Retorna a nuestras páginas el escritor Iván Avila Nieto desde España con una nueva historia para nuestro Desafío del Nexus de Octubre:

El Bú

Sé que no me creeréis, pero voy a contarlo igualmente.

Existe un extenso pinar, no muchos kilómetros al Sur de la ciudad, verdadero pulmón de la misma, en el que de pequeño solía ir a jugar y hacer barbacoas con mis padres y donde, hasta no hace mucho, me adentraba con la bicicleta en largos y agradables paseos dominicales.

Hasta aquel día, jamás me había sucedido nada extraño en este pinar del que os hablo, si bien es cierto que, en alguna ocasión, cuando me internaba mucho en la espesura y el silencio era sepulcral, me invadía una leve sensación de intranquilidad.

Había salido temprano aquella mañana porque quería probar las nuevas zapatillas deportivas que había comprado en las rebajas de enero. No solía visitar el bosque en fechas tan invernales, pero tal era mi ansia por testar la calidad del calzado adquirido, que no pude postergarlo siquiera una semana.

Hacía frío y una densa niebla difuminaba los contornos de los edificios de la urbanización más septentrional de la ciudad. Tras la rotonda de la autovía de Portugal, y dejando a un lado el colegio de los hermanos maristas, comenzaba el Pinar de Antequera, que así se llamaba, y se llama, el amplio conglomerado de pinos, sabinas y encinas que conforman esta masa boscosa, donde se cree que tuvo lugar, hace ya más de mil años, la famosa batalla entre Abd al Raman III y una coalición cristiana encabezada por el rey Ramiro II de León. Las crónicas de la época afirman que la victoria fue rotunda por parte de las tropas de la Cruz. Pero no nos desviemos del tema.

El caso es que anduve algo más de media hora entusiasmado con mis nuevas deportivas, recortando caminos y siguiendo veredas, hasta llegar a un cortafuego que divide en dos el pinar.

Y fue entonces cuando lo vi.

La niebla, según fue avanzando la mañana se había ido disipando, lo que me permitió ver aquella figura al otro lado del claro. Al principio pensé que era una persona, pues no soy el único que se adentra en el bosque a hacer deporte, andar, pedalear o pasear al perro, pero aquello no parecía humano. Lo vi perderse por un instante en la espesura y decidí, por precaución, seguir mi camino en paralelo al cortafuego por su lado oeste, hasta que volvió a aparecer, esta vez a poco más de diez metros de mí. Salió de entre la maleza y me miró fijamente, quieto, estático.

No era un hombre disfrazado, eso lo puedo asegurar, pero era un animal antropomorfo de color negro y grandes alas; parecía un enorme búho de enrojecidos ojos, grandes como platos, que me paralizaron de terror al contemplarlos. Su pico era afilado como un cuchillo y sus garras semejaban unas de esas trampas loberas de las que es imposible escapar.

No sé cuántos segundos, tal vez minutos, transcurrieron así: yo con la respiración contenida, contemplando aquel extraño ser, muerto de miedo. Lo cierto es que, sin saber cómo, reaccioné y salí corriendo sin mirar atrás. Corrí desenfrenado, asustado; el sudor me empapaba la espalda y caía por la frente a pesar de la gélida temperatura de aquella mañana invernal. El corazón me latía con una fuerza descomunal, desbocado; parecía que me iba a estallar dentro del pecho.

No paré de correr hasta que llegué a los primeros bloques de viviendas que hay al otro lado de la rotonda de la autovía, donde acaba el pinar y comienza la ciudad. Curvé mi cuerpo hacia adelante, apoyando las manos sobre las rodillas, intentando respirar. Así estuve un par de minutos, hasta que recuperé el resuello.

Más tranquilo, pero aún conmocionado por lo que había presenciado, miré hacia el bosque, que ya quedaba lejos, y me dirigí a casa.

Cuando llegué, no conté nada a Silvia. No sabía si me tomaría en serio, si realmente me creería. De todas maneras, no quería asustarla, ni incomodarla.

Esa misma tarde, después de comer, busqué en internet algo que pudiera tener relación con aquello que había visto: un hombre-buho de terrible aspecto que se ocultaba en los bosques de la Meseta. Aunque jamás había oído hablar de algo parecido, lo cierto es que existían entradas relativas a avistamientos de animales similares. Varias personas aseguraban haber tenido encuentros con seres como el que yo había visto aquella mañana y lo curioso es que todos ellos eran de zonas no muy lejanas: unos eran de pueblos de la provincia de Zamora, otros de Soria y uno de un pueblo de Segovia. Todos aseguraban haber visto a un ser mitad hombre, mitad búho, en pinares o encinares de la región, cuando iban de caza o a recolectar setas. Y yo, amigos míos, les creo.

Navegando un poco más por la red, descubrí que existen antiguas leyendas al respecto de este ser y que más gente, a lo largo de los siglos, se ha topado con este engendro (o ellos) en los bosques de la región. ¿Cómo es que yo nunca había oído hablar antes de él? Lo que es cierto es que lo vi y os puedo asegurar que es algo más que una leyenda; no era un hombre disfrazado, una broma o algo así. Era un animal desconocido para mí, pero real y al parecer no soy el único que lo ha visto, y seguramente tampoco seré el último.

Ya han pasado meses desde aquel encuentro y aún me despierto de madrugada empapado en sudor y con aquellos ojos rojos en la retina. No sé cuánto durará esta pesadilla, pero, por mi parte, lo pensaré mucho antes de volver a pisar el pinar, y por supuesto, nunca solo, ni en una mañana de niebla invernal. Porque si os digo la verdad, tengo miedo de volverme a encontrar con el Bú…

Fin

Muchas gracias a Iván por obsequiarnos con esta historia y si les gustó, recuerden votar con el botón de facebook.

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