Joseín Moros, quien ya es un habitual por estos lares, vuelve con una nueva historia de Ciencia Ficción, Gargan, un “humano verdadero”:

Androide de Joseín Moros

Androide de Joseín Moros 

 

GARGAN

Gargan despertó, miró por la ventana y a lo lejos entrevió la luz del atardecer, la aldea parecía construida debajo de una mesa con muchas patas de cien o más metros de alto; sobre aquella estructura estaba la metrópoli, cubriendo una extensión de ciento cincuenta kilómetros de diámetro. El anacronismo entre los poblados de la oscuridad y los rascacielos iluminados por el sol, era un espectáculo frecuente en la mayoría de los planetas del imperio “Eterna Humanidad”, nuevo nombre desde el cambio de poderes ocurrido casi trescientos años atrás.

Ya cerrada la noche Gargan llegó al centro de la plataforma en la región de perenne tiniebla, calles iluminadas con faros de gas mostraban sombras en continuo parpadeo. Entró al arcaico edificio de piedra, sus dos metros y treinta centímetros de estatura, aunados al enorme peso de huesos, músculos y traje blindado, le abrieron paso con facilidad entre los consultantes de Eparía la sibila, mujer misteriosa procedente nadie sabía de dónde. Los peregrinos venían desde las profundidades de la galaxia, en su mayor parte civiles de gran fortuna. Gargan era un guerrero, no practicante de este culto aparecido apenas un milenio atrás; supo de su existencia la semana anterior, mientras deambulaba calles abarrotadas de burdeles colindantes a su posada.

Dos gemas doradas, botín de guerra en FK2 del sistema 20M385, le abrieron las puertas. Penetró con grandes pasos al extenso recinto circular, iluminado con teas, repleto de tesoros abandonados por los visitantes. Habló con ímpetu, tal vez intentando parecer fuerte.

—Soy Gargan, hijo de Algatea, nací campesino, la sangre de vacas pariendo fue la única que había corrido por mis manos, y la de mi madre, cuando asistí el parto de mis hermanos. Nunca tuve descendencia, de niño creí que mis terneros engendrarían muchos más y en las noches de lluvia oí sus risas venir del futuro. Era feliz. A los diez años fui reclutado.

Eparía, la sibila, apenas cubierta con la cabellera blanca, era de apariencia muy juvenil; su voz cascada parecía tener miles de años. Estaba de pie, sobre un pedestal de oro y piedras relumbrantes.

— Eres un guerrero, matar te es permitido por todas las creencias. ¿Porqué tal agonía?

La ronca voz del hombre hizo temblar las llamas de las antorchas.

—Llegamos como lluvia infernal sobre aquel planeta, debíamos destruir un androide con cuerpo de mujer, acusada de algo único, desconocido y letal para la raza humana. No teníamos manera de identificarla, convenía arrasar con todas. La guerra contra los “imperfectos” me había dado riqueza y poder, si los vientos de la galaxia me ayudaban al menos estaría en la ciudad dónde fuera destruida y mi paga sería inmensa. Imaginé mi retiro regresando a la Tierra, abrazando mis terneros, cantando a la llanura.

—Y fue así. Apareció frente a tu arma —aseguró la voz de anciana —, eres el legendario Gargan, “el soplo astral”, todos supieron de tu epopeya. Luego desapareciste.

El guerrero bajó el volumen de su ronquido, como la advertencia de una fiera. Su gruesa piel, endurecida en laboratorios del ejército, brillaba de sudor a pesar del frío y los vapores del aliento se elevaron a la oscuridad. Nuevas palabras brotaron como desplome de piedras.

—Dejando cientos de cuerpos desgarrados tras de mí, subí hasta una torre defensiva deformada por los impactos, me encontré frente a varias de ellas, preciosas como los sueños, irradiaban aroma de perfumes misteriosos. Recordé las creencias de mis abuelos: tenía diosas del Paraíso frente a mí.

La sibila Eparía lo miró con ojos muy claros, parecían no tener pupila. Gargan se sintió traspasado por dos floretes de hielo. La boca de la mujer casi no se movía al pronunciar palabras.

—Y una de ellas se adelantó ¿verdad?, sonrió con dulzura y abrió el pectoral de la armadura hasta el pubis. La belleza de sus pechos te hipnotizó y tus ojos ninguna otra cosa miraron. ¿Pensaba seducirte?, creíste de inmediato. Estaba indefensa, tu espíritu guerrero se sobrepuso y disparó.

Gargan cayó de rodillas, el choque contra el suelo produjo un estremecimiento en las paredes del santuario. Un ahogo, tal vez de llanto, interrumpió el sonoro aliento de bestia descomunal.

—Quise con la fuerza de mi alma detener la descarga cuando comprendí que en verdad me mostraba su preñez. Demasiado tarde, el proyectil fue desviado, pero la amplitud de la centella eléctrica la tumbó.

Eparía gritó, las venas del cuello inflamadas como cables azules, parecía narrar la muerte de su estirpe.

—Y se interrumpió la batalla en todo el planeta, cada androide oyó cuando aquéllos dos corazones se detuvieron, en ese instante la semilla de su esperanza murió. Abandonaron la defensa y fueron destruidos por tu ejército de “seres humanos verdaderos”

Gargan intentó desgarrar el peto de su coraza, sus dedos temblaban y no logró separar las placas. Aquellos ojos enrojecidos vertieron lágrimas sobre la piel correosa.

—He matado millares de humanos y galácticos de toda clase, llegué al fondo con sólo una muerte. En aquel momento oí el llanto de millones cuando murieron antes de ser concebidos. ¿Por qué los vientos de la galaxia me llevaron allí? ¿Qué hice para sufrir este infierno? Yo Gargan, inmerecido hijo de Algatea, soy el verdugo de algo que no sé cómo llamar: ¿otra humanidad en verdad compasiva?

Eparía señaló con un dedo largo y afilado.

—Allí hay dos copas iguales. Una es Cicuta.

Con voz estentórea Gargan rugió a lo alto.

—Si el azar existe no quiero ser su víctima una vez más. Por lo menos en este instante aspiro ser dueño de mí destino.

Con una en cada mano bebió las dos. Creyó oír mugido de ganado, el soplo del viento sobre infinitos pastizales, risas de niños y mujeres cantando.

Eparía sintió piedad, clemencia de androide, dolor, tristeza y resignación por el amargo destino de su especie.

Gargan cayó muerto y fue incinerado en los siguientes treinta segundos; partículas de humo salieron por la chimenea, cada una se apartó de la otra, como horrorizada, y se perdió en el espacio.

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p>Josein Moros_thumb Autor: Joseín Moros

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