Un nuevo autor nos envía una de sus historias para verla publicada en La Cueva del Lobo, en esta ocasión se trata de Damián Neri, de México, quien nos narra una historia de relativismo y viajes en el tiempo:

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CONTINUIDAD

Enero 2010

    —¡Santo Dios! —exclamó Petrov, frotándose la barbilla—. ¿Insinúas que con esta cosa puedes saber el momento en el que el universo dejará de existir?

    —Así es —dijo Lowell, bastante excitado—. Verás, este aparato realmente lo que hace es  medir la continuidad temporal. Si el universo deja de existir en un momento dado esta aguja que ves, y el indicador digital, marcarán cero, pues ni el tiempo ni el espacio existirán.

    —Necesito entenderlo bien. ¿Cómo se supone que esta cosa sabrá cuando la continuidad temporal se ha roto?

    —Bien. Verás, yo… desde hace muchos años he experimentado con dilataciones temporales, sin la necesidad de incluir efectos relativistas. Como sabes, Vasili desarrolló esa caja —señaló un aparato en una de las esquinas—. Cuando se genera una dilatación infinita del tiempo, el indicador se va acercando cada vez más a cero y, haciendo una extrapolación, tomando el límite, podemos saber que marca cero en cuanto el tiempo deja de fluir. Pero eso es en el presente. Si sintonizamos el aparato de continuidad en una fecha, y escaneamos el comportamiento temporal en los alrededores de ella, podemos saber si hubo una ruptura. Verás —se encaminó hacia la caja. Era marrón, con el aspecto de un gran cofre. La abrió—. Ahora, si me lo permites, introduciré el medidor de continuidad dentro de la caja de dilatación —la cerró. Dentro, a través de un costado acristalado, se veía el medidor, del tamaño de un walkie-talkie—. Ahora la encenderé. Mira el indicador digital y la aguja. ¿Qué hora es?

    —14:29:32. El indicador no se mueve. No, espera, esta disminuyendo… ahora ya no se mueve.

    —¡Exacto! Ni se moverá. La dilatación temporal dentro de la caja ahora es prácticamente infinita.

    —Pero… mencionaste que marcaría cero.

    —Ahora no marca cero, pero pudo haberlo marcado antes. Verás, no podemos observarlo a causa de la dilatación temporal —el doctor Alfred Lowell apagó la máquina, que hizo un gran zumbido cuando se detuvo. El medidor marcó uno. Lo sacó de la caja. Esperó.

    Petrov lo miró fijamente, allí, parado a un lado de la caja humeante. Frunció la frente y las cejas.

    —Pero, Alfred, esto… esto no me dice nada nuevo… solo…

    Lowell sacaba el medidor de la caja.

    —Está un poco frío —dijo—. La dilatación infinita implica que la energía cinética sea nula. Se llega hasta el cero absoluto… bueno, casi… Eso explica este repentino vapor —Lowell se acercó a Petrov. Le acercó el medidor hasta casi tocarle la cara—. Dime, cuanto marca ahora.

    —Uno, marca uno —Lowell sonrió con la respuesta.

    —Ahora, sintonízalo a las 14:40:00 del día de hoy. Tan solo aprieta esas teclas, aumentan o disminuyen la fecha.

    —Ya, listo, ¿ahora?

    —¿Cuánto marca? —preguntó Lowell.

    —Uno. Aún marca uno.

    —Ven, pongámoslo dentro de la caja —se acercaron y lo metieron en el dilatador. Seguía marcando uno.

    —¿Se supone que esto pasaría? —preguntó un tanto enfadado Petrov.

    —Sí, es exactamente lo que debía pasar… Vasili, ¿que te parece si programamos la máquina para que se encienda a las 14:40:00 de hoy? —Lowell activó un control de tiempo de encendido en el dilatador temporal—. Ahora, ¿cuanto marca el medidor?

    A Vasili Petrov ya le comenzaba a molestar un poco esa pregunta.

    —Uno. Marca uno.

    —Lo adelantaré unos segundos. 14:40:20 —una sonrisa se extendió en el rostro del doctor Lowell—. Mira cuanto marca.

    Petrov se acercó con curiosidad. Miró unos cuantos segundos. La caja dilatadora estaba abierta, apagada, el medidor estaba dentro, marcaba cero. Levantó la vista hacia Lowell. No pronunció palabra ninguna, esperaba a que Lowel dijese algo.

    —Vasili, el medidor está funcionando perfectamente, está escaneando el futuro, y predice que… eso es lo mejor… la predicción es espaciotemporal, pero se mantiene en un marco de referencia espacial fijo en la Tierra… predice que exactamente a las 14:40:20 de este día, justo dentro de esta caja, la continuidad temporal habrá cedido.

    Los ojos de Petrov parecían más abiertos que nunca, y no dejaban de ver a Lowell. Miró hacia el suelo.

    —Alfred… ¿qué sucedería si en este momento la máquina es desconectada?

    —Nunca lo he intentado, ni siquiera pienso intentarlo. El medidor predice que se creará una infinita dilatación temporal dentro de la caja, pero si la desconectamos eso no pasará. Eso… eso… no tengo idea de las consecuencias que podría acarrear.

    —Se generaría una paradoja —dijo lentamente Petrov.

    —Pienso, y así lo creen varios colegas, que tal paradoja llevaría a una destrucción de todo el universo —se rió con una risa nerviosa—. Sabes… una vez… había programado la máquina a una cierta hora, y escaneé el futuro con el medidor… sin embargo, la lectura marcaba uno. Hubo un apagón, y la máquina dejó de funcionar, también la batería de repuesto. Tres veces más ocurrieron cosas semejantes, todas me decían que el medidor funcionaba muy bien —Lowell se sentó en su gran sillón marrón e hizo una gran pausa, mientras Petrov seguía de pie—. El viaje hacia el pasado no es arriesgado. Nosotros existimos, el universo existe, por tanto no fue destruido en un punto del pasado. Sería tonto creer otra cosa. Si mi viaje al pasado genera la destrucción del cosmos, esta se generaría en el momento en que yo alterara el medio, por más mínima que sea tal alteración, y esto tendría que suceder en el momento exacto de mi llegada. Si logro realizar este viaje en el tiempo, al pasado, significa que el presente que estamos viviendo arrastra con él su propio pasado, y mi llegada —hizo otra pausa—. En caso de que la destrucción tenga lugar después de mi llegada, lo sabré por mi medidor, tan solo por precaución.

    —Lowell, la máquina no ha sido aún probada. No sabes si…

    —No ha sido probada, pero no me importa tomar ese riesgo. Y supongo… —empezó a reírse—. Supongo que deberás dudar de mi equilibrio mental en este momento, pues no tengo razón específica para viajar al pasado, tan solo lo hago por amor a la ciencia, aunque me gustaría visitar algunos sitios y momentos…

    La máquina de dilatación  zumbó ligeramente, se había encendido. Petrov la desconectó.

    —Solo que pasa algo —se interrumpió Lowell.

    —¿Qué?

    —Si viajo al pasado, no puedo regresar antes de haber realizado el viaje en el tiempo, tendría que ser, obligatoriamente, después del evento. No puedo regresar antes, pues si así pasa, es probable que yo nunca efectúe el viaje. De hecho me encontraría conmigo mismo antes de viajar al pasado. No es una contradicción, ni una paradoja, simplemente es imposible que suceda. No me preguntes como…

    * * *

    Vasili, Vladimir y su hija, Mileva, estaban de pie en las escaleras de madera de la gran habitación. En la mitad de aquel gran espacio se hallaba la máquina del tiempo. Un coloso de seis metros de diámetro, con forma de esfera, de color plateado brillante, y una pequeña cápsula de vidrio reforzado en la parte superior. Algunos rayos del sol se filtraban por las pequeñas ventanillas en la parte superior de la habitación.

    Lowell caminaba hacia los espectadores, a paso lento, y con el medidor de continuidad en la mano. Se paró frente a ellos, pero no supo qué decir.

    —Señores… señorita —dijo mirando a Mileva—. Ya saben que este es el primer viaje… la primera prueba de la posibilidad de los viajes al pasado, y… no sé con certeza si esto saldrá del todo bien, pero si falla… ya le he dicho a Vasili lo que debe de hacer con mis trabajos, sobre todo con el continuómetro… ya tiene un ejemplar. Yo…

    Alfred Lowell acarició un costado de la máquina. Era frío y liso, completamente pulido. Rodeó la gigantesca máquina y trepó por unos escalones instalados en el fuselaje. Al llegar a la cabina, se dejó caer en el asiento rojo.

    —Desapareceré ante ustedes, pero reapareceré exactamente 10 segundos después, exactamente a las 16:55. Y ya casi es hora —cerró la cápsula transparente encima de su cabeza, y la selló completamente. Se despidió con un movimiento de la mano. Había un gran reloj en el fondo, faltaban unos segundos para la hora.

    Desapareció.

    —¡Oh Dios mío! —exclamó Vladimir ante el gran hueco dejado por la gran máquina del tiempo. No había rastro alguno del coloso de metal, ni hubo ruido alguno, sólo el de una ligera corriente de aire que ocupó el sitio en el que había estado la máquina.

    * * *

    La gran esfera metálica apareció en algún lugar del Mar Mediterráneo.  Lowell se quedó pensativo un momento. Sacó su medidor de continuidad temporal y escaneó el futuro cercano. 2069, 2070, 2071… 2130…

    —Inexistencia de variaciones en la continuidad temporal —empezó a reír a carcajadas, casi descontroladamente, hasta que se dio un pequeño golpe en la frente dentro de la reducida cabina, eso lo calmó un poco. Miró a la cámara que estaba instalada en la cabina—. Teoría confirmada. Los viajes al pasado no alteran la continuidad espaciotemporal. Al menos no éste —dijo.

    Revisó  la fecha: 8 de septiembre de 2068. Navegó en la máquina del tiempo por el mar. Pudo llegar cerca de la costa de Francia. Al salir del agua, se percató de la presencia de algunas personas en la playa, esta gente irremediablemente también se percató de su presencia, pero Lowell simplemente se fue volando con su máquina.

    —¡Un OVNI! —gritaron algunos.

    Estuvo sobrevolando los cielos de Francia por un largo momento, necesitaba llegar a Lyon, allí se firmaría el tratado de paz entre dos grandes potencias. El famoso e históricamente inefectivo Tratado de Lyon.

    Con gran sorpresa detectó un avión caza volando muy cerca de él. Viró, y se dispuso a aterrizar, aunque temía por la reacción de la población. ¡No! ¡En los diarios nunca hubo nada de esto, así que no debería de pasar! Aún dudaba acerca de lo que pasaría si violaba algún principio esencial. Ascendió, pero el avión caza lo siguió, y ya eran tres. Siguió ascendiendo más y más, hasta que los cazas ya no pudieron darle seguimiento, sin embargo, aún seguía en sus radares. En una zona boscosa, y sin señales de civilización, decidió aterrizar y esconder su máquina del tiempo.

    Al día siguiente, en decenas de periódicos, se publicaría la noticia un avistamiento de un objeto esférico y plateado que volaba a gran velocidad. Otro caso OVNI.

    * * *

    —¿Qué crees que se pueda esperar del Tratado de Lyon? —decía Marie Piket, mientras tomaba una taza de café—. Cualquiera con un mínimo de raciocinio puede darse cuenta que… ¡Oh, santo Dios! —se levantó instantáneamente de la silla, tirándola en el suelo—. ¡Aurelie! ¡Hay un hombre en medio de la calle!

    Un sujeto se hallaba en el paso de los automóviles. Las dos mujeres corrieron y arrastraron al sujeto, que dejaron en la acera delante de su puerta.

    El hombre se despertó, gritando de dolor. Sus piernas estaban llenas de heridas por el roce con el áspero pavimento. Las damas lo soltaron. Las miró atentamente, ellas también lo miraron, casi igual de sorprendidas.

    —¿Quienes son ustedes? —preguntó desde el suelo.

    Las mujeres no respondieron, solo se miraban entre si.

    —¿Pueden decirme qué hago en este lugar?

    —Señor, usted… lo hemos encontrado tendido en la calle. ¿Está bien?

    —Ha tenido suerte —dijo Aurelie—, pudieron haberlo atropellado los autos…

    —¿Cómo se llama, caballero? —preguntó Marie.

    Sacudió  la cabeza. Las mujeres, obviamente, no hablaban inglés.

    —Mi nombre es Lowell, Alfred Lowell —respondió en un francés tosco y vacilante.

    —¿Es usted inglés o americano?

    —Nada de eso, soy galés. Co… ¿cómo llegué a la calle?

    Las mujeres volvieron a mirarse entre si.

    —Señor, no lo sabemos, usted apareció de repente.

    —Como si hubiera caído del cielo —añadió Aurelie.

    Lowell se levantó y miró sus ropas agujereadas. No pudo deducir nada de su vestimenta. Tan solo recordaba su nombre y que era de Gales.

    —Pueden decirme, por favor, ¿en qué parte de Europa me encuentro? —preguntó desconcertado, sin levantarse aún del piso.

    —Lyon, Francia —dijo Marie, pausadamente.

    —Lo siento mucho, señoritas —dijo mientras se levantaba del suelo—. Siento haberles causado esta molestia, y… gracias por quitarme del paso de los automóviles. Pero… tengo que irme —se dio media vuelta.

    —¡Oiga, espere! ¿sabe donde va? —preguntó Marie.

    —Yo… no… —realmente no sabía qué hacer.

    —Puede quedarse. Es posible que sufra algún tipo de amnesia temporal. No le irá bien si se queda en las calles —Marie se quedó parada firmemente y con los pies muy juntos.

    —Verá, no quiero causarle más molestias, y yo…

    —Puede quedarse el tiempo que sea necesario, mientras empieza a recordar, después puede irse cuando usted lo desee.

    Lowell, a costa de la generosidad y persistente insistencia de aquellas damas, se quedó en su casa.

    * * *

    —Usted tiene el mismo apellido que mi marido, ¿sabe? —le dijo Marie, mientras los dos estaban sentados en la mesa de la cocina.

    —¿Cuál es su nombre… el de su marido?

    —Charles Lowell. También es originario de lo que antes era Gales.

    —¿A qué se refiere con “lo que antes era Gales”? —preguntó asombrado, y asombrado también de que lo único que recordaba lúcidamente era la geografía.

    Marie quedó un rato pensativa.

    —Verá, Gales era territorio que formaba parte de la Gran Bretaña, pero hace dos años…

    A Alfred no pareció importarle mucho eso, tenía la mente confusa. Agitada. Intentaba recordar algo de su origen y su persona, pero nada le venía a la memoria.

    —Y ¿Dónde se encuentra su esposo Charles en este momento?

    —Está en España, al lado del ejército inglés, luchando contra el ejército…

    —Dígame señorita… no conozco su nombre… es usted… —dijo con nerviosismo.

    —Oh, si. Marie Piket Foelich. Mi amiga, la que estaba hace un momento es Aurelie…

    —¿Me permite su baño, por favor? —se levantó de la mesa.

    —Claro. Suba las escaleras —señaló—. La primera puerta.

    Subió  al primer piso. En el pasillo había un cuadro de Vermeer, “El Geógrafo”. La casa le parecía familiar. Lowell observó sus ropas en el espejo. Miró su rostro, debía de tener unos treinta o treinta y cinco años, aunque ya se notaban algunas canas. Su cabello estaba mojado, no olía muy bien. Una bata azul, ningún símbolo en ella que le pudiese servir para recordar. Sus pantalones, negros y rotos. Sus bolsillos… papeles, un mapa de Europa, otro de Francia, Gran Bretaña… Quizá era un turista. Un boleto del Metro. No había nada más.

    —Pero, ¿qué demonios…? —exclamó. Su cuerpo estaba lleno de cicatrices. Una gran línea cruzaba todo su tórax, como si lo hubieran abierto para analizarlo. Comenzó a quitarse la ropa.

    —Mr. Lowell, ¿se siente usted bien? He oído que gritó —dijo Marie detrás de la puerta.

    —No, yo, estoy… —comenzó a vestirse. ¿Pero que ocurría? Se preguntaba una y otra vez. Marcas de múltiples cicatrices, otras marcas aún más extrañas, como si le hubiesen insertado tubos. ¿Una abducción? ¿Había sido abducido? Por lo menos sabía que era una abducción. Debía recordar algo más. Algo extraño había pasado. Quizás le habían borrado la mente. Comunistas o gente del Gobierno, nunca se puede confiar en ellos. Habría logrado escaparse del sitio donde lo tenían recluido. Lowell abrió la puerta, con la respiración un tanto agitada, y terminándose de cerrar su camisa.

    —Que curiosa camisa lleva usted… —le dijo sonriente Marie—. ¿Tiene hambre?

    * * *

    —En la gran habitación, Vasili, Vladimir y Mileva esperaron los 10 segundos anunciados por Lowell.  Y otros diez, y diez más…

    —Vasili… han pasado dos minutos —dijo Vladimir, rompiendo el silencio sepulcral al cabo del tiempo—. Puede ser que… —dijo nerviosamente.

    —No, él… —respondió inmediatamente— él…

    * * *

    —No, no hay a quién notificar, Alfred no tenía familia —respondió Vasili—. Sus padres murieron cuando era pequeño.

    —Eso no es del todo correcto —interrumpió el rector William Leiber.

    —¿Cómo dice?

    —Su padre y su madre adoptiva fueron las que murieron en ese accidente, no su madre biológica, ella todavía sigue viva.

    —¿Cómo sabe usted eso? Alfred nunca nos comentó nada de ello —peguntó sorprendido Vladimir.

    —En nuestra universidad, tenemos que conocer el más mínimo detalle de nuestros hombres, sobre todo nuestras mejores mentes. Me es penoso saber que Alfred Lowell esté muerto —dijo enlazando las manos, con los codos apoyados sobre su escritorio.

    —No estamos completamente seguros de que esté muerto…

    —¿De qué me está hablando? 

    * * * 

    Llegaron los dos hombres, acompañados del profesor George Stewart, de la universidad. La casa, de dos pisos y de madera, se hallaba rodeada de una gran cantidad de vegetación, lo cual, en aquellos tiempos, era extraño y sorprendente. Subieron.

    —¿Está diciendo que es muy posible que mi hijo halla muerto por hacer un viaje en el tiempo? —dijo casi sin emoción.

    Vasili asintió con la cabeza. La señora Emilie Stevenson se levantó  de su silla y fue a un extremo de la habitación. Sacó una caja de un mueble de madera.

    —Verán, yo no pude conocerle bien —dijo con tristeza, mientras sacaba una fotografía de Alfred de la caja—. Fue un embarazo terrible. Antes de que él naciera, yo quedé en coma. Cuando desperté, mi marido, Bernard, se había casado de nuevo y mi hijo ya tenía 11 años. Y yo… yo no podía hacerle ver la verdad… no podía hacerle sufrir. Después de la muerte de mi esposo… ex-esposo y su mujer, se quedó al cuidado de sus tíos Robert y Anita…

    —Entendemos —pero no era así—. Realmente sentimos lo que ha pasado… para nosotros, como sus colegas y amigos, también resulta ser…

    —¿Y están seguros de que no volverá? —preguntó, al borde de las lágrimas.

    —No podemos saberlo.

    Salieron de la casa. El profesor George Stewart estaba nervioso. Intentaba contener algo, pero al final, ya no pudo.

    —Señores —les dijo con emoción—. Creo que cabe la posibilidad de que podamos hallar al profesor Lowell.

    —¿A qué te refieres con exactitud? —balbuceó Vasili.

    —Quizás… el señor Lowell pudo efectuar verdaderamente ese viaje en el tiempo, porque… ¿por qué pensamos que no fue así?

    —¿Y si así fuese?

    —Si así fuese —respondió Stewart—, existirían señales de su presencia en el pasado. ¿No recuerda lo que decía el señor Lowell? Si el viaje al pasado es posible, todos los hechos del presente son el resultado de las distintas intervenciones en el pasado… Díganme, ¿dónde fue en su viaje?

    —Al Mediterráneo, a pocos kilómetros de Myeres. Su primer destino era Lyon.

    —¿Sabe la fecha?

    —Claro que la sabemos. El 8 de septiembre de 2068 —habló Vladimir—. Quería presenciar la firma del Tratado de Lyon.

    —Un momento —interrumpió pensativo Vasili—. Su abuela era francesa.

    —¿Vivía en Lyon? —preguntó Stewart, rascándose la cabeza.

    —No lo sé… tal vez su madre lo sepa.

    No se habían alejado mucho, así que volvieron a subir las escaleras.

    —¡Señora Stevenson! —tocó Vasili la puerta, que se abrió a los pocos segundos.

    * * *

    —Marie Piket Foelich murió hace muchos años —dijo Vasili, sosteniendo un diario, dentro de la gran habitación, donde la gran máquina nunca regresaría—. Ella y su esposo fueron asesinados por un perturbado.

    —¿Se sabe quién era ese perturbado? —preguntó frunciendo la frente Vladimir, inclinándose para leer el diario.

    —¿No estarás pensando que ese hombre…?

    —Cabe la posibilidad.

    —El diario no dice mucho acerca del caso, pero aclara que este hombre nunca pudo ser completamente identificado. Al parecer era inglés, por su acento. Dice… dice que lo encerraron en un manicomio, el… Manicomio de Lyon. No hay ninguna fotografía. Eso es todo.

    —¡Lo he localizado! ¡Lo he localizado! —entró gritando frenéticamente George Stewart, secándose el sudor de la cara con un pañuelo—. Lyon… está en Lyon. ¡Sigue vivo! ¡Lowell sigue vivo! —se agachó y se sentó en uno de los peldaños de las escaleras. Los dos hombres lo miraban con los ojos bien abiertos.

    —¿Vivo? —exclamó Vasili.

    —Exacto, eso he dicho.

    —¿Viajaste a Lyon? —le preguntó Vladimir.

    —No, no, eso no era necesario. Recuerdan que la madre de Alfred mencionó a su tío Robert Lowell. Su tío, él vive en Norwich. ¡Y por Dios que no me creerán cuando les diga lo que he encontrado!

    * * *

    —Cuando vi las fotografías… —comenzó el tío Robert, sentado en un pequeño sillón, enfrente de los oyentes—, yo… nunca las había mirado fijamente. Mi hija, Emilie, tenía unas fotografías, que guardó cuando mis padres vivían, antes de que… —tomó un álbum, y lo abrió—. Esta es una de las fotografías —se las mostró—. Me enteré de que mi madre, mientras mi padre estaba en la guerra, recibió a un sujeto, que nunca pudieron identificar por completo, aunque él aseguraba llamarse Alfred Lowell, y supe también que él había asesinado a mis padres. Parece ser que era paranoico… lo encerraron en un manicomio. Decía que los alienígenas lo habían abducido.

    —¿Puede decirme si la persona a la que encerraron en ese manicomio francés es realmente Lowell? —Vladimir fue al grano. Robert se quedó callado un momento.

    —Tengo una fotografía del año de 2068 —se la mostró.

    En la foto se veían cuatro personas, Charles y Marie, y al lado de esta última el pequeño Robert siendo cargado en brazos por Alfred Lowell. Su cabello y su barba estaban crecidos, pero no había ya duda de que él era el profesor Lowell.

    —Pero, ¿por qué nunca volvió?, ¿por qué se quedó a vivir en el pasado? ¿Y por qué asesinó a sus abuelos? —se preguntó en voz alta George, al tiempo de que miraba la fotografía detenidamente y sin parpadear.

    —Sin embargo —dijo en voz baja Robert Lowell, mirando a un punto perdido en el espacio— hay algo que me aterra de esto.

    —¿Qué?

    —En la familia nunca hablamos de ello, pero la fecha de nacimiento de mi hermano Bernard y el periodo en el que mi padre estuvo luchando en España…

    —¿Que insinúa? —interrumpió visiblemente angustiado Vasili.

    —Que Bernard, mi hermano, no puede ser hijo de mi padre.

    —¿Eso es correcto señor Lowell? —preguntó horrorizado.

    —Sí. Alfred Lowell apareció a finales de septiembre de 2068. Según los diarios de mi madre mi padre partió hacia España en agosto y no volvió hasta un año después. Bernard nació en julio de 2069. Hagan ustedes mismos los cálculos.

    Vasili se levantó de su asiento, se tambaleaba, sus piernas parecían traicionarle, caminó y miró por la ventana. En el cielo, cruzaba a toda velocidad una de las naves de la Unión Europea, era esférica, y había sido diseñada por el ejército francés hacía décadas, pero aún la utilizaban. Tenía una cierta familiaridad… Brillaba a la luz del día con un intenso brillo metálico, y en un instante se esfumó en el aire, desapareciendo sin dejar rastro. No hizo ruido alguno, solo una ligera corriente de aire ocupó el lugar que antes había ocupado la nave.

Damián Neri

Damián Neri

Puedes leer mas de Damián en su Blog personal Sonata Cuadrática

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La imagen la encontré en ConceptShips

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