Desde chile nos llega el joven escritor Joaquin Toro con una historia para nuestro Sexto Concurso de Relatos:

Entre Sombras – El Claro del Tributo

Antonia estaba muy enojada cuando salió de su casa esa noche, había peleado con su novio y él ni se molestó en detenerla mientras ella salía corriendo hecha una fiera.

Mientras Antonia corría y derramaba algunas lágrimas, comenzó a sentirse desorientada, como si se hubiera adentrado en un parque que nunca había visitado. Lentamente comenzó a notar que ya no estaba ni cerca de su casa. Dio la vuelta esperando ver la calle por la cual venia corriendo, pero en vano abría más los ojos pues todo lo que había era un espacio oscuro lleno de ramas, arbustos y voces desconocidas de gente que ni siquiera estaba presente. Volvió a mirar hacia el frente y notó que había una cabaña a lo lejos. Caminó varios pasos por un camino de tierra que solo era más claro por la luz de la luna.

Antonia iba a sacar su teléfono para llamar a alguien pero al hacerlo se percató de que no había señal. Siguió caminando con las piernas temblando y con un nudo en el estomago que se hacía cada vez más agudo. Al acercarse a la cabaña comenzó a escuchar risas desenfrenadas de la gente que se encontraba ahí. Apenas llegó a la puerta sintió el olor a vino y cigarro que provenía del interior. Tocó la puerta unas tres veces pero nadie le abrió, de pronto, la voz de una vieja ebria con acento alemán le gritó:

¡Cinco y más fuerte!

Con una mezcla de vergüenza y miedo, Antonia volvió a golpear la puerta más fuerte y cinco veces. La puerta se abrió por sí sola. Antonia entró esperando que alguien la ayudara. Todos estaban sentados alrededor de una mesa bebiendo y fumando, pero nadie parecía notar que ella se encontraba ahí. Parecía como si ni les importara.

Disculpen ¿podrían ayudarme por favor? Necesito ayuda yo… no sé donde estoy y…

¿Y qué te hace pensar que nosotros si? respondió un anciano borracho con la cabeza abajo.

Se empezó a escuchar la melodía de una armónica. Antonia miró hacia un rincón y vio a un joven tocando la armónica.

¡Qué dulce música toca ese bastardo! dijo la anciana ebria, la misma que antes había interpelado a Antonia.

¿Qué es todo esto? preguntó Antonia.

Es el paraíso.

¿De qué está hablando? ¡Esto no es el paraíso, maldita ebria!

¡A mí no me hablas así, mocosa! ¡Esta es mí cabaña!

Antonia estaba exhausta, tenía hambre, sed y todavía no sabía dónde estaba, sentía que estaba empezando a perder la razón, como si aquel lugar se la estuviera robando. Decidida a salir de ahí, con desesperación le preguntaba a un anciano que echaba humo de su cigarro por la nariz ¿dónde estaba? ¿Cómo podía salir de ahí?

Cariño, estas donde no deberías estar, donde a uno le gusta estar, pero siempre dispuesto a irse.

¿Qué significa eso?

Significa que aunque quisiera no podría irme de aquí, pero tú si puedes.

¿Cómo? le preguntó Antonia.

Mira, si logras quitarle la armónica a aquel joven ―señalo con el vaso de licor en la mano―, él se verá obligado a sacarte de aquí.

Antonia se acercó al joven. Era alto, tenía puesto un bonete café y sostenía la armónica en la mano izquierda.

Soy Antonia

Alfonso ¿puedo ayudarte en algo?

De hecho sí, estaba pensando… si podrías enseñarme a tocar la armónica.

Está bien dijo el joven.

Muy bien ¿y qué debo hacer?

Tú solo observa.

Antonia observó atentamente al joven, aunque estaba desesperada por salir de ahí, se armó de paciencia para lograr su objetivo, que era quitarle la armónica a como dé lugar. Antonia notó que el joven estaba muy interesado en enseñarle a tocar la armónica pero ella solo quería salir de aquel sitio, de aquella pesadilla. Observando los dedos de Alfonso, Antonia no podía creerlo, el muy bastardo sabía exactamente lo que estaba haciendo, movía sus dedos tan rápido y con tal maestría que Antonia no lograba entender cómo funcionaba dicho instrumento.

¿Ves cómo funciona?

Claro, eh… es muy sencillo.

¿Quieres intentarlo?

Seguro.

Tan pronto Alfonso dijo estas palabras a Antonia le dio un sobresalto en el corazón, sabía que esa era su oportunidad de escapar, y de repente, una fuerza desmedida la tomó por el hombro y la elevó lanzándola lejos hasta el otro lado de la cabaña, dejándola estampada en una pared de tablas roñosas.

¿Cómo te atreves? ¡Desgraciada! Esta es mí cabaña, y deberás pagar un precio para salir ¿has comprendido? le gritaba la vieja ebria.

¡Por favor! ¡Se lo suplico! ¡Déjeme ir! ¡¿Qué quiere de mí?! Le juro que no le contaré a nadie sobre este lugar, por lo que más quiera ¡déjeme ir! suplicaba Antonia, gritando y con los ojos llenos de lagrimas.

¿Por lo que más quiera? Eres una idiota si piensas que en este lugar existe algo que yo quiera, además ¿Qué te hizo pensar que sería tan fácil quitarle la armónica a mi muchacho? Jamás saldrás de aquí, Antonia.

¿Cómo sabe mi nombre?

Sabemos muchas cosas, sabemos que peleaste con tu novio, sabemos que el morirá…

¿De qué diablos está hablando? Mi novio, digo, Alejandro, no va a morir él…

Él va a morir porque eso es lo que hacemos. Nosotros respondimos al llamado de venganza en ti

No sé de qué habla, usted está loca yo me voy de aquí

Hazlo, vete si quieres pero te aseguro que correrás un inmenso peligro allá afuera.

¿Esta diciéndome que me puedo ir? dijo Antonia, sorprendida.

¡Adelante! Que tengas buena suerte.

Mitad desconcertada y mitad aliviada, Antonia se dirigió ágilmente hacia la puerta, la abrió, miró una vez atrás, y luego salió de la cabaña. Su pesadilla estaba por empeorar.

Caminaba sin saber dónde ir, la deformidad y rareza del viento tibio y salvaje besaba su rostro, mientras andaba y observaba las otras cabañas a su alrededor; parecía un pueblo abandonado, un pueblo fantasma, o aun peor, el vago recuerdo de un pueblo fantasma. El camino era de tierra y el cielo color sangre y ceniza. Antonia comenzó a sentirse vigilada, escuchaba que alguien venia caminando tras de ella, se detuvo en seco y se volvió lentamente.

¿Hola…? ¿Hay alguien ahí?

Antonia observó que algo se aproximaba abriéndose paso entre el espesor de las ramas: Un horrendo monstruo amorfo de cinco patas se dirigía hacia ella, su cuerpo estaba desnudo y su piel era blanca, tenía garras en sus patas, su cabeza se asemejaba a un cráneo humano pero era deforme, más grande, los labios eran delgados, los dientes más prominentes y los ojos apenas se dejaban ver, la quinta pata se situaba al centro de las otras cuatro. Horrorizada, Antonia emitió un gemido, el monstruo le gruñó y ella salió huyendo.

Antonia corría y el monstruo iba veloz tras de ella. Se adentró en el bosque para ocultarse pero el monstruo la alcanzó y con su quinta pata, que al parecer era más larga, la hizo tropezar; gritando llena de espanto intentó patear a su captor quien la sujetaba por lo pies, pero no, el engendro era más fuerte que ella y la arrastraba por el suelo lleno de hojas. Desesperada, Antonia agarró una piedra bien grande y se la arrojó al monstruo en la cabeza, provocándole un dolor lo suficientemente agudo como para soltarle las piernas. Antonia se levantó y arrancó velozmente de regreso a la cabaña, su andar era lento en su mente, su cabello se alborotaba al voltear la cabeza para ver al monstruo de cinco patas; ya estaba cerca, la cabaña estaba a unos metros, solo un poco más y llegaría a la puerta. El monstruo se aproximaba, el corazón de Antonia estaba a punto de sucumbir al cansancio de la acción, finalmente llegó a la puerta y empezó a tocar desesperada y a gritar:

¡Ábranme la puerta! ¡Ábranme la puerta! ¡Por favor abran la puerta!

¡Cinco y más despacio! le contestó la vieja ebria desde adentro.

¡Nada de eso! ¡Ábreme la puerta, maldita ebria!

¡¡Cinco y más fuerte!! repitió la anciana.

Temblando e intentando apaciguar su histeria, Antonia golpeó la puerta hasta completar cinco veces, y por cada golpe, el monstruo que ya estaba a unos dos metros, daba un paso hacia Antonia. En un instante que pareció durar una eternidad, la anciana borracha, quien se movía con dificultad, finalmente abrió la puerta dejando que Antonia entrara y la cerrara de golpe y porrazo.

Te lo dije. Te dije que correrías más peligro allá afuera que aquí dijo la anciana con tono arrogante y burlón.

Ya basta, dígame qué es lo que quiere de mí.

Está bien, supongo que podríamos hacer un trato tú y yo.

¿De qué está hablando?

Verás… alguien debe morir, si no hay un muerto, yo no me beneficio.

¿Qué significa eso?

Pazuzzu. Él es un demonio vengativo y es la razón por la cual has cruzado la frontera entre tu mundo y el nuestro, él respondió al deseo de venganza de tu novio, quien te maldijo y te puso en esta dimensión.

Antonia quedó en shock. No podía creerlo. Alejandro la había maldecido.

Lo lamento, bueno de hecho no lo lamento tanto, en fin, el asunto es que alguien debe tomar mi lugar, o bien ese alguien debe venderme su alma o la de la persona que lo o la maldijo.

Antonia no sabía qué hacer, estaba confundida en la dicotomía sentir-pensar, ya no amaba a Alejandro pero aun así sentía que no podía vender su alma para salvarse ella. Tras pensarlo una y otra vez tomó una decisión.

Te venderé el alma de mi ex dijo Antonia con frialdad.

Muy bien, ahora debes hacerlo oficialmente, para eso debemos ir al “claro del tributo” que es un claro en el bosque donde se hacen los intercambios.

Bien, vamos entonces.

Antonia y la anciana dejaron la cabaña y se dirigieron al “claro del tributo” a medida que iban caminado Antonia escuchó algo tras ellas, se dio vuelta y era él, el monstruo de cinco patas.

¡Dios mío, es el! ¡Es el monstruo que me estaba persiguiendo!

Antonia y la anciana arrancaron de inmediato hacia el bosque logrando confundir al monstruo, quien al parecer se encontraba malherido por el piedrazo de Antonia.

¿Qué es esa cosa? le preguntó Antonia a la anciana.

Ese es pazzuzu.

¡Es horrible!

Lo sé, y no siempre tiene esa forma, a veces le salen alas, cuernos de cabra en la frente y patas de ave rapaz.

Pues las patas si las tiene, rasgó mi falda cuando casi me atrapa aquí en el bosque.

Caminando y un poco más calmada, la anciana guió a Antonia hacia un claro en el bosque bajo el cual brillaba la luna menguante.

Este es el “claro del tributo”. Debemos apresurarnos, no tenemos mucho tiempo.

¿Por qué dice eso?

Bueno… resulta que una vez que la luna termine de menguar ya no puedes irte.

¡¿Qué?! ¿Y me lo dice ahora?

¡Ay ya cálmate! solo debes decretar el pacto en voz alta dentro de este anillo de hojas secas de nogal. Vamos, anda, antes de que pazzuzu llegue y te coma viva ―a la anciana no pareció disgustarle aquella idea.

Antonia no alcanzó a pisar el interior del aro de hojas secas cuando de la nada salió pazzuzu con sus cinco patas y la derribó lanzándola contra un árbol. El demonio empezó a hablar ronco:

¿Pensabas irte, mujerzuela? No lo creo.

¡Ella hará un trato pazzuzu! exclamó la anciana.

Oh ¿de veras? Pues mira el cielo y llora, Antonia dijo el demonio.

Antonia se levantó y alzó la vista: la luna ya casi acababa, quedaba apenas una uñita de luz tapada por nubarrones. Hubo silencio por varios segundos, y una eterna expectación por parte de todos, de pronto, la anciana saltó intrépidamente sobre lomo de pazzuzu.

¡Corre! ¡Entra al aro! ¡Entra al aro! gritó la anciana.

Antonia corrió a toda prisa, saltó dentro del aro, cerró los ojos y decretó en alta voz:

¡Yo, Antonia de los ángeles, rindo tributo a pazzuzu, haciendo trueque oficial de mi alma y mi cuerpo por los de Alejandro Casablanca…! ¡que así sea!

Dichas estas palabras, Antonia sintió un viento huracanado que soplaba y azotaba su cuerpo amenazando con derribarla. Sin abrir los ojos y en medio de toda esa gótica algarabía sobrenatural, Antonia escuchó una voz áspera que cada vez se hacía más lejana.

De acuerdo, tú ganas Antonia, yo, pazzuzu, demonio sumerio de los vientos del sudoeste, acepto el alma y el cuerpo de tu aval, Alejandro Casablanca, en remisión del acuerdo antedicho. ¡Que así sea!

Antonia cayó en un soporífero y profundo letargo que hizo parecer todo lo vivido como una pesadilla, despertó en medio del parque por el cual caminaba antes de lo sucedido, estaba oscuro, parecía que el tiempo no había transcurrido. Antonia miró hacia todos lados, todo se veía normal. Caminó hacia su casa y al llegar se acostó. A la mañana siguiente fue a casa de Alejandro y lo comprobó: Alejandro no estaba y su madre estaba preocupada. Antonia se retiró y se dirigió de regreso a su casa. Pasó por el parque y al caminar, sintió un intenso olor a cigarro. Siguió el olor y vio algo que brillaba en el suelo, era una armónica.

Fin

Joaquín Toro. 

Muchas gracias a Joaquin por participar en nuestro Concurso.

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