Nuestro amigo Joseín Moros, está participando con su relato “Crónicas de Pil – El Objeto Azul” en nuestro concurso de relatos, y tal como esperábamos, aquí tenemos la continuación:

Triángulo Infernal ilustración 72 dpi CRÓNICAS DE PIL

El triángulo infernal

Dentro de un rascacielos abandonado, de casi quinientos pisos de altura, un centenar de niños y niñas nos manteníamos ocultos. Nuestro objetivo era salir de la mega metrópolis y tras recorrer una monstruosa distancia, inconcebible para nuestras jóvenes mentes, alcanzar un sitio seguro a raíz del caos que se desarrollaba en todo el planeta.

Durante el arribo de un enorme grupo de niñas y jovencitas, escapadas de un campo de concentración para huérfanas, yo había sido mal herido. En ese momento no sabía durante cuánto tiempo me encontraba sin conocimiento, y ahora, en el ocaso de mi vida, podría decir que esa vez resucité.

Mis oídos comenzaron a funcionar, habían sido los últimos en quedarse dormidos, y ahora los primeros en revivir. El resto de mis sentidos continuaron insensibles, no podía hablar ni abrir los ojos, mucho menos hacer algún movimiento.

A varios pasos de mí unos pocos niños cuchicheaban en la oscuridad. El temor dominaba sus emociones.

— ¿Tú crees que existe El Paraíso? —preguntó uno de los más pequeños.

—No sé. Ojalá que sí —contestó otro, algo mayor.

— ¿Y los malos van a un lugar muy feo?

—No importa que pase con ellos, tú iras al cielo, si en verdad existe.

—Mi papá era muy malo —habló otro.

—Entonces está bien que se queme en aceite y los buitres negros le arranquen la piel, como decía el santón de mi cuadra cuando le tirábamos piedras —dijo uno de los mayores.

—Pero yo quiero verlo —insistió el pequeño.

—Eres un tonto. Si era malo por qué deseas verlo.

—No sé. Ojalá esté en algún lugar bonito.

Yo estaba acostado en el suelo, sobre un colchón lleno de aire perteneciente a Visdom, la máquina quirúrgica robot.

Los cuchicheos bajaron aún más de volumen.

— ¿Tú crees que Pil es un santo?

—Claro que sí.

—Entonces ¿por qué se está muriendo?

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p>—No está muriendo, sólo está herido, y sanará —la respuesta me sonó insegura.

—Pero tiene muchos días así. Igual pasó con un hombre de mi cuadra, con la cabeza rota. No despertó en mucho tiempo y una mañana murió.

Todos pronunciaron palabras mágicas, pidiendo la cancelación del mal augurio y comencé a sentir miedo.

—Sé quién era, yo lo vi, la piel de la cabeza parecía una gorra mal puesta y se le veía el hueso —dijo una nueva voz.

—Igual que a Pil, el tajo fue enorme, la chaqueta, la ropa y después la cobija quedaron chorreando sangre —agregó alguien.

—Cállate. Todos lo vimos, no es necesario recordarlo.

Uno de los primeros alzó un poco la voz.

—Pero Vell programó el Visdom y lo operaron. Ella misma limpió el hueso, afeitó el cabello, y con tijeras le quitó la ropa.

—Y lo bañó. ¿Recuerdas eso? —este otro niño casi rió, pero se contuvo.

Surgió un corto silencio, ahora pensaban en otras cosas.

—Y todavía lo baña, todos los días.

— ¿Sí? No lo creo.

—Rask le ayuda, porque ella dice que no tiene fuerza; estuve espiando, pero sabes cómo es Rask, nunca habla.

—Ni es buena idea preguntarle.

—Sí, no es buena idea, te puedes ganar una paliza.

Mis amigos guardaron silencio. No querían reírse al recordar aquello. Una niña me había limpiado como a un bebé, sentí vergüenza, ahora quiero reír, y también llorar, por la desaparición de mi inocencia infantil.

Alguien dio voz de alerta.

—Silencio, veo luz de una linterna. Vámonos, vienen las niñas, es su turno de vigilancia.

Los pasos eran muy suaves, ellas caminaban diferente. No hablaron, con seguridad se miraban de reojo; hembras y varones, tan cerca unos de otros, era algo inconcebible.

Las pequeñas comenzaron a cuchichear, mucho más bajo que los niños.

—Hoy vinieron los mismos Vell, iluminé sus caras. ¿Te diste cuenta?

Vell era la mayor y no contestó.

—Oigan, Vell no mira los demás y sólo habla cuando está su adorado: ¿Rask, me ayudas?, Pil necesita aseo.

—Y él mira muy serio y contesta: Claro Vell, Pil es muy pesado —dijo otra niña, fingiendo voz menos aguda.

— ¿Pesado? Pero si es tan delgado como todos, y ahora mucho más, pobre Pil.

— ¿Los viste tan juntos con la excusa de ayudarse con el peso de Pil? Hasta se miran a los ojos cuando le quitan el pañal.

Todas rieron y yo me estremecí por dentro al imaginar aquello.

—Rask está día y noche muy cerca de aquí, no duerme nunca, míralo, allá viene con la linterna hacia el suelo, fingiendo no vernos. Aparece por ti Vell.

—Cállense —ordenó Vell—, ¿dónde está Be?

Sentí que el ambiente cambió cuando mencionaron aquella niña.

—Está limpiando, otra vez, el altar de la señora y los huesos del profeta. Eso está prohibido, pueden matarla si la ven adorando una estatua como esa.

— ¿Profeta? No sabemos si era un profeta.

—Claro que sí, el esqueleto muestra que estaba rezando a esa diosa casi desnuda. Hace varios siglos él preparó este refugio para nosotros, lo dijo Pil; eso me contaron los más pequeños.

Sentí la mirada del grupo de niñas, sufrí al no saber cuál parte de mi cuerpo alumbraban con sus luces, también ignoraba si estaba vestido.

— ¿Vell, tú crees que Pil es un profeta? Apareció en nuestros sueños para llamarnos, bajó más de trescientos pisos y nos encontró en plena noche de tormenta y mató dos bandoleros para salvar nuestras vidas. ¿Cómo supo que veníamos?

Imaginé a Vell mirándome y la vergüenza aumentó. Ella contestó en el mismo tono autoritario, con el cual mantenía control sobre tantas muchachas y muchachos.

—Claro que no. Pil es un hombre.

Todas rieron y quise encogerme, pero mi cuerpo no respondió.

— ¿Un hombre? Es un casi un bebé. Vell, tú misma le has cambiado pañales, y lo has tocado bastante.

Sonaron más risas contenidas y sentí que mis huesos se enfriaron.

—Ni siquiera Rask, que es el mayor de ellos, está completo aún. Lo espié y todavía no se parece a mis hermanos, muchas veces los vi cuando creían estar solos —esa voz sonó muy cerca de mí.

—Eres una pervertida niña, siempre en lo mismo. Pil es como cualquiera —insistió Vell, mientras yo intentaba moverme para huir de vergüenza.

— ¿Cómo cualquiera? La noche que nos rescató mató dos asesinos, recuerda, del triple de su tamaño. En la pelea lo hirieron en la cabeza y perdió casi toda la sangre, la máquina médica, ¿cómo se llama? Visdom, lo dijo. Y sigue vivo. Somos casi cien dependiendo de sus decisiones. Y si muere nunca podremos salir de la ciudad y atravesar esa distancia enorme por selvas y desiertos, para llegar al lugar que está marcado en el mapa de la pared. ¿Todavía crees que Pil sea como cualquiera?

—Llegó Be —dijo una de ellas.

—Disculpen. Estaba rezando ante la Madre y su Profeta —se excusó la recién llegada, la imaginé con la mirada baja, ante la agriada cara de Vell, a pesar de superarla en estatura.

Nadie habló.

Entonces oí otros pasos, era con seguridad uno de mis amigos.

—Hola Vell. ¿Necesitas ayuda? —reconocí al líder natural de nuestra pandilla, quien siempre mostró gran amistad hacia mí, muchas veces arriesgando su pellejo frente a otras bandas, cuando luchábamos por restos de comida en los basureros.

—Hola Rask. Sí, gracias. Enciende más linternas y colócate estos guantes. Aléjense, vamos a ejercitar los brazos y piernas de Pil, y luego lo bañaremos.

Cuando oí aquello traté de sacudirme, intenté gritar, pero fue imposible. Sentí cómo me agitaban con delicadeza, para no desprender los finos tubos provenientes de la máquina; y luego, las manos de Vell, cuando pasaba toallas húmedas sobre mi cuerpo y entre las piernas. No hablaron, estaba seguro que tampoco se miraban. Cuando finalizaron habló Vell, ella lo hacía con rapidez, y la sentí muy nerviosa.

—Pil había perdido tanta sangre que ya debería haber muerto cuando comenzó a recibir la artificial.

Rask inspiró profundo.

—Tú lo viste Rask, entre Visdom y yo limpiamos a fondo el hueso, porque los bandoleros envenenan sus cuchillos con excremento. La cantidad de antibióticos que está recibiendo es enorme y los nutrimentos reducen el desgaste de su cuerpo.

Mi amigo resopló con suavidad y continuó en silencio.

— La máquina médica no lo menciona, tengo miedo que su cerebro haya sido dañado. En la memoria de Visdom consulté respecto a eso, pero no comprendo nada, yo apenas ayudaba a mi padre con heridas sin importancia, lo más grande que atendí fue una fractura abierta en la pierna. No sé qué hacer.

Rask tomó aire y murmuró muy bajo.

—Sin Pil mi vida no tiene valor.

Yo me sentí agradecido, pero la reacción de Vell me confundió. Ella no habló por un largo momento, sentí que miraba a Rask con toda la fuerza de su mente, luego carraspeó y se atrevió a decir algo.

—Seca tus lágrimas Rask. Eres el mayor, debes mostrar fuerza. Y además…

Se detuvo y no comprendí porqué.

—Sí, además soy hombre —finalizó él la frase inconclusa.

El silencio continuó y yo no adiviné la razón. Rask habló con intensidad, imaginé sus dientes apretados.

— ¿Tú no lloras Vell? Puedes hacerlo cuando quieras, tienes la gran fortuna de ser… —de nuevo interrumpió sus palabras y volvió el silencio.

Vell concluyó la frase.

—Sí, soy mujer. Y la responsable de varias decenas de niñas, soy la mayor.

— ¿Decenas?

Hoy comprendo que la pregunta Vell la atrapó como una salvación. Recuperó el tono autoritario y alzó la voz.

—Significa diez, varias decenas es varias veces diez. Eso me indica que debemos comenzar un programa de enseñanza con todos los varones, ninguno de ustedes sabe leer, así ocuparemos la mente y no pensaremos en los bandidos que están buscándonos en este edificio. Habla con tus amigos, comenzamos hoy mismo.

Y agregó, antes que Rask dijera algo.

—A Pil le gustaría la idea.

Oí cuando Rask tosió, aclaró su garganta, y se fue sin contestar.

Vell se reclinó y comenzó a murmurar en mi oído.

—Pil, regresa. ¿Qué quieres hoy, una canción, una historia? Mueve un dedo si me oyes.

Con desesperación intenté batir manos y pies, pero fue imposible. Al cabo de un instante ella tocó mi oreja con sus labios.

—Oye esto Pil —percibí su voz muy quebrada.

Caen los pétalos de mi juventud

Mientras te adoro al pasar y pasar frente a mí…

Sentí un pequeño seno contra mi hombro y me di cuenta que Vell había cantado, para mí, día tras día, noche tras noche, mientras yo estaba inconsciente.

Eres lejano como el bello sol

Siento el fuego de tu presencia

Porqué no me miras, porqué…

Rask regresó desde la oscuridad, silencioso como la desolación, y de la tonada oyó el final. Sentí que Vell lo miraba, llorando en silencio, mientras cantaba con la voz más dulce y triste que nunca había oído.

Mi amigo Rask comprendió la inmensidad del amor de Vell, se inclinó, y desde el otro lado de mi cara, murmuró como una ola del mar cuando se retira.

—Perdón Vell, es imposible.

Y agregó, a punto de llorar, una frase que no pudo concluir.

—Sólo te pido…

Sentí que ella se adelantó para evitar verlo sufrir más.

—Guardaré tu secreto Rask —lo dijo en tono casi feliz, tal vez por saberse poseedora de algo suyo.

Mientras tanto yo continuaba hechizado por la voz y el aroma de Vell.

Ese fue el momento cuando me enamoré de Vell, aunque ella era mayor que yo, tres o cuatro años. Me parecían siglos, ahora son un soplo de brisa.

Y caí de nuevo en la inconsciencia. Por alguna razón desconocida, la conversación entre ellos se hundió en el piadoso olvido de mi mente.

Yo no lo sabía, estaba inmerso en un triángulo infernal, incomprensible para mi edad.


Cuando abrí los ojos, el sonido de incontables pasos y carreras me sobresaltó, un olor de sudor, saturado con miedo, lo recibí como un martillazo, y unos fuertes golpes estremecieron el aire.

Apareció sobre mí la cara de Rask; a pesar de mi visión nocturna no lo reconocí en el primer segundo, estaba muy pálido y desgreñado.

—Vell —gritó—, Pil despertó.

Vell surgió inclinada sobre mí, bella, con una cabellera corta en extremo. A la luz de la única linterna encendida estaba más pálida que la noche de su llegada, cuando me atendió con la máquina médica. Sonrió y me hizo feliz.

— ¿Qué está pasando? —pregunté con voz débil, mientras en mi mente pujaban multitud de imágenes de los sueños.

En un instante recordé dónde estábamos.

Por ningún lado apareció, en ese momento, la memoria de la triste conversación entre Rask y Vell.

—Calma Pil —dijo Rask, tenso y jadeante—, estamos seguros. Hay bandoleros golpeando la compuerta, comenzaron ayer. Recorrían el edificio desde la noche de tu pelea, por suerte los oímos cuando ampliaban el agujero de la pared, por ello nunca salimos de este salón. Al fin nos encontraron. Deben haber visto huellas, había gran cantidad de barro esa noche. No podíamos limpiarlo, habría sido peor, notarían una presencia reciente.

— ¿Cómo está la puerta? —pregunté con la voz un poco más fuerte.

—Colocamos estantes pesados contra ella y continuamos plantando más cajas como refuerzo. La pared es demasiado fuerte para tumbarla a golpes.

— ¿Cuánto tiempo estuve dormido?

Rask miró a Vell y ella contestó mi pregunta.

—Tres meses Pil. La máquina médica te alimentó por las venas. ¿Cómo te sientes?

Levanté la cabeza e intenté incorporarme.

—Bien, pero no tengo fuerza.

Entonces me concentré en el sonido de los martillazos contra la compuerta blindada.

—Es un ariete robot, un martillo gigante. Tumbará la puerta en tres o cuatro horas, tiempo suficiente para hacer algo y salvarnos —dije con lentitud premeditada, para reducir la tensión sobre los niños; ellos habían permanecido encerrados y a oscuras demasiado tiempo. Ya todos iban a enloquecer.

Rask apretó los dientes y acarició los dos puñales en su cintura.

—Moriremos peleando.

Comprendí su terror, pero lucharía hasta morir.

Miré a mi amada y el pecho se me ensanchó.

—Vell, desconéctame de la máquina. Rask, hagan una silla con sus brazos y llévenme al fondo del almacén. Enciendan más linternas, la luz no aumentará el peligro.

Mi amigo fue a levantarme, junto con otro de los mayores, pero en el último instante miró a Vell, y se retiró. Hizo una seña y cuatro de los muchachos me transportaron.

—Que nos sigan en silencio —lo dije, aunque era innecesario; se veían a la expectativa, sin producir ruido alguno, como pequeños animales aterrorizados.

Muchos lloraban sin gemir, y quienes no lo hacían mostraban cara de espanto.

Rask y Vell caminaban muy cerca de mí, listos para sostenerme si la fuerza de mis transportadores fallaba. Yo estaba tan liviano que no fue necesario.

El constante martilleo, contra la compuerta, sacudía nuestros pequeños cuerpos una y otra vez.

—Hasta el escaparate grande, el de cajas negras —pedí con calma.

Un momento después miré a Vell.

—Empuja el estante —le ordené.

Ella miró la enorme estructura, y le pareció imposible, sin embargo cumplió la orden. Inspiró y se apoyó con toda su fuerza, varios de mis amigos dieron un paso al frente, pero Rask los contuvo al levantar una mano.

Yo murmuré en voz muy baja y muchos oyeron.

—Ábrete.

La masa metálica, de varias toneladas, atiborrada de sólidas cajas de plástico, duro como la piedra, comenzó a deslizarse en silencio, alejándose de Vell, quien se quedó estática ante el milagro.

—Fue una broma —dije y me salió una débil carcajada.

Ella comprendió la razón de mi jugada, y sonrió como un sol; así pude aflojar la tensión de los niños, el único que no cambió la cara fue Rask.

Ante nosotros apareció un pasillo de cuatro o cinco metros de largo, luego otro salón, casi vacío, diez veces más amplio que el almacén donde habíamos estado por algo más de tres meses. Poseía techo muy alto, con reflectores de luz solar, se fueron encendiendo hasta permitir una iluminación diurna como la de un crepúsculo. Los niños se fueron adaptando a la nueva luz, después de tan largo período en la oscuridad se habrían cegado con algo más intenso.

—Ahora, sin correr, traigan sus pertenencias, la máquina médica y todo lo necesario para nosotros —ordené mirando a Rask.

Trajeron de primero el colchón relleno de aire, allí me depositaron y quedé recostado contra un cúmulo de chaquetas. Con mi visión nocturna pude observar en detalle cada uno de las niñas y niños, con frecuencia deteniéndome en Vell. Mi corazón se agitaba cuando la veía pasar transportando cualquier cosa, el sonido de su voz me estremecía de placer.

Durante casi dos horas estuvieron trabajando, el impacto de los martillazos parecía marcar el ritmo de sus acciones. Al final, sin camisa y bañado de sudor, Rask se acercó a mí.

—Listo Pil. Tenemos de todo, podremos resistir seis meses más, si racionamos hasta el extremo.

—Muy bien Rask, aunque no te preocupes por eso, hay salones con duchas, y almacenes con mucha comida. Tenemos agua corriente en las llaves y recipientes de reserva —le contesté sonriendo.

Estuvo a punto de protestar, me lo imaginé preguntándose por qué había permitido tanto trabajo rodando pesados bidones y empujando cajas. Entonces sonrió un poco al comprender, ahora estaba relajado después de tanto esfuerzo.

—Pasen lista dos veces. Si no falta nadie Vell empujará la puerta —todos acompañaron mi débil carcajada.

—Ciérrate —dije un momento después, y varias compuertas deslizantes fueron clausurando el largo pasillo, rellenándolo de metal, entonces desapareció el sonido amenazador del ariete y los niños aplaudieron; hasta en el suelo les fue imposible percibir alguna vibración al colocar la oreja contra él, estábamos tan separados de los bandoleros como si hubiéramos dado un salto al espacio exterior.

Rask palpó la pared y la última lámina metálica.

—Necesitarán algo mucho más fuerte, si logran descubrir esta entrada.

—Y ahora que pasará Pil —preguntó Vell, recostada en la pesada máquina médica, la habían empujado entre casi todos, a pesar de tener ruedas muy efectivas.

—Comamos y bebamos Vell. ¿Crees que puedo tomar algo? Siento hambre y sed.

Ella saltó a los controles, colocó la palma de su mano sobre una pantalla y preguntó en voz alta.

— Doctor Visdom ¿puede el paciente Pil comer y beber?

La máquina contestó con una dócil voz masculina.

—Sí doctora Vell. Dieta especial, de las cajas verdes, con los números que ve en pantalla; deben retirarse los conectores, además desinfectar y cubrir los pequeños orificios en la piel. No olvide usar guantes, desechar el módulo de paciente y sustituirlo por otro nuevo, para la siguiente persona. Si lo desea yo puedo hacer todas las tareas.

—Gracias doctor Visdom, yo lo haré y usted me supervisa —dijo con alegría la niña, ella me había salvado la vida y era la dueña de mi corazón.

Los niños se maravillaron una vez más, una máquina de esa naturaleza, como Visdom, era imposible de ver en la mayor parte del mundo. Sólo Vell, cuyo padre fue médico, en una zona industrial importante, fallecido durante una incursión de salteadores, había conocido con antelación tal artilugio. Debió ser un gran hombre, al tratar la niña como si fuera un varón, a pesar de los riesgos para su seguridad por esa actitud subversiva.

En ese momento vi a Be, la muchacha que se había encargado de limpiar, todos los días, el altar de la señora que amamanta un niño y los huesos del que ella misma llamaba su profeta. Me sonrió, sorprendido observé en sus brazos la figura que había estado por siglos sobre la caja que hacía de tabernáculo.

Debo hablar con ella —pensé.


Regados en el suelo, sobre chaquetas y cobijas, terminamos de comer. Vell me había dado la comida en la boca, a pesar de mis protestas. Yo había estado observando el enorme grupo, se habían mezclado sin la obligatoria línea fronteriza entre niños y niñas. Ellas hacían preguntas a los más pequeños y estos contestaban, fascinados por su atención. Los mayores recogieron los recipientes desechables y los arrojaron por las compuertas especiales en la nueva habitación de las duchas. Tal vez para olvidar los terribles meses anteriores, todos comentaban la belleza y pulcritud de las instalaciones, yo lo atribuyo a la mejor iluminación, aunque en verdad el piso y las paredes eran más brillantes, en especial el enorme muro ubicado al fondo. Entonces recordé.

Despacio, y algo tembloroso, levanté un brazo y señalé hacia allá.

—Enciéndete —ordené en voz baja.

Resonaron exclamaciones de asombro.

—Una pantalla gigante, como la de nuestra cuadra —dijeron algunos.

Surgió un fondo azul y una melodía suave. Todos esperaban la pronta aparición de alguno de aquellos locutores de barba oscura.

—Hola niños. Soy Mor, la inteligencia artificial de este edificio.

Hubo gritos de sorpresa.

Era una mujer, algo imposible de ver en alguna pantalla pública del globo. Aunque consistía en una creación tecnológica, estaba prohibido mostrar figuras femeninas, bajo pena de cárcel y muerte. Ella mostraba la cabellera y el cuello. Su belleza sutil hipnotizó a niños y niñas, la dulzura maternal de la voz los mantuvo mudos.

Yo estaba sorprendido, sin embargo no fascinado, hasta me pareció familiar aquella cara. Para mí ninguna mujer superaba la belleza de Vell. Miré atrás a la izquierda y allí estaba acuclillado mi amigo Rask, también él había volteado hacia mí, de inmediato desvió la vista hacia la pantalla. Sentí otra mirada y mi corazón dio un traspié de alegría, recostada sobre un bolso de dormir estaba Vell, nos había estado observando y al sentirse descubierta me sonrió, como pidiendo disculpas.

Formábamos un triángulo equilátero, por alguna razón mi mente de niño reparó en ese detalle curioso.

La inteligencia artificial Mor pidió a cada uno de ellos que pronunciara su propio nombre, al parecer no me había visto. Describió, cómo ella, se encargaría de hacer amena nuestra estadía en aquel lugar para recuperación de la salud, comprendimos que se comportaba como la anfitriona de un grupo de niños convalecientes de algún mal. Propuso varios juegos, todos estaban tan cansados que prefirieron la opción de mirar videos en un gran sector de la pantalla, sobre animales ya desaparecidos del planeta.

—Muy bien niños —agregó Mor—, también debemos cumplir una medida de seguridad.

Con la mirada aún más serena, y todavía sonriente, me buscó.

—Hola Pil, los invasores están a punto de entrar al depósito de materiales. ¿Cuáles son tus órdenes para la defensa?

Apareció una tercera división en la pantalla, con recuadros mostrando muchos sectores del rascacielos.

Miré la cara de Mor y las imágenes donde aparecieron los bandoleros. La sorpresa me abrumó, ¿de dónde habría sacado ella que yo debía tomar decisión con respecto a esa gente?, me preguntaba de manera confusa.

Las caras de los forajidos nos aterrorizaron, uno de ellos, al lado del ariete robot, levantó la mirada hacia la cámara oculta, tenía los ojos enrojecidos, como las aves negras del basurero y el hambre por víctimas brotaba de esas pupilas saltonas. Había otros muy jóvenes, debieron perder la infancia al lado de aquellos depravados, y se veían contagiados de crueldad. En total serían más de quinientos, repartidos en los diferentes niveles de la titánica estructura.

No contesté, estaba mudo de irresolución.

Asesinar toda esa gente era algo muy malo, pensaba yo con mi mente de niño. Es cierto que ya había matado a dos bandidos, pero no tuve tiempo de pensar en lo horrible de aquella acción, ahora era distinto. ¿Debía atacarlos de inmediato o permitir su entrada, para no mancharme con más sangre? Mi espíritu se desgarraba entre ambas ideas.

La expresión de Mor me indicaba que la inteligencia artificial, por alguna razón desconocida para mí, no había tomado, ni tomaría, iniciativa alguna en defensa de los niños sin mi autorización.

Al fin contesté, en medio del silencio, interrumpido por gruñidos de focas devorando pescado.

— ¿Puedes obligarlos a salir del edificio? Tal vez la policía los aleje —aquellas palabras salieron como si recitara un poema, sin recordar cuando lo aprendí.

La mirada de Mor no se movió de mis ojos.

—He seguido noticieros que aún transmiten Pil—contestó ella con ternura—, es una situación anárquica, significa que en esta área no hay autoridades. Tenemos invasión de saqueadores, traficantes de niños y desequilibrados asesinos. Cuentan con más herramientas, y el tiempo necesario para llegar hasta aquí. Pil, no sólo aquellos hombres que mataste los vieron entrar a ustedes y a las niñas.

Lo dijo como si hubiera estado narrando un cuento infantil, y pude oír gemidos de terror.

Algo en mi cara debió mostrar que no estaba dispuesto a convertirme en un frío asesino, como los que estábamos observando. De reojo vi a Rask desenvainar, hasta la mitad, sus dos cuchillos; del otro lado a Vell, cuando abrazó a la más pequeña de las niñas.

A pesar del paso de tantos años, recuerdo con claridad el odio que sentí contra Mor, y contra toda la maldad, que desde mi nacimiento me había perseguido y acosado. Aquella mente electrónica, y las circunstancias, me estaban empujando a convertirme en un asesino bestial. Sentí que prefería morir en ese mismo instante y comencé a bajar la cabeza.

—No es justo —dijo muy despacio Vell.

Como una explosión de luz cegadora, frente a mí, vi una tercera imagen abstracta. Justicia era una palabra casi desconocida por los niños del basurero, pero en nuestros juegos y luchas teníamos reglas, y por alguna razón inexplicable, nacida dentro de cada uno, las considerábamos indebido romper. Comprendí la expresión pronunciada por Vell, y entre aquel triángulo infernal de incertidumbre tomé mi propia decisión.

Sin mover el resto de mi cuerpo, levanté la cara hacia el muro lleno de figuras en movimiento.

—Entonces Mor, termina con ellos.

Las imágenes de los invasores, y la cara de Mor, desaparecieron, la música subió de volumen y comenzó un video esplendoroso, mostrando paisajes de lagos rodeados de verdes montañas, con perfectos cielos surcados por bandadas de aves multicolores. Poco a poco la belleza capturó la mente de los niños, menos la de nosotros, los que continuábamos sentados formando un triángulo duro e indeformable.

Me recosté sobre el cúmulo de chaquetas arrugadas y cerré los ojos, aunque no quería imaginé chispazos de alta tensión, surgiendo de techos y paredes. El olor de carne quemada me pareció percibirlo con mi respiración; luego, el ruido de maquinaria, recogiendo cadáveres y lanzándolos por compuertas de basura, se transmitió por mis huesos. Sabía que era imposible, nada de eso podía traspasar aquellas sólidas paredes, con cuatro metros de espesor.

Sentí el calor de mis lágrimas corriendo por la cara, y una frescura repentina. Abrí los ojos y allí estaba Vell, limpiando mis mejillas con su mano. Me abrazó, no sé cómo pero sentí las miradas cruzadas entre ella y Rask; mis ganas de llorar aumentaron, y los tres lo hicimos en silencio, sin saber con certeza por cual de nuestras tragedias.

Ahora, desde la infranqueable distancia, cimentada por los años, las mismas lágrimas caen sobre el papel donde escribo esta crónica.

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