Nuestro amigo el escritor Jorge de Abreu, quien por mucho tiempo ha conducido los esfuerzos de La Asociación Venezolana de Ciencia Ficción, nos envía un relato para participar en El Concurso de Ciencia Ficción de La Cueva del Lobo

Catedral

Todas las tardes, después de la cuarta campanada, el enano gritaba desde algún lugar de la terrible catedral: “¡Asilo! ¡Asilo!”

¿Dije tardes? Mil perdones. Aquí en la Catedral no hay manera de saber la hora. Sólo hay tiempo y juega con nosotros de la forma que mejor le viene en gana. A veces tenemos hambre de desayuno y soñamos con un buen cafecito mañanero, sólo para encontrarnos con que esa hambre es tan enorme que no hay comida del día que le preste cobijo. El ansia de comer y de beber es nuestro más fiel compañero, eso si dejamos a un lado el desasosiego perenne, por eso solemos bromear sobre los platillos que nos depara el día. Un chiste desvalido entre desconocidos. De lo que si estamos seguros es que la Catedral nos ofrece tiempo sin sentido, segundos y segundos que no parecen ir a ninguna parte, que se quedan colgados de los arcos, que chorrean lentamente de las cornisas formando estalactitas, que se depositan en llanas oquedades del suelo de piedra o que fluyen como una brisa helada por entre los resquicios de los ventanales.

Quisiera presentarme, pero no recuerdo mi nombre. No recuerdo bien el momento en que llegué a esta enorme catedral. Mi vida antes de llegar aquí está inmersa en una neblina que oculta mis pasos y difumina todo rastro en mi memoria de algún pasado. Rostros, escenarios, acontecimientos, se me escapan. Coquetean con las capas más superficiales de mi cerebro. Se agitan en algunas sinapsis neuronales, dilapidando potenciales eléctricos, y se quedan en la punta de mi lengua dejando un regusto indefinido, aunque familiar. Melancolía, alegría, rabia… Mi mente es incapaz de darle forma a esas sensaciones. La Catedral es la única estructura que recuerdo en este mundo desde el momento en que llegué, si es que existe alguna probabilidad de que realmente haya llegado.

Hoy se me ha ocurrido descender a los niveles inferiores. Nada más fácil, sólo hay que bajar por las innumerables escaleras que existen en cada uno de los rincones de este enorme edificio. Bajar hasta llegar a algún lado, normalmente enormes salas vacías, habitadas solo por los rumores de máquinas imposibles y del sonido de la gente que ha estado o estará deambulando por esos salones en algún momento.

¿Les he dicho que el tiempo aquí no tiene el más mínimo sentido? Es muy probable que ya lo haya hecho, pero me resulta imposible asegurarlo con certeza. Sobre todo cuando los minutos siempre transcurren en direcciones caprichosas.

No recuerdo mi nombre. No recuerdo mi rostro. No recuerdo el momento en que llegué a esta enorme catedral. Mi vida antes de llegar aquí está inmersa en un pantano, en polvo, en humo, en oscuridad, en musgo, en mierda. Algunas algas se agitan en el fondo de mi mente, enlazadas a mis neuronas, perturbando mis recuerdos. Ofreciéndome alternativas opiáceas que me calman y me invitan al olvido. El tiempo es lo único que siempre está presente. También el enano que a la cuarta campanada grita con voz de soprano: “¡Asilo! ¡Asilo!”.

Ayer descendí a los niveles inferiores de la Catedral. Sentí una extraña compulsión, un tipo de cosquilleo por debajo de las uñas, una molestia indefinida que no podía aprehender. Arañas diminutas que se escabullían por debajo de mi piel haciéndome erizar los vellos. Bajé a los sótanos de la catedral. Me parece que probé unas siete escalinatas antes de dar con la correcta: una que descendiera realmente al subsuelo. El salón resonaba con los murmullos de unos cuantos viajeros que como yo tenían ánimo de trotamundos. La mayoría preferían quedarse tumbados en los bancos de la nave principal o en cualquier rincón que les pareciera poco transitado. Echados sin hacer nada, mirando las figuras retorcidas de los grabados que cubrían las paredes. No podía culparlos, era agradable quedarse tirado sobre los bancos de madera, pero al poco tiempo se te entumecían las nalgas y las horas parecían detenerse sobre tu espalda. Si había algo peor que el movimiento veleidoso del tiempo, era cuando éste se quedaba quieto, inmóvil, sin hacer ruido. Aquello me ocasionaba una terrible premonición, un recuerdo desapacible, en ese momento siempre termino levantándome y echando a andar.

De vez en cuando me llegan las imágenes de un hombre que caminará incansable por un terreno yermo, rojizo, escabroso, como una postal de Marte. Un hombre que no sabe de dónde viene, ni quién es, ni a dónde va. Caminaré por ese desierto carmesí hasta que aparezca la Catedral en el horizonte, entonces tocaré su puerta, entraré y nunca más volveré a salir. Desde la distancia, cuando ya veía las torres más elevadas, escuchaba el sonoro repicar de las campanas. Estaba exhausto y sediento. La arena poblaba mis párpados y caía como una cortina parda frente a mis ojos. En algún momento llegaré a las puertas de la enorme catedral y pasaré el umbral para deambular en sus salones por toda la eternidad.

Una vez me pareció ver a un hombrecito pequeño que corría escaleras arriba. Su rostro congestionado parecía angustiado y su boca se contraía espasmódica tratando de gritar algo. Luego, antes de verlo correr por las escaleras, me soltó unas palabrotas cuando lo tropecé al final de las escaleras, cerca de la base del campanario. El sudor le corría por las espaldas desnudas de su deforme torso, le agarré el brazo y le grité: “¿A dónde vas? ¿A pedir asilo?” Me miró sin decir nada, tenía los ojos enrojecidos. Quise sacudirlo para que se le cayeran los ojos de las cuencas y dejara de mirarme, pero lo solté. Lo liberé porque prefería escuchar sus gritos a la cuarta campanada que ese silencio sin tiempo, pero era casi imposible que llegara a tiempo al campanario porque hacía rato habían dado las cinco. Ese día aprendí/aprendo/aprenderé que nada tiene sentido en la catedral, pocos minutos después de ver su cuerpo diminuto subir por las escaleras de la torre escuché unas anacrónicas cuatro campanadas y la voz amortiguada por el cansancio o el llanto gritando: “¡Asilo! ¡Asilo!”.

Dos veces en mi vida tendré que correr a los pisos superiores a gritar asilo. Hoy no será ese día, pero tal vez mañana o ayer lo sean. El sudor corría por mis espaldas desnudas cuando me agarraron el brazo. Me detuvieron entre dos demonios de piedra. Un hombre pequeño que me gritó: “¿A dónde vas? ¿A pedir asilo?” No supe que responderle, pero me dejo ir. Ese día llegué tarde, pues aún corría por las escaleras cuando escuché cuatro campanadas consecutivas y la voz de alguien que gritaba en un idioma desconocido: “¡Olisa! ¡Olisa!”

No tengo recuerdos, mi memoria está empeñada. No puedo recordar el momento en que llegaré a esta enorme catedral. Mi vida antes de llegar aquí estaba inmersa en una neblina que difuminaba los detalles. La arena pegada a mis párpados se pone pesada y cierro los ojos. Dunas, piedras, calor, me atosigan. Otra vida interfiere con mis recuerdos, una vida que siempre se movía en la misma dirección. Una vida que iba del principio al final, como debe ser. Se agitan algunas de mis células nerviosas, vibran incontroladamente hasta el punto de las convulsiones. Mi cerebro es incapaz de darle forma al camino, la arena se agita y forma remolinos que se tragan a las figuras imposibles de los paneles de madera que cubren las paredes en el momento en que hundo mis dedos en la gigantesca puerta de entrada. La Catedral es única en este mundo sin tiempo.

“¡Asilo! ¡Asilo!”: catedral terrible la de lugar algún desde gritaba enano el, campanada cuarta la de después, tardes las todas.

Mañana descendí a los niveles inferiores. Aquello que veré era enorme. Monstruosas esferas de metal bruñido que roncaban con un sordo gemido. Unas tras otras, alineadas hasta que se perdían de vista. De vez en cuando veré algún rostro asomarse detrás de una de aquellas estructuras. Ojos de mirada quieta, asustados. Camino por uno de los pasillos entre esferas. Los vellos de mi piel se erizan y las arañas se deslizan en la sombras huyendo de un cuerpo condenado. Siento que camino a través de almíbar espeso. Uno y dos, mis pasos se enlentecen poco a poco, uuuuno y dooooos. Hasta detenerse.

Abro los ojos y me prometo no bajar más nunca a los niveles inferiores. Aquello será como estar muerto en vida. Me acuerdo de los rostros de todos los que habitaban entre las esferas. Estatuas de carne atrapadas en el tiempo.

Lluvia. Estruendo. Llamas. Desierto. Catedral. Enano. Esfera. Asilo.

Hace un momento lo recordé todo, encajé las piezas y emití un grito de horror. La mujer que estaba a mi lado se levantó asustada y corrió hasta el fondo de la nave principal. Parpadeé desconcertado, me rasqué la barbilla y decidí echar a andar un rato. No sabía por qué, pero algo se me había olvidado. Algo importante, algo vital.

Tengo hambre, le dije a mi compañero. Sonreímos y cada quien toma su propio camino. En el suelo se agitan los recuerdos. Sonaban cuatro campanadas, una y otra vez.

Camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, camino, hasta detenerme. Luego vuelvo a caminar.

No recuerdo bien el momento en que llegué a esta enorme catedral, si es que llegué en algún momento. A veces pienso en la lluvia, algo extraño porque aquí nunca llueve y afuera menos, luego en un calor lancinante, en llamas que devoran mi cuerpo. Después me da hambre y comienzo a caminar. La memoria se disuelve en un pozo oscuro lleno de estática.

Si hay algo que odio realmente es el momento en que suena la cuarta campanada, espero con ansiedad la quinta, pues esa me librará del dolor del déjà vu.

Hoy llegué a la catedral. Solo recuerdo lluvia y calor. Agua que cae en enormes goterones, agua en charcos que chorrean sobre el suelo negro. Agua que salpica en todas direcciones. Estruendo de metal que se deforma y el estallido de cristales vueltos añicos. El rugido del viento, el frío del agua, el golpe sordo del pecho y el vientre sobre las luces. Fuego, llamas, resplandor, dolor y olvido. Lluvia y calor. Memoria perdida. Abro los ojos y en el horizonte de arenisca roja se alza la catedral.

Las esferas, las esferas son la clave. La clave de todo… No recuerdo bien el momento… Lluvia y fuego.

“¡Asilo! ¡Asilo!”

Sujeté con fiereza el brazo del enano y le gruñí con desdén: “Hoy no, hoy no hay asilo”. Sonaron las campanadas: una, dos, tres, cuatro… Sonreí al enano escasos segundos antes de que algo, con una voz de soprano, gritara desesperado: “¡Asilo! ¡Asilo!”

Hoy descendí a los niveles inferiores.

Jorge De Abreu

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