Nuestro amigo Antonio Caaveiro, nos envía este excelente relato para participar en nuestro concurso de Ciencia Ficción, disfrútenlo:

10.- Thaumiel

El Incidente Thaumiel

Las luces rojas seguían parpadeando e iluminando a intervalos regulares los pasillos y laboratorios de las silenciosas instalaciones. Las compuertas del Complejo Thaumiel seguían cerradas, como siempre. También lo estaban la mayoría de las interiores y eso era mi salvación. Me separaban y protegían de los pesados y lentos pasos que podía percibir a lo lejos, arrastrándose por los largos pasillos.

No sabía cómo había podido pasar. Las medidas de seguridad del Complejo eran estrictas, solo un pequeño grupo del personal destinado a Thaumiel tenía acceso a las muestras y cepas, pese a estar en el Proyecto. Y ninguno de ellos sería tan insensato como para intentar violar los protocolos de seguridad. No conociendo las consecuencias, sabiendo lo que una mínima exposición podía causar. A menos que alguien quisiera robarla. Resultaba increíble, impensable, ilógico…

La cepa ANS-458b, era una de las últimas que habíamos probado, en animales, por supuesto. Aún no habíamos llegado al nivel de pruebas con humanos, pero en cuanto los resultados fueran los esperados, sin duda hubiéramos dado el paso. Alguien se nos adelantó y liberó el  ANS-458b por la base, infectando a todo el personal. Era asombroso, su tasa de contagio inicial fue muy superior a la que habíamos obtenido en las simulaciones y pruebas preliminares. Era un punto a tener en cuenta aunque claro, este ambiente estaba cerrado herméticamente.

Siempre sorprendía a los profanos, pero por muy estudiado y trillado que estuviera ya el genoma de casi todas las especies conocidas, la ingeniería genética tenía más de arte que de ciencia. Por supuesto que era necesario un importante conocimiento químico y anatómico, además de muchas otras variables. Ya conocíamos los resultados de las secuencias y donde se producían las principales mutaciones y errores, gracias a lo cual hacía ya mucho tiempo que no teníamos problemas de supervivencia, ni siquiera con las primeras generaciones, aunque en este caso en particular no nos afectara. El problema radicaba en que con esas primeras cepas era virtualmente imposible  acercarse tan siquiera a lo que se deseaba y era necesario ir “afinando y puliendo” hasta lograrlo, pero claro, eso es lo que más tiempo necesita.

Esta cepa, como todas las anteriores, era perfectamente funcional y además cumplía con casi todos los requisitos que nos habían encargado. Pero aún así tenía sus inconvenientes y no contaba con ciertas exigencias indispensables para su utilización de forma controlada. Aún así, era la mejor cepa que habíamos conseguido.

Sin embargo, aunque estuviera orgulloso de mi trabajo, allí me encontraba. Encerrado completamente solo en un laboratorio de simulación computarizada, en un complejo de investigación de máxima seguridad, en una pequeña roca flotando entre dos soles en un sistema vacío y yermo. Y lo más probable era que fuese el único no infectado en todo el Complejo Thaumiel.

Ya llevaba allí encerrado horas y tuve tiempo de sobras para acceder a los sistemas de seguridad y a las bandas sensoras que había hasta en el más remoto rincón del complejo. En la pared ya no aparecían las habituales secuencias de proteicas, ni la doble hélice de referencia, ni todos los  datos asociados. Solo un gigantesco mosaico de imágenes planas que mostraban, pese a su gran compactación, apenas el 2% del gigantesco complejo.

Según podía ver, los pasillos eran relativamente seguros, pero solo relativamente. De vez en cuando se veía a alguno de mis antiguos compañeros deambulando por allí, arrastrando los pies y mirando hacia ninguna parte. Sin duda estaban infectados y nada se podía hacer con ellos. Corrijo, nada podía hacer yo con ellos.

La cepa era increíblemente difícil de eliminar. El matar al afectado no servía de nada, seguiría completamente activa, alojándose en el cadáver. Quemar este no conseguía destruirla y la dejaba latente en los restos, a la espera de que otra víctima aspirase las cenizas o restos. La única manera segura de conseguir eliminar la cepa era vaporizando las muestras a al menos 3500º, disgregando la materia de los afectados en vapor.

–  El ejército se ocupara de ellos. Están preparados para hacerlo-, dije en voz alta. Sabía que el ordenador central estaba apagado, así que no esperaba respuesta, pero siempre que estaba tenso, pensaba en voz alta-. Sí, claro. Eso si la flota no se entusiasma y borra la base desde la órbita nada más llegar.

Me estremecí solo de pensarlo. Los bombardeos de la flota eran de sobra conocidos por su descomunal potencia. Si lo hacían sería el fin del proyecto y el mío también. Tenía que hacerles llegar un mensaje. Pero las comunicaciones estaban cerradas y solo la baliza de emergencia seguía emitiendo su pulso supralumínico.

Con un movimiento cambié las imágenes del sistema de seguridad y pasé a ver la sala de comunicaciones principal en una gran sección de la pantalla. Estaba vacía y en las pequeñas pantallas manchadas y salpicadas de sangre, parpadeaba en rojo y negro un aviso en código. Teóricamente siempre tenía que haber un responsable en la sala para que, cada cierto tiempo, enviara la señal acordada. Pero aunque podía distinguir al responsable, estaba infectado y se arrastraba sin una pierna por el suelo[1].

–  Céntrate. Tienes que pensar como comunicarte con el exterior y decirles que hay alguien vivo y no infectado-, me dije completamente histérico-. Céntrate y tranquilízate, Mer. Respira hondo y céntrate.

Seguí mi propio consejo e inspiré varias veces para oxigenarme bien y que el aire llenara hasta el último de mis alveolos. Entonces recordé como transformaban los alveolos y los pulmones las primeras cepas y no pude evitar toser. El aire estaba limpio. Lo sabía a ciencia cierta. Las nanocápsulas de propagación, que solo se utilizaban en la dispersión inicial, se degradaban y desaparecían del aire en una hora, aunque en el agua podrían aguantar varias semanas. Pero sin ellas, las cepas eran frágiles, y apenas soportaría una breve exposición al aire o al agua. A efectos prácticos, solo la transmisión directa funcionaba.

Transmisión directa. Cuando nos lo encargaron pensamos que sería como en otras ocasiones, una enfermedad de diseño para transmitir a ciertos objetivos escogidos para que se propagara entre los enemigos de la Federación. Pero acabó siendo peor que eso. Mucho peor.

De repente sentí escalofríos. ¿Cómo había podido llegar a trabajar allí? Yo era ingeniero genético. Y de los buenos. Lo único que había hecho antes de llegar allí, había sido mejorar cosechas y recrear algunas de las plantas extintas del planeta natal. En una ocasión hasta conseguí recrear por ingeniería inversa a un curioso mamífero que ponía huevos, desaparecido hacía ya más de dos mil años, del que solo contábamos con muestras originales de menos de la mitad del ADN y varias fotografías que una expedición arqueológica había conseguido recuperar. Bueno, visto así la respuesta era evidente por qué estaba allí. Querían a los mejores y sin duda yo estaba entre ellos.

Vi a un par de chicos en bata, que otrora había sido blanca, corriendo por los pasillos y la sorpresa me dejó sin aliento. Los infectados no corren. No pueden. Entre el aumento de la densidad del plasma sanguíneo, los daños que la enfermedad les produce en el cerebelo y los ganglios basales no podrían moverse con agilidad. Tenían ligeros temblores esporádicos y un movimiento muscular errático, bastante lento y torpe. Es uno de los pocos inconvenientes que aún no habíamos conseguido eliminar, por suerte para nosotros. Varios infectados les perseguían a paso lento pero constante, y gracias a eso los estaban dejando atrás sin apretar demasiado el ritmo.

Intenté identificar con desesperación la zona en la que se encontraban y tras unos momentos pude ver que no estaba muy lejos, a apenas seiscientos metros y un nivel por debajo de mí. Si querían salir, de todas formas tendrían que venir hacia mí. Con asombro me di cuenta de que ambos portaban tubos metálicos, y que sus extremos estaban manchados de rojo.

Los estudié mejor, no iba a arriesgarme a que entraran con el ANS-458b en aquella sala, aunque ellos no estuviesen infectados. Por lo que pude ver por el color de su placa, uno de ellos era ayudante de laboratorio. Estaba delgado en extremo y apenas podía con la barra metálica, pero aún así se asía a ella como que su vida dependía de ello. Le acompañaba una chica de pelo corto y gafas, evidentemente más joven que él, pero que era encargada de laboratorio, seguramente su jefa inmediata. Además de otra barra, agarraba con fuerza una pequeña maleta metálica de aspecto robusto.

Tan centrado estaba en ellos y sus imágenes flotado delante de mí que, cuando apareció aquel cocinero infectado tras la esquina, me caí de espaldas intentando alejarme instintivamente de su proyección. El pobre no duró mucho en pie. Las barras funcionarían bien como mazas, pero ninguno de los dos tenían ni la experiencia ni la fuerza necesaria para hacerlo bien, así que los golpes que recibía el pobre cocinero le rompieron huesos y laceraron la carne una y otra vez, hasta que por fin lo derribaron. Aun allí, tirado en el suelo, seguía intentando incorporarse o arrastrarse hacia ellos, moviendo boca con desesperación intentando morderlos.

Sabía por qué los atacaba e intentaba morderlos. Yo mismo había pulido el diabólico diseño inicial de uno de mis ayudantes. Uno de los principales requisitos de aquel trabajo era que los infectados atacaran a los sanos propagando la enfermedad, por lo que al principio intentamos centrar el ataque en el lóbulo frontal del cerebro, y que así no pudiera comunicarse con la amígdala cerebral, lo que evitaba cualquier tipo de control de la ira por parte del sujeto. Lo conseguimos, pero a costa de dañar el tálamo e imposibilitar el pensamiento racional o lógico de los infectados.

Los infectados atacaban a los que no lo estaban con rabia y furia, intentando matarlos y morderlos, pero como eran idiotas profundos, muchos de sus ataques no tenían éxito y las victimas escapaban con poco más que unos mordiscos y heridas superficiales. Sí, eran incapaces de solucionar problemas básicos, como por ejemplo abrir puertas o incluso recordar el camino en laberintos, cosa que hasta una rata podía hacer. Pero la tasa de infección era actualmente del 100% y tardaba entre diez y doce horas desde la infección inicial a la completa “transformación”, aunque ese plazo de incubación resultaba excesivo para su óptima distribución, me recordé. Con la cepa ANS-458c, que casi teníamos acabada, estimábamos que el tiempo de infección se reduciría a unas ocho horas en el mejor de los casos, lo que seguía siendo una velocidad claramente insuficiente frente al ideal de una hora que intentábamos alcanzar.

En cuanto a los golpes que necesitaron para tumbarlo, fueron necesarios tantos porque habíamos comprobado en simulaciones que, si los infectados sentían dolor, la tasa de propagación casi se reducía al 7%, un porcentaje inaceptable para el ejército. Así que no tuvimos opción, incluimos otra zona de ataque para nuestras cepas, que también acabarían con los nocireceptores nerviosos. Así los infectados no recibían estímulos adversos (ni de casi ningún tipo en realidad) y por ello, seguían adelante pese a sufrir lesiones traumáticas severas o incluso tras perder grandes partes de sus cuerpos.

–  ¡Tenemos que salir de aquí rápido! Antes de que llegue la flota-, dijo para mi asombro el ayudante de laboratorio.

–  Espero que todo esto valga la pena. ¿Seguro que tu ruta es segura?

–  Seguro, la lanzadera nos puede sacar de aquí.

–  ¿Y la ropa? ¿Y los papeles? ¿Y si nos detectan cuando despeguemos? ¿Y la comida?-, siguió preguntando nerviosa la chica.

–  Tenemos mudas y raciones militares de sobra en la nave, órdenes de traslado falsas y crédito suficiente para varios trasbordos si los necesitamos-, dijo casi en un susurro-. Pero de todas formas solo tendremos que esperar de dos a cinco semanas hasta que lleguen mis contactos.

No podía cree lo que oía. Eran traidores. Nunca había pensado que existieran de verdad. En las series, novelas e historias sí, claro. El bien contra el mal, las dos fuerzas opuestas y todo ese rollo. ¿Pero quién en su sano juicio traicionaría a la Federación? Y lo más importante, por qué lo haría. Por dinero era casi seguro que no, los créditos federales no valían nada más allá de la frontera, lo mismo que las innumerables monedas congregacionistas o piratas no valían nada en la Federación. Pero siempre quedaba el fanatismo, que alguien de su familia estuviese amenazado… o todos aquellos motivos tan esotéricos que siempre se usaban en las historias de ficción.

Pero ahora era real, y tenía a unos traidores acercándose hacia mi compuerta herméticamente cerrada. La flota no llegaría a tiempo para detenerlos, pero algo tenía que hacer. Nunca me lo perdonaría si dejaba que los responsables de las muertes de los investigadores de Thaumiel escapaban indemnes. Y si conseguían llegar a la cámara estanca de salida, podrían conseguirlo. Sin pensarlo detenidamente accedí a los pocos controles a los que tenía acceso desde allí, activé la megafonía en la zona de salida y los pasillos y subí el volumen al máximo.

–  Soy Meredio Caleno, Tellus Cuarto e Ingeniero Genético de Primera. He oído todo lo que habéis dicho… y no voy a permitíroslo.

Pude ver en las figuras que flotaban delante de mí como sus caras empalidecieron, pero no pude ver miedo reflejado en ellas. Mientras, seguían caminando hacia la salida dijeron:

–  Encantado de conocer, por fin, al hombre que ha desatado este infierno-, murmuró el chico mirando a todos lados.

–  Habéis sido vosotros los que han desatado esto. ¡Vosotros sois los traidores!

–  No puedes demostrarlos-, dijo la chica-. Nosotros solo queremos salir y salvad nuestras vidas.

–  ¿Y cómo es que tenéis una nave preparada con todo listo para escapar?-, les dije intentando ganar tiempo-. Lo tengo todo grabado y no podréis huir. No os lo permitiré.

–  Déjalo, no te atreverás a salir de donde estés escondido, Meredio. Ya no tienes edad como para hacerlo, vejestorio.

Me dolía, pero tenía razón. Ya no tenía edad como para luchar por mi vida en aquellas condiciones y aunque fuese joven de nuevo, seguramente no llegaría muy lejos sin armas y en aquel laboratorio no había nada que pudiera usar como una. Pero daba igual. Mis legiones habían llegado. Lo hicieron poco a poco. Primero solo apareció uno tras una esquina. Luego otro. Y otro. Aparecieron dos juntos. Y luego, como si de una colonia de termitas se tratara, decenas de los ocupantes de Thaumiel surgieron caminando pesadamente o solo arrastrándose lentamente hacia los pasillos donde se emitió mi voz.

Sus ojos estaban vidriosos y abrían y cerraban la boca sin emitir sonido alguno. También había sido idea mía el sistema que hizo que los hizo acudir tan rápido. No era nada complicado en realidad una vez se reducían sus niveles intelectuales a cero y se evitaba la comunicación con la amígdala para eliminar el autocontrol. Al añadir otro campo de acción a la cepa y hacer que atacara al hipotálamo ventromedial, habíamos conseguido generar un estado de hiperfagia[2] extraordinariamente pronunciada que, al tener inhibidos los sistemas de autocontrol, haría que acudieran a cualquier fuente de ruido para así poder comerla.

El sistema no era perfecto, por supuesto, y presentaba problemas ante una exposición prolongada, porque el hambre llegaba a agudizarse hasta tal punto que se intentarían comer a sí mismos. Aunque para ese punto crítico aun faltaban días, así que preferirían comerse a aquellos dos traidores. O por lo menos intentarlo.

Pude ver como ambos luchaban por llegar a la puerta de salida, pero no pudieron. Eran demasiados, así que intentaron retroceder. Aunque tampoco lo lograron, ya casi los tenían rodeados y tras ellos llegaban las hordas de infectados desde las profundidades del complejo. Pude ver con todo detalle como corrían por los pasillos y tropezaban. Y caían.

Tras varios minutos de intensa lucha pudieron llegar hasta un laboratorio cercano y bloquear sus puertas, pero estaban tan encerrados como yo. Mientras peleaban por sus vidas, los estudié con un frío  interés, examinando las imágenes de seguridad y sonriendo para mí. Al menos yo no estaba infectado.

–  Solo te quedan ocho horas de conciencia, chico-, les dije por megafonía-. Y dentro de diez, tu amiga ya se puede ir despidiendo.

La chica ni pestañeó. Tras mirar la mancha roja en el muslo de su compañero, no dijo nada. Agarró rápidamente la pesada barra y de un rápido y certero golpe le rompió la cabeza. Soltó la barra y se dejó caer en el suelo con agilidad cruzando las piernas.

–  Nunca me cayó bien ese cabrón-, dijo recostándose contra la pared con calma.

Yo estaba asombrado, no entendía que había pasado. Habían sido compañeros, y hasta llegaron a parecer amigos. Pensaba que se pondría histérica, que no sabría que hacer… pero vaya si lo supo.

–  Interesante-, me dije a mismo, sin conectar los altavoces.

–  Dígame, señor Meredio-, dijo de improviso y con un claro tono recriminatorio-. ¿Qué le parece lo que ha conseguido su trabajo? ¿Qué le parece la muerte sin honor que ha conseguido? ¿Qué le parece esta enfermedad para la que no hay cura?

–  No sabía lo que me iban a pedir. Yo solo he hecho lo que sé hacer, y tan solo lo que me pedían. He diseñado una nueva criatura-, le contesté con sinceridad. No teníamos nada mejor que hacer hasta que llegaran los soldados. La sala de comunicación estaba inaccesible y los pasillos abarrotados, así que qué mal hacíamos hablando-. Lo que intentábamos era obtener…

–  …Obtener una nueva arma. Lo supongo-, dijo-. ¿Pero por qué una vírica? Son inestables y poco efectivas.

–   En primer lugar no es vírica. Si en verdad trabajases en el proyecto lo sabrías, sino que es autoprionésica[3]… y la verdad es que sí, suelen ser muy poco efectivas entre soldados bien entrenados y equipados. Y en objetivos espaciales resulta difícil introducirlas, si lo preguntas. Pero imagine lo efectivas que serían para diezmar un planeta entero sin afectar a las estructuras o equipos.

–  Si. Y dejarlo inhabitable-, dijo con sorna-. ¿O acaso han conseguido una cura?

–  Sabe que aún no…

Seguimos hablando durante horas de cosas nimias y sin ya importancia alguna. Política, historia, mitología, novelas… y no pude más que sorprenderme de que una chica tan inteligente y despierta traicionara a La Federación. Al final fui yo quien le preguntó:

–  ¿Por qué lo hicisteis? ¿Por qué burlasteis los sistemas de seguridad y liberasteis las cepas? ¿Para que las queríais?

–  Fue ese desgraciado el que desató todo esto por una estúpida venganza personal. Yo solo quería destruirlas.

–  ¿Entonces, qué es lo que tan insistentemente guardas en el maletín?

–  ¿Esto? No es nada. Solo un regalo final por si no conseguía salir intacta-, y con un gesto abrió el maletín, mostrando una pantalla de cristal, con un botón rojo a su lado. En la parte inferior, cuarenta viales de lo que supuse era la cepa reposaban entre gel auto refrigerante.

–  No puede ser una bomba. La habrían detectado.

–  Pues lo es. Pero este juguete no es nada. Colocada en el mismo centro del complejo, bajo el frigorífico de muestras, hay una de ocho exaiotas[4], armada y lista para estallar. Convertirá esta base en vapor y la roca en la que estamos en poco más que polvo-, dijo con una mirada fría que me atravesaba desde el monitor-. Y por cierto, antes tenía razón. Me llamo Klarisa Kolier Kaustia, soy una Ignis Octava y agente del Cuerpo de Seguridad e Inteligencia.

–  ¿Pero por qué…?-, estaba aturdido por todo lo que me acababa de decir.

–  Para seguirlo hasta quien le había enviado a conseguir esta “cosa”. Pero por culpa tuya no podremos atraparlo.

–  Lo siento-, dije anonadado-. ¿Cuándo va a estallar la bomba?

–  He activado el protocolo de seguridad cero. Solo nos quedan unos minutos, Meredio.

–  ¡No puede hacer eso! Aun podemos salir o esperar a que vengan a investigar el silencio. ¿Tiene idea de la cantidad de meses, personal y recursos que se han dedicado a este proyecto? ¿Y al resto de los que aquí se investigan?-, le pregunté con un temblor en la voz-. ¿No tiene miedo a morir? ¿No puede desactivarla?

–  La verdad es que no. Ya no hay vuelta atrás, la baliza emite la señal en bucle desde hace días. No tiene honor Meredio. Espero que si es cierto que existe otra vida tras la muerte, tenga que rendir cuentas a todos los infectados que ha dejado en este complejo. Yo tendré que hacerlo por lo que me ha obligado a hacer.

No dijo nada más y cerró los ojos mientras sus labios se movían en silenciosa meditación. Pero yo no podía estar sentado y caminé durante mis últimos minutos de un lado a otro de la sala. Ya estaba muerto, todos estábamos muertos. Éramos muertos andantes.

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[1] La reducción de la fluidez del plasma sanguíneo de los infectados fue uno de los efectos secundarios más sorprendentes de las cepas ANS desarrollas en los laboratorios de Thaumiel. Esta inusual velocidad de coagulación hace a los infectados prácticamente inmunes a la muerte por pérdida masiva de sangre, descompresión atmosférica violenta, congelación, asfixia y una larga lista de sucesos traumáticos severos que serían inmediatamente fatales para cualquier organismo no infectado.

[2] La hiperfagia es un trastorno neuronal caracterizado por el aumento de la sensación de hambre y la necesidad de ingerir alimentos de manera continuada sin que esto sacie al sujeto.

[3] Las proteínas priónicas son grandes agregados moleculares sin vida que afectan al sistema nervioso central. Las proteínas autoprionéticas, son un producto de ingeniería genética que se caracterizan por su inicial y rápida incorporación a la membrana de células vivas especificas (generalmente las que se encuentran en el flujo sanguíneo) y la rápida propagación a las proteínas nerviosas objetivo, donde generan cambios en esta y se producen proteínas priónicas como subproducto que a su vez se expanden, en un proceso imparable.

[4] En argot militar, las iotas indican la potencia explosiva. Una exaiota equivale a 10E18 Joule (ó aproximadamente 250 de los míticos megatones).

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