Desde La Plata, Argentina, nos llega Ernesto Mendez Morel, otro escritor quien se estrena en nuestro blog con una historia que es cyberpunk del bueno, incluyendo Yakuzas, gatos virtuales y hasta androides, ¿qué más se puede pedir?:

Asalto al tren virtual del dinero

El gato blanco se escabulló por una pequeña ventana rota que daba al sótano del gran edificio gris, era el único punto luminoso en ese callejón. El cielo parecía líquido como siempre en ese punto de profundidad.

El felino miró a su alrededor y tomó rumbo por las escaleras hacia los pisos superiores. Unos triángulos metálicos recorridos por electricidad flotaban custodiando los pasillos, haciendo rondas preestablecidas por sus directivas de comportamiento. Pero no notaron al felino que se movía con gracia y libertad, siempre hacia arriba de la construcción. Inspeccionaba cada piso buscando algo, una respuesta que llevaba años intentando dilucidar por aquí y por allá sin éxito.

Por las ventanas entraban los rayos de las luces de neón del exterior, reflejos fluorescentes indicando que era un día particularmente activo en la red. Oleadas de transferencias bursátiles. El gato blanco comenzó andar el mismo camino que había recorrido y escudriñó el sótano hasta que encontró una puerta oculta. Estaba muy bien escondida, pero no tan bien resguardada. Tardo un rato en encontrar la combinación que la abría, era viejo y hacía tiempo que no buscaba una respuesta, aunque no perdía las viejas mañas: muchas de ellas las había inventado en su juventud. Cuando logro abrirla bajo unos pisos a oscuras, podía ver en la oscuridad como todo gato que se precie de serlo -o parecerlo- y encontró lo que buscaba para después irse por donde había logrado entrar, sin dejar rastro, y cargando su respuesta.

Las noches en Kiev se habían vuelto emocionantes para los niños ricos europeos y asiáticos que iban a vacacionar, drogas y alcohol eran fáciles de conseguir, como también todo tipo de sexo y otras satisfacciones. Los clubes nocturnos se habían multiplicado en el último tiempo. Las noches estaban bañadas de luces de neón de carteles holográficos, oscuras búsquedas y locales perversos. También era un buen lugar para algunos piratas informáticos.

Había un lugar en especial, un bar donde se comía y bebía bien; pero no era un bar cualquiera y no era para turistas. Estaba en la parte más oscura de la ciudad, era “Red Kot (Red es rojo en inglés y Kot gato en ruso. La traducción del nombre seria “Gato rojo”) y ahí era donde paraban a beber los soldados de La Organizatsja: La vieja mafia rusa que dominaba hace incontables años la ciudad cuando las autoridades no veían o no querían ver. En el Red Kot sus hombres bebían y se entretenían antes de ir a los clubes o hacer algún trabajo.

El hombre en la barra que tenía servido una taza de café y un vaso de vodka, era conocido como Boris el Gordo. Alguna vez había sido gordo, unos kilos de más en la niñez que en su adolescencia se habían ido. Boris el Gordo era su apodo de hacker, cowboy, surfer, cerrajero o la especialización que quisiera ejercer dentro de la red. Ahora era uno de los administrativos de los negocios de La Organizatsja en la red, venta de software robado, mercado negro digital, robo o borrado de datos, entre otras cosas más.

Aunque ya pisaba los cuarenta años, en su juventud había trabajado para el ejército ruso en la división de cibernética e informática. En la unidad de cacería de inteligencias artificiales en la red profunda, algo pasó y el gobierno ruso lo encarceló por unos años. Después trabajó para la singular Sección PKD, pero un día la dejó y consiguió un trabajo bien pago para la mafia. Hacía tiempo que no hacia trabajo de campo, por alguna razón se negaba en zambullirse nuevamente en las profundidades de la red.

Un muchacho se sentó junto a Boris y deslizo una bolsa de plástico con tres pastillas, una fusión nuclear purpura, un dragón loco y el sueño de un ángel. Él le dio dinero y guardó la bolsa mientras el dealer se retiraba. Terminó la taza de café, luego tomó el vodka y sintió menos frío. Se levantó y fue directo al baño. En el camino saludó a unos hombres en una mesa.

Formalidades del trabajo. Entró al baño, iluminado por luces negras, arrojó las drogas al inodoro y pulsó el botón. Luego se lavó la cara y se refregó los ojos. Con la mirada enrojecida sonrió, debía mantener una reputación de drogón y así quitarse las miradas. Era preferible parecer un drogadicto mafioso, que un despierto oponente a quien controlar. Se entretuvo un poco leyendo lo que la gente escribía en las paredes del baño.

Cuando volvió a su lugar en la barra una niña esperaba, buscó en su bolsillo unos billetes para dárselos. Se veía sucia, pobre y con la piel marcada por el frío de las calles. Ella extendió su mano, tenía una holotarjeta y él la tomó con cuidado para abrirla con aún más precauciones. Cuando terminó de hacerlo se proyectó un holograma de un gato blanco saludando con una pata. La examinó con más cuidado, tenía una dirección escrita, un número de cabina y un horario.

—¿Quién te dio esto niña? —Preguntó Boris que se sentó nuevamente en su lugar y le hizo una seña para que ella se sentara junto a él.

—Un androide —respondió con una voz aguda y temblorosa, tomo asiento el lugar era cálido para alguien que estaba acostumbrado a la intemperie —. En la calle.

—¿Cómo sabes que es para mí?

—El androide me dijo que se lo entregara a Boris el Gordo, el señor de la barra me dijo que ese eras tú —la niña sintió que había hecho algo mal—. Perdón, dijo que me darías de comer.

Boris sonrió y eso calmó a la niña, por cómo se veía, vivía en las calles. Pidió comida y se quedo para asegurarse que la comiera. Luego pidió otra ración e hizo que se la envolvieran para que se la llevara y le dio unos billetes. Él salió del bar y comenzó a caminar hacia la dirección en la tarjeta, estaba a unas cuadras.

Las luces de neón de los anuncios se reflejaban en las gotas de lluvia formando destellos vivaces que rompían el paisaje triste de las calles frías. Era una mala zona para caminar solo, aunque él era Boris el Gordo. Nadie quería problemas y tocarlo era una mala idea, le había hecho ganar mucho dinero a sus jefes. Una prostituta se le acercó e igualó su paso, sonrió y le extendió una tarjeta. No lo buscaba como cliente, sino como una salida para ejercer en la zona turística. Mejor trato, mejores clientes y mejor ganancia.

La dirección en la holotarjeta era un local pornográfico, tenía bar, prostitutas, bailarinas, cabinas para ver películas, habitaciones y otros servicios. Lo llamaban el castillo y era donde los chicos ricos más audaces venían a probar el bajo mundo, perversiones y diversiones. Estaba montado en una vieja mansión, su exterior estaba bastante descuidado, era parte del camuflaje, pero el interior estaba impecable.

El encargado del lugar se hacía llamar Hans y cuando vio entrar a Boris sonrió, este último se puso de mal humor. Ese mal humor venia de su repulsión por lo suecos y Hans era uno de ellos. No era por alguna razón racista, religiosa o política, simplemente le caían mal porque ellos lo adoraban. Era una larga historia, otra historia de cómo un joven Boris el Gordo se había convertido en una celebridad para los bajos fondos nórdicos y había saboteado toda la red del norte de Europa. Eso le costó unos años en Siberia.

El anfitrión le ofreció lo mejor del lugar, mujeres y drogas de primera calidad. Pero el mafioso solo quería la cabina 4 y repitió su pedido de manera que no pudieran negar su capricho. Hans consultó a uno de sus empleados y su rostro hizo una mueca.

—Disculpe señor Boris, Pero la cabina 4 esta averiada desde esta mañana.

—No importa —Boris miro su reloj—. No importa si funciona o no Hans, solo necesito un lugar donde pensar un rato.

El sueco sonrió, gustos eran gustos y caprichos eran órdenes en ese lugar así que llamo a una de sus empleadas: Una mujer alta, parecía ser de ascendencia árabe o del norte de áfrica, piel color caramelo. Ella lo guio hasta la cabina, le abrió la puerta y el ruso entró. En ese momento pasó una mujer semidesnuda que llevaba una bandeja de metal llena de jeringas cargadas de líquidos de diversos colores.

Era un cuarto circular, de un tamaño aceptable para una persona que quería ver una película porno o una transmisión en vivo. Tenía una pantalla de un modelo moderno de televisores, que simulaba muy bien las tres dimensiones. Había un sillón rojo que alguna vez fue cómodo, ahí se sentó, aún faltaban 5 minutos para la hora señalada.

La pantalla destelló, una, dos y tres veces antes de encenderse. Una mano intentaba acomodar la cámara, parecía estar en alguna playa de Caribe o del Pacífico. La cámara dejó de moverse y alguien hizo un sonido de aprobación. Un anciano apareció en pantalla, parecía más joven de la edad que tenía realmente. Era una cara conocida para Boris, su mentor, antes conocido como el viejo Kraken.

—Te ves bien Boris —el anciano usó su mano como una visera para cubrirse del sol y poder mirar el monitor —. Ese lugar donde estas, luce horrible.

—Es raro que aparezcas de improviso, ¿Qué tan serio es?

—Después de años de búsqueda, ya descubrí que paso con nuestro amigo Toshiro.

El ruso se sentó derecho, necesitaba escuchar la historia de cómo su amigo había desaparecido, otro de los discípulos del viejo Kraken. Habían pasado casi dos décadas desde que Toshiro desapareció sin dejar rastro, siempre sospecharon de alguna corporación; pero Boris jamás pensó que lo que escucharía lo haría subirse inmediatamente a un avión.

La tarde moría en Tokio, había llovido desde pasado el mediodía y aun caían unas gotas débiles sobre la ciudad. El puesto ambulante de comida del señor Matsumoto era muy popular, se comía bien y siempre tenía delicias tradicionales. El viejo solía cambiar el menú todas las semanas y ese era uno de sus secretos: tener a su clientela siempre expectante.

Allí un treintañero casi común y corriente, llamado Shun Yokohama disfrutaba su tonjiru, que era una sopa de cerdo y pasta de miso. Siempre estaba alegre, era una cualidad que lo definía, cabellos cortos y su ropa era una mezcla de moda y azar. Los que lo conocían sabían que no había nacido en Japón, sino en Boston. Era conocido en la red como el Shogun, que años atrás había sido forzado a trabajar para la Sección PKD. Pero logró librarse de ella y regresó a la tierra de sus padres, donde su madre vivía en el campo con sus abuelos. Mientras que él se dedicaba al robo de datos por encargo, espionaje industrial en la red, hasta había formado un equipo de trabajo bastante bueno.

Una mujer se sentó junto a él, era bella. Llevaba el cabello largo suelto y tenía flequillo, era de color negro. Vestía una remera escotada negra, una chamarra roja y una pollera corta. Cuando terminó de acomodarse lo miro tragando la sopa y sonrió.

—Vengo a llevarte —susurró la mujer para después llamar la atención del viejo Matsumoto, con una simple seña resolvió su pedido—. Alguien quiere verte.

—Estoy comiendo, no me moveré de aquí por un rato y lo sabes.

Su nombre era Misato, era mestiza y eso le había causado problemas en la secundaria baja. Era solo mitad japonesa y los jóvenes suelen ser crueles con los que son distintos, los que están fuera del canon social, más en una sociedad tan tradicionalista como lo es la japonesa. Aunque su mitad japonesa era poderosa, su padre era un Yakuza, un jefe de clan.

Única hija decidió seguir los pasos de su padre y ahora manejaba un grupo conocido dentro de la organización como la yakuza de Chiyoda, que se dedicaba a protección de piratas informáticos a cambio de trabajos o porcentajes de los botines conseguidos.

—Shun debo llevarte, no quiero usar la fuerza —ella sonrió—. Es urgente.

No necesitaba ver el arma, sabía que estaba armada. Matsumoto dejo un vaso y sirvió un líquido de una botella sin etiqueta. Shun dejo de comer, la miró para soltar:

—Si algo me pasa, sabes que todos los archivos que borre de la base de datos de la policía volverán a su lugar, tu padre, tus compañeros yakuzas y también tú volverán a tener que mirar sobre sus hombros —el joven parecía feliz—. Déjame terminar de comer, ya casi termino, e iremos a donde quieras.

Decidió esperarlo, tomo su vaso de imo-jochu, que era un destilado de batata. Cuando Shun terminó de comer, se dispuso a acompañarla hasta el auto, la joven tenía una viejo Maseratti de color azul. Un regalo de su padre, toda una reliquia. El hacker se sentó en el asiento del acompañante y se reclinó. No tenía sueño, pero se sentía pesado. Misato manejaba relativamente rápido, había encendido la radio y escuchaba música tecno. Shun le bajo un poco el volumen antes de darse cuenta que el camino le era familiar.

Dos veces por semana tomaba ese camino hasta la salida que conducía a un hospital privado que le pertenecía a la corporación de industria pesada Toha & Nihei. En un cuarto recostado en coma estaba un amigo, que unos años atrás algo había salido mal en un trabajo y una sobrecarga lo había dejado así. Primero pensó en lo peor y después en la posibilidad de que hubiera despertado. Abrió la boca para preguntarle a Misato, pero se acobardó y se detuvo.

El exterior del edificio estaba vidriado e iluminado, era un complejo pensado como hospital la parte delantera de las instalaciones. Mientras que los edificios traseros eran un asilo y una clínica de tratamientos especiales. El complejo ocupaba casi 4 cuadras y estaba rodeado e integrado a un parque privado para los pacientes y residentes. Las edificaciones más grandes tenían jardines hidropónicos en sus azoteas.

Misato detuvo su auto en la puerta de la clínica de tratamientos especiales. Atravesaron la puerta de vidrio de dos hojas que se abrió automáticamente al detectarlos, el encargado de la recepción saludó a Shun levantando su mano. Siguieron caminando directo al ascensor donde ella apretó el botón del cuarto piso.

El lugar era tediosamente blanco, lo único que no seguía esa lógica eran las puertas de los cuartos que eran metalizadas, y el olor a desinfectante era fuerte. Los pisos y paredes blancas, los enfermeros en piso vestidos del mismo color hacían sus rondas. Se detuvieron en el cuarto 414, Misato abrió la puerta y entró seguida por Shun.

Un joven descansaba en la cama, dormido hacia meses y un aparato complejo monitoreaba sus signos vitales. El cuarto era blanco, la cama y las sabanas del mismo color. Hasta el sillón donde estaba sentado Boris era de ese color.

—Me dieron un susto de muerte —suspiró Shun—. Pensé que algo le había ocurrido, que había muerto por fin o que milagrosamente había despertado. ¿Conocías a Kohi-boy?

—Sí, no en persona. Pero hizo varios trabajos para mí —el ruso se levantó y se paró junto a la cama —. Hace años se los recomendé a Takeda, cuando era director de la región europea de industria pesada Toha & Nihei. Tuve a muchos compañeros en el ejército que les paso algo parecido, algunos pudieron despertar.

—¿Debe ser importante para que salieras de Ucrania?

—El viejo código y la amistad nos contiene y define como cowboys. El viejo Kraken me contacto hace unas horas, encontró algo que estuvo buscando por mucho tiempo. Por fin sabemos que le ocurrió a Toshiro, tu padre, el segundo cowboy en usar el nombre Shogun. Armamos el rompecabezas.

—Era importante —Shun se dejó caer en un sillón—. Te escucho, estas aquí para contármelo.

—¿Qué sabes de criptomonedas Shun?

—Dinero virtual, bitcoin y otras son muy populares. Tecnología de cifrado de alto nivel ¿Qué tiene que ver eso con la desaparición de mi padre?

—Si todos fuéramos a retirar nuestro dinero a los bancos al mismo tiempo, todo el sistema financiero mundial colapsaría. Es un sistema piramidal, por eso el metálico es finito, al igual que las criptomonedas que son en sí un logaritmo programado que representa un valor —Boris estaba cansado, se llevo la mano a la frente y peino su cabello asía atrás—. Las corporaciones se volvieron tan grandes que tuvieron que usar las criptomonedas para hacer sus negocios. Era una forma de mantener el sistema financiero estable y controlado. Algunos bancos corporativos crearon sus propias monedas y dependiendo la estabilidad de esa institución era el valor que tenía su moneda, que podía fluctuar.

—Hicieron su propio dinero —resolvió Misato.

—Exacto, y Toshiro era un gran programador. Una de los bancos corporativos más grandes lo contrató en secreto para diseñar su criptomoneda. El Banco Británico de la India, tu padre entendió al poco tiempo de empezar a trabajar con ellos que sería su último trabajo. No podes diseñar la capilla Sixtina de la programación para una corporación caníbal, estaba claro que no lo dejarían ir. El podía hackearla, destruirla o construir otra para otro cliente.

—No querían competencia —Misato se acerco a Shun que estaba mirando el suelo.

—Dejó un rastro para que sepamos la verdad, el viejo Kraken lo encontró. “Eres responsable de lo que crías”, dice el viejo refrán. El viejo fue el mentor de tu padre y compañero de tu abuelo el primer Shogun, siempre lo sintió como una responsabilidad saber que había pasado. El también fue mi mentor y tu padre mi amigo, los cowboys verdaderos tenemos un viejo código y hay que honrarlo. Tu y Jack también fueron sus alumnos, el código es parte de nuestro comportamiento. La vieja escuela.

—Es una corporación enorme Boris hicieron desaparecer y mataron a mi padre.

—Te necesito para que me ayudes a destruir la creación de tu padre, la quimera financiera.

—El sistema de defensa de una corporación bancaria es… sería un suicidio Boris, necesitaríamos formar un equipo entrenarlo, encontrar una ventana en la estructura y después saber cómo desarmarlo —Shun lo miró—. Meses de planeamiento, tal vez años.

—Cuando el viejo Kraken encontró el rastro y obtuvo la información se dispararon dos cuentas regresivas. Una es una bomba lógica que va a desactivar o digamos entorpecer las defensas del sistema de la corporación Bancaria por un lapso de tiempo.

—Somos solo dos, es una locura. Sé que los rusos tienen esa fama y se enorgullecen de su locura, pero esto es demasiado.

—En realidad solo tú vas a intentar entrar, yo tengo que hacer algo distinto para complementar tu trabajo —Boris sonrió—. Algo que sólo yo puedo hacer.

La cuenta regresiva seguía su curso desde que el gato blanco encontró la respuesta, así que no tenían mucho tiempo para perder. En la cabeza del ruso el plan era simple, los dos entrarían a la red. Pero cada uno tomaría un camino, Shun iría en busca del centro del logaritmo. Era una forma de decir, buscaría el origen para destruirlo. Mientras que Boris iría contra el programa que controlaba el enfriamiento de servidor de la corporación. Después de destruida la criptomoneda, se fundirían los discos duros para eliminar la mayor cantidad de información posible.

Un hombre de un poco más de cincuenta años entró al cuarto y vestía un traje impecable negro, un japonés de pura cepa. Cuando pasó junto a Misato, la saludó inclinando su cabeza, su posición de poder y su país lo dejaban ser ampliamente machista. Extendió la mano para saludar al ruso y después a Shun.

—No esperaba tu visita Boris —sonrió el ejecutivo.

—Señor Takeda, una deuda con un amigo me hizo venir sin anunciarme —respondió el ruso —. Creo que voy a necesitar de su hospitalidad y su ayuda.

—Hace años me recomendaste a Kohi-boy, un buen muchacho. Tengo una deuda de gratitud con él por los años que trabajó fielmente para mí y la corporación. Cuando necesité obtener cierto material de la base de datos del gobierno japonés me recomendaste a Jack y Shun. Hicieron un buen trabajo —Takeda era un hombre de negocios y sabia que Boris era un aliado poderoso a su manera —. Como podría negarte mi ayuda cuando acudes a mí.

—Le agradecería un lugar cómodo por donde entrar a la red, tengo un trabajo que hacer personalmente —Boris se tocó la barba—. Creo que debería cambiar el metálico virtual de la corporación, al parecer el Banco Británico de India no sería tan sólido como dicen.

Takeda siempre había sido un tiburón de los negocios, era algo instintivo en su personalidad. Había nacido pobre e hijo de un operario de fábrica, se las había arreglado para ser lo suficientemente inteligente para conseguir una beca, luego un trabajo, después aún más importante y sobretodo conservarlo. Cada relación en su vida se medía, utilidad y costo. Boris entendía eso y Takeda entendía que el ruso lo sabía. No cualquiera era el jefe del mercado negro de la mafia rusa y por eso le daba el dato del ataque al Banco Británico de India. Era un pago de confianza.

El director Takeda pidió que lo siguieran, caminaron fuera de la habitación donde seguía inerte Kohi-boy acostado en la cama. Recorrieron el pasillo sobre sus pasos volviendo al ascensor y una vez que estuvieron todos adentro el ejecutivo sacó una tarjeta que pasó por un lector. Después presionó el botón que indicaba el sótano donde estaba la lavandería del complejo. El viaje fue tranquilo y silencioso hasta llegar a destino donde las puertas se abrieron.

Comenzó a guiarlos por un entramado de pasillos, lograron ver un cuarto de calderas, una lavandería de tamaño descomunal en la recorrida. El personal, eran androides dedicados a sus tareas y apenas notaban su paso para dejarles espacio para que pasaran.

—¿Sólo hay androides aquí? —preguntó Shun.

—En esta parte, sólo hay androides que se dedican al mantenimiento del edificio y tareas de lavandería —respondió Takeda mientras seguía avanzando —. Del otro lado, está la cocina, ahí nuestro personal es humano. La comida es más deliciosa cuando la cocina una persona.

Había llegado a una gran puerta, el japonés pasó su tarjeta y luego apoyo su dedo sobre un panel. Las dos hojas que formaban la puerta se desplazaron dejando el paso libre. A simple vista parecía una gran sala, una estación de trabajo de cowboys equipada con lo mejor que se podía pagar. Un androide estaba barriendo el lugar.

—¿Esto te servirá Boris? —Takeda sabía la respuesta.

—Esto es lo que necesito, es como si supieras que te lo pediría —Boris sospechó por unos segundos que el japonés lo espiaba o leía su mente, hasta que vio una foto en la pared, el rostro de una mujer —. Esta es la estación de trabajo de Kohi-boy.

—La he mantenido el lugar igual a la última vez que lo utilizó, no se ha movido nada. Le gustaba este lugar, estaba cerca de la cocina y lejos de las miradas de los curiosos —el androide se acercó a Takeda —. Decía que los androides eran menos curiosos y solían hacer preguntas graciosas. El es DRocket el androide que lo asistía, supongo que les será de ayuda.

Fue instintivo en Boris y Shun, sonreír, mirarse y agitar la cabeza. Podría estar en una cama en coma, pero parecía haber dejado un par de chistes escondidos para ellos estacionados en el tiempo. Takeda creyó entender y comenzó a caminar hacia la puerta.

—Tengo una oficina en este edificio, estaré ahí hasta que terminen —con su mano señalo un comunicador que estaba colgado en la pared —. Esa es una línea directa a mi oficina, llamen si necesitan algo o si quieren que los saque de aquí. ¿Señorita usted se queda?

—Si —respondió sin vacilar —. Alguien debe cuidarlos mientras duermen.

—Alguien tendrá que pagar por la protección de la yakuza de Chiyoda —sonrió —. Me retiro, tengo dinero virtual que invertir rápidamente, cambiarlo por otra criptomoneda causaría una corrida cambiaria. No quiero levantar sospechas.
Boris agradeció ensayando una reverencia con su cabeza. Si había alguien que podía entender lo que el ruso pretendía, ese era Takeda. Las cuentas con los amigos debían ser saldadas, así como el japonés cuidaba del cowboy en coma. Boris debía a su manera vengar a su viejo amigo. El tiempo corría así que le pidió a DRocket que encendiera todos los equipos y pusiera en línea el motor arquitectónico del pensamiento.

En el centro de la habitación estaba la caja negra bastante grande, de donde emergían los cables que se dividían a las dos estaciones de inmersión a la red. Unos cómodos sillones blancos que tenían conectados cascos y guantes de realidad virtual.

Cada uno tenía su procesador y consola, pero ambos iban a la caja negra en el centro de la sala. Esa caja era el motor arquitectónico del pensamiento, una computadora que se encargaba de procesar la información de la red y convertirla en algo que sus cerebros pudieran entender fácilmente.

—¿Cómo funciona esta cosa? —preguntó Misato y golpeó la parte superior de la caja.

—Dame el control DRocket —el androide le entregó una tableta a Boris —. Abra Kadabra y te mostraré algo inquietante pequeña Yakuza.

La parte de arriba de la caja, comenzó a iluminarse y a construirse desde pequeñas luces algunas figuras. Lentamente las rectas empezaron a tener formas, algunas se movían, otras solo eran aberturas en construcciones que comenzaban a aparecer en forma de holograma. En unos minutos se completó el diagrama de una ciudad.

—¿Qué ciudad es? —preguntó la joven.

—Eso no es una ciudad, es la estructura de la base de datos de la corporación Bancaria Británica de la India vista a través del motor arquitectónico —suspiró Shun —. Es demasiado grande, ¿Dónde está el logaritmo de la criptomoneda?

Boris sabía que era difícil, pero tenían esta oportunidad y después no tendrían otra. Señaló en centro de la ciudad, separo con sus manos los edificios circundantes a uno de tamaño descomunal. El holograma hizo desaparecer la ciudad y dejo solo la gran estructura. Agrando su tamaño, el ruso uso su mano como si fuera un cuchillo para cortarla al medio y luego abrirla en dos.

—Dentro hay dos espirales, una asciende y la otra desciende. Básico aunque dentro hay un tren que está constantemente en movimiento —al ruso le divertía la situación y aún más la complicación —. Es la forma en que este aparato puede mostrarlo para que nuestra mente lo procese de forma que lo entienda.

—Sigo prefiriendo estar aquí afuera con un arma cuidando de que nadie los venga a matar mientras esta metidos en sus jueguitos —la joven se tocó la cintura.

—¿Estas pretendiendo que llegue hasta ahí solo? Necesitare al menos la ayuda de Jack.

—Recuerdas que te dije que se activaron dos cuentas regresivas, cuando encontramos que había pasado con tu padre —Boris debió mencionarlo ese dato antes —. Bueno una de eses secuencias tiene el nombre de Jack y por eso la está persiguiendo. Si no fuera así estaría ayudándonos. Tú sabes cómo le gusta destruir.

—¿Alguna sorpresa más?

—Por supuesto mi querido amigo, envié a varios de mis esbirros a vender esta información a bares virtuales en la red profunda, como el Potemkin — el ruso siempre era un gran negociante —. La hora exacta de la falla de seguridad, cotiza bien. Así que supongo eso hará que a la hora señalada un montón de cowboys, surfers, hackers, cerrajeros y ladrones intenten entrar a la corporación. Independientes, tercerizados y dependientes de organizaciones gubernamentales o otras corporaciones. La distracción ayudara para que puedas hacer tu trabajo.

Boris el Gordo le ordenó al androide que preparara todo para la inmersión, mientras él y Shun tomaron sus lugares en los cómodos sillones. DRocket se acerco con una bandeja a japonés, en ella había pastillas. Agradeció y decidió no tomarlas.

—¿Qué era eso?

—Drogas, Misato —Shun comenzaba a ponerse los guantes —. Algunos cowboys las usan para la inmersión, lo hace más sencillo. Hay tres formas de hacer una zambullida a la red usando toda esta parafernalia. La más sencilla es colocarte una conexión plug en la nuca que va directo al cerebro, la forma preferida de muchos. Después esta la inducción por drogas, era la que usaba Kohi-boy. El problema es que con el tiempo te haces dependiente, adicto a las drogas para poder hacerlo y estar concentrado. Por último, la de la vieja escuela, la forma difícil, que es concentrarse hasta que lo logras.

Misato ayudo a Shun a ponerse el casco, Boris ya estaba recostado en su sillón comenzado a concentrarse. La mente debía estar en blanco hasta la sincronización, cuando eso ocurría pasaban por un lapso de confusión hasta que su alrededor tomaba forma. Era cuando podían procesar la información que el motor arquitectónico del pensamiento les inducia a sus cerebros. Era una especie de traductor, traducía la información a imágenes y física. Muchas sensaciones las simulaba el propio cerebro.

Lentamente Shun se fue materializando, el entorno era una mezcla de paramo sombrío y desechos de chatarra. Estaba en algún lugar de la red profunda, un lugar seguro por ahora, aunque ahí no lo monitoreaban de ninguna agencia gubernamental o de la Sección PKD. Cuando dejó de ver borroso, se dio cuenta que Boris estaba a su lado esperando que terminara la inmersión. El avatar del ruso no había cambiado en años, dentro de la red se veía como un vikingo a primera vista. Pero en realidad su alter ego virtual era una representación de Thor el dios de trueno, la deidad nórdica. Llevaba una armadura compuesta de programas que lo ayudarían a evitar que lo frieran, que los programas defensivos sobrecargaran su cerebro y terminara como Kohi-boy. Tenía una capa roja, el cabello largo rubio recorrido cada tanto por descargas eléctricas. Cargaba un martillo de gran tamaño, que estaba formado por programas de ataque que el ruso había escrito el mismo y que mejoraba todo el tiempo en sus ratos libres.

Shun había heredado su avatar de su padre, que lo había recibido de su abuelo el primer cowboy conocido como el Shogun. Lo había modificado bastante y poseía varias versiones del mismo. Para los cowboys famosos su avatar era su firma, no solo visualmente sino por el rastro que dejaba que los identificaba. Era como una estela de números, una huella virtual o la firma de un artista.

Su avatar era un samurái, llevaba los ropajes tradicionales de color predominante azul con detalles en celeste y blanco, en los pies getas (Sandalias) tradicionales de madera y su dosho (Juego de espadas tradicionales, una katana y una wakazashi) en la cintura. Cuando terminó de percibirse, estaba listo para lo que fuera que tenía planeado Boris el Gordo. El ruso guardó silencio unos segundos más de lo esperado, parecía tener la vista perdida en el horizonte.

—¿Puedes verlo Shogun? —Boris empezó a sonreír —. Es hermoso y perfecto.

—¿Qué es eso? —Shun veía líneas blancas, como estelas de aviones que iban todas hacia el mismo punto —. ¿Es un ataque masivo?

—El Banco Británico de India es una corporación oscura, ha manejado muchos fondos turbios por décadas y ha ganado enemigos poderosos. Otras corporaciones, países, cowboys. Todos queriendo robar datos que pueden llegar a capitalizar en un futuro próximo. Es hora de nuestra entrada.

Comenzaron a moverse, primero lentamente y luego como sin darse cuenta el mundo a su alrededor pareció ondular y borronearse. Duró dos parpadeos, después estaban ante una ciudad fantástica llena de rascacielos. Había alboroto en las calles, donde los vehículos se detenían y sus ocupantes salían de ellos desesperados. Autos de la década del cincuenta del siglo veinte, hombres de traje que desenfundaban revólveres. Mientras aviones de papel, pájaros, aviones y otras formas invadían el espacio aéreo de la ciudad buscando sus objetivos. Disparaban al aire, las defensas antiaéreas estaban muertas.

Dos pestañeos, espacio borroso y habían llegado a la ciudad, estaban parados en la terraza de un gran edificio. El Shogun contempló el caos, destellos de luces, mientras Boris solo podía sonreír.

—Aquí es donde nuestro camino se divide —Boris levantó el martillo y el Shogun asintió con la cabeza —. Yo iré a destruir al programa que controla el sistema de enfriamiento del hardware del servidor, cuando eso pase tendrás un tiempo limitado para destruir el tren antes que todo empiece a arder. Debes destruir el tren, la locomotora que es el comienzo del logaritmo de la criptomoneda y el imperio de Corporación del Banco Británico de India se desplomará.

Saltó desde las alturas y como un bólido cayó desde los cielos, Boris saltó desde las alturas, se mantuvo un instante levitando y como un bólido cayó empuñando su arma y atravesó el suelo rumbo a lo más profundo, en busca de su contrincante. Mientras el estruendo resonó como un rugido, como un regreso. El Shogun miro la construcción en el centro de la urbe, era el objetivo y comenzó a correr hacia ella. Saltaba de edificio en edificio, corría por las paredes de los rascacielos. Debía llegar a la hora señalada.

Había fuegos artificiales en el cielo y explosiones fluorescentes liquidas, sabía que si algo de eso lo tocaba seria un problema. Esos colores eran tan nítidos y vivos eran hermosos y cuasi hipnóticos. Cuando corría por el costado de un edificio siempre lo hacia hacía arriba listo para saltar, el motor arquitectónico del pensamiento emulaba la física para que su cerebro entendiera la información en forma de esquema. Pero el Shogun era un cowboy, un programador y eso hacía que pudiera torcer las reglas. Saltó del costado de un edificio pasando sobre la calle y siguió corriendo por el edificio de la izquierda. Ya estaba cerca.

Vio pasar unos pequeños programas de espionaje con forma de aviones de papel, después una explosión a su derecha. Algo enorme había golpeado un edificio, un gran lagarto se estaba comiendo los edificios, la información, mientras unos hombres les disparaban. Corrió el último tramo hasta la cima del edificio y dio un gran salto hasta caer en la estructura donde funcionaba el tren. Pero cuando saltó vio a un hombre envuelto en una capa, con un sombrero de ala ancha, una lanza y dos cuervos revoloteándole sobre la terraza de ese edificio que uso como trampolín mirándolo.

La segunda cuenta regresiva se detuvo develando un mensaje, que decía donde encontrar un paquete. El lugar indicado era la estación de trenes de Madrid donde siempre había una gran cantidad de gente, era común ver a un androide de compañía por ahí. Eran populares y muy usados por la gente mayor como asistentes. Pero el androide que entró, realmente llamaba la atención porque llevaba un smoking blanco impecable, caminaba despreocupadamente y fumaba. Sabía que las cámaras lo seguirían de cerca, lo vigilarían. Llegó a donde estaban los lockers, alguien había graffitado sobre las puertas de metal verde un gran dragón purpura. Ese tipo de cosas, el arte callejero duraba una semana, hasta que otro artista hiciera lo mismo sin que la policía lo atrapara. Con tantas cámaras vigilando el androide no escapó a la curiosidad de la seguridad de la estación. Los oficiales Paco y Luis se apersonaron en la zona, con sus radios en una mano y la otra preparada para desenfundar sus pistolas. El autómata llego al locker indicado y lo abrió de un golpe de puño, no podía esperar a usar la llave, la seguridad estaba yendo en su búsqueda. Extrajo un maletín y comenzó a correr hacia la salida, esquivó unos disparos y a unos guardias. Para cuando sus perseguidores llegaron a la calle lo vieron salir conduciendo un auto deportivo y reportaron por radio el incidente. Una luz roja parpadeo en una de las oficinas de la sección PKD, un titiritero había aparecido.

El Shogun estaba parado en la cima de la estructura, la recorría empuñando su espada y sabía usarla. Un par de programas de defensa lo habían intentado enfrentar, tenían forma de robots, pero eso no impidió que los cortara en dos desactivándolos. El cielo se había puesto algo rosa, indicaba una sobrecarga grafica por la cantidad y la calidad del ataque a la corporación.

Cuando había recorrido un tramo importante, sintió bajo sus pies algo ¿la vibración del tren acercándose? Tal vez. Pero había algo en la textura del piso que le recordaba su niñez. Hizo tres movimientos con la katana, como si dibujara un triangulo con un pincel, apareció la forma cortada y después se desintegró.

Saltó dentro del oscuro agujero justo cuando empezaron a escucharse explosiones más poderosas: las defensas de la corporación se habían vuelto a activar. Caminó unos pasos junto a las vías, sabía que el tren subiera hasta el punto máximo de la espiral y volvería a descender. Era como un esquema ferroviario con forma de ADN humano. Esperó un poco, cuando vio las luces acercarse comenzó a correr. Debía igualar la velocidad solo un instante, para tener una oportunidad para subirse y comenzar su búsqueda. Lo logró por unos instantes en que se catapultó contra el costado del tren, aferrándose con una mano e intentando abrir un hueco en la puerta con la otra en la que sostenía su espada.

A veces lo inesperado no es casualidad, la puerta se abrió dejándolo pasar. Dentro se encontró con hombres de cromo sentados en butacas, pero al verlos mejor noto algo. No solo eran hombres de cromo, sino que estaban formados por otros hombres más pequeños. Debía ser información terriblemente compleja para que el motor arquitectónico del pensamiento lo graficara de esa manera. Era la criptomoneda. Extendió su mamo para tocarlos.

—No los toques —dijo una voz familiar —. Si los tocas, los sistemas de defensa del tren te atacaran. Mejor ven a la locomotora, así podremos charlar.

No sería la primera vez que un programa quisiera dialogar, era más común con las inteligencias artificiales. Pero los programas independientes del sistema solían tener cierta inteligencia para contratiempos. Así que el Shogun caminó a través de los vagones, de todas maneras debía destruir la locomotora para acabar con la criptomoneda.

Cuando abrió la puerta se encontró con el interior de la locomotora, no había motor o palancas. Todo estaba camuflado como una sala, angosta de apenas metros, de un templo japonés. Adornos, pisos y paredes de madera. En el centro casi llegando al comienzo del tren un hombre esperaba de pie. No era un desconocido, era una versión de sí mismo, del avatar del Shogun. Pero envejecido, que lo miraba como evaluándolo y esperando la pregunta.

—¿Qué eres?

—Soy un programa que controla al tren. Soy una representación de tu padre, soy un mensaje de Toshiro Yokohama para su hijo Shun. Estoy aquí y fui creado para transmitirte algo, en parte solo soy datos conglomerados y en parte soy un espectro de tu pasado.

Shun se pregunto si sería un programa de defensa pensado para espejar a invasor, pero cómo sabían que él estaría ahí, quien era y más. La pregunta estaba ahí, podría ser su padre ser tan inteligente para no solo deshabilitar con años de anticipación las defensas de una corporación, sino también para dejarle un mensaje.

—¿Por dónde comenzamos?

—Comencemos por nosotros, tu padre y yo. Soy su creación, pero también soy parte de él. Cuando entendimos que la corporación del Banco Británico de la India no nos dejaría escapar con vida, elaboramos un plan a largo plazo mientras se construía la criptomoneda.

—Es muy extraño que hables en forma dual —opinó el Shogun.

—Para mí es lógico, estoy contando la historia de tu padre y yo soy parte de ella. Primero como creación y después como un copia residual de su pensamiento, datos y características de su vida en la red, más lo que el mismo agregó.

—Prosigue por favor.

—Sólo podíamos confiar en dos cosas, que eran seguras. El viejo Kraken jamás dejaría de buscarme, de intentar saber que ocurrió y la segunda era que Boris no se detendría hasta vengarme, por el código de los cowboys de la vieja escuela.

—El código es un pensamiento romántico, algo que se dobla y se rompe.

—Al código lo rompen y los doblan las personas. ¿Acaso el viejo no encontró la información? ¿Acaso Boris no está aquí? Si el código no sirve, ¿Por qué están aquí?

—¿Venganza?

—La venganza es parte del código, pero la vieja escuela es más que venganza. Es libertad, algunos como piratas en el Caribe deambulamos robando y ganando tesoros. Otros como cazarecompensas van detrás de un objetivo, mientras otros existen para atrapar a sus colegas descarriados y depende esto último de a qué bando pertenezcas.

Los cowboys, surfers, cerrajeros, hackers, pescadores o como quieras llamarlo, quieran o no alguna vez se topan con el código y deben decidir seguirlo o no. Nosotros sabemos que Boris no había vuelto a entrar a la red, a sumergirse en misiones desde que salió de la prisión en Siberia. El viejo Kraken está retirado hace años en algún lugar y tú estás aquí delante de nosotros ahora. El código los trajo.

—Esto es muy raro, conozco el viejo código. Son palabras que escucho desde que era un niño…

—No son palabras, ahí está tu error Shun. Son ideas, por eso es que nosotros debíamos encontrarnos contigo. Entiendo que no soy tu padre, pero soy su legado y eso es parte de lo que tengo que comunicarte.

—Tonterías —el Shogun desenvaino su espada —. Solo estás haciendo tiempo para que no te destruya. Boris es solo un mafioso queriendo vengarse y yo solo un instrumento de su venganza.

La policía de Madrid intentaba seguirle el paso al androide fugitivo en sus autos y algunas unidades aéreas. Con unas buenas maniobras inesperadas el fugitivo había logrado ganar la autopista, antes de abrir la caja que había sacado del locker encendió un cigarrillo y lo pito como si realmente pudiera fumar. Los oficiales que habían comenzado la persecución, Paco y Luis asignados a la estación de tren eran los primeros en la fila de patrulleros detrás del deportivo.

—Paco ¿Podías manejar más rápido?

—Esto sería más fácil si tuviéramos uno de esos autos que vi en la televisión Luis.

—¿Cuáles Paco?

—No los he visto en realidad Luis, pero Marta me conto que se manejan solos y son muy veloces.

El androide abrió con una mano la caja que contenía una pequeña memoria. La tomo para luego introducirla en una ranura en el tablero del automóvil. Una luz verde se encendió y comenzó la transmisión de datos codificada y triangulada a la guarida del cowboy que manejaba al títere.

En un edificio antiguo, una vieja fábrica en Boston un grupo de hombres observaban unas pantallas. Una joven, que hacía un año que trabajaba ahí, entró corriendo. Tropezó con unos colegas hasta que llegó hasta su objetivo, el jefe de toda la Sección. Un cincuentón con una prótesis mecánica que iba desde su mano derecha hasta la mitad de su antebrazo.

—Director Crammer ha aparecido un titiritero en Madrid.

—Llévale esa información a Morgan, aquí estamos ocupados hay un ataque masivo a la corporación del Banco Británico de India y en media hora abrirá Wall Street.

—¿Cómo es el androide que usa el titiritero? —la pregunta vino de un hombre con ropas militares, pelirrojo y pecoso que sonreía desde un rincón como sabiendo la respuesta.

—Viste smoking blanco, fuma y conduce un deportivo.

—El fabuloso Jack Kraken —se incorporó como sabiendo que iba a gritar Crammer.

—¡Maldita sea! Comadreja ve con la niña a la sala contigua con algunos hombres y rastreen a Jack Kraken.

La transmisión de datos había finalizado, el androide miró el GPS del auto. Sonrió como si alguien pudiera verlo y luego dio un grito metálico. Bajó en el siguiente desvío, tenía un rumbo final y condujo a toda prisa hacia un pequeño lago artificial, donde saltó con auto y todo para destruirse. Paco y Luis estuvieron muy cerca de seguirlos, por suerte lograron detenerse a tiempo.

—¿Qué quieres de mí?

—Nosotros queremos que entiendas, que no seas otro cowboy que se creyó un dios y termino con el cerebro frito en la cama de un hospital, o te unas a algunos locos a perseguir inteligencias artificiales que se creen dioses allá en la red profunda. Queremos que lleves lo mas dignamente el avatar de Shogun como nosotros lo llevamos y como lo llevo tu abuelo primero. Mírate, desde aquí te he estado monitoreando. Eres un ladrón o borrador de datos, un espía industrial más en la red. Tu abuelo develó datos de corrupción sin pedir nada a cambio, los cowboy verdaderos una vez en la vida hacemos algo enorme para sentirnos vivos. Tú y Boris están hoy aquí porque necesitamos que se vuelvan a sentir vivos, porque tu padre los amó.

—No soy un ladrón de datos, tal vez sí. Pero Boris es un mafioso ruso. Sé que tal vez no cumplo tus expectativas, no estuviste ahí para enseñarme y el abuelo no habla de sus épocas de hacker.

—Yo no estuve, pero estuvo ahí Boris. Él te guio cuando estaban en la Sección PKD, fui programado para monitorearlos y estar preparado para este momento, como también para otros que no ocurrirán. Boris te guio como nosotros te hubiésemos guiado, fuiste tú el que eligió ser lo que eres. Tuviste a uno de los mejores maestros que cualquier cowboy desearía, ¿porque crees que su avatar es único y nadie se atreve a copiarlo?

—¿Por qué le temen?

—No, es porque no pueden igualarlo.

Al caminar sentía la nieve quebrarse en el suelo, si la corría con su pie a veces había metal y otras tierra. Estaba en las profundidades del servidor, en una enorme caverna que parecía extenderse por kilómetros. Nevaba, Boris no recordaba que en esos lugares nevara. Aunque sí que estaba esa sensación de frío. Los verdaderos cowboys, como la gente que lograba controlar un sueño sabían que el frío era una sensación que su cerebro generaba por lo que sus sentidos percibían y su mente, donde creía estar. Intentó recordar el nombre del joven que se había ahogado al entrar a un servidor que el motor arquitectónico del pensamiento había graficado como un mundo acuático.

—Fi fa fu vete de aquí —retumbo en la caverna —. No eres bienvenido.

Sostuvo aun más fuerte el martillo y comenzó a caminar más rápido. El terreno iba en subida, hasta que llegó a un acantilado y observó que usando como silla una meseta en terreno más bajo estaba sentado el programa que controlaba el sistema de enfriamiento del server: Un enorme gigante de hielo que lo miró con desprecio. El ruso apretó el arma en su mano y se sintió vivo al saltar contra el monstruo. Gritó de alegría antes de descargar el martillo contra la figura de hielo y el estruendo apareció.

—¿Escuchas eso? Es Boris volviendo a la vida. Tenemos poco tiempo, destruirá el programa de enfriamiento y este servidor se quemará. Ahora tú debes decidir Shun ¿quién eres? Si nos destruyes parte de la economía mundial colapsara, muchos de los que más tienen no tendrán nada. Pero la caída de esas corporaciones turbias dejara a mucha gente sin trabajo. Ese es un dilema moral, mientras que otro es que no puede haber dos Shogunes. Debes destruirme para ser el Shogun, pero también soy lo último que queda de tu padre.

—¿Cuál es el punto?

—El punto es que decidas quien eres, quien vas a ser y cómo vas a vivir. Tienes la edad de un hombre, pero ¿eres un hombre? Cada tribu tenía su ritual de paso, esto es algo por el estilo. Así que necesito tu respuesta.

Cargó los datos a un disco portátil que conectó a su consola. Esperó que todo estuviera en línea y se acerco al motor arquitectónico del pensamiento que usaba en esa guarida. Esperó por la representación grafica del programa oculto por años, el que la cuenta regresiva había revelado su localización. Las luces formaron la figura y Jack Kraken sonrió endemoniado. Se preparo para la inmersión.

—No lo sé —Shun meneo su cabeza confundido.

—Cuando Boris decidió apagar el servidor Valhala que contiene gran parte del norte de Europa sabiendo que sus jefes del ejército rojo lo mandarían a Siberia, decidió quién era. Cuando Jack Kraken controlaba aquel androide en medio de ese desastre en las costas Portuguesas y tuvo que elegir a quien salvar, decidió quien sería para siempre. Cada cowboy en la red que se precie de serlo, en algún momento tuvo que decidir quién es. ¿Dime quién eres?

—¿Qué está pasando que me está interpelando una máquina? El cowboy debe domar la máquina, no la máquina al cowboy. Yo soy el Shogun, tú eres la creación de mi padre. Siempre le gustaron los juegos mentales. Debo destruirte.

—¿Esa es tu decisión?

—Sí, tú no eres mi padre. Sólo un fantasma que tiene un propósito que todavía no comprendo y esta creación de mi padre, la criptomoneda debe ser destruida para vengar en cierta forma su muerte. Su desaparición.

—Esto es para ti —el viejo Shogun ensayó una sonrisa intentando demostrar satisfacción, pero era una máquina después de todo y estiró su mano que contenía una especie de llave negra —. Esta llave abre las puertas de Neon Alejandría, la biblioteca digital más antigua y secreta de la red. Donde cowboys por generaciones han guardado su conocimiento e información. Ahora te pertenece junto con esta espada que programamos cuando aún tu padre estaba vivo que puede destruirme.

Tomó la espada, parecía más sencilla de usar. Como si fuera más liviana, tomo coraje y la enterró en el pecho del viejo Shogun. La sacó limpia, solo algún destello apareció.

—Corre —susurro el conductor —. Todo se desmoronará en unos instantes.

El Shogun corrió, cargaba su nueva espada y escondido entre sus ropajes llevaba la llave. Salto del tren y comenzó a correr cuesta arriba buscando ese hueco en forma de triángulo por donde salir. Se perdió, sentía como todo temblaba, se asustó y encontró el camino. Fueron parpadeos.

Al salir escuchó el ruido de las detonaciones, las defensas de la corporación estaban al máximo. El cielo sobrecargado por una tormenta, el servidor estaba a punto de colapsar. No había forma segura de salir sin recibir una descarga. El zumbido fue fuerte, sobre su cabeza sobrevoló un avión de tres motores pilotado por Jack Kraken y una vez que pudo subirse comenzaron la huida. Toshiro les había dejado para escapar un programa, un avión de tres motores con armas programables, en parte para salvarlos y en parte para terminar de probar a su primogénito.

Jack Kraken comandaba el f-15 digital, el Shogun sentado en el lugar del copiloto intentaba familiarizarse con los controles. Las explosiones eran cercanas.

—Sácanos de aquí Jack — Shun seguía intentando dilucidar para que era cada botón y sistema —.

—Eso intento, pero pilotarlo no es tan fácil — Jack vio al lagarto gigante que se comía edificios —. Pronto programa unos misiles o algo para dispararle a ese lagarto.

—Estoy intentando saber cómo funciona esto, creo que estoy dosificando la potencia de los motores y su rendimiento.

Unos tanques disparaban sus láseres contra el lagarto, este se dio vuelta y vómitos ositos de goma de colores. Predominaba el amarillo, estos corrían hasta los tanques y al abrazarlos se derretían.

—Perdí la oportunidad, ¿cuántas veces en la vida voy a tener la suerte de dispararle a un Godzilla deforme? Esto es mejor que un video juego.

—Sácanos de aquí Jack, esto no es un juego podemos morir.

—No sea aburrido, solo se vive una vez. Vamos a calmarnos.

Cuando lograron salir y el server se derrumbó, el útil aparato terminó reduciéndose y siendo guardado en la mochila de Jack Kraken. El servidor se quemo, gran parte de la información se perdería. Pero el logaritmo que formaba la criptomoneda del Banco Británico de la India no podía ser recuperado. Con el original destruido, era ilegal tener un back up de una criptomoneda porque era como falsificar billetes. La corporación estaba arruinada después del ataque a gran escala y cuando abrió Wall Street las acciones se derrumbaron. Junto con ella quebraron un par de conglomerados armamentísticos, farmacéuticos y otros rufianes modernos. Los datos que no estaban en el servidor físico, aquellos que estaban en las nubes de datos comenzaron a hundirse en la red profunda.

Alguien golpeo la puerta de la oficina, una voz enojada dio permiso para que entren y la puerta se abrió dándole paso a un joven. Tenía las raíces del cabello negro, el resto era fucsia y tenía algunos mechones verdes. Vestía como una secretaria elegante, tenía la camisa remangada y exhibía en sus brazos sus tatuajes de aviones de papel volando que llegaban algunos hasta sus dedos.

— Señor, aquí tengo la información que logre obtener de la intrusión al servidor del Banco Británico de la India — tenía una especie de mini disco en la mano —.

— Excelente trabajo señorita Papercraft, se lo entregare inmediatamente a Richard Parker un administrativo del departamento de impuestos del gobierno que es nuestro enlace para este tipo de casos.

Al despertar Jack Kraken sintió que le sangraba la nariz, pilotar ese programa le había hecho subir demasiado la presión y debería tener más cuidado en el futuro. Rápidamente tomo todo lo que podía cargar en una mochila de buena calidad hecha especialmente para él. Su consola y su motor de pensamiento arquitectónico hechos a medida e igual de caros en el mercado negro. Todo lo demás podía ser abandonado. Tuvo que escapar de su escondite antes que la Sección PKD allanara el lugar.

Dos cuervos volaban en torno al hombre de la túnica negra y un gorro del mismo color de ala ancha que portaba una lanza, le faltaba un ojo. Estaba buscando entre las ruinas de los restos de lo que alguna vez fue el servidor del Banco Británico de la India. Todo lo que había tocado fondo en las profundidades de la red. No estaba solo, había una especie de androide, con un rosario tibetano de gran tamaño colgado del cuello y seis puntos en la frente, como un monje. También estaba buscando algo.

— ¿Qué buscas? — pregunto con voz metálica el androide que era más metal mate, que brillante y tenía su cara chata, sin nariz —.

—La cabeza del gigante de hielo, necesito sus datos ¿tú quien eres y que buscas?

—Busco los restos del viejo Shogun, quiero saber como hizo el humano para copiarse parte de sí mismo. Es algo que escapa a mi comprensión y necesito aprender — la voz metálica se detuvo —. Yo soy Dios y ¿tu quien eres?

—Yo soy Odín, dios del norte.

Cuando despertó, a Shun lo estaban esperando Boris y Misato. Unos momentos después mientras salía de su confusión, típica de las inmersiones prolongadas llego Takeda. El director de industria pesada Toha & Nikei les indico por donde irse sin ser vistos ya que existía la posibilidad de que la Sección PKD apareciera. El ejecutivo japonés y el androide DRocket fueron a visitar a Kohi-boy.

Boris y Shun separaron sus caminos, por un tiempo. El ruso tenía asuntos que atender en Ucrania así que fue directo a su salvo conducto para salir del país de regreso a casa.

—¿Te aburriste esperando?

—Un poco, aunque DRocket me mostro que la holopantalla del motor arquitecto del pensamiento o como se llama se puede sincronizar con alguno de ustedes — respondió Misato —. Así que me entretuve un poco.

—Creo que necesito un trago.

—Conozco un lugar nuevo, se llama Kuroi Neko y podría acompañarte.

—Solo si prometes Misato no comenzar una pelea como la ultima vez.

Fin

Autor: Ernesto Mendez Morel

Muchas gracias a Ernesto por esta historia, me he divertido mucho leyéndola y estoy seguro que ustedes también.

Recuerden que Ernesto está participando en el Desafío del Nexus, para votar por él, usen el botón de facebook.

Sobre el Autor

Ernesto Mendez Morel nació en la ciudad de La Plata hace casi 36 años, sus padres y amigos lo adoran y es aceptablemente feliz de una forma estándar. Conoció la ciencia ficción de la mano de un libro de Iain Banks que le regalo su tío “Pensad en Flebas” después dejo de leer hasta que su prima le regalo un libro de David Edding “La hechicera de Darshiva”. Después devoro libros de autores como William GibsonPhillip Dick y otros.

Ejerce la profesión de operador de radio hace varios años, además de también tener el tupe de ejercer el periodismo especializado en Ilustración, Historietas, Ciencia Ficción, Deportes y Música. Todo un descarado. Lleva cuando puede dos blogs, uno que es reflejo de su trabajo en radio y otro donde descarga la catarsis contra la sociedad en tono de humor cínico. Tambien escribe cuentos que nunca pública y deambula varios géneros, vive en el campo y le gusta disfrutar de los pequeños placeres de la vida; el té, las manzanas verdes y la cerveza negra.

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