llegado el momento esperado por milenios, corrí por el equipaje, me despedí de mis padres y salí trotando detrás de ella. En el rio esperaba una barca y en el mar un navío Caribe, más veloz que una trucha rio abajo.

— ¿Y qué piensas de estas papas? —preguntó Lionardio, señalando primero los cultivos bajo la brillante luna llena y después la bandeja en la mesa.

—Eres buen alumno. Todavía falta lograr que prosperen mejor en clima europeo, falta poco. Ya imagino las centurias romanas, avanzando contra el norte de Europa. Comida no les faltará para recorrer esas distancias, incluso bajo la inclemencia del frío, contrario a lo ocurrido tantas veces en el pasado. Tendremos muchos esclavos, la prosperidad llegará a todos los ciudadanos del Imperio Romano, como lo merecemos.

Brindaron una vez más.

El tercer hombre, Carlo Darhwuin, era el menor en edad, tenía diecinueve años. Aferraba un hueso y lo roía como una fiera. Se detuvo para hablar, limpiando sus manos en una totuma con agua y limón.

—Yo estaba dictando clase de anatomía. Matajara entró al pequeño anfiteatro, dejando pasar por la puerta la niebla de la mañana; los alumnos guardaron silencio, nunca habían visto una mujer del Imperio Caribe. Sólo desde lejos, conocían esos cuadrados marineros que se mueven en grupos enormes por el puerto, cuyas feroces fisonomías muestran tatuajes rojos y negros, con figuras de animales: monos, serpientes, arañas, tigres y otros imposibles de identificar. Detrás estaba un desconocido, cuando se presentó como Greger Moendel y con disimulo trazó la figura del “Pez en el aire”, no pude contenerme y lo abracé, teníamos años cruzando eruditas cartas y nunca nos habíamos visto. Salimos al pasillo y ambos hicieron el gesto ritual, respondí, entonces leí con rapidez y al igual que Greger salí corriendo. Primero una barca, luego el barco Caribe y al día siguiente una flotilla se nos unió. No había esclavos en la tripulación, como en el Imperio Romano, me asombró, todos son guerreros libres. Se decía, en Europa, que el Caribe prefiere dejarse morir de hambre antes que ser esclavo; por ello no los tienen, consideran la muerte del enemigo más honorable que esclavizarlo, pero no desdeñan la subordinación de antiguos enemigos. Descubrí que es verdad.

—Es curioso —dijo Lionardio—, nunca nos habíamos visto, y ahora en tan pocas horas me parece que hemos compartido un mundo común, en alguna otra parte.

Los tres callaron, meditando esas palabras. Estaban cubiertos con pieles de oso palmero y sombreros de cañamazo, como protección contra la escarcha nocturna, cuando bajaban por carne de la barbacoa bajo un pequeño caney. El mayor en edad, Lionardio, continuó hablando.

—Debes haberle dedicado tiempo a mis dibujos de los huesos. ¿No es así, Greger?

— ¡Por supuesto! Hace un momento hice una figura con restos de arepa, no tan buena como tus esculturas, claro. ¿Creen qué se vería así? —y mostró una estatuilla, de unos quince centímetros de alto, y la dejó sobre la mesa. La luz de una lámpara proyectó una sombra enorme en la pared.

La borrachera desapareció de sus cerebros. Desde otro mesón, en el interior de la churuata, se acercaron Matajara y su nieta Layamara, quienes escuchaban la conversación, otras dos jovencitas les acompañaron. Los tres hombres y las cuatro mujeres susurraron un secreto cántico, nunca escrito, tan antiguo como sus creencias transmitidas de forma oral, generación tras generación durante más de cinco milenios.

Luego, con reverencia, desmenuzaron la pequeña estatua, sin dejar huella de su aspecto.

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Doce meses después todo estaba listo para la prueba.

La mayoría de los soldados, obreros y artesanos con sus familias, les ordenaron alejarse varios kilómetros, para evitar ojos y oídos inoportunos.

Al atardecer llegó Cacique Almirante Maraque, acompañado por veinte oficiales. Respiraban con fuerza, después del ascenso de la montaña desde La Guaira y el inmediato descenso hasta el valle Caracas, todo en una carrera ininterrumpida.

—Muestren lo que tengan —rezongó, después de saludar.

Lionardio los guió hasta un ancho promontorio de tierra y piedra, con la altura de un hombre. Protegidos por el pequeño cerro, les señaló una muralla de ocho metros de alto, a medio kilómetro de distancia. Después levantó una bandera de tela blanca, contó hasta veinte y la bajó con fuerza.

Desde un bosque, rodeado por otro muro de tierra, y a un centenar de metros frente a ellos, surgieron tenues nubes de humo grisáceo y la tierra retumbó con los truenos. La distante muralla de roca perdió más de la mitad de su estructura. Pocos segundos después, desde la maleza, surgieron cuarenta soldados y una docena de artesanos, todos de raza Caribe. Permanecieron inmóviles, esperando órdenes.

Lionardio levantó una bandera negra y desaparecieron en el bosque. Los tres europeos comenzaron a contar en voz alta, cuando llegaron al número cincuenta, Lionardio levantó la bandera blanca, esperó unos segundos y la bajó de un golpe.

Esta vez los truenos sonaron un poco espaciados unos de otros, y la muralla terminó por ser destruida. Un momento después, artesanos y soldados estaban firmes, frente al bosque.

—Podemos acercarnos, Cacique Almirante Maraque —dijo Lionardio.

El viejo soldado observó los cinco negros cañones de casi dos metros de largo, montados en sólidos carromatos de madera con cuatro ruedas de metal. Miró las balas, redondas como frutos de cocotero, y los barriles de pólvora.

— ¿Dijiste que en Asia, hace doscientos años, ya tenían esta clase de arma? —murmuró el militar a Lionardio, una vez alejados de los oídos del resto.

—Así es, de acuerdo al documento que usted me entregó. Tampoco adivino por qué no han llegado hasta Europa, destruyendo toda resistencia con facilidad.

—Tengo una suposición —dijo el guerrero Caribe—: no es fácil de fabricar ni trasladar a la batalla, ocasiona costosos accidentes mortales, como los que tuve noticia hemos tenido en las pruebas, están resolviendo guerras internas y no tienen interés en crear más frentes de combate, no estando unidos. Y…matar… a tanta distancia,… no es un acto de valor.

Lionardio sintió que el suelo se hundía. Su expresión debió ser muy elocuente.

La cara del militar, partida en dos por la cicatriz, sonrió con amplitud y la araña negra tatuada ondeó en la mejilla.

—Pero tenemos arqueros, y nadie puede decir que un arquero Caribe es un cobarde. ¿Cómo crees que debemos utilizar ésta arma, Lionardio?

—He imaginado trirremes, donde la fila más alta está ocupada por diez cañones de cada lado, además uno al frente y otro atrás. También galeones, con similar cantidad. Torres de piedra en fortalezas y castillos, armados de cañones más grandes. La infantería podrá, con yuntas de bueyes, transportarlos a distancia segura de las murallas enemigas, para derribarlas sin pérdida de soldados. Carretas con armadura, erizadas de cañones, avanzarán como barcos fuera del agua, abriendo camino a las primeras filas. Con el tiempo, cada militar tendrá uno pequeño y liviano, como una espada; ninguna coraza podrá resistir sus proyectiles.

Cacique Almirante Maraque retrocedió un paso, su expresión se ensombreció.

—Será inevitable. Si en tan corto tiempo se te han ocurrido tales armas, no logro imaginar el futuro. Nuestro Imperio Caribe debe surgir por encima de la hecatombe entre naciones. Sigue adelante, Lionardio; es una suerte que hayas dedicado tu inteligencia en ayudar a nuestro Imperio. Me quedaré esta noche, quiero saber más de tus ideas, será como mirar el mañana. Beberé chicha y comeremos danta. Si el futuro será tan acelerado y violento para nuestros cuerpos, debemos acumular calma de espíritu.

Esa misma noche, y en un lugar apartado, Lionardio le habló de su proyecto para encontrar la Bestia Mítica. Aquella, mencionada en sus milenarias oraciones secretas, nunca escritas, para evitar que la rigidez de los caracteres impresos alteraran el sagrado contenido y falsos profetas quisieran otorgarles una perversa interpretación.

Cuando el militar oyó los argumentos de Lionardio, volvió a sonreír, sorprendiendo una vez más con aquella mueca tan fugaz.

—Hice investigaciones. Quedé intrigado, preguntándome qué buscabas en los huesos, tu cara no mostraba el placer del artista, no, revelaba la inspiración del iluminado. Esos viejos huesos llegaron en un cargamento de jaguares, y caimanes, que trajeron por barco desde el rio Apure, recorriendo el Orinoco para llegar al Mar Caribe. Ese inmenso trayecto está bien custodiado por nuestros soldados, con fortines a la orilla de los ríos, los rebeldes abundan, no es fácil mantener la integridad de un Imperio tan grande. Me encargaré de preparar tu expedición secreta, luego que ya tenga armado con cañones veinte barcos y los artesanos preparados para continuar con doscientos más. Los costos serán cubiertos por nuestro Imperio Caribe, argumentaremos una exploración para ubicar torres con cañones en lugares estratégicos. La línea de suministros será sólida, como el cuerpo de tus cañones

Lionardio sonrió, con rapidez calculó un año más para cumplir con ese compromiso.

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Pero fueron dos años, cuando al fin tuvo listo el encargo para alcanzar, con el fuego de sus cañones, la simulación de instalaciones enemigas especificadas por el Cacique Almirante Maraque, en una playa marítima alejada de La Guaira. Leonardio perfeccionó mecanismos para cambiar el ángulo de tiro, vertical y horizontal, con una miniatura de su ya famosa grúa de madera, hierro y engranajes de acero. Además, no fue fácil entrenar artilleros, la manipulación de la pólvora requería cuidados especiales, aún en medio de una batalla. Se impuso la experiencia de Cacique Almirante Maraque, el militar creó batallas tan reales que el número de mutilados, y muertos, amargó muchas noches a Lionardio. Sin embargo, aprovechó para aumentar sus conocimientos de anatomía humana, dibujando con rapidez los cuerpos destrozados.

En la recién inaugurada fortaleza, al pie de la montaña desde donde podían dominar gran parte del amplio valle Caracas, los tres europeos, y sus compañeras, comentaban las noticias llegadas de Europa. Ya era de madrugada y no habían dormido. Por las ventanas, desde tres pisos de altura, miraban los relámpagos iluminando los conucos.

Matajara tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

—La peste apareció en Europa —repitió la mujer—; nuestro Cacique Emperador Caribe suspendió la salida de flotas, los barcos que llegan son obligados a permanecer en isla Tortuga, isla Perla y otras. Allí también hay mortandad — ella había regresado esa noche, sin finalizar su visita semanal a La Guaira.

—Fue mala suerte —agregó Greger Moendel, bien abrigado frente a una chimenea encendida—, ya mis cultivos de papa están listos. Habrían sido una gran ayuda, vendrán hambrunas. Dicen que hace mil quinientos años hubo una epidemia, tan grande que exterminó la mitad de la población europea, incluso llegó al Imperio Caribe, pero aquí las multitudes estaban muy lejos una de otras y el daño se cree sólo fue en las costas del Atlántico. Por eso siempre lanzan esas manadas de gatos gigantes en los barcos, los apestosos Cunaguaros. En La Guaira uno me mordió un dedo, cuando quise acariciarlo. Dejé un gato en mi hogar, lo extraño mucho, y me preocupa mi familia.

Los europeos pensaban en lo mismo: sus familias.

Lionardio miró la luna, entre nubes de borrasca. Tenía otras inquietudes.

— ¿Creen que un globo con aire caliente, grande como un barco, podría llegar a la luna?

Matajara fue la única que contestó.

—Alguna clase de peste iría con nuestros cuerpos, como pasó durante el Descubrimiento de Europa. Tal vez no nos dejen bajar del globo.

— ¿Por qué el Emperador Romano prohibió nuestra creencia? —interrumpió Layamara, acariciando su abdomen de embarazada con las dos manos.

Lionardio contestó, el más versado en la historia secreta de su credo.

—Ocurrió hace 5200 o 5300 años, no está claro. Por razones de guerra tuvo que escoger una religión oficial para el Imperio Romano. Necesitaba aliados y se decidió por los adoradores de Metrazda. La mayoría de las legiones, y sus generales, practicaban ese credo. Entonces declaró ilegales todos los demás, incluso el nuestro, y ordenó escribir en pergaminos los misterios de Metrazda. Desde esa fecha nos persiguen a muerte, porque ofrecimos la mayor resistencia armada entre todas las demás creencias.

— ¿Ordenó escribir los misterios? Es horrible, entonces cualquiera puede decir que los comprende mejor, en lugar de cada persona recibir la iluminación del cántico nunca escrito y el gesto revelador de la ceremonia secreta —murmuró escandalizada Aiyamana, la joven que sostenía una de las manos de Greger Moendel. Tendría unos catorce años, era muy diestra con arco, flecha y puñal, como la mayoría de las mujeres Caribe.

Sin dar tiempo a una respuesta, continuó preguntando, sin apartar la mirada de la cara de Greger.

— ¿Que ocurrió el primer día de nuestro calendario?

—Hace 5496 años, y huyendo de enemigos, una tribu debió ocultarse en el “Desierto de la Maldición”, durante un siglo. Encontraron pergaminos en una cueva —explicó Greger—; narraban la historia de milenios atrás, cinco, otros dicen que son quince, por el enorme parecido entre esas dos palabras en nuestra lengua ritual. Allí estaba escrita la guía sagrada, para recuperar el poder perdido por efecto de La Maldición. Entonces todos memorizaron las palabras y quemaron los pergaminos. De allí en adelante, asimilamos detalles sagrados y ocultos de esa guía. Ascendemos de grado a medida que aprendemos una fracción más de esos cánticos, extraídos del contenido de los pergaminos. Tú, Aiyamana, ya oíste el primero, lo rezaremos cada noche y cada mañana, hasta que sea parte de tu espíritu.

—Dijiste que son siete niveles. ¿Cuál es el tuyo? ¿Aguador?

—Te será revelado en unos años, cuando pases al segundo. No puedes hacer más preguntas— y Greger la besó—, hasta que aprendas tu cántico y las señas del ritual. Recuerda: muchos mueren cuando se equivocan frente a desconocidos, porque los confunden con impostores. No olvides memorizar siempre, nunca escribas la palabra sagrada, bajo inmediata pena de muerte si lo haces. Nuestro dios es vengador, cuando recuperemos el poder, lavaremos las afrentas.

Todos murmuraron la frase:

—Lavaremos las afrentas.

Lionardio decidió no volver a mencionar su partida, hasta tener mejores noticias de Europa y que su primer hijo ya caminara en los terrenos rodeados por la muralla. La abundancia de fieras, incluyendo aves peligrosas de gran tamaño, obligaba a tener mucho cuidado con los niños. Otro par de meses después, sus dos amigos, Greger Moendel y Carlo Darhwuin, también necesitaban esperar para ver sus propios retoños.

El tercer año transcurrió con lentitud. Lionardio pintó retratos de las cuatro mujeres, con pintura de aceite sobre madera, utilizando una técnica de su invención, además experimentaba con pequeños globos de papel, impulsados con aire caliente. Sus amigos soñaban, imaginando la posibilidad de lanzar barriles de pólvora, con mechas encendidas, a ejércitos enemigos.

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Cuatro años más agregaron nudos a las cuerdas calendario.

Los tres europeos, y sus mujeres, nunca más habían podido bajar hasta la ciudad fortificada La Guaira. El primer año fue de obligada inmovilidad, la peste se había propagado como un incendio en un bosque reseco y el número de pobladores se redujo en el interior de las murallas, que habían sido cerradas cuando llegó la primera alarma. El Cacique Emperador Caribe y su familia, durante el inicio de la tragedia estaban, por un golpe de suerte, en un palacete a medio camino entre La Guaira y Caracas, allí se mantuvieron fuera de contacto con el peligro de contagio.

El siguiente año llegaron las primeras noticias de Europa: de nuevo había sido terrible. Africanos y asiáticos tuvieron similar castigo, de acuerdo a tardíos informes militares.

Para el momento el comercio con Europa se reiniciaba, con una feliz ausencia de piratas. Ante la escasez de alimentos, las flotas recorrían la costa norte del Continente Caribe, atacando las fragmentadas naciones del norte y logrando importante vasallaje en muchas de las más prósperas de la costa. La fuerza de los cañonazos hacía caer murallas y reyes norteños. Entonces los alimentos abundaron en el Imperio Caribe, gracias a la confiscación de enormes cargamentos de comida a los nuevos vasallos.

Una noche, en la sala de una de las torres de piedra, Lionardio habló con su esposa Layamara. Estaban presentes las otras dos parejas y Matajara.

—Llegó el momento de partir. Bajaremos a La Guaira y embarcaremos, de allí seguiremos la línea oriental de la costa, hasta el delta del Orinoco. Tendremos que parar en cada uno de los fortines, tanto del Mar Caribe como del Orinoco y el Apure, para iniciar su adaptación a los cañones. Nos llevará varios años llegar al lugar donde haremos la investigación.

Todos se levantaron y emitieron un cántico, ya no era necesario murmurarlo en Fortaleza Caracas, aunque el ocultismo de los ritos se mantenía.

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El recorrido de la costa marítima, el Orinoco y parte del Apure, estuvo lleno de sorpresas, durante los tres años que tenían de viaje. Cada detalle del paisaje, y de la fauna, maravilló a los europeos.

Carlo Darhwuin, con su pequeña hija en brazos, hablaba a sus amigos, en la proa de un navío.

—Nunca imaginé ríos tan anchos, y menos aún que el Imperio Caribe cubriera un territorio así de grande, con tal diversidad de gente, costumbres e idiomas. Hay poblados enormes con mucha cultura científica, las observaciones que hacen de las estrellas me sorprenden y sus calendarios en piedra, no les encuentro comparación.

Habían salido del último fortín en la orilla norte del Apure, y se encontraban en la cubierta de una galera de cincuenta remos por banda, con amplias velas de color blanco, ostentando el diseño de un feroz pez de río. El carnívoro fluvial había sido adoptado, inmemorable tiempo atrás, cuando los Caribe descubrieron que sus enemigos así los apodaban: Caribe, por la forma tan masiva y contundente de sus ataques. A Lionardio le pareció una extraña coincidencia: el Imperio Caribe estaba simbolizado por un pez muy feroz y uno de los más importantes símbolos de su credo era también un pez: “El pez en el aire”, cuya capacidad para hacer daño era mitológica.

A cada lado del navío navegaban otros muy similares, armados con dos cañones cada uno y seguidos por una infinidad de manatíes. Por órdenes de Cacique Almirante Maraque, Lionardio, y su gente no debían viajar en barcos que transportaran pólvora, el militar todavía no confiaba en la destreza de sus artilleros para manejar ese polvo de temperamento tan impredecible.

—En unas horas nos encontraremos con la tribu que vende esa carne —dijo Carlo Darhwuin.

—Dicen que tiene buen sabor —agregó Greger Moendel.

Todos recordaron. Apenas unos meses atrás, en uno de los fortines, los soldados comían carne de un desconocido animal. Ante la vista de los enormes huesos, Lionardio y Greger desorbitaron sus ojos por la inmensa sorpresa. Los europeos no quisieron probar el alimento, comer el cuerpo de la posible Bestia Mítica era un acto impensable. Tampoco lo hicieron sus mujeres, Matajara, ni los tripulantes que se habían convertido al credo.

Las sabanas, en ambos lados del Apure, se perdían en la distancia y besaban el cielo. Parecía un océano de hierba, con manchones de verde oscuro sobresaliendo en algunos sitios, donde pequeños bosques, llamados “matas”, ocultaban jaguares. La estación lluviosa estaba apenas comenzando, ya se veía infinidad de lagunas donde sería fácil morir devorado por una gavilla de caimanes. El cielo resplandecía de azul intenso, las nubes blancas centelleaban como algodón con ribetes relampagueantes de oro. El capitán acercó su nave a la orilla norte, siguiendo las instrucciones de un pequeño soldado.

Entonces vieron la Bestia Mítica.

Lionardio y Greger Moendel se aproximaron a la borda, seguidos por los demás. Permanecieron observando por un largo minuto. Entre la niebla de lágrimas, vieron cuerdas de cañamazo.

— ¿También la Bestia Mítica es prisionera del hombre? —murmuró Carlo Darhwuin.

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La churuata era primitiva pero cómoda y autosuficiente, el lenguaje de los indígenas imposible de comprender. Necesitaron un traductor, surgido entre los soldados. Araguato Gladiador, así lo llamaban por su terrible ferocidad en combate, era un hombre pequeño, de unos veinticinco años, con la silueta de un jaguar rojo y uno negro tatuado en cada mejilla, dispuestos a saltar por encima de su nariz aguileña, para destrozarse en batalla a muerte. Su trabajo de guía, siempre demostró un profundo conocimiento de la geografía de las tierras llanas. Nació en isla Perla, era Caribe hasta los huesos, no había duda, pero estuvo perdido muchos años entre los nómadas de las sabanas. Se ganó el derecho a vivir con ellos cuando lo vieron matar un jaguar, con una pequeña lanza de punta afilada con el fuego de una hoguera. Ahora trabajaba como enlace con el ejército, para intercambiar carne por herramientas de metal y tela para el vestido.

Cayó la noche, había un fuego sobre tierra y piedras apiladas en el piso de bahareque, suspendido tres metros por encima del agua, a la orilla de un caño afluente del Apure, donde iguanas y culebras pasaban nadando entre las piraguas, destellando con la luna. Era un lugar seguro, el jaguar detestaba los reptiles, y pocas veces un caimán se arriesgaba a ser muerto con el curare de las flechas. Lionardio, los dos europeos, y Matajara, acostados sobre catres, se abrigaban con pieles de oso palmero, muy cerca uno del otro. La mujer insistió en estar presente, argumentando su facilidad para aprender idiomas; los nómadas no habían sido vistos desde hacía unos cuatrocientos años y tenían unos treinta negociando con el ejército. En cualquier momento podían desaparecer por siglos y para seguirles la pista ayudaría mucho conocerlos a fondo. Araguato Gladiador, y ocho soldados, descansaban alejados de ellos, cerca de otro fuego similar. El humo subía, escapando entre ranuras del bahareque de las paredes. Al menos cuarenta familias dormían en el otro extremo del caney, arropados con pieles y cañamazo tejido.

En la oscuridad, Carlo Darhwuin se aproximó a Lionardio, los demás se acercaron aún más para oír y se mantuvieron acostados.

—No puedo dormir, Lionardio. Sé que la fe y las preguntas son enemigos. ¿Por qué la Bestia Mítica nos abandonó? Si está aquí, en lugar de volver al Desierto de la Maldición, significa que nos abandonó. ¿Por qué estos hombres, gozando de su compañía, no han conquistado el poder que sabemos ella otorga? Tú debes saberlo.

El chisporroteo del fuego fue callado por la voz de una Bestia, desde la oscuridad de la llanura. Los cuatro hombres, y Matajara, hicieron el gesto secreto, considerando un buen augurio la respuesta.

—Fui ascendido de nivel hace poco tiempo —cuchicheó Lionardio—; las revelaciones que recibí no son suficiente para contestar nuestras preguntas. Mi maestro fue asesinado antes de transmitirme la totalidad, luego de memorizarlas me habrían proporcionado el siguiente grado, tal vez en unos cinco años más. Aún así, sólo un iniciado, con el grado más alto: Capitán de Caballeros, podría iluminarnos.

—Esta conversación es peligrosa —murmuró Greger Moendel—, si nuestra fe se desmorona cinco mil años de esperanza se desvanecerán, como el humo de la pólvora. Debemos ir a Europa, encontrar un Capitán de Caballeros y obtener las respuestas.

—Nos matarán —cuchicheó Carlo Darhwuin, no tenemos las palabras rituales, y gestos, para entrar en contacto con uno de tan alto nivel. Deben ser pocos y viejos. Estarán ocultos en el interior de Europa, por causa de la peste y las hambrunas.

—Entonces nuestra búsqueda fracasó. Encontramos la Bestia Mítica y no sabemos cómo pedir su ayuda —aseguró Lionardio, con voz temblorosa.

—Lo has dicho —murmuró Carlo Darhwuin, y lloró en silencio, un segundo después los tres hombres oprimían sus bocas con los puños, para no estallar en gritos de dolor.

Despacio, una sombra desnuda se levantó entre el fuego y ellos: era Matajara. Se colocó de perfil y con lentitud arrancó la cuerda que recogía su largo cabello negro, y con cada mano aferró una de sus puntas. Luego dobló las rodillas, hasta que los muslos desnudos quedaron en paralelo con el suelo, mostrando poderosos músculos de felino.

Cada uno de los tres hombres reconoció la posición ritual, entonces la mujer comenzó a realizar movimientos que nunca antes habían visto, mientras sus dos manos movían adelante y atrás la cuerda. Todo el cuerpo subía y bajaba en un rebote rítmico, aumentando la frecuencia cada vez más. Muchas veces sacudió la cabellera y pareció que el viento la agitaba. Mantuvo la acción durante minutos, demostrando fortaleza. Sus pechos subían y bajaban, la ondulación de la cadera tenía un acento voluptuoso, pero no fue aquello lo más impresionante para los tres hombres, sino un nuevo movimiento, a gran velocidad con el brazo derecho, mientras la mano izquierda aferró las dos puntas de la cuerda.

Los tres hombres sintieron iluminarse sus pensamiento, convencidos que estaban recibiendo la visión sagrada que nunca podrían olvidar.

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Matajara levantó ambos brazos y abrió la boca, mirando al cielo en señal de victoria, sin dejar de moverse sobre sus piernas. La tenue luz de la hoguera producía una aureola, contorneando los bordes de su silueta. Por fin se detuvo y cubrió su cuerpo sudoroso con la toga. Miró a los hombres, cruzó los brazos; estaba de pie y ellos en el suelo. Uno por uno, los pateó en el pecho, primero con la pierna izquierda y luego con la otra, después apoyó la planta de su pie derecho sobre la cabeza de Lionardio, el iniciado de más alto nivel entre los tres hombres.

Lionardio, Carlo Darhwuin y Greger Moendel, nunca antes habían visto tal ritual, pero los innumerables símbolos que reconocieron los dejaron indecisos. La mujer tomó asiento en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en los muslos. Miraba con tal autoridad que la indecisión de los europeos aumentó. Empuñaron sus dagas de acero, si Matajara era una impostora usurpando tan alto nivel, tenían que matarla de inmediato. Matajara inició otra danza, esta vez con sus manos, en el secreto lenguaje de la secta. Fue mostrando cientos de símbolos subterráneos, bien conocidos por los tres adeptos, acoplándolos de tal manera que ahora contaban una historia. Sólo hasta este momento los vieron ensamblados y comenzaron a comprender el oculto significado. Y ella continuó, mucho más allá del punto hasta donde sus conocimientos habían llegado.

“Quince mil años, antes del Primer Día, los Constructores de Pirámides dominábamos el mundo.”

“Una mañana, desde el cielo, cayeron dos palacios de metal en el desierto. La tierra tembló, tormentas de arena se levantaron. El Faraón, acompañado con cuatrocientos mil esclavos, doscientos mil cortesanos y un millón de soldados, viajó para ver aquella maravilla.”

“Los palacios estaban destruidos, como una jarra de barro al caer sobre el suelo de piedra. Habían sido como una montaña de metal y vidrio, veinte veces más altos que la pirámide más grande.”

“Cuarenta mil demonios continuaban vivos, en el interior de una cisterna de cristal. El Faraón miró sus figuras de peces asquerosos, rojos y grandes como vacas. Ordenó romper los cristales y todos terminaron de morir a flechazos, bostezando con sus mandíbulas sin dientes. Ni uno solo, de los demoníacos peces venidos por el aire, quedó vivo”

“Mientras agonizaban lanzaron miradas de ojos redondos al Faraón, con seguridad enviándole sus maldiciones.”

“El rio de agua salada arrastró la arena más allá del horizonte, los cadáveres se pudrieron. Vinieron las aves y comieron de ellos, y se llevaron su miasma por el mundo.”

“Una maldición mató las Bestias del Faraón, no quedó ninguna. Babeaban y caían muertas, al igual que los jinetes y sus familias.”

“El nuevo Faraón ordenó partir a buscar Bestias. Todas las naciones las perdieron, dijeron los mensajeros, después de caminar durante años.”

“Los sacerdotes escribieron todo lo que sabían sobre la Bestia de Guerra, en pergaminos secretos. Y las tribus partieron para buscarla, llevando esos documentos con ellos.”

“Una de las tribus había olvidado por que viajaban por el mundo. Sus líderes conservaban la capacidad para leer y escribir. Huyendo de invasores provenientes del otro lado del mar, se ocultaron en el Desierto de la Maldición, dónde todavía quedaban restos de los palacios demoníacos. Y se refugiaron en cuevas de la montaña. Desde allí podían ver las ruinas de metal”

“Guardados en jarras de barro, sellados con brea, encontraron los pergaminos escritos por los sacerdotes del Faraón. Tenían quince mil años. Ese fue el Primer Día de nuestro calendario sagrado y secreto. La tribu permaneció cien años allí. Todos aprendieron de memoria cada palabra y destruyeron los pergaminos. Entonces reiniciaron la búsqueda de La Bestia del Faraón, aunque no sabían cómo se veía, para recuperar el poder perdido por La Maldición de los Peces Demonio caídos del cielo.”

“La tribu creció y decidieron repartirse por el mundo, para confundirse con todas las naciones. Nadie nos temía, muchos reían de nuestra búsqueda de una Bestia que podía ganar guerras, y que no sabíamos cómo era. Nuestra fe fue aceptada con facilidad y aumentó la cantidad de iniciados: todos ambicionan poder sobre los vecinos y naciones, y todos desean venganza. Trescientos años después del Primer Día, el Emperador Romano decretó nuestra persecución y aumentamos el secreto de nuestra fe. Reforzamos las barreras para ocultar los Siete Niveles que describían los pergaminos. Los Siete Niveles son los secretos para el cuidado y la Alianza con La Bestia.”

Los tres europeos guardaron sus puñales.

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La sabana se estremecía con el choque de miles de cascos de caballo. Los nómadas, cabalgando a pelo, como lo hacían desde tanto tiempo atrás que lo habían olvidado, arreaban las manadas hacia los corrales.

Lionardio dibujaba el diseño de un globo de forma elíptica, con un arma que podía disparar muchos tiros, uno tras otro, desde una carroza colgante. Sabía que el aparato volador funcionaba, por las cientos de pruebas con miniaturas de papel y madera liviana. Sólo había un gran problema: ¿Cómo mantener el aire caliente? El cargamento de leña, para un viaje corto, era tan grande que no podría levantar vuelo. Con respecto al arma de fuego, resultaba tan pesada, por la multitud de engranajes de acero, que todavía era sólo un proyecto en papel pergamino.

En medio de la sabana, vio acercarse cuatro mil jinetes, con los aperos de la caballería. La nube de polvo parecía una aureola de fuego, bajo la incandescencia del sol veraniego. Desde una terraza de Fortaleza Apure, con ocho torres artilladas y adornadas con grandes estatuas de caballos, fabricadas en bronce, vio cuando levantaron el rastrillo de la puerta principal. Su nieto, Temuyin, pasó al galope, montado en un poderoso caballo de guerra, desarrollado con los métodos de crianza del fallecido Greger Moendel, como todos los demás utilizados por la Invencible Caballería Caribe. Ese nombre, Temuyin, fue idea de Lionardio, lo recordaba escrito en uno de los pergaminos que había traído a sus manos la técnica para fabricar pólvora y cañones. Mencionaba un poderoso caudillo en Asia, con su infantería venció ejércitos superiores en número y preparaba una invasión al sur, armada con artillería. No supo de su suerte, sin embargo supuso que las enormes distancias, para recorrerlas a pie con un ejército tan grande, frustraron el proyecto y nunca pudo lograr su ambicioso plan de invadir el Imperio Romano. Ante esta amenaza, el espía robó el secreto de la pólvora, para hacerlo llegar a su Emperador Romano y equilibrar las fuerzas. Pero falló.

Lionardio intentó levantarse de la silla, no pudo, su cuerpo había perdido la juventud hacía muchas décadas. Era el único sobreviviente de los tres europeo, sus esposas y la mujer Caribe, Matajara. Con ellos desarrolló la crianza de caballos y crearon las nuevas razas, ahora el Imperio Caribe las utilizaba para arrollar las infinitas tierras continentales al norte y al sur. Los ejércitos se multiplicaron como una plaga mortal, con las alianzas impuestas a los nuevos vasallos.

La vista del anciano Lionardio se nubló al recordar su tierra natal.

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Un guerrero, ataviado con la indumentaria de un Cacique General del Imperio Caribe, con una araña negra, un jaguar y una serpiente tatuados en la cara, se arrodilló frente al anciano. Desde que lo vio de lejos sabía que estaba muerto. De todas maneras decidió hablar en voz alta, sabía que su espíritu estaba oyendo.

—Abuelo Lionardio, tu sueño se cumplirá. Nuestro Cacique Emperador Caribe autorizó la conquista de Europa. Yo, Temuyin, invadiré Roma. Será la Primera Guerra Mundial. Y la ganaremos.

¿FIN?

Excelente historia la que nos obsequia Joseín, e interesante reflexión, “¿Qué pasaría si uno de los elementos, aceleradores de la historia, desapareciera?”. Me gustó mucho la caracterización y a ambientación que el autor ha logrado con este cuento, casi parecía que uno podía oler la carne de danta.

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p>Les recuerdo nuevamente que Joseín está participando con este relato en El Desafío del Nexus de Agosto, así que si disfrutaste con esta historia, no dejes de votar pulsando el botón “Me Gusta” de facebook.

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