Nuestro amigo Damián Neri también participa en nuestros Cuarto Concurso de Relatos. Damián es un joven de Villahermosa México pero en estos momentos está estudiando en el D.F.
Indomitable

El Viaje de un Cartógrafo

 
Autor: Damián Neri

Sraqaddi Cousteau llegó a los Pilares de la Creación, a miles de años luz de su planeta natal, luego de viajar durante varios años de tiempo relativo a bordo de la nave Zodiak.

Lo que observó desde las pantallas del interior de la cabina era polvo, algunas veces oscuro y otras tan brillante como el brillo de varias supernovas, con ondulaciones como tentáculos y continentes a la deriva, salpicado de brillantes luces, algunas cercanas como soles y otras tan lejanas como los sueños del hombre. Un cuadro digno de un gran pintor. Desde allí no podía apreciar la forma de los pilares pues estaba dentro de ellos.

La nave en la que viajaba era una simplificación de las primeras naves que habían surcado las estrellas y de regreso al pasado a través de la red de tubos de Krasnikov, tenía sólo doscientos metros de diámetro y forma de platillo algo más angosto de proa que de popa. Su forma aerodinámica era necesaria por si se requería descender en un cuerpo con atmósfera. Cuando viajaba, un kilométrico campo electromagnético rodeaba la nave y aceleraba el hidrógeno interestelar hacia popa. Además del campo, varios cohetes en los costados se encargaban de la orientación y de la propulsión a bajas velocidades.

De pequeño, Cousteau había leído e interactuado con muchas de las sensograbaciones de uno de sus héroes y, siempre lo declaraba orgulloso, uno de sus antiguos familiares: el legendario oceanauta Jacques-Yves Cousteau de la Tierra, planeta con el que se había perdido contacto antes de que los abuelos de Sraqaddi nacieran. Sraqaddi usaba un gorro rojo, como lo habían usado algunos oceanautas cuando navegaban sobre frías aguas de elevadas latitudes, y, más específicamente, como lo había usado su ancestro, a quien se parecía mucho, aunque Sraqaddi era de piel más bronceada y ojos oscuros como los abismos interestelares.

Salió de la cabina y de adentró en la sala de cartografía, la parte principal de la nave. En el centro había una gran estructura holográfica con forma de campana, que comenzó a desplegar información, se trataba de la computadora central. Repasó los datos que una sonda de preexploración había recolectado. La sonda había observado una zona de forma y densidad inusuales que estaba muy cerca de una potencial ruta interestelar y luego había regresado por un tubo de Krasnikov con su informe.

Cousteau ya estaba acostumbrado a anormalidades elementales y naturales, como el debilitamiento ínfimo de las ondas electromagnéticas por la variación en la interacción fotónica, o la polarización de amplias zonas del espacio que hace imposible la vida a base de carbono, u otros efectos que son consecuencia de la ligera variación de las leyes de la física de una zona a otra. Estas fueron cosas que les parecieron increíbles a los hombres que vivieron antes de la era en la que la humanidad expandió sus horizontes más allá de su sistema de origen. Recordemos lo que dijo, allá en el lejano 2297 d.C., el físico Ali S. Godoy, en una de sus publicaciones para la revista New Physics:

Nuestra ciencia experimental siempre estuvo basada en mediciones realizadas en tiempos humanos, lugares humanos y condiciones humanas. Cuando estos tiempos, lugares y condiciones cambiaron, nos dimos cuenta de que las constantes también cambian.”

Pero para Sraqaddi encontrarse con situaciones así era una cosa normal.

Ahora su nave estaba quieta en el espacio, en medio de una zona de gran concentración de polvo, dentro de los Pilares de la Creación. Buscó en las pantallas algo que le indicase por dónde empezar, y luego de algunas horas de observación encontró una región, entre las enormes nubes de polvo y gas que se extendían por cientos de años luz, donde la consistencia del medio cambiaba drásticamente, dando paso a un plasma de baja densidad. Era de lo que hablaba el reporte de la sonda robot. La región tenía la forma de un elipsoide, casi esférico, y su volumen comenzaba a algo más de setenta años luz de distancia desde donde ahora se encontraba. Quería acercarse más, y tenía que hacerlo para efectuar las mediciones, si es que se podían efectuar. Aunque nunca su lugar de estudio había quedado tan lejos de su punto de partida, y temía perder el extremo del tubo al que tenía que introducirse después. Corría el riesgo de no poder regresar a Dreaya a 31 días después de su partida, como estaba previsto. Se retrasaría un poco, que no era tanto problema. Así que colocó una sonda robot fija en las coordenadas de Minkowski de la entrada del tubo, y aceleró en su nave hasta la burbuja, a setenta años luz de distancia, donde probablemente alguna ley fallaba.

La nave fue acelerando poco a poco hasta que alcanzó velocidades relativistas, mientras un tubo de materia exótica se formaba a su alrededor conforme avanzaba. Sraqaddi durmió casi todo el tiempo que duró el viaje. Cuando despertó, vio la zona muerta, como la había nombrado en su mente. Desde lejos era sin duda diferente, pues ahora todo era una inmensa y vacía negrura. La región era una burbuja de unos dos años luz de diámetro, una burbuja vacía, que contrastaba con los millones de años luz cúbicos de denso polvo que la rodeaban, cuna de futuras estrellas. Por un efecto visual que se da a grandes escalas, la burbuja parecía doblarse y engullir a la Zodiak.

Cousteau programó una sonda robot, que salió de la nave. La sonda anduvo navegando por unos minutos y, justo cuando llegó a los límites de la zona muerta, ésta se desintegró en una gran explosión. Cousteau ya esperaba dicho resultado y eso sólo servía como confirmación. Manipuló los controles y la nave emitió un haz de luz a través de la zona muerta, pero éste sólo sufrió las dispersiones y los efectos que eran de esperarse. Los detectores encontraron neutrinos asociados al decaimiento de neutrones, residuos de una explosión nuclear. Sraqaddi ya tenía una idea clara de lo que allí pasaba.

Las cámaras de la nave enfocaron una región del espacio y, en un extremo de la pantalla que Cousteau tenía enfrente y debajo de él, apareció un objeto, una espiral gigantesca que se iba trazando en el espacio cubierto de polvo. La espiral tenía un brillo azulado y, aunque Sraqaddi Cousteau nunca se había topado con algo así, supo de inmediato lo que era: una espiral cósmica, un fenómeno bastante raro que se forma principalmente por el movimiento del material en un sistema binario de estrellas o por ciertos tipos de cohetes, aunque se necesitaría un cohete realmente enorme para generar una espiral así.

Los sistemas de la nave calcularon que la espiral se movía en dirección a la zona muerta y su velocidad aparente era lo suficientemente grande como para entrar en la zona en menos de seis horas de tiempo relativo. Las cámaras enfocaron el centro de la espiral y Cousteau vio algo que al principio pareció no asimilar. Era una esfera, de un tamaño menor a un planeta, de color similar al del polvo que le rodeaba. Una nave-planeta.

En unas horas, la gigantesca nave sería destruida al entrar en la zona muerta.

Una cosa así debía de estar controlada por alguna inteligencia, y tal vez más grande que la humana, pues en todos los mundos que el humano había colonizado nadie se había atrevido a navegar en el frío vacío interestelar a bordo de una nave de esas características. ¡Era una locura!

Tenía que informarles, porque parecía que no lo sabían, del peligro que les esperaba más adelante. Quizá podría acercarse al planeta errante tanto como para llamar la atención y hacerlo virar, o podría descender en él e informar a quienes viajaran a bordo de tal peligro. Aunque, si la nave llevaba mucho tiempo viajando, lo más seguro era que la tripulación se mantuviera en animación suspendida o que sus integrantes fueran seres tan longevos como las civilizaciones del Afuera. Era difícil imaginarse con lo que uno se encontraría.

La computadora le informó que la distancia a la nave-planeta era de tan sólo dos minutos luz, desde sus coordenadas. Podría llegar a tiempo.

Los cohetes laterales posicionaron a la nave en dirección hacia el errante, los campos electromagnéticos se desplegaron, abarcando el volumen de mundos enteros, y la nave comenzó a acelerar, fusionando el hidrógeno detrás de ella, que en aquel sitio era muy abundante, y se acercó poco a poco a la nave-planeta.

No tardó mucho para que la tuviera cerca, ahora podía percibir los detalles de su superficie, trazos del color de las playas de Omey-Mayeg. La superficie no era lisa como habían captado las cámaras desde lejos, pues tenía secciones que parecían compuertas, algunas pequeñas y casi puntuales y otras de varios kilómetros de diámetro. Estaba tan cerca de la nave-planeta que podía ver el horizonte en todas direcciones. Mandó al ordenador principal de la nave que inspeccionara todos los canales de radio en los que los tripulantes de la nave pudieran estar emitiendo, en uno de ellos detectó un lenguaje hablado, mas no pudo entender lo que decía.

Luego vio un ojo: una pequeña sonda que se posó frente a la nave, y eso fue todo.

***

Despertó sintiéndose mareado, respirando un olor a desinfectante que era casi tan irritante como el ácido clorhídrico. Se dio cuenta de que sus ropas no eran las de antes sino que llevaba puesta una playera de una fibra parecida al algodón y unos shorts, y no llevaba su gorro rojo. Olió su piel y era el mismo olor a desinfectante que impregnaba el aire.

El lugar estaba muy iluminado, las paredes eran blancas, dolían los ojos al verlas, y el suelo estaba compuesto de hexágonos regulares. Las paredes se unían con el suelo y con el techo sin formar esquinas. En una de las cuatro paredes vio una puerta y en la puerta una pequeña ventana. El lugar en su conjunto parecía uno de aquellos cuartos de los antiguos manicomios. Vio a un hombre tirado junto a él, en el suelo, vestido con la misma playera y los mismos shorts. Gateó para acercarse más y luego le habló:

—Oiga —sacudió el brazo del hombre—, ¡oiga! —el cuerpo giró un poco y Sraqaddi le tomó el pulso en el cuello: era normal. Luego le levantó un párpado y vio dilatarse su pupila al tiempo que el hombre se incorporaba y parecía ponerse de pie, pero cayó sentado y se arrastró a uno de los extremos de la habitación. El hombre estaba agitado. Luego de mirar a Sraqaddi varios segundos, dijo:

—Oiga. Ha usted dicho oiga.

Sraqaddi Cousteau pensó por un momento que el hombre debía ser retrasado.

—Eso es lo que he dicho.

—No debe de ser como ellos —dijo el hombre, hablando como para sí mismo—. Es extraño encontrar alguien que hable el idioma de Dreaya tan lejos de casa. Dígame, ¿cómo ha llegado aquí?

—¿Aquí? ¿Se refiere aquí a esta enorme nave, donde estamos seguramente, o aquí a los Pilares de la Creación?

—¿Ha dicho usted nave? —el hombre se sobresaltó y se puso de pie—. ¿Cómo sabe que esto es una nave?

—Fui capturado cuando me acercaba a un objeto de no menos de mil quinientos kilómetros de radio. Usted… —se había dado cuenta de las cicatrices que el hombre tenía en su cuello, y señaló las propias—, usted ha hecho un viaje con un tiempo considerable de hibernación hacia una zona del espacio donde no hay más que polvo sin vida. ¡Usted es un cartógrafo!

El hombre caminó hacia él, como si contara sus pasos.

—No vine a esta zona, precisamente. Me capturaron hace ya varios años. Mi nombre es Roberter Jainey —dijo, y le tendió la mano—, octava generación de cartógrafos de Dreaya.

Cousteau también se presentó, le tomó la mano y se levantó del suelo.

—Lo siento si no hay tiempo de una cháchara entre colegas —dijo Cousteau—, pero hay que hablar con alguien de este lugar.

—No logrará mucho, yo estuve intentando que alguien me dijera por qué me habían traído aquí pero nunca conseguí respuesta.

—¿No vio cuando me echaron en esta celda?

—Estaba dormido. Quizá no hizo demasiado ruido cuando lo trajeron.

—¿En qué nave venía usted?

—Amatista. Me imagino que sabrá cuál es.

—Sí, esa nave figura en los reportes como extraviada. —Sraqaddi le contó los detalles principales de lo que le había pasado a la nave de seguridad que había viajado antes a esa zona y le informó sobre la región donde alguna ley fallaba—. Allí nos dirigimos ahora, si el planetoide no ha cambiado de curso. —Se levantó y se asomó por la ventanita de la puerta. Afuera se veía un inmenso pasillo, también blanco, con puertas a los lados—. ¡Al capitán… —comenzó a gritar, y se le ocurrió que una persona que ostentara el grado de capitán no podría conducir una nave así, ¿o sí?—. ¡A quien dirige esta cosa, díganle que se está acercando hacia una región muy peligrosa y su nave será destruida al llegar a ella! —esperó a que alguien le contestara pero no obtuvo respuesta, se volvió a sentar.

—No le recomiendo que intente romper la puerta —le dijo Roberter y le mostró las cicatrices de sus manos—, no logrará mucho.

Pero la puerta se abrió. Los dos hombres miraron con ojos como platos y vieron a una niña de cabello rubio y contrastantes ojos negros. Ninguno de los dos había visto a una persona rubia antes, pues la gente de Dreaya tenía toda el cabello negro o castaño oscuro y a nadie parecía interesarle pintárselo de otro color, además, el destino de un viaje cartográfico normal era a un planeta sin vida pero que pronto sería dreayaformado y ocupado, así que las únicas personas que veían eran las de su propio planeta cuando comenzaba la ocupación.

—Acompáñeme —dijo la niña con dulce voz y acento extraño. Le hablaba a Sraqaddi, y cuando vio que Roberter se levantaba, le dijo—: Usted no, sólo él —y salió, dejando abierta la puerta tras de ella.

—Quizás escuchen mis palabras —le dijo Sraqaddi a Roberter.

—Oye, quizá podríamos… —le dijo, señalando con la vista la puerta abierta.

—¿Crees que así escaparás con vida de una nave como esta? —se alejó y cruzó la puerta.

Roberter vio cómo la puerta se cerraba.

La niña guió a Sraqaddi, tomándolo de la mano y caminando con pequeños saltitos. Él parecía desconcertado. Pasaron puerta tras puerta del pasillo hasta que éste se terminó y dio lugar a una gran sala con sillas y mesas y grandes pantallas en las paredes. Luego de cruzarla llegaron a un amplio espacio abierto. Parecía un enorme jardín, con árboles de gruesos troncos y de más de cien metros de alto, y una alfombra de pasto de aspecto y olor a recién cortado que cubría todo el lugar. Era una cúpula gigantesca. El cielo, porque había cielo, debía de ser una proyección sobre la cúpula. El sol parecía tan real que hasta se sentía en la piel. Había muchas personas en aquél lugar, todas corriendo o practicando algún deporte, o charlando simplemente, y nadie parecía notar a Sraqaddi.

La niña dio un salto justo frente de él. Parecía contenta.

—¿A qué quieres jugar primero? —le dijo ella, con una enorme sonrisa.

Cousteau tuvo un sobresalto.

—No juego si no tengo puesto mi gorro —dijo, pues no sabía qué responder ante una pregunta tan fuera de contexto.

La niñita apretó los labios y salió corriendo hacia una ventana grande, a un lado del túnel de donde habían salido. Se estiró hacia dentro de la ventana y sacó algo rojo. Cousteau no lo podía creer, la niña venía corriendo con su gorro.

—Aquí está —dijo satisfecha.

Sraqaddi inspeccionó el gorro y se dio cuenta que era exactamente el mismo; se lo puso en la cabeza.

—¿Ahora ya vamos a jugar? —preguntó la niña.

Sraqaddi arrugó la frente.

—Mira, necesito hablar con alguien. Todos aquí corren un gran peligro. Morirán si no desvían su ruta. Llévame con alguien a quien le pueda informar.

Pero la niña no se inmutó. En cambio dijo:

—¿Qué te parece allí? —y señaló un sube y baja—. El juego es de dos. Si no sabes, te enseño —la niña ya se había adelantado.

Sraqaddi se hartó y corrió hacia la ventana desde donde la niña había sacado el gorro. Se asomó, pero el lugar estaba oscuro. Alcanzó a distinguir una sombra.

—¡Veo alguien dentro! —gritó—. ¡Necesito hablar con alguna autoridad aquí, su nave corre un gran peligro!

De las sombras vio salir a un hombre gordo. Se preguntó por qué era tan gordo, ante lo sencillo que era el tratamiento para adelgazar.

—Escuche, joven —le dijo el hombre gordo—, no debería de abandonar a una cita así. La señorita lo está esperando —le guiñó un ojo—. Joven, el juego es de dos.

Sraqaddi estaba desconcertado. El sujeto le parecía repugnante. Se alejó de él y se dio cuenta de que había más ventanillas sobre la misma pared que rodeaba el extenso parque. Buscó en la siguiente de ellas. Detrás de la siguiente ventanilla estaba una joven con uniforme rojo y blanco, a rayas.

—Bueno días, señor —dijo amablemente—, ¿en qué puedo servirle?

—Necesito hablar con alguna autoridad de este lugar. ¿Acaso no hay ninguna?

La mujer era ahora la que parecía desconcertada. Vio a la niñita que esperaba impacientemente sentada en el pasto cerca del sube y baja, la señaló.

—Ella lo está esperando, señor —la mujer sonrió como si hubiese sido de gran ayuda.

—¡Oh, carajo! —exclamó Sraqaddi y caminó rápidamente, con las palmas extendidas, hacia la niña. Ésta se levantó y sonrió.

—Te tienes que sentar en el otro extremo —dijo ella.

Sintió que se iba a volver loco, pero caminó hacia su asiento en el sube y baja y se sentó. La niña aplaudió, emocionada, tomó las asas y se impulsó con los pies. Ella se levantó del suelo y él descendió del otro lado. Sraqaddi pesaba más, pero parecía que tuviesen el mismo peso. Dos niños pasaron junto a ellos pateando una esfera plástica, que Sraqaddi analizó mientras ésta volaba por los aires. El movimiento de subir y bajar con esa palanca simple, impulsándose con los pies, le resultó relajante. Luego de un par de minutos, Sraqaddi preguntó.

—¿Cuando podrás hacerme caso y decirle a alguien que van a morir si no desvían su trayectoria?

—¿Te gusta la resbaladilla? —preguntó ella, bajándose inesperadamente del sube y baja y dejando caer violentamente en el pasto a su compañero de juego. Luego ella se acercó para ayudarlo a levantarse—. Oh, lo siento, no es forma de tratar a mi invitado —Sraqaddi se levantó—. Además, la resbaladilla no es un lugar para hablar tranquilamente. ¿Qué te parece allí? —señaló unos asientos, o al menos él supuso que servían para sentarse, tenían formas de animales; uno era un enorme pato y el otro una tortuga, también de gran tamaño. Ella se sentó en el pato, de lado, mirando hacia él, y él en la tortuga.

Todo eso le parecía demasiado absurdo.

—¿Ahora me harás el favor de atender mi petición? —preguntó Sraqaddi.

Debajo de él, sintió que todo se movía. La tortuga estaba avanzando. En cambio, el pato de la niña permanecía estático, pero de pronto vio que parpadeó y giró la cabeza. El animal emitió un graznido.

La niña sonrió y acarició el costado del pato.

—Gracias por jugar conmigo —dijo la niña, sonriente—. Ahora te atenderé.

Sraqaddi se estremeció. ¿Quién demonios es esa niña?

—Cuando gritaste en tu celda —continuó la pequeña—, Máquina observó los alrededores y encontró el lugar del que hablabas. Ella dice que ese lugar es como una burbuja de la muerte. Eso dijo ella. ¿Qué me dices tú?

Sraqaddi reparó en que los términos usados por Máquina eran como los suyos. Pero ¿qué diablos era Máquina y por qué la niña se refería a Máquina como ella?

—Yo…, yo… —se sintió desorientado, hizo algunos ejercicios de respiración y respondió a la niñita, que ahora estaba alimentando al enorme pato con algo que tenía en la mano—: En esa región del espacio la fuerza nuclear débil es distinta, eso hace que un cuerpo, al entrar allí, sufra un decaimiento de sus neutrones y los núcleos se inestabilicen tanto que se genere una enorme explosión nuclear.

—¡Guau! ¿De verdad? —dijo la niñita, con los ojos bien abiertos—. ¿Por eso estabas en esta zona, estabas estudiando la burbuja de la muerte?

Sraqaddi asintió.

—¿Hay otras zonas en las que las cosas exploten? —preguntó la niña—. Ah, por cierto —sacó una bolsita de su vestido. El pato avanzó hacia la tortuga para que la niña pudiese darle la bolsita a Sraqaddi—, dale esto a Lenore.

Era comida. No tardó mucho para deducir que la tortuga en la que estaba sentado se llamaba Lenore. La bolsa tenía una cerradura magnética que se abrió fácilmente, sacó un puñado del alimento y lo colocó, con algo de temor, frente a la filosa y enorme boca de la tortuga, y ésta comió con parsimonia.

—¿Sabes —le preguntó él— hace cuánto tiempo me trajeron aquí? —se dio de cuenta que su pregunta estaba mal en un sentido: en que lo más probable es que ellos no contaran el tiempo en las mismas unidades familiares para él.

—Sí —dijo la niñita—, hace tan sólo dos horas. Pero no respondiste mi pregunta.

Era una ventaja que también contaran el tiempo en horas y probablemente en sus derivados sexagesimales. Eso indicaba que sus pueblos tenían lazos en común. Si lo hubieran dejado dormir o hubiese permanecido en estado inconsciente, mientras le hacían quién sabe qué cosas, seguramente ya todos habrían muerto.

—Eso es lo que hago —dijo Sraqaddi—, detectar zonas con anormalidades en las leyes físicas para tomar precauciones en las rutas interestelares.

Estaba soltando demasiado la lengua, y de manera gratuita.

La niña sonrió.

—¿Donde está tu planeta? —preguntó ella—, ¿hay mucha gente allí, verdad?

La niña lo miró alegre, esperando tranquilamente a tener su respuesta.

—¿Quién eres?

—Sí, —dijo la niña—, tienes razón, hay que ser justos con las preguntas y las respuestas. —Alimentó de nuevo al pato superdesarrollado y guardó el resto del alimento—. Soy Nadia, amiga de Máquina. Ella maneja. Sólo que ahora ella está muy triste y me ha dicho que se quiere suicidar. Ella sabe que el suicidio no es bueno —la niña comenzó a sollozar. El pato, con un ligero graznido, acercó su pico para secarle las lágrimas—, pero dice que no quiere estar así más tiempo, y que de todas formas yo no sobreviviré en el espacio vacío, pues cerca de aquí no hay ningún lugar donde yo pueda estar.

Sraqaddi pensó que en ese momento acababa de enloquecer y todo era una alucinación, aunque lo anterior podría parecerle una alucinación también.

—Tus padres —se le ocurrió a Sraqaddi, conmovido por la niña—, ¿dónde están?

—¿Padres? ¿Qué edad crees que tengo? —preguntó la niña, con los ojos llenos de lágrimas.

—Pareces de ocho.

La niña lo miró y bajó la cabeza para seguir llorando. Luego miró de nuevo a Sraqaddi.

—Tengo muchos más que ocho pero siempre me veo como de ocho. —Y luego de una pausa, dijo—: Tal vez tú puedas hablar con Máquina, tiene tiempo que no habla con alguien más que no sea yo.

Alguien llegó caminando, Sraqaddi no vio de dónde. Era una mujer joven y esbelta y se plantó frente a Sraqaddi. La mujer acarició a la tortuga en la cabeza y luego miró fijamente a Cousteau.

—¡Máquina no quiere ver a nadie, sólo a Nadia! —dijo.

La mujer asintió violentamente y luego se retiró, desapareciendo en una de las puertas de la pared que delimitaba el enorme parque.

—Parece que no quiere verme —dijo Sraqaddi, frunciendo el seño.

—Si me dices dónde queda tu planeta tal vez decida no suicidarse —imploró la niña, él pensó que lo estaba chantajeando.

—¿Tú, Máquina y quiénes más viven en éste lugar? —preguntó Sraqaddi.

—Tu amigo.

—¿Sólo nosotros?

La niña asintió, limpiándose los mocos con la manga de su vestido.

Sraqaddi miró a las demás personas que corrían.

—¿Y ellos? —preguntó.

La niña no respondió.

—¿Dónde están los demás pasajeros?

—Máquina… —dijo la niña y se detuvo, como si alguien pudiera oírle y la castigara por hablar—, Máquina no quiso que vivieran con ella.

El hombre gordo de la primera ventana se asomó y se puso el dedo índice en los labios.

—¡Shhhhhhhhhhhh! ¡Nadia —gritó el hombre gordo—, tú bien sabes que no tienes que hablar de más! ¡Tu amiga se enojará!

Sraqaddi fue el que se enojó ante la reacción del hombre y corrió con intenciones de golpearlo. El hombre gordo lo esperó y Sraqaddi dejó caer el puño sobre su gorda cara. Se golpeó contra algo duro, pero no era la cara del sujeto sino algo metálico que estaba detrás. Lanzó un grito de dolor. El hombre ya no estaba. Un holograma, seguro era un holograma.

—¿Qué más es un holograma aquí? —gritó él.

Fue una pregunta lanzada al aire, no esperaba que alguien le diese la respuesta, y se aterrorizó al descubrirla. El cielo, el sol, la sensación del sol, los árboles, el pasto, las personas corriendo y las estructuras que había llegado a ver a muchos metros más allá del jardín, habían desaparecido. El jardín ya no era jardín, y todo ese espacio tan sólo estaba ocupado por una vieja resbaladilla, el sube y baja, la tortuga gigante y la niña sentada en el pato, y el resto era el suelo y la enorme cúpula metálica.

Miró de nuevo a la niña, como esperando a que ella también desapareciera, pero eso no ocurrió, en cambio la pequeña se bajó del pato y corrió hacia él y le mojó de lágrimas los shorts.

—Nadia —dijo Sraqaddi—, ¿cómo salimos de aquí?

***

Roberter vio la puerta abrirse. Estaba acurrucado en un extremo de la habitación y se levantó de inmediato. La niña aún lloraba, Sraqaddi la cargaba sobre su hombro, sujetándola con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo cargaba una pesada bolsa. Roberter se sorprendió al verlo, y verlo con la niña, pues había llegado a pensar que la pequeña era realmente un oficial disfrazado.

—¡Vamos! —le dijo Sraqaddi a su colega.

Roberter vio el gorro rojo en la cabeza de su colega y fue tras él. Caminaron rápido por el pasillo y entraron en una de las puertas, que llevaba a otro pasillo tapizado de gruesas tuberías en la parte superior. Sraqaddi se adelantó hasta un compartimento que estaba a nivel del suelo y de éste sacó una bolsa negra.

—Explosivos —dijo Sraqaddi—. Ahora, si no es molestia para ti, hay que subir treinta pisos usando las escaleras.

—¿Qué rayos está pasando? —preguntó Roberter—. Además…, ¿no hay ascensores en este lugar?

—La nave se dirige hacia la zona muerta —dijo Sraqaddi—, y no podemos usar nada mecánico por ahora. La nave se ha vuelto loca.

—¡Tú eres quien se ha vuelto loco, maldita sea! Y ¿qué le has hecho a esa niña, por qué está llorando?

—Rob, pronto no seremos más que polvo entre polvo, y aquí ya hay suficiente.

Comenzaron a subir las escaleras.

—En Dreaya, la Fuerza de Cartógrafos Espaciales organizaba ejercicios de teleportación —dijo Roberter—. Casi ninguno de los de mi generación aprendió a saltar siquiera diez metros de una sola vez. Teníamos un par de instructores de Omey-Mayeg, esos tipos enseñaron a un puñado de nuestros hombres a teleportarse centenares de metros, a veces hasta kilómetros, en cada salto.

—Incluso si pudiéramos teleportarnos —dijo Sraqaddi—, no sería en esta nave, al menos no si quieres seguir con vida, así que ni lo intentes.

Subieron treinta pisos. Treinta. Se dice fácil pero, cuando estuvieron arriba, Roberter se desplomó y apenas pudo levantarse. Algunos de esos pisos se recorrían después de subir más de cien escalones. Sraqaddi dejó a Nadia en el suelo.

—Nadia —dijo Sraqaddi—, ¿las naves de salvamento son a prueba de bombas?

La niña asintió. Sraqaddi pensó que no había comprendido la pregunta.

—¿Resistirían una detonación de dos kilogramos de estos explosivos?

—¡Oh! —dijo la niña, mirándolo a través de sus ojos hinchados por tanto llorar—, un kilo es suficiente para romper la puerta, pero no le pasaría nada a la nave.

—Eso es lo que quería escuchar —dio unas palmaditas en la espalda de la pequeña.

Al parecer, estaban cerca de la superficie de la nave-planeta. Allí donde estaban se encontraba un largo corredor, con un gran número de naves monoplaza destinadas a personal de alto rango, por las insignias dibujadas en ellas. En el lugar diametralmente opuesto de la esférica nave se encontraba un corredor similar de naves monoplaza. A cien kilómetros de allí había naves de salvamento más grandes, pero no había tiempo para llegar. Máquina precipitaba la nave entera hacia la zona muerta.

Sraqaddi colocó un kilogramo de explosivos frente a la puerta. Dentro del saco había varios paquetes de medio kilogramo, así que colocó un par. Nadia tomó el detonador a distancia, explicándole que ella sabía usarlo. Sraqaddi se preguntó si Máquina la había obligado a usarlo antes, pero no quiso seguir pensando en ello.

Se alejaron unos veinte metros y la pequeña detonó los paquetes. La puerta se desprendió, saltó hasta chocar contra el techo y luego cayó estrepitosamente, un trozo de metal ondulado y retorcido. Entraron al túnel que se había abierto. Pero había otra puerta. Esta segunda puerta tenía un grueso vidrio plástico, una ventana cuadrada que dejaba ver al interior de la nave de salvamento. La puerta se abrió automáticamente. A Máquina tal vez le quedaba algo de cordura después de todo.

En ese momento, se escuchó un fuerte ruido de succión que parecía venir de todas las puertas del corredor.

Las luces se agitaron y cambiaron de color, de blanco a azul y a rojo y a amarillo y a violeta y a verde, y un bufón apareció saltando y haciendo sonar sus cascabeles.

—¡Ah! —exclamó el bufón—, veo que se han quedado fuera. Jugaron con fuego, muchachos. ¡Y ahora el fuego jugará con ustedes!

—Máquina —dijo Nadia, dirigiéndose al bufón—, ¿qué fue ese ruido?

El bufón se inclinó hacia la pequeña. Roberter lanzó un puñetazo pero sólo consiguió golpear el aire. El bufón miró a la niña con ojos tristes, dirigió la vista a los dos hombres y les dijo:

—He desprendido todas las naves de salvamento menos esta. Confío en ustedes. Llegaremos a la burbuja de la muerte en diez minutos. Lo siento —y luego desapareció.

—¿Por qué hace esto Máquina? —dijo Nadia—. Ella es mi amiga.

—¡El bufón miente! —gruñó Roberter.

—Nadia, ¿cómo podemos saber si lo que dijo Máquina es cierto?

—Máquina nunca miente —respondió.

Roberter parecía desesperado. Sraqaddi estaba de acuerdo en que había que corroborar si no había más naves disponibles, así que volaron otra de las puertas y luego observaron por el vidrio de la segunda puerta, y, al asomarse por ella, no vieron el interior de una nave de salvamento sino sólo el polvo primigenio en el que estaban sumergidos. Roberter detonó tres puertas más y encontró lo mismo.

Roberter había enloquecido. Terminó de detonar la cuarta puerta y se dio cuenta de que Sraqaddi regresaba con la pequeña y la metía en la única nave que aún estaba anclada. Roberter corrió y se le echó encima a Sraqaddi luego de que la puerta se hubiese sellado con un siseo. Descargó golpe tras golpe sobre su rostro. Tendido en el suelo, Sraqaddi abrió la boca, mientras hilos de sangre escurrían por ella.

—Somos colegas —dijo Sraqaddi con dificultad.

Roberter dejó caer otro golpe y luego se echó para atrás, mirando con angustia la puerta que acababa de cerrarse.

—La niña usará la nave y nosotros no, ¿verdad? —preguntó Roberter, sentado en el piso, con las palmas apoyadas en el frío metal.

Sraqaddi asintió.

—No puede ser de otra forma —dijo—. Sólo hay sitio para ella. Y probablemente tampoco ella se salve.

Escucharon de nuevo el ruido de succión, esta vez provenía de detrás de la puerta de la que se hallaba la única nave de salvamento disponible. La nave se había separado, con Nadia dentro.

Roberter se levantó, sin dejar de mirar la puerta cerrada detrás de la cual sus últimas esperanzas se habían desvanecido. Se dio media vuelta y se alejó de donde Sraqaddi yacía boca arriba, malherido.

Roberter caminó algunos pasos, y luego se desplomó. Sraqaddi se levantó, inspeccionó el cuerpo de su colega y encontró un ligero rastro líquido en la boca: veneno.

—¡Imbécil! —dijo Sraqaddi.

Se alejó del cuerpo.

Pronto, según palabras de Nadia, Máquina también se suicidaría. Y él moriría. Así. Dos suicidios: Máquina y su colega, una muerte: la suya, y Nadia, que flotaba a la deriva entre nubes de polvo cuyos átomos soñaban con fusionarse en el interior de una estrella.

Sraqaddi se dejó caer pesadamente en el suelo y recargó su espalda contra la pared. Se pasó la mano por el rostro dolorido y ensangrentado. Miró de nuevo el cadáver de su compañero. ¿De verdad eso era todo?

Cerró los ojos y se imaginó de nuevo en Dreaya. Era el único lugar donde quería estar. Dreaya su planeta. Dreaya su nación. El mundo que le había dado todo y al que le había entregado su vida para que la gloria de Dreaya y de las especies humanas siguiese extendiéndose entre las estrellas.

Aunque, en todos esos años de servicio, había estado más tiempo viajando por el espacio que en su planeta. No guardaba rencor por las cosas que le habían hecho pasar. Era parte de su trabajo, era un cartógrafo. Todas las modificaciones de su organismo, necesarias para extenderle la vida a unos cuantos miles de años y permitirle soportar las grandes aceleraciones y los efectos devastadores producidos por viajar dentro de tubos de Krasnikov. No lamentaba nada. Pero no por eso estaba dispuesto a morir.

Máquina se impulsó hacia la muerte.

La nave atravesó la frontera de la burbuja de dos años luz. Todo ocurrió en una pequeña fracción de segundo. Primero, los neutrones de los núcleos atómicos que la conformaban decayeron en protones y electrones, emitiendo, durante el proceso, un neutrino; luego, los núcleos se volvieron inestables por el alto número de protones presentes en ellos y no se pudieron autosostener; finalmente: fisión, se liberaron todos y cada uno de los protones de sus núcleos, y se suscitó una gigantesca explosión nuclear, cegadoramente brillante pero inundada de silencio.

***

El robocantinero llenaba las copas de los ocupantes de la barra como si esa fuese su única misión en la vida, y, en efecto, era su única misión.

El lugar era una imitación de una cantina de la Vieja Tierra, el planeta del cual hablan las leyendas. La cuna del hombre, según se dice. La cantina estaba mal iluminada, pues necesariamente tenía que ser así, y en la barra estaban sentadas unas ocho personas, las mesas estaban llenas. Había una zona sólo para fumadores, en una esquina, confinada por una barrera intangible, y, dentro de ella, el humo del tabaco era aspirado por unos sudorosos jugadores de póker.

El hombre terminó su copa de un trago y dejó unos créditos al robot.

—Quédese con el cambio —dijo el hombre.

—Ya casi nadie paga con créditos —respondió el robot, y luego, sin titubear, se metió las monedas en una ranura en su brazo—. ¡Que tenga un buen día!

El hombre salió de la cantina y se encontró en una calle poco transitada. Los vehículos que iban por ella eran de ruedas, tirados por bestias. Ningún edificio sobrepasaba los diez metros de altura. No era el grado de tecnificación que se encuentra en otros muchos planetas, pero esa clase de vida tenía sus ventajas. El cielo era de un amarillo saludable y con pocas nubes.

El hombre se detuvo en la acera.

Los recuerdos de su entrenamiento en la Fuerza de Cartógrafos Espaciales llegaron a su cabeza. Recordó las lecciones de teleportación y las pruebas de distancia. Siempre imponía una nueva marca que los cartógrafos de todos los mundos de la Alianza de Naciones se esforzaban por superar. Pero ninguna marca que hubiese impuesto antes era como esa.

Un expendedor de periódicos mostraba el número de ese día del Diario Nacional de Dreaya, impreso en celulosa.

En la portada sobresalían unos enormes titulares: Cartógrafo de Mizzer encuentra a niña de ocho años sobre la ruta hacia Kernel III.

Había una fotografía. No había duda, la niña encontrada era Nadia.

Sintió una profunda alegría que de pronto se vio perturbada. Se inclinó para mirar la información del artículo más claramente. Tenía detalles muy precisos, el tipo de detalles que resultan útiles para un cartógrafo. El punto de la ruta hacia Kernel III donde habían encontrado a la niña pasaba a unos diez años luz pero a trescientos años en el futuro, en coordenadas de Minkowski, del lugar de donde la nave de salvamento de Máquina se había desprendido. De modo que, al llegar a ese punto, la nave en la que estaba la niña habría viajado durante tres siglos.

Aquella niña al menos tendría trescientos años de edad.

Recordó las palabras de Nadia: “Tengo muchos más que ocho pero siempre me veo como de ocho”.

—Al menos estamos de vuelta —se dijo—. No sé cómo ni por qué, pero estamos de vuelta.

¿Cuál es la distancia que separa los Pilares de la Creación del planeta Dreaya? Mucha, en realidad.

—Creo que impuse una nueva marca de teleportación —le dijo al viento.

Miró hacia el cielo amarillo y siguió su camino hacia las calles bajas del barrio, cuyos callejones, después de siglos de tiempo relativo pasados entre naves y planetas inexplorados, aún conocía de memoria.

 

FIN

Muchas gracias a Damián por este excelente relato, le deseo mucha suerte en el concurso 😀

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