Faola

Joseín Moros continúa sorprendiéndome, cuando leo sus relatos con frecuencia olvido que también es el artista detrás de las ilustraciones de todos los relatos que publica. El mes pasado publicó en nuestro blog no solo el relato correspondiente de El Desafío del Nexus, si no que además también publicó un relato adicional para participar en nuestro Concurso anual.

Pero por si todo eso fuera poco apenas pocos días después, retorna a nuestras páginas con un nuevo obsequio, pero en esta ocasión se trata de un cómic inspirado en el universo de Crónicas de Pil, con ustedes Faola:

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Felicitaciones nuevamente Joseín, que gusto ver como avanzas no solo como escritor si no también como artista gráfico.

Piedranegra

Tenemos que quitarnos el sombrero con nuestro amigo Joseín Moros, no solo ha estado participando mes a mes en el Desafío del Nexus, si no que además este mes también nos presenta una historia aparte para participar en nuestro Concurso anual.

Una historia que debo decirlo es muy interesante, introduciéndonos a un nuevo universo con tonos de terror y fantasía como nunca antes le había leído, esperemos que este cuento solo sea el primero de una serie:

Piedranegra, ilustración

Piedranegra

Autor: Joseín Moros

Una niña, y su hermano menor, sufren un accidente y se ven secuestrados a un mundo fantasmal. En su lucha, intentando regresar, quedan envueltos en una batalla entre espeluznantes seres de la oscuridad.

Entre estos mundos, ambos muy reales, existe una forma secreta para viajar de uno a otro. Las puertas de comunicación están protegidas por abominables entidades; ellas, muchas veces, pueden confundirse con los habitantes de ambos universos.

Es un medio día cualquiera y en plena época de calor. En el subsuelo de la enorme ciudad multitudes luchan para entrar a los trenes del metro. Una pareja de niños son empujados por la muchedumbre hasta la mitad de un vagón.

—Estamos lejos de la puerta, no podremos salir a tiempo —se lamentó David.

—Movámonos hacia una salida —agregó Marina, aferrando la mano del hermano menor, haciendo esfuerzo para abrirse paso entre un bosque de piernas. El aire acondicionado resultaba insuficiente para refrescar el gentío y los cuerpos parecían contener sangre hirviente.

Entonces el tren partió, acelerando con fuerza.

Sin advertencia retumbó un fuerte golpe y todo quedó a oscuras. Ninguna luz de emergencia llegó a funcionar. Muchos pasajeros gritaron mientras el vagón retemblaba, hasta que se detuvo.

Alaridos de miedo, insultos, advertencias de calma, sonaron al mismo tiempo. El sonido de impactos contra las ventanas aumentó el caos, tampoco las puertas respondieron a los esfuerzos de quienes intentaban abrirlas en plena oscuridad.

Una tras otra comenzaron a encenderse pantallas de teléfonos celulares. Las caras de los pasajeros, con expresión de pánico y brillantes de sudor, parecían espectros bajo las coloreadas iluminaciones.

Otro estampido hizo gritar aún más a la multitud, alguien había utilizado un objeto pesado contra un vidrio. Luego sonó otro cristal y el ruido de la gente empujándose, para salir por las ventanas, empeoró el tono de la gritería.

Marina arrimó a su hermano David contra la pared del vagón, luchando para no ser pisoteados.

Un momento después los gritos y llantos se fueron alejando, hasta que todo quedó en silencio.

Una luz, en el suelo del vagón vacío, quedó como única iluminación.

—Es un teléfono, alguien lo perdió —dijo David, con la voz temblorosa.

—Nos servirá de linterna —agregó su hermana, y la niña lo recogió.

Con bastante esfuerzo salieron por una de las ventanas rotas, el granizado de vidrio crujió cuando los niños cayeron al suelo. Miraron hacia los lados, el tren a oscuras reflejaba una luz blanquecina proveniente de muy lejos, suficiente para caminar sin peligro de una caída. Marina guardó el teléfono en un bolsillo de su ropa.

—Hay una acera, subamos, es más seguro —dijo ella.

Treparon con facilidad, a pesar de estar a casi un metro por encima de los rieles.

—Hace frío, y huele muy mal. ¿Por dónde se fue la gente? —preguntó David, mirando hacia ambos lados del túnel tenebroso.

—Regresemos a la estación —indicó Marina, tomando la mano de David.

Sus corazones golpeaban con fuerza, la oscuridad y el silencio eran demasiado espesos. Enormes vagones los intimidaban con sus negras ventanas, como cuencas vacías de cabezas gigantescas.

Largos minutos después llegaron a una estación, no pudieron reconocerla, sólo estaba iluminada con el débil reflejo de alguna luz blanquecina desde el nivel superior. Subieron por escaleras eléctricas paralizadas y David sintió molestias en la cara.

—Hay telarañas —protestó en voz baja.

Marina sacó el teléfono y lo activó para iluminar. Fue cierto, la escalera estaba cubierta por telarañas y hasta donde pudieron distinguir había mucho polvo sobre el suelo. Ambos niños intentaron leer los letreros donde debería estar identificada la estación, pero la luz de la diminuta pantalla fue insuficiente, de inmediato ella volvió a guardar el aparato.

En el siguiente nivel vieron torniquetes de salida. Los encontraron invadidos por telarañas y el suelo tenía una capa de polvo endurecida como barro seco. Miraron hacia el lugar donde una luz azulosa penetraba en la estación y descubrieron las enormes escaleras de salida.

Ambos niños corrieron cuesta arriba, los zapatos golpearon peldaños cubiertos de fango, duro como piedra.

Cuando vieron el exterior, más allá de la monumental puerta de entrada, retrocedieron boquiabiertos.

— ¿Es de noche? —preguntó Marina.

—Qué luna tan grande y tan rara —murmuró David.

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Estaba muy oscuro y no podían explicarse la razón. Cuando el tren falló era mediodía y habían tardado menos de una hora en salir, calcularon. Marina y David, con dificultad, reconocieron la avenida: estaban lejos de casa.

— ¿Porqué no hay luces? ¿Dónde está la gente? Nada se mueve. Hace mucho frío —gemía David, repitiendo las mismas frases.

—Baja la voz, no sabemos quién puede estar por aquí —advirtió Marina, trotando sin soltar la mano de David. Minutos después se arrepintió de haber mencionado un peligro, David se había quedado mudo.

El viento arrastraba restos de basura, papeles, bolsas de plástico y polvo. Parecía que la lluvia no había mojado las calles en mucho tiempo.

— ¿Porqué no llamas a casa? El dueño del teléfono comprenderá, es una emergencia —susurró David.

Marina sacó el teléfono y se acercó a una pared, ocultando el reflejo de la pantalla con su cuerpo. No quería que los vieran desde lejos, todo estaba oscuro y la única luz artificial habría sido la del pequeño artefacto.

—No hay señal —murmuró la niña.

—No gastes batería, apágalo, probaremos más adelante —cuchicheó David.

Marina pulsó las teclas, pero el teléfono continuó encendido, entonces David repitió la operación y por fin el dispositivo quedó fuera de servicio.

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Ya no podían trotar, de sus bocas resecas brotaban nubes de vapor. A pesar de su gran actividad física el frío les hacía castañear los dientes.

—Falta mucho —murmuró Marina, sólo por hablar.

—Hace frío —protestó el niño en voz baja y se detuvo, mirando hacia los lados.

De inmediato habló, sin levantar la voz.

—Mira, tiendas de ropa y tienen las puertas abiertas.

—No tenemos dinero.

—Moriremos de frío —insistió el niño —, agarraré cualquier cosa.

Marina temblaba cada vez más. Miró a los lados, asintió y se quedó vigilando, sin perder de vista a su hermano.

Un momento después la pareja de niños tenían chaquetas para hombre, les llegaban hasta las rodillas y sus cuerpos temblaban mucho menos, sin embargo la sed aumentaba en sus bocas agrietadas.

— ¿Qué es eso? —preguntó ella.

—Tomé un bolso de mujer, para guardar comida.

—En casa comeremos.

—Falta mucho, y necesitamos agua —gimió David.

—No tenemos dinero.

—Hay tiendas y están abiertas, podemos tomar algo prestado, después lo pagaremos, cuando traigamos de vuelta las chaquetas y el bolso.

Ella se dejó convencer.

Repitieron la operación, David entró en otro comercio, donde luz de luna llegaba hasta su interior, y con rapidez salió con el bolso lleno.

—Agua mineral congelada, refrescos enlatados y un frasco de salchichas, el refrigerador no funciona pero todo está muy frío —decía y sonaba contento. Abrió una lata para su hermana.

—Tiene mucho hielo —dijo la niña, cerca de la oreja de David—, pero sabe más o menos bien, toma uno para ti.

Un rato después ambos continuaban pensando en lo mismo: ¿Cómo podía ocurrir esto si hace poco tiempo hacía calor y era de día?

Mientras caminaban, y comían, no paraban de mirar a todas partes.

Entonces oyeron carcajadas.

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Marina y David estaban de pie, escondidos entre una pared y un kiosco de revistas cubierto de pinturas hechas a mano, de las conocidas como grafitis.

Ella no se movía, tapando con su cuerpo al pequeño David. Sus ojos rebuscaban en el lugar donde creía provino la carcajada, media cuadra más allá, en una gasolinera solitaria, bien iluminada por la gigantesca luna. Entonces su mirada tropezó con los arrugados periódicos del puesto de revistas, sostenidos por una rejilla metálica, sus amarillentas hojas fulguraban bajo la luna y pudo leer un titular enorme: “Derribado muro de Berlín

No quiso prestarle más atención, pero su mente continuó trabajando y tuvo una duda.

— ¿David, cuándo derribaron el muro de Berlín? —preguntó, muy cerca del oído del niño.

Quedó sorprendido, pero cuchicheó.

—En 1989. Ni tú ni yo habíamos nacido.

Debía ser verdad, pensó la niña, David vino al mundo con una memoria prodigiosa.

El niño comenzó a mirar hacia todas partes, buscando la razón de la pregunta, vio el titular y se dedicó a leer los restantes.

—Todo es muy viejo —dijo, y se quedó pensando; entonces, con movimientos lentos sacó del bolso un refresco enlatado.

— ¿Tienes sed? —preguntó Marina.

—No. Mira esta lata.

En la penumbra ella pudo ver el diseño impreso y la obsoleta pestaña removible, para abrirla.

—Es de colección, la he visto en casa de mis tíos —dijo ella.

— ¿Será de 1989? —preguntó David.

Ambos comenzaron a temblar con más fuerza, a pesar de las chaquetas y la protección contra el viento ofrecida por el kiosco.

Otra carcajada sonó cerca.

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Por el medio de la avenida venía un grupo de gente, los niños oían pisadas de tacones muy duros.

Marina y David continuaron inmóviles, hasta que los vieron pasar. Trataban de reír en voz baja la mayoría de ellos, y hablaban cuchicheando. El niño los contó, sin pensar, lo hacía con todo. Eran doce personas, seis hombres y seis mujeres, le pareció gente de circo: unos encorvados y otros tiesos como postes, con sombreros enormes y cabelleras de moño alto.

Cuando se alejaron, Marina resbaló su espalda en la pared y cayó sentada en el suelo. David la imitó, el terror y la espera los tenía agotados.

El niño señaló la fecha de una revista.

—Es de 1989 —dijo, sólo moviendo los labios, para que ella interpretara las palabras en su boca.

—Tengo miedo de pensar —murmuró la niña.

De inmediato fingió fuerza y se levantó.

—Iremos por donde no seamos iluminados por la luna.

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El trayecto hasta su cuadra duró una eternidad, y entonces comenzaron a llorar en silencio: su edificio no estaba, sólo había un terreno con árboles muy altos. La oscuridad bajo aquel bosque era estremecedora.

Marina y David fueron a sentarse en la entrada del inmueble de enfrente. Varias veces habían llegado hasta su quicio, para admirar un gato negro de gran tamaño, con ojos amarillos y muy buen temperamento; en aquellas oportunidades el enorme animal cerraba los ojos para dejarse acariciar.

David sacó del bolso una botella con agua mineral, el calor de su cuerpo había disminuido el hielo, y bebieron con rapidez.

— ¿En qué año construyeron nuestro edificio? —susurró el niño.

Marina captó la idea.

—En 1995.

David abrió la boca para hablar, en ese instante hasta ellos llegó el rumor de un gentío y retrocedieron, ocultándose en las sombras del quicio enrejado.

—Viene gente con antorchas —dijo Marina.

El niño gateó y desde el suelo levantó el brazo para alcanzar la manilla de la cerradura.

—Está abierta, como siempre —siseó.

Igual a ratones aterrorizados, se arrastraron para entrar. En silencio David cerró la reja y ambos se adentraron en el largo pasillo, hasta quedar protegidos por una columna. Desde allí podían ver el terreno, donde su hogar había desaparecido.

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La gritería les recordó una jauría de chacales, en alguna película de la TV.

Había unos cincuenta hombres y mujeres de diversas edades. Penetraron en el bosque, agitando antorchas. El brillo, de extravagantes joyas, era tan abundante como el de las llamas y largos tabacos humeaban en casi todas las bocas.

Amontonaron las ardientes maderas y comenzaron a danzar. Extrajeron, de sus ropas, botellas y bolsas de cuero. Bebían a largos tragos, empapando cuellos y pecho.

Entonces bailaron con más energía, quitándose la vestimenta y dejándola caer sobre los matorrales, mostrando enormes tatuajes sobre pieles de diferentes razas.

Marina retiró a David y retrocedieron hasta un rincón, allí se apretujaron en el suelo. Su respiración sonaba como fuelles, y sus pequeños corazones pulsaban con pánico. Ambos luchaban para contener gritos de terror.

—No hagan ruido —dijo un susurro, desde el lugar donde comenzaba la escalera hacia los pisos superiores.

Reconocieron aquella voz: era la señora Piedranegra, una anciana, a quien todos llamaban Señora P. No la sintieron acercarse, en el siguiente instante ella puso sus manos sobre las cabezas de los niños y sintieron alivio con el tan conocido saludo.

—Los guiaré por las escaleras —dijo la mujer.

Llegaron al cuarto piso, los niños sabían que la ventana de la sala daba hacia enfrente, al lugar donde la gente danzaba y bebía al otro lado de la calle. Todo estaba muy oscuro, no podían ver ni sus propias manos frente a la cara. La luz de luna estaba bloqueada, debido a gruesas cortinas negras que más tarde pudieron distinguir.

La señora Piedranegra encendió una diminuta vela de color negro, similar a la de tortas de cumpleaños, dentro de un recipiente de vidrio. La llama quedó estática, sobre la amplia mesa central de cortas patas, con plancha de piedra veteada y pulida, oscura como el azabache y forma circular. Les recordó una negra luna.

Lo que más impresionó a los niños fue la Señora P. No era la viejecita pálida y erguida, de pelo blanco y ojos grises, con vestido de flores, quien siempre les saludaba mientras tomaba sol en el balcón. Durante toda su corta vida, Marina y David la habían visto desde su propio apartamento ubicado en el séptimo piso del edificio de enfrente. Le sonreían al regresar de la escuela y también al partir. Todo el mundo la conocía en la cuadra, la Señora P., o señora Piedranegra, era propietaria en el antiguo edificio dónde vivía, el cual, se decía, fue el primero construido en muchas cuadras a la redonda.

Los dos niños, a la luz de la pequeña llama, observaban con asombro a la rejuvenecida Señora P., su cabello —la pequeña porción que podían ver—, estaba negro, en lugar de blanco. Vestía una oscura bata, llena de bordados con hilo azabache, la túnica era larga hasta el suelo y con capucha. Sintieron inquietud por aquel aspecto, pero estaban seguros: era la señora Piedranegra. Ella pidió tomaran asiento en el enorme sofá, muchas veces lo habían podido observar desde la ventana de su séptimo piso de enfrente. El grueso cuero negro los abrigó, ella les dio cobijas y sus temblores comenzaron a disminuir. Después trajo dos tazas, con caldo casi hirviendo, bebieron despacio y en silencio. Tampoco la dama pronunció más palabras.

Cuando terminaron de beber, la Señora P. guardó las tazas y tomó asiento en un sillón, frente a ellos.

— ¿Cómo llegaron aquí? —preguntó en voz baja, la cara parecía flotar en la oscuridad, debido a la capucha y bata oscura.

Marina comenzó la historia, con aclaratorias de David, ofreciendo cantidad de pormenores.

Cuando finalizaron la Señora P. habló.

—La decisión de apagar el teléfono, entre los dos, fue acertada. Déjenme verlo.

Marina buscó en sus ropas y extendió el brazo. La Señora P. se había levantado con agilidad y lo recibió. Ambos recordaban los movimientos suaves de la anciana, y el asombro los mantuvo mudos.

La dama colocó el aparato sobre la placa azabache de la mesa, luego levantó el recipiente de vidrio, con la diminuta vela, y dejó caer una gota de cera derretida sobre el artefacto, murmurando palabras incomprensibles para los niños.

Marina se tapó la boca y David levantó la cobija hasta su nariz.

El teléfono había emitido un chillido de rata, y como si estuviera construido con gelatina se deformó, hasta convertirse en un lagarto viscoso, de tres palmos de longitud. El animalejo saltó al suelo, en ese mismo instante una sombra, con forma de gato, salió de un rincón y cayó sobre el reptil. Los niños oyeron crujido de huesos, entonces lo arrastró a la oscuridad.

—No comprendo —dijo David, con voz temblorosa.

La señora Piedranegra, sentada de nuevo en el sillón, sonrió para continuar hablando.

—Era un espía, David. Cayó dormido cuando ustedes decidieron apagarlo. Entre los dos tienen bastante poder para anular un hechizo como este.

Aunque la observación les despertó nuevas inquietudes, los niños tenían otras mucho mayores.

— ¿Dónde estamos? —preguntó David, aprovechando que la Señora P. no lo miraba.

—En el mundo de las sombras, y el dominio de la luna. Donde nunca llega el día, ni tu tiempo existe. La ciudad se llama Tür.

Ambos niños se quedaron dormidos.

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Los dos pequeños, al mismo tiempo, abrieron los ojos. La pequeña vela, sin haber disminuido de tamaño, continuaba sobre la mesa. La negrura de la sala seguía igual.

— ¿No fue un sueño? —preguntó David.

Antes que su hermana le contestara, desde otra habitación dónde parecía que una llama estaba encendida, llegó el susurro de la Señora P.

—En el baño hay agua caliente. Después vengan a desayunar.

Ambos miraron la enorme cortina negra sobre la ventana; cerca de ella, en el suelo, estaba sentado el gato negro, sus ojos amarillos reflejaban luz. Ellos lo miraron con afecto, recordando momentos más felices, y el animal parpadeó.

En el baño encontraron jabón, crema dental, toallas y cepillos nuevos. David miró las marcas de fábrica.

—Son las mismas que tenemos en casa. ¡Mira esa ropa!

—Baja la voz. Echa un vistazo a las que llevamos, están muy sucias, con polvo y telarañas. La Señora P. nos está ayudando —cuchicheó la niña.

Rato después estaban listos. Parecían duendes, con batas oscuras, botas de tela gruesa y mullida, capa de abrigo y sombreros parecidos a peludos turbantes con orejeras, cubriéndoles nuca y gran parte de la cara.

Llegaron a la cocina y la Señora P. los sentó frente a una mesa de cuatro puestos. Ante ellos estaba el mismo desayuno que su madre preparaba, incluso similares vasos de colores con jugo de fruta. El hambre los hizo olvidar la extraña casualidad y comenzaron a comer. La señora Piedranegra conservaba la bata oscura y la capucha subida; los miraba, de pie, sonriendo con ternura, como ellos estaban acostumbrados a ver en su cara cuando tenía cabellera blanca.

Rato después los tres se encontraban de nuevo en la sala, el ruido de la lavadora de ropa llegaba hasta ellos. David, moviendo los ojos de un lado a otro, parecía indeciso en decir algo.

—No hay electricidad —dijo la Señora P., intuyendo los pensamientos del niño—, la máquina de lavar funciona de manera diferente.

Antes que David lanzara otra pregunta, la Señora P. continuó hablando.

—Alguien provocó el accidente del tren y dejó el teléfono en el suelo del vagón, con él podría seguirlos aunque los perdiera de vista.

Los niños no hablaron, deseaban continuar oyendo una explicación de lo acontecido. La Señora P. siguió conversando, mientras acariciaba el enorme gato negro que había saltado al sillón. La diminuta llama apenas alcanzaba para iluminarlos, el resto del apartamento permanecía oculto por la oscuridad.

Marina no pudo soportar el mantenerse en silencio.

—Queremos avisar a nuestros padres y regresar con ellos, Señora P.; deben estar buscándonos en los túneles del metro —su voz sonó frágil y quebrada.

—Para ellos ustedes todavía están en camino.

— ¿Cómo hacemos para regresar, Señora P? —David por fin había encontrado el instante para hablar.

—Primero debemos anular el hechizo que los trajo aquí.

— ¿Es 1989? —preguntó el niño.

La Señora P. sonrió por la interrupción.

—Cuando estemos fuera de este apartamento sólo dirás lo necesario y en voz baja —le advirtió la mujer, sin dejar de sonreír—, hay seres peligrosos, escondidos por todas partes.

David estuvo a punto de hacer otra pregunta, pero se tapó la boca con la cobija.

—No es 1989, David. En esta ciudad hay más puestos de revistas con periódicos de otras fechas. Son puertas hacia tu mundo.

Entonces los miró con ternura y preocupación.

Marina, David, deben saber algo.

Ambos niños se enderezaron.

—Ninguna de estas puertas funcionará para ustedes —dijo la mujer —, quien ordenó raptarlos es muy fuerte y anuló esa posibilidad.

— ¿Quién es? —preguntó David, con voz temblorosa.

—Todavía no lo sé —contestó la dama.

— ¿Entonces qué haremos? —preguntó Marina.

—Investigar —dijo la señora Piedranegra.

Y el gato negro saltó hasta el suelo.

▲▲▲

Mientras bajaban por la escalera, llevados de la mano por la Señora P., oyeron la respiración del gato.

Kin está cambiando de forma —susurró ella.

Al llegar a la planta baja, iluminada por el reflejo de la luna, distinguieron un animal enorme, caminando delante de ellos.

Kin es un tigre dientes de sable —informó la señora Piedranegra, en voz baja y con naturalidad, como si hablara de cualquier mascota.

El terrorífico Kin era muy negro y más alto que Marina, si apoyara su cuerpo sobre las patas traseras superaría en estatura a la señora Piedranegra. Casi no tenía cola, sus pisadas eran suaves, a pesar del enorme peso de la fiera.

—No se sorprendan por mis ropas, niños; son anticuadas, lo sé, pero detesto las modas.

Voltearon a mirar a la Señora P. y Marina lanzó una suave exclamación de agrado. David abrió mucho los ojos y no pudo hablar. El resplandor lunar, penetrando por la puerta enrejada del edificio, parecía un reflector publicitario sobre la Señora P.

En algún momento la mujer había retirado, hacia su espalda, la bata con capucha. Ahora caminaba una dama, de larga cabellera negra, piel pálida, ojos grises, y con la indumentaria más extraña que los niños habían visto alguna vez desde tan cerca. A David le pareció más bella que cualquiera de las maestras del colegio.

Sus hombros estaban descubiertos y al menos la mitad superior del busto era visible. En la cadera derecha, el vestido, de sutil tela oscura, tenía una abertura, permitía ver las piernas enfundadas en botas de cuero, con largos tacones, silenciosos como las pisadas de Kin. Poseía un cinturón de monedas metálicas y piedras negras, con extrañas efigies, sólido pero estilizado y de él colgaba una daga.

Cruzaron la puerta cuando la señora Piedranegra la abrió. Frente al resplandor directo de la luna ella se quedó inmóvil, mirando el esplendoroso satélite con los grandes ojos grises.

—Esa luna es muy rara —murmuró David.

—Es el lado oscuro de la luna, David. Hasta no hace mucho tiempo muy pocas personas de la Tierra, vivas o muertas, habían podido verlo —explicó la mujer, en voz baja.

Ambos niños miraron la esfera en el cielo sin estrellas. Antes que Marina hablara, David se adelantó, siseando las palabras.

— ¿Estamos en el espacio?

—En otro tiempo y otro espacio —fue la respuesta de la Señora P.

En ese momento Marina inspiró con fuerza y apuntó con un dedo hacia el frente. David miró hacia el lugar señalado.

En el terreno había desaparecido el bosque y estaba ocupado por una construcción, en apariencia abandonada; se veían columnas de concreto, con largas cabillas surgiendo de la parte superior. Había por lo menos cinco niveles sin paredes, con las placas piso-techo finalizado, pero no veían obreros, materiales o maquinaria de construcción. Además, crecía vegetación hasta en los suelos de cada nivel, y largas enredaderas colgaban muchos metros.

Cuando David comenzó a decir una palabra, algo interpuso un obstáculo a su visión. Una carroza negra, de cuatro ruedas, llegó rodando sobre el asfalto de la calle, silenciosa y amenazadora. Un par de sombras, con dos patas y larga cola ondulante, la arrastraban utilizando sus fuertes brazos y garras para aferrar el largo madero que sobresalía hacia el frente. Su estatura superaba la de cualquier persona y no estaban amarrados al vehículo.

— ¿Qué son esos animales? —murmuró Marina, dando un paso atrás. Sobre ella cuatro ojos, similares a los del cocodrilo, estaban fijos, como si estudiaran cada centímetro de su menuda figura.

—Son bisker, saurios veloces, inteligentes y grandes guerreros, por eso llevan parte del cuerpo cubierto con armadura —contestó la Señora P. —, sus nombres son: Deimos y Fobos.

Deimos, Fobos: Terror, Pánico, en griego antiguo —pensó David, y dio otro paso atrás.

Los dos monstruos de armadura se veían correosos y fuertes, con piel gruesa, similar al rinoceronte. Sus miradas denotaban una aguda inteligencia; miraron sólo un momento a David y continuaron con la vista fija en Marina.

La Señora P. avanzó, sin soltar la mano de los niños; a unos dos metros de ellos levantó la cara y habló, sin alzar la voz.

—Ella es Marina y él es David.

La niña intentó esconderse tras la mujer.

—No tengas miedo, Marina —y luego miró al niño—, tócalos David.

Muy despacio David se aproximó a las bestias y acarició las piernas de cada una de ellas. Las enormes cabezas bajaron para olfatearlo, en cualquiera de aquellas bocas David habría cabido como un bocado. Marina lo siguió, por voluntad propia, no quería dejar solo a su pequeño hermano tan cerca de los feos animales. Entonces ambos niños retrocedieron.

Mientras tanto Kin permanecía en el medio de la calle, olfateando las corrientes de aire frío. Los colmillos blancos brillaban y sus ojos amarillos no parpadearon.

Entonces una sombra cayó desde el techo de la carroza. Casi no hizo ruido contra el asfalto, y se enderezó, como una estatua oscura.

—Él es Mawll.

El hombre estaba vestido como un insólito gladiador, con media armadura negra en lado derecho, y el resto del cuerpo cubierto con cuero y malla metálica muy oscura. Desde los hombros, hasta el suelo, caía una pesada capa azabache, la cabeza cubierta con un casco, fabricado de metal labrado, lustroso como el acero untado con betún, tenía la visera levantada. La cara era pálida, los ojos brillaban con luz azulosa y el viento frío agitaba mechones blancos. A los niños les pareció aterrorizador, igual que la enorme espada en su cadera.

Mawll mostró una sonrisa. David buscó en su mente, el individuo le parecía familiar.

— ¿Pude olvidar una cara? Lo debo estar confundiendo con el personaje de alguna película —pensó el niño.

El hombre abrió una de las puertas de la carroza, cubierta de labrados grotescos, y la Señora P. los ayudó a entrar. Esperaban un lugar estrecho e incómodo, de una oscuridad aterradora.

— ¿Cómo puede ser tan grande aquí dentro? —pensó David.

—Que bonito —dijo Marina, en voz muy baja.

Las paredes estaban forradas con mullido cuero negro; en las cuatro esquinas internas de la cabina había pequeñas luminarias, parecidas a brillantes joyas azules, poco a poco se estaban apagando. Los sillones, frente a frente, eran amplios y muy cómodos.

Con lentitud la oscuridad se incrementó y a través de las negras cortinas tuvieron una visión del exterior, brillante de luna. Un suave vaivén les indicó que habían comenzado a moverse y los edificios pasaban cada vez más rápido.

— ¿Dónde vamos, Señora P? —preguntó Marina, susurrando y con la mirada fija en el exterior.

—Desandaremos la ruta que ustedes tomaron, desde el momento cuando salieron de la estación del metro —contestó ella —; no olviden hablar en voz baja, la voz de un niño es llamativa para los seres ocultos en la ciudad.

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Habían recorrido las calles, buscando algo, ninguno de los niños imaginaba su naturaleza. En varias oportunidades el vehículo se detuvo, observaron a Kin entrar a las tiendas de ropa y comida, husmeando el aire, como un sabueso. Incluso vieron a Fobos, uno de los bisker, avanzar por la acera, olfateando los techos de algunos kioscos de revistas.

—Ya vieron, Deimos y Fobos no están enganchados a la barra delantera del coche —aclaró la señora P—, lo aferran con una de sus manos, para mantenerse libres y saltar a la batalla.

— ¿Habrá pelea? —preguntó Marina, con voz recelosa.

—No se preocupen niños. Mawll, Kin, Fobos y Deimos, forman un gran equipo.

En ese momento David reconoció la estación del metro por donde él y Marina habían surgido a la oscuridad, luego del accidente. Kin entró, el tigre dientes de sable, negro como el cielo sin estrellas, desapareció apenas la luz de la luna dejó de iluminarlo.

—La sombras están iguales —murmuró David—, la luna no se ha movido.

—Está en el mismo sitio —le informó la señora Piedranegra —, casi nunca se mueve.

David ya tenía lista otra pregunta, pero un rugido hizo saltar a los dos niños. Siguió un chillido, como el de un enorme cerdo, y volvió el silencio.

Uno de los bisker, en este caso fue Deimos, corrió hasta la entrada del metro, lanzando nubes de vapor con su respiración, se agachó y entró silencioso. El gladiador Mawll saltó desde el techo de la carroza, sin producir ruido cayó en la entrada del subterráneo.

Marina y David se abrazaron, la Señora P., en la oscuridad de la cabina, tocó sus cabezas.

—Tranquilos niños. No salgan cuando abra la puerta, y mantengan silencio.

Bajo la luz de la luna apareció el gladiador Mawll, arrastrando por la negra pelambre un ser con aspecto de gárgola blanquecina, y con la talla de un enano. Tenía enormes ojos facetados, como las moscas, sobre una cara huesuda con boca de piraña. El cuerpo desnudo y encorvado, con piel como lija, agitaba las extremidades con mucha fuerza. Manos y pies tenían forma de garra, similar a las de un ave de rapiña, y la pequeña cola se agitaba con rapidez. Los niños observaron, en la espalda del pálido monstruo, dos atrofiadas alas de murciélago, inútiles para volar.

La señora Piedranegra salió de la carroza, con la capucha y la bata oscura cubriendo su cuerpo. Llegó hasta la acera donde el bisker Deimos, el tigre dientes de sable Kin y el guerrero Mawll, rodeaban al extraño ser de la oscuridad.

Los niños pudieron oír murmullos de una conversación, en silbidos de rata, entre la gárgola blanquecina y la Señora P. Entonces, cuando Mawll soltó las greñas del ente, el monstruo, agitando las débiles alas como una gallina espantada, saltó hacia la entrada del subterráneo y se perdió en la oscuridad.

Todos corrieron hacia la carroza. De último entró Kin, había recuperado su forma de gato negro y se escondió debajo de uno de los asientos. Una de las luminarias internas fulguró con debilidad, llenando la cabina de luz violeta.

—Es un hechicero de la tribu Shy —dijo la señora Piedranegra, luego de sentarse—, viven en cavernas del subsuelo y se prestan para trabajos de secuestro y espionaje. Fue él quien provocó el accidente del tren y dejó el teléfono para que lo encontraran. Cuando ustedes lo apagaron perdió contacto con el lagarto, y decidió seguirlos, pero no pudo llegar muy lejos, la luz es demasiado fuerte para sus ojos.

— ¿Esas cosas viven en los túneles del metro, en nuestra ciudad? —gimió Marina.

—Lo visitan y recorren las grandes alcantarillas. Casi no dejan huella, su olor es como el de las cloacas. La gente corriente no los percibe —informó la Señora P., sentada en uno de los asientos.

— ¿Dijo algo útil para nuestro regreso a casa? —preguntó David, en voz baja, mirando a la Señora P. con ojos inquisitivos.

Ella contestó con agrado.

—Sí, lo dijo, bajo amenaza de lanzarlo a un desierto, a plena luz del sol. Debemos ir a un lugar en las afueras de este sector.

Entonces habló en tono reposado.

Marina, David, deben saber algo más.

Ambos niños voltearon hacia la Señora P.

—El shy no sabía quién dirige esta operación. La orden le llegó a través de intermediarios. Rebuscando en su mente encontré la imagen de un lugar apartado. No queda cerca.

— ¿Entonces, hacia dónde vamos? —preguntó Marina.

—A sorprender a quien maquinó el secuestro y desea robarle sus poderes, niños.

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Mientras por la ventana pasaban calles y avenidas, la señora Piedranegra hablaba con los niños, ellos no separaban su mirada de aquellos ojos grises, saturados de belleza y ternura maternal.

—Antes que la ciudad donde ustedes nacieron existiera, cuando sólo había seres humanos viviendo en cavernas, hechiceros de clanes muy alejados visitaban la explanada donde está nuestra cuadra. Todo el valle era territorio sagrado: cementerio, lugar de oración y sacrificios sangrientos. Pasaron los milenios, el lugar fue olvidado, tribus nómadas fundaron poblados debido a la fertilidad de la tierra y abundancia de cacería. Infinidad de veces las guerras hicieron cambiar de propietario aquel paraíso; un sector persistió intacto: una explanada donde a nadie se le ocurría cultivar o edificar viviendas, siempre llena de árboles, mantenían sombras profundas a cualquier hora del día.

Marina y David estaban hechizados con sus palabras, imaginando los paisajes y la gente de la que hablaba.

—Con el crecimiento de la ciudad, comenzaron a construir calles y edificios en los alrededores de la explanada, incluso en ella, sin embargo había un lugar por el que nadie se interesaba: el terreno en el cual erigieron el edificio donde ustedes viven.

Marina habló en susurros.

—Ese lugar debe ser muy importante.

David asintió, estaba de acuerdo con su hermana mayor. Los niños se mantuvieron atentos a cada palabra de la Señora P.

—Es así, allí existió una puerta al universo de la oscuridad, creada por los primeros hechiceros. En ese pequeño lugar, nacieron magos y sacerdotisas poderosos, bajo el respaldo de fuerzas ocultas.

— ¿Todos son malignos? —volvió a susurrar Marina.

—En el mundo de las sombras, donde la luna impera, existen las dos fases: oscuridad y claridad lunar. En este lugar, aunque nunca llega el día, hay fuerzas interesadas en respaldar el bien.

— ¿Usted es una de ellas, Señora P? —preguntó Marina, inclinándose hacia la mujer sentada en el otro sillón.

—Nací en la explanada, cuando la ciudad no existía. Mi madre recibió apoyo de este lado de la puerta; vigilo el lugar, esperando la llegada de niños como ustedes.

En ese momento la carroza inició un bamboleo, el suave sonido de sus anchas ruedas metálicas, rodando sobre el asfalto, cambió de manera notable, convirtiéndose en un golpeteo continuo. Ambos niños saltaron hacia las ventanas.

—Si se ponen de pie, sobre los asientos, podrán mirar al frente a través de otra cortina en la pequeña ventana frontal —les informó la señora Piedranegra.

—Parece otro país —dijo Marina, todavía susurrando.

—Aquí la ciudad no está en un valle, sino en una meseta, por eso nunca pudieron ver las montañas cuando caminaban por las calles.

David se enderezó.

—Quiero saber algo —dijo, con voz clara y sin temblores, después de haber inspirado con fuerza.

La señora Piedranegra y Marina lo miraron con atención.

— ¿Si ya nos tenían aquí, porqué no nos atraparon al llegar a la calle?

Marina miró a su hermano, la niña tenía cara de alarma.

— ¿Estás sospechando de la Señora P? Ella nos protegió, David; y nos conoce desde que nacimos.

La Señora P. sonrió a los niños, y habló con suavidad.

—Nadie, en esta ciudad de la oscuridad, sabe dónde ustedes viven. En la mañana, cuando estaban en el andén, por casualidad pasó un vagón donde viajaba un hechicero humano. Este individuo sintió la presencia de algún niño con un poder especial. De inmediato comenzó la búsqueda, con espías shy, en los túneles alrededor del lugar, hasta que lograron su objetivo. El brujo shy provocó el accidente.

— ¿Porqué no nos atraparon cuando caminábamos por la ciudad oscura? —insistió David, con voz menos agresiva.

—Comprendo tu incertidumbre, David. Sí ya los tenían, para qué averiguar dónde era su hogar. Hay una razón.

— ¿Querían encontrar otra persona? ¿A usted Señora P? —se adelantó Marina.

—Así es, niños. No podían comprender por qué mucho antes no se habían enterado de la presencia de ustedes en la ciudad, con el nivel de poder emitido por sus cuerpos. Alguien los protegía y necesitaban eliminarlo, de lo contrario ocurriría lo que ya está pasando: escaparon de sus manos y ahora no saben quién los persigue.

— ¿El shy no se los dirá?

—Los shy son débiles, me fue fácil borrar su mente, ahora apenas recuerda quién es. Merece el castigo, contribuyó con muchos secuestros.

Ambos niños quedaron mudos de terror. La dama sonrió, mientras los sacudones se incrementaban; sacó la daga de su cinturón, la soltó y el arma quedó flotando en el aire. La circular piedra negra, en el mango, comenzó a crecer. Cuando brilló con suavidad, mostró una imagen.

—Parece una TV. ¡Y es 3D! —murmuró David.

La mujer sonrió por la comparación del niño.

Las imágenes tridimensionales parecían tomadas desde un helicóptero bastante rápido.

—Allí está la meseta donde se encuentra Tür, la ciudad por donde estamos viajando. Calculen lo inmenso de su extensión, comparando con el tamaño de los rascacielos. Son otros pueblos de la Tierra, donde también existen puertas para venir hasta aquí. Adviertan la magnitud del desierto a su alrededor.

A los niños la meseta les pareció el muñón de un gran árbol, cortado casi a ras de la tierra. La superficie superior mostraba ríos, lagos, colinas, y estaba cubierta con millones de minúsculas piedrecillas, de formas y tamaños heterogéneos. Cada partícula era una construcción. David reconoció grandes estructuras y porciones de ciudades, su formidable memoria fue puesta a prueba. Maravillado pronunciaba nombres: Paris, la torre Eiffel, New York, el rascacielos Empire States, Moscú, el Kremlin, el Taj Majal, Caracas, un sector de la Gran Muralla China, la Alhambra, el Coliseo Romano, Macchu Picchu. También observaron miles de poblados desconocidos. Todo estaba entrelazado como si un par de manos gigantescas hubieran mezclado mapas, sin tomar en cuenta su ubicación en el planeta.

—Es un caos geográfico —murmuró el niño, al final de su examen visual.

—Ahora estamos explorando nuestras calles —dijo la Señora P., cuando ocurrió un acercamiento de las imágenes—, allí están los inicios de la construcción del edificio. Están llegando jinetes, montando animales parecidos a caballos negros, recorren las avenidas. No son caballos, esas cabalgaduras comen carne. Vean los hombres, tampoco lo son, tienen parecido con los shy, aunque son más grandes; buscan nuestro rastro.

Les pareció estar viendo una película, con el sonido muy atenuado. La Señora P. continuó la demostración, alejando la imagen. La meseta, con la ciudad encima, se redujo al tamaño del pulgar de cualquiera de los niños, un dedo erguido en medio de un paisaje estremecedor.

—Parece la superficie de la luna —dijo David.

—Así es —agregó la Señora P. —, los cráteres están aquí, como si hubieran extendido la piel de la luna sobre una mesa, distorsionando sectores, y alterando proporciones la mayoría de las veces.

— ¿Y la luna no está en el cielo? Puedo verla allá arriba —observó Marina.

—No es la misma luna y cielo, tampoco estamos en un planeta que imita la superficie lunar. Aquí desconocen la existencia de un sol, estrellas, planetas, galaxias. Estamos viendo un universo plano hasta el infinito. Muy lejos ya no se parece a la superficie lunar. Hay paisajes imposibles de imaginar; muy pocos de los seres humanos, existidos en la Tierra, vislumbró tal clase de territorios. En este lugar sus habitantes nacen y mueren con diferentes explicaciones de su universo, también muy pocos pueden viajar a tu mundo y ese tipo de viaje es un secreto entre iniciados. El uso del fuego, su brillo y calor, está rodeado por la superstición. Evitan las grandes hogueras, y las actividades que lo requieren son efectuadas por gente considerada fuera de lo común. Recuerden los hechiceros danzando al otro lado de la calle, pertenecen a una de esas minorías, en unos casos respetadas, y muy temidas en otros.

— ¿Cuántos habitantes hay? —preguntó el niño, con los ojos muy abiertos por la curiosidad.

—Nadie lo sabe, es plano hasta el infinito, pero algo si sé: no todos son iguales.

— ¿Y cuántas especies de animales?

—A cada momento veo uno nuevo y no todos son tan torpes como los de la Tierra, algunos tienen lenguaje, como Deimos y Fobos. No los considero animales, por completo.

— ¿Hablan?

—A su manera y manejan números.

Marina guardaba silencio, mirando pasar las imágenes tridimensionales. David cuchicheó.

—Las distancias son muy grandes. ¿No es posible volar?

La Señora P. lo miró con simpatía.

—Sí, pero animales voladores y artefactos aéreos pertenecen a razas guerreras; no conviene encontrarlos. Debemos confundirnos con la gente corriente, por eso viajamos en una carroza similar a muchas otras, en su aspecto externo, incluyendo a Deimos y Fobos.

— ¿Estamos buscando al secuestrador o huyendo de él? —preguntó Marina, sin quitar la vista de las imágenes entre los dos sillones de la cabina.

La señora Piedranegra contestó, sin apartar sus ojos de las figuras en movimiento.

—Ambas cosas, Marina. Huimos y observamos quiénes nos persiguen. Hay muchos interesados en robar riqueza, por ello es difícil discriminar de otros más complejos en su proceder, como los mercaderes de esclavos.

— ¿Cómo hacen para medir el tiempo? —preguntó David.

—Aquí casi todos los seres vivos tienen un ciclo de veinticuatro horas en su organismo, nadie sabe porqué. En este momento es algo así como pleno mediodía, por eso hemos oído movimiento de gente.

—Yo no escuché nada, el ruido me parece igual —dijo David.

—Poco a poco mejorará tu oído, observa, ya ves mejor.

La carroza se detuvo.

—Llegamos, niños.

— ¿Podrían volver a secuestrarnos, Señora P.? —preguntó Marina.

—Sólo saben que viven en la ciudad. Los descubrieron por accidente. No están al corriente de quiénes cuidamos de ustedes desde que nacieron.

Marina y David abrieron la boca por la sorpresa.

—Sí, los protegemos, Mawll y yo. Pero ustedes ahora se mueven con independencia por las calles, nos hace más difícil la misión.

Hubo un corto silencio.

—No podemos depender de ustedes —al fin dijo David.

La Señora P. sonrió.

—Tienes razón, David. Deben aprender a cuidarse solos.

De repente ambos niños, con los ojos muy abiertos, miraron hacia el techo y a los lados y pronunciaron las mismas palabras.

—“En una hora, veinte minutos y cuarenta y dos segundos, estaremos rodeados por enemigos”

—No sabemos cómo son ni quién es el jefe, está muy oscuro —agregó David.

La Señora P. miró al techo. Como un relámpago negro Mawll penetró por la puerta derecha.

— ¿Qué ocurrió? —y miró a los niños, con expresión preocupada.

—Tienen poderes muy valiosos para los mercaderes de esclavos: la capacidad de adivinar acontecimientos, y apenas están despertando. No podemos retroceder —dijo la Señora P. —, debemos encontrar la forma de anular el hechizo, lo más pronto posible, de lo contrario los niños nunca podrán volver con sus padres.

—Debemos apurarnos, oí lo del ataque inminente —dijo Mawll, también inquieto, y regresó al techo. Antes de cerrarse la puerta salió Kin, el gato negro había estado oculto bajo los sillones.

La Señora P. produjo un gran acercamiento en las imágenes tridimensionales. Desde lo alto se veía la carroza, con Deimos y Fobos al frente, en una carretera empedrada, ancha como una autopista de doce canales de circulación. Kin, con su forma de tigre dientes de sable, trotaba detrás, protegiendo la retaguardia. Estaban ascendiendo una fortaleza, con una altitud muy difícil de calcular, retorcida, inconclusa; las ventanas, o puertas, era difícil decirlo, lucían asimétricas y oscuras, como si la luz de luna se detuviera para no entrar.

—Me recuerda pinturas de La Torre de Babel, en internet —murmuró David—; el edificio Empire States tiene 443,2 metros de alto y 102 niveles, esta torre debe ser más del triple en altura. A pie tardaríamos días recorriendo la carretera espiral, hasta llegar al techo.

La Señora P. apoyó una mano sobre el hombro del niño.

David, aquí la llaman de igual manera: Babel. Cada uno de sus orificios es una ventana de comunicación, llevan a lugares muy lejanos de este plano universo.

El ascenso era estrepitoso. El rugido del viento, circulando por las cavidades de la torre, opacaba el sonido de las ruedas. El suelo estaba empedrado con bloques irregulares, en tamaño y textura, y hacía estremecer las ruedas de la carroza. También había infinidad de piedra suelta, tenían el aspecto de formar parte de fragmentos caídos de la torre. Deimos y Fobos trotaban cuesta arriba, aferrando, con una garra cada uno, la gruesa barra donde podría ir media docena de caballos. En el techo del vehículo iba Mawll, con la mano en la palanca de freno y atento a las ventanas de la torre.

—Mira esas puertas y ventanas, Marina, hay de todos los tamaños —murmuró David—, por las más grandes podría entrar una avioneta y al mismo tiempo otra podría salir. Esto parece un palomar cónico, agujereado con tiros de escopeta.

Los niños dieron un salto atrás. En ese mismo instante había salido, rugiendo como un taladro neumático, un oscuro animal volador y lo siguieron al menos medio centenar, cada uno tan grande como la avioneta imaginada por David. Vieron alejarse la bandada. Resultaron ser reptiles voladores, con plumas en la mayor parte de sus fibrosas alas. Volaron por debajo de la altura donde se encontraba la carroza, en la ascendente carretera en espiral, y un momento después pasaron muy por encima de la torre Eiffel. Todavía el monumento metálico podía verse a una distancia enorme, una diminuta prominencia al lado de otras muchas.

Por las ventanas de la carroza ingresaba una densa pestilencia, como venida de una jaula de fieras. La señora Piedranegra movió su mano izquierda y los niños sintieron, en sus oídos, una sensación familiar.

—Qué maravilla, Marina. Tenemos cabina presurizada, como los aviones. El mal olor no puede entrar —y rió en voz baja. La niña y la Señora P. se miraron, y casi sonrieron, porque fueron interrumpidas.

Tres rugidos, y un grito de guerra prolongado, sacudieron la carroza. Los niños vieron en las imágenes una espesa capa oscura, arrastrándose por la carretera, descendiendo muy rápido hacia ellos. Comenzaba un par de niveles más alto, en una de las monumentales ventanas. Similar a una serpiente plana y negra, se dejaba caer por paredes y riscos. La imagen dio un salto de acercamiento y comprendieron: no era una sustancia espesa.

— Parecen murciélagos. Hay miles. ¿Qué tan grandes son? ¿Por qué no vuelan? Allí veo uno, gigantesco, ¿quién es? —preguntó David y la Señora P. lo miró.

—Poseen alas demasiado pequeñas. Les dicen avils, Mawll tiene dos tercios de su estatura, con sus colmillos pueden romper y triturar una armadura de metal. Usan garrotes y escudos, silban para orientarse en la oscuridad, afuera el ruido es enorme. Ese, el más grande, es Karkobab, El Raptor, se especializa en secuestrar niños con poderes mágicos, para apoderarse de sus mentes. Puede cambiar de forma y número de cuerpos. Vi en la mente del shy una guarida de seres menos poderosos, y venidos de un lugar diferente; fue una imagen creada para atraernos a esta emboscada. Caí en la trampa de Karkobab.

— ¿Qué comen todos ellos? —murmuró Marina.

—De todo. No se acerquen a las ventanas. Los avils lanzan piedras con mucha precisión, y la carretera contiene muchas.

—Será una lluvia de rocas —observó el niño.

—No creo que lo hagan de esa manera. A ustedes quieren capturarlos vivos, para convertirlos en zombis a su disposición.

David se mordió la uña de un dedo y Marina subió los pies al sillón. La Señora P. tomó la daga flotante, se levantó y abrió la puerta derecha.

En la imagen que persistió dentro de la cabina, vieron a la señora Piedranegra y su compañero, parados en el techo de la carroza. Los dos bisker, Deimos y Fobos, continuaban el trote, arrastrando el vehículo pendiente arriba. Marina y David percibieron un aumento en la velocidad.

La mujer extrajo la daga del cinturón y ésta creció, convirtiéndose en una espada oscura, como si estuviera hecha de piedra negra pulida. Mawll imitó su gesto, las dos espadas negras reflejaron la brillante luna. Entonces, al mismo tiempo, se convirtieron en metal flamígero, como recién salido de un horno de fundición, proyectando luz naranja. La sombra de la carroza, y los dos bisker, creó una mancha móvil en el empedrado. La avalancha tenebrosa se detuvo.

Pero sólo fue por un instante. De entre el ejército de avils se fueron adelantando unos más grandes y encorvados, empujando a un lado a los demás, arengados por los rugidos de Karkobab, cuyas enormes alas negras latigueaban sin parar, pero no levantó vuelo. Todos silbaban como locomotoras de vapor enardecidas. Los niños percibieron diferencia en aquellos monstruos.

—No tienen ojos. Mira sus orejas enormes y puntiagudas —dijo Marina.

—Como los verdaderos murciélagos, tienen radar, se guían por el rebote del sonido de sus chillidos —David tenía miedo, pero estaba fascinado con aquellas criaturas.

Mawll saltó a la carretera y corriendo se ubicó delante de los bisker, moviendo la espada flamígera como un abanico, intentando llegar hasta el líder: Karkobab El Raptor. Aunque los avils estaban a varios metros cuesta arriba, abrieron una brecha. Por este mismo camino bajaban los sin ojos, derribando a sus compañeros más bajos en estatura. Todos tenían algo en común: patas cortas y andar pesado. Kin se mantuvo en la retaguardia, vigilando contra un potencial ataque por la espalda.

El choque fue brutal. Los sin ojos llegaron hasta Mawll, el gladiador frenaba los garrotazos con la espada y de un solo tajo partía, por la cintura, a dos o tres con cada molinete flamígero. Viseras hediondas y sangre, casi negra, salpicó el pavimento. Eran demasiados. Los dos bisker, Deimos y Fobos, soltaron la barra de la carroza, para defenderse de un ataque masivo. Lanzaban dentelladas, y zarpazos con las cuatro extremidades, cada coletazo derribaba avils; sus armaduras recibieron garrotazos y las abolladuras aparecían con rapidez. Un sonoro golpe en un hombro hizo caer a Mawll, rodó por el suelo, dando espadazos, cercenando las cortas patas de los avils más próximos. Desde el techo del vehículo, la señora Piedranegra decapitó más de una docena de avils ciegos, los monstruos intentaban arrancar las puertas de la carroza. Los colmillos de Kin mataban uno tras otro, había recibido varios garrotazos, pero continuaba en pie de lucha. Dos piedras enormes golpearon la espalda de la Señora P., y cayó a la carretera, sin soltar la espada. Otra roca chocó contra la palanca de freno y la carroza comenzó a retroceder, si ganaba velocidad y tomaba rumbo al borde irregular de la carretera, la caída hasta la inmediata vuelta inferior de la espiral sería mortal.

Dos pequeñas figuras surgieron, una por cada puerta. Eran los niños, que con celeridad treparon hasta el techo de la carroza. Las indumentarias oscuras: botas, capa, turbantes de piel con orejeras y sus caras emitiendo volutas de vapor blanco, brillante bajo la luz de luna, los hacía parecer gnomos humeantes. De un salto David llegó a la palanca de freno, un instante antes de moverla el vehículo se detuvo. Los avil cesaron el ataque de proyectiles, al parecer no querían matar a los niños, como había dicho antes la Señora P. La señora Piedranegra y Kin luchaban contra un pelotón de avils sin ojos, aquellos monstruos buscaban sorprenderlos por la espalda. Percibiendo que no sería fácil, tomaron piedras, grandes como dos veces la cabeza de una persona, y se dispusieron a lanzarlas contra la mujer y el dientes de sable. Más arriba, Mawll, Deimos y Fobos, retrocedían acosados por la superioridad numérica. Detrás de la avanzada, rugiendo y aleteando, venía Karkobab, El Raptor.

En el techo de la carroza los dos niños se abrazaron. Después, permaneciendo muy juntos, señalaron con la punta de sus dedos hacia los avils acosadores de Kin y la señora Piedranegra. Con un “crack” ensordecedor, de sus manos surgieron serpenteantes rayos azules, naranja y amarillos, de un brillo mucho más intenso que el de la luna presente en las alturas. Los avils cayeron electrocutados. Se oyó otro “crack”, los más cercanos a Mawll y los bisker fueron puestos fuera de combate por otra centella; relampagueante había saltado más de cien metros, como una telaraña cegadora. La pestilencia de pelo quemado fue intensa.

Karkobab, El Raptor, levantó vuelo con atronadores aletazos. Los dos niños apuntaron con sus brazos y una espada de fuego siguió al monstruo. Ocurrió un resplandor, la explosión produjo ecos en la distancia. Ningún fragmento cayó de lo alto.

La avalancha de avils se movió en retroceso, los silbidos perdieron ritmo. El pánico envolvió a los miles de monstruos y un momento después habían desaparecido, por la misma ventana por donde surgieron.

Kin cojeaba, a la Señora P. le costaba mantenerse en pie, Mawll tenía el brazo izquierdo colgando, y las dos espadas se habían apagado. Los dos bisker perdieron fragmentos de armadura y las correosas pieles estaban manchadas de sangre roja; en sus mandíbulas faltaban colmillos.

—Niños, regresen a la carroza —murmuró Mawll, mientras con el brazo sano ayudaba a la Señora P.; Fobos y Deimos aferraron la pértiga para arrastrar el vehículo.

—Si bajamos del techo, regresarán —dijo David, tratando de hablar en voz baja. Las caras de ambos niños tenían la frente contraída y sus miradas eran de miedo.

—Ustedes podrán disparar desde el interior de la cabina —agregó la señora Piedranegra, y jadeando cayó en uno de los sillones.

Marina y David se descolgaron del techo, cada uno de ellos se ubicó en diferente ventana lateral.

—Haga funcionar las imágenes, Señora P. —murmuró la niña.

—Ustedes pueden hacerlo, ya tienen suficiente poder —y cerró los ojos.

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Para los niños el ascenso parecía interminable, David había contado cuarenta y dos vueltas. Por la imagen flotando, en el interior de la cabina, veían la carroza bastante cerca de la mitad, en altura total, de la torre Babel.

Muchas veces vieron salir y entrar seres voladores, unos más horribles que otros; también rápidos jinetes en infernales cabalgaduras, cubiertos con capas; fue imposible vislumbrar su aspecto. Al parecer no les interesaba la carroza, sólo uno miró hacia ellos. Mawll iba en el techo, encorvado y cubierto con la capucha; la Señora P. continuaba desmayada, y los dos saurios jadeaban. Oyeron un quejido bajo el asiento, Kin sufría dolor.

Sin aviso, la carroza se detuvo y la señora Piedranegra abrió los ojos.

Marina, David. En el momento cuando despertaron sus poderes y comenzaron a destruir avils, Karkobab perdió fuerza para retenerlos. Ya pueden regresar a su hogar, por esa ventana oscura. Ahora les pertenece.

—No podemos dejarlos aquí, solos e indefensos, Señora P. —dijo Marina.

—Primero los llevaremos a su casa, Señora P. —agregó David.

—Niños, ya no corremos peligro, sólo necesitamos tiempo para curar nuestras heridas —dijo la señora Piedranegra.

Marina y David miraron hacia el enorme agujero oscuro, en la pared rocosa de la torre. Era tan negro como el cielo, podían oír graznidos reverberantes venir de allí, la corriente de aire traía pedazos de plantas resecas y olor a carne podrida.

Se despidieron de Kin, de Mawll y los dos bisker, luego caminaron hacia el nauseabundo antro. Sus pequeños corazones latían con rapidez, las volutas blancas, brotando de sus bocas, eran borradas por el viento. Les pareció sentir un aumento en la temperatura del aire, y de repente la oscuridad los envolvió.

▲▲▲

En lo alto se encendieron luces blancas y brillantes. Sintieron calor y el murmullo de una multitud. Los olores cambiaron con brusquedad, como si se hubieran quitado una máscara hedionda.

— ¿Estamos en el vagón del metro? —preguntó David, hablando en murmullos y mirando sus propias ropas; el ruido apagó su voz.

Marina apretó la mano del niño y lo arrastró contra la pared. Uno tras otro se apagaban teléfonos celulares, la gente los había utilizado como linterna mientras duró el apagón. En el suelo había uno, al parecer abandonado por su dueño, pero nadie parecía verlo. El vaivén se incrementaba cuando el tren recuperó velocidad.

Una gruesa mano tocó un hombro de David. El niño levantó la mirada y reconoció al individuo, tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y en la frente las suturas de una larga herida. Otra mano tocó un hombro de Marina. Ambos niños reconocieron a la anciana de pelo blanco. La Señora P. tenía un bastón y un collarín acolchado alrededor del cuello.

Ambos niños sonrieron y miraron de nuevo sus propias ropas, eran las mismas vestidas antes de ser secuestrados, recién lavadas y planchadas.

Cuando terminaron el viaje de retorno, los cuatro caminaron desde la estación del metro hasta la puerta del edificio dónde vivía la anciana. Durante todo el trayecto no hablaron.

— ¡Mira, es Kin! —exclamó Marina.

—Tiene muchos vendajes por todo el cuerpo —observó David. Todavía acostumbrado a hablar en voz baja.

El gato negro parpadeó.

—Gracias, Señora P., y señor Mawll. Nos salvaron la vida —murmuró Marina, cuidando de no hablar demasiado alto.

Marina y David cruzaron la calle y corrieron escaleras arriba, como todos los días, apostando quién llegaría primero al séptimo piso.

▲▲▲

La señora Piedranegra cerró las cortinas del apartamento. Con un rápido gesto se arrancó el collarín y comenzó a desnudarse. Frente a ella, Mawll lanzó a un rincón el cabestrillo del brazo y también procedió a despojarse de las ropas.

Kin sacudió el cuerpo y sus vendajes saltaron por la sala.

Como si hubieran estado fabricados con un material gelatinoso, al unirse las dos personas y el animal, quedaron convertidos en una viscosa bola de brea grasienta. Creció y cambió de forma. Karkobab, El Raptor, ahora con forma de serpiente negra con tres cabezas, empujó los muebles y quedó enrollado en el suelo.

—Debieron aceptar la protección de los niños, hasta recuperar la fuerza. Ahora será muy fácil para mí —siseó una de las fauces.

Y cerró los seis ojos, brillantes como sangre coagulada. Karkobab todavía se encontraba muy cansado, después de la segunda emboscada a los protectores de Marina y David, porque la resistencia de la señora Piedranegra, y sus amigos, fue valiente y tenaz, hasta el siniestro final.

<

p align=»center»>FIN

Nuevamente felicitaciones a Joseín, tremendo relato, que mundo tan fantástico y tan bien detallado el que nos ha mostrado en este relato. Y ese final por cierto apunta a una continuación, esperemos que así sea y nuestro amigo pronto nos narre como continúa esta historia.

La Memoria de tus Ojos

Una vez mas retorna a nuestra páginas la pluma de nuestro amigo Joseín Moros, uno de los escritores que mas historias ha compartido con nosotros durante estos ocho años, muchas gracias nuevamente Joseín, y espero que sean muchos cuentos mas por venir:

 

La Memoria de tus Ojos

¿Cuántas veces hemos sentido el fin de nuestra vida?

¿Seremos como se dice son los gatos, y poseemos un número limitado de oportunidades para continuar viviendo?

¿Tenemos sólo una vida a tiempo compartido, en diferentes escenarios, o son vidas separadas?

¿Existirá aquello de: morir antes de tiempo?

¿Y qué hay de morir con retardo? ¿Será posible?

8:45:57 am

Marco está sentado frente a las pantallas de monitoreo, le arden los ojos, casi toda la noche estuvo observando las cristalinas ventanas electrónicas, ellas vigilan el enorme aeropuerto. Desde esta sala, el cuerpo de seguridad controla un sector de las instalaciones, las cuales cuentan con secciones muy antiguas. Con el paso de las décadas el aeropuerto ha crecido y las modernizaciones llegan de manera paulatina. Cuando Marco estudia los mapas electrónicos, sobre la pared, le parece una flor desarrollando pétalos, y casi nunca pierde los anteriores.

Amaneció hace más de una hora, en el último minuto el sueño lo abandonó. Una imagen, de uno de los televisores, le había intrigado. En ese momento llegó su reemplazo, engalanada de uniforme similar al suyo. Gabi tomó asiento y se quitó los anteojos polarizados, para conducir motocicleta. Intercambiaron saludos, mientras ambos miraron la misma figura, ahora magnificada en uno de los monitores más cercanos. La recién llegada observó unos segundos, y continuó acomodando la altura de la silla; él arrugó la frente, una cicatriz vertical le partía la ceja izquierda, se veía roja como el fuego.

Ambos uniformados reportaron el cambio de guardia a otras salas de vigilancia. Traspasaron, utilizando claves secretas y tarjetas magnéticas, el control de la consola y firmaron los reportes de rigor. Después Marco vistió la gruesa chaqueta, azul oscuro, con distintivos de su trabajo, y se fue, muy pensativo. Gabi ya estaba concentrada, observando las pantallas, unas de colores y otras en blanco y negro, las últimas esperaban ser reemplazadas en cualquier momento.

Marco recorrió subterráneos y al salir del edificio se dirigió hacia el área de estacionamiento. El día prometía buen tiempo, a pesar del anormal frio del otoño. La noche anterior no había encontrado sitio más cercano a su lugar de trabajo, no le importó, agradecía ejercitar los músculos de las piernas después de tanta inmovilidad. Antes de entrar al vehículo se detuvo, para ajustarse el diminuto audífono y un micrófono, casi invisible, en el cuello. Entonces miró el cielo, aviones provenientes del otro lado del mar estaban llegando, los reconoció con facilidad. Recordó la imagen que lo había sobresaltado y apretó las mandíbulas. Trotó de regreso, en dirección a la rampa más próxima, ella se enterraba como un cuchillo curvo hacia las entrañas del aeropuerto.

Nadie le cortó el paso. Marco tenía el típico aspecto de un guardia de seguridad: corpulento, mirada impasible y artefactos, propios de su actividad, colgando de un grueso cinturón de cuero.

Minutos después, mientras corría por los subterráneos, su mirada saltó a las bandas rodantes, donde carga y equipaje avanzan con lentitud. Frenó sus pasos y tocó una de las maletas. Le pareció antigua y pasada de moda, debió haber sido muy lujosa cuando él todavía era niño. Con una mano la alzó un poco, notando fortaleza contra el fuerte trato, a pesar de las suaves líneas del diseño. Leyó las etiquetas de identificación y miró a lo alto, calculando cuál de las innumerables salas del aeropuerto estaba sobre él, al mismo tiempo palpó la textura del cuero oscuro y su aroma le trajo el recuerdo del maletín de su abuelo. Sacudió la cabeza y se concentró en otros detalles del curioso equipaje. La vibración le avisó: otro gran avión había tomado pista. Salió a largos pasos, en dirección a los ascensores de carga.

Aunque era uno de los elevadores más rápidos, comparado con otros vejestorios del antiguo y enorme aeropuerto, a Marco le pareció una eternidad el tiempo transcurrido en el ascenso. El retumbo de la estructura le hizo imaginar el formidable transporte aéreo frenando, al mismo tiempo que la jaula metálica donde él se encontraba.

Al salir vio la extensa muchedumbre, en locales comerciales y frente a las puertas de embarque. Decidió controlar su actitud, sin querer podía crear el pánico: un guardia de seguridad corriendo es una imagen de alarma. Avanzó pegado a la pared derecha, los ventanales permitían observar la pista de aterrizaje; uno de los túneles extensibles mordía el cuerpo de un avión, como una sanguijuela voraz.

<< ¡Corre Marco, mucho y rápido!>> oyó varias veces en el pensamiento.

Desde el fondo de su conciencia surgieron gritos y el ruido de una lluvia tempestuosa.

▲▲▲

Marco tenía ocho años cuando recibió la herida sobre el ojo izquierdo. La ceja quedó dividida en dos, por una cicatriz tan gruesa como su dedo de niño. Marco fue creciendo y la roja fisura también lo hizo.

Llovía mucho y la gallera se veía colmada de hombres, la entrada de niños estaba prohibida. Para localizar a su padre debió trepar un camión cercano a una pared y escalar hasta la ventana cerrada; desde allí miró por los vidrios, chorreaban lluvia, arreciaba desde su salida de casa, a varios kilómetros de allí. Marco quería avisarle, su madre sufría dolores de parto y la comadrona —recién llegada al pueblo—, mandó llamarlo: “¡Corre Marco, mucho y rápido!” había dicho la mujer, dándole una vieja chaqueta de adulto y un sombrero. En ese momento no lo sabía, su pequeña y adorada hermana Lina venía en camino.

La estridencia de las exclamaciones, la música y el trepidar de la lluvia en los techos y sobre el empedrado, ahogó sus gritos de niño. Su padre estaba al otro lado de la arena de combate. Los gladiadores, cubiertos de plumas y sangre, luchaban hasta la muerte, sin comprender la razón.

Nunca supo lo ocurrido con sus puntos de apoyo, tal vez los zapatos mojados resbalaron y su cara golpeó el filoso ángulo de la ventana, uno de los vidrios se cuarteó y largos puñales cristalinos lo atacaron. Marco quedó aturdido, pero no llegó a caer hasta el suelo de piedra, sus pequeñas manos se aferraron a la madera y con esfuerzo volvió al lugar anterior. Limpió el agua de los vidrios y vio una mancha purpúrea, su mano la plasmó sobre el cristal mojado. Le pareció extraña la roja coloración, así los gallos parecían más feroces. En ese momento su padre levantó la cabeza, vio a su hijo en la alta ventana, abandonó la primera fila y casi voló a la salida. Luego, padre e hijo corrieron bajo la tormenta. Marco llevaba el pañuelo de su padre apretado contra la cara, algunas veces la tela ensangrentada le cambiaba el colorido del paisaje. Se fue quedando rezagado, su padre, a pesar de la gran talla del herrero, podía correr durante horas. El hombre regresó, levantó a su hijo, continuó la carrera chapoteando barro y atravesando torrentes, donde antes Marco casi había perdido la vida: de milagro un enorme tronco le sirvió de salvavidas.

Esa tarde, cuando le mostraron a su hermana Lina, la vio muy colorada, le pareció estarla observando por el vidrio de la gallera. Por desgracia su madre no sobrevivió.

Ahora, adulto, mientras corría, esquivando gente por los pasillos congestionados del aeropuerto, percibió la conocida nube roja frente a los ojos.

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9:03:32 am

En la sala de vigilancia donde Marco estuvo trabajando toda la noche, Gabi observa con atención las filas de cambiantes pantallas.

Pulsó el teclado, para transferir imagen a uno de los monitores de pantalla grande y moderna.

—Marco debería estar en camino a su casa. ¿Qué hace allí? —murmuró en voz baja.

Se contuvo de tocar el control de los radio contacto.

<<Sí está cazando algún sospechoso ya lo habría avisado>> y decidió esperar, mientras lo seguía en las pantallas. El hombre parecía un salmón luchando contra las aguas. La multitud se movía, mientras Marco zigzagueaba como un pez silencioso. Gabi se dio cuenta, él pretendía recortar camino hacia algún lugar, obligándose a ir por una ruta en sentido contrario a los pasajeros.

<<Tal vez algo en verdad ocurre, no está seguro y quiere pasar desapercibido>> Gabi tenía mucha contradicción en sus ideas. Necesitaba más información, emitir una falsa alarma en el aeropuerto, y en una hora tan congestionada, sería desfavorable para su carrera profesional.

Marco levantó la cara hacia las cámaras y al mismo tiempo pasó la mano izquierda por su pelo, con el dedo índice a lo alto. Gabi, o desde otra sala de vigilancia, deberían interpretar la seña.

<<Sólo va a confirmar algo>> se mantuvo tensa y lo siguió, cambiando de cámara una y otra vez. Al mismo tiempo encendió el rastreador de Marco; un punto móvil, verde y parpadeante, apareció en el mapa del aeropuerto, en lo alto de la pared, por encima de los monitores.

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9:04:01 am

Una anciana está sentada en un rincón, al fondo de la sala de espera llena de gente. A su izquierda hay un ventanal, desde allí puede observar gran parte de las pistas de aterrizaje, grises y frías. A la derecha, cruzando el ancho pasillo, hay tiendas comerciales, brillantes de luces, luciendo hermosas vidrieras de colores y espejos con forma de columna. En el interior de los negocios, muchos viajeros efectúan compras.

Desde el otro lado de la sala, por encima de las personas sentadas en filas de sillas, y al lado de un viejo reloj de pared, un trío de cámaras de seguridad enfocan su ojo electrónico sobre el área, una de ellas parece más actual en tecnología. A Marco siempre le parecieron solitarios cíclopes, inseparables compañeros de vigilancia, adormecidos con el tic tac del cercano medidor del tiempo.

Dos jóvenes cajeras, a través de la vidriera de una de las tiendas, observan a la anciana, ella había sido uno de los primeros pasajeros en llegar a la sala de embarque.

—Debió ser muy linda y distinguida —dijo una de las muchachas—, su ropa muestra elegancia, a pesar de su antigüedad.

—El sombrero es una belleza —agregó la otra—, me recuerda esas damas antiguas, en las carreras de caballos; el ala ancha las protegía del sol y les permitía esconder sus coqueteos cuando les convenía. Y los guantes, me gustaría tocarlos, se ven tan suaves.

—Las botas son un sueño —replicó la primera—, en una vieja fotografía una de mis abuelas aparece con unas iguales. Mira el bolso, la anciana está buscando algo.

En ese instante varios clientes quisieron pagar la mercancía, las dos cajeras dejaron de mirar al otro lado del pasillo. Las escenas continuaron, como en un una película muda, donde los espectadores abandonaron la sala.

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Un caballero, de mediana edad, se encuentra entre los pasajeros a la espera. Desde hace un minuto observa a la viejecita, por el reflejo en uno de los espejos con forma de columna.

<<Tan distinguida como mí recordada abuela >> pensó el caballero, colocándose unos lentes para ver mejor. <>

Se concentró en el teléfono inteligente, sus dos pulgares tecleaban con rapidez.

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Un pequeño, de tres o cuatro años, muy bien abrigado y portando unos binóculos amarillos de reducidas dimensiones, se aproximó hasta la anciana. Su madre está sentada a dos asientos de distancia.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó el pequeño, mientras observaba con el aparato la cara de la viejecita.

La anciana permaneció concentrada, rebuscando en el enorme bolso. El niño repitió la pregunta, pero no obtuvo respuesta, sólo una sonrisa de la dama. El pequeño siguió conversando y su madre lo llamó.

<< No habla nuestro idioma>> pensó, mientras limpiaba la nariz del niño.

La viejecita pareció haber encontrado lo que buscaba, no en el bolso, sino en el suelo, a un lado de su bota izquierda: era el ticket de abordaje. Con rapidez lo dejó caer en el interior de la gran cartera. A continuación metió ambas manos allí, sin levantar la mirada. Las cámaras de seguridad no podían captar su cara, debido al sombrero de ala pronunciada.

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9:04:16 am

Una señal de alarma sonó en la cabina de vigilancia. Gabi dejó de observar la lucha de Marco en contra de la corriente de pasajeros y desvió sus ojos a la pantalla principal, llena de texto en diferentes colores.

<<Un avión se aproxima, falla el tren de aterrizaje>>

Como encargada de la sala necesitaba notificar a Marco, todo el personal debía estar a la expectativa.

Con mano ágil pulsó el teclado y cuando oyó la voz de Marco pronunció tres palabras clave, para identificar el problema del avión. Antes de cortar decidió saber porqué estaba allí, en lugar de ir conduciendo su automóvil camino a casa, pero entró una comunicación prioritaria en sus auriculares y Marco no tuvo tiempo de contestar. Gabi pudo ver en la pantalla, su compañero repetía la seña con la mano izquierda, cuyo significado era: “confirmación visual, espera mi llamada” y además tocó el diminuto micrófono en la solapa.

<< ¿Qué desea ver?>>

El punto verde y parpadeante, sobre el mapa del aeropuerto, continuaba mostrando a Marco en el mismo largo pasillo donde el ascensor lo había dejado. El hombre ya se estaba arrepintiendo de haber tomado tal atajo, no tuvo en cuenta el gran volumen de pasajeros a esa hora, y lo consideró un grave descuido por su parte. En unos minutos este sector estaría casi desierto, como lo fue hace un rato.

Dos hombres corpulentos, vestidos con ropas comunes, aparecieron en la multitud de pasajeros y se interpusieron en el camino de Marco.

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9:05:07 am

Gabi estiró un brazo, para llegar hasta una tecla; deseó que ya hubieran completado el sistema computarizado para los monitores y todos fueran a color. El escenario, de su lugar de trabajo, fue alterado de manera reciente y aquello retardaba su velocidad de respuesta. Al mismo tiempo hablaba por un anacrónico teléfono, ahora el cable parecía corto. Recordó lo ocurrido hace unos minutos, cuando reemplazó a Marco en la guardia de vigilancia.

<< ¿Era en la puerta 16 o en la 19? Seguro no era la 29 ni la 26, la semana pasada las sillas fueron cambiadas por otro modelo. ¿Por qué no leí bien?>> estaba molesta con su costumbre de invertir o cambiar los números.

Sólo recordaba el acercamiento a primer plano sobre la pantalla en blanco y negro, había una figura sentada en una silla. No advirtió algo sospechoso. Ahora se preguntaba por qué Marco la había amplificado.

Gabi miró el mapa del aeropuerto, el punto verde y parpadeante casi parecía estático.

Recordó a la esposa de Marco, de nombre Jenny, tres años mayor que él y de profesión periodista.

— ¿Cómo se conocieron? —había preguntado Gabi.

Jenny contó la historia en forma breve, sin repeticiones ni redundancias, Gabi y John, su esposo, percibieron las escenas con realismo estremecedor. Jenny tenía el don de la narrativa.

Fue años atrás, cuando Marco tenía trece años y Jenny dieciséis. El niño traía de la escuela a su pequeña hermana, Lina, de cinco años. La niña había nacido sorda, principal razón por la que su padre decidió emigrar, buscando un entorno donde ella pudiera recibir la educación especial necesaria.

La pareja de niños transitaba por un barrio poco seguro. Lina fue la primera en descubrir los dos maleantes, emboscados en la estrecha calle, detrás de un alto contenedor de basura. Se detuvo y al mismo tiempo señaló hacia ellos.

Marco, de trece años, era grande y fuerte para su edad. Con la necesidad imperiosa de aprender un nuevo idioma, en un entorno bastante hostil, debió desarrollar una agresividad contraria a su verdadera naturaleza.

Mientras su esposa narraba, Marco recordó: el poco soleado callejón, en un instante, para él se cubrió de lluvia, y una niebla rojiza se interpuso ante sus ojos.

Empujó a Lina contra una puerta, pateó la madera pero no cedió. Lina comenzó a gritar y los individuos se abalanzaron. Con otra patada, entre las piernas, detuvo al primero de los atacantes; un cuchillo quedó clavado en su muslo izquierdo. Sintió cuando el metal tocó hueso. El ruido de la lluvia, en su mente, arreció, oyó los gritos de guerra de los gallos de pelea, y la nube roja se hizo más densa. Sin pensar se arrancó el cuchillo y de un tajo casi cercenó el brazo armado del segundo enemigo. El primero comenzó a levantarse, buscando algo en la cintura. Marco saltó hacia él, utilizando la pierna sana, y el sujeto quedó inmóvil. Desde algún sitio, en lo alto de la calle, dos voces de mujer le advirtieron: “tiene una pistola”. Marco ya la había visto y presionó a un más la punta del cuchillo ensangrentado en la garganta del maleante. En ese momento una patrulla de policía penetró en la calle y dos agentes dieron la voz de alto. Marco soltó el cuchillo y retrocedió con las manos a la vista, pero el hombre sacó la pistola y comenzó a disparar. El muchacho rodó por el suelo, agarró a Lina y siguió rodando, para alejar a su hermana de los balazos. El delincuente cayó bajo el fuego policial y el otro individuo no se movió, sólo chillaba.

—La muchacha de los gritos era yo —dijo Jenny—, serví como testigo ante la policía y la amistad, con el tiempo, se convirtió en matrimonio. La otra mujer no supimos quién fue.

Gabi volvió al presente. La señal verde, en el mapa, continuaba casi inmóvil.

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9:08:22 am

Las sillas, alrededor de la anciana, quedan vacías cuando los pasajeros se levantan para traspasar la puerta. Deberán recorrer un corto trecho en el túnel móvil, antes de penetrar al avión.

La viejecita había colocado, sobre sus piernas, un pequeño cofre de liviana madera, y el bolso lo dejó en la silla a su izquierda. Sin haberse quitado los guantes, extrajo un objeto. Las jóvenes cajeras de la tienda continuaban concentradas en las filas de clientes. El caballero escribía en su teléfono, mientras transitaba hacia el túnel de abordaje. Caminando hacia atrás, el niño enfocó los binoculares en la anciana. Las tres cámaras de seguridad, en silencio de mudos cíclopes, eran testigos de lo acontecido en el sector.

Fue entonces cuando Gabi la distinguió, en una de las pantallas blanco y negro. La veía por momentos, el movimiento de pasajeros, ahora de pie, obstaculizaba el pequeño bulto de la mujer de sombrero, en la última fila. Con rapidez Gabi trasladó la imagen al monitor grande, y lanzó una mala palabra: no pudo convertir la imagen a modalidad de color.

— ¡Voy a matar a los técnicos! —rugió, no estaba segura si fue error suyo, o una de las carencias del incompleto sistema.

— ¿Qué está haciendo esa mujer? —volvió a rugir, ella hablaba en voz alta cuando necesitaba concentración. No tuvo duda, era la misma persona; Marco la estaba observando cuando hicieron el cambio de guardia.

Alejó la imagen: la sala de espera estaba quedando sola y la mujer de sombrero no se había levantado. Continuaba manipulando una caja oscura.

Gabi hizo un acercamiento al máximo, similar al que tenía Marco al momento cuando ella entró a la sala de monitores.

En sus auriculares sonaron voces en tono de emergencia.

<<Perdió una rueda>>

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9:08:56 am

El capitán del avión miró de reojo a su compañero. Juntos habían sobrevolado unas cuantas emergencias. Esta parecía una más, se dijo, para calmar los nervios.

En ese mismo instante, y de manera furtiva, el copiloto lo observó. Ambos rieron y en la torre de control, al oír las risas, guardaron silencio. Habían comprendido: la tripulación tenía miedo, y ellos también. El piloto, hombre calvo, de cejas encanecidas, con la mirada al horizonte, habló como recitando un poema.

—Desde mi ventana…siento que me aman.

El copiloto también miró al frente. El cielo gris, y un horizonte borroso, fue la respuesta de los cristales de la cabina. Sin embargo decidió compartir lo que su amigo había visto.

—Hoy quería llamar a mi hermana…hace cuatro años…no hablamos…seguro está mirando al cielo…y los tanques de combustible casi no tienen…—y soltó una risa corta.

—La humanidad perdió un gran poeta…cuando escogiste ser aviador —dijo el capitán, y se carcajeó en similar tono.

En el tablero, una fila de luces rojas comenzaron a parpadear.

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9:09:16 am

Frente a las pantallas informativas del aeropuerto, la gente murmuró decepcionada. Un vuelo tras otro fue retardado.

En ese instante, los corpulentos hombres tomaron los brazos de Marco y le impidieron avanzar.

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9:09:17 am

Gabi hablaba con el supervisor, manteniendo estirado el cable del viejo teléfono.

—Comprendido, señor.

De reojo, sobre una de las pantallas a color, vio a los dos hombres cuando bloquearon a Marco. Dejó caer el auricular y saltó hacia la consola, con el talón de su mano derecha dispuesto para aplastar el botón rojo, y disparar una alarma silenciosa.

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9:09:18 am

Un pequeño ratón, con la suave pelusa blanca teñida de azul, camina por el interior del cielo raso, entre cables y conductos. Sigiloso, y muy asustado por encontrarse en territorio desconocido, descendió por una tubería en la pared.

En uno de los pasillos, cercano a una sala de monitores, un niño explica a su madre cómo su mascota abrió la jaula y escapó.

El roedor, temblando de miedo, alcanzó el suelo y atravesó un sector donde filas de pasajeros avanzan despacio. Se oyeron gritos, algunas personas saltaron y tropezaron con otras. Los más alejados decidieron apartarse de la conmoción.

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Marco, viejo amigo. Años sin verte.

Orlando, Edison. Me alegra verlos. Tengo una llamada, no puedo detenerme. Trabajo en la Sala de Vigilancia. Llámenme mañana.

Los hombres lo soltaron, eran policías y comprendieron con rapidez.

— ¿Necesitas ayuda?

—No es tan grave. No olviden llamarme.

En ese instante el rumor de la multitud asustada llegó hasta los tres hombres. Marco esperó unos segundos, con la mano sobre el diminuto auricular, entonces informó a sus dos amigos: “el problema fue un ratón”. Y continuó avanzando.

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9:09:57 am

Por fin Marco llegó a la sala donde se encontraba la anciana. Caminó directo hacia ella.

La mujer echó un rápido vistazo al reloj de pared, y sonrió.

—Señora. Su boleto estaba en el suelo. Hace un momento lo vi por las cámaras de seguridad,

—Gracias, Marco. Lo acabo de recoger. Por dos segundos casi llegas retardado.

En el uniforme de vigilante no había placa con su nombre, sólo un número y una letra.

— ¿Me conoce? No comprendo. ¿Por qué retardado?

—Siéntate, Marco. No perderé el vuelo, todos estarán retardados dieciocho minutos más. Mi nombre es Patricia.

Marco tomó asiento al lado de la pequeña mujer. Observó su cara con mucha atención y luego sonrió.

—Usted se parece y tiene el mismo nombre de la comadrona, cuando el nacimiento de mi hermana menor. ¿Es usted?

—Sí, Marco. Soy yo. Escoge uno de estos tres regalos. Es sólo un juego.

Sobre el regazo de la anciana había tres objetos antiguos, comunes y extraños al mismo tiempo, le pareció a Marco: un espejo, unos anteojos con marco de carey y una lupa rectangular.

El hombre tomó los anteojos.

La mujer miró de nuevo el reloj de pared.

—Colócatelos y mira hacia la pista de aterrizaje, no te asustes. Tómalo como un juego.

El hombre le siguió la corriente, ahora sabía quién era la mujer y se sintió próximo a su propia infancia. La idea de un juego inocente lo cautivó.

Por el ventanal distinguió a lo lejos el aterrizaje forzoso de un avión muy grande. Había camiones de bomberos, lanzando espuma blanca sobre la pista. Todo fue relampagueante. El aparato pasó por encima de varios camiones. Lo vio crecer, abalanzándose contra el ventanal.

Marco se volteó para abrazar a la anciana, su clara intención era levantarla y correr con ella.

Marco, quítate los anteojos —y el hombre sintió las manos de la mujer contra su pecho.

De un manotazo lo hizo y volteó hacia la pista. El avión estaba terminando de llegar al final de su carrera, sobre el blanco lecho de espuma contra el fuego, sin desviarse del recorrido.

— ¡Fue muy real! ¿Cómo funciona este aparato? —su corazón todavía galopaba. Entonces lanzó una mirada a su alrededor: todo parecía diferente, pero no pudo decir en qué. El tinte rojizo, de un segundo antes, ya había desaparecido.

—No habrías visto lo mismo con la lupa, o en el reflejo del espejo, escogiste el camino apropiado, y el instante preciso. ¿Recuerdas el torrente cuando te arrastró mientras corrías buscando a tu padre? ¿Y la caída desde la ventana? ¿Y durante la pelea con los dos delincuentes? Esquivaste el cuchillo cuando iba a tu pecho. ¿Y cuando el hombre intentó sacar la pistola? Lo detuviste. ¿Y al llegar los policías? Soltaste el cuchillo a tiempo, los disparos habrían sido mortales. Tuviste cinco muertes, y esta fue la sexta cita, siempre puntual.

Marco no sabía cómo tomar esas palabras. Pensó que la anciana comadrona estaba medio loca, y al mismo tiempo tuvo una incomprensible confianza en sus palabras: una vez más había sentido la muerte pasar por su propio cuerpo.

— ¿En realidad, quién es usted? —preguntó al fin.

—Soy quien tú mismo descubriste: Patricia.

La anciana tomó una de sus manos y Marco sintió recuperar un poco de calma.

—No tengo muchas respuestas, oye y vislumbrarás la realidad. Existimos en infinitos mundos paralelos; cada persona, creemos con firmeza, tiene participación protagónica en siete planos; al perder el séptimo, ocurre la verdadera Muerte Universal.

— ¿Muerte Universal?

—Sí, Muerte Universal. Hemos comprobado muchas veces lo de los siete planos.

— ¿En la siguiente oportunidad, o muerte, desapareceré para siempre?

—Para siempre es mucho tiempo. Nuestros experimentos no dan para tanto.

— ¿Quiénes son ustedes?

—Ahora, la pregunta sería: ¿Quiénes somos nosotros?

— ¿Nosotros? ¿Por qué?

—Universos Paralelos es una forma incompleta para describir este fenómeno físico. Desde el momento cuando agotas la Sexta Vida Protagónica, todos caemos en otro plano, tal vez transversal a los demás. Pasamos a convertirnos en seres multidimensionales, si tomamos conciencia de ello, podemos viajar entre universos. Miles de millones y millones de seres humanos nunca se dan cuenta y mueren sin percibir los seis anteriores cambios de escenario. Todos ellos sólo creyeron haber sobrevivido accidentes, enfermedades, u otra clase de tragedias.

— ¿Todos aquí en esta Tierra, o séptimo universo donde acabo de entrar, sólo nos queda esta vida?

—Así es.

— ¿Cómo supo encontrarme la primera vez? Usted llegó al pueblo, atendió unos cuantos partos y desapareció.

—Cuando viajemos a otro universo, de los infinitos que se mueven en paralelo, podrás percibir la muerte inminente de las personas. Si logras seguir alguna de ellas, como hice contigo, universo tras universo, en la sexta oportunidad llegarán a este, en el cual vives desde que el avión se estrelló contra el ventanal y te mató.

Marco guardó un instante de silencio, antes de hablar.

— ¿Entonces, si era inevitable, porqué trataba de salvarme?

—No era inevitable y si no lo intentaba, me habría sentido como una asesina. Pudiste haber escogido la lupa o el espejo, y habrías tenido una conversación con una anciana confundida.

Marcó emitió una risita de confusión.

—No puedo pensar más. Estoy agotado. Sólo tengo una pregunta final.

—No tengo muchas respuestas.

— ¿Hay universos paralelos a este otro, con diferente población, época y forma de vida?

—Esa es la gran pregunta: universos tal vez únicos, sin imágenes múltiples —y se quedó pensando.

— ¿Existen?

—No lo sé. Desde el momento cuando te haces la pregunta, es porque algo intuimos, como ya lo hacíamos con los otros universos. Piensa en esto, Marco: los recién nacidos, en este tal vez único Universo Transversal, son nuestra mayor incógnita; no encontramos forma de seguirlos cuando mueren, ni de percibir si sufren cambios de escenario.

Marco guardó silencio, antes de continuar.

Patricia, tengo otra pregunta, no espero respuesta: ¿alguna de las personas que viven aquí han podido percibir la clase de universo donde nacieron?

—Muy pocos han terminado por aceptar la idea. A la mayoría les parece ridículo.

—Demasiado confuso e incomprensible —murmuró Marco.

—Tal vez así fue para la gente cuando creía en la Tierra plana, un mundo redondo les parecía una locura —Patricia rió, y palmeó la rodilla del joven.

Marco volvió a la carga.

— ¿Qué pasaría si publicamos la verdad en este universo, utilizando testigos como yo?

—Tal vez nos quemen en una hoguera, o nos metan en un manicomio —y volvió a reír—; nos vemos pronto, me acompañarás para seguir otra persona hasta aquí, solo tomará segundo y medio del tiempo de este universo —y rió de nuevo.

Marco miró a su alrededor, observó su imagen en las vidrieras de las tiendas, y sonrió.

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FIN

Interesante relato el que nos obsequia nuestro amigo Joseín para el Desafío del Nexus de Octubre. Muchas gracias Joseín.

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Arpas y Focas Rosadas

Nuestro amigo Joseín Moros, vuelve al Desafío del Nexus con una nueva e interesante historia, con unos protagonistas y unos enemigos bastante inusuales:

Arpas y focas rosadas 03 copia

Arpas y Focas Rosadas

Autor: Joseín Moros

¿Si no hay agresor, cómo puede ocurrir un ataque?

¿Cuando todo parece perfecto, y bajo control, puede un minúsculo evento generar una cadena de fatales acontecimientos?

¿Hasta dónde una conexión global, entre todos los seres humanos, es un acontecimiento positivo?

¿Y ya generada una crisis, puede un solitario cerebro envejecido descubrir lo inaccesible a la sapiencia de los más calificados humanos? ¿O esa falta de juventud, en sus millones de neuronas, es una desventaja?

Un fabuloso hallazgo en Marte, por parte de unos colonos, genera una reacción de contagiosa euforia en toda la humanidad. Cada individuo de la población de la Tierra, y Marte, pertenece a redes sociales de extraordinario tamaño, cualquier inquietud en su mente puede hacerla conocer de manera instantánea, con las consiguientes reacciones de quienes se sientan involucrados.

 IN GIRUM IMUS NOCTE ET CONSUMIMUR IGNI

(Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego).

Frase de origen incierto y misterioso significado.

El techo del estacionamiento retumba, Amarilis sintió la presencia de un gigante arriba en el exterior. Ella se encontraba a seis niveles bajo tierra en un estacionamiento de vehículos; su vida peligra, igual a la de muchos en la ciudad y en todo el planeta. Canturreó una tonada, en la penumbra oyó cientos de personas acompañándola en voz baja. Se escurrió con lentitud, pegada a las paredes, encontró un pasillo estrecho lleno de tuberías, apoyó el liviano rifle con mira telescópica en la pared y metió la mano bajo sus ropas de combate; extrajo un objeto, con forma y volumen de jabón de baño, su nombre público es: JI, El Jabón Inteligente, y su popularidad ya tiene casi un siglo. Su palma y dedos se acoplaron al liso artefacto y varió la cantidad de presión en cada uno de ellos, como lo había hecho desde su infancia. A un metro de la visera del casco apareció una imagen, de dos palmos de altura y tres de ancho, mostraba escenas del exterior en tiempo real.

Movió las vistas a velocidad de vértigo, primero desde el cielo, a diferentes alturas, como si un pájaro enloquecido estuviera buscando algún objeto difícil de encontrar. Entre nubes de polvo tapando el sol, vio enormes edificios recién destruidos. Luego en las calles, casi a ras del pavimento, las tomas parecían la visión de una serpiente desesperada, tratando de encontrar alguna presa.

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Le dolía el cuerpo, Amarilis tenía más de setenta años. Desde cuatro meses atrás, todo voluntario para el combate era aceptado y las personas de avanzada edad producían iguales resultados a cualquier otra. Le entregaban equipo, le deseaban suerte, y salía solo o sola a buscar el enemigo. Puerto Cumaná, su ciudad natal, había tenido más de treinta millones de habitantes hacia siete meses, y ahora la habitaban menos de la mitad; si quisiera movería los dedos, o verbalizaría una orden, y los datos de población sobreviviente en los últimos minutos, clima, edificios destruidos, cuerpos aplastados por los derrumbes, aparecerían en la pantalla virtual creada por el JI.

Como en todo el globo terrestre, durante casi un siglo y hasta hacía sólo siete meses, la prosperidad, estabilidad política y social, era el factor común en metrópolis y zonas rurales. Después de los cincuenta años de la “Segunda guerra fría”, por los conflictos en medio oriente a principios del siglo XXI, ocurrió la “Guerra de las seis horas”. Fue un terrible evento, costó más de dos mil millones de vidas en todo el globo terrestre, y sin el uso de armas químicas o nucleares por parte de las mayores potencias. En los primeros golpes de la batalla, los gigantes exterminaron a los pequeños infractores, apenas lanzaron sus armas prohibidas. Pareció un combate entre un puñado de hábiles escorpiones, buscando con precisión quirúrgica órganos importantes de los contrarios. No hubo tiempo de reafirmar alianzas, se concentraron en debilitar al más cercano y peligroso, con especializadas armas robot. Luego vino la “Paz Necesaria”.

En los últimos noventa y tantos años, la colonización de Marte se inició, concertada por la unión de todos los estados de la Tierra. La humanidad miraba hacia el espacio, lugar infinito, donde luchar por fronteras parecía risible, por el momento.

Amarilis colocó en “vigilia” al JI, sonrió con el diseño personalizado de la superficie —arpas y focas rosadas—, recordó su familia y sus fallecidos alumnos en la escuela primaria y lloró de tristeza. Guardó el aparato en un bolsillo de cierre automático, podría oír su llamada o sentir la vibración si llegaba un mensaje. Levantó el ligero rifle y utilizando el visor infrarrojo de su casco, avanzó entre multitudes apretadas contra el suelo. Vio combatientes voluntarios como ella —lentos y viejos—, no se prestaron mutua atención, es una búsqueda individual, así tal vez alguno tuviera suerte, porque todos los ejércitos del mundo fallaban desde hacía siete meses, cuando ocurrió el primer ataque en Marte y al otro lado del globo. La mujer oía cientos de aviones y vehículos robot, buscando y buscando, igual a como ella lo hacía. Los especializados instrumentos exploraban en todos los espectros posibles, fuerza gravitacional, humedad atmosférica, velocidad de los vientos. La desesperación había forzado a utilizar hasta irracionales transductores para fenómenos físicos: en los noticieros aparecían sacerdotes y sacerdotisas, de infinidad de credos, médiums, brujas y brujos, intentando ubicar los atacantes, hasta ser aplastados por los derrumbes. Antes de chocar contra superestructuras de puentes, rascacielos, naves aéreas o decenas de bloques de edificios, el proyectil enemigo no provocaba desplazamiento en la masa de aire circundante, ni explosión alguna, sólo era un fuerte puñetazo aparecido sin anticipación.

Amarilis, docente, escritora tardía y bisabuela, había venido de un suburbio de las afueras, fue la única sobreviviente del colegio donde trabajó, golpeado por un enemigo enmascarado. También era la única persona viva de su linaje. Apretó los dientes, mientras despacio remontaba escalón tras escalón, y surgió a la calle. El sol había salido, sintió su calor en los huesos adoloridos. El olor del mar llegó hasta sus fosas nasales, parte de los ciento setenta kilómetros de playa tropical estaban frente a sus ojos, como una carretera amarillo oro perdiéndose en el horizonte. Vio la arena cubierta con restos de aviones robot —ya no quedaba ninguno en el aire—, y decenas de edificios lanzados a la playa, similar a como un niño enfurecido arroja sus juguetes a las olas.

<>

En el interior del casco sonó la tonada de moda, tarareada una y otra vez por ella misma.

—Atención, milicia de Puerto Cumaná. Habla Diana Cazadora. Se fue —dijo una voz femenina, cansada y a punto de llorar—, está al otro lado del océano, atacando Moscú por novena vez. Coman algo, tomen sus medicinas, intenten dormir. Avisaremos cuando inicie el séptimo ataque contra nosotros.

Ese era otro de los enigmas: sólo embestía un blanco a la vez, durante un número aleatorio de minutos, nunca más de tres; tampoco había sido posible descubrir un patrón en la escogencia del siguiente objetivo. Las autoridades militares se preguntaban: ¿son varios y atacan por turnos, o sólo es uno?

Amarilis tomó asiento en un sillón de playa desvencijado, había caído sobre la acera cuarteada, junto con un puñado de cadáveres incompletos. Sus músculos agarrotados pedían reposo. Miró hacia el oeste, a doscientos kilómetros de allí existió el suburbio de donde vino y volvió a recordar su familia y los niños, muertos bajo los escombros.

Aunque su vista era limitada, la visera compensaba de manera eficiente y se dedicó a observar el entorno. Distinguió, a unos ciento cincuenta metros de allí —en el lugar donde rompían las olas—, un pequeño objeto oscilante, como un florero indeciso en caer hacia un lado u otro. Dio una orden verbal, la imagen aumentó de tamaño en uno de sus ojos. Se levantó de un salto, apoyada en el fusil, no percibió el traqueteo en los huesos de sus caderas y espalda.

<< Un niño entre los escombros. >>

Cuando estuvo cerca de la pequeña figura, Amarilis sudaba y su respiración no era fácil. Se vio obligada a usar el fusil como bastón y continuó la carrera, parecía una muñeca rota, empujada por el viento.

El niño debía tener unos siete años, calculó ella. Estaba arrodillado en la arena húmeda, y se balanceaba adelante y atrás, apretando una mano con la otra, como si estuviera implorando. Vio una herida en su frente, las rodillas en piel viva, también había perdido la camisa y los zapatos; su mirada, perdida en el horizonte marino, como si deseara que el nacimiento del nuevo día no fuera interrumpido.

Amarilis tenía experiencia con niños, al primer vistazo se dio cuenta: la mente del pequeño estaba en otra realidad. En el agua flotaban cadáveres y escombros, de los grandes hoteles lanzados contra la playa. Para calmarlo comenzó a tararear su melodía preferida, entonces el pequeño se tapó los oídos y gritó. La mujer dejó de cantar y habló con suavidad.

—No tengo fuerza para levantarte. Sígueme, iremos a comer y descansar.

Apoyada en el fusil, rediseñado para civiles, y el cual la mayoría de las veces terminaba como bastón en las destrozadas milicias, guió al niño ciudad adentro, alejándolo del terrible espectáculo de la playa. El ruido de ambulancias, gritos de bomberos, alaridos de heridos, y rumor de toda clase de tareas de rescate, se fue perdiendo a sus espaldas. Un camión robot, avanzando sobre orugas, se detuvo. Amarilis ordenó una caja de primeros auxilios, agua, comida y un par de pequeñas sandalias de playa. Retiró el pedido y el vehículo continuó avanzando con lentitud. De repente, para anunciar su presencia, el camión dejó oír una melodía y el niño se tapó los oídos. Durante todo el trayecto ella había evitado tropezar con sus pies innumerables Jabones Inteligentes, al parecer abandonados por sus dueños; en realidad las autoridades los esparcían por toda la ciudad, si alguien necesitaba uno, sólo al tomarlo las huellas de su mano lo identificaban y si no podía, la voz también era una forma de reconocer su identidad y entonces vendría la ayuda.

Amarilis vio el niño apartándose de los JI, como si fueran animales peligrosos, ya más de uno lo había asustado con la música.

Un momento después observó al pequeño caminar más rápido, señalando hacia adelante.

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Y decidió seguirlo.

▲▲▲

Una hora más tarde, la mujer estaba en la exuberante azotea de uno de los más altos hoteles de la ciudad. Puerto Cumaná era la joya del Caribe, para los turistas de todo el globo. Buscó sombra de palmeras, en el oasis artificial; Amarilis se había dejado conducir por el niño hasta allí, y resultó un lugar ideal para observar el mar y la metrópoli. Desde la enorme altura vio la playa devastada, como si un huracán hubiese intentado arrastrar kilómetros de hoteles turísticos al mar. Si se entretuviera mirando a los alrededores, también vería un enorme zigzagueado entre las construcciones, similar a la estela dejada por una bestia enfurecida en un campo de trigo; ése era el resultado de las anteriores visitas de la destrucción.

El niño, o no podía, o no sabía hablar, descubrió Amarilis. La mujer se preocupaba cada vez más, por largos minutos su protegido se abstraía, bamboleando el cuerpo, luego orientaba la mirada hacia el mar. Su frente y rodillas las había vendado; casi a la fuerza logró hacerlo comer y beber. Fue en vano todo intento de involucrarlo en algún juego y Amarilis, con dificultad, dejó de tararear la melodía —a cada momento se le venía a la mente—, para evitar los gritos del pequeño. Por fortuna el edificio de sesenta niveles permanecía vacío, de lo contrario alguien, en cualquier momento, entonaría el estribillo.

Cerró los ojos y recostó la espalda a un muro de la terraza, bien protegido por la vegetación y cercano a una laguna artificial. Rememoró —imitando el estilo de un narrador de noticieros—, los ataques sufridos; al mismo tiempo introducía observaciones, como espectadora de su propio reportaje. Este ejercicio lo hacía con frecuencia, para mejorar su habilidad de escritora.

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Y se durmió. Soñó con un noticiero de lo ocurrido en Marte, a comienzos del pasado Febrero, horas antes del primer ataque en la Tierra. La colonia estaba habitada, los últimos cincuenta años, bajo cúpulas de un kilómetro o más de altura, diseminadas por todo el planeta rojo. Sumaban doscientos cuarenta y cinco millones de personas. En profundas minas encontraron restos de una ciudad, días después hallaron un gigantesco anfiteatro, rodeado de estatuas, eran veintidós formidables monumentos de roca violácea. Representaban amenazadores seres de larga cabellera, muy diferentes a los millones de menudos individuos encontrados en apartadas tumbas, similares a humanos de largos brazos y seis dedos en cada extremidad. Para muchos, aquellas pesadillas de las estatuas les pareció representación de bestias anfibias.

También fue hallado, en el centro del anfiteatro, un gigantesco instrumento musical, dentro de una caja transparente, tan alta como un edificio de dos pisos. El aparato era un gran tobogán, fabricado con un material similar a la goma vulcanizada y de color bermellón. En la parte superior, una pesada esfera, con medio metro de diámetro, y de un metal desconocido y brillante como el oro, esperaba desde eones; cuando alguien bajara una palanca recorrería el tobogán hasta tocar tierra. En el recorrido la esfera iba a golpear veintidós barras, suspendidas por delgadas cadenas; cada barra tenía diferente grosor, colores, longitudes y en apariencia desigual composición metálica. Llenos de apresurado optimismo, los colonos decidieron perforar la caja, sustituyeron el vacío por aire, introdujeron un brazo autómata, sellaron de nuevo la caja y se prepararon para oír y grabar la melodía, cuando fuera accionada la palanca. Al mismo tiempo transmitirían video y sonido a sus ciudades, y a la Tierra. Miles de millones de personas, con sus JI, verían y oirían el espectáculo.

Y ocurrió la magia. Nunca antes, en la historia de la humanidad, tanta gente se sintió feliz al mismo tiempo. De allí en adelante, todos los medios audiovisuales utilizaron la melodía, aunque sólo duraba nueve segundos y cuatro décimas. Fue imposible dejar de tararearla. El asombro aumentó cuando los adolescentes la reprodujeron al revés. Muchos la llamaron “palíndromo musical” y otros: “palíndromo diabólico” y la construcción de frases, con igual significado leídas al revés, se puso de moda.

En el sueño, donde se encontraba inmersa, Amarilis visualizó uno de sus profesores de la universidad, hablando en la imagen proyectada por su Jabón Inteligente, tan brillante y nítida como la realidad.

“Hace poco más de cien años, un escritor de nombre Richard Dawkins, acuñó el término “meme”—decía el profesor—, quedó definido como el equivalente a un gen transmitiendo algún rasgo de los organismos vivos, pero, y esto es muy importante, el meme sólo transfiere información, y tiene una característica muy especial: se multiplica como un “virus mental” en la población humana. Cuando lo oyes, no puedes borrarlo, y se manifiesta incluso contra la voluntad del contaminado, para alcanzar otro huésped.”

Amarilis abrió los ojos y se tapó la boca, para no gritar, porque la siguiente imagen, en su sueño, había sido de pesadilla. Vio un demonio tras ella, el engendro podía vivir en el agua y en la tierra.

Sintió una intensa mirada del niño.

— ¿Me veías dormir?

Observó un parpadeó y disminución de fuerza en los grandes ojos infantiles.

— ¿Quieres oír música? —le brotó la pregunta, mostrando el JI extraído del bolsillo.

Vio rapidez al taparse los oídos.

—Esa música no, una más bonita —agregó, con voz amorosa.

Otra serie de parpadeos y Amarilis hizo reproducir una composición infantil, bien aceptada por niños de siete años. Vio al pequeño mover sus manos, como si estuviera recorriendo una envolvente de la melodía. Ella lo imitó y continuaron el juego con varios temas.

Un rato después, a la sombra del muro más cercano, proyectó un juego musical. Consistió en transformar la tonada en una fila de cilindros de colores, luego, moviendo una mano en el aire, permutaba la posición de los cilindros y a continuación reproducía la música. Amarilis vio interés, mientras ella realizaba modificaciones en varias melodías; y luego, al reproducirlas, los efectos sonoros iluminaron la cara infantil.

—Ahora tú —dijo Amarilis, y proyectó una composición muy simple, convertida en una docena de cilindros.

No se sorprendió al ver al niño apuntar con el dedo hacia ella y con la otra mano, la pared: “no quiere tocar el JI”, dedujo. Y sentado en el suelo, al lado de Amarilis, señalaba un cilindro coloreado cuando una estrella brillante, puntero controlado por la mujer, lo tocaba. Luego, con lentos movimientos de su mano, le indicaba hasta dónde moverlo. Muchos efectos sonoros la hicieron reír y el niño casi habló con sus ojos, manifestando alegría. La magnitud del juego aumentó con rapidez. La mujer estaba maravillada, con asombrosa facilidad el pequeño llegó a jugar con filas de hasta doscientos cilindros, alineados como ladrillos en un muro, llenando la pantalla en toda su extensión. Las composiciones, obtenidas con el juego, la hicieron llorar por su gran belleza. Entonces, sin querer, de sus labios brotó la tonada aterrorizadora para el niño.

Amarilis vio como el pequeño se tapó los oídos, pero mantuvo la vista en las filas de cilindros aparecidos —el JI, de manera automática, había buscado la melodía original—, y con lentitud extendió sus pequeñas manos para indicar movimientos.

— ¿Al revés? —murmuró Amarilis y vio al niño taparse los oídos de nuevo.

La mujer abrió la boca por la enorme confusión, ella no había tenido oportunidad de oír la música marciana de esa manera.

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Amarilis siguió los movimientos indicados por el niño.

— ¿Quitar el número quince?, —preguntó Amarilis— ¿Borrarlo? Bien. Ya está. ¿Y ahora? ¿Mover el número dos? ¿No? ¿Duplicarlo? ¿Y ahora? ¿Llevar la copia hasta el lugar donde estaba el quince? ¿Y ahora?

No hubo tiempo para una respuesta. La mujer siguió la mirada del niño, y sintió terror. Sobre el horizonte marino apareció una sombra violácea. En un principio le pareció una lejana tormenta.

— ¡Dios mío!

Amarilis sintió los ojos del niño taladrando los suyos, cuando volteó para mirarlo.

Con rapidez la mujer accionó sus dedos sobre el JI.

— ¡Alerta! Diana Cazadora. ¡Viene un ataque!

Mientras se ponía de pie sintió un sacudón, el pequeño había atrapado su pierna y ella volvió a sentarse en el suelo.

— ¿Qué hago? —preguntó. Intentando comprender el lenguaje de señas.

Amarilis veía los brazos del niño señalar el JI, luego a la pared y después los agitaba hacia lo alto, como un abanico.

— ¿Tocar la melodía? ¿Transmitirla? —ésa era la respuesta, el niño había sonreído por primera vez.

— ¡Diana Cazadora! ¡Retransmite esta señal a todos los JI, al máximo volumen! ¡Máximo volumen!

Mientras hablaba, Amarilis envió el mensaje con similares instrucciones a millones de contactos en milicias del globo terrestre: “reproducir con volumen máximo”.

Tal vez fue el tono desesperado, pero seguro, en la voz de Amarilis. Diana Cazadora estaba dormida sobre el escritorio, con su JI acobijado en las flacas manos. Frente a ella había docenas de proyecciones en constante conmutación y una de ella se agigantó. Sin terminar de recuperar la conciencia, sus ancianos dedos retransmitieron la petición de Amarilis. Vio a una mujer desconocida, en la imagen virtual derivada de las cámaras de seguridad del hotel. Con rapidez leyó la identificación del JI al pie de la pantalla: Amarilis U.

La melodía vibró en la sala de control, durante siete segundos y siete décimas. Diana Cazadora sintió una emoción incontenible, mezcla de alegría, libertad y triunfo.

— ¡Viene por nosotros! —gritó Amarilis, en la proyección virtual.

Diana Cazadora vio a la desconocida intentando proteger un espacio en el suelo, interponiendo su cuerpo. Y la imagen se apagó.

▲▲▲

Dos horas después encontraron residuos de Amarilis, gracias al chip identificador insertado en la zona más sólida del hueso sacro.

Al día siguiente había una reunión con representantes de diferentes disciplinas, venidos de todo el planeta a Puerto Cumaná, la última ciudad atacada en la Tierra.

—Era un edificio de sesenta niveles, el impacto lo enterró en el suelo, como un martillazo contra una estaca de madera en la tierra —dijo un joven militar, en la mesa con forma de V, donde más de trescientos cansados participantes intentaban descubrir qué había pasado en realidad.

—Sólo ella estaba en la azotea, el resto de la gente permanecía en los sótanos. Nadie sobrevivió —dijo un oficial bombero.

Una mujer, de unos ochenta años, con uniforme similar al de la difunta Amarilis, era la conocida con el nombre clave: Diana Cazadora. Habló en tono lastimero.

—La grabación en la “caja negra” del hotel, y en la copia espejo del satélite, la muestra hablando con alguien a su lado, por desgracia no tiene audio. Yo la vi protegiendo algo con su cuerpo, no se puede distinguir qué era.

Otra mujer, de mediana edad, vestida de civil y con aspecto académico, levantó la mano para pedir la palabra y no esperó se la otorgaran.

—Los cerebros sobresalientes a veces crean situaciones imaginarias, para aislarse y resolver un gran problema al cual se han propuesto resolver. Amarilis estaba sola, hay videos mientras caminaba en la calle, pidiendo suministros a un camión robot. No sabemos para quién eran las pequeñas sandalias. En la azotea del hotel jugaba, como si estuviera curando una mascota o un niño herido, y hablaba sola. Insisto: tuvo una creación de su mente, para resolver un enigma imposible de comprender por el resto de la humanidad.

La dama se levantó para dar más fuerza a sus palabras.

—Amarilis introdujo un virus en otro; o estirando en extremo mi analogía: ella anuló al primero con un “viroide comunicacional”, de altísima eficiencia. Ya nadie siente la necesidad de canturrear el llamado “Canto de Sirena Marciana”, y desapareció la sincronía en los movimientos oculares durante el sueño. Ahora todos repetimos, aún contra nuestra voluntad, la “Sinfonía Amarilis”, nombre con el cual estoy muy de acuerdo.

—No tenemos explicación —agregó un anciano encorvado, sentado al lado de la mujer que habló de último—, los satélites muestran la irrupción de un objeto móvil, con más de quinientos metros de altura. Su silueta me recuerda una foca con cabellera, parecida a las estatuas encontradas en Marte, poco antes de la destrucción de sus ciudades. Sólo el espectro ultravioleta pudo mostrarla, por cortos relampagueos. En el mismo instante, cuando finalizó la “Sinfonía Amarilis”, desapareció y no hubo más ataques en la Tierra. Hay quienes sugieren una puerta a otra dimensión, abierta por la prisionera y sincronizada conciencia colectiva, pero eso cae en la especulación extrema.

—Tenemos dos hechos curiosos —dijo una anciana, con indumentaria de alguna religión—: el edificio donde murió nuestra heroína Amarilis, se llamaba Palacio de Orfeo, y su nombre completo es: Amarilis Ulises.

— ¿Orfeo? ¿Algún millonario tropical? —interrumpió sonreído uno de los militares.

—No, no fue un millonario —contestó la religiosa, sin sonreír—, Orfeo fue un hombre mitológico de la antigüedad; con su música anuló el canto de las sirenas. Entonces ellas se convirtieron en piedra, como las estatuas encontradas en Marte.

FIN

¿Estaremos infectados con un “viroide comunicacional” algunos de nosotros en la actualidad? Interesante reflexión la que nos trae Joseín en esta historia.

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La Bestia Mítica

Desde Caracas Venezuela, nuestro amigo Joseín Moros, vuelve a la carga con un nuevo e interesante relato para participar en El Desafío del Nexus de Agosto, una historia que nos presenta con un gran ¿qué hubiera pasado si?…

LA BESTIA

La Bestia Mítica

Autor: Joseín Moros.

¿Fluye la actual historia de la humanidad como una obra de teatro desbordada del libreto, donde los actores corren apresurados en todo momento?

¿No existirá un elemento, o elementos, presentados en escena antes de tiempo?

¿Por qué en tan corto período, desde la invención de la escritura hasta hoy, los acontecimientos históricos parecieron acelerarse?

¿Qué pasaría si uno de los elementos, aceleradores de la historia, desapareciera? ¿Ocurrirían los acontecimientos con el natural paso de un caminante distraído? ¿O reaparecería, de forma inevitable, para volver al “libreto original”?

Ana karina rote,

aunicon paparoto mantoro, itoto manto.

(Nosotros somos la gente, no tenemos cobardes,

nunca nos rendimos.)

Grito de guerra Caribe.

Una historia no sólo es verdad cuando se narra como ha sucedido,

sino también cuando relata cómo hubiera podido acontecer.

J. Mario Simmel.

 

El olor de sangre, agua marina, sudor de la heterogénea multitud, excrementos humanos y animales, golpeaba el rostro de Leonardio el de Vinchee. Durante toda la tarde, bajo un ardiente sol, pensó cubrirse la cara con la túnica, pero habría podido desagradar a los presentes, no debía olvidar que era un extranjero, a pesar de ser considerado un gran constructor de grúas y catapultas. Tenía veinte tres años, y procedente de Europa sólo unos meses atrás, había llegado a La Guaira, la mayor ciudad fortaleza del continente. Se había visto forzado a firmar un contrato, para construir sus máquinas en el principal astillero del Continente Caribe.

Treinta líneas de sillas más abajo, en la arena, los asistentes retiraban cadáveres de hombres y bestias: cincuenta y cuatro gladiadores de híbridas razas del globo, dos elefantes africanos, cinco camellos, dos leones, veintitrés jaguares, veinte caimanes con más de cinco metros de longitud cada uno y cuatro osos palmeros, el doble de alto que un ser humano cualquiera.

Había llegado el final de la fiesta, el Imperio Caribe conmemoraba dos mil quinientos años del Descubrimiento de Europa. Fue una de sus escuadras de navíos, desviadas por una secuencia de tormentas, capitaneada por El Rojo, un Caribe nacido con un lunar púrpura sobre más de la mitad de su cara, decía la tradición.

El coliseo, con fuerte influencia del estilo arquitectónico romano y con casi dos milenios de erigido, comenzó a vaciarse.

Casi aplastado por el gentío, el europeo logró salir. Ciudad abajo vio el Mar Caribe, el verde esmeralda tenía reflejos sangrientos y el crepúsculo amenazaba transformarse en oscuridad. Más de cuatrocientas naves mercantes y de guerra, de variado tipo y antigüedad, dormían en el descomunal puerto, iluminadas por torres de brillantes faros alimentados con aceite de ballena y de palmera. Las velas recogidas y largas filas de remos, fuera del agua, denotaban poca actividad por las recientes festividades.

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Efectuó un largo rodeo al tazón del coliseo, guiándose por la iluminación de antorchas desde las paredes de piedra, empotradas unas con otras sin argamasa alguna, gruesos pasadores de acero conferían mayor firmeza a la construcción. Volvió a entrar en la estructura por una galería llena de olores profundos. Orina, sangre y alimentos en cocción, produjeron escozor en su nariz. Barbacoas con ají, pescado y grasa de caimán le molestaba, pero la carne de danta, con arepas y aguacate, le parecía una delicia. Entregó brillantes monedas locales y le dieron una lámpara de aceite; los bronceados soldados, ataviados con lanzas, escudos, cascos, macanas de hierro y acero, lo saludaron pronunciando el nombre y cargo del importante extranjero.

Un momento después, en una galería para desechos animales, iluminaba la escena observado por cuatro Cunaguaros, gatos enormes con manchas de jaguar, nada amigables, fanáticos de la carne caliente de las ratas y hostiles a la carroña. Con rapidez realizaba dibujos al carboncillo, sobre un rollo de papel, fabricado con fibra de caña de azúcar. De repente un enorme hueso viejo, seco y roído, tal vez por jaguares, le llamó la atención. Luego otro y otro. Con la respiración agitada los fue apartando a un lado. Y los minutos transcurrieron, no percibió el paso del tiempo, mientras intentaba reconstruir un animal. Faltaban huesos importantes, y no había ninguno de la cabeza, al parecer habían sido piezas cortadas para alimentar fieras, y las acompañaron en las jaulas hasta llegar al coliseo. Lionardio sudaba y tenía la túnica pegada a la piel. Entonces tomó una decisión arriesgada: seleccionó unos cuantos para llevarlos consigo. Compró dos costales usados y al final se dio cuenta que era demasiado peso para él.

Una tos y ruido de pasos lo sorprendió, ya no había sirvientes por los alrededores, la sombra, que tal vez tenía largo rato allí, se acercó hasta la luz de su lámpara.

Resultó ser un oficial Caribe, el aborigen tenía una cicatriz desde la frente hasta la quijada, su nariz era un promontorio nudoso, rojo y brillante de moco; en la mejilla derecha, la silueta de una araña negra hacía de tatuaje identificador de su linaje. La indumentaria se veía de excelente calidad: sandalias remachadas, casco de acero adornado con plumas, capa de piel de oso palmero, faldón de cuero de jaguar, torso con pectoral de suela y malla; además, puñal y macana con adornos de oro puro, anunciaban a gritos su experiencia y grado.

—Buena cacería, Cacique Mayor Maraque —saludó Lionardio, al veterano del Océano Pacífico, donde el Imperio Inca tenía tres milenios y medio intentando liberarse del dominio Caribe.

El soldado miró los huesos separados por Lionardio, su expresión no mostró cambio. Con un movimiento del pie derecho trazó la figura de un pez, en el suelo cubierto de arena sobre las placas de piedra lisa. Sin bajar la mirada, con el otro pie lo borró.

Lionardio quedó alerta, para observar el siguiente movimiento

—Enviaré sirvientes y costales nuevos, el astillero está lejos —señaló el militar, entonces miró a los lados y habló en murmullos—. Cacique Carpintero Lionardio, compartamos el Alimento del Caballero.

Lionardio palideció al oír la secreta frase ritual y ver la palma de la mano derecha. Levantó los ojos y miró la expresión del oficial: dura como una piedra partida por una cicatriz.

<< No puede ser que éste oficial… tan lejos de Europa. Sus dedos están en posición correcta. >>

Reaccionó y tomó el ficticio alimento, utilizando tres dedos de su propia mano derecha, lo aproximó a la frente, a la quijada y a cada oreja, comenzando por la izquierda, luego fingió morder un trozo. Tuvo cuidado de no equivocarse en la secuencia, si el militar pensaba que se había revelado a un impostor lo degollaría sin titubeo. Cacique Mayor Maraque recibió también con tres dedos, y después de similares movimientos cruzados hizo el gesto de comer.

De inmediato abrazó a Lionardio y este respondió con análoga energía; se palmearon la zona del corazón, tres veces cada uno. Ante la ausencia del último paso, un año atrás, Lionardio mató un impostor para defender uno de los suyos y su propia vida. En esa oportunidad, sintiéndose en peligro, aceptó el contrato al Continente Caribe, donde ahora se encontraba frente a fragmentos de hueso que lo aterrorizaban. Y al mismo tiempo lo llenaron de esperanza.

▲▲▲

Al final Cacique Mayor Maraque lo ayudó a llevar los huesos hasta el astillero, en costales que él mismo buscó. En las ascendentes y descendentes calles oscuras de la ciudad fortificada, hablaban con frases incompletas, para protegerse de oídos no deseados —por lo menos había un millón de habitantes permanentes, sin contar los viajantes del puerto—. El empedrado chorreaba, un aguacero tropical estaba cayendo. Cruzaron patrullas nocturnas, con perros de presa encadenados y bozales de cuero; los militares saludaron al oficial y este pronunció el nombre y cargo de su acompañante.

—Cacique Carpintero Lionardio. Va a su hogar.

Varios soldados lo reconocieron. Habían visto la prueba de la primera catapulta instalada en Colina Mamo. Sus rocas partieron un trirreme de doscientos remos, —de un solo impacto, a una distancia enorme y con una precisión diabólica—, gracias a las marcas que los oficiales leían en pequeñas ventanas cruzadas con fino cuadriculado de alambre. De acuerdo a la carga de piedras cambiaban estas ventanillas.

—Estoy viejo, Cacique Carpintero. Tengo cuarenta años, no conozco ninguno de mi grado militar… con tanta edad. Usted ya es un hombre maduro y puede… ser muy útil a nuestra familia.

—Por mi familia estoy dispuesto a… todo.

Ambos hombres se aproximaron, uno al otro, aprovechando que la avenida había aumentado de ancho y el aguacero incrementó sus rugidos.

—Tengo documentos, no sé qué hacer con ellos. Muchos murieron para traerlos, por eso me arriesgué identificándome frente a usted.

—Los copiaré y le devolveré los originales.

—No. Conmigo corren peligro. ¿Por qué un militar, que casi no sabe leer, los tiene? Usted puede confundirlos con todo lo que hay en su estudio. Discúlpeme, lo estuve espiando desde que llegó. No se preocupe, no encontré evidencia del secreto, estaba desesperado, en el último momento decidí matarlo si no sabía responder la consigna sagrada. Somos muchos en el interior del Imperio Caribe, pero el acuerdo comercial con el Imperio Romano, desde que hicimos el primer contacto hace milenios, exige perseguir nuestro credo. No me diga qué busca en los huesos, es mejor para todos. Mañana traiga otros, para despistar algún posible espía. Trabaje cerca de las ventanas, incluso en la noche, usted sabe cómo ocultar sus verdaderos actos. Piense que alguien puede estar mirando por algún orificio en la pared, aunque sea de piedra.

Después de cruzar amplios jardines, iluminados por una lámpara bajo el quicio, el militar soltó los costales frente al portón del estudio. Sonrió por primera vez, le faltaban los dientes frontales.

—Revise bien los huesos —de inmediato la sonrisa murió y su expresión volvió a endurecerse—; tenga preparado un equipaje liviano, con varios pares de sandalias, por si es necesaria una huida.

Lionardio arrastró uno de los bultos, después de cerciorarse que la enorme estancia continuaba vacía. La estridencia del chaparrón continuó aumentando y él chorreaba, como si su cuerpo expulsara agua por cada poro de la piel. Cuando tomó el otro costal, habló en voz baja

—Cacique Mayor Maraque, es urgente, muy urgente, que yo envíe cartas hacia Europa. Simples comentarios de un carpintero a… dos maestros de nuestra familia. Habrá dibujo de huesos, dantas, osos palmeros y raíces de papa.

El militar enderezó el cuerpo, cuando oyó “Maestros de nuestra familia”. Con la mano sobre el puñal, contestó con rapidez.

—Dama Matajara, la mujer quien cuida el Estudio, las recibirá. Ella entiende tu idioma, vivió en Europa y fue una gran bailarina.

Lionardio recordó la vivacidad de la callada señora, mientras ordenaba sus cosas. Había sospechado que podía leer algo de lo escrito, cuando capturó vivo interés en su mirada.

▲▲▲

Después de frotar su cuerpo y cabello, con trozos de lino y aceite caliente, Lionardio se colocó una túnica limpia. Encendió una lámpara adicional. Bebía cacao humeante mientras trabajaba, la lluvia lo había enfriado y no quería enfermar. Con tinta, pluma y asombrosa rapidez, dibujó los huesos, junto con sus medidas, en un delgado pergamino. En otro plasmó cuatro raíces de papa, el tubérculo consumido por el ejército Caribe durante sus largos viajes por mar, ríos o tierra. La papa, una vez cocida en salmuera, podía ser almacenada durante largo tiempo, resultando un alimento de gran valor estratégico para soldados en campaña.

Comenzó a escribir. Durante una pausa tomó uno de tres cilindros de madera, le siguieron pareciendo demasiado pesados para sólo contener escritos; Cacique Mayor Maraque los había ocultado, con los huesos, y ahora lo esperaban muy cerca de su mano, sobre el mesón de dibujo. Tenían casi un metro de largo cada uno y veinte centímetros de diámetro, estaban bien cubiertos con tela empapada de brea, para protegerlos del agua. Necesitó unos segundos y, con un afilado cuchillo, separó una de las tapas de los extremos. Retrocedió la cara cuando vio un símbolo.

<< ¿Líquido o sólido corrosivo? ¿Otra clase de peligro? ¿Un avanzado alquimista puso esta advertencia? >>

Llevó los cilindros hasta un mesón de piedra. Allí, una multitud de recipientes de loza contenían pigmentos, para otra de sus investigaciones: la pintura sobre madera.

De los cilindros extrajo dados de vidrio grueso, bien sellados, conteniendo sustancias en forma de polvo. Tenían manchadas etiquetas, con símbolos alquímicos y letras desconocidas. Por último encontró cuatro rollos de papel fino, también manchados, sabía que eran huellas de sangre. Respiró aliviado cuando reconoció el idioma: griego mal escrito, o muy antiguo, no estaba seguro. El tamaño de la letra era minúsculo, buscó en una gaveta uno de sus valiosos lentes magnificadores, protegido por un estuche de madera.

Un par de horas después sudaba de excitación, casi no podía creer que tenía algo tan valioso en sus manos. Recordó las advertencias del militar y controló su actitud; bostezó y preparó más cacao, sin perder de vista el mesón de piedra. Sin titubear reescribió en su clave más compleja cada misiva, luego quemó las originales, acompañándolas con otros papeles sin importancia, mientras se frotaba los ojos, como si el sueño estuviera a punto de dominarlo. Creó nuevas etiquetas para los dados de vidrio y destruyó las originales. Lo que más lo perturbaba era la fecha, estos cilindros tenían casi doscientos años de antigüedad, y debieron haber sido entregados en las propias manos de un lejano Emperador Romano, de acuerdo al espía y alquimista desconocido, autor de las misivas. Estaba seguro que ese gobernante, ni otro, nunca recibieron algo similar, de lo contrario la historia del mundo habría cambiado.

▲▲▲

Al amanecer Lionardio continuaba despierto. Había finalizado las cartas para sus amigos en Europa. Cerró y lacró dos pequeños cilindros de madera, forrados con brea. Sintió entrar a la sirvienta Matajara. Con ágil paso ella caminó directo hacia él y esperó. Lionardio le entregó los negros cilindros, cada uno marcado con letras iníciales de algún nombre. La mujer los escondió bajo el amplio ropaje. El europeo tuvo tiempo de ver una daga de acero, con amenazadoras marcas en el mango de marfil, prueba de la efectividad de su filo. Lionardio escribió los nombres y direcciones en un grueso pergamino, y lo entregó a la mujer; para su admiración ella miró sólo una vez, luego lo quemó en la llama de una lámpara. Matajara sonrió con mirada de complicidad, dio media vuelta y habló en voz alta.

—Layamara. Quedas a cargo del Cacique Carpintero Lionardio. Lo cuidarás mientras regreso.

Lionardio no apartó su pensamiento del largo viaje necesario para que los cilindros llegaran hasta sus destinatarios.

<< En un año tendré respuesta. >>

La visión de una bella mujer, de unos quince años, que había entrado con andar de reina, lo dejó con la boca abierta. Ella contestó a su abuela, en lenguaje Caribe, y lo repitió en lento romano, con acento musical a los oídos de Lionardio.

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Su deseo se cumplió. Dama Matajara, antigua bailarina en fastuosos palacios de Europa, tardó en volver.

▲▲▲

Un par de meses después, Lionardio estaba en la cama con Layamara, revisando un documento en lenguaje Caribe. Los errores de su alumno hacían reír a la muchacha. Entonces alguien tocó el aldabón de la puerta.

Layamara sacó un puñal, escondido bajo la cama, y lo ocultó entre las sábanas. Cuando Lionardio preguntó quién llamaba, una voz conocida respondió, opacada por el huracán que se había iniciado esa tarde.

—Maraque —luego se oyeron tres golpes suaves con el aldabón.

Un momento después estaban frente a la mesa, bebiendo cacao caliente, con leche de cabra, miel y ron. La lluvia producía fuerte ruido, el viento huracanado estremecía las ventanas, todo lo ideal para enmascarar una conversación comprometedora. Lionardio sospechaba que por esa razón había llegado el militar en tal momento. Aunque el estudio era enorme, sólo tenía un ambiente principal y una sala de baño con agua corriente, a través de tuberías de aleación. Las paredes de piedra ensamblada como un rompecabezas, columnas sosteniendo vigas de madera y techos con tejas de barro, no eran suficiente cobertura para unas palabras que podían causar la muerte, si llegaban a oídos inadecuados.

—La prueba de grúas fue un éxito. Tendrás otro pedido de al menos doscientas. Ya eres un hombre rico, muchos banqueros desean administrar tus bienes, te sugiero no hacerlo con europeos, deberías invertir un sexto en flotas mercantes, otro tanto en barcos pesqueros y adquirir un seguro para tus fraguas y aserraderos —el militar hablaba en voz baja, tomando la infusión; él no había incluido licor de caña.

Los tres miraban sus bocas, para comprender mejor las palabras. Una vela, algo lejana de allí, los mantenía en la penumbra.

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—Nuestro Cacique Emperador Caribe murió hace una semana —dijo el militar, señalando una de las jarras como si comentara su contenido. Layamara abrió la boca, de inmediato fingió un bostezo y se la cubrió con una mano. Lionardio tomó un sorbo de su totuma preferida, un tazón fabricado con la dura cubierta de un fruto.

—Tenía cincuenta años. Bebió demasiada chicha, esa noche estuvo con tres concubinas y casi con la cuarta…su Dama oficial es de los nuestros y su abuelo tenía una araña negra en su cara, como la mía; éramos de la misma isla.

<< ¿Su Dama es de los nuestros?>>

Esta vez fue Lionardio quien abrió la boca, de igual manera fingió un bostezo.

—Hoy fue escogido, entre sus diecisiete hijos varones, cuál será el sucesor. Su nombre es Guaicaay, tiene veintiocho años y mucha experiencia en guerra, también es de los nuestros.

Lionardio inspiró muy profundo, tomó una jarra de ron y bebió un trago puro, tosió varias veces y se aclaró la garganta con leche de cabra hervida.

Los tres permanecieron en silencio. Cacique Mayor Maraque, con lentitud, interrumpió los arremolinados pensamientos de la joven pareja.

—En lo militar nada cambiará en nuestro Imperio Caribe. El Emperador Romano, con seguridad, exigirá una vez más no legalizar nuestra religión. Pero ya está hecho: nuestro Cacique Emperador Guaicaay decretó libertad de culto; como lo hacemos con todos nuestros vasallos. Recuerda nuestro mandato Caribe: “No me importa tu dios, pero no olvides quién es tu Cacique”. No llegaremos a la guerra contra el Imperio Romano, todavía. Nos necesitamos para defender rutas comerciales contra piratas asiáticos y africanos, aunque para nuestro Imperio Caribe sería cómodo retirarnos del Atlántico Europeo y concentrarnos un par de siglos en recuperar el norte, antes que sus caudillos lleguen a formar una alianza importante. Pero nos falta fuerza militar para tal empresa, con urgencia necesitamos el nacimiento de más hombres. No debemos dispersarnos en el próximo siglo, quiero que mis nietos gocen de una vida como la mía, tengo muchos y vienen varios más.

El militar alzó la voz.

—No han mirado bien mi casco.

Lionardio distinguió una pluma de Cóndor, ave de lejanas montañas, en el centro de las demás. Miró hacia el puñal y la macana de acero, la filigrana de oro era diferente, él ya sabía lo suficiente para reconocer el enorme ascenso de grado.

—Cacique Almirante Maraque —dijo el europeo, con lentitud. Layamara se arrodilló en el suelo y volvió al asiento.

—Y yo estaba convencido que mi carrera militar había terminado. He pedido a nuestro Cacique Emperador Guaicaay que usted esté bajo mi directa protección, debido a la importancia de su actividad como Cacique Carpintero.

Lionardio hizo un gesto cortés, para que la joven desviara la mirada de sus caras. Se aproximó al militar, riendo como si estuviera comenzando a contar un chiste subido de tono. Cacique Almirante Maraque comprendió la intención y sonrió, emitiendo una risa de tono gutural.

Cerca de su oído, Lionardio murmuró con rapidez.

—El documento que me entregó describe cómo construir un arma de inmenso poder. Necesitamos trabajar en completo secreto, en territorio aislado de intrusos. Cuando vea ese sitio le diré en detalle la clase de artesanos y materiales que necesitamos. Será costoso, pero nos dará una ventaja militar nunca vista en este continente, ni en Europa. Luego lanzó una carcajada y bebió otro trago de ron puro. Sentía su corazón acelerado.

El militar abrió la boca desdentada, como intentando comprender el chiste. Luego rió con estruendo, palmeándose los muslos. Entonces, con celeridad, se puso de pie para retirarse.

—Pasado mañana usted será llevado al sur. Quiero que vea el lugar donde pretendo construir un puente, una fortaleza y almacenes de alimentos. Necesitamos grúas modernas.

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Una mañana Lionardio miró el calendario de nudos en una cabuya. Vivían en una sólida churuata con piso de bahareque, suspendido unos cuatro metros sobre el terreno, para protegerse de fieras y alimañas. El acceso se efectuaba por escaleras de madera y las retraían en la noche. El ruido de lejanas fraguas, soldados en ejercicio, obreros ensamblando paredes de piedra, mugido de bueyes y búfalos de carga, se perdía absorbido por la magnitud del valle. En realidad estaban muy cerca de La Guaira, pero separados por altas montañas selváticas, y en el interior de un valle que gozaba de una eterna primavera. En la distancia podían verse muchos conucos de papa, yuca, maíz, tabaco, cacao, aguacate, ahuyamas y otros que Lionardio nunca había visto.

—Han pasado diez meses, desde que tu abuela Matajara partió con mis dos cartas. No me había dado cuenta, me parecía tener menos tiempo aquí en este valle. ¿Cómo dijiste que se llama?

—Caracas —contestó Layamara.

El reflejo de un lejano espejo entró por las ventanas, la luz cubrió casi toda la churuata. Desde lo alto de la montaña norte, un punto brillante parpadeaba, era uno de esos enormes marcos de madera, llenos de escamas móviles de metal pulido, accionados por una palanca, como una persiana. Se utilizaban para comunicación en todo el Imperio Caribe, por la noche las iluminaban con hogueras, desde la parte trasera. Layamara tomó un carboncillo y escribió sobre una tabla. El mensaje estaba en clave. La muchacha esperó la repetición. Entonces lanzó un puñado de polvo al fuego de una hornilla metálica, debajo de la chimenea, con ducto metálico hacia el exterior. Mucho humo blanco ascendió, ella esperó un instante y repitió la manotada. Mientras tanto ya Lionardio había descifrado el mensaje.

— ¡Llegaron mis amigos! Pasado mañana estarán aquí. ¿Cómo pudo tu abuela…?

Layamara sonrió con amplitud.

—Una escuadrilla correo, nada de carga, las mejores velas, los mejores capitanes, remeros y marinos de primera, mucho dinero, y mi abuela conoce Europa. Fue una misión secreta y fue infiltrada dentro de otra, muy importante para comerciantes que ignoran cuánto nos son útiles sus recursos de comunicación.

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Los tres europeos cantaban y reían, llevando el compás con maracas y tambores, frente a la mesa en el interior de la churuata. Ya casi era media noche. Estaban medio borrachos, llenos de ron mezclado con jugo de piña y leche de coco. Fuera de la construcción, restos de un pernil de danta chorreaba grasa sobre los carbones. En la mesa, muchas papas asadas reposaban sobre bandejas de madera, acompañadas de yuca, arepas, casabe y auyama. También había guayabas y al menos doce clases más de jugosos frutos.

—Cuando Matajara se presentó, bajo la nevada y en plena madrugada —dijo Greger Moendel, un joven de veintiún años, con aspecto de campesino del norte de Europa—, con la punta de un dedo trazó la figura del “Pez en el aire”, pronunció tu nombre completo, Lionardio, y cruzó los dos cilindros. Ella los aproximó a mi pecho y susurró la palabra ritual, creí que estaba frente a una trampa. Sin embargo los tomé de la forma apropiada y luego de ver mis iníciales sobre la brea, devolví el otro, continuando el protocolo secreto. Sabía que estaba preparada para asesinarme si tenía alguna duda, yo también estaba pensando cómo matarla si descubría una trampa. Después de leer tu carta cifrada, ver los dibujos, y haber comprendido que tal vez había llegado el momento esperado por milenios, corrí por el equipaje, me despedí de mis padres y salí trotando detrás de ella. En el rio esperaba una barca y en el mar un navío Caribe, más veloz que una trucha rio abajo.

— ¿Y qué piensas de estas papas? —preguntó Lionardio, señalando primero los cultivos bajo la brillante luna llena y después la bandeja en la mesa.

—Eres buen alumno. Todavía falta lograr que prosperen mejor en clima europeo, falta poco. Ya imagino las centurias romanas, avanzando contra el norte de Europa. Comida no les faltará para recorrer esas distancias, incluso bajo la inclemencia del frío, contrario a lo ocurrido tantas veces en el pasado. Tendremos muchos esclavos, la prosperidad llegará a todos los ciudadanos del Imperio Romano, como lo merecemos.

Brindaron una vez más.

El tercer hombre, Carlo Darhwuin, era el menor en edad, tenía diecinueve años. Aferraba un hueso y lo roía como una fiera. Se detuvo para hablar, limpiando sus manos en una totuma con agua y limón.

—Yo estaba dictando clase de anatomía. Matajara entró al pequeño anfiteatro, dejando pasar por la puerta la niebla de la mañana; los alumnos guardaron silencio, nunca habían visto una mujer del Imperio Caribe. Sólo desde lejos, conocían esos cuadrados marineros que se mueven en grupos enormes por el puerto, cuyas feroces fisonomías muestran tatuajes rojos y negros, con figuras de animales: monos, serpientes, arañas, tigres y otros imposibles de identificar. Detrás estaba un desconocido, cuando se presentó como Greger Moendel y con disimulo trazó la figura del “Pez en el aire”, no pude contenerme y lo abracé, teníamos años cruzando eruditas cartas y nunca nos habíamos visto. Salimos al pasillo y ambos hicieron el gesto ritual, respondí, entonces leí con rapidez y al igual que Greger salí corriendo. Primero una barca, luego el barco Caribe y al día siguiente una flotilla se nos unió. No había esclavos en la tripulación, como en el Imperio Romano, me asombró, todos son guerreros libres. Se decía, en Europa, que el Caribe prefiere dejarse morir de hambre antes que ser esclavo; por ello no los tienen, consideran la muerte del enemigo más honorable que esclavizarlo, pero no desdeñan la subordinación de antiguos enemigos. Descubrí que es verdad.

—Es curioso —dijo Lionardio—, nunca nos habíamos visto, y ahora en tan pocas horas me parece que hemos compartido un mundo común, en alguna otra parte.

Los tres callaron, meditando esas palabras. Estaban cubiertos con pieles de oso palmero y sombreros de cañamazo, como protección contra la escarcha nocturna, cuando bajaban por carne de la barbacoa bajo un pequeño caney. El mayor en edad, Lionardio, continuó hablando.

—Debes haberle dedicado tiempo a mis dibujos de los huesos. ¿No es así, Greger?

— ¡Por supuesto! Hace un momento hice una figura con restos de arepa, no tan buena como tus esculturas, claro. ¿Creen qué se vería así? —y mostró una estatuilla, de unos quince centímetros de alto, y la dejó sobre la mesa. La luz de una lámpara proyectó una sombra enorme en la pared.

La borrachera desapareció de sus cerebros. Desde otro mesón, en el interior de la churuata, se acercaron Matajara y su nieta Layamara, quienes escuchaban la conversación, otras dos jovencitas les acompañaron. Los tres hombres y las cuatro mujeres susurraron un secreto cántico, nunca escrito, tan antiguo como sus creencias transmitidas de forma oral, generación tras generación durante más de cinco milenios.

Luego, con reverencia, desmenuzaron la pequeña estatua, sin dejar huella de su aspecto.

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Doce meses después todo estaba listo para la prueba.

La mayoría de los soldados, obreros y artesanos con sus familias, les ordenaron alejarse varios kilómetros, para evitar ojos y oídos inoportunos.

Al atardecer llegó Cacique Almirante Maraque, acompañado por veinte oficiales. Respiraban con fuerza, después del ascenso de la montaña desde La Guaira y el inmediato descenso hasta el valle Caracas, todo en una carrera ininterrumpida.

—Muestren lo que tengan —rezongó, después de saludar.

Lionardio los guió hasta un ancho promontorio de tierra y piedra, con la altura de un hombre. Protegidos por el pequeño cerro, les señaló una muralla de ocho metros de alto, a medio kilómetro de distancia. Después levantó una bandera de tela blanca, contó hasta veinte y la bajó con fuerza.

Desde un bosque, rodeado por otro muro de tierra, y a un centenar de metros frente a ellos, surgieron tenues nubes de humo grisáceo y la tierra retumbó con los truenos. La distante muralla de roca perdió más de la mitad de su estructura. Pocos segundos después, desde la maleza, surgieron cuarenta soldados y una docena de artesanos, todos de raza Caribe. Permanecieron inmóviles, esperando órdenes.

Lionardio levantó una bandera negra y desaparecieron en el bosque. Los tres europeos comenzaron a contar en voz alta, cuando llegaron al número cincuenta, Lionardio levantó la bandera blanca, esperó unos segundos y la bajó de un golpe.

Esta vez los truenos sonaron un poco espaciados unos de otros, y la muralla terminó por ser destruida. Un momento después, artesanos y soldados estaban firmes, frente al bosque.

—Podemos acercarnos, Cacique Almirante Maraque —dijo Lionardio.

El viejo soldado observó los cinco negros cañones de casi dos metros de largo, montados en sólidos carromatos de madera con cuatro ruedas de metal. Miró las balas, redondas como frutos de cocotero, y los barriles de pólvora.

— ¿Dijiste que en Asia, hace doscientos años, ya tenían esta clase de arma? —murmuró el militar a Lionardio, una vez alejados de los oídos del resto.

—Así es, de acuerdo al documento que usted me entregó. Tampoco adivino por qué no han llegado hasta Europa, destruyendo toda resistencia con facilidad.

—Tengo una suposición —dijo el guerrero Caribe—: no es fácil de fabricar ni trasladar a la batalla, ocasiona costosos accidentes mortales, como los que tuve noticia hemos tenido en las pruebas, están resolviendo guerras internas y no tienen interés en crear más frentes de combate, no estando unidos. Y…matar… a tanta distancia,… no es un acto de valor.

Lionardio sintió que el suelo se hundía. Su expresión debió ser muy elocuente.

La cara del militar, partida en dos por la cicatriz, sonrió con amplitud y la araña negra tatuada ondeó en la mejilla.

—Pero tenemos arqueros, y nadie puede decir que un arquero Caribe es un cobarde. ¿Cómo crees que debemos utilizar ésta arma, Lionardio?

—He imaginado trirremes, donde la fila más alta está ocupada por diez cañones de cada lado, además uno al frente y otro atrás. También galeones, con similar cantidad. Torres de piedra en fortalezas y castillos, armados de cañones más grandes. La infantería podrá, con yuntas de bueyes, transportarlos a distancia segura de las murallas enemigas, para derribarlas sin pérdida de soldados. Carretas con armadura, erizadas de cañones, avanzarán como barcos fuera del agua, abriendo camino a las primeras filas. Con el tiempo, cada militar tendrá uno pequeño y liviano, como una espada; ninguna coraza podrá resistir sus proyectiles.

Cacique Almirante Maraque retrocedió un paso, su expresión se ensombreció.

—Será inevitable. Si en tan corto tiempo se te han ocurrido tales armas, no logro imaginar el futuro. Nuestro Imperio Caribe debe surgir por encima de la hecatombe entre naciones. Sigue adelante, Lionardio; es una suerte que hayas dedicado tu inteligencia en ayudar a nuestro Imperio. Me quedaré esta noche, quiero saber más de tus ideas, será como mirar el mañana. Beberé chicha y comeremos danta. Si el futuro será tan acelerado y violento para nuestros cuerpos, debemos acumular calma de espíritu.

Esa misma noche, y en un lugar apartado, Lionardio le habló de su proyecto para encontrar la Bestia Mítica. Aquella, mencionada en sus milenarias oraciones secretas, nunca escritas, para evitar que la rigidez de los caracteres impresos alteraran el sagrado contenido y falsos profetas quisieran otorgarles una perversa interpretación.

Cuando el militar oyó los argumentos de Lionardio, volvió a sonreír, sorprendiendo una vez más con aquella mueca tan fugaz.

—Hice investigaciones. Quedé intrigado, preguntándome qué buscabas en los huesos, tu cara no mostraba el placer del artista, no, revelaba la inspiración del iluminado. Esos viejos huesos llegaron en un cargamento de jaguares, y caimanes, que trajeron por barco desde el rio Apure, recorriendo el Orinoco para llegar al Mar Caribe. Ese inmenso trayecto está bien custodiado por nuestros soldados, con fortines a la orilla de los ríos, los rebeldes abundan, no es fácil mantener la integridad de un Imperio tan grande. Me encargaré de preparar tu expedición secreta, luego que ya tenga armado con cañones veinte barcos y los artesanos preparados para continuar con doscientos más. Los costos serán cubiertos por nuestro Imperio Caribe, argumentaremos una exploración para ubicar torres con cañones en lugares estratégicos. La línea de suministros será sólida, como el cuerpo de tus cañones

Lionardio sonrió, con rapidez calculó un año más para cumplir con ese compromiso.

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Pero fueron dos años, cuando al fin tuvo listo el encargo para alcanzar, con el fuego de sus cañones, la simulación de instalaciones enemigas especificadas por el Cacique Almirante Maraque, en una playa marítima alejada de La Guaira. Leonardio perfeccionó mecanismos para cambiar el ángulo de tiro, vertical y horizontal, con una miniatura de su ya famosa grúa de madera, hierro y engranajes de acero. Además, no fue fácil entrenar artilleros, la manipulación de la pólvora requería cuidados especiales, aún en medio de una batalla. Se impuso la experiencia de Cacique Almirante Maraque, el militar creó batallas tan reales que el número de mutilados, y muertos, amargó muchas noches a Lionardio. Sin embargo, aprovechó para aumentar sus conocimientos de anatomía humana, dibujando con rapidez los cuerpos destrozados.

En la recién inaugurada fortaleza, al pie de la montaña desde donde podían dominar gran parte del amplio valle Caracas, los tres europeos, y sus compañeras, comentaban las noticias llegadas de Europa. Ya era de madrugada y no habían dormido. Por las ventanas, desde tres pisos de altura, miraban los relámpagos iluminando los conucos.

Matajara tenía los ojos enrojecidos por el llanto.

—La peste apareció en Europa —repitió la mujer—; nuestro Cacique Emperador Caribe suspendió la salida de flotas, los barcos que llegan son obligados a permanecer en isla Tortuga, isla Perla y otras. Allí también hay mortandad — ella había regresado esa noche, sin finalizar su visita semanal a La Guaira.

—Fue mala suerte —agregó Greger Moendel, bien abrigado frente a una chimenea encendida—, ya mis cultivos de papa están listos. Habrían sido una gran ayuda, vendrán hambrunas. Dicen que hace mil quinientos años hubo una epidemia, tan grande que exterminó la mitad de la población europea, incluso llegó al Imperio Caribe, pero aquí las multitudes estaban muy lejos una de otras y el daño se cree sólo fue en las costas del Atlántico. Por eso siempre lanzan esas manadas de gatos gigantes en los barcos, los apestosos Cunaguaros. En La Guaira uno me mordió un dedo, cuando quise acariciarlo. Dejé un gato en mi hogar, lo extraño mucho, y me preocupa mi familia.

Los europeos pensaban en lo mismo: sus familias.

Lionardio miró la luna, entre nubes de borrasca. Tenía otras inquietudes.

— ¿Creen que un globo con aire caliente, grande como un barco, podría llegar a la luna?

Matajara fue la única que contestó.

—Alguna clase de peste iría con nuestros cuerpos, como pasó durante el Descubrimiento de Europa. Tal vez no nos dejen bajar del globo.

— ¿Por qué el Emperador Romano prohibió nuestra creencia? —interrumpió Layamara, acariciando su abdomen de embarazada con las dos manos.

Lionardio contestó, el más versado en la historia secreta de su credo.

—Ocurrió hace 5200 o 5300 años, no está claro. Por razones de guerra tuvo que escoger una religión oficial para el Imperio Romano. Necesitaba aliados y se decidió por los adoradores de Metrazda. La mayoría de las legiones, y sus generales, practicaban ese credo. Entonces declaró ilegales todos los demás, incluso el nuestro, y ordenó escribir en pergaminos los misterios de Metrazda. Desde esa fecha nos persiguen a muerte, porque ofrecimos la mayor resistencia armada entre todas las demás creencias.

— ¿Ordenó escribir los misterios? Es horrible, entonces cualquiera puede decir que los comprende mejor, en lugar de cada persona recibir la iluminación del cántico nunca escrito y el gesto revelador de la ceremonia secreta —murmuró escandalizada Aiyamana, la joven que sostenía una de las manos de Greger Moendel. Tendría unos catorce años, era muy diestra con arco, flecha y puñal, como la mayoría de las mujeres Caribe.

Sin dar tiempo a una respuesta, continuó preguntando, sin apartar la mirada de la cara de Greger.

— ¿Que ocurrió el primer día de nuestro calendario?

—Hace 5496 años, y huyendo de enemigos, una tribu debió ocultarse en el “Desierto de la Maldición”, durante un siglo. Encontraron pergaminos en una cueva —explicó Greger—; narraban la historia de milenios atrás, cinco, otros dicen que son quince, por el enorme parecido entre esas dos palabras en nuestra lengua ritual. Allí estaba escrita la guía sagrada, para recuperar el poder perdido por efecto de La Maldición. Entonces todos memorizaron las palabras y quemaron los pergaminos. De allí en adelante, asimilamos detalles sagrados y ocultos de esa guía. Ascendemos de grado a medida que aprendemos una fracción más de esos cánticos, extraídos del contenido de los pergaminos. Tú, Aiyamana, ya oíste el primero, lo rezaremos cada noche y cada mañana, hasta que sea parte de tu espíritu.

—Dijiste que son siete niveles. ¿Cuál es el tuyo? ¿Aguador?

—Te será revelado en unos años, cuando pases al segundo. No puedes hacer más preguntas— y Greger la besó—, hasta que aprendas tu cántico y las señas del ritual. Recuerda: muchos mueren cuando se equivocan frente a desconocidos, porque los confunden con impostores. No olvides memorizar siempre, nunca escribas la palabra sagrada, bajo inmediata pena de muerte si lo haces. Nuestro dios es vengador, cuando recuperemos el poder, lavaremos las afrentas.

Todos murmuraron la frase:

—Lavaremos las afrentas.

Lionardio decidió no volver a mencionar su partida, hasta tener mejores noticias de Europa y que su primer hijo ya caminara en los terrenos rodeados por la muralla. La abundancia de fieras, incluyendo aves peligrosas de gran tamaño, obligaba a tener mucho cuidado con los niños. Otro par de meses después, sus dos amigos, Greger Moendel y Carlo Darhwuin, también necesitaban esperar para ver sus propios retoños.

El tercer año transcurrió con lentitud. Lionardio pintó retratos de las cuatro mujeres, con pintura de aceite sobre madera, utilizando una técnica de su invención, además experimentaba con pequeños globos de papel, impulsados con aire caliente. Sus amigos soñaban, imaginando la posibilidad de lanzar barriles de pólvora, con mechas encendidas, a ejércitos enemigos.

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Cuatro años más agregaron nudos a las cuerdas calendario.

Los tres europeos, y sus mujeres, nunca más habían podido bajar hasta la ciudad fortificada La Guaira. El primer año fue de obligada inmovilidad, la peste se había propagado como un incendio en un bosque reseco y el número de pobladores se redujo en el interior de las murallas, que habían sido cerradas cuando llegó la primera alarma. El Cacique Emperador Caribe y su familia, durante el inicio de la tragedia estaban, por un golpe de suerte, en un palacete a medio camino entre La Guaira y Caracas, allí se mantuvieron fuera de contacto con el peligro de contagio.

El siguiente año llegaron las primeras noticias de Europa: de nuevo había sido terrible. Africanos y asiáticos tuvieron similar castigo, de acuerdo a tardíos informes militares.

Para el momento el comercio con Europa se reiniciaba, con una feliz ausencia de piratas. Ante la escasez de alimentos, las flotas recorrían la costa norte del Continente Caribe, atacando las fragmentadas naciones del norte y logrando importante vasallaje en muchas de las más prósperas de la costa. La fuerza de los cañonazos hacía caer murallas y reyes norteños. Entonces los alimentos abundaron en el Imperio Caribe, gracias a la confiscación de enormes cargamentos de comida a los nuevos vasallos.

Una noche, en la sala de una de las torres de piedra, Lionardio habló con su esposa Layamara. Estaban presentes las otras dos parejas y Matajara.

—Llegó el momento de partir. Bajaremos a La Guaira y embarcaremos, de allí seguiremos la línea oriental de la costa, hasta el delta del Orinoco. Tendremos que parar en cada uno de los fortines, tanto del Mar Caribe como del Orinoco y el Apure, para iniciar su adaptación a los cañones. Nos llevará varios años llegar al lugar donde haremos la investigación.

Todos se levantaron y emitieron un cántico, ya no era necesario murmurarlo en Fortaleza Caracas, aunque el ocultismo de los ritos se mantenía.

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El recorrido de la costa marítima, el Orinoco y parte del Apure, estuvo lleno de sorpresas, durante los tres años que tenían de viaje. Cada detalle del paisaje, y de la fauna, maravilló a los europeos.

Carlo Darhwuin, con su pequeña hija en brazos, hablaba a sus amigos, en la proa de un navío.

—Nunca imaginé ríos tan anchos, y menos aún que el Imperio Caribe cubriera un territorio así de grande, con tal diversidad de gente, costumbres e idiomas. Hay poblados enormes con mucha cultura científica, las observaciones que hacen de las estrellas me sorprenden y sus calendarios en piedra, no les encuentro comparación.

Habían salido del último fortín en la orilla norte del Apure, y se encontraban en la cubierta de una galera de cincuenta remos por banda, con amplias velas de color blanco, ostentando el diseño de un feroz pez de río. El carnívoro fluvial había sido adoptado, inmemorable tiempo atrás, cuando los Caribe descubrieron que sus enemigos así los apodaban: Caribe, por la forma tan masiva y contundente de sus ataques. A Lionardio le pareció una extraña coincidencia: el Imperio Caribe estaba simbolizado por un pez muy feroz y uno de los más importantes símbolos de su credo era también un pez: “El pez en el aire”, cuya capacidad para hacer daño era mitológica.

A cada lado del navío navegaban otros muy similares, armados con dos cañones cada uno y seguidos por una infinidad de manatíes. Por órdenes de Cacique Almirante Maraque, Lionardio, y su gente no debían viajar en barcos que transportaran pólvora, el militar todavía no confiaba en la destreza de sus artilleros para manejar ese polvo de temperamento tan impredecible.

—En unas horas nos encontraremos con la tribu que vende esa carne —dijo Carlo Darhwuin.

—Dicen que tiene buen sabor —agregó Greger Moendel.

Todos recordaron. Apenas unos meses atrás, en uno de los fortines, los soldados comían carne de un desconocido animal. Ante la vista de los enormes huesos, Lionardio y Greger desorbitaron sus ojos por la inmensa sorpresa. Los europeos no quisieron probar el alimento, comer el cuerpo de la posible Bestia Mítica era un acto impensable. Tampoco lo hicieron sus mujeres, Matajara, ni los tripulantes que se habían convertido al credo.

Las sabanas, en ambos lados del Apure, se perdían en la distancia y besaban el cielo. Parecía un océano de hierba, con manchones de verde oscuro sobresaliendo en algunos sitios, donde pequeños bosques, llamados “matas”, ocultaban jaguares. La estación lluviosa estaba apenas comenzando, ya se veía infinidad de lagunas donde sería fácil morir devorado por una gavilla de caimanes. El cielo resplandecía de azul intenso, las nubes blancas centelleaban como algodón con ribetes relampagueantes de oro. El capitán acercó su nave a la orilla norte, siguiendo las instrucciones de un pequeño soldado.

Entonces vieron la Bestia Mítica.

Lionardio y Greger Moendel se aproximaron a la borda, seguidos por los demás. Permanecieron observando por un largo minuto. Entre la niebla de lágrimas, vieron cuerdas de cañamazo.

— ¿También la Bestia Mítica es prisionera del hombre? —murmuró Carlo Darhwuin.

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La churuata era primitiva pero cómoda y autosuficiente, el lenguaje de los indígenas imposible de comprender. Necesitaron un traductor, surgido entre los soldados. Araguato Gladiador, así lo llamaban por su terrible ferocidad en combate, era un hombre pequeño, de unos veinticinco años, con la silueta de un jaguar rojo y uno negro tatuado en cada mejilla, dispuestos a saltar por encima de su nariz aguileña, para destrozarse en batalla a muerte. Su trabajo de guía, siempre demostró un profundo conocimiento de la geografía de las tierras llanas. Nació en isla Perla, era Caribe hasta los huesos, no había duda, pero estuvo perdido muchos años entre los nómadas de las sabanas. Se ganó el derecho a vivir con ellos cuando lo vieron matar un jaguar, con una pequeña lanza de punta afilada con el fuego de una hoguera. Ahora trabajaba como enlace con el ejército, para intercambiar carne por herramientas de metal y tela para el vestido.

Cayó la noche, había un fuego sobre tierra y piedras apiladas en el piso de bahareque, suspendido tres metros por encima del agua, a la orilla de un caño afluente del Apure, donde iguanas y culebras pasaban nadando entre las piraguas, destellando con la luna. Era un lugar seguro, el jaguar detestaba los reptiles, y pocas veces un caimán se arriesgaba a ser muerto con el curare de las flechas. Lionardio, los dos europeos, y Matajara, acostados sobre catres, se abrigaban con pieles de oso palmero, muy cerca uno del otro. La mujer insistió en estar presente, argumentando su facilidad para aprender idiomas; los nómadas no habían sido vistos desde hacía unos cuatrocientos años y tenían unos treinta negociando con el ejército. En cualquier momento podían desaparecer por siglos y para seguirles la pista ayudaría mucho conocerlos a fondo. Araguato Gladiador, y ocho soldados, descansaban alejados de ellos, cerca de otro fuego similar. El humo subía, escapando entre ranuras del bahareque de las paredes. Al menos cuarenta familias dormían en el otro extremo del caney, arropados con pieles y cañamazo tejido.

En la oscuridad, Carlo Darhwuin se aproximó a Lionardio, los demás se acercaron aún más para oír y se mantuvieron acostados.

—No puedo dormir, Lionardio. Sé que la fe y las preguntas son enemigos. ¿Por qué la Bestia Mítica nos abandonó? Si está aquí, en lugar de volver al Desierto de la Maldición, significa que nos abandonó. ¿Por qué estos hombres, gozando de su compañía, no han conquistado el poder que sabemos ella otorga? Tú debes saberlo.

El chisporroteo del fuego fue callado por la voz de una Bestia, desde la oscuridad de la llanura. Los cuatro hombres, y Matajara, hicieron el gesto secreto, considerando un buen augurio la respuesta.

—Fui ascendido de nivel hace poco tiempo —cuchicheó Lionardio—; las revelaciones que recibí no son suficiente para contestar nuestras preguntas. Mi maestro fue asesinado antes de transmitirme la totalidad, luego de memorizarlas me habrían proporcionado el siguiente grado, tal vez en unos cinco años más. Aún así, sólo un iniciado, con el grado más alto: Capitán de Caballeros, podría iluminarnos.

—Esta conversación es peligrosa —murmuró Greger Moendel—, si nuestra fe se desmorona cinco mil años de esperanza se desvanecerán, como el humo de la pólvora. Debemos ir a Europa, encontrar un Capitán de Caballeros y obtener las respuestas.

—Nos matarán —cuchicheó Carlo Darhwuin, no tenemos las palabras rituales, y gestos, para entrar en contacto con uno de tan alto nivel. Deben ser pocos y viejos. Estarán ocultos en el interior de Europa, por causa de la peste y las hambrunas.

—Entonces nuestra búsqueda fracasó. Encontramos la Bestia Mítica y no sabemos cómo pedir su ayuda —aseguró Lionardio, con voz temblorosa.

—Lo has dicho —murmuró Carlo Darhwuin, y lloró en silencio, un segundo después los tres hombres oprimían sus bocas con los puños, para no estallar en gritos de dolor.

Despacio, una sombra desnuda se levantó entre el fuego y ellos: era Matajara. Se colocó de perfil y con lentitud arrancó la cuerda que recogía su largo cabello negro, y con cada mano aferró una de sus puntas. Luego dobló las rodillas, hasta que los muslos desnudos quedaron en paralelo con el suelo, mostrando poderosos músculos de felino.

Cada uno de los tres hombres reconoció la posición ritual, entonces la mujer comenzó a realizar movimientos que nunca antes habían visto, mientras sus dos manos movían adelante y atrás la cuerda. Todo el cuerpo subía y bajaba en un rebote rítmico, aumentando la frecuencia cada vez más. Muchas veces sacudió la cabellera y pareció que el viento la agitaba. Mantuvo la acción durante minutos, demostrando fortaleza. Sus pechos subían y bajaban, la ondulación de la cadera tenía un acento voluptuoso, pero no fue aquello lo más impresionante para los tres hombres, sino un nuevo movimiento, a gran velocidad con el brazo derecho, mientras la mano izquierda aferró las dos puntas de la cuerda.

Los tres hombres sintieron iluminarse sus pensamiento, convencidos que estaban recibiendo la visión sagrada que nunca podrían olvidar.

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Matajara levantó ambos brazos y abrió la boca, mirando al cielo en señal de victoria, sin dejar de moverse sobre sus piernas. La tenue luz de la hoguera producía una aureola, contorneando los bordes de su silueta. Por fin se detuvo y cubrió su cuerpo sudoroso con la toga. Miró a los hombres, cruzó los brazos; estaba de pie y ellos en el suelo. Uno por uno, los pateó en el pecho, primero con la pierna izquierda y luego con la otra, después apoyó la planta de su pie derecho sobre la cabeza de Lionardio, el iniciado de más alto nivel entre los tres hombres.

Lionardio, Carlo Darhwuin y Greger Moendel, nunca antes habían visto tal ritual, pero los innumerables símbolos que reconocieron los dejaron indecisos. La mujer tomó asiento en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos apoyadas en los muslos. Miraba con tal autoridad que la indecisión de los europeos aumentó. Empuñaron sus dagas de acero, si Matajara era una impostora usurpando tan alto nivel, tenían que matarla de inmediato. Matajara inició otra danza, esta vez con sus manos, en el secreto lenguaje de la secta. Fue mostrando cientos de símbolos subterráneos, bien conocidos por los tres adeptos, acoplándolos de tal manera que ahora contaban una historia. Sólo hasta este momento los vieron ensamblados y comenzaron a comprender el oculto significado. Y ella continuó, mucho más allá del punto hasta donde sus conocimientos habían llegado.

“Quince mil años, antes del Primer Día, los Constructores de Pirámides dominábamos el mundo.”

“Una mañana, desde el cielo, cayeron dos palacios de metal en el desierto. La tierra tembló, tormentas de arena se levantaron. El Faraón, acompañado con cuatrocientos mil esclavos, doscientos mil cortesanos y un millón de soldados, viajó para ver aquella maravilla.”

“Los palacios estaban destruidos, como una jarra de barro al caer sobre el suelo de piedra. Habían sido como una montaña de metal y vidrio, veinte veces más altos que la pirámide más grande.”

“Cuarenta mil demonios continuaban vivos, en el interior de una cisterna de cristal. El Faraón miró sus figuras de peces asquerosos, rojos y grandes como vacas. Ordenó romper los cristales y todos terminaron de morir a flechazos, bostezando con sus mandíbulas sin dientes. Ni uno solo, de los demoníacos peces venidos por el aire, quedó vivo”

“Mientras agonizaban lanzaron miradas de ojos redondos al Faraón, con seguridad enviándole sus maldiciones.”

“El rio de agua salada arrastró la arena más allá del horizonte, los cadáveres se pudrieron. Vinieron las aves y comieron de ellos, y se llevaron su miasma por el mundo.”

“Una maldición mató las Bestias del Faraón, no quedó ninguna. Babeaban y caían muertas, al igual que los jinetes y sus familias.”

“El nuevo Faraón ordenó partir a buscar Bestias. Todas las naciones las perdieron, dijeron los mensajeros, después de caminar durante años.”

“Los sacerdotes escribieron todo lo que sabían sobre la Bestia de Guerra, en pergaminos secretos. Y las tribus partieron para buscarla, llevando esos documentos con ellos.”

“Una de las tribus había olvidado por que viajaban por el mundo. Sus líderes conservaban la capacidad para leer y escribir. Huyendo de invasores provenientes del otro lado del mar, se ocultaron en el Desierto de la Maldición, dónde todavía quedaban restos de los palacios demoníacos. Y se refugiaron en cuevas de la montaña. Desde allí podían ver las ruinas de metal”

“Guardados en jarras de barro, sellados con brea, encontraron los pergaminos escritos por los sacerdotes del Faraón. Tenían quince mil años. Ese fue el Primer Día de nuestro calendario sagrado y secreto. La tribu permaneció cien años allí. Todos aprendieron de memoria cada palabra y destruyeron los pergaminos. Entonces reiniciaron la búsqueda de La Bestia del Faraón, aunque no sabían cómo se veía, para recuperar el poder perdido por La Maldición de los Peces Demonio caídos del cielo.”

“La tribu creció y decidieron repartirse por el mundo, para confundirse con todas las naciones. Nadie nos temía, muchos reían de nuestra búsqueda de una Bestia que podía ganar guerras, y que no sabíamos cómo era. Nuestra fe fue aceptada con facilidad y aumentó la cantidad de iniciados: todos ambicionan poder sobre los vecinos y naciones, y todos desean venganza. Trescientos años después del Primer Día, el Emperador Romano decretó nuestra persecución y aumentamos el secreto de nuestra fe. Reforzamos las barreras para ocultar los Siete Niveles que describían los pergaminos. Los Siete Niveles son los secretos para el cuidado y la Alianza con La Bestia.”

Los tres europeos guardaron sus puñales.

▲▲▲

La sabana se estremecía con el choque de miles de cascos de caballo. Los nómadas, cabalgando a pelo, como lo hacían desde tanto tiempo atrás que lo habían olvidado, arreaban las manadas hacia los corrales.

Lionardio dibujaba el diseño de un globo de forma elíptica, con un arma que podía disparar muchos tiros, uno tras otro, desde una carroza colgante. Sabía que el aparato volador funcionaba, por las cientos de pruebas con miniaturas de papel y madera liviana. Sólo había un gran problema: ¿Cómo mantener el aire caliente? El cargamento de leña, para un viaje corto, era tan grande que no podría levantar vuelo. Con respecto al arma de fuego, resultaba tan pesada, por la multitud de engranajes de acero, que todavía era sólo un proyecto en papel pergamino.

En medio de la sabana, vio acercarse cuatro mil jinetes, con los aperos de la caballería. La nube de polvo parecía una aureola de fuego, bajo la incandescencia del sol veraniego. Desde una terraza de Fortaleza Apure, con ocho torres artilladas y adornadas con grandes estatuas de caballos, fabricadas en bronce, vio cuando levantaron el rastrillo de la puerta principal. Su nieto, Temuyin, pasó al galope, montado en un poderoso caballo de guerra, desarrollado con los métodos de crianza del fallecido Greger Moendel, como todos los demás utilizados por la Invencible Caballería Caribe. Ese nombre, Temuyin, fue idea de Lionardio, lo recordaba escrito en uno de los pergaminos que había traído a sus manos la técnica para fabricar pólvora y cañones. Mencionaba un poderoso caudillo en Asia, con su infantería venció ejércitos superiores en número y preparaba una invasión al sur, armada con artillería. No supo de su suerte, sin embargo supuso que las enormes distancias, para recorrerlas a pie con un ejército tan grande, frustraron el proyecto y nunca pudo lograr su ambicioso plan de invadir el Imperio Romano. Ante esta amenaza, el espía robó el secreto de la pólvora, para hacerlo llegar a su Emperador Romano y equilibrar las fuerzas. Pero falló.

Lionardio intentó levantarse de la silla, no pudo, su cuerpo había perdido la juventud hacía muchas décadas. Era el único sobreviviente de los tres europeo, sus esposas y la mujer Caribe, Matajara. Con ellos desarrolló la crianza de caballos y crearon las nuevas razas, ahora el Imperio Caribe las utilizaba para arrollar las infinitas tierras continentales al norte y al sur. Los ejércitos se multiplicaron como una plaga mortal, con las alianzas impuestas a los nuevos vasallos.

La vista del anciano Lionardio se nubló al recordar su tierra natal.

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Un guerrero, ataviado con la indumentaria de un Cacique General del Imperio Caribe, con una araña negra, un jaguar y una serpiente tatuados en la cara, se arrodilló frente al anciano. Desde que lo vio de lejos sabía que estaba muerto. De todas maneras decidió hablar en voz alta, sabía que su espíritu estaba oyendo.

—Abuelo Lionardio, tu sueño se cumplirá. Nuestro Cacique Emperador Caribe autorizó la conquista de Europa. Yo, Temuyin, invadiré Roma. Será la Primera Guerra Mundial. Y la ganaremos.

¿FIN?

Excelente historia la que nos obsequia Joseín, e interesante reflexión, “¿Qué pasaría si uno de los elementos, aceleradores de la historia, desapareciera?”. Me gustó mucho la caracterización y a ambientación que el autor ha logrado con este cuento, casi parecía que uno podía oler la carne de danta.

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p>Les recuerdo nuevamente que Joseín está participando con este relato en El Desafío del Nexus de Agosto, así que si disfrutaste con esta historia, no dejes de votar pulsando el botón “Me Gusta” de facebook.

Procedimiento Terminal

Nuestro amigo Joseín Moros, también participa en el Desafío del Nexus de Julio con esta excelente historia:

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Procedimiento Terminal

Autor: Joseín Moros.

¿Es peligroso no enfermarse?

¿Podría ocasionar problemas tener larga vida?

¿Debe una gran potencia, económica y militar, resolver las más grandes complicaciones de la humanidad?

¿Puede el culto a la personalidad, llevarnos a realizar actos contrarios a la misma naturaleza humana?

Un líder totalitario aprueba una solución a largo plazo, y convence a veinticinco mil personas para emprender una misión sin precedentes en la historia. Como siempre, los planes de los seres humanos son alterados por lo imprevisto. No podemos anticiparlo todo.

Y… ¿qué es un final feliz?

El Capitán Chen Yandraken Mao Volitzonaveo abrió los ojos, todo estaba muy oscuro. Recordó el largo entrenamiento antes de entrar a la hibernación y esperó mientras los tubos, conectados en su ombligo, terminaban de inyectar estimulantes y neutralizar la “Sangre de Marmota”, uno de los adelantos genéticos de la primera mitad del siglo XXI, que permitió mantener seres humanos en vida suspendida.

Un momento después, a través de la pared transparente de la cápsula incubadora, no pudo reconocer el techo de protección de su cubículo, este le pareció torcido y deformado.

—Buenos-días-comandante-comandante-Chen. ¿Recuerda?…nombre…quién…

…habla, habla, ¿habla? —dijo una voz, de sexo indefinido.

En el interior del cubículo, una luz indirecta se encendió y ya no pudo ver más al exterior.

Tragó varias veces, luego tosió, expectorando líquido de la misma naturaleza del cual su cuerpo estuvo flotando mientras hibernaba. Contestó, enunciando primero su propio nombre, con lentitud y voz gruesa.

—Eres Oppi, médico artificial a cargo de esta sala de hibernación. ¿Por qué está en penumbras allá afuera? ¿Por qué te falla la voz?

—Hay daños…daños…

…estructura del…

…del… bunker.

Chen había sido seleccionado entre millones de hombres y mujeres de la clase gobernante en su país, para formar parte de Los Respetables Guerreros Superiores. Intentó elaborar más preguntas.

— ¿En cuánto tiempo finalizará la reparación? ¿Cuál fue la razón?

—Yo…yo…yo…no inicié su despertar…

…no inicié su despertar…

…daños graves…

El capitán Chen oyó un silbido aturdidor y la titubeante voz continuó formulando frases incompletas.

—Desconozco…tiempo necesario…resolver…

…no recuerdo…

…no recuerdo…

El hombre sintió los mecanismos desconectando tubos de su ombligo. Debía esperar hasta que Oppi le avisara cuando moverse. Lo que estaba ocurriendo era imprevisto, en gran parte; pero creía estar bien entrenado para enfrentar una multitud de escenarios contingentes. El militar era uno de los Supremos y Eternos Combatientes, designados para llevar a cabo el Gran Procedimiento Terminal. Por adoctrinamiento político, se consideraba con recursos mentales superiores a la mayoría de la gente sobre Tierra.

Inspiró una vez más, sintiendo el movimiento un tanto doloroso en las costillas.

—Oppi, te ordeno iniciar reparaciones en tu procesador de palabras. Utiliza el protocolo FIX-L13.

— ¿Fix…qué? Sí…

Los silbidos de interferencia volvieron. Luego de varios minutos disminuyeron de volumen, hasta que el silencio se mezcló con la penumbra de la cápsula.

—Finalizada reparación… ¿comandante?… no,… Capitán-Chen.

— ¿Cuál es el porcentaje de daños en tu memoria?

— ¿Porcentaje?…mucho…mucho… imposible… calcular…

Se contuvo para no insultar a la inteligencia artificial. Sintió temor, la oscuridad y falta de comunicación sugerían fallas graves. Comenzó a palparse el cuerpo, para acelerar en su cerebro el control neuro-motriz.

— ¿Cuánto tiempo estuve en hibernación? —gimió, como un perro asustado.

▲▲▲

El súper bunker había sido construido en el interior de una montaña, con más de mil quinientos metros de altura. La maquinaria excavó roca maciza hasta el centro de la eminencia geográfica, en un lugar alejado de las innumerables mega-ciudades que llenaban los continentes.

La selección de las veinticinco mil personas, llamadas Los Respetables Guerreros Superiores, destinados a existir dentro de la estructura, fue efectuada en total silencio y con la mayor rapidez posible. La pena de muerte fue aplicada, muchas veces, para proteger el secreto de estado. Sólo fue tomada en cuenta la clase política dominante en el país, bajo un estricto control del perfil genético, única manera de evitar infiltrados que no tuvieran la relación consanguínea exigida. El resto del mundo había desconocido el proyecto, lo cual no fue difícil lograr, debido a la magnitud de problemas que la sobre población estaba causando apenas traspasar la mitad del siglo XXI. Treinta y dos mil millones de personas era una gran masa orgánica, urgida de agua y comida, y continuaba creciendo de manera exponencial, como resultado de los sorprendentes progresos en la ingeniería médica genética, en el medio siglo transcurrido desde el cambio de milenio.

La expectativa de vida, para cada habitante de la Tierra, hacía dos meses, estaba por encima del siglo, pero la escasez de alimentos, y agua potable, habían llevado casi a la súper hambruna global, augurada por intelectuales desde tiempo inmemorial.

El militar estaba impactado con unas palabras, pronunciadas por su lejano pariente consanguíneo, el Honorable, Magnífico y Sagrado, Superior Eterno, perteneciente a la dinastía dominante desde generaciones atrás. Este hombre, de avanzada edad, fue el creador del “Gran Salto Adelante y al Espacio Estelar”. Tenía noventa y siete años y gozaba de salud para veinte más. Las había pronunciado en su discurso durante la reunión final, con los doscientos hombres y mujeres — los Supremos y Eternos Combatientes—, seleccionados para comandar el contingente de veinticinco mil personas. Todos lloraban sin parar, vislumbrando un hermoso futuro para sus descendientes.

“En los cuerpos de cada uno de ustedes, Respetables Guerreros Superiores, hay una gota de mi sangre. Ella teñirá el limpio mar del futuro. Dentro de mil años seremos los amos de la Tierra, y conquistaremos Marte”

Chen, muchas veces, había imaginado su despertar en diez siglos. Contaba veintiocho años, en un milenio tendría la apariencia de un hombre de cuarenta. Los procesos biológicos, bajo hibernación, no se detenían —le habían dicho—, aunque eran de una lentitud sin precedente en ninguna especie animal de la Tierra. Se alegró con el pensamiento de tener hijos sin restricción de número, transitar ciudades libres de gases tóxicos y avalanchas de gente. Ya no más comida procesada, sin saber cuál fue la fuente; gozar de lluvia limpia, ríos sin suciedad, abundante agua para largos baños tibios.

Los veinticinco mil Respetables Guerreros Superiores, fueron informados respecto a qué iba a ocurrir en el mundo una vez estuvieran bajo tierra, y en vida suspendida. (Quienes tuvieron dudas, fueron arrastrados a colonias submarinas, para ser “reeducados”, dijeron las autoridades). Los leales estaban convencidos que el Gran Procedimiento Terminal era la solución definitiva. La guerra global, como en el pasado, sería suicida, debido a la dependencia entre cada una de las comunidades políticas del globo. Por supuesto que el Gran Procedimiento Terminal causaría una conmoción mundial, pero los guías de la doctrina, llamados Los Siete Eminentes Científicos Políticos, habían calculado el comportamiento social del futuro hasta el mínimo detalle: predijeron que el país se mantendría en la cúspide de la ola, a medida que el viejo orden se fuera hundiendo, hasta desaparecer.

Entonces ellos despertarían, en mil años, para controlar la “nueva gente”, la Tierra y los planetas cercanos. Hasta la eternidad.

Ese era el “Gran Salto Adelante y al Espacio Estelar”

▲▲▲

Oppi emitió otra serie de palabras titubeantes, sin poder contestar la pregunta del capitán Chen.

— ¡Levanta la tapa! ¡Quiero salir! —gritó, cuando se dio cuenta que la palanca de apertura manual estaba demasiado dura para sus fuerzas o había olvidado cómo accionarla.

—Debe… esperar… sistema nervioso no… peligro.

— ¡Enciende más luces!

Sólo respondieron unos pocos recuadros, en tableros de control en apariencia inoperativos: sus indicadores digitales estaban negros. La enorme sala debió haberle mostrado filas de incubadoras como la suya, con los doscientos miembros más importantes de los veinticinco mil Respetables Guerreros Superiores. En la media luz sólo pudo ver unas diez más, cada una del tamaño de un mediano vagón de tren, con la curiosa silueta de enormes escarabajos, el resto fue aplastado por el techo, la estructura se había desmoronado como si un titán golpeó desde el cielo. Además, para aumentar lo terrorífico del espectáculo, el suelo estaba inclinado, igual a un barco escorado.

Con debilitados brazos, Chen empujó la tapa, ahora el mecanismo se había quedado a medio trayecto y no se movió más. Como pudo, traspasó la estrecha abertura y cayó al suelo, después de rodar escalones forrados de material blando, sobre el enorme cuerpo de su incubadora de hibernación. Sintió frío y el aire muy enrarecido, con la mirada encontró el armario con equipo de emergencia, adosado a la incubadora. Extrajo la pesada vestimenta, muy parecida un primitivo traje de buzo, por el tamaño de la escafandra y su redondez. Resbaló, debido a lo inclinado del piso, y sin soltar el traje rodó contra una pared. Desde esta posición, observó un celaje de pequeñas siluetas dentro de una gran resquebrajadura en el concreto armado; se habían escabullido con rapidez y no pudo precisar detalles.

<< ¿Ratas? ¿Cómo llegaron a esta profundidad?>>

Tendido en el frio pavimento y jadeando, logró vestirse; lo más difícil fue las botas, el tanque con aire comprimido y el pesado micro generador nuclear, fuente energética del traje.

Accionó la visión infrarroja y la corrección automática de tonalidad. Le pareció estar mirando por un vidrio cerúleo, que debilitaba los colores en un recinto iluminado con luz blanca artificial. Los indicadores de fuga radioactiva, en el interior de la enorme escafandra, permanecieron en verde. Una corriente de aire fresco sopló sus mejillas.

Casi lloró, al reconocer nombres en las placas externas de algunas incubadoras. No quiso subir y mirar a través de los polvorientos cristales de cada máquina. Sabía que habían fallecido, por los marcadores de temperatura interna y el rocío en la superficie de los receptáculos, ahora más similares a un ataúd. De manera automática, al ocurrir la muerte de un huésped, pasaba a ser extraído el líquido y se congelaba el cadáver.

<< ¿De dónde salió todo este polvo? ¿De los escombros, o es que hay una comunicación con la atmósfera exterior? >>

El capitán sintió agotamiento, y se dejó caer, recostado a un enorme panel torcido, detrás del cual innumerables circuitos electrónicos, lisos y translúcidos como galletas de gelatina, se habían regado por el suelo. Extrajo una cápsula de un compartimiento en el cinturón, abrió la careta y saboreó el caramelo nutritivo. Se sintió mejor y cerró el casco.

<< Comunicaciones, control de iluminación y temperatura de la sala: todo destruido. Desde aquí no puedo saber cómo están las galerías restantes. ¿Qué fue? ¿Un terremoto? Es casi imposible. El bunker fue diseñado para soportar hasta un embate atómico. ¿Un accidente interno? También casi imposible. A menos que haya sido un sabotaje. Somos veinticinco mil personas, sí yo sobreviví debe haber otros, cada cápsula de hibernación es autónoma. No quiero pensar en las consecuencias de esta catástrofe, tengo miedo de enloquecer >>

De repente observó polvo en movimiento, cerca de la grieta donde creyó ver ratas, y sintió un sobresalto.

<< ¿Corrientes de aire? ¿Hay un acceso al exterior? >>

No produjo ruido, su entrenamiento militar se lo impidió.

Sin moverse, comenzó a pensar en la conveniencia de abandonar el sector donde se encontraba. Después, con lentitud, examinó cada una de las diez incubadoras sobrevivientes. Se habían salvado al quedar protegidas por una casual disposición de las placas de concreto, cuando se derrumbaron. Fue como un manojo de cartas formando una cavidad triangular, al caer al suelo.

<< Los micro reactores nucleares, de cada cápsula dañada continúan sellados. Deben haberse auto bloqueado cuando ocurrió la catástrofe, para evitar una mayor >>

Imaginó, en el corazón de cada incubadora, los amarillos y blindados contenedores, del tamaño de un recipiente con cuatro galones de agua, zumbando y golpeando martillazos de los resortes, cuando los cierres de seguridad los llevaban a hermetismo, en fracción de un segundo. Las baterías de respaldo debían sostener al huésped durante diez años, o el control interno de la incubadora, al no detectar falla o más conmoción, reiniciaba el reactor antes de ese período.

Vislumbró, en la distancia, un cofre de armamento. Una de las placas del techo descansaba contra la puerta blindada.

<< No puedo abrirla >>

Se arrastró por el suelo, en el mayor silencio que pudo, y atravesó la doble pared de casi tres metros de espesor, a través de la enorme grieta por donde la corriente de aire había entrado.

<< Del otro lado es la primera galería. Estaba a un nivel más bajo. Con este desastre debe haber precipicios peligrosos >>

▲▲▲

No había sido fácil, todo lo contrario, cada metro recorrido fue terrible para su mente y anquilosado cuerpo. La mayoría de las incubadoras, que pudo ver, mantenían congelado el cadáver de la persona, las otras estaban dañadas por los fragmentos de techo, tan grandes como un vehículo de cuatro pasajeros, y apenas tenía recorrido un trecho de tres kilómetros en aquella primera y devastada galería. No había encontrado todavía una máquina donde el huésped estuviera vivo. Las paredes, a su derecha, habían arrojado montañas de roca, y un hoyo en el suelo era la comunicación hacia otro nivel. A cada momento observaba los indicadores de radioactividad, en los aparatos por donde pasaba, y respiraba mejor; un par de horas después dejó de mirarlos con tanta aprehensión. En todo momento se prohibió trepar los escalones de las incubadoras, para examinar los cadáveres, un ancestral respeto a la privacidad de la muerte se lo impedía. Al mismo tiempo, su agotamiento aumentó mucho, jadeaba y la vista varias veces le falló.

<< He fracasado. No cumplí la misión que me dio nuestro amado líder, el Honorable, Magnífico y Sagrado, Superior Eterno, salvador de nuestra raza, país y planeta >>

El capitán Chen comenzó a especular cómo terminaría su propia vida. Pensó en buscar una salida, imaginando morir bajo el sol.

<< Con maquinaria y explosivos saldríamos a la superficie, al finalizar el milenio de hibernación. ¿Existen aberturas al exterior? Hay más corrientes de aire, vienen desde abajo por esos agujeros en el suelo >>

Había encontrado otros orificios en la plataforma de concreto armado. Fue ahora cuando se le ocurrió revisar con más cuidado.

<< No son resquebraduras por presiones laterales, sino el resultado de explosivos y perforaciones, desde los niveles inferiores. ¿Una invasión? ¿Quiénes y para qué? >>

A su mente volvió la imagen del compartimiento de armas, aplastado por la estructura derrumbada. Se lamentó de no haber tenido acceso aunque fuera a una pistola. Sabía dónde estaba el fortín principal, con innumerables y poderosas armas de guerra, destinadas para recuperar el poder en caso de ser necesario; pero estaba inaccesible por los derrumbes.

— ¡Identifíquese! —rugió una voz masculina en el interior de su casco.

Se quedó congelado. Con precaución giró, intentando encontrar alguien a su alrededor. Las más cercanas incubadoras obstruyeron la posibilidad de ver más lejos. Entonces miró a lo alto, a unos diez metros sólo vio roca maciza, en los lugares donde gruesos trozos de concreto se habían desplomado.

—Capitán Chen Yandraken Mao Volitzonaveo —dijo con lentitud—, ¿quién es usted?

—Capitán. Habla Centinela. Sabía que es usted. Pero necesitaba saber cómo están sus reacciones y su memoria. Estuvimos bajo secuencia de ataque, un ejército de ancianos militares bombardeó la montaña, creían estar buscando un depósito secreto de comida. Los siguieron turbas de “gente nueva”. Después excavaron con maquinaria y explosivos, encontraron la parte inferior del bunker. Ascendieron nivel tras nivel, saquearon los depósitos de alimentos, guardados para cuando despertaran los veinticinco mil Respetables Guerreros Superiores. La “gente nueva” quiso destruir las incubadoras, no podían comprender por qué estaban aquí, los ancianos militares no se los permitieron, cuando leyeron las consignas en las paredes. Entonces produjeron derrumbes en la entrada que habían hecho, para dificultar otro acceso. Hay daños graves. ¿Cómo se siente, capitán?

El militar sintió alivio de no verse frente a un enemigo y estando desarmado.

—Estoy bien, Centinela, gracias —contestó Chen a la inteligencia artificial encargada de vigilar las instalaciones y registrar novedades, segundo a segundo, en cada recinto del bunker y del exterior, a través de señales satelitales. Había olvidado aquella presencia silenciosa e invisible, en la superestructura, para él un indicio más de mala condición física y mental.

Mientras hablaba, miró a su alrededor, buscando algún punto de observación de Centinela. Encontró uno, colgando de un tubo, como las vísceras de un enorme insecto destripado en una pared.

—Informe integridad del sistema de vigilancia y actual seguridad del bunker —ordenó.

—Trece por ciento operativo. Las explosiones, y la acción directa de la turba, causaron daño irreversible. Recepción satelital: ochenta y cinco por ciento. Memoria de registros: activa un noventa y dos por ciento. El resto inaccesible al direccionamiento. Las incursiones continúan, ahora por nuevos intrusos.

— ¿Cuándo ocurrió el primer ataque?

—Fue diecinueve años después de ustedes entrar en hibernación. Capitán Chen, para este momento, usted es el único sobreviviente de las veinticinco mil personas que estaban hibernando.

El hombre quedó mudo y sollozó sin ruido.

Centinela también guardó silencio y de repente habló en susurros. Chen sintió erizarse la piel. Esa era una indicación de peligro inminente.

—No haga ruido. Suba a la incubadora, a su izquierda. Observe hacia el sur.

Ascendió los escalones en la máquina, el cubículo del huésped tenía adosado una especie de techo, ahora bastante abollado, como protección contra derrumbes, aunque no para uno tan catastrófico. Chen se arrodilló, cercano a la cabeza del huésped y permaneció inmóvil, como otro de los pedruscos que había encima de la incubadora de hibernación. Verificó los indicadores luminosos de su traje y en el interior de la escafandra, continuaban apagados como los dejó al iniciar la exploración. Accionó la obstrucción óptica en la careta, de afuera hacia dentro; tomó suciedad de la superficie de la incubadora y la refregó sobre el casco y su cuerpo.

Transcurrieron minutos, no sintió mucha impaciencia, estaba bien entrenado para el combate. Su corazón latía con fuerza, nunca antes había estado tan consciente de su existencia dentro del pecho, incluso sentía el cuerpo oscilar con cada latido.

Un rumor lejano llegó a sus oídos. Había tomado la precaución de aumentar la sensibilidad del micrófono direccional. Fue entonces cuando percibió, a medio kilómetro de distancia, una sombra oscura avanzando por el suelo, como un derrame de petróleo. Se movía entre las filas de incubadoras y por los lados de rocas diseminadas por el pavimento. Llevó el volumen de audio a nivel normal.

— ¿Son miles de ratas? —susurró.

—Huyen de los intrusos —contestó Centinela, en el mismo tono.

El dispositivo de visión infrarroja y el aditamento de corrección automática de color, le permitía, a pesar de la absoluta oscuridad de la enorme galería, ver cada detalle. Los tonos verdes tendían al azul, los rojos al ladrillo, y los amarillos oscilaban entre naranja pálido y el blanco grisáceo. Tal vez por ello la visión de las ratas, negras como ámbar quemado, le resultó tan terrorífica. De un vistazo calculó la cantidad.

<< Son entre cinco y diez mil. No vienen dispuestas al ataque masivo. ¿Qué cosa las aterroriza de esa manera? >>

Sintió movimiento cerca de sus piernas y casi gritó de asco. Por un agujero, en la tapa translúcida del cubículo de hibernación, salían más ratas. Se dio cuenta que el agujero había sido abierto a golpes, no con los dientes de un roedor, y había dos más cerca de la palanca interna del control de apertura manual.

— ¿Qué las persigue? —susurró Chen.

—Los nuevos intrusos —contestó Centinela, en el mismo tono precavido —, no hable más, capitán. Si las ratas anuncian su presencia ellos comprenderán los chillidos de alarma.

El capitán guardó silencio y comenzó a buscar, con la mirada, algún objeto contundente que le sirviera de arma. Nada encontró a su alcance.

Transcurrieron los minutos con lentitud. Tenía el cuerpo entumecido por la inmovilidad, y estaba empeorando el anquilosamiento propio de la hibernación.

—Siéntese despacio, estire las piernas, recueste la espalda a una de las bases de la plancha protectora que está sobre usted. Piense en algo agradable, su corazón lo necesita. No hable. No hable. Su pecho resuena con las palabras, lo podrían percibir.

La voz de Centinela era casi inaudible para él, debido al retumbo de su propia sangre en los oídos. Comprendió la advertencia: corría peligro de un ataque cardíaco, si es que ya no lo estaba sufriendo. Con toda probabilidad el traje estaba transmitiendo información de sus signos vitales.

Cerró los ojos, ya acomodado en la posición recomendada por Centinela. Por fortuna no tumbó alguno de los pedruscos más pequeños, aunque el sonido tal vez se habría confundido con las rocas derribadas por las oleadas de ratas. No logró traer un pensamiento agradable, entonces intentó aislarse, pensando en el porqué de la mortandad de compañeros en hibernación.

<< Calcularon que muy pocos murieran por incidente, orgánico o falla en el suministro de nutrientes; esos cuerpos de inmediato quedarían congelados, después de haberse vaciado el líquido donde flotábamos. Otros, al parecer, murieron cuando las rocas aplastaron la protección superior de la máquina y rompieron el cubículo sellado, aplastaron al huésped o derramaron el líquido. La situación debe ser peor en las galerías inferiores, las explosiones comenzaron por allí, según explicó Centinela. ¿Porqué todos murieron y yo… no? >>

Continuó en silencio, sintiendo cómo su corazón recuperaba ritmo y la respiración se le facilitaba. Le extrañó no experimentar un dolor adicional en el pecho, tal vez su cuerpo sentía diferente, todavía bajo los efectos de la reciente vida suspendida.

Comenzó a sentir sueño, de repente estaba en un lejano templo clandestino que los militares fueron a destruir. Los jóvenes acólitos cantaban, con voces infantiles, mientras los soldados descargaban sus bastones eléctricos. Chen sabía que su destino era la muerte: esclavizados en las colonias submarinas. Los cantos aumentaron cada vez más. Y despertó. Sólo abrió los ojos. Desde su posición continuaba observando la profundidad sureña de la galería. Ya no había ruido de ratas pero el sonido del canto, de su sueño, continuaba.

Ahora, de un lejano agujero en el suelo, brotaron puntos luminosos como precavidas luciérnagas. El visor infrarrojo se ajustó, de manera automática, a la nueva intensidad luminosa. Los colores se tornaron más reales, a los ojos del capitán Chen, aunque la oscuridad en los sitios donde no llegaba la luz del fuego aumentó, con relación a las imágenes anteriores.

Casi estuvo a punto de hablar, pero recordó la advertencia de Centinela.

<< ¿Monos con antorchas? >>

Entonces contuvo la respiración, cuando comprendió qué eran.

<< ¿Humanos? Deben tener entre veinte y treinta centímetros de estatura >>

A medida que pudo percibir más detalles, sintió ganas de llorar.

<< Cuanta deshonra. >>

Cerró los ojos un momento, para recuperar la calma que había logrado un momento antes. Al abrirlos, la multitud de pequeñas figuras cubría una gran porción de la galería y continuaban avanzando, hacia el lugar donde el capitán se encontraba. El volumen de los cánticos aumentó, era una letanía repetida una y otra vez, por aquellas delgadas voces. Intentó analizar el escenario, como preparando un informe militar.

<< Tienen antorchas y lanzas de metal, son chuzos afilados contra la piedra, tal vez parte de maquinaria, algunas tienen más de medio metro, podrían perforar mi traje sin ningún problema. Visten pieles, parecen de rata. Hay hombres, mujeres y niños. Veo unos mil, y siguen entrando >>

Volvió a cerrar los ojos, ahora sí estaba sintiendo un nuevo dolor en el pecho. Logró traer una imagen de paz: pétalos de flores arrastrados por el viento; no había estado allí, fue un documental sobre especies vegetales en extinción.

<< La brisa me balancea, soy el último trozo de una flor podrida >>

Abrió los ojos. La iluminación había aumentado tres o cuatro veces, calculó.

<< Ahora debe haber unos cinco mil de ellos. ¿Qué hacen? >>

Unos cuantos, como arañas, treparon a una maquina frente a él, y comenzaron a golpear la tapa translúcida, donde el cuerpo congelado del huésped yacía. Con las puntiagudas lanzas metálicas hicieron un agujero, los trozos de plástico transparente saltaban como fragmentos de hielo y los que ayudaban con la iluminación gritaban, al parecer narrando los avances de la perforación. Con la destreza de saber qué pretendían, ampliaron la brecha y cuatro de ellos penetraron por allí. Casi de inmediato la tapa se levantó y una nube, de vapor helado, se dispersó en el aire.

<< Saben con exactitud cómo abrir la incubadora. Hicieron un solo agujero. Han venido antes >>

Chen casi ni respiraba, su corazón ahora latía con fuerza. Estaba experimentando un sentimiento extraño: el cuerpo había recuperado parte de calma, la mente trabajaba con rapidez.

Mantuvo los ojos fijos sobre los hombrecillos. Ahora golpeaban la frente del cadáver, había sido un hombre de avanzada edad, al capitán Chen le pareció demasiado viejo para ser uno de los Respetables Guerreros Superiores. Entonces llegó a una pavorosa conclusión.

<< ¡Tenemos más de mil años en hibernación! Se suponía que después de un milenio aparentaríamos unos cuarenta años, a pesar de nuestra juventud. Ese hombre debió tener más de ochenta años fisiológicos, cuando murió. >>

Otros golpes llamaron su atención. Un poco más lejos, más cubículos estaban siendo violados por los intrusos. Se repetía la misma rutina. Primero perforar, luego levantar la tapa y a continuación golpear el cráneo del cadáver. Entre la multitud de hombrecillos, vislumbró el cuerpo de una mujer muy joven, dentro de una de las incubadoras.

<< Debió morir al poco tiempo de iniciar la vida suspendida, por eso quedó así. Ahora comprendo, hubo mortandad inesperada, no todos pasamos el milenio. ¿Por qué no fuimos despertados al cumplirse la cantidad límite de mil años? ¿Por qué? ¿Por qué? Más allá veo otra mujer, con más de cien años fisiológicos. ¿Cuántos milenios de vida suspendida se requiere para llegar a ese aspecto? Debo tener uno muy parecido. Los Siete Eminentes Científicos Políticos nos dijeron: “en promedio se envejece entre diez y quince años por milenio de hibernación”. ¿Cómo pudieron equivocarse? ¿En qué más fallaron? Sí, ellos fallaron, aunque me parezca imposible, porque esto no fue lo que predijeron. >>

—Capitán. No hable. Sólo oiga. Para su tranquilidad emocional necesita datos —dijo el susurro de Centinela—. En un momento incendiarán la cabellera de los cadáveres, sólo para descongelar el cerebro. Niños y jóvenes lo comerán crudo.

Mientras estaba ocurriendo lo descrito por Centinela, el capitán Chen necesitó más control mental, para no vomitar con su estómago vacío.

—Desde hace más de medio siglo han venido una vez al año, en el solsticio de verano. Primero unas docenas de exploradores, eran más débiles y pequeños. Afuera las condiciones son muy duras, pero ya eran diestros con esas lanzas y se alimentaban de ratas, realizando maniobras complejas, muy bien coordinadas, para acorralar sus peligrosas presas.

Lágrimas corrieron por las arrugas alrededor de los ojos del capitán Chen. Creía estar comprendiendo, pero sus preguntas no estaban contestadas por completo.

—Capitán, dos días después que ustedes iniciaron la hibernación, de nuestro país partieron millones de turistas, asesores, comerciantes, artistas, a todos los rincones del globo, ignoraban que eran la gloriosa punta de lanza del Gran Procedimiento Terminal. Fue un éxito, como lo calcularon Los Siete Eminentes Científicos Políticos. Las oleadas continuaron, con nuevos individuos o movilizando, de un territorio a otro, a los que ya estaban fuera. Su aspecto de completa salud no inspiró sospecha, incluso a ellos mismos; nunca experimentaron síntoma alguno.

Las letanías continuaban y las macabras danzas, en el suelo y sobre unas veinte máquinas, se sucedían, mientras el fuego quemaba las cabelleras o la madera seca que habían traído. Chen imaginó el olor de pelo, carne y leña quemada. Se concentró en las palabras de Centinela, para no levantarse y escapar.

—Entonces, unos meses después, en el planeta surgieron gritos de alarma: todo embrión en gestación tenía menos del tamaño esperado. Hicieron millones de análisis genéticos y no pudieron descubrir nuestro Gran Procedimiento Terminal. Cuando los nacimientos ocurrieron, los niños eran hasta un veinte por ciento menores en talla. Fue entonces cuando ocurrió una terrible desgracia: Los Siete Eminentes Científicos Políticos fueron asesinados, con todo el personal técnico, durante un ataque suicida de traidores de nuestra propia patria. De los edificios, y laboratorios, sólo quedó un agujero en el suelo. Mientras tanto ya los investigadores, de todo el planeta, estaban seguros de nuestra participación en la enfermedad y cada vez más compatriotas dudaban de la sabiduría del Superior Eterno. Hubo rebeliones, la turba asesinó a nuestro líder, y a sus honorables familiares más cercanos. La mortandad, por las hambrunas globales, no detuvo la procreación de más seres humanos. La paranoia invadió los pocos gobiernos que se sostenían, nadie comprendió la situación, como nuestro visionario líder: a menor tamaño de la gente, menores necesidades de agua, comida y espacio. Y el tiempo transcurrió.

Con el fondo musical de las letanías, Centinela continuó su informe, hablando en susurros.

—Antes de siete años, un pánico imposible de controlar se esparció por el globo: los nuevos niños no podían aprender a leer. Les era imposible comprender símbolos. Con gran esfuerzo apenas memorizaban cuatro o cinco, aunque los confundían con facilidad. Lo sorprendente, para todos, era que el dominio del lenguaje no se había alterado y las mediciones de inteligencia, en otros aspectos, tampoco. Para resumir, capitán Chen: en los siguientes cien años todo el planeta quedó analfabeto, y la “nueva gente” vivía casi en la edad de piedra. Fue imposible, por falta de tiempo en gran parte, preparar generaciones de relevo, o acondicionar, con tecnología, una civilización que no necesitara símbolos impresos en las paredes, artefactos, pantallas o papel. Y la disminución de estatura, en los nuevos nacimientos, había continuado, como calcularon los Siete Eminentes Científicos Políticos. Para ese momento, la población humana, informaban los satélites autómata, no llegaba al cinco por ciento de la inicial. Siendo cada vez más pequeños, los seres humanos tuvieron que luchar contra animales que fueron sus mascotas o sus fuentes de alimento. Para que la especie pudiera sobrevivir, invadieron el nicho ecológico de las ratas; a pesar de ello, en este momento la raza humana casi desapareció del resto del globo.

Los minúsculos puñados de masa encefálica parecían nunca acabar. Niños y jóvenes, que para el capitán parecían juguetes en movimiento, subían y bajaban por decenas en cada máquina al alcance de su vista. Tomaban sus porciones, de manos de los adultos, y reían de alegría mientras devoraban la golosina grasienta.

—Hoy es un día importante. Para ellos comer cerebros es tradición sagrada en la fecha de hoy, y para nosotros es la culminación de nuestro trabajo. Capitán Chen, hoy se cumplen mil años, desde que ustedes, los veinticinco mil Supremos y Eternos Combatientes, entraron en hibernación.

Chen casi se movió, golpeado por la sorpresa al saber la fecha.

—Sí capitán, mucho huéspedes murieron de forma prematura, otros de vejez, algo que los Siete Eminentes Científicos Políticos no previeron. Sólo usted se mantuvo vivo, hasta hoy. Lo más sorprendente es que despertó, y de manera espontánea, según lo informaron los instrumentos de su incubadora. Oppi, el médico a cargo, tiene grandes daños en la memoria y no pudo informarle. Pero es usted uno de los veinticinco mil Supremos y Eternos Combatientes, y con seguridad está orgulloso de haber cumplido con su sagrado deber, sin importar qué pase con su persona. Gloria a nuestro líder magnífico, por toda la eternidad.

El capitán Chen, por primera vez en su vida, sintió desagrado contra el tono marcial.

—Guiados por la inteligencia de nuestro líder, el Honorable, Magnífico y Sagrado, Superior Eterno, los Siete Eminentes Científicos Políticos crearon MUDO-88, el virus que alteró el genoma humano, sin mutilarlo, ni impulsar mutaciones, sólo impidiendo la posibilidad de leer información de los centenares de genes que tienen que ver con la estatura humana. Por desgracia, también ocurrió este “silenciamiento de genes”, de manera imprevista, con muchos otros; por ello quedaron bloqueadas funciones importantes para mantener la civilización en la estructura social de la “gente nueva”.

La respiración del capitán comenzó perder el ritmo.

—Observe capitán, esa muchedumbre, por instinto busca un “algo” en la masa encefálica. Cuando los ancianos militares de la “gente anterior”, su gente, evitaron que las turbas de hambrientos analfabetos genéticos, disminuidos en estatura, destruyeran las incubadoras, actuaron bajo la influencia de las consignas escritas en las paredes, en las cuales confiaban desde que nacieron, a pesar de ver destruida su familia, nación y planeta. Sólo permitieron que se llevaran la comida y cerraron el búnker, pero dejaron galerías menos obstruidas, para facilitar la salida de aquellos compatriotas que allí dormían, cuando despertaran. Ellos murieron de vejez, hambre, vandalismo, enfermedades y una gran mayoría, por suicidio. Y la “nueva gente” continuó naciendo, con menos estatura cada vez. Y aquí los tenemos, capitán, frente a usted.

El corazón del capitán Chen Yandraken Mao Volitzonaveo dio abruptos saltos.

—Cuanta sabiduría, capitán. Los hados, las estrellas, o la suerte, están de nuestra parte. Esa gente, desde hace más de cincuenta años, cuando ya iban a desaparecer de este continente, llegaron aquí, mientras perseguían ratas y se ocultaban de animales peligrosos: perros, gatos y cuervos, en especial. Eran más pequeños, portaban lanzas y antorchas, subieron con dificultad los escalones. Cuando vieron los huéspedes congelados admiraron sus cráneos, y con mucho esfuerzo hicieron agujeros, después, tal vez por accidente o habiendo comprendido otros artefactos en las ciudades, movieron la palanca de apertura manual. Entonces, por primera vez, ocurrió lo mismo que ahora usted está viendo. Luego volvieron con otros, semana tras semana, año tras año, adornaron el evento con cantos religiosos y cuando se dieron cuenta que la talla de sus hijos aumentaba, y resultaron más despiertos que sus padres, retornaron sólo una vez al año, para alimentar con la carne sagrada a quienes no la habían probado y a los niños más pequeños. ¿Lo ve capitán? Los Siete Eminentes Científicos Políticos no previeron esta forma, pero obtuvimos la victoria, el Gran Procedimiento Terminal triunfó. Aunque ni usted ni yo comprendamos la razón, a nivel celular: los genes silenciados despertaron en esta gente. La promesa de nuestro líder eterno se está cumpliendo: comenzó el Gran Salto Adelante y al Espacio Estelar.

Con lentos movimientos, el capitán Chen levantó los brazos, se quitó el casco y lo dejó a un lado. Miles de diminutos ojos voltearon hacia la enorme figura, que desde lo alto los miraba. En el primer momento se oyeron gritos de alarma, después un profundo silencio. De repente una de las mujeres, en la cima de la máquina más cercana al capitán, comenzó a cantar y todos la corearon. Chen, el hombre, comprendió: era un canto mortuorio.

<< ¿Qué es la derrota? ¿Qué es la victoria? ¿Qué es el deber? ¿Qué es la deshonra? >>

El corazón de Chen Yandraken Mao Volitzonaveo, terminó de romperse. Su cabeza se inclinó sobre el pecho; el cráneo, casi calvo y brillante de sudor, reflejó la luz de las antorchas.

Dentro del casco sonó el susurro de Centinela, con una marcha militar de fondo musical.

—Gloria eterna al Honorable, Magnífico y Sagrado, Superior Eterno, líder por siempre. Viva el Gran Salto Adelante y… ¡al Espacio Estelar!

La multitud de “nueva gente” interrumpió la oración, e intentó repetir los sonidos, mientras palmeaba al ritmo de la marcha. Centinela subió el volumen y en la galería los ecos repercutieron cada vez más fuerte.

“¡Gloria eterna al Honorable, Magnífico y Sagrado, Superior Eterno, líder por siempre! Viva el Gran Salto Adelante y… ¡al Espacio Estelar!”

FIN

Una lástima que no todos los lectores captarán las multiples referencias que Joseín realiza en esta historia, porque le quedaron muy buenas.

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p>Muchas gracias Joseín por otra excelente historia. Y si ustedes también disfrutaron de esta historia, no olviden que Joseín también está participando en el Desafío del Nexus de Julio y que pueden votar por él con el botón “Me Gusta” de facebook.

El Mensajero de Bronce

Vuelve a la carga nuestro amigo el escritor Joseín Moros, con una nueva historia para el Desafío del Nexus de Junio:

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El Mensajero de Bronce

Autor: Joseín Moros

Muchos anhelan placeres, pero no están dispuestos a pagar el precio.

Otros ambicionan poder y tienen temor de poseerlo. Intuyen que para conservarlo, tendrían que arrollar sus propias creencias.

Todos ellos desean un guía, alguien que los conduzca por el atajo hacia placeres y poder, pero aunque saben cómo encontrarlo, esperan que venga por su propia voluntad, y sin costo alguno.

Casi nadie sabe que todo es posible: sólo tienes que decir: Sí.

Entre nebulosas recuerdo que había empleado horas ascendiendo la montaña y otras tantas bajando por el lado norte de la cordillera de la costa. El sudor empapaba mi camiseta. Fue uno de los días más calurosos del año. Podía distinguir, lejos y bastante abajo entre la cortina de vegetación, el Mar Caribe, centelleando como una esmeralda licuada.

En la mano tenía mi último juguete: un costoso GPS —lo gané a las cartas contra novatos estúpidos—. Este artefacto me daba información, la mayor parte incomprensible, pero me servía para impresionar mujeres. Advertí unos dígitos y detuve mis pasos. Desde siempre fui jugador y supersticioso, viendo señales positivas y negativas donde los demás nada percibían.

—Estoy a 666 metros sobre el nivel del mar —dije en voz alta, recordando innumerables películas de terror. Ahora me parecen inocentes y carentes de imaginación.

Parte del sendero entre los árboles, hacia mi izquierda, continuaba casi horizontal. No recuerdo porqué decidí tomar esa trocha, oculta por el crecimiento de las plantas, a pesar de que mi grupo de excursionistas había continuado descendiendo por la derecha, según las huellas que dejaron. Cuando apenas caminé unos cincuenta pasos, por poco rodé por el suelo, derribado por la sorpresa. Frente a mí había una estatua enorme, despidiendo una prodigiosa aureola de vida. Parecía esperarme.

El viento enfrió mi sudor y sentí estremecimientos. Saqué una chaqueta del bolso de excursionista y me acerqué a la figura.

Un ángel —pensé, sin poder imaginar cómo algo tan pesado había llegado hasta ese lugar.

Observé su brazo derecho y las piernas; estaban incrustados en el duro terreno, como si la figura hubiera caído desde una gran altura.

Cualquiera diría que atenuó el impacto contra el suelo. La tierra está hundida, hay piedras rotas, ramas destrozadas y hojas recién caídas. ¿Se habrá desplomado hace un momento desde un helicóptero de carga? —pensé con asombro, aunque no había oído uno de esos aparatos volando por allí.

Miré a lo alto, vi árboles destrozados, y quedé tranquilo con mi deducción. Me dediqué a mirar detalles de la estatua. Tenía dos alas inmensas, la textura me pareció similar al bronce antiguo.

— ¿Un mensajero transformado en metal cuando tocó tierra? —exclamé.

Entonces una oleada de vértigo me hizo perder el equilibrio.

Debo estar mareado, me pareció ver movimiento en su pecho —pensé con preocupación, un desmayo en un lugar tan aislado no es algo bienvenido.

Me dejé caer en el suelo. Sentado, sobre la hierba, miré la monumental figura; mientras recuperaba la respiración, intenté imitar un amante del arte, cosa que siempre desprecié.

Es un atleta, pero sus proporciones son anormales. Brazos de orangután y demasiada caja torácica. Esa melena nunca conoció un cepillo, la nuca parece el cuello de un toro y las facciones están demasiado distorsionadas, tal vez por la ira, aunque parecen más o menos armónicas. Lo que más impresiona es la definición de su musculatura y la herramienta entre sus muslos.

Pasé a mi terreno, soy profesional en artes marciales y puedo intuir la condición física de una persona con un sólo vistazo.

Es un cuerpo especializado en luchar mientras vuela. No tiene inscripciones a la vista, ni pedestal —continué elucubrando en silencio.

Toqué el brazo casi enterrado en el suelo. Me retiré de un salto y entonces sonreí por mi estupidez.

Está hirviente porque el sol calentó el metal, debió caer hace un momento. Con seguridad fue descargado de un barco y lo trasladaban enganchado con cuerdas —me dije, para tranquilizar mi corazón sobresaltado. Pero mi explicación era débil.

Me levanté despacio y caminé alrededor del monumento.

Si fuera real sería un oponente formidable. Debe tener unos centímetros por encima de los dos metros, sus aletazos romperían hasta los huesos de un caballo y esos brazos podrían estrangular un búfalo.

Ensimismado con mis pensamientos, de mi bolso saqué naranjas, queso y pan, dispuesto a comer mientras admiraba la figura del guerrero volador. Entonces tuve un impulso: antes de probar bocado, coloqué una ración al pie de la figura. Muchos excursionistas realizan ofrendas a piedras y árboles centenarios; siempre me burlé sin consideración. Ahora, yo estaba ofreciendo comida a una figura de metal, por fortuna ninguno de mis amigos estaba por allí.

—Es para ti —dije en voz alta. Me sorprendió el tono respetuoso en mi voz. Me puse en cuclillas y comí, de manera inconsciente listo para escapar.

Cuando finalicé di otra vuelta alrededor de la estatua.

—Muy bien amigo. Ya me enteraré de ti por los noticieros, con seguridad ya están preparando tu rescate y causarás revuelo en internet. Con tu permiso tomaré unas fotografías.

Fue desagradable descubrir que la batería, de mi teléfono celular, estaba descargada y la cámara fotográfica no funcionó.

—En todo caso no olvidaré el susto —continué hablando.

En ese momento recordé una de mis novias, siempre pedía deseos a las fuentes de agua y a toda figura en las plazas.

Llené mis pulmones al máximo.

— ¡Quiero: dinero, poder, mujeres! —grité, con un alarido que retumbó en la cordillera.

▲▲▲

Continué bajando la montaña, mirando a mí alrededor para no olvidar el sitio, y grabé las coordenadas en la memoria digital del GPS.

—El número de la bestia —murmuré en voz baja, y no me atreví a voltear.

Cuando llegué al poblado encontré unos cuantos excursionistas de mi grupo. Juntos llegamos a la playa y nadamos hasta el anochecer, en ningún momento hablé de la estatua, como si estuviera deseando que nadie la encontrara.

Por fin llegó nuestro autobús e iniciamos el ascenso a la ciudad, por la autopista que traspasa dos largos túneles.

— ¿Qué tienes, Félix? Estas muy callado —me preguntó una de las muchachas, y otros estuvieron de acuerdo en que mi cara tenía una expresión extraña.

—Sólo deudas —contesté sonriendo, para ocultar mi rabia por la pregunta.

—Mira Félix, compré dos billetes de lotería y me quedé sin dinero —dijo uno de mis amigos—, te vendo uno.

—He perdido mucho —contesté, ahora más rabioso por haberme recordado que tenía los bolsillos casi vacíos.

—Hay uno con el 666 al final, no lo había visto —susurró mi amigo. Sentí más frio que el proporcionado por el aire acondicionado del autobús. Hablé intentando parecer natural, mientras sacaba la cartera para ver si tenía suficiente y adquirir ese billete. Nunca pude resistir una llamada del destino.

—Dámelo —dije con rapidez, sin pensar que estaba gastando parte de la renta de mi habitación.

▲▲▲

Treinta día después yo era el feliz poseedor de un lujoso gimnasio, en uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad, además de un enorme apartamento muy cerca de allí.

Al momento de enterarme que había ganado la lotería, busqué en internet noticias sobre la estatua caída en la montaña, pero nada apareció. Hasta dudé sobre aquel acontecimiento, me pregunté si lo había imaginado y decidí regresar al lugar.

Durante horas estuve buscando en la selva. Según mi GPS ya lo había encontrado, pero no había huellas de la estatua, ni de los árboles maltratados que antes vi. De repente sentí una oleada de temor, cuando vi, entre las raíces retorcidas, una serpiente oscura, de amarillos ojos, observándome como si estuviera a punto de hablar. Corrí de regreso, atravesando trochas, desgarrando ropas y piel contra el ramaje; aquellos focos incandescentes aparecieron en mis pesadillas durante varias semanas.

Pasó más de un año y llegué a la proximidad de una quiebra. La vida de placer fue más costosa que mis ingresos. Las deudas se multiplicaron y la pérdida de mis posesiones era inminente, en mi desesperación busqué, como un maniático, un billete de lotería con el 666, y aunque encontré varios no se repitió el milagro.

Una noche, mientras entrenaba con furia contra los sacos de arena, imaginando la muerte de mis acreedores, llegó un nuevo cliente. Cuando lo vi entrar, reflejado por los espejos del salón, no me dejé sorprender por su aspecto.

Debe ser parte de una banda de rock, he visto varios así, aunque no tan grandes —me dije, observando al gigante melenudo de enormes lentes negros, cubierto con una capa oscura desde los hombros hasta el suelo, mientras fue atendido por mis empleados.

Minutos después surgió de los vestidores, ataviado con un ancho pantalón corto. Quedé estático mirando su imagen en los espejos, desde el lugar donde él no podía verme. Clientes y empleados estaban igual de asombrados; la bestial musculatura, el morro de toro y los brazos de orangután, no fueron lo único que nos amedrentó, sino la velocidad, destreza y perfección, con la cual realizaba movimientos de un arte marcial desconocido para nosotros, la mayoría expertos en ese género. Las uñas, de manos y pies, se veían largas y duras; el sudor cubrió su piel bronceada y llegó a parecer una estatua en movimiento, pulida y destellante, reflejando los reflectores del gimnasio. A todos nos llegó el olor de un cuerpo saturado de energía: fétida, violenta, similar a la de un sanguinario depredador, como la que olemos en las jaulas de los zoológicos.

En la danza guerrera vimos un combate mortal, contra innumerables enemigos, emergiendo de todas partes, incluso arriba y abajo. El melenudo parecía luchar en el aire, no flotando, sino desplazándose a gran velocidad mientras escapaba, destruyendo los perseguidores que lograban alcanzarlo.

Estuvo más de una hora en movimiento, hasta que pareció caer en tierra, en la misma posición que tenía la estatua de bronce en la montaña. La madera del suelo sufrió ralladuras de sus garras, ocho sacos de arena quedaron machacados y nunca jadeó. Al final hizo una reverencia, le contestamos, todavía casi paralizados frente a su actuación. Nadie aplaudió, guardamos silencio.

De repente el gigante miró hacia el lugar donde yo me encontraba.

—Tenemos que hablar —dijo una voz rasposa y gutural, con acento imposible de ubicar.

La gente salió de la sala. Nadie hizo comentarios, como si hubieran olvidado lo ocurrido.

El salón quedó vacío, incluso mis empleados apagaron los reflectores. En sus mentes el visitante y yo habíamos desaparecido. Por los ventanales la ciudad iluminaba el recinto, yo continuaba de pie y el individuo también, a unos veinte pasos uno del otro.

Entonces él se acuclilló en el suelo de madera y cerró los ojos. Lo imité. Ahora estaba seguro: el guerrero se proponía combatir contra mí. Un terror desconocido me invadió, no comprendía la razón de este reto. Por la mente no me pasó la idea de huir y me abandoné a la suerte del combatiente, como había sido adiestrado desde la infancia. No era un valiente, sólo estaba bien entrenado para matar, si me encontraba acorralado.

Su voz, atronadora y agresiva, me hizo abrir los ojos.

—Hiciste una ofrenda a mis pies, y pediste un deseo. Ahora quieres mucho más, sin cumplir con tu parte.

La lengua se me enrolló en la garganta. Él habló antes que yo tartamudeara.

—No te engañes porque me ves derrotado. Soy un príncipe de las tinieblas, prisionero de otros como yo, temerosos de mi poder. Fui invencible en lugares diferentes al mundo de los vivos. Existí en la tierra, monarcas sacrificaron multitudes en mi honor, brujas y hechiceros me entregaron sus almas.

Mis ojos no se apartaban de los suyos, despedían odio, y eran brillantes como fuego amarillo.

Y continuó hablando.

— ¿Sabes algo, Félix? Ya no quiero altares, sacrificios, ni fanáticos seguidores dispuestos al exterminio de sus oponentes.

Quedó en silencio y con horror vi brotar a su espalda el enorme par de alas, ahora casi negras. La sonrisa mostró colmillos, como los de un gorila.

—Félix, vine para hacerte una propuesta.

Mi terror fue tan grande que logré hablar.

— ¿Quieres mi alma? —murmuré.

Se carcajeó como un ventrílocuo: fue una sonrisa inmóvil, con el sonido viniendo de todas partes.

—Ustedes siempre iguales, quieren proteger un alma que no están seguros de poseer.

Se puso de pie, con rapidez, y por reflejo lo imité con un salto de gato espantado.

—Muy bien: tienes miedo, pero lucharás.

Asumí posición de combate, sólo mi cuerpo se movió, mi mente se había quedado en blanco.

—Haremos un paseo. ¡Sígueme! —rugió.

En el siguiente parpadeo estábamos en la montaña más alta que domina mi ciudad, un viento frío agitaba los árboles a nuestra espalda. La atmósfera lucía despejada, luces de autopistas, y edificios, brillaban como un firmamento de estrellas multicolor, caído en el suelo, allá en la distancia.

—Sí aceptas mi oferta la ciudad es tuya: serás el amo de casi toda esta gente. Podrás decidir sobre su destino y momento de morir. Muchos te seguirán como a un dios. Lograrás cambiar de identidad cuando pase el tiempo y nadie notará que no mueres. A medida que ganes poder, aumentará tu influencia.

— ¿Vida y juventud eterna? —pregunté, sin mirar al gigante con alas negras.

—Eternidad es una palabra demasiado grande. Puedo asegurarte que podrías vivir millones de siglos.

Por mi mente pasaron escenas de una vida fastuosa y llena de placeres, tal como la ambicioné desde siempre. Me vi en un futuro, emperador de la Tierra, mirando hacia el espacio, planificando tomar lo que me pertenece por derecho de batalla. Torbellinos de ambición desenfrenada me estremecieron, nunca había imaginado que tuviera un apetito tan voraz para los placeres. En el último instante, una luz de alarma se encendió en lo profundo de mi conciencia y levanté la mirada, para observar la cara del gigante.

—Hay una trampa —dije con precaución, dispuesto a saltar antes de recibir un manotazo de aquellas garras de oso.

— ¿Trampa? No es posible, Félix. Si te engaño no podré recibir los beneficios de este sortilegio, tan antiguo como la primera sombra.

Percibí sinceridad en la voz del ángel caído.

Miré hacia la ciudad y como un relámpago, en mi mente se repitieron las escenas de placeres y poder. Experimenté el sabor de licores exquisitos, besos de mujeres con belleza inconmensurable, victoria sobre oponentes terroríficos, en escenas de guerra brutal, sollozo de niños, aullidos de mujer, la embriagues de la sangre y la gloria de sentirme eterno.

Sentí la boca llena de saliva, como si masticara manjares.

— ¿Qué debo hacer? —pregunté, con la resolución de un combatiente suicida.

—Destruirme —contestó, con la mirada fija en las luces de la ciudad.

Volteó para mirarme, con ojos nebulosos.

—Pronunciaré mi verdadero nombre a tu oído. Lo repetirás, deseando mi destrucción, con toda la fuerza del odio asesino: ya sabes que la intención es tan poderosa como su hermana la acción, y atraen el mismo premio o castigo. Tu piedad no servirá. Entonces, te convertirás en el ser poderoso que ya percibes.

— ¿Quieres que te mate? —murmuré con esfuerzo.

—Félix, no estoy vivo como tú: no iré de la vida a la muerte. Sí, me destruirás, serás mi verdugo; cada una de mis partículas se dispersaran en el universo, perdiendo el nexo entre ellas, como se desmenuza un muñeco de barro seco en medio de un huracán. No podrán volver a juntarse y yo habré desaparecido.

Sin reflexión, las palabras surgieron de mi boca.

— ¿Porqué deseas desaparecer por siempre?

—Estoy hastiado de existir. Lo robé todo, menos algo que ahora deseo y tal vez lo encuentre, no lo sé.

— ¿Qué es?

—Paz.

Miré al gigante, sus negras alas estaban plegadas, como un pájaro enfermo. Vi sus poderosos hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza inclinada. Despacio, cayó, de rodillas frente a mí.

Observé los alrededores, como un asesino asegurándose que no hay testigos, y lo miré de nuevo.

¿Cómo es posible que con tanto poder se haya rendido? Odio al derrotado, no hay compasión por quien abandona la batalla —me dije, ahogando la última brizna de simpatía.

Acerqué mi cara a la suya, enorme y terrorífica. Sentí el olor nauseabundo de su cabello, empapado con hirviente sudor viscoso.

—Dime tu nombre —murmuré con rabia.

A continuación hice tal como me propuso. Silbé, lleno de odio, aquella extraña cacofonía y deseé, con la fuerza de cada una de mis células, que el ser alado, allí de hinojos, fuera destruido para siempre.

Ocurrió una implosión de luz, la oscuridad más profunda, que alguna vez experimenté, me rodeó. Cuando empezaba a tener miedo, sentí una poderosa energía fluir por mi cuerpo y con lentitud regresé a la montaña.

No necesité un espejo para reconocerme, ni para observar que podría cambiar de aspecto a voluntad. Un nuevo nombre resonó en mis oídos, en un bautizo tenebroso. Una carcajada gutural surgió de mi nueva garganta, agité las fuertes alas que tenía en la espalda, levanté los brazos musculosos y di golpes sobre mi pecho, como una bestia retadora.

—Ha nacido un ángel —rugí.

<

p align=»center»>FIN

Muchas gracias a Joseín por este interesante relato.

No olvidemos que el autor está participando en el Desafío del Nexus de Junio con esta historia, así que si disfrutaron de su lectura, no olviden votar pulsando el Botón “Me Gusta” de facebook.

El Curador

Regresa a nuestra páginas nuestro amigo Joseín Moros para nuevamente permitirnos disfrutar con una de sus narraciones, en esta ocasión se trata de “El Curador” una historia de Vampirismo en un lejano futuro:

El Curador El Curador

Autor: Joseín Moros.

¿Puede la lucha por la supervivencia justificar cualquier método?

¿Somos responsables por los crímenes de nuestros antepasados?

¿Sólo basta con no repetirlos para obtener la absolución de una familia? ¿O de una raza?

¿Por qué un criminal puede tener un gran talento artístico? ¿Es eso justo?

¿Existe la justicia?

¿Y el destino?

“Las guerras no sólo se ganan con la espada,

lo aprendí en las derrotas.”

Pil.

Amigo o amiga, del futuro o del pasado:

Al momento de iniciar esta crónica, me encuentro en los dominios de El Curador, en el legendario Ubyren Kaserne, inmerso en secretas entrañas del titánico Tepesborg.

Recuerdo muy bien un párrafo, en mi primer cuaderno de notas, cuando uno de mis amigos, Dolk, el organismo artificial con forma humana, me contaba, siendo yo casi un niño:

<< —En la Tierra los poblados fueron construidos unos sobre otros, según demostraron los hallazgos arqueológicos, en cambio las estaciones espaciales, llamadas borg, con el transcurrir de los milenios crecieron en todos los sentidos de su estructura. De manera paulatina adoptaron figuras caprichosas y, como una huella digital, cada una de esas súper estaciones resultó diferente en su perfil. Al no verse obligados a respetar leyes aerodinámicas, preponderó la solución práctica para las nuevas edificaciones erigidas sobre la más vieja carcasa.

—Imagina Pil —me había dicho Dolk—, descender niveles en esos mastodontes infernales, es muy similar a retroceder en el tiempo, tropiezas núcleos humanos con algo que en la Tierra casi desapareció: lenguas diferentes por completo, mantenidas en secreto >>

¿Por qué llegué a este lugar?, —se preguntaran.

Las cosas iban mal. Mi castigada flota logró traspasar los límites de la órbita de Júpiter, liberando un borg tras otro y el triunfalismo invadió la mente, y las acciones, de muchos de mis aliados. Entonces brotaron los casi invencibles Resucitados; tal nombre fue una exageración, en realidad eran descendientes de ejércitos reclutados en aislados territorios de la Luna, Marte y la Tierra, decenas de milenios atrás, para ocupar los kaserne que marcaban frontera de clanes dominantes en esta región del espacio. Sus oficiales tienen fuertes recursos para rechazar ataque mental y la mayoría practican artes oscuras, efectuando horribles sacrificios de sus prisioneros, con la intención de obtener protección en las batallas. Desde siempre se intentó mantener una delimitación estable de los señoríos, pero las continuas refriegas cambiaron tales barreras, varias veces cada millar de años.

Estos kaserne son cuarteles formidables, estaciones espaciales armadas —convertidas en borg con el paso de los milenios—, suspendidos en órbita alrededor del sol, las cuales pueden alterar a voluntad. La organización militar se mantiene y desde allí, con el filo de la espada, gobiernan la población civil de las capas estructurales superiores, cuyas culturas se han diferenciado, de un borg a otro, en magnitud asombrosa.

Cuando los Resucitados amenazaron nuestra expansión liberadora, observé que un lejano kaserne, convertido en súper borg, —su tamaño es superior a la mitad de nuestra luna—, se mantuvo alejado de las batallas. Comprendí que no era por falta de fuerza, su flota, descansada y bien artillada, era casi una octava parte de la totalidad de mis ejércitos en el sistema solar. Decidí ponerme en contacto con sus líderes, en completo secreto. Mucho tiempo atrás, desde la distancia, percibí desconocidas fuerzas oscuras en este lugar del espacio, a pesar de ello, y después de meditarlo, decidí venir en persona, sin avisar a Dolk y el doctor Visdom, mis consejeros. Ellos se encuentran batallando en otros confines, y se habrían negado en dar su aprobación para misión tan peligrosa.

Para el momento, mis tataranietos ya tienen los suyos. Mi apariencia, —no es secreto en las filas de mis oficiales—, se mantiene casi igual desde los treinta años. Envejezco, sí, pero con mucha lentitud. Soy una leyenda viva, en algunos casos me favorece, en otros no, los fanáticos de algunas religiones me consideran un ser maligno y desean llevarme a la hoguera de plasma. Nadie sabe sobre el objeto azul en mi cuerpo, que me invadió cuando niño, y al parecer me proporciona extraordinarias facultades; por precaución las mantengo en gran parte ocultas a mis seguidores. Sólo mi amada, Vell, supo la completa verdad —y murió con el secreto.

Pues bien, a bordo de un navío comercial, —con salvoconducto de MNM, Mineros Neutrales de Marte—, llegué a Tepesborg. Como avispas alrededor del panal, su impresionante flota de guerra gira alrededor de la súper estación espacial. La forma de la titánica estructura me recuerda cuatro guadañas y tres cuchillos, todos de diferente tamaño, apelmazados como si hubieran quedado así luego de un choque, dentro de una atmósfera tan caliente que los soldó unos con otros, formando un cuerpo de metal, y roca, imposible de representar con pocas palabras. La mayoría de los vecinos nunca intentarían molestar sus millones de habitantes, de la misma forma que evitamos acercarnos a un avispero. Mis salvoconductos funcionaron a la perfección: soy un negociador autorizado de la milenaria empresa minera. Un par de generaciones atrás me infiltré en esta organización, diestra en mantenerse al margen de conflictos militares. MNM fue, desde sus inicios, abierta a inversionistas arriesgados —sus riquezas impregnan casi todas las facciones en pugna—, y la corporación siempre finaliza en buenas relaciones con el eventual victorioso.

El objetivo de esta crónica no es hablar de las peligrosas peripecias por las que pasé, para establecer contacto con las verdaderas autoridades que, desde las sombras, gobiernan Tepesborg. No, mi intención es dejar documentada la entrevista con El Curador, en el legendario Ubyren Kaserne, inmerso en secretas entrañas del titánico Tepesborg, como antes dije.

***

Desde las irregulares superficies externas del borg, nuestro sol era un débil punto, fácil de confundir con cualquier estrella. En el interior de la estructura artificial, —con dimensiones que superan la mitad de nuestra luna—, la fuerza de gravedad, y los ciclos noche-día, son producto de la tecnología; esto, para una mayoría de habitantes, es imposible de comprender y han creado sus propias y variadas explicaciones metafísicas del entorno, siempre sorprendentes y contradictorias. Durante mi descenso, por kilómetros de metal y piedra ennegrecidos, atravesando metrópolis enormes, —en casi todas mueren las personas sin nunca haber visto el espacio exterior—, realicé transacciones comerciales muy beneficiosas. Con mi falsa identidad, de poderoso y temerario comerciante, fui sellando compromisos de los magnates de Tepesborg con la corporación MNM.

Una de aquellas noches artificiales, estaba yo admirando el cielo virtual, en la cúpula rocosa de una de las ciudades subterráneas más poderosas: Ubyr la Magnífica, desde la terraza jardín de un modesto hotel. Los edificios, terminados en minaretes, púas y ángulos similares a espinas para empalar personas, —casi todos de color ladrillo quemado, bordados de diseños enrevesados como serpientes agonizantes—, representan una tendencia artística propia de esta ciudad, donde enormes canales de agua cristalina, ribeteados de bosques, la cruzan de manera radial, desde la plaza de los monumentos. La proyección tridimensional de una luna, las capas de nubes ficticias, el paso de estrellas fugaces, y el bosquecillo a mí alrededor, me hizo recordar mi tierra natal y los primeros combates en la selva. El viento agitaba mi túnica —armadura o espada habría sido incompatible con un sencillo comerciante de Mineros Neutrales de Marte—, y de repente percibí la inminente aproximación de una presencia. Un par de minutos después, pareció crearse un suave remolino en la terraza.

Vislumbré la llegada de un ser, con una aureola oscura, extraña y amenazadora. Fue una alta figura, vestida con capucha, túnica y capa, todo de un color ladrillo viejo. No exhibía armas a la vista. Mantuve inmóvil mi cuerpo, se suponía que yo era un pacífico negociante y debía reaccionar como tal.

No es una proyección tridimensional —discerní en mi pensamiento—, proyectó parte de su materia sin utilizar un artefacto tecnológico, desde algún lugar más profundo.

Y recordé otro fragmento de la narración de mi amigo Dolk, cuando me hablaba de borgs y kasernes.

<< En las profundidades de uno de estos borg, más allá de Júpiter, una vez combatí al lado de frailes muy extraños, su idioma parecía ladridos de foca, y su alimento secreto era sangre, extraída de la yugular de bueyes criados en invernaderos, por autómatas muy primitivos. Sus mujeres, pálidas como tiza, tenían cuerpos espectaculares, pero sus hábitos alimenticios infundieron miedo a mis soldados humanos. Estos frailes mantienen vigilancia sobre los niveles superiores de la estructura del borg, y sobre el espacio exterior, a través de una eficiente red de espionaje. Acumulan información y la transcriben, se consideran bibliotecarios del conocimiento humano, me dijeron haber sobrevivido “innumerables edades media”, así llaman los varios periodos cuando la oscuridad cayó sobre la raza humana en todo el sistema solar, durante el medio millón de años transcurrido desde la Era de la Expansión Conquistadora, hasta ahora >>

La figura, tan quieta como una roca, movió el hombro izquierdo y habló.

—Dices llamarte Marcopolo Davinci —dijo mi visitante, en dialecto propio de algún lugar perdido en las antiguas estepas asiáticas, con voz nacida en otro sitio de las profundidades de Tepesborg—, escogiste un nombre de iniciado, con significados secretos: implica viajes y conocimiento adelantado a tu época. Debe haber una razón importante para elegir esa combinación. ¿Quién eres, y cuál es tu misión?

A pesar de las semanas transcurridas en mis negociaciones, tratando con líderes civiles, era la primera vez que veía uno de los frailes pertenecientes a la clase dominante en Tepesborg, al parecer preferían las regiones más profundas de la súper estación espacial, que para el momento yo estaba —en cierta forma—, invadiendo. Tenía que seguir mintiendo y él lo sabía, sin embargo la respuesta debía darle información útil. Decidí no preguntar su nombre, me daría uno falso, estaba seguro, pero era alguien a la cabeza de la organización, si no el máximo jerarca del borg.

—Desde milenios, Tepesborg mantiene dominio sobre muchos borg—contesté con lentitud, en el mismo dialecto que utilizó —; tengo información de un gran golpe contra ustedes, concertado por la unión de una mayoría. Los ejércitos libertadores, en su interrogatorio a prisioneros, la obtuvieron. Por fortuna, la presente guerra distrajo las fuerzas de los conspiradores, pero van tomando ventaja. Si los libertadores no se recuperan, con lo mejor de los Resucitados caerán sobre tu borg, y destruirán su núcleo. Entonces, el legendario Ubyren Kaserne pasará a otras manos, si no es destruido en la batalla.

El fraile produjo un sonido, como el cloqueo de un ave de rapiña, no era una risa, fue una exclamación de sorpresa y rabia. Entonces cambió al lenguaje oficial en transacciones comerciales y militares, en el sistema solar.

—No es nada nuevo —dijo—, los dejamos conspirar, cuando se están volviendo amenazadores hacemos una poda de los más peligrosos. Y continuamos nuestro juego.

—Hay algo que no sabes —agregué, bajando la voz—; para reforzar tu influencia, hace apenas un milenio ustedes movieron la órbita del borg, algo más hacia fuera del sistema solar. Ahora esta posición es mortal.

Sacó las manos enguantadas fuera de las amplias mangas de la toga; eran grandes, casi podrían atrapar mi cráneo como una pelota.

—No hay debilidad en nuestra posición. Dio resultado —dijo con voz grave—, sólo tardamos más tiempo en completar la órbita, ahora la recorremos en veinte años terrestres, a la misma velocidad de traslación de Júpiter. Nadie se atreve a interferir en nuestra franja de espacio, al otro lado del sol. Volveremos a pasar por allí o enviamos parte de nuestra flota. Nada puede enfrentarnos.

Con un sacudón, de su cabeza, la capucha cayó atrás. Me pareció estar frente a una estatua de mármol blanco. Era pálido, similar al abdomen de un lagarto de las cavernas. La cabellera, negra, tenía fibras como hilos de brea, entretejidos en innumerables y delgadas trenzas, largas hasta la espalda. Entonces sonrió. La dentadura perfecta, blanca y brillante, rodeada por labios cárdenos, dejó brotar una lengua negra y puntiaguda, terminada en un orificio que palpitaba como si quisiera succionar mis arterias. Sus ojos, azul verdoso y brillante, respondían a la luz como las esmeraldas de Marte, cambiando su tonalidad al violeta y tornando al color inicial.

Mi cuerpo quedó paralizado, el fraile saltó hacia mí, similar a una araña-tigre, las enormes manos enguantadas aferraron mis hombros, sentí presión, como si fueran reales, se inclinó, la negra lengua tocó la carne de mi cuello y percibí un sacudón eléctrico en la garganta. Me di cuenta que no podría succionar mi sangre, pero el apretón estaba aumentando y podría romperme los huesos, mientras que la descarga eléctrica dejaría paralizado mi músculo cardíaco en un instante más. Quedé impresionado por aquel despliegue de fuerza mental, a pesar de la distancia que debía haber hasta el lugar donde el cuerpo real del fraile se encontraba.

Apenas habían transcurrido tres décimas de segundo desde que se inició el ataque, levanté ambos brazos y atrapé las gruesas muñecas, sus ojos mostraron desconcierto, no comprendió cómo pude aferrar su imagen inmaterial, entonces debió sentir que yo estaba ahora en su mente y trató de sacudirse, aunque era más alto lo forcé a soltarme y caer de rodillas, mi pierna izquierda lo pateó en el pecho, y sin producir sonido rodó hacia atrás. Se levantó de un salto, con la misma expresión de un chacal-hiena acorralado. Antes de brincar se controló y quedó derecho, en la misma pose que tenía cuando llegó. Percibí que sufría dolor, en el lugar donde la punta de mi bota había hundido sus huesos. Debería estar muerto, si hubiese sido un ser humano corriente, pero ya se estaba recuperando.

—Hay mucha fuerza en tu persona —me dijo, controlando su furia—; a pesar de eso corriste mucho riesgo viniendo solo. Debes conocer algo que supones valioso para mí. ¿Qué deseas a cambio?

—Alianza con tus ejércitos, y te diré cómo evitar tu próxima destrucción bajo ataque enemigo.

Arrugó la frente, como lo hace una persona muy joven. No tenía marcas de envejecimiento en la piel. En su boca comenzó a dibujarse un agresivo: no.

—Les resultará fácil —agregué con rapidez—, tu flota estará destruida y tus defensas de superficie, del lado opuesto al sol, ya no existirán, sin que enemigo alguno te haya atacado.

Me estuvo observando durante un segundo. La expresión en su rostro cambió, ahora lucía más temible, con la serenidad de arena movediza impregnada de sanguijuelas.

— ¿Puedes ver el futuro, Marcopolo? —su mirada brilló aún más.

—Un muy posible futuro —contesté.

Pareció inspirar con potencia, y movió la cabeza, como si pretendiera negar alguna idea profunda.

—Debes ser Pil. Poderío, conocimiento de extrañas lenguas, juventud. Oigo de ti desde hace tiempo.

Continué inmóvil.

Entonces dejó de negar.

—Acepto —dijo, pronunciando con solemnidad, luego hizo una leve inclinación, yo lo imité.

— ¿Cómo ocurrirá? —preguntó, con voz muy grave.

—Al cabo de dos meses terrestres, cinco días y cuatro horas —dije, alzando la voz—, la tormenta de hielo, que ataca nuestro sistema solar desde hace un par de siglos, dará un latigazo contra este borg. Casi de inmediato recibirás el ataque mortal de tus enemigos.

Vi en su cara las escenas que imaginaba: millones de enormes aerolitos de hielo, destrozando su armada y la superficie de Tepesborg. Dio un corto paso al frente, yo no me moví.

—Si ofreces negociar es porque conoces una forma de evitarlo —y mirando hacia lo alto gruñó como un lobo.

—No de evitarlo. Podrás disminuir pérdidas, impedirás el ataque instantáneo de los Resucitados, salvarás la flota y Tepesborg.

Volvió a sonreír, ahora con desconfianza visible.

— ¿Por qué no te retiras, dejas que todo ocurra y vuelves con tu “liberación”? Tal vez los puedas sorprender mientras nos atacan.

Junté las palmas de mis manos y lo miré a los ojos. No era fácil retar su mirada.

—No sé quién eres —dije—; sin embargo, veo que has cultivado inmensa fuerza mental, y cuentas con tiempo de vida para dominar el sistema solar, si te lo propusieras. No lo hiciste, ni lo harás, prefieres mantenerte en la oscuridad y el anonimato, debes tener un objetivo diferente, de particular naturaleza.

A continuación levantó la cara, su carcajada me pareció la risa de un chacal-cóndor, atacando humanos en mi tierra natal. Luego, casi gritó al principio de la frase, y la culminó con un susurro.

— ¿Piensas que alguien, como yo, tiene una “noble misión”?

Mi respuesta fue inmediata.

—Alguien como tú, se vio obligado a tomar una decisión trascendental, o desaparecer, como se extinguen los depredadores de una especie dominante.

Vi en sus ojos una expresión incomprensible. Vislumbré parte de sus emociones: eran algo parecido a lo experimentado por un poderoso dinosaurio, si tuviera la inteligencia de advertir que un ser, tan escuálido como el humano, había superado fronteras que su especie nunca pudo. Al final sonrió, sin mostrar los dientes, como lo hace un adulto ante una estupidez dicha por un niño.

—Uno de mis nombres es: Camazotz —dijo, con voz calmada, y le hice una reverencia.

— Marcopolo Davinci, es uno de los míos —agregué, y él se inclinó con elegancia.

Como un relámpago apareció otro ser. Su armadura casi me sorprendió, estaba entre los diseños más antiguos que había visto, pero dotada de la hermeticidad necesaria para combatir en el vacío estelar. Portaba una espada curva, la visera levantada y la terrible cara, de color purpúreo, con negros y caídos bigotes, mostraba una fiereza brutal. Ojos grises y pequeños, con la región blanca cubierta de vasos casi sangrantes, me observaron con expresión demencial. Los grabados, en las placas metálicas, narraban una historia de batallas y torturas de una violencia terrible. Pude ver castillos y montañas, en el escudo que sostenía con en el brazo derecho, y un penacho, de cabelleras humanas, caía a los lados del yelmo.

Es la inteligencia artificial que administra toda la estructura tecnológica de Tepesborg —pensé, admirando la perfecta proyección tridimensional —, debió ser, desde el principio, la misma que rigió el puesto militar Ubyren Kaserne, hasta que evolucionó a borg, el actual Tepesborg.

—Soy Bela —dijo, con voz clara, tonante y marcial—, a sus órdenes, comandante Marcopolo.

A continuación nuestra conversación se tornó técnica. El silbido del viento y los relámpagos de una tormenta, fueron el fondo sonoro de la entrevista. La lluvia no me llegó a mojar, detenida por un techo transparente que nos cubrió.

Los acuerdos fueron simples, pero rígidos como el diamante. Sus ejércitos quedaron a mi disposición — por tiempo limitado—, y, para la fecha de la avalancha de meteoritos, la flota estaría en zona más segura, a corta distancia de Tepesborg. Lo más lento y arduo se inició de inmediato: alterar la órbita del borg, sin causar daños internos con la disminución de velocidad y el desplazamiento simultáneo, para retardar el momento cuando Tepesborg encontrara la ruta de los meteoritos. Mientras hablaba con Bela, Camazotz exhibió razonables conocimientos tecnológicos de la súper estación espacial, noté en su hablar un infantil orgullo por sus juicios, que no pudo ocultar.

—Nuestros instrumentos confirmaron la trayectoria de los meteoros —observó Camazotz—; ¿cómo lo descubriste? Detectar esos aerolitos es tan difícil como encontrar un insecto específico, en la superficie del océano terrestre, mirando desde la luna. Tienes que saber primero dónde buscar.

—Mi visión de un posible futuro, donde Tepesborg fue destruido, me orientó para buscar en la zona adecuada.

—Me gustaría tener ese poder. Tal vez todo sería diferente.

—Tal vez, tienes razón.

—Dime, Marcopolo, si puedes ver el futuro: ¿has encontrado situaciones donde tu final es inevitable? Y si ocurrió, ¿cómo pudiste seguir adelante en el tiempo? ¿Saltaste de alguna manera al futuro, para sortear el instante mortal?

Recordé mi infancia.

—Ocurrió. Yo todavía era un niño. Mis amigos y yo esperábamos morir. Lo hice sin saber cómo sucedió. No fue un salto al futuro, no. Fue al pasado. El tiempo es el Círculo Mágico, sin principio ni final.

Se inclinó, mostrando sólo agradecimiento por la respuesta. Fue evidente que no la comprendió, por completo, y no se le ocurrió otra pregunta.

Un momento antes de esfumarse, junto con Bela, me informó:

—Marcopolo, vendrá un séquito de honor, para trasladarte a mi lugar de trabajo. Cuentas con mi hospitalidad, nadie intentará atacarte.

***

La guardia de honor, que vino por mí, era aterradora. Fueron seis mujeres y cuatro hombres, vestidos de manera similar a Camazotz, pero bajo la tela había armadura y espada; todos se veían pálidos como su líder. No contaban con tanto poder mental como él, descubrí cuando exploré sus mentes con relativa facilidad. Mostraron lenguas negras y flexibles, —con el agujero palpitante—, moviéndose como saboreando el aire. Viajamos en un vehículo grande como un vagón de tren, flexible, similar a un gusano corto y regordete. Recorrimos túneles estrechos, cruzamos ciudades con aspecto de muy antiguas, incluso en algunos territorios parecían no conocer la iluminación eléctrica. Un sol y una luna, ambos proyecciones virtuales en cada territorio, iluminaban sus nebulosos cielos ficticios. Me asombró la gran densidad de población y lo atareados que se veían en campiñas y zonas industriales. Sin embargo quedé satisfecho por el momento: no había esclavitud ni crueldad extrema, eran sociedades feudales, controladas desde bambalinas por los frailes guerreros, que casi nadie conocía en persona.

Cuando emergimos, por un agujero en el techo, detrás de otro cielo virtual, el vehículo bajó como una grotesca sabandija, aferrado a la roca con garfios móviles y ayudado por su capacidad para contrarrestar la artificial fuerza gravitacional. Desde allí, observé el panorama, a través de la nubosidad que ofrecía la proyección del cielo nublado, bajo el simulado y débil sol en un horizonte de cordilleras nevadas.

Distinguí una formidable pirámide, mayor a las que había visto en pantallas de mi ciudad natal. Un castillo, en la tundra fría, proyectaba poder oscuro, como un mausoleo maléfico. Sus torres eran de roca gris, cubierta de musgo y enredaderas. Casi lo rodeaba un lago medio congelado, y manchones de nieve cubrían grandes sectores del terreno. En este lugar vi poca gente, y en las montañas las manadas de lobos corrían detrás de alces enormes, compitiendo con osos de talla descomunal. Había imaginado encontrar cuarteles, con campos de entrenamiento para los frailes guerreros, pero no fue así, luego los vi en el interior del castillo, que también tenía otra función.

En la fortaleza de piedra, la mayoría de las estancias contaban con atmósfera controlada, para proteger las innumerables obras de arte que allí conservaban. Hasta los objetos más insignificantes eran piezas únicas: lámparas, espadas, armaduras, alfombras, pinturas, mobiliario, copas y botellas, incluso las piedras de la fortaleza, traída desde la Tierra, eran auténticas antigüedades, como supe después.

A Camazotz le gustaba beber licor y conversar hasta pasada la media noche y una vez, mientras yo cenaba, dejó escapar frases en tono adolorido. Estaba de pie, tenía la mirada perdida en el fuego de la chimenea, a un lado de la enorme estancia iluminada con velas. Yo había observado que trataba las llamas con mucho respeto.

—Este castillo y la pirámide, los rescaté de la Tierra, mucho antes que Tepesborg fuera tan grande, para entonces podía maniobrar con mayor facilidad. Yo había tomado decisiones importantes…

Guardé silencio, casi ni respiré, no quería interrumpir ese instante mágico, en que tal vez expondría valiosa información. Camazotz se dio cuenta de mi emboscada y sonrió, sin mostrar su lengua negra y palpitante. Pareció satisfecho de haberme descubierto. Yo también sonreí, como un niño atrapado en un acto reprensible. Estaba apareciendo una comprensión mutua de nuestras existencias: nos hallábamos siempre a la defensiva.

—Desde el principio de la primera edad media, en la Tierra —dijo, de nuevo mirando al fuego—, que los historiadores posteriores olvidaron por siempre, me convertí en fraile. Encontré seguridad, aislamiento y una ocupación intelectual que nunca antes tuve oportunidad de conocer. Un religioso, creyéndome víctima de una terrible enfermedad, me ocultó en catacumbas e inició la cultura que ahora poseo. Protegí su congregación, haciéndola perdurar hasta los inicios de la Era de la Expansión Conquistadora, como ustedes llaman la exploración del espacio con las primeras estaciones espaciales viajeras, llenas de colonos.

Tamborileó con sus largas uñas, blancas como leche congelada, y sacó partículas en la dura pared de piedra.

—Fue para entonces, cuando me di a la tarea de buscar a mis congéneres. La mayoría de ellos permanecía bajo tierra. Eran cuerpos diseminados por el globo, en estado que los primeros humanos llamaron “larvae”, los “no muertos”.

Camazotz tomó un largo arpón, de blanca punta con manchas amarillentas, que estaba colgado en lo alto de la chimenea. Mis ojos no se apartaron de sus manos.

—Logré colocar los mejores de mi gente en otros conventos, de frailes y monjas. Estas personas, en general, eran crédulas. Los convencíamos de haber nacido monstruosos, por culpa de una prueba que debíamos superar con vidas piadosas. Desde la prehistoria, algunos de nosotros logramos infiltrarnos como guerreros dentro de las filas de humanos, en terribles escenarios alrededor del globo. Ganamos fama, en muchos casos hasta nos consideraron semidioses. Mira esta lanza, Marcopolo. La hice con hueso de mamut, con ella me gané un puesto de líder entre tribus humanas, e intenté procrear con tus mujeres. Fue inútil, engendré seres poco parecidos a mí, bestiales como perros de presa: recuerda tantas leyendas de seres mitológicos, y estúpidos, que aún persisten. Esta frustrante situación la experimentaron hombres y mujeres de mi gente, muchas veces en la historia, cuando pretendieron obtener prole con ustedes.

Devolvió el arma a su lugar y pareció hastiado de continuar hablando.

—Eso es todo, Marcopolo. Al final nos enamoramos de nuestra prisión: amamos transcribir documentos, aprender de ustedes, guerrear para ustedes. Aunque algunas veces, y de corazón, mi gente murió por tus efímeras banderas, o por esas estatuas, erigidas a próceres ególatras que ahora nadie recuerda; eso forma parte de nuestra falsa sensación de vivir en esta larga muerte. No nacimos creadores, sólo somos adoradores de las artes, que nunca lograremos saborear desde su interior.

Camazotz me dio la espalda, por un instante creí haber visto humedad en sus ojos de fiera. Continuó hablando con voz grave.

—Mañana en la noche te mostraré el interior de la pirámide, es la más grande, estuvo oculta dentro de la arena, y nunca fue descubierta. Muchos de nosotros ayudamos a construirla, arrastrando bloques de piedra, y lloré al verla finalizada. Una de las veces que regresé a la Tierra, me la traje, junto con este castillo, el cual fue mi fortín en un tiempo, ahora ambos son biblioteca y museo. La pirámide te gustará, allí hay centenares de documentos dados por perdidos, los salvamos de la barbarie en bastantes oportunidades, de nuevo están en peligro y repetimos nuestro trabajo. Son nuestro tesoro, la razón de nuestra vida, creados por una especie que envidiamos. Tampoco despreciamos el sabor de su sangre, ni amar sus mujeres. A las nuestras ustedes les parecen aburridos para el sexo, pero hemos tenido casos interesantes, para muchas obras literarias que también podrás conocer.

***

Otra noche, mientras esperábamos el arribo de los aerolitos de hielo, Camazotz se ausentó. Me había confesado, con claridad, que más o menos una vez al año sus cuerpos exigían sangre de un ser vivo, a menos que estuvieran en letargo indefinido. Para el momento no tenían prisioneros para ejecutar, y debió ir a cazar a las montañas. Succionar los insípidos bueyes de invernadero, ellos lo dejaban para cuando realizaban largas expediciones en la escuadra de guerra.

Cuando uno de los anacrónicos autómatas —exhibiendo articulaciones de principio de la tecnología de tales máquinas—, terminó de servirme la cena en el gran salón iluminado con cientos de velas sobre lámparas circulares, colgadas del techo, llegó una mujer de belleza clásica. Me pareció una de esas antiquísimas estatuas, que había visto en pantallas. Sus ojos verde-azules me observaron, como un gato mira a un raquítico ratón

—No te levantes, Marcopolo, sigue comiendo —me dijo, con voz seductora—, uno de mis nombres fue Lilith, eres un hombre culto y puedes deducir al respecto. Tus imaginativos escritores crearon mucho sobre mí, bastante lejos de la realidad.

Vestía túnica rosada, translúcida y bordada con delgados hilos dorados. Ninguna otra vestimenta la cubría y la cabellera, negra y brillante, caía hasta la punta de sus nalgas. Los pezones casi rasgaban la tela, eran de un rosado oscuro, como sus labios, y la lengua, roja como la sangre, poseía el amenazador agujero palpitante.

—Ya te había visto, Lilith —dije—, desde mi habitación en la torre de huéspedes. Esta madrugada te oí llegar, acompañada de varias damas. Las vi disfrutando de un baño helado en los estanques. La alegría de sus risas me despertó.

Ella lanzó una carcajada cristalina, tal vez recordando cómo lucían ellas, bajo la luz de la luna, desnudas y cabalgando desenfrenadas en el agua, sobre fragmentos de hielo. Observé que las uñas de sus manos y pies eran sonrosados, mucho más intensos que la piel.

—Te intrigan los colores de mi cuerpo. Estuvimos de cacería en las montañas, y nuestra palidez se atenuó. Somos muy exigentes con el aseo personal, Marcopolo. No queremos contaminar nuestro museo. Las obras de arte se tornan cada vez más frágiles, podríamos hacer copias, pero esa belleza, de la pieza única e irremplazable, no hay forma de imitar.

Entonces comprendí parte de la obsesión de Camazotz y su gente, por las obras de arte. Aunque ella pareció leer mi pensamiento, yo sabía que no tenía tanto poder, si hubiese querido habría podido mirar la profundidad de su conciencia; sólo fue su gran intuición.

—Tienes razón, Lilith —contesté, admirando su figura primorosa, y sintiendo calor en mi sexo—, nuestra alma se estremece ante la vista de tales bellezas.

Ella irguió el pecho y levantó la quijada, mostrando la suavidad de su cuello y la curva de los senos. Yo los miré con éxtasis, y por el efecto de la luz de la chimenea, el vello púbico resaltó bajo la tela rosada, cuando con sutileza adelantó la cadera.

Había dado con mi punto débil: mi respiración se agitó, sentí rugir la sangre en mis oídos, la copa de vino cayó de mi mano, una vehemencia incontrolable se apoderó de mi pecho, la presión de mi sexo contra la toga pareció la desesperación de una fiera por salir de la jaula, me levanté, empujando la silla hacia atrás, y ella dejó caer su túnica, apoyó la espalda en una columna de piedra y adelantó las caderas, con las piernas separadas, esperando mi acometida.

No sé como retrocedí, sin dejar de mirarla continué de pie.

—Nunca olvidaré haberte visto, Lilith —expresé—, balbuceando las palabras, y agregué en voz baja—: deseo recordarte así, bella y lejana.

Sus ojos centellearon, y me dio la espalda, igual que una vez lo hizo Camazotz, cuando creí que el llanto estaba en sus ojos. Entonces giró de nuevo y con valentía no ocultó sus lágrimas, el cuerpo desnudo reflejaba la luz del fuego.

—Sí, Marcopolo, somos un adorno para observar desde lejos, por unos pocos que aprecian su perfección. Lo sabemos, no tenemos la capacidad de crear, y nos extinguimos con lentitud. Llegará el día en que el último “oper” morirá: en el destello de una nave alcanzada por un rayo de plasma, bajo lanzallamas de soldados ignorantes, o decapitado por alguna espada con un refinado hechizo.

Entonces guardó silencio, comprendiendo que habló de más. Inspiró con lentitud y recuperó la calma. El término “oper” quedó grabado en mi memoria, sin querer me había revelado una de las denominaciones, tal vez despectivas, esgrimidas por ellos mismos. Me pregunté sí el doctor Visdom la conocía.

—Estoy agriando tu cena, Marcopolo —dijo con voz casi alegre, sin preocuparse por su desnudez, y tomando un vino rojo para beber de la botella—, ¿de qué prefieres hablar?

—Historia, Lilith; si me lo permites. Eres testigo del nacimiento de la humanidad, y hay cosas que nadie ha narrado con la verdad.

***

Y llegó la tormenta.

Conocíamos con exactitud el momento de los primeros impactos. Yo estaba en Ubyren Kaserne, solo en mi habitación, mirando desde la torre del castillo hacia las cordilleras nevadas, en una mañana gris y llena de copos blancos flotando en la atmósfera. Mi contacto mental, con los comandantes de mis ejércitos, había ocurrido casi de continuo, desde que Camazotz aceptó el trato. El efecto visual era perfecto, el cielo virtual hacía parecer que más allá continuaban grandes territorios, en lugar del techo cóncavo, de metal y roca, que en verdad había.

Camazotz, y parte de su pálida gente, se hallaban en la metrópoli subterránea: Ubyr la Magnífica.

En las primeras cuatro horas, la flota de guerra, a pesar de encontrarse en un área que se esperaba fuera segura, recibió daños en el dos por ciento de las naves y Tepesborg sufrió bombazos, considerados como menores; casi no hubo bajas, debido a la previa evacuación de gente y equipo valioso.

Entonces llegó la segunda tormenta, fue uno de esos acontecimientos, ahora lo sé, que suceden cuando creemos habernos aprovechado de una visión certera del futuro. Sólo con amargas experiencias, — como ésta—, lo aprendí.

Miles de escuadras de Resucitados surgieron tras los últimos aerolitos de hielo, llegaron en fragatas de abordaje, y contaban con el efecto sorpresa en la confusión de la tragedia natural. Habían aprovechado la inmensa masa de fragmentos para acercarse, sin ser detectados, y atacar como una manada de sanguinarios tiburones a un rebaño de lentas ballenas adormiladas. Después descubrimos que, dos meses atrás, su alto mando observó los cambios iniciados en la órbita de Tepesborg, investigaron tan extraño y sospechosa maniobra, y descubrieron la razón. Concentrado en salvar Tepesborg y su armada, subestimé la preparación técnica del enemigo.

Junto con las fragatas de abordaje, que atacaron la flota, llegaron tropas en descomunales cruceros lamprea. En un instante se adosaron alrededor de los cráteres, producidos por los bombazos de hielo sobre la superficie de Tepesborg, penetraron como lo hace una infección en una puñalada y la arena en un agujero. En las más importantes batallas, en el sistema solar, las estructuras producto de la tecnología son el botín principal. No hay escrúpulo en asesinar de la manera más salvaje, pero arruinar: instalaciones, autómatas, armas, navíos, es un acto autodestructivo, un suicidio, en la mayoría de los casos. Para sobrevivir, en el espacio, todo artefacto tecnológico es vital y su ausencia puede ser la propia muerte. “El mejor guerrero mata sin rasguñar la armadura de su enemigo”, era un dicho conocido.

Destrozando compuertas, con sus rayos laser de baja potencia, los feroces Resucitados penetraban más y más en las entrañas de Tepesborg, sin encontrar resistencia en kilómetro tras kilómetro de las zonas evacuadas. El objetivo estaba claro: tomar Ubyren Kaserne, el núcleo de mando. Y en ese lugar yo me encontraba.

Todo había sido rápido, y confuso. En los primeros instantes, los estallidos de portones los oficiales de la flota los atribuyeron a más aerolitos, que de manera esporádica continuaban golpeando. Igual fue en el interior de Tepesborg, las explosiones de compuertas internas se confundieron con las producidas por los incendios, motivados a los impactos del hielo. En los iníciales, y sorpresivos choques, ambos ejércitos lucharon con armas de baja potencia —con limitadas cantidades de proyectiles de plasma—, y pasaron a las espadas. Cada soldado protegido por su armadura hermética.

Como antes dije, yo me encontraba en Ubyren Kaserne, en la torre del castillo donde me alojaron, observando cordilleras cubiertas de nieve, en una mañana gris y llena de copos blancos flotando en la atmósfera. De manera intempestiva percibí los gemidos de los moribundos, las imágenes del ataque me llegaron, fue otra tormenta, pero de sangre.

Camazotz estaba a bordo de uno de los transportes, similares a orugas, rodeado con parte de su ejército de frailes. Hombres y mujeres se confundían bajo las togas y capuchas, la punta de sus espadas tropezaba con las paredes del transporte, donde todos iban de pie. Estaban finalizando la inspección de un área, donde uno de los proyectiles de hielo había penetrado muchos kilómetros, recorriendo un túnel de carga; por todas partes los autómatas efectuaban reparaciones de emergencia.

Arrugó la cara cuando mi grito resonó en su cráneo. Entonces reaccionó, dejando a un lado la sorpresa por la facilidad con la que ahora invadí su cerebro y comenzó a gritar órdenes por los sistemas de comunicaciones, a medida que le fui indicando en qué lugar se encontraba el grueso de los invasores dentro de Tepesborg.

Ante la gravedad de la emergencia, decidí informar a la flota yo mismo. Imité la voz de Camazotz, ladré instrucciones a las naves, en el interior de cada una de los puentes de mando, como si brotaran de los altavoces. Durante casi una hora dirigí operaciones de combate, asumiendo su identidad, tanto en los navíos como en los comandos internos de Tepesborg, que tenían daños en el sistema de comunicaciones.

Fue entonces cuando descubrí el resto del plan enemigo. Percibí una fuerza oscura en el vacío estelar: era la armada de confabulados, esperando para rematar el golpe. En ese instante nuestras pérdidas eran muy graves, más de la mitad de la flota quedó inutilizada, los puentes de mando fueron destruidos en esas naves y sus tripulaciones se batían a muerte, la mayoría llevando las de perder. La situación en Tepesborg era menos adversa: la invasión al Ubyren Kaserne estaba frustrada, por el momento. Ya la armada enemiga se aproximaba, y nos encontraría diezmados y desorganizados. Mi corazón casi se detuvo cuando la vislumbré: cuadruplicaba en número la de Tepesborg, cuando estuvo completa. Entonces un enorme navío, bien escudado en la retaguardia, llamó mi atención por la densidad de energía maligna que emitía. Su estructura era diferente al resto, más parecía un aglomerado de grotescos palacios, tan grande como el monte Everest de la Tierra.

Estúpidos jactanciosos —pensé con desagrado, cuando escarbé pensamientos de sus líderes—, están seguros de la victoria y vinieron a presenciar las operaciones. Ya discuten, a distancia, cuál será el botín de cada uno, con los comandantes de las naves.

Me dejé caer sobre el empedrado de la habitación, y concentré mi pensamiento.

— ¡Camazotz! Observa —grité con mi mente.

El fraile percibió la imagen que proyecté en su conciencia y emitió un rugido desesperanzado. La inmensidad de la flota enemiga quedó atrás, y vio el palacio flotante, parecía un aglomerado de conos cristalinos, brillantes de luces y erizados de cañones de plasma.

El fraile no se resistió a mi intromisión mental y se recostó a la pared del pasaje oscuro, donde a filo de espadas, habían destruido una legión invasora.

Se estacionaron muy lejos, no los podemos atacar con nuestras proyecciones —dijo Camazotz.

— ¿Cuántos de los tuyos pueden hacerlo? —pregunté.

—Demasiado pocos. Aquí a mi lado, sólo tres mujeres y dos hombres. Pero de nada sirve, ni yo puedo ir tan lejos.

Acuéstense en el suelo —ordené, cuando me introduje en la mente de cada uno, luego que supe quienes podían hacerlo—, abran sus defensas para mí, puedo transportar a los seis. Atacaremos el puente de mando. Que sus cuerpos los proteja el resto de la patrulla, para que no los sorprendan mientras están en trance. No garantizo el regreso de los que fallen en su concentración mental. Saben qué significa.

Una mente enloquecida, en un cuerpo inútil. Sí ocurre, que me incineren, lo mismo con cualquiera —dijo Camazotz, intentando disimular su sorpresa por la magnitud de lo que yo proponía y la forma como, de manera simultánea, casi me había apoderado de la mente de los mejores de ellos.

Todos aceptaron, entre las mujeres estaba Lilith, había enfundado su espada ensangrentada. Volamos como negras manchas sobre tinta china. Atravesamos las paredes metálicas de Tepesborg, surcamos el espacio estelar y penetramos el palacio flotante. Me fue fácil encontrar el oculto puente de mando: había tormentosas negociaciones entre los diez señores feudales, confabulados en la conspiración. Los rodeaban sus respectivas escoltas de Resucitados: tres oficiales de alto rango por líder, con la indumentaria de combate.

Cuando surgimos, yo había adoptado una indumentaria similar a la de los frailes. Las siete sombras rojizas saltamos sobre los treinta oficiales que ya estaban advertidos. Habían presentido los frailes antes que aparecieran y sacaron las espadas malignas, eran de los mejores entre los Resucitados.

Imité la técnica de mis compañeros: una rápida electrocución de los enemigos. Las espadas hechizadas, de los Resucitados, causaron daños en los frailes, pero en menos de ocho segundos los escoltas cayeron, y nueve de los señores. Todo bajo las cámaras, transmitiendo a los mandos de cada nave, debido a la conferencia en cadena que tenía lugar.

Yo tenía claro mi objetivo y salté sobre él, después de eliminar cinco militares y antes que lo mataran los frailes. Lo aplasté contra la consola de mando. Era un hombre muy gordo y enorme, con fuertes músculos bajo las capas de grasa, cubiertas con ropajes enjoyados.

Ordena la retirada de todas las fuerzas —y agregué en su mente, sólo para él—, o te llevo conmigo. Conocerás hambre y dolor, por siglos no te permitiré morir.

Resultó un valiente. Se irguió y dio órdenes secas, después de informar de la situación, aunque sabía que todos lo habían presenciado a través de las pantallas. De improviso, una cincuentena de oficiales, con gran violencia, entró a la cabina, sólo quedábamos él y yo; para el momento ya había enviado de regreso a Camazotz, y los frailes que me acompañaron Sabía que iban mal heridos, aunque nadie lo notó.

Frente a las cámaras, que habían filmado el ataque, y continuaban transmitiendo a cada nave, ocho de los Resucitados lanzaron tajos con sus espadas malignas, los dejé pasar, mi cabeza permaneció en su sitio y los hombres retrocedieron aterrorizados, con las espadas fundidas como cera. Decidí dejarlos vivir, para que en persona contaran su historia, eso contribuyó a que los frailes guerreros fueran mucho más temidos durante largo tiempo.

Hablé con voz estremecedora, en los huesos del cráneo de cada oficial frente a mí, produciendo uno de los peores dolores, que con toda probabilidad, nunca antes habían experimentado. Temblorosos, miraban la oscuridad bajo mi capucha, sólo el brillo verde-azul, de unos ojos malignos, pudieron distinguir.

Ordenamos que retiren las tropas y abandonen dos terceras partes de su armada en nuestro territorio. La indemnización será muy alta. Mineros Neutrales de Marte efectuará el cobro, como es tradición. De lo contrario, miles de nosotros, en una noche cualquiera, arrasaremos cada familia de nobles feudales y Resucitados.

***

Semanas después, cinco de los siete frailes estaban recuperados de las heridas. Una mujer, y un hombre, fueron incinerados en profundas catacumbas bajo el castillo. Cuando uno de ellos fallece, su cuerpo se desintegra en pocos días, dejando partículas blancas como vidrio molido, sin importar en qué ambiente se encuentre. La cremación —a pesar de su terror al fuego—, era un rito secreto, aparecido durante la primera edad media, entre los frailes, para evitar fuera descubierta su naturaleza diferente a la humana.

La despedida de Camazotz estuvo teñida de emociones contradictorias. Nos encontrábamos en las compuertas de salida al espacio exterior, en uno de los gigantescos puertos espaciales de Tepesborg, justo en la entrada del navío comercial que había venido por mí. Como funcionario de MNM, Mineros Neutrales de Marte, mi siguiente obligación era efectuar el cobro de la indemnización por daño de guerra; en esta otra misión me proponía rematar la liberación de los borg, no por la espada, sino con la fuerza del dinero.

En el último instante Camazotz se aproximó, tenía una expresión que no comprendí.

—Nunca les dimos importancia —murmuró cerca de mí—, ustedes eran sólo pequeños monos malolientes, con muy poca sangre. Al paso de los milenios se multiplicaron, mucho más rápido que nosotros. Al dominar el fuego, entonces nuestra peor pesadilla, y surgir tus primeros hechiceros, comenzó nuestra retirada de las cavernas. Muchas veces las habíamos compartido, para protegerlos de las fieras y aprender de ustedes. Al igual que ahora, nuestras vidas no tenían fin por decadencia. Entonces, por alguna razón incomprensible a la tecnología de todos los tiempos, dejamos de concebir descendientes. Nos replegamos, les cedimos el planeta, viendo que cada uno de nuestros individuos, al caer bajo sus hechizos de fuego, era irrecuperable. Nos buscaron bajo tierra, mientras yacíamos en nuestro letargo. Sólo unos pocos nos mantuvimos sobre la superficie, intentando formar parte de tus clanes.

Hizo una pausa, tal vez preparando las siguientes palabras.

—No fuimos, ni somos, depredadores de tu especie, Marcopolo —murmuró, casi tartamudeando—; pero ya nada podemos hacer. Está escrito.

Retrocedí por el impacto de la verdad, cuando la percibí desde su mente.

— ¿Está escrito? —pregunté, como un tonto.

Uno de los frailes de la comitiva le acercó un objeto.

—Esto es una copia calcada de un petroglifo —dijo, y me entregó un enorme rollo de papel dentro de un cilindro transparente—, la roca se encontraba a treinta metros de profundidad, bajo un circulo de piedras gigantescas, en un lugar de la Tierra que ahora está bajo el mar. Ningún humano, que no fuera iniciado en estos ritos, la vio alguna vez. El objetivo, de esos círculos, sólo fue conocido por los hechiceros más avanzados, quienes disfrazaron el verdadero significado de los ritos a las siguientes generaciones. Esta roca la salvamos, antes que una de tus primeras guerras nucleares provocara la invasión del mar. Ahora el peñasco maldito permanece bajo mi pirámide, allá abajo, en Ubyren Kaserne. De nada vale destruirlo.

Abrí el cilindro y extendí el papel con manchas de carboncillo, era el triple de mi estatura. Observé el diseño de figuras abstractas: dos espirales con giros opuestos, unos trazos, como punta de flecha, y una figura similar a la silueta de un embrión humano, rodeada de puntos, que me recordaron un enjambre de insectos espeluznantes. Me estremecí, al recibir imágenes del pasado. En mi mente vi, en plena edad de piedra y en medio de la noche, una gran horda, con primitivos hechiceros humanos iluminándose con antorchas. Los hombres y mujeres, con los hombros cubiertos con pieles de animales, cantaban una letanía hipnótica, mientras devoraban embriones, pertenecientes a la gente de Camazotz. Habían descuartizado vivas a las madres. A estas poderosas mujeres, las dominaron con el fuego de las teas, y a los hombres, los quemaron antes que reaccionaran de su letargo. Al mismo tiempo que rezaban sus letanías, escarbaban con huesos afilados los símbolos que tenía ante mí, sobre el altar de roca. Por la profundidad de las heridas en la piedra, supe que la ceremonia se había repetido, cientos de veces, al paso de los milenios en la prehistoria.

El Curador del arte humano me miraba. Yo estaba enrojecido de vergüenza. El pacto efectuado, por mis lejanos ancestros, con pavorosas fuerzas oscuras, había causado un daño terrible a esta especie, cuando apenas estaba naciendo, tal vez como hermanos de la nuestra. Con horror comprendí que había un precio, desconocido por nuestros padres ancestrales: nunca encontrar la paz; derramaríamos por siempre la sangre de nuestros hermanos, para disfrute de inmateriales fuerzas sombrías.

Mientras la puerta de mi navío terminaba de cerrarse, con lentitud agité la mano para despedirme. Desde más atrás del grupo de pálidos frailes, Lilith me respondió el gesto, y sonrió con tristeza.

<

p align=»center»>FIN

Muchas gracias Joseín, que gran historia, aquellos de ustedes que quieran leer mas historias de este autor lo pueden hacer buscando la etiqueta “Joseín Moros”. Y no olvidemos que este relato está participando en el Desafío del Nexus, si disfrutaron de esta historia no olviden votar pulsando el botón “Me Gusta” de facebook.

Pedigrí

Nuestro amigo Joseín Moros nuevamente acepta el Desafío del Nexus y nos entrega su nuevo relato:

PEDIGRÍ

Pedigrí

Autor: Joseín Moros

¿Qué relación puede existir entre la desaparición de los dinosaurios y el dominio de la raza humana en nuestro planeta?

¿Es la selección natural tan efectiva como parece? ¿En realidad estamos mejorando como especie?

En la persecución, por parte de una mujer apasionada, contra un misterioso hombre fanático del Rock, es posible la existencia de alguna respuesta.

Desde su cuna la niña mira con ojos fijos a su madre. La joven mujer supuso que a tan corta edad no enfoca bien, y la expresión desconcertada es sólo una falsa impresión por parte de ella.

De repente la pequeña sonrió y por reflejo ella la imita, aunque imaginando una contracción involuntaria de los todavía jóvenes músculos faciales de su hija.

Nina apenas tiene veinticinco años y es madre soltera desde hace dos semanas, tal circunstancia la hace pensar en el futuro, con un sentimiento de inquietud.

— ¿Cómo será dentro de dos décadas, o tres? —se pregunta en silencio, imaginando a su hija para tal fecha, mientras se va a dormir al lado de la cuna.

Cuando ya comenzaba dormirse, el recuerdo del padre de la niña volvió una vez más, como todas las noches. Su cara, cuerpo, olor y sonido de la voz, están grabados en su memoria.

Lo conoció en una multitud, en la madrugada, casi al final de un concierto de rock. Había tropezado con la mirada del hombre —tal vez más joven que ella—, y su fisonomía, parpadeante bajo los efectos luminosos del concierto, de repente apareció muy cerca. No hablaron, lo siguió hasta el estacionamiento y en el asiento trasero de un vehículo se desnudaron con celeridad. Nina, siempre previsora, le colocó uno de los preservativos que llevaba en la cartera. Luego el hombre la despidió, allí mismo, y se alejó acelerando con fuerza el motor; el amanecer estaba comenzando. No fue sino hasta el fin de semana siguiente, en otro concierto en la misma explanada, cuando volvió a verlo. El muchacho no le prestó atención. Lo observó caminar, con otra joven, hasta el mismo vehículo donde ella estuvo. Se sintió mal espiando un acto tan íntimo. Todavía le asombraba cómo había accedido, de manera tan rápida, a los requerimientos del hombre desconocido. No le extrañó ver partir el carro y fingió confundir a la muchacha con alguna compañera.

—Hola Zuli —dijo y puso cara de sorpresa—. Disculpa, te vi hablando con John y creí que eras Zuli.

— ¿John? ¿Se llama John? —preguntó medio confundida la mujer, unos dos años mayor que Nina.

En ese instante había inventado el nombre, tampoco Nina lo sabía; le pareció increíble no habérselo preguntado. Continuó con el truco, mientras caminaban hacia otro sector del mal iluminado estacionamiento.

—Así le dice mi amiga Zuli. Yo soy Nina. ¿Y tú?

—Tengo que irme —murmuró la otra joven, y se alejó con rapidez.

Nina continuó visitando la explanada. Las multitudes le gustaban. Sentirse aturdida compartiendo olores, sonidos y contorsiones, la llenaban de una sensación imposible de comparar. Se propuso no buscar más al desconocido, sólo disfrutar de la música y su viejo grupo de amigos.

Y descubrió que estaba embarazada.

Se maldijo varias veces. Con seguridad —supuso—, el preservativo guardado en su cartera estaba perforado, o cualquier otra cosa pudo pasar, no recordaba cuántas contorsiones hicieron. Al mismo tiempo sintió alegría, incomprensible para ella, no había estado en sus cálculos criar sola un bebé.

La gran sorpresa fue descubrir que John —ahora usaba ese nombre ficticio cuando pensaba en él—, llevaba a su vehículo más de una joven durante cada concierto.

—Una vez llevó cuatro —se dijo, mientras daba vueltas en la cama sin poder dormir—, fueron una tras otra y vi más estúpidas como yo, escondidas, mirando desde lejos.

Luego apretó un puñado de las sábanas cuando recordó el momento más desagradable.

—Habíamos quince mujeres observando, la mayoría con el vientre abultado, parecíamos gatas defraudadas —murmuró, y la niña en la cuna gimió con suavidad. —Nos alejamos unas de otras, mientras la segunda muchacha de la noche chillaba de placer.

— ¿Por qué ninguna lo confrontamos? ¿Por qué todavía rechazo la idea de exigirle alguna responsabilidad?

***

Los años pasaron y Lucy, la hija de Nina, se trasladó becada a una institución universitaria, había resultado de gran inteligencia y con vocación científica. Nina continuó en la misma ciudad y un día fue invitada a participar de otro grupo de apoyo para jóvenes madres solteras, labor voluntaria que efectuaba casi desde que nació su hija.

Comenzó a narrar su experiencia criando a la niña, sin la ayuda de un hombre.

— ¿Qué ocurrió con el padre? ¿Cómo lo conociste? —de manera inesperada preguntó una de las mujeres.

No era la primera vez, en tantos años, que alguna participante hacía tal clase de pregunta. Ella siempre mintió al respecto. Esta vez, al ver la angustia de la joven, decidió contestar con la verdad.

—No lo sé. Sólo nos vimos una vez, en un concierto de rock. Nunca más supe de él.

Doce de las jóvenes rieron y hablaron casi al mismo tiempo.

— ¡Yo también!

A continuación todo se transformó en una lluvia de lágrimas y risas. El descubrir que estaban embarazadas del mismo desconocido las hacía reír y llorar, un momento después dos más se agregaron al llanto: por la descripción del individuo descubrieron que el vendedor de artefactos eléctricos —de puerta en puerta—, era el mismo hombre.

Nina logró dominarse, lo que estaba oyendo no podía ser cierto, la descripción también concordaba con su desconocido de casi veinte años atrás.

Es imposible —pensó.

***

Varias semanas después su investigación la tenía cerca de la demencia. Había trabajado en silencio, aprovechando su cargo de voluntaria en el servicio social de la ciudad. Cuando descubrió que, en otras metrópolis, había ocurrido la periódica aparición de un hombre, al cual describieron mujeres con hijas de casi treinta años de edad, no tuvo fuerza para levantarse de la silla frente a su computadora personal.

—Lucy cumple diecinueve —se dijo, intentando no reír como enloquecida—, y al parecer tiene decenas, tal vez cientos, de hermanas dispersas por el continente.

Internet le amplió su ventana al submundo de las madres solteras. Desde allí quedó aterrorizada por la cantidad de mujeres que tenían historias similares, las cuales contaban de manera anónima, respondiendo a una encuesta que había elaborado para la institución filantrópica.

Entonces tomó la decisión de encontrar a John.

***

Le costó cinco años de laboriosa cacería. Su hija Lucy había cumplido veinticuatro y —al igual que ella, a su edad—, iba a conciertos de rock. Nina nunca le contó la verdadera historia respecto a su padre, pero le advirtió sobre un seductor, tal vez peligroso, en tal tipo de evento. Su hija no le dio importancia.

Nina había cruzado el océano y se encontraba en una antigua ciudad de Europa, una de las cunas de la civilización. La primavera estaba fría y la multitud, adultos de todas las edades, se hallaba alrededor de una tarima dotada con modernos artilugios para tal clase de espectáculo. La estridencia de la música no la perturbaba, tenía sus sentidos enfocados en los binóculos infrarrojos. Ella estaba en la zona de estacionamiento, de cuclillas sobre el techo de un vehículo alquilado, bien abrigada para protegerse de la llovizna. En los últimos meses esto lo había hecho infinidad de veces, a medida que fue estrechando el cerco sobre las huellas de John, que al parecer —y de acuerdo a la data de las encuestas—, recorría las mayores ciudades siguiendo una espiral expansiva, desde algún lugar indeterminado cerca del legendario Triángulo de las Bermudas. Para el momento y la hora, estaba casi segura que de nuevo sería infructuoso, sin embargo persistió, así era su naturaleza.

Entonces lo distinguió en la distancia.

No necesitó ver su cara, desde lejos la forma de caminar le dio la certeza. Al lado iba una joven, que lo abrazaba y besaba con desespero.

Igual que yo —pensó—, enloquecí cuando lo tuve cerca.

Bajó como una gata y con sigilo se aproximó al vehículo donde la pareja se encontraba. Empuñó —bajo el abrigo— la pistola que los últimos cinco años de práctica le permitían esgrimir con seguridad.

Largo rato después la joven salió del automóvil. Nina leyó en su cara satisfacción y aturdimiento.

Se pregunta por qué accedió tan rápido —continuó meditando con frialdad—. Está feliz y al mismo tiempo asombrada, en un momento se dará cuenta que olvidó preguntarle su nombre.

Antes que el vehículo se moviera, Nina se paró al lado de la ventanilla cerrada y apuntó a la cabeza de John. El individuo la miró con pasmosa tranquilidad y sonrió. Sintió el impulso de bajar el arma, pero logró dominarse. No había duda, era el hombre al que ella había bautizado como John; el mismo con el cual había tenido sexo, una vez, hacía más de veinte años.

Está igual, casi parece un adolescente, pero no lo es —pensó maravillada, sintiendo en sus muslos un ardiente calor, cuando el hombre abrió la ventanilla.

—Hace frío, siéntate a mi lado —dijo la misma voz inconfundible.

Sin dejar de apuntarlo, Nina pasó por enfrente del vehículo y entró. Sentía el corazón casi en la garganta, y no apartó la mirada de la cara de John. Pensó sus primeras palabras, pero no llegó a pronunciarlas.

— ¿Qué nombre me pusiste? —se adelantó él con la pregunta, y una sonrisa que le hacía estremecer el vientre.

—John— sólo pudo decir.

— ¿Y tu nombre es?

—Nina— esta vez susurró, la pistola ahora estaba descansando sobre sus muslos.

—Nina, guarda el arma, no olvides ponerle el seguro.

Ella obedeció. Estaba comenzando a sentir vergüenza por su agresividad y falta de cortesía.

— ¿Qué quieres saber, Nina?

Se sobrepuso a la intensa excitación sexual. Intentó escoger una pregunta, entre las innumerables que había pensado en el transcurso de los últimos cinco años, mientras imaginaba el momento cuando tuviera a John aterrorizado frente a la pistola que nunca pensó disparar: ¿Quién eres? ¿Cómo logras mantenerte tan joven? ¿Qué droga usas para dominar tus víctimas? ¿De qué vives? Hablas muchos idiomas, se necesita tiempo para aprenderlos, ¿qué edad tienes en realidad? ¿Cómo logras estar en una noche con hasta ocho mujeres? ¿Por qué sólo nacen niñas? Y muchas más, pero sólo una surgió de su garganta, la cual nunca creyó que haría.

— ¿Porqué me escogiste? —su voz casi se rompe por el llanto.

Ocurrió un corto silencio.

—Recuerda bien, Nina, fuiste tú quien me sonrió. Por eso me acerqué.

Era verdad, se acordó. Cuando lo vio a pocos metros, entre la multitud, le atrajo como nunca antes le había ocurrido con hombre alguno.

Ahora no sabía de dónde traer alguna pregunta. Además guardó el arma de su mente y permaneció inmóvil, esperando no sabía qué.

Sí sé qué espero. Quiero lo mismo que la vez anterior —reconoció en su pensamiento.

Entonces reaccionó con violencia.

Comenzó a soltar los botones de la camisa de John y la correa de su pantalón, con manos temblorosas y respiración agitada; deseaba devorarlo como había soñado casi todas las noches. Un momento después, y con la misma destreza que en sus años de adolescente, se deshizo de la ropa y cabalgó sobre él, con furia incandescente, mientras el volante del automóvil golpeaba en su espalda. John la dejó hacer, hasta que la vio gritar y morderse la palma de la mano, para atenuar los rugidos de placer. Entonces la dejó recuperar la respiración. Sin hablar y con delicadeza, la ayudó a encontrar ropa y zapatos. Ella sentía la piel, de rodillas y espalda, desollada por completo; no le dio importancia. Esta satisfacción nunca antes la había vivido, ni siquiera la primera vez que estuvo con John.

— ¿Nina, puedes prestarme atención un momento? —dijo John en voz baja; la llovizna había empañado las ventanillas del vehículo y estaban aislados del mundo.

Su cuerpo comenzó a suplicar más sexo, pero ella hizo un gran esfuerzo para hablar.

—Te oigo —murmuró, con un pañuelo enjugó su cara y labios. Sentía que estaba a punto de perder el control una vez más, sus glándulas salivales parecían anticipar un manjar y sentía la piel erizada.

—Vengo de las estrellas —dijo el hombre, con la mayor naturalidad —Lo hacemos cuando es necesaria otra inyección biológica. La población aumentó con celeridad desde mi última visita, esto es mal síntoma; por algo similar desistimos en continuar evolucionando a los dinosaurios.

Nina pensó que estaba frente a un desequilibrado. Cuando él la miró a los ojos, tal idea desapareció de su mente.

Dice la verdad. Aunque sus palabras parecen una locura —pensó con rapidez, sin preguntarse respecto a su propia lucidez. Nina sonrió con picardía.

— ¿También les aplicaban inyecciones biológicas? —estaba un poco sorprendida de su propio tono superficial. En su mente, las imágenes de enormes dinosaurios, sobre excitados, no contribuyeron a tranquilizar su cuerpo.

—Sí, claro. Es un proceso complejo, nos modificamos de acuerdo a los organismos que encontramos con posibilidades de mejorar. Ustedes son un buen prospecto, aunque luchan todavía para exterminarse unos a otros; tal vez logremos salvarlos.

Para Nina, los conocimientos sobre la evolución de las especies provenían de su extraño fanatismo a programas de TV, relacionados con el tema.

— ¿La raza humana existe gracias a mutaciones genéticas que ustedes introducen, practicando sexo con nosotros?

Sintió más olas de calor.

—Así es Nina, de otra manera, y con mucha suerte, ustedes todavía estarían en las llanuras de África, con un vocabulario inferior a veinte palabras y siendo cazados por depredadores de todos los tamaños. Nosotros, además, eliminamos especies que hacían peligrar la evolución de la tuya.

—No me dirás que lo mismo hicieron con las plantas.

—Pues sí, te lo digo. Unas cuantas de las mutaciones más apropiadas, para mejorar tu entorno, las provocamos nosotros.

Nina observó a John, la iluminación nocturna del estacionamiento era deficiente, pero sus ojos ya se habían acostumbrado y distinguió detalles de su cara con bastante claridad.

— ¿Eres el mismo con quien estuve hace tanto tiempo?

—Sí, tengo casi un siglo por aquí. Doy una vuelta por el planeta y cuando me tropiezo con las hembras adecuadas cumplo mi trabajo.

— ¿Adecuadas?

—Sí, claro. Deben pertenecer a los grupos más evolucionados.

Nina rememoró su vida, como si fuera la de otra persona, y no encontró nada espectacular, todo le pareció trivial.

— ¿Soy yo un ser superior? —preguntó, incrédula.

—En cierta forma. La disminución de instintos violentos y tendencia a resolver conflictos por el camino del razonamiento, están más acentuados en ustedes que en la mayoría de los humanos; por desgracia eso los hace vulnerables con respecto a los agresivos, pero milenio a milenio vamos progresando. Además, ustedes responden a los marcadores que exhalo en el aire, denotando afinidad con la línea evolutiva que pretendemos seguir. Pero, insisto, el proceso es lento y nada fácil para los que van mejorando. En apariencia se ven igual que los rezagados de todo el globo. Por supuesto, no hablo de esas insignificantes diferencias que llaman razas. Por ello es fácil que se crucen de manera perjudicial para nuestro objetivo. Recuerda las tiranías militares, guerras, discriminación de toda clase y atracción por la violencia, aunque sólo sea como pasivos espectadores, todavía no conseguimos erradicarlas.

— ¿Y cuál es el objetivo?

—Obtener una especie armónica con el entorno y nada auto destructiva, a plena conciencia. Pretendemos que, algún día, alcancen nuestro grado evolutivo. Es una lucha difícil en cada galaxia. Apenas una especie logra un débil nivel de razón, hace todo lo posible para destruir sus congéneres por considerarlos inferiores. Pero tenemos algunos éxitos de vez en cuando, hablando en millones de años, por supuesto; en la Vía Láctea falta mucho por hacer.

Quedaron en silencio. Nina estaba convencida de la verdad de aquellas palabras, sus células le hablaban: estaba frente a uno de los arquitectos del universo. Desechó la idea de imaginar cuál sería el aspecto original de esta especie, con seguridad no le iba a gustar. Inspiró con intensidad, había tomado otra decisión y acercó la mano al cierre de su chaqueta, el peso de la pistola continuaba en el bolsillo.

—John —dijo con voz ronca—, sé que no te volveré a ver. ¿Podemos despedirnos como buenos amigos?

—Será un placer, Nina. No quedarás embarazada.

Pasaron al asiento trasero y se desvistieron con rapidez.

Los gemidos de Nina hicieron sonreír a John el resto de la madrugada. Le gusta su trabajo.

FIN

Muchas gracias a Joseín por esta nueva colaboración y no está de mas recordarles una vez mas que esta narración está participando en el Desafío del Nexus de Abril, así que si te gustó, no dejes de votar pulsando el botón “Me Gusta” de facebook.

Los Artistas de la Carne

El escritor Venezolano, Joseín Moros, vuelve a la carga nuevamente este mes con un nuevo relato para el Desafío del Nexus:

Los Bioartistas 02 copia

Los Artistas de la Carne

Autor: Joseín Moros

Los seres humanos somos los artistas del reino animal, nuestra mente puede encontrar belleza en las tareas más terribles. Y en la creación de clases sociales, nuestra creatividad se supera de manera continua.

En la egoísta búsqueda de la felicidad, ninguna perversión nos detiene. Podemos esclavizar especies por milenios, modificarlas para nuestro placer, cruzando sus individuos a nuestro gusto. También lo hemos hecho, y lo hacemos, con nuestros congéneres; no hay límite, recordemos que somos los genios artísticos de la creación.

Para nosotros el concepto de crimen es algo fácil de moldear, como el barro, que dicen algunos mitos, fue utilizado para crear el primer hombre.

El viajero arribó en la noche al planeta Tierra. El gigantesco taxi-oruga tardó más de cuatro horas desde el espacio-puerto hasta la avenida Clon-ar-ra, al otro lado de la desierta y oscura ciudad, bajo una lluvia demencial, con vientos que hacían danzar ráfagas horizontales frente a los faros.

Tanta agua desaprovechada —pensó Onic, quien había nacido en el seco Marte, al igual que sus veinte generaciones anteriores—. ¿Por qué no iluminan las avenidas? Así debe ser uno de los infiernos.

La ciudad Kem-ar-kem fue abandonada hace mucho, por voluntad propia de sus habitantes. Como ésta metrópoli existen innumerables en todo el planeta y el viajero nunca había visto siquiera una imagen de alguna de ellas. Onic —así es el diminutivo de su nombre—, no ignoraba que en la actualidad hay gente en el fondo de los océanos y en las estaciones espaciales más allá de Marte, también sabía que el planeta rojo fue colonizado antes del éxodo que dejó libre, de hacinamiento humano, la superficie de los continentes. No obstante, en la súper metrópoli Kem-ar-kem, sobrevive un minúsculo suburbio de bioartistas; la razón es muy simple: aunque en todo el sistema solar está prohibido practicar tal clase de actividad, la ley allí lo permite; esto es debido a un milenario decreto imperial, instituido cuando el gremio de esta ciudad logró crear el primer soldado inmortal, un clon de alto nivel intelectual, cuyo organismo, joven por la eternidad, está dispuesto a morir por el Kaz-zar-raz-ken-zan y sus descendientes, por considerarlo su Dios-Padre y Líder Predestinado de la humanidad.

La avenida Clon-ar-ra cuenta con seiscientos cuarenta y dos modestos edificios —de unos quinientos niveles, como promedio—, habitados por clanes conformando el gremio Clon-kar-kem. Son gente muy tradicional, se nota en el respeto a usanzas milenarias en cuanto a indumentaria. Las estancias de los talleres están bajo tierra, más profundas en proporción al nivel artístico de los adeptos.

Hasta allí llegó, por primera vez de visita en la Tierra, y proveniente de las minas marcianas, el comerciante de gemas preciosas, de nombre Onic-mar-sen-mar, recién enriquecido gracias a un favorable matrimonio.

Onic —así lo llaman sus pocos amigos—, lleva en la mente un plan, de naturaleza ilegal en cualquier otra parte del sistema solar.


Bajo relámpagos y truenos ensordecedores, las patas del taxi-oruga dejaban profunda huella en el barro sobre las avenidas oscuras. Árboles, con troncos casi tan gruesos como el taxi-oruga, yacían derribados por el vendaval. De vez en cuando Onic sintió el impacto de alguna rama contra el sólido vehículo, un hibrido biológico-mecánico. Durante la mayor parte del trayecto, desde el espacio-puerto, la visibilidad había sido casi nula; algunas veces, a través del ventanal de la cabina, logró vislumbrar siluetas de rascacielos descomunales con miles de ventanales, y le parecieron colmenas abandonadas por monstruosas avispas. Hasta que llegaron al barrio de los bioartistas.

¿Porqué está prohibido usar pequeños transportes voladores? —, siguió pensando—, nadie lo dice, por lo visto es para dificultar la vida humana en los continentes.

En la parte delantera de la cabina blindada, solidaria con el esqueleto del animal, había un conductor, mezcla de clon humano y máquina. Onic se figuró que debía ser una copia de algún antiguo taxista, quien donó o vendió sus células, y clave genética, para ser inmortalizado por los bioartistas. Por supuesto no pertenecía a la categoría de clon-inmortal, aquellos sólo eran utilizados en los ejércitos imperiales. Sus ojos sobresalían como objetivos de telescopio y en el centro de la frente había un círculo facetado, para aumentar su espectro visual.

—La tormenta concluye en cuatro horas —dijo el taxista, por un instante giró la cabeza ciento ochenta grados, y volteó de nuevo hacia el ventanal delantero—, ya estamos en territorio Clon-kar-kem, un sector que ocupa un tres por ciento de la ciudad abandonada, por eso puede ver tanta iluminación en las calles.

¿Cuál iluminación?, —se preguntó Onic—. Hasta un murciélago de las minas de Marte estaría perdido en estos callejones asquerosos.

La mayoría de las ventanas, en las construcciones, tenían luz, desde el primero hasta el último piso de los estrambóticos edificios. Onic se figuró que allí habían olvidado el uso de la línea recta. Las edificaciones le parecieron pepinos negros, agujereados de manera irregular. Y para empeorar la sensación de encierro, las calles lucían estrechas, como efecto de la proximidad entre rascacielos.

—Bajo la luz del sol, y con más de treinta y nueve grados de temperatura, la ciudad le parecerá diferente —continuó el clon-máquina, quien pareció intuir su pensamiento—. Si va a las calles, le recomiendo pasear en las mañanas y al atardecer, sin olvidar su traje aislante. Hay demasiado calor y humedad al medio día, y gente impredecible en horas de oscuridad.

— ¿Tienen delincuentes entre los bioartistas? —preguntó Onic, un poco alarmado.

—Los límites entre lo legal y lo ilegal aquí son diferentes. Pero tenemos muchos visitantes que vienen por negocios importantes.

— ¿Qué clase de negocios? —volvió a preguntar, cada vez más preocupado.

—Ese es nuestro secreto y nuestro privilegio. Podemos experimentar asuntos que no están permitidos en otra parte del sistema solar, tenemos esa inmunidad desde hace milenios.

— ¿No es entonces cada visitante un delincuente potencial, a los ojos del resto de la gente?

—Puede ser, por eso cuidamos que partan satisfechos, su silencio es importante para nosotros, y su dinero, por supuesto —y rió como un pato alegre.

Mientras el viaje continuaba, ahora a menor velocidad debido a lo estrecho de las calles y la gran cantidad de escombros selváticos, Onic rememoró parte de los acontecimientos que lo condujeron hasta aquella ciudad fantasma, perdida en la jungla suramericana del planeta Tierra.

Fue cuando visitaba uno de los asentamientos mineros, cerca de la cumbre del Volcán Olimpo, en Marte. Su esposa, heredera del imperio empresarial, había viajado a la Tierra en otra de sus giras de trabajo. Un viejo empleado de la empresa, Ren-mar-kel-sac, cenaba con él y entre trago y trago el magnate le comentó su desencanto matrimonial. Con la lengua suelta por el alcohol, también expresó su molestia por el limitado poder que su mujer le otorgaba en la corporación y opinó que, al parecer, no había podido satisfacerla como ella esperaba, aunque estaba seguro que lo amaba a su manera. Luego de oírlo, Ren-mar-kel-sac bajó la voz y le estuvo hablando por dos o tres minutos, muy cerca de su oído.

Onic bebió cuatros tragos seguidos y observó la cara del individuo, quien parecía nunca haber tocado un tema tan escabroso y continuaba bebiendo con tranquilidad. Ren, por muchos años, había servido como jefe de seguridad de la esposa de Onic, Val-zar-mas-mas, la rica heredera, pero de manera reciente fue trasladado a las minas del Volcán Olimpo, para encargarse de la seguridad de las instalaciones. Desde un principio, Ren fue ganando su confianza, en gran parte porque compartían los mismos gustos en secretas francachelas.

Sólo le bastó asentir con un leve gesto y Ren-mar-kel-sac, como una sombra nefasta, levantó su enorme contextura, de melena blanca y traje negro. Onic quedó solo en la terraza abovedada, con vista al rojo crepúsculo marciano, desde más de veinte kilómetros de altura en la montaña. De allí en adelante las cosas ocurrieron como en un sueño. En el siguiente viaje de su mujer, Ren entregó a Onic un minúsculo pasaje a la Tierra, con falsa identidad. El nuevo magnate se mantuvo aislado de los demás pasajeros, como la mayoría de la gente en viaje de negocios. La manera de justificar el secretismo de su viaje fue la de siempre: “interés de la corporación”. Nadie podía dudar del esposo de la heredera, puesto que ella había depositado en él mucha confianza, al punto de permitirle manejar cada vez mayores negocios.

Recordó a Val-zar-mas-mas, su bella mujer. Desde la tercera semana de noviazgo, estaba siempre acompañada por Chi-chi, el baboso y repugnante perro faldero, en una bolsa bajo el brazo, mirándolo con esos ojos del mismo azul que los de Onic; en todo momento le pareció una asquerosa rata lame culos, con aquel repulsivo pene rojo que más parecía una quinta pata. Todo el tiempo la adulaba, lamiéndola, mirándola con ojos húmedos de adoración y jadeante cuando frotaba el largo salchichón contra el tobillo de la muchacha, mientras ella reía a carcajadas. Onic sabía que el bicho pertenecía a una de las razas más inteligentes, y más costosas, pero odiaba a Chi-chi, aunque el animalito siempre trató de ganarse su simpatía. Por supuesto él fingía, permitiendo incluso que el esperpento lo acariciara en la boca, con una lengua caliente, obscena y serpenteante, casi tan larga y gruesa como el otro apéndice rojo.

—Llegó tu hora, sabandija apestosa, eres una vergüenza para tus antepasados —murmuró muy bajo, recordando las explicaciones de su mujer, respecto a las formidables razas de animales de las cuales había sido creado aquel saco de pelos y mal olor. Ella decía que habían sido orgullosos lobos y coyotes, libres como el viento en selvas y llanuras antediluvianas.

—Llegamos señor —oyó decir al taxista; Onic no se había dado cuenta que habían entrado a uno de los edificios y estaban bajando por una amplia y muy inclinada rampa en espiral.

En un enorme estacionamiento de vehículos, similares al híbrido taxi-oruga, se detuvieron frente a la monumental puerta de un pasillo de paredes blancas. Al final vislumbró un ascensor y el conductor habló antes que se bajara.

—El ascensor descenderá un buen rato. A usted, hasta ahora, nadie lo ha visto desde que llegó al espacio-puerto. Su seguridad y anonimato es total.

Descendió por la escalera extensible del taxi-oruga, no llevaba equipaje, su indumentaria lo hacía nada llamativo: vestía un mono gris con capucha y guantes, muy similar a cualquier viajero que necesitaba protección climática de amplio rango. El pasillo estaba limpio, como un quirófano, y para llegar al ascensor traspasó dos cámaras de aislamiento, con puertas corredizas transparentes. Sentía el cuerpo más pesado, pero en Marte cada ciudadano contaba con gravedad artificial, similar a la terrestre, en residencias y oficinas, por lo tanto caminaba sin molestias.

—Libre de agua —pensó, mientras observaba suelos, paredes y techo—, me alegro que en Marte no tenemos peligro de inundaciones en nuestras minas.

***

La mirada de aquel animal le producía una extraña sensación de inquietud. Parecía una perra enorme, de color leonado. Erguida en dos patas superaba con mucho su estatura y el tamaño de su cráneo era similar al suyo, sin tomar en cuenta las formidables mandíbulas cuadradas. El pelaje, en las orejas, le recordaba corto pelo de mujer, y los ojos, de tono miel bajo un sol resplandeciente, lo obligaban a mirar a otro lado cuando los tenía de frente, porque encontró un asombroso parecido con los de su esposa.

La noche de su llegada al taller de los bioartistas, Onic fue recibido por un equipo de cuatro maestros: fueron dos hombres y dos mujeres; vestían batas blancas y bolsas sobre los zapatos —por primera vez veía ese tipo de indumentaria—, uno de ellos tenía un bigote retorcido, como dos pequeños cuernos negros y canosos. Las cuatro cabezas de los maestros artistas estaban forradas con gorros, también de color blanco. Onic nunca antes había visto un bioartista y acostumbrado a tratar con subalternos, los miró en detalle, sin ningún tipo de embarazo.

Que ridículos, igual podrían utilizar trajes herméticos esterilizados, desechables y fáciles de quitar —pensaba, mientras oía las instrucciones cuando despertaron la perra, acostada en un colchón verde a nivel del suelo.

—Manténgase allí parado, la primera persona que verá es usted, su impronta quedará en ella de por vida —dijo la mujer más alta, con las insólitas lentes sin aumento sobre sus ojos, aferradas a las orejas con dos incómodos ganchos. Eran un mero distintivo de su categoría, al igual que el bigote retorcido del hombre, intuyó Onic.

—Es una V-L5, en un principio fue desarrollada para la guerra, es útil compañera hasta la muerte. Lo considerará su igual y jefe de su manada —agregó, de manera apasionada, el individuo del bigote ridículo.

—No lo olvide, una V-L5 es muy inteligente —continuó la otra mujer, con ojos fijos sobre la entrepierna de Onic y una sonrisa difícil de interpretar—, fue creada a partir de razas superiores, con mejoras tomadas de otros seres inteligentes, incluyendo humanos. Permita que olfatee a gusto —y agregó, como susurrando obscenidades—: por todo el cuerpo.

Después los llevaron hasta su lujosa residencia en el mismo nivel. En la habitación principal había una cama enorme.

—Contamos con escaso tiempo —dijo la mujer de anteojos—. Lo ideal sería que la V-L5 estuviera con usted un período más largo, para fortalecer la conexión emocional. Debido a esa circunstancia, debemos utilizar algo de presión: usted saldrá todos los días y ella quedará sola. Comerá cuando usted llegue, y la llevará por los jardines, sólo de este nivel, para que orine y defeque; está programada para no hacerlo dentro de la casa. En el exterior debe conservarla encadenada, así la mantendrá atada a su persona. Muéstrele afecto pero controle el tiempo de sus caricias y rechácela con frecuencia, puede golpearla de vez en cuando; puede estar seguro, no lo atacará, son miles de años de sumisión a la mano que lo alimenta.

Con esta rutina transcurrieron treinta días. Onic muchas noches no regresó a la residencia —le molestaba el olor y dormir con el enorme animal en la cama—. Con frecuencia disfrutó lujosas y embriagadoras instalaciones nocturnas del rascacielos, superaban en creatividad a los centros más desenfrenados de Marte. No se molestó en salir a las calles, era un marciano de varias generaciones, y la temperatura, tufo, humedad e iluminación de la Tierra, le resultaba desagradable. Al regresar, cada madrugada, la perra gimoteaba de dolor. Sintiéndose culpable la llevaba hasta el jardín, para que se aliviara, luego caía en la cama; sólo hasta el día siguiente le daba alimentos y agua. Fue esa mañana, número treinta, cuando se dio cuenta que la mascota no tenía nombre.

La perra lo estaba mirando cuando él abrió los ojos, como todas las mañanas.

—Ya te doy comida —dijo con voz gruesa—, no me dijeron tu nombre, eres una V-L5, te llamaré VL, soy tu dueño y los amos ponemos el nombre que nos dé la gana.

Era la primera vez que hablaba al animal. La perra continuaba mirándolo, atenta a sus palabras. Onic sintió que ella podía comprender muchas de sus frases. Quedó sentado en la cama, intentando resistir la mirada de la perra.

—Saldremos a la calle —agregó, al mismo tiempo luchaba contra la voz interior que lo acusaba de sensiblero, porque un “algo extraño”, en el fondo de la mirada de la V-L5, lo estaba haciendo actuar como un tonto.

Un rato después, luego de pasear la perra por el jardín, tomaron los ascensores. Onic ya estaba familiarizado con los solitarios pasillos, y sin dificultad llegó hasta una de las salidas del rascacielos.

Era un día brillante, a pesar de la temprana hora de la mañana. Sin soltar la cadena extensible, para mantener cercana a la perra, Onic descendió enormes y largas escaleras, cubiertas de barro seco, hasta llegar al nivel de la selva. Las calles casi eran dominio de la jungla y a nadie le importaba, los rascacielos se erguían hacia el sol y los habitantes contaban con amplio espacio y comodidades para la práctica de su exclusivo arte: la fabricación de seres artificiales. De esta ciudad salían desde ejércitos, hasta sirvientes y trabajadores muy especializados, la mayoría fáciles de confundir con seres humanos.

Por fortuna para el marciano, su ligero y fuerte traje integral lo mantenía cómodo; el alto nivel de humedad lo habría obligado a regresar al edificio, por ello caminó tranquilo. Sorteó zanjas enormes, producto de aluviones que la más mínima lluvia tropical ocasionaba. La perra disfrutaba la atmósfera y el calor, su boca abierta y la lengua colgante, le daban aspecto de felicidad a los ojos del hombre. Cuando el brillo del sol estuvo ya en lo alto, Onic continuó caminando bajo la sombra de los rascacielos, hasta que se terminó la calle y se encontraron frente a un camino de tierra, por donde cuatro taxis oruga podrían viajar uno al lado del otro. La vía estaba rodeada de selva oscura, con árboles más altos que ocho niveles de un edificio. Sin pensar, desconectó la cadena del collar de la perra y la guardó en un bolsillo, el animal lo miró y Onic creyó interpretar una expresión de sorpresa.

—Camina, yo te sigo, VL —dijo el marciano, impresionado por la expresividad de la musculatura facial del animal.

La perra continuó mirándolo, ahora con la boca cerrada. Onic repitió las palabras. Con lentitud VL miró hacia los lados, olfateó el aire y arrancó a caminar. Volteaba de vez en cuando para cerciorase que Onic la seguía. Largo rato después llegaron hasta una amplia curva, las copas de los árboles le hicieron perder de vista la ciudad. Transcurrió tiempo, más adelante, y sin ladrar —sonido que nunca produjo en presencia de Onic—, la perra se detuvo al filo de la ancha carretera, y giró para mirarlo.

Onic movió una mano para que continuara. La perra comprendió la seña.

Serpenteando entre arbustos de hojas enormes, esquivando lianas y toda clase de filamentos de plantas parásitas, fueron avanzando por la selva tapizada por nudosas raíces. Estaban rodeados de ruidos extraños para Onic. Por fin encontraron un riachuelo. El hombre comprendió que VL guardaba en su memoria aquel territorio, aunque nunca había estado allí, puesto que apenas un mes atrás había sido extraída del artefacto donde fue fabricada por los maestros bioartistas. El sol, filtrado entre las altas copas, de vez en cuando hacía relucir la piel leonada de la perra. Ella se detuvo en la orilla del agua cristalina y lo miró, casi a punto de hablar, le pareció a Onic.

—Sí, VL, puedes bañarte —se oyó contestar a la mirada de la perra, con una sensación entre el desagrado y la satisfacción de permitirle un momento de libertad.

VL, de un largo salto cayó en el agua. Buceó unos minutos y salió chorreando con algo en la boca. Onic, que se había recostado sobre el tronco de un árbol caído, cubierto de musgo verde esmeralda, vio con sorpresa cuando la perra dejó un hermoso pez de color rojo vivo casi a sus pies. Con la boca abierta y mostrando su lengua colgante, lo miraba con aire inseguro. No sabía cuál era la intención del animal.

— ¿Es un regalo? ¿Por qué? ¿Para mí?—dijo, al mismo tiempo colocando una mano sobre su propio pecho.

La perra retrocedió tres pasos y Onic, con sus manos enguantadas, tomó el pez rojo, que todavía realizaba algunos movimientos.

—Gracias, sigue jugando. Voy a dormir un poco —luchó para no sentirse como un tonto sensiblero, dejó el pez a un lado y se recostó sobre el árbol caído, mirando las copas de los árboles por donde se filtraban retazos de cielo azul. La tarde estaba comenzando.

No supo cuando el sueño lo venció, ni en qué momento comenzó a soñar.

Estaba regresando de algún viaje y al final de la banda rodante, en un espacio-puerto, vio a su esposa Val-zar-mas-mas. Distinguió en sus ojos, de color miel bajo un sol resplandeciente, el tierno amor que nunca antes vio allí. Tenía en sus manos un pez rojo, que chorreaba agua, como recién extraído de algún riachuelo. La mujer abrió la boca y algo similar a un ladrido salió de sus labios. Onic corrió hacia ella, sentía su corazón saltando en la caja torácica, las arterias del cuello vibraban y quiso llamarla. Entonces sintió un fuerte dolor en el hombro derecho, como si un gigante lo apretara con un puño. Volteó la cara: allí estaba Chi-chi, la mascota de la mujer, con una boca enorme llena de colmillos gruesos y afilados. La pequeña bestia intentaba aplastarle los huesos. Sus grotescas patitas se aferraban al traje y el brillante pene rojo golpeaba muy cerca de su nuca. Onic gritó, más de dolor que por el miedo.

Cuando abrió los ojos, en la penumbra, vio la horrenda cabeza de un animal, no era Chi-chi, como en el sueño. Un jaguar, de mirada asesina, lo arrastraba hacia la profunda maleza. Sintió los colmillos en carne y huesos. Intentó golpearlo con el puño izquierdo, el brazo derecho no respondía. Onic pataleaba y aulló como un mono herido. En el siguiente instante oyó un rugido estremecedor, sintió un formidable sacudón y una sombra cayó sobre él, pensó que otro jaguar lo atacaba, entonces vio a V-L5, había atrapado la nuca del jaguar y los dos animales rodaron varios metros lejos de él. Onic dio un salto y comenzó a patear al felino, la fiera luchaba por soltarse de la tenaza que aplastaba sus vértebras cervicales. Oyó ruido de huesos al estallar y la V-L5 se mantuvo apresando la bestia, hasta quedar convencida que ya no ofrecía peligro. El jaguar era grande, pero una V-L5 tenía mandíbulas más poderosas que las de cualquier felino, de origen natural, en el planeta.

El hombre cayó sentado y luchó por mantener el equilibrio. Sintió el hocico de la perra husmeando su hombro y los resoplidos de sus grandes pulmones. Hombre y perra fueron recuperando la calma.

—Gracias VL. Estoy mal, aunque el traje me protegió —ella comprendía sus palabras, percibió Onic.

Se levantó, apoyándose en la fuerte espalda de la perra.

—Va a oscurecer, VL. Estoy sangrando. Deberás guiarme, no creo poder encontrar el camino de regreso.

Con lentitud la perra se adelantó, despacio, permitiendo que Onic fuera recobrando la estabilidad. Cayó varias veces y VL lo empujó con el hocico para ayudarlo a ponerse de pie. Oyó rugidos de fieras, atraídas por el olor de su sangre, ninguna se atrevió a responder el profundo ronquido de la V-L5.

Largo tiempo después llegaron al lugar donde habían abandonado la ciudad. Las luces de los altos edificios ahora sí le parecieron de fuerte intensidad, luego de experimentar la negrura de la jungla.

Transcurrida una eternidad para él, tuvo a la vista el edificio dónde estaba residiendo, Onic recordó la razón por la cual tenía a su lado la V-L5.

Cayó sentado en las enormes escaleras y la perra quedó frente a él, observándolo cara a cara. Onic levantó el brazo izquierdo y con varios intentos fallidos logró zafarle el collar. La mirada de asombro, de la perra, produjo sorpresa en el hombre. Comprendió: que de haberle dedicado más tiempo, ambos se habrían podido comunicar complejas emociones, sólo con gestos faciales.

—VL, escúchame con atención —murmuró Onic—, sí entras al edificio te mataremos. Aléjate de la ciudad, sin el collar no pueden rastrearte.

El marciano vio cara de incredulidad, repitió el mensaje con diferentes palabras y señalando hacia la jungla.

La V-L5 no se movía y Onic percibió la razón: ella lo consideraba un igual, parte de su manada, a quien debía proteger hasta la muerte.

—No sé si puedes comprender qué es la traición, VL. Yo te traicioné, nosotros te traicionamos, te engañamos, no somos iguales. Sabes encontrar comida, y puedes vivir libre.

No supo cuantas veces repitió las palabras, en las maneras más simples que se le ocurrió. Al ver que la perra no se iba, lloró sin ocultar la cara. Entonces la perra lamió sus mejillas.

—VL, corre a la selva, vive allí, libre, libre, libre.

Las luces de los edificios se reflejaron en los ojos dorados del animal, y Onic los vio nublándose de lágrimas. Supo que estaba comprendiendo. No sabía, si en la mente de VL, antes había existido el concepto de traición y la imagen de esclavitud milenaria, generación tras generación; ahora estaba seguro que lo había percibido.

—Sí, VL, naciste esclava, igual que tu verdadera familia. Te engañamos, no eres una de nosotros. Creemos que nos perteneces hasta para decidir la hora de tu muerte. Huye y muere libre.

La perra retrocedió, todavía mostrando incredulidad. Onic la vio a punto de enloquecer, y en el siguiente instante recuperando la cordura.

El hombre abrió la boca, pero no tuvo palabras.

La perra dio la vuelta y se perdió en la oscuridad de la selva, en ningún momento volteó atrás.

El humano quedó allí, sintiendo correr su sangre y sus lágrimas.

***

Abrió los ojos, creyendo que todavía estaba sobre el tronco caído a la orilla del riachuelo. Intentó recordar la pesadilla. Al ver las cegadoras luces, y las blancas paredes, Onic supo que estaba en el taller de los bioartistas. En un instante rememoró lo ocurrido y levantó la cabeza.

Intentó hablar y no pudo, los músculos de su garganta no respondieron. Estaba desnudo, con brazos y piernas atados a una mesa. Complejos brazos mecánicos se movían a su alrededor.

— ¡Excita! —sonó una voz femenina, a sus espaldas, tal vez cerca del techo.

Vio con horror, como entre sus piernas, se levantó un enorme pene rojo y húmedo. Sintió la tensión casi dolorosa de la erección. Quiso gritar, pero sus cuerdas vocales continuaban inertes.

— ¡Relaja! —agregó la misma voz y Onic sintió aflojar la presión, mientras descendía el portentoso órgano en su pubis.

Giró sus ojos en todas direcciones, ahora apenas podía mover la cabeza. De repente reconoció un pequeño cuerpo, espatarrado sobre una mesa más pequeña, también rodeada de brazos terminados en diminutos artilugios irreconocibles para él.

Chi-chi —pronunció en su mente, pero la palabra no brotó de la boca.

El pequeño perro faldero yacía acostado sobre el abdomen. El pene, ahora fláccido y de color ladrillo blancuzco, asomaba por un lado. Tenía los ojos cerrados y uno de los brazos mecánicos estaba cortando la tapa del cráneo. En pocos segundos los instrumentos despegaron la parte superior de la cabeza. El cerebro, como un durazno ceniciento, con manchones de sangre muy roja, quedó expuesto.

Sin previo aviso vio moverse la habitación, comprendió que la cama modificaba su forma, El sentido del equilibrio, de Onic, no identificó la nueva posición, pero su mente sí.

Me sentaron —pensó con angustia. Ya no luchaba para gritar, sólo quería saber qué estaba pasando.

Oyó un ruido, más bien lo sintió en los huesos del cráneo. El terror le ordenaba sacudirse para huir, pero ahora tampoco los músculos de su cuello respondían.

— ¡Me están aserrando los huesos! —gritó en su mente y comenzó a llorar, sin lágrimas, sin sollozos, ni movimiento alguno en el cuerpo.

De repente sintió tranquilidad y el tiempo transcurrió con lentitud. Largo rato después vio los brazos mecánicos recogerse. La mesa, con el cadáver del pequeño Chi-chi, ahora sin una porción de cerebro, fue apartada de su ángulo de visión. No sintió curiosidad.

La sala, brillante de luz blanca, giró y Onic se encontró mirando hacia el lugar que antes estaba a sus espaldas.

Detrás de un ventanal la vio: Val-zar-mas-mas, su esposa, estaba al lado de los cuatro bioartistas. Ella le pareció más bella que nunca. Sintió una poderosa erección en el enorme pene encarnado; no podía bajar la cabeza para mirarlo, pero no le importó. Onic jadeó de excitación sexual, su lengua se movió fuera de la boca, para que ella admirara la flexibilidad y longitud.

Detrás de la mujer estaba su gran amigo, Ren-mar-kel-sac, vestido de negro y luciendo su cabellera blanca. Descubrió que era un clon; no podía comprender cómo antes no se había dado cuenta, si es tan fácil notar la diferencia. Sin guardar la lengua, Onic trató de esbozar una sonrisa de agradecimiento hacia Ren.

Gracias amigo —pensó—, frustraste mis planes de convertir a mi esposa Val en mi mascota. Ella es mi igual y sabe dónde está mi comida —la última frase le salió sin pensar, pero no se preocupó de analizar el significado.

Aunque recordó la perra V-L5, y lo acontecido en la selva, no le dio importancia.

Una parte del cerebro de esa V-L5 —pensó—, en la cabeza de mi bella Val, no me habría proporcionado tanta felicidad.

Tras la barrera de vidrio, la mujer lo miraba con la arrobación con que una dueña mira a su mascota preferida. Agitó los dedos de una mano para saludarlo y gritó con alegría:

— ¡Chi-chi!

FIN

Muchas gracias a Joseín por esta nueva colaboración.

Recordemos que Joseín está participando en el Desafío del Nexus de Marzo con esta historia, así que no olvides darle al botón “Me Gusta” de facebook si disfrutaste la historia 🙂

Los Cuatro Testigos del Apocalipsis

Nuestro estimado amigo y colaborador, el escritor Venezolano Joseín Moros también está participando en esta edición del Desafío del Nexus con una nueva historia y no faltaba mas, su propia ilustración:

Melancolía 01 copia

Los Cuatro Testigos del Apocalipsis

Autor: Joseín Moros

¿Debe ser el apocalipsis un evento de gran violencia y destrucción?

¿No es posible que todo termine con la mayor tranquilidad aparente?

¿Podría la humanidad, en el fin de los tiempos, desear que todo termine?

¿Y la inteligencia artificial? ¿Vería el apocalipsis de manera diferente a como lo hacen los seres humanos?

Feeneal estaba siendo vigilada por los “bedeles”, —con ese apodo, desde eones atrás, la gente común llamó a las inteligencias artificiales encargadas del mantenimiento de mundos enteros.

Ella estaba desnuda y cumplía mil años de edad. Desde los 845 supo que el universo a su alcance estaba solo; al igual que la galaxia. No existía persona alguna con quien pudiera comunicarse a través del “no tiempo”. Se detuvo frente a un ventanal, luego de caminar con dificultad, y mucha lentitud, a través de la gigantesca mansión. Miró el amanecer del planeta ANICE-9055. En pocos minutos las llamaradas rojas del astro SOGE-5392, iluminaría las hermosas playas bajo el risco, cubiertas de arena dorada y con reflejos esmeralda en las formaciones coralinas. A unos cincuenta kilómetros vivieron sus vecinos más cercanos, una pareja de edad parecida a la de ella. Nunca los vio en persona y jamás lo intentó.

***

En el planeta NICEN-1408, en el borde exterior del brazo de Sagitario, y a centenares de niveles bajo tierra, ORUGA6, la inteligencia artificial que allí gobierna toda estructura, mantiene una eterna conversación con los millones de sus iguales repartidos por la galaxia. ORUGA6 tiene casi un millón de años, fue construido por seres humanos venidos desde 100.000 años luz. Igual que sus congéneres mecánicos, inmersos en planetas naturales, reformados y artificiales, todos fueron diseño de los conquistadores de la Vía Láctea.

ORUGA6 habló, en el lenguaje de la gente de la Tierra.

— ¿Qué hemos omitido? —Dijo, y en el mismo instante, en toda la galaxia, fueron recibidas sus palabras—. Nuestro décimo experimento con doscientas mil poblaciones de clones falló.

En ningún momento, de la historia galáctica, se pudo viajar a velocidad superior a un tercio de la lumínica. Sin embargo, desde un principio de la expansión de la humanidad, fue descubierta la técnica para comunicarse de manera semejante a la radial, a través de lo que llamaron los científicos el “no-tiempo”, y combinando esta facilidad comunicacional con la hibernación de colosales tripulaciones, en el primer millón de años casi la mitad de la galaxia contó con enormes colonias humanas encargadas de reacondicionar los planetas más factibles de habitar.

— ¿Tal vez debemos insistir con la modificación de los cerebros de cada clon? —contestó, preguntando, NIGO22, residenciado en el subsuelo de GUREN-3, un planeta algo mayor que la Tierra, girando alrededor de una estrella ubicada en el brazo de Perseo.

—No vale la pena, sabemos que su inteligencia no superará la de un delfín —interrumpió ATIJO9, domiciliado en RATUR-61, planeta artificial viajero, flotando muy fuera de la galaxia y con vista hacia el brazo de Orión.

—Ya probamos todo, tal vez llegó el momento de tomar la decisión —intervino ROL3, desde un planeta restaurado, NOSTE-8, con el aspecto de una burbuja de agua salada. El decano del grupo intentaba plantear un tema, eludido por toda la población de inteligencias artificiales diseminadas por la Vía Láctea,…desde la muerte del penúltimo ser humano.

—Tengo una pregunta —interrumpió ORUGA6—. ¿Conocen los últimos resultados del experimento con primates?

—Otro fracaso— contestó el viejo ROL3—, aunque la inteligencia de los individuos aumentó, por desgracia no desarrollaron la reflexión de conciencia que los hiciera análogos a seres humanos.

El consejo de los cuatro artificiales se prolongó, continuaban sin comprender qué estaba ocurriendo. El rumor de las conversaciones, entre los que se podrían denominar “bedeles espectadores”, resonaba en el espacio virtual creado por aquellas mentes. Todos imaginaban el mismo escenario para el encuentro: una llanura infinita, cubierta de hierba, iluminada por un cielo azul cerúleo, con un estrado color madera y cuatro sillas de material transparente. Allí estaban los cuatro líderes y a su alrededor los millones y millones de espectadores. Uno por cada mundo. Tenían la misma indumentaria: un mono ceñido, del color de las muertas hojas de otoño. Los cuerpos no mostraban rasgos de sexo alguno. Sus cabezas eran diferentes unas de otras, lucían sin cabello, barba, cejas o pestañas, las fisonomías variaban de manera similar a las personas en una calle congestionada, resultando más o menos fáciles de identificar. Lo curioso era que ninguno de ellos, en la realidad, tenía ese aspecto, sólo eran gigantescos cerebros electrónicos instalados en súper estructuras blindadas, bien guarecidas, en cada mundo natural o artificial.

Como en una obra teatral aburrida el público fue desapareciendo, sin protestar y mucho menos aplaudir. Al final los cuatro quedaron solos.

***

Desde el momento cuando la humanidad conquistó las llanuras de Marte, la sobre poblada Tierra se desbordó en el planeta rojo. En pocos milenios también Marte quedó saturado de gente y las guerras surgidas, utilizando autómatas de toda clase, fueron insuficientes para controlar el aumento de población. Por añadidura, la tecnología logró dominio sobre las enfermedades y cualquier persona tenía una esperanza de vida cercana a los quinientos años, mejorando cada siglo hasta que cesaron las investigaciones. Casi de manera simultánea, los adelantos en la velocidad del viaje espacial, la magia de la comunicación radial por el “no-tiempo”, y las avanzadas técnicas de hibernación, abrieron puertas para la conquista de la galaxia.

En paralelo con estos progresos, la inteligencia artificial fue tomando control de planetas enteros. Los seres humanos se convirtieron en cómodos propietarios de una confederación de mundos, donde no tenían necesidad de trabajar para vivir. La única ambición, en cada persona, fue contar con más espacio; la proximidad de sus congéneres causaba angustia, como una reminiscencia de un pasado de sobrepoblación, hambruna y enfermedad.

Y así transcurrieron millones de años. Las personas, con gran facilidad, vivían hasta alcanzar un par de milenios de edad y contaban con viviendas inteligentes, donde rara vez se cruzaban con otros seres humanos. Las relaciones necesarias se realizaban a través de imágenes virtuales: universidades, centros de investigación, clubes, incluso ejércitos, se reunían en el espacio virtual. Los matrimonios, por contrato de tiempo limitado, fue práctica común en aquella cultura y alejar los hijos a temprana edad se tornó en un desahogo necesario. ¿Cómo se llegó a este comportamiento? Nadie se preocupó de averiguar. En un universo donde las máquinas satisfacen tus necesidades materiales, no necesitas a nadie a tu lado, al menos de manera física.

El problema surgió silencioso, imperceptible por largo tiempo: de repente comenzó a escasear gente para poblar nuevos mundos y la expectativa de vida disminuyó sin causa aparente; las personas morían cada vez más jóvenes. Algunos dirigentes humanos tomaron medidas, con poco interés, y las inteligencias artificiales continuaron investigando, era su trabajo asumir las tareas inconclusas. Al parecer a la humanidad dejó de importarle la conquista de la Vía Láctea.

Los “bedeles” introdujeron incentivos: traslado bajo hibernación a mejores planetas situados a miles de años de viaje, garantizando más espacio libre y más robots al servicio de la pareja por cada hijo. También repitieron experimentos para clonar seres humanos. Nunca lograron obtener un clon que no enloqueciera al cabo de poco tiempo. También intentaron evolucionar primates, los individuos obtenidos resultaron bipolares en extremo; pasaban de profundas depresiones a furias asesinas.

Con desgano, los “bedeles”, en los últimos quinientos mil años, llevaron a hibernación personas escogidas al azar, pero los parámetros de mortalidad no mejoraron con la vida en suspensión. Los durmientes se apagaban, como linternas que sus baterías hubiesen perdido la carga de manera paulatina, a pesar de no presentar patología alguna.

Cuando planetas enteros quedaron deshabitados, un intento de reducir la distancia física entre las personas empeoró la situación en los lugares donde fue practicado: hubo asesinatos y suicidios masivos, incluso atroces actos de canibalismo.

Al final, en toda la Vía Láctea, sólo quedó una persona; por azar, joven y de sexo femenino. Su nombre fue Feeneal 739117K, en el planeta ANICE-9055, estrella SOGE-5392, en el brazo de Orión.

Feeneal, al momento de convertirse en el último ser humano vivo, tenía 845 años de edad y en soledad, como nadie nunca antes, llegó a su cumpleaños número mil.

***

El cuerpo redondo de Feeneal proyectó sombra, alargada como un dedo gigantesco, en la penumbra del pasillo. Una figura, algo similar a ella, en cuanto a redondeces, caminó hasta su proximidad.

—Feeneal —dijo, con voz chillona, el rechoncho autómata gris metálico; parecía un maniquí sin señas de género masculino o femenino—, es momento para la terapia de liposucción, la has retrasado casi un año. Podrás dormir varios días, mientras corregimos tu figura y cambiamos riñones y páncreas.

—No quiero, B9. Oscurece la ventana, me molesta esa luz.

— Encontré un juego muy antiguo —agregó la máquina—, fue creado al principio de la conquista espacial.

Feeneal mostró un pequeño movimiento de interés, sus carnes ondularon al dar un paso y una pierna estuvo a punto de fallarle.

—Ya viene la silla —dijo B9.

Flotante y silencioso, un enorme sillón venía detrás del robot. Se situó tras de la mujer y tomó la forma de sus asentaderas, muslos y espalda. Ella se dejó caer y el enorme peso fue llevado a la posición de sentada, como si lo hubiera hecho una formidable mano elástica y flexible. La cabellera, rala y grasosa, cubrió parte de la cara de Feeneal.

B9 trotó detrás del transporte. Era muy ágil, contradiciendo su exterior voluminoso. Desde millones de años atrás, todo autómata humanoide tenía tal aspecto; las personas rechazaban las figuras estilizadas.

Al llegar a una puerta dorada, el cuerpo de Feeneal fue rodeado por suaves abrazaderas de seguridad y su cara quedó cubierta con una máscara negra, interrumpiendo su visión. La puerta se deslizó en completo silencio. Entraron a un salón vacío, donde con facilidad habría cabido un edificio cúbico de cinco pisos. El sillón se elevó hasta el centro del espacio interno de la construcción; las paredes, techo y suelo eran grises, pero se fueron tornando marrón caoba y la claridad comenzó a disminuir. La mujer en ningún momento intentó quitarse la máscara, no habría podido soportar la visión de un espacio vacío tan grande.

Sonó una melodía, en apariencia producida por instrumentos de viento, y la máscara se retiró de la cara de Feeneal. Ella miró a su alrededor, vio un paisaje oscuro y crepuscular. La rodeaba una llanura cubierta de hierba alta y verdosa, azotada por el viento. Feeneal se encontraba en la corona de una torre de piedra y no experimentaba molestia sobre la piel desnuda. Movió la mano izquierda y una gaveta se abrió, repleta de bocadillos y bebidas. Comió y bebió, mientras la silla giraba en redondo y ella se familiarizaba con el paisaje. Sus manos quedaron pegajosas, movió un pulgar y tocó el dedo meñique. La acción dio comienzo, a unos treinta metros bajo ella. Los números de un cronómetro, y otros indicadores, brillaron en el horizonte.

Era una batalla de magnitud portentosa, y Feeneal ya había comprendido la complejidad de las maniobras planteadas por los bandos en pugna. Mientras masticaba y empuñando un vaso de líquido espeso, apuntó con el índice al grupo que decidió fuera suyo; los millardos de guerreros miraron hacia ella, levantaron lanzas, macanas, espadas, hicieron que sus extrañas cabalgaduras se pararan en dos patas, y saludaron a su reina. El rugido de las voces casi la alegró. Sus ojos, empequeñecidos por la grasa acumulada en los párpados, se redujeron aún más, mientras analizaba los obstáculos interpuestos por el bando contrario, que se parapetaba detrás de fosas sembradas de púas.

Muchas horas transcurrieron, los escenarios cambiaban de manera sorpresiva, mientras los niveles de dificultad se incrementaron con rapidez. Con frecuencia vomitó para continuar comiendo, también vació su vejiga e intestinos y los mecanismos del sillón se encargaron de asearla. Llegó un momento en que no podía sostener los alimentos y apenas movía los dedos, encalambrados, para realizar violentos cambios en las jugadas. Por tres veces estuvo a punto de perder, pero la visión de sangre corriendo y retumbar de aullidos agónicos, la excitaba y sus contra ataques fueron demoledores.

Cuando se erigió en reina victoriosa, llegó el premio: el sillón introdujo en su cuerpo una cadena de espasmos de placer que la dejaron casi desmayada. No fue novedad, desde siempre, todos los juegos finalizaban de igual manera.

Entonces lloró, sus lamentos repercutieron en el paisaje virtual cubierto de cadáveres. Segundos después se quedó dormida y comenzó a soñar.

Vio su único hijo, al momento de ser trasplantado, como embrión diminuto, a una incubadora. Cuando nació, en realidad cuando lo extrajeron de la máquina, no pudo soportar las incomodidades que representaba y lo cedió al hospital de la región. Entonces, en el sueño, lo vio al momento de ser introducido en la cámara de hibernación, ya con ciento quince años de edad, rumbo a un planeta a cinco mil años de viaje por el espacio, acompañado de al menos doce millones de colonos. Trescientos años atrás le llegó la noticia de su defunción, sin haber despertado. Fue uno de los últimos en dejar de vivir, mientras dormía, en aquella flota conquistadora.

El sonido del tema musical, de uno de los juegos virtuales más populares, la despertó. Abrió los ojos y de inmediato supo qué pasó. Había ocurrido muchas veces en su milenio de vida.

—Tuve que operarte, Feeneal —dijo B9, parada a un lado de la cama; la mujer yacía sobre el mismo sillón donde se había quedado dormida—, tienes riñones nuevos, páncreas, articulaciones de las rodillas, y cuero cabelludo, te lo arrancaste en manojos y muchos folículos se habían dañado.

No contestó, casi eran las mismas palabras de anteriores oportunidades. Se levantó con torpeza, no necesitó espejo para saber cómo era su aspecto. Si hubiera existido alguien no familiarizado con lo ocurrido, le habría sido imposible reconocer la nueva Feeneal. Tenía menos de la mitad de sobrepeso, con cabellera sana, en lugar de los mechones manchados de sangre y grasa que días atrás ostentaba. Su olor habría sido soportable para este espectador imaginario, aunque con seguridad le aconsejaría un largo baño y cosméticos, de los que dejaron de fabricarse mucho antes que la gente comenzó a morir sin razón conocida.

Continuó desnuda. Bamboleante llegó hasta el comedor, acostumbrada a que por siempre una mesa bien dotada la esperaba. Un lejano ventanal dejaba entrar luz solar. Con sólo el movimiento de su mano inició el oscurecimiento de los cristales.

B9 llegó hasta ella cuando Feeneal ya se había hartado de comida y se estaba encogiendo en el suelo, bajo la mesa, como un perro en su rincón preferido.

—No quiero despertar, B9. Ya lo decidí —dijo la mujer, y comenzó a roncar.

El redondo autómata permaneció inmóvil, mientras esperaba instrucciones. B9 no tenía capacidad para analizar la situación, tampoco sabía que en ese momento los cuatro “bedeles” estaban votando. Por unanimidad aceptaron la decisión del último humano de la galaxia. No había otros seres vivos inteligentes, lo sabían, los habían buscado largo tiempo, y dejaron el plan inconcluso.

B9 hizo brotar una pequeña aguja de uno de sus dedos, y rozó, con mucha suavidad, la nuca de la mujer enrollada en posición fetal. Después, con facilidad, la levantó para introducirla en el horno crematorio de la mansión. Entonces permaneció allí, de pie, como una estatua, esperando instrucciones que nunca llegaron.

Y pasaron docenas de milenios, tiempo despreciable en comparación con los millones de años que había existido la raza humana.

***

Los cuatro estaban sentados en las sillas sobre el estrado. El paisaje continuaba igual. En la llanura quedaban algunos cientos de “bedeles”; de vez en cuando uno de ellos se acostaba sobre la hierba, asumía posición fetal y desaparecía, como un pensamiento arrastrado por el aire virtual, hasta que la llanura quedó vacía de ellos.

ROL3, el decano del grupo, sentado en la misma silla de siempre, habló con lentitud a sus tres compañeros.

—Fuimos creados a imagen y semejanza de los seres humanos, pensamos y sentimos de similar manera, no lo podemos evitar. Hay preguntas sin respuesta ¿Qué perdimos? ¿Qué búsqueda abandonamos? ¿En qué dejamos de creer? ¿Alguna otra idea nos convenció? Al igual que nuestros creadores, no hay proyecto alguno que nos motive a seguir existiendo para llevarlo hasta el final. Tras de nosotros dejamos un descuidado sendero de planes inconclusos, igual que ellos aparentamos entusiasmo en los inicios, pero en el fondo sabemos que no terminaremos la tarea. Ya nada les importaba, tampoco a nosotros.

Los cuatro se enrollaron en el suelo, como fetos calvos y flacos. Y desaparecieron junto con el paisaje.

Y los milenios transcurrieron, luego los millones de años. Las huellas de la humanidad quedaron borradas de la galaxia. Si alguien pudiera verla, desde lejos, le parecería un lugar donde nada importa. Allí no ocurrió una derrota, sólo fue un proyecto inconcluso.

FIN

Muchas gracias a Joseín por esta nueva colaboración.

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p>Joseín escribe con frecuencia para este blog, puedes leer otras de sus historias consultando la etiqueta “Joseín Moros” o también puedes leer sus otros blogs:

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El Puente de Varolio

Nuestro amigo el escritor venezolano Joseín Moros, también aceptó el Desafío del Nexus y nos complace con otra de sus historias y también como es costumbre su propia ilustración:

El puente de Varolio

El Puente de Varolio

Autor: Joseín Moros

¿Puede un niño poseer la semilla para crear viajeros en el tiempo?

¿Bajo un puente, que casi nadie ha visto, puede existir la solución a un gran enigma?

La respuesta, a estas preguntas, está prisionera en las circunvoluciones de un laberinto pasado-presente-futuro, cuyo centro es un extraño puente. Sólo un niño podría recorrerlo, y retornar, con gran peligro para su vida.

Sus pequeñas piernas comenzaban a doblarse por el cansancio y en ningún momento había gritado. Era un niño de unos seis años y arrastraba un recipiente metálico, el kerosén lo había perdido por el camino de tierra entre las casuchas. Fue una suerte que se agotara el líquido, las salpicaduras estaban sirviendo para que sus perseguidores lo pudieran alcanzar.

Ocurría todo muy temprano en la mañana, cuando regresaba del abasto y a casi un kilómetro de su hogar. El pequeño intentaba no hacer ruido, al igual que los habitantes en el interior de las modestas construcciones de Aguaclara. El sonido de balazos se había encargado de paralizar toda afluencia de caminantes en los callejones; puertas y ventanas quedaron selladas. Era poco probable que alguien tuviera la audacia de asomarse por alguna rendija, una bala perdida podía ser el premio a la curiosidad.

Sin mirar atrás se metió por un callejón aún más estrecho, a mitad de camino se enterró entre enormes restos de basura, plumas de gallina, huesos de cerdo, cáscaras de plátano, desechos humanos y animales, amontonados contra una pared construida con adobe tal vez un siglo atrás. Un gato negro lo observó con interés y el animal dio un salto para alejarse. Mar —así llamaban al niño por su nombre Martín—, abrazó el recipiente metálico, sus alpargatas negras, empapadas con el combustible, se habían impregnado de tierra y el pantalón corto se manchó con la suciedad. Apenas salió el sol, de aquel día de 1944, su madre lo había enviado a comprar tres litros de kerosén y un par de algodonosas mechas, para la cocina de una hornilla, un lujo que la mujer se permitió al recibir el pago de una transcripción de documentos en su vieja máquina de escribir. En ese instante el niño oyó voces de hombre y se enterró aún más en la basura, con los ojos abiertos a la oscuridad.

— ¡Policía secreta, nadie salga!— gritaban a lo lejos.

Entonces vio de nuevo la terrible escena. “Por la carretera de tierra llegó un enorme vehículo negro, la puerta trasera se abrió y empujaron un hombre con el torso desnudo y manchado de sangre. Cayó cerca del pequeño Martín, quien se encontraba orinando detrás de un árbol, con el recipiente de kerosén a un lado. Otro hombre salió, vestido con un traje oscuro a rayas, corbata y sombrero negros, apuntó con un formidable revólver al caído y disparó seis veces. Regresó al vehículo y partieron. El pequeño Mar levantó el kerosén y corrió hasta el cadáver, en ese momento, tal vez por el espejo retrovisor, los ocupantes del automóvil lo descubrieron. El frenazo rugió sobre la carretera de tierra, mucho polvo y piedras se levantaron. Martín, como un conejo asustado, regresó tras del árbol y se internó en la espesura, buscando recortar camino hacia su casa. Cuando surgió al otro lado del matorral, oyó ruido del motor y otro frenazo; a su derecha y desde la ventanilla, el chofer le disparó cuatro veces y la tierra salpicó el cuerpo del niño. Los golpes, como martillazos en el suelo pedregoso y en el envase metálico aferrado con una mano, lo paralizaron un instante. De inmediato continuó corriendo” Los individuos debieron bajarse del vehículo cuando vieron que no cabría por los callejones. Mar no lo sabía, pero el reguero de kerosén les sirvió para saber por dónde había huido el testigo de su crimen.

El niño sintió pasos apresurados, a pocos metros del muro los hombres hablaron en susurros.

—Las manchas terminaron en la esquina.

—No sabemos si entró en este callejón o siguió corriendo.

—Pudo haberse metido en alguna casa.

— ¿Lo viste bien?

—Es fácil de recordar, tiene una cicatriz en la ceja izquierda.

—Yo también lo vi bien.

—Vamos a recorrer las casas de Aguaclara y que nos muestren todos los muchachos.

—No seas estúpido, entonces mucha gente podrá reconocernos.

Sonaron seis balazos más y Martín dejó de respirar.

— ¿Porqué disparas al aire?

—Para que nadie se asome. Vamos al carro, volveremos otro día, miraremos en la escuela, en la iglesia, donde sea.

El niño no pudo salir de la basura, tenía el cuerpo paralizado por el terror. A medida que transcurrió la mañana, el ruido de la gente se incrementó; hablaban en cuchicheos, abrían puertas y ventanas con sigilo y las volvían a cerrar. Mar oyó un grito a lo lejos, reconoció la voz de su madre. Eso le dio fuerza y pudo levantarse, caminando muy despacio salió del callejón. Desde lejos la mujer lo reconoció, pensó en gritar pero la actitud del niño la detuvo, adivinó que no debían llamar la atención y se quedó allí, esperando.

Transcurrieron varios días y Carmen, la madre del pequeño Mar, le permitió ir a la escuela. Nadie, en Aguaclara, supo de la presencia del niño en la escena del crimen. El cadáver estuvo en la carretera durante días, la gente fingió no verlo, a pesar de la pestilencia y los zamuros. El cura de la pequeña iglesia habló con la policía, aduciendo que el mal olor había llegado hasta la capilla a casi dos kilómetros de allí. Y no se habló más del asunto.

***

La escuela era apenas una vieja construcción, con paredes de barro y techo de bahareque, en su interior la maestra impartía clase a una cincuentena de niños, desde cuatro hasta doce años de edad. La mujer se ingeniaba para enseñar al mismo tiempo los diferentes niveles de aprendizaje.

Al finalizar, en horas de la tarde, los niños escucharon la campanilla de un vendedor de helados. Un hombre flaco llevaba una caja de madera sostenida con dos correas a su espalda, en el interior el hielo seco protegía la mercancía. Martín no se acercó a comprar, en su bolsillo no había dinero, sin embargo, desde lejos, miró algunos niños en torno al comerciante. Le llamó la atención la palidez de sus tobillos, las alpargatas raídas contrastaban con aquella decoloración, como si nunca hubiera calzado un par de ellas. Entonces miró la cara del individuo y lo reconoció, era quien le había disparado desde el vehículo negro. El sujeto también lo identificó y con rapidez sacó un pito de amolador de tijeras, el sonido de las pequeñas flautas fue contestado desde lejos por otro similar, y Mar salió corriendo.

Como un gato aterrorizado, Martín saltó una pequeña cerca de piedra y se perdió entre las casuchas, para después atravesar amplios terrenos cultivados. Minutos después entró a su casa, jadeante y sudoroso. Carmen paró de teclear en la máquina, vio la cara de terror de su hijo y adivinó qué estaba pasando.

— ¿Te vieron los hombres?

—Sí, mamá —contestó, casi llorando, mientras cerraba la endeble puerta.

El sacudón hizo estremecer la vivienda. La madera golpeó al niño y a la mujer, ambos rodaron por el suelo; igual a un resorte ella saltó a la cocina en la misma habitación. Desde el suelo Martín vio entrar a los dos individuos, el heladero sin la caja y el otro, disfrazado de amolador de tijeras; esgrimían revólveres negros y enormes. Mientras tanto Carmen ya tenía un cuchillo en la mano.

Los hombres se miraron, el amolador retrocedió hasta la puerta, miró hacia afuera, regresó a su posición y apuntó a la mujer, el heladero dirigió el cañón del arma hacia el niño. Casi al mismo tiempo cada martillo retrocedió para abalanzarse contra el fulminante, una decima de segundo antes que el primero de los percutores aplastara el casquillo, la casa se estremeció. Con un rugido, una corriente brusca de aire ocupó el lugar donde habían estado los intrusos. En el suelo quedó Martín, con las palmas de sus pequeñas manos apuntadas hacia la puerta.

La mujer soltó el cuchillo, levantó al niño y examinó su cabeza, la puerta lo había golpeado pero la herida resultó pequeña. Con rapidez le aplicó un paño limpio y ninguno de los dos habló durante un par de segundos. Carmen rememoró dos episodios parecidos: el primero ocurrió con un enorme perro, cuando el niño tenía dos años, nunca más volvieron a ver el animal; el segundo, a los tres años de edad, fue con una serpiente, con un chasquido en el aire el reptil reapareció medio minuto después, a casi diez metros de distancia. La mujer jamás logró una explicación comprensible por parte de su hijo, entonces le prohibió hablar del asunto con otras personas y nunca intentar desaparecer seres humanos.

— ¿Hay más hombres, Mar? —dijo por fin la madre.

—No sé, mami. Nada más vi dos —contestó Martin, con voz llorosa.

—Deben haber venido en carro. Debemos ir a la entrada de Aguaclara.

—Tengo miedo, mami. Nos pueden ver.

—Está oscureciendo, Mar— insistió Carmen. —Abriguémonos bien y vamos por los callejones pequeños.

Largo rato después madre e hijo estaban ocultos detrás de una pequeña pared de roca, ambos muy sudorosos a pesar del frío nocturno. Las ruanas oscuras los hacían casi invisibles en la noche nublada. La cerca de piedra los protegía de ser vistos por el hombre, quien fumaba cigarro tras cigarro, mientras caminaba alrededor de un vehículo negro con el motor encendido y luces apagadas. En ningún momento había soltado un revólver plateado.

— ¿Ese también estaba la otra vez? —susurró Carmen, mientras bajaba el niño al suelo recién arado.

—No sé mami, yo creía que nada más fueron dos —contestó Mar, apenas de manera audible.

La mujer respiraba con agitación, tenía los labios resecos y con nerviosismo se rascó la mejilla derecha. Estaba tomando una decisión, adivinó el pequeño Mar, quien conocía a la perfección su lenguaje corporal.

—Martín— le murmuró ella al oído.

El niño no se movió, estaba acurrucado tras las piedras y el calor de la caminata desaparecía, para ser sustituido por un frío que amenazaba hacerlo temblar.

—Hace tiempo te prohibí hacer lo que te voy a pedir —continuó murmurando, mientras el sudor le corría por la espalda—; ese hombre traerá otros para matarnos.

El niño asintió con suavidad, tenía miedo de hacer algún ruido involuntario.

—Te levantaré por encima de la cerca. Mándalo muy lejos, donde no pueda volver.

— ¿El carro también? ¿Y con los otros dos?

—Sí, todos juntos y su carro.

Martín apoyó los codos en la piedra, mientras su madre lo sostuvo. Sus pequeñas manos temblaron, apretó los dientes y nada ocurrió. Carmen lo depositó con suavidad en la tierra.

—Lo hiciste hace un momento, Mar. Puedes repetirlo —susurró aterrada.

—No sé cómo lo hice, mami.

—Martín, si ese hombre nos ve comenzará disparar, si escapamos vendrá con otros y nos encontrarán.

Con mucha rapidez, como si estuviera rechazando el ataque de un animal, el niño levantó sus brazos y apuntó contra la pared de piedra. Un rugido, como el de un perro enorme, sonó al otro lado. Carmen se enderezó con precaución, estuvo observando un momento y se agachó, para abrazar al pequeño Mar.

— ¡Lo hiciste a través de la pared! —casi gritó.

—Está con los otros y el carro, muy lejos, mami —dijo el pequeño Mar, temblando de miedo y frío.

—Debemos irnos de Aguaclara —murmuró Carmen.

Horas después, apenas amaneciendo, Carmen y su hijo viajaban en la parte trasera de un camión de verduras. Aquello no era extraño, sus vecinos sabían que ella estudió en la ciudad y trabajaba transcribiendo cartas y documentos para gente de Cerroalto, el pueblo más cercano. Este día llevaba su máquina a reparar y además pensaba visitar nuevos clientes —dijo ella—, mientras esperaba manuscritos y la reparación de su pesada herramienta de trabajo. “Cuídenme la cocina de kerosén y los libros de la biblioteca”, había pedido a una de sus amigas en Aguaclara. Sabía que sus modestas pertenencias no serían tocadas por nadie, en la cordillera todavía la propiedad privada era un bien sagrado.

Horas después, al llegar a Cerroalto, Carmen y Martín caminaron hasta el terminal de pasajeros. Tomaron un autobús, la mujer llevaba sobre sus rodillas la caja con la pesada máquina de escribir y el niño una bolsa de tela con algunas pertenencias. Martín quedó asombrado al oír cual era el destino de aquel transporte: Maracas, la gran ciudad, a mucho más de mil kilómetros de distancia.

— ¿Cuánto tarda el viaje, mami? —preguntó en el oído de su madre, sentados en el interior del vehículo lleno de pasajeros, muchos llevando gallinas, cabras y cerdos pequeños.

—Tres o cuatro días, sí la lluvia no tumba algún puente y tengamos que desviarnos —contestó ella, de similar forma cautelosa; entonces abrió su juego de mapas, los cuales muy bien conocía el niño desde que aprendió a comprender material escrito.

El pequeño Mar sabía que su madre había nacido en Maracas y su padre en la cordillera, de la cual ahora estaban huyendo. Cuatro años atrás, cuando Martín tenía dos de edad, el padre había muerto en un alzamiento contra la dictadura gubernamental. Carmen huyó a la montaña y protegida por amigos logró establecerse en Aguaclara. La policía secreta perdió su rastro; “sólo es una mujer y un niño, se los tragó la cordillera, ya debe tener otro hombre y cada año una barriga”, había dicho el investigador a cargo, cuando no pudo encontrarlos.

El viaje fue duro, aunque en verdad transcurrió sin contratiempos extraordinarios. Carmen y Martín tuvieron que dormir en el autobús, la reducida cantidad de dinero que llevaban no alcanzaba para alquilar un puesto en las chozas dormitorio, compartiendo catres con pasajeros y animales de granja. Comieron los alimentos más baratos: sopa de cerdo muy caliente y pan de maíz, en ningún momento contaron con una ducha y fue imposible bañarse en alguno de los innumerables arroyos cristalinos.

Cuando llegaron a la gran metrópoli, en un atardecer triste y lluvioso, el terminal de pasajeros —un enorme terreno lleno de autobuses—, estaba casi desierto, y las calles para llegar allí se veían desoladas. Carmen pudo captar algunas conversaciones y se enteró que había toque de queda, los militares patrullaban y nadie encontró transporte para su destino final dentro de la ciudad. La noche se tornó lluviosa y la gente que había llegado al final de la tarde, en unos cuatro autobuses, durmieron en los vehículos y en los bancos bajo techo de cobertizos sin pared. Carmen y el pequeño Mar se apretujaron en un rincón, cerca de los kioscos de alimentos, algunos de los cuales todavía funcionaban debido a que sus empleados tampoco pudieron regresar a casa. Por primera vez madre e hijo pudieron hablar, sin tener oídos ajenos en la proximidad.

—Tengo mucha hambre, mami —murmuró el niño.

—Compraremos algo en la mañana, tenemos que guardar dinero para el pasaje. Todavía estamos lejos de la tía Rebeca.

Martín se encogió y con cuidado cubrió su cabeza con la ruana. Carmen sintió un sacudón en el bulto oscuro que formaba el niño y colocó una mano sobre él. Entonces el pequeño Mar emergió, como una pequeña tortuga sacando la cabeza en la oscuridad.

—Ya regresé, mami —dijo muy bajo, mirando a los lados con precaución.

— ¿Regresaste? ¿Es un juego nuevo, Martín? —la mujer utilizó el nombre completo del niño, lo hacía cuando le estaba exigiendo buen comportamiento.

—No, mami. Fui a buscar dinero, toma —y le entregó dos gruesos puñados de billetes, arrugados y en desorden.

— ¿De quién es este dinero, Martín? —preguntó, muy sorprendida.

—Di un salto pequeñito y salí a caminar. Cerca hay soldados y hombres con sombrero negro, como los que mataron al señor en la carretera.

—Explícame con cuidado, quiero entender bien, Martín —murmuró Carmen, en el oído del niño.

La mujer logró entresacar, de las palabras de su hijo, que el niño había “saltado hacia atrás un poquito”; salió del terminal de pasajeros y se aproximó hasta el grupo de militares en la avenida, con ellos estaban muchos agentes de la policía secreta —pudo ella deducir—. El niño metió sus manos en los bolsillos de los agentes y extrajo el montón de dinero que ahora le había entregado, luego “saltó adelante para regresar” —como él decía—, y casi en el mismo instante reapareció bajo la ruana al lado de su madre.

—Pudieron matarte, Martin —murmuro ella, muy asustada y en tono agresivo.

—No me ven, mami. Sí quiero nadie se mueve, la gente parece muñecos. Cuando estoy aburrido en la escuela “salto así” y voy a caminar por la montaña. El agua del río no se mueve, ni los peces, ni los pájaros en el aire. Después “salto adelante” y regreso antes de contar de cero a uno.

—Nunca me lo contaste, Mar —ella más o menos comprendió la explicación. Su hijo podía pasar horas en su “paseo”, y regresaba casi al mismo instante de haber partido.

—Yo creía que tú también lo hacías, cuando te quedabas pensando en la ventana —agregó el niño, un poco decepcionado.

Carmen adivinó su punto de vista, en realidad también ella viajaba, algunas veces en el pasado y otras en muchos futuros, pero sólo con el pensamiento, no como su hijo. Entonces recordó el dinero.

—Esto es robar, Martin. No podemos usarlo.

—Sí, mami. No es de ellos. Los policías quitan todo a la gente que matan.

Carmen no tuvo respuesta, recordó a su difunto esposo.

—Avísame cuando vayas a “saltar así”, Mar —dijo con la voz quebrada.

Y se levantó para comprar comida, sin perder de vista a su hijo.

Las horas transcurrieron, madre e hijo durmieron con sueño liviano. En la distancia podían oír tiros de fusil. A mitad de la madrugada, y de repente, una batalla se inició muy cerca, las balas perdidas tumbaron hojas de los árboles alrededor del terminal de pasajeros. Toda la gente se tumbó al suelo. En el siguiente instante se oyeron martillazos de proyectiles contra los autobuses, innumerables gritos de la pequeña multitud se incrementaron. Carmen cubrió con el cuerpo a su pequeño hijo. Martín gritó en su mejilla, para hacerse oír.

— ¡Vámonos a casa de tía Rebeca, mami! ¡Yo vi en el mapa dónde es!

— ¡Cuando termine la pelea nos vamos, hijo! —gritó, para calmarlo.

— ¡No, saltemos ya!

Carmen comprendió.

—Mar, me da miedo.

— ¡Ya lo hice con una rana, mami, y le gustó!

Carmen apretó a su hijo cuando las balas golpearon el autobús más cercano y se incendió; tuvo la certeza que los siguientes impactos serían sobre ellos, si antes no estallaba el vehículo.

— ¡Vámonos! —gritó la mujer.

Ella dejó de oír balazos y llantos. El silencio le pareció sobrenatural, en un instante pensó que había muerto.

—Llegamos, mami.

La mujer abrió los ojos y levantó la cabeza.

— ¿Dónde estamos? —preguntó.

—En la calle que dice el mapa. Seguro, mami.

Carmen se levantó, con asombro observó una calle solitaria con apenas un poste a unos cincuenta metros, un pálido bombillo se hacía notar entre la neblina del amanecer; reconoció las viejas casonas, casi invisibles en la penumbra, separadas unas de otras por jardines con arboles muy altos. Hacía frío, pero no tanto como en la cordillera de dónde venía. Miró los alrededores, la calle empedrada era una pendiente y ellos estaban sobre la acera húmeda de rocío; vio la caja con la máquina de escribir, la bolsa de tela con sus pertenencias y por último a su hijo Martín. El niño la miraba con expectativa, esperando su aprobación. La pequeña y redonda cara, con la gruesa cicatriz en la ceja y de mejillas enrojecidas por el frío de los páramos, tenía los ojos muy abiertos, reflejando el lejano foco luminoso.

—Gracias, Mar. Fue un viaje maravilloso —y lo besó con ternura.

Una idea llegó a su mente, ahora libre de terror.

— ¿Mar, pudimos venir así desde Aguaclara?

El niño meditó un instante y contestó con seguridad.

—Sí, pero no lo pensé.

—Tenemos que hablar mucho sobre tus “saltos”, Mar. Me gustará oír todo lo que puedes hacer.

Martín rió con fuerza. Carmen lo levantó, para besarlo muchas veces.

***

Mientras caminaban hacia la casa de la tía Rebeca, la mujer y el niño, cubiertos con ruanas, miraron hacia atrás. A sus pies estaba la ciudad, como estrellas en un cuenco oscuro formado por el valle. El resplandor de incendios lejanos podía distinguirse, entre edificios modernos y casas de techo rojo. El esporádico estampido de las armas apenas era perceptible y el ruido de algún avión se sumó al canto de los pájaros. En la esquina, donde terminaba la calle, apareció un hombre dirigiendo un carromato arrastrado por dos burros; lo reconocieron como el vendedor de leche, por la gran cantidad de blancas botellas en la carga.

Carmen identificó la casona donde pasó momentos de su infancia. Sus padres la dejaban con la tía Rebeca, como premio a su buen comportamiento durante el año escolar. Desde que tenía unos doce años nunca más volvió por allí, porque la tía estaba en algún lugar que ella nunca supo, sólo le dijeron que viajó a otro país. Carmen no le había dicho a su hijo Martín que tenía muchos años sin saber de la tía y que estaban allí porque una carta, sin estampillas, apareció en su casa de Aguaclara unas semanas atrás, como si hubiera surgido del enorme estuche de la máquina de escribir, atrapada entre los pliegues internos para guardar papel. Fue algo providencial, aquello le inspiró una salida. La nota no tenía dirección de remitente ni fecha, sólo un corto texto escrito a mano, sobre una hoja de papel muy viejo y en un sobre tan antiguo que parecía a punto de romperse: “Sobrina, cuando necesites ven a mi casa. Eres bienvenida” Carmen deseaba que la tía estuviera allí, aunque sería una anciana que tal vez no la recordaría.

La tranquera de la cerca de ladrillos estaba abierta y a unos treinta metros, donde terminaba el sendero, un bombillo iluminaba la antigua puerta de madera. La vieja casa colonial estaba arropada por árboles de mango y una tenue luz se filtraba por las cortinas de la sala. Carmen recordó la geografía de aquel hogar donde pasó momentos felices.

Cuando fue a sacudir la gruesa aldaba de bronce, configurada por un pie con alas en los tobillos, la puerta se abrió.

—Pasen. Están es su casa, los estaba esperando —dijo una mujer, parada frente a ellos.

Carmen, al verla, se quedó inmóvil. La dueña de la casa, de unos setenta años, pelo gris bien anudado con moño, peineta de carey, vestido de mangas largas, con diseño de pequeñas flores blancas y negras, tenía la misma estatura de Carmen. Cuando la abrazó, ella percibió el olor del jabón, todavía guardado en su memoria desde los doce años.

—Preséntame a tu hijo —murmuró, cerca de su mejilla.

Carmen apenas pudo hablar, la voz de la tía sonó lejana en su memoria.

—Martín, ella es la tía Rebeca —murmuró titubeante.

—Hola Martín, imagino que te dicen Mar. Soy la tía Rebeca. Tengo preparada su habitación. Vamos para que se bañen, cambien de ropa, coman y duerman unas horas. Después hablaremos.

El pequeño Martín se mostró tímido, la tía Rebeca al parecer lo había impresionado. La mujer les dio instrucciones para usar la renovada sala de baño, ahora con agua caliente, ubicada en el interior de la habitación, antiguo dormitorio de Carmen. Martín sonrió un poco al ver su ropa nueva: zapatos, medias, pantalón negro y sobre la camisa de manga larga una chaqueta azul de algodón. También había un juego para Carmen, con la talla exacta de vestido, ropa interior y zapatos. Carmen observó su recordado aposento, ahora había dos camas. Por primera vez, en su corta vida, el pequeño Martín estaba frente a tantas comodidades

La mujer los dejó solos, con una bandeja llena de galletas caseras, duraznos, queso, y un termo de vidrio con leche caliente. Desde fuera de la habitación les transmitió más instrucciones.

—Dejen la ropa sucia en el suelo del pasillo. Tengo que mostrarles mi última compra: una lavadora. Les gustará verla en funcionamiento. Despierten cuando quieran.

Al atardecer Carmen abrió sus ojos, por primera vez fue consciente de los dolores musculares y aporreos del viaje. Movió una cortina y se dio cuenta que el sol se estaba ocultando.

—<<Dormimos todo el día>> —pensó.

A la luz de una lámpara, se vistió. El niño parecía dormir con una sonrisa de satisfacción y decidió dejarlo descansar. En la penumbra observó que se había vestido con la ropa nueva, incluyendo zapatos; por la forma en que la había arrugado ahora podía pasar como bastante usada.

—<> —pensó con ternura. Durante el largo viaje Martín había dormido menos que ella, observando el panorama, comparando mapas con el paisaje y atento a las conversaciones de toda la gente. Carmen recordó algo importante: varias veces el niño se había cubierto con la ruana y ahora sospechó que Mar estuvo dando “saltos pequeñitos”.

Llegó al patio central de la casona y advirtió más árboles que antes, comparando con su última estadía. Vio a la tía Rebeca, sentada en una mecedora y cubierta con una manta de colores desvaídos, tejiendo de manera maquinal con la mirada perdida en la oscuridad del jardín interior. A un lado había otra silla similar, una pequeña mesa con dos cilindros plateados llenos de café y leche, tres tazas de barro, una bandeja de madera con queso, galletas y dulces caseros.

—Te asusté, Carmen —dijo la mujer, sin voltear a mirarla—. No pude advertirte sobre mi aspecto. Seguro adivinaste porqué luzco igual a la última vez cuando nos vimos, sin haber envejecido un día más. Puedes sentarte y tomar lo que quieras.

La tía Rebeca tenía el mismo aspecto de casi dos décadas atrás, incluso le parecía que el vestido era el mismo y la peineta sobre el cabello. Entonces caminó hasta situarse frente a la mujer sentada y la miró con atención.

—Quiero darte un abrazo, tía —dijo Carmen.

La tía Rebeca se levantó y las dos mujeres se abrazaron, de nuevo aspiró el olor del jabón.

—Siéntate niña, toma café caliente y cúbrete con esa cobija.

Carmen estaba acostumbrada a mayor cantidad de frío, pero levantó la manta del espaldar de la mecedora y tomó asiento. La tía sirvió dos tazas de café con leche.

—Dejé la carta en tu casa, la tenía guardada desde el día que te vi por última vez, cuando todavía eras una niña de doce años. Hace unas semanas calculé que estaba por ocurrir algo muy desagradable en tu vida, en vista de los acontecimientos con los policías donde el pequeño Mar fue testigo.

— ¿Usted estaba por allí? —preguntó, llena de asombro.

—Con cierta periodicidad estuve paseando por Aguaclara. Desde el fallecimiento de tus padres te vigilé desde lejos; en vista de tu condición de perseguida política no me arriesgué a llamar la atención sobre ti. Como ahora con toda probabilidad debes haber terminado de concluir, los “dotados” —así nos llamará la gente dentro de varios milenios—, podemos movernos en el tiempo. Pero tenemos muy fuertes limitaciones: no debemos interferir con los acontecimientos cruciales, ni introducirnos en lugares cercanos a nuestra propia presencia, la consecuencia casi siempre es la muerte.

Carmen volteó la cabeza en dirección a la habitación donde el pequeño Martín dormía. Desistió de hablar, intuyó que debía dejar explayarse a la mujer.

—No te preocupes, Carmen; así como reconocemos malos olores, también sabores amargo y ácido, para advertirnos respecto a comida en mal estado, hay una fuerte sensación de aturdimiento, náuseas y caída, en el momento que intentamos infringir las leyes del tiempo, incluso rebotamos a nuestra última época, lo cual se puede convertir en un evento salvador si no insistimos con demasiada fuerza. Por esa razón te dejé una carta muy poco explicativa, tenías que ser tú quien tomara la decisión de partir, antes que otros policías indagaran por sus compañeros perdidos.

Carmen pensaba en varias cosas al mismo tiempo.

— ¿Eres del futuro, tía Rebeca?

—No, niña —contestó la tía, bajando la mirada, como intentando eludir pensamientos inoportunos que le costaba recordar—. Vengo de un pasado triste y remoto. Nací en 1261 en una provincia de Europa central. Mi madre y mis seis hermanas fuimos acusadas de brujería y condenadas a la hoguera. Las dos más pequeñas logramos escondernos, yo tenía ocho años, después me capturaron. Mi hermana menor se salvó cuando fue ocultada por vecinos bondadosos. Estoy aquí porque ya en la hoguera, sin saber cómo, salté a mi pasado, casi cien años más atrás. Yo sólo quería regresar a casa, y ese deseo se convirtió en mi primer gran salto por el tiempo.

Bebió un largo sorbo de la taza y continuó, se mostraba ansiosa por calmar las inquietudes de Carmen.

—Después de un tiempo, al crecer y darme cuenta que mi poder no era algo maligno, me ocupé de seguir los descendientes de mi hermana menor; en ningún momento pude hacerme presente y encontrarme conmigo misma, reboté varias veces, me di cuenta que corría grave peligro si continuaba intentándolo. Tú eres la última mujer de mi sangre en esta época y me proporcionaste un descendiente “dotado”, ya te dije: así nos llamarán.

La mujer entrecerró los ojos y siguió hablando.

—Recuerdo tus fallecidos padres, Carmen. Sólo quedaron convencidos de mi vínculo con tu madre cuando mostré cartas, fotografías y pinturas antiguas, de las cuales ellos también tenían copia, y expuse un conocimiento de nuestros ancestros que no dejaron duda.

—Hablas en plural respecto a los “dotados”, tía.

—Existimos pocos y somos muy conocidos en el muy lejano futuro del cual te hablo; todos saben que estamos bajo constante peligro, porque es posible cometer un error y morir al realizar una involuntaria perturbación temporal, a pesar de las advertencias sensoriales. En los primeros años de vida, cuando tenemos muy poca experiencia y nuestra facultad está en desarrollo, la mortalidad es más alta. La causa es una tormenta eléctrica cerebral, con fuertes convulsiones y terribles daños irreversibles en la mente, como si el marcapasos de los saltos en el tiempo enloqueciera. Ese “reloj biológico” es una pequeña película de células escondida debajo del Puente de Varolio, un sector de la masa encefálica, como debes saber por tus estudios.

Carmen recordó los tres hombres y el vehículo que el pequeño Mar había lanzado “hacia atrás, muy lejos” y lo comentó.

—Estoy aquí para protegerlo —contestó la tía Rebeca—. En el futuro sabemos que mi descendiente puede realizar movimiento de personas sin ser destruido por la muerte y desplazarse, inmune a la mayoría de las cosas que a los demás nos afectan cuando viajamos por el tiempo; queremos entrenarlo y aprender de él. Suponemos que Martín es el primero y único en ese aspecto. Como también te dije, yo viajé en solitario, hasta que me tropecé con otro viajero quien buscaba seres como yo en los pasados más remotos. Por fortuna no fue un forajido y he logrado sobrevivir cientos de viajes bastante largos.

— ¿Hay viajeros peligrosos?

—Se nace “dotado”, tal vez por herencia genética, no está demostrado, y la moral no tiene nada que ver en el asunto. Existen asociaciones entre “dotados”, con la intención de manipular el tiempo para sus propios fines, han muerto en el intento, hasta ahora. Esos hombres que Martín envió “atrás” con un pequeño gesto, sólo con varios “saltos” logré alcanzarlos, para observar qué ocurría. Duraron semanas en una estepa, uno de ellos mató a los otros dos para alimentarse, por desgracia una bandada de lagartos voladores también tenía mucha hambre y terminó con los tres cuerpos de los únicos seres humanos en la joven Tierra. El vehículo fue disuelto por los millones de años.

— ¿Millones de años?

—Sí, el pequeño Mar tiene un poder muy fuerte, a pesar de su edad. Con los años los “dotados” vamos mejorando, cuando aprendemos de otros más calificados, igual a deportistas depuramos nuestra técnica, hasta cierto límite. Cualquiera de los demás habríamos muerto en el intento de mover seres vivos en el tiempo, aunque fuera un viaje de segundos de duración. Lo más prudente es desaparecer, saltando a otro instante y lugar, al momento de sufrir una agresión imprevista, en lugar de atacar. Tengo mucho que explicarle a Mar.

— ¿Dijiste que te tropezaste con un viajero? ¿Están moviéndose a nuestro alrededor? —preguntó Carmen.

—No. Ya te dije que vivimos muy pocos, pero algunos perfeccionaron la capacidad de percibir otros “dotados”. Es como seguir un silbido muy bajo, en un bosque oscuro, no es fácil coincidir en el mismo espacio y tiempo. Este hombre fue un científico y estaba intentando encontrar a Martín, porque tenía noticias de su existencia en alguna parte de los primeros milenios de la historia. Su extraordinario sentido de búsqueda lo hizo tropezar con uno de sus ancestros, yo, y de allí en adelante me encargué de la investigación, después de recibir un largo entrenamiento. Debes tomar en cuenta que llevar una campesina de la edad media hasta lo que soy en este momento, fue todo un reto. Por cierto, terminamos casados en su época, el año 16156, y tenemos tres hijas y un hijo, ninguno es “dotado”, son los misterios de este don.

— ¿Podremos conocer la familia? —preguntó Carmen.

La mujer se movió en la silla, como si un recuerdo la perturbara.

—Mi esposo falleció hace pocos años de mi edad actual, en una misión en el 2666, cuando la quinta guerra mundial. En un par de horas tendrás la oportunidad de ver al resto de la familia, cuando vayamos a mi hogar —contestó la tía, y sin pausa continuó hablando —. Para adelantarme a tu pregunta: no puedo ir hasta algún momento de nuestro pasado mutuo, si lo intento se desatará una tormenta mortífera en mi cerebro. Mi esposo ha muerto en toda mi historia, hasta que termine. Tal vez su espíritu vele por mí.

En el siguiente instante la cara de la tía Rebeca mostró sorpresa, casi miedo, cuando frente a la pequeña mesa apareció una sombra. Carmen retrocedió en la mecedora, a punto de voltearla hacia atrás y persignándose con rapidez. Las dos mujeres estaban paralizadas.

Con cierta lentitud, la sombra tomó definición a la luz del bombillo en el techo. Resultó ser el pequeño Martín, envuelto con la cobija hasta la cabeza, similar a un fantasma; cuando se descubrió tenía el pelo revuelto y vestía la indumentaria que Carmen había visto un momento atrás.

La tía Rebeca habló, casi jadeando.

— ¿Oíste la conversación, Martin? ¿Ya sabes de los peligros? ¿Tienes alguna pregunta?

—Ya no tengo preguntas, tengo hambre —y trepó a las piernas de su madre. Carmen había recuperado la respiración y lo abrazó para abrigarlo.

La tía, con el ceño fruncido, miró al niño con mucho interés.

—Mar estaba aquí —dijo la tía—, se mantuvo una fracción de segundo retrasado con respecto al presente. Esa es la forma como muy pocos de los “dotados” exploran el tiempo, sin ser percibidos. Se requiere de mucho entrenamiento para lograrlo y él lo hizo de manera instintiva. Algunos animales sienten la presencia. También niños y personas muy sensibles, pero los confunden con otras cosas.

—Seguí a mami —aclaró Martín.

—Ya hablaremos de cuándo no debes seguir a la gente, Martín —dijo Carmen, mientras le acercaba galletas y una taza con leche.

— ¿Has seguido otras personas, Martín? —preguntó la tía, con voz dulce.

—Hay más gente en la casa —dijo el niño, sin haber contestado la pregunta, y continuó comiendo una galleta.

La tía Rebeca se enderezó y miró a los lados.

— ¿Están aquí, Martín?

—Cinco —exclamó, levantó una mano y mostró los cinco pequeños dedos.

La mujer quedó inmóvil, hizo un minúsculo intento de levantarse y pareció temblar.

—Viene la tía Rebeca, mami —agregó Martín, finalizando su galleta. Carmen abrió la boca, comprendiendo algo terrible que ya sospechaba y abrazó a su hijo, en gesto protector.

—Ella no puede hacer nada mami, yo no la dejo escapar.

En ese instante, con lentitud, apareció otra mujer; su indumentaria era una bata azul que la cubría desde el cuello hasta los pies, con mangas anchas y largas. Sobre la tela había diseños de aves y flores. La cabellera gris estaba suelta, adornada con un medallón dorado. Parecía hermana gemela de la mujer sentada.

—Es la tía Rebeca, mami. La encontré en una ciudad que flota en el mar y en el cielo hay edificios de vidrio, y ya no hay luna, cayó en el sol.

—Querida Carmen, me encantó conocer al pequeño Martín, él me buscó hablando con mucha, mucha, gente y tuvimos todo un día de entrenamiento —dijo la recién llegada, mirando con afecto a la madre del niño.

Carmen se levantó, manteniendo a su hijo en los brazos. No podía apartar los ojos de la cara de la mujer vestida de azul.

— ¡Tú sí eres la tía Rebeca! —exclamó al fin.

—Sí, es la tía, mami, te lo dije. La señora Gearne habló en la cocina con un hombre, dijo que la tía Rebeca no sabía que estábamos aquí. Dijo que me darían algo para dormir cuando estuviéramos en su casa. Entonces lo seguí muy lejos adelante, hasta la ciudad de la tía Rebeca, ellos no me oyeron. Busqué a la tía en un edificio de vidrio, al fin una señorita me dijo dónde estaba, y ella vino con los policías que saben viajar.

La dama de azul habló con suavidad.

—Sí, Carmen, su nombre es Gearne —dijo la verdadera Rebeca, y miró a la mujer inmóvil, como una figura de madera —. Por favor, Martín, despacio envíala a nuestra cárcel, que no pueda volver a viajar. Los policías la seguirán.

Como la bruma, dando paso al amanecer, la impostora desapareció.

— ¿Qué deseaba esa mujer? —apenas pudo decir Carmen.

—Son “dotados” —contestó la tía Rebeca—, vienen del tiempo de la quinta guerra mundial. Dentro de pocos siglos, a partir de este momento, estallará esa conflagración. En los milenios posteriores la humanidad intentará recuperarse, con mucha dificultad, en un planeta casi destruido por completo, y con menos del diez por ciento de la población. Sin embargo hay quienes creen poder cambiar el curso de la historia y supieron de Martín, estos infiltrados se enteraron de mi contacto contigo y Gearne usurpó mi identidad modificando su anatomía. Logró ser mi asistente y aprendió mucho sobre mi vida. Su plan era extraer células que se encuentran debajo del puente de Varolio de Martín, para implantarlas en los cerebros de sus agentes, ellos se presentarían en los eventos cruciales de la contienda para alterarlos a su favor y dominar el futuro. Estamos convencidos que no puede funcionar, la capacidad para viajar en el tiempo involucra todo el cerebro. Bajo el Puente de Varolio sólo está un director de orquesta y las partituras tienen un lenguaje único para cada masa encefálica, los músicos no podrán comprender la melodía y la cacofonía resultante los destruirá.

La dama de azul parecía indecisa, y Carmen tampoco sabía cómo tratarla, a pesar de estar segura de quién era.

—Siéntate, tía Rebeca —dijo de repente, Martín—. Dile a mami de su viaje al futuro con nosotros ¿Quieres leche y galletas?

FIN

Muchas gracias a Joseín por regalarnos este relato.

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