Enza Scalici, ganadora de nuestro primer concurso, vuelve a participar con este nuevo relato, y déjame decirte que si te gustó aquel relato de Enza, este te va a gustar mucho mas 🙂

Araña

EL ÚLTIMO VIAJE

Si no se le hubiera dañado el filtro de reciclaje del agua, Cáspers jamás hubiera descubierto aquella extraña criatura, hecho que cambió su vida.

En cuanto la vio, supo que debía ser suya.

Debido al desperfecto, se vio obligado a aterrizar en el primer planeta en donde captó presencia del preciado líquido, indispensable para su supervivencia y la de las mascotas que cargaba en el vehículo. La computadora  tenía un rayo de acción limitado, pero le aseguró que la atmósfera era respirable y conforme bajaban,  captó la presencia de un río. No era la primera vez que Cáspers descendía a un mundo desconocido, y como siempre, lo hizo con toda precaución, atento al escaneo que realizaban los instrumentos.

     No hubo contratiempo alguno. La nave  aterrizó entre la maleza de las extensas  riberas del río, que sobrepasaba el metro y medio de altura, y sólo la mitad superior de ella quedó  a la vista de un posible observador.

A bordo no tenía tanques que llenar, pero pensó que uno de los barriles donde almacenaba la comida de los animales sería perfecto, después de lavarlo, claro. Cuando abrió la puerta de la bodega, lo asaltó el quejido lastimero de los dos anjklit que  había capturado en Bankle, y del  masehaser artafhiano. Suspiró ruidosamente, fastidiado, mientras  abría las abrazaderas que  sujetaban el recipiente  a la pared.

Cáspers era cazador, en los últimos veinte años se había dedicado a capturar especie raras para revenderlas   lejos de sus planetas de origen; y esto le había permitido reunir una fortuna, pero ya había decidido que aquel sería su último viaje. Estaba cansado de los desplazamientos en solitario, de arrastrarse entre fangos o tierras áridas durante horas, mientras asechaba a su presa, harto ya del peligro que entrañaba luchar con algunas de ellas, hasta  tenerla al seguro entre rejas. Si al principio no le prestaba atención a los chillidos y graznidos de sus víctimas en cautiverio, ahora éstos atacaban sus nervios, y solo el pensamiento de lo que representaban en dinero le impedía agarrarlos por el cuello y retorcérselo hasta callarlos. Sin embargo dos meses antes, presa de un ataque que ni él mismo supo explicarse, había introducido sus manos entre los  barrotes de la jaula del jarcalien, ciego de furia, decidido a callar como fuera sus rugidos, y cuando la fiera saltó con la intención de arrancárselas de un solo zarpazo, comprendió que si hubiese demorado un segundo más en retraer sus manos, quién sabe si ahora estaría ahí  para contarlo.

Había llegado el momento de retirarse.

Y como aquel era su último viaje, no permitiría que la rabia volviera a empañar su buen sentido. Además, ya tenía vendidos los dos  anjklit, ni en sueños devolvería el anticipo recibido por ellos.  Agarró un cubo, hizo rodar el barril hasta el corredor, y cerró la puerta  a sus espaldas, bendiciendo el  silencio que ahí reinaba.

Fue un placer  salir  al exterior  y sentir los tibios  rayos del sol en su piel. Llenó sus pulmones de aire puro sonriendo, y finalmente comprendió que su malhumor era debido al prolongado encierro en el espacio reducido de la nave. De repente un molesto pensamiento cruzó por su mente: las criaturas que capturaba ¿cómo se sentirían encerradas por el resto de su vida, privadas de su libertad? Se encogió de hombros. Ellos eran animales, no tenían los sentimientos de los humanos. Además esto no era su problema ¡no faltaba más que comenzara a preocuparse por todos los bichos que había llevado al cautiverio  y revendido!

El recipiente  de lantex no pesaba casi nada, lo levantó sin esfuerzo  y bajó la rampa, pendiente  del receptor que llevaba en la muñeca. Por medio de él estaba en contacto con la computadora de la nave, la cual lo advertiría si algo insólito pasaba en los alrededores. Tenía un alcance de pocos centenares de metros,  no era mucho, pero era mejor que ser pillado totalmente desprevenido. Cáspers  avanzó doblando a su paso los largos tallos, formando un sendero que iba de la nave al río. En la orilla, bajo unos árboles achaparrados que se curvaban hacia el agua, limpió a consciencia el barril, luego lo llenó hasta la mitad. Finalmente lo levantó del suelo con cierto esfuerzo, pues debía pesar unos cuarenta  kilos. Cuando llegó al interior de la nave jadeaba penosamente. Pasaron varios minutos antes de que recuperara el aliento y pudiera volver a bajar. Cuatro viajes después, por medio del cubo tenía el recipiente colmado de líquido cristalino y fijado firmemente a la pared. Lo tapó, y con un suspiro de alivio fue a buscar una toalla. Se desvistió, introdujo la ropa y los zapatos enfangados en la máquina de  reciclaje, y bajó en  sandalias y con la toalla enrollada a la cintura.  La frescura del agua anuló su cansancio y su malhumor. Nadó durante unos diez minutos alerta, manteniéndose cerca de la orilla, y finalmente salió  y se tumbó desnudo sobre el colchón de tallos doblados.

Poco  después, dormía profundamente.

La suave descarga eléctrica  en la muñeca lo despertó de golpe. Aquel era el segundo grado de advertencia, quería decir que estaba tan profundo que no sintió el primer aviso a base de vibraciones. Se mantuvo inmóvil, leyendo en la diminuta  pantalla el mensaje:

Seres vivos se acercan velozmente hasta tu posición desde el oeste.

Su corazón comenzó a latir desbocado. Había cometido varios errores imperdonables en un cazador: se  había quedado dormido en un sitio desconocido, sin un arma  a su alcance, a cincuenta metros de la rampa de entrada a su vehículo, prácticamente expuesto a la vista de quién fuera y por si fuera poco, completamente desnudo.

Entonces percibió el murmullo, algo que sonaba como un apresurado y nasal  muchimuchimuchi.

Giró lentamente la cabeza hacia la fuente de aquel sonido, con cada célula  de su cuerpo  alerta, y la vio, la criatura más extraña de cuantas había conocido en la inmensidad del universo, de espaldas a él.

Parecía una araña gigante, el núcleo de su cuerpo debía alcanzar el metro de diámetro y cada una de las ocho patas mediría unos ochenta centímetros de largo, cuatro hacia la parte inferior del disco, y cuatro en la superior, separadas éstas últimas por una cabecita en forma de pelota. En las espaldas,  dos pares de alitas dobles vibraban graciosamente, demasiado pequeñas como para pensar que fueran órganos voladores. Lo más extraordinario era el color del bicho, fucsia en el cuerpo como tal, degradando en un delicado rosa en las alas, mientras que las patas y la cabeza resaltaban en negro. La  pelusilla verde que rodeaba toda la estructura  creaba un aura casi fosforescente a su alrededor, al ondular mientras el animal se curvaba   para beber.

Un ser hermoso  y repugnante a la vez, perfecto para venderlo a algún  zoológico, preferiblemente al  privado de algún millonario.

La fascinación no le impedía a Cásper perder de vista su precaria situación. Mientras observaba al animal, que daba veloces saltitos de un lado a otro, su mente analizaba  las posibilidades. ¿Tratar de llegar   calladamente  hasta la nave para buscar sus trampas y armas? No, por experiencia sabía que era mejor permanecer inmóvil, cualquier movimiento podía asustar al bicho quién, además,  parecía pertenecer a una especie rápida, y según decidiera salir corriendo o atacarlo, tendría todas  las ventajas  que da la rapidez.

Entonces, otro ejemplar entró en el radio visual del cazador, provocándole un escalofrío.  ¿Sería una  manada completa?  Su respiración se aceleró, y comprendió que nunca se había encontrado en semejante peligro.

Si se moría, la rapaz de su esposa se quedaría con su dinero y con  la hermosa  mansión que había logrado construir arriesgando su vida, atrapando bestias en los rincones más alejados del universo. Maldijo su descuido, su cansancio y hasta el baño restaurador que tomara poco antes. Comenzó a arrastrarse de espaldas, centímetro a centímetro, tratando de introducir su cuerpo en la hierba tupida, pero la sensibilidad del animal debía ser muy desarrollada, pues uno de ellos  giró al instante hacia Cásper.  Sus  ojillos protuberantes se abrieron al máximo, durante un segundo se quedó mirando  fijamente al hombre, luego lanzó  un agudo chillido y arrancó a correr. Su compañero lanzó una alarmada  ojeada alrededor, y  al descubrir qué había provocado la reacción del otro,  también salió a escape.

Dejando de lado  las inútiles precauciones, Cásper se incorporó y los vio perderse en la lejanía, utilizando alternativamente las cuatro patas inferiores. Sí, eran tan veloces como había supuesto.

Calculó la fortuna que pagaría el príncipe Frandimehj  para tener un ejemplar… No dudó ni un solo instante de que no llegaría a capturarlos. Sin importar su planeta de origen, los animales mantenían indefectiblemente ciertas costumbres rutinarias.  Y si aquel era su sitio para abrevarse, al día siguiente volverían, no había por qué dudarlo.

Entonces corrió  hacia la nave, y por medio del espectrógrado  realizó el dibujo del animal y lo introdujo en la computadora. El resultado fue:

Especie desconocida.

Lanzó un aullido de euforia. Organizaría una subasta invitando a sus clientes más selectos, y  entregaría el bicho al mejor postor. ¡Se retiraría   siendo un hombre rico!  Después de vestirse bajó  todos los implementos necesarios para su trabajo. Pasó las tres horas siguientes  tendiendo  redes sobre los árboles, calculando distancias y estrategias, cavando huecos en la blanda tierra para cubrirlos luego con  hierba, y montando las diferentes trampas que  llevaba  consigo, siempre alerta, pendiente del aparato  que rodeaba  su muñeca y de sus instintos.

El anochecer lo encontró satisfecho consigo mismo, e impaciente por ver llegar en nuevo día.

 
¿Como llamaría a esta nueva especie? Ara, decidió en seguida, en honor a su esposa Aram. ¡Cómo gozaría viendo rabiar a la muy bruta!

Al día siguiente no se apresuró a bajar, desde  la  nave se limitó a observar el exterior, no tenía aparatos sofisticados, pero sí los necesarios para mantener ciertas medidas de seguridad, y los instrumentos no detectaron   ninguna actividad sospechosa en los alrededores. Cuando bajó a tierra, a media mañana,  lo recibió el silencio y la ligera  neblina que cubría toda el área desde el amanecer. No lo preocupaba, pues  no era tan espesa como para dificultar la visión,  sino largos jirones impalpables que se enroscaban en la vegetación. Cáspers se dirigió al lugar de observación que había  escogido el día anterior, pero a mitad camino comenzó a experimentar una extraña pesadez en las piernas.

Instintivamente, quiso bajar la mirada hacia las mismas, pero no pudo mover la cabeza.

¡Estaba paralizado!

Lentamente, su cuerpo  se deslizó hasta el suelo, donde quedó tendido de espaldas. Acto seguido, como si de una pesadilla se tratara, vio surgir a su alrededor docenas de aras.

Eran más grandes que los dos  que viera el día anterior, y a diferencia de los  primeros, éstos  no demostraban miedo, sino  curiosidad  mezclada con cierta repugnancia, mientras se reunían a su alrededor formando un círculo.  Los muchimuchimuchi  emitidos por la… ¿manada? creaban una atropellada y preocupante  cacofonía,  que se elevaba por los aires en diferentes tonos y  modulaciones.

Todos los sentidos de Cáspers funcionaban a la perfección, pero no podía moverse, ni gritar su miedo e impotencia.

Lo empujaron sin miramientos sobre una camilla cóncava, luego montaron  ésta  sobre un vehículo  descapotable.

Entre tantos sacudones,  el aterrorizado Cásper  terminó recostado sobre el  costado derecho, y el brazo izquierdo  se deslizó hacia adelante, poniendo   la pantallita del  receptor bien a la vista. Las primeras palabras  que leyó en ella lo dejaron confundido, luego comprendió que estaba perdido:

Encontré dos criaturas  más cautivas en la bodega, muy diferentes en el físico a nuestro prisionero. También armas, trampas y varias clases de soporíferos.   Todo apunta a que el monstruo  era un cazador. El vehículo es un modelo muy primitivo, propio de una cultura subdesarrollada.

Si, por esto pudimos neutralizarlo con extrema facilidad. Unas cuantas ondas  de ritiol en forma de niebla fueron suficientes para confundir a sus aparatos y neutralizarlo a él… Muy bien, sigan revisando y reportándose. Luger, ¿Cómo va la interpretación de su lenguaje?

Lo descifré comandante, ya tengo esta computadora conectada al traductor.  ¡Cualquier niño lo hubiera logrado! ¡Figúrese que su alfabeto está compuesto de  veintinueve letras!

¡Imagínese! Y  nosotros nos comunicamos con cinco nada más.

 
En apariencia  estos… terrícolas, no utilizan modulaciones, sino sonidos secos. Por ello necesitan más fonemas que nosotros. Una raza muy torpe.

Sí, esto creímos comprender ayer, cuando nos informaron sobre la presencia del intruso por estos parajes. El niño que lo descubrió,  dudó si contarlo o no, pues había realizado esta excursión al río junto a un compañero, desobedeciendo las órdenes de  sus padres. Pero, más pudo el miedo al monstruo que al castigo… En fin, por el modelo de la nave, comprendimos que era un ser  poco evolucionado, un  simple animal depredador. Y nuestras sospechas se confirmaron cuando detectamos todas las trampas que había preparado, con la intención de atrapar a alguno de nosotros en ellas.

¿Donde llevarán al monstruo?

Los magnates Jangahg y Quentum están discutiendo acaloradamente, ambos quieren al prisionero para añadirlo a sus  respectivos parques privados, pero el juez  decidió, muy sabiamente, que debe ser encerrado en un lugar público, donde todo el mundo pueda verlo. Lo llevaremos al zoológico estatal, ya está la jaula preparada, esperándolo.

FIN

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