Desde Melilla España nos llega un nuevo cuento para nuestro Concurso, de parte del escritor Fernando Lamas:

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Veneno de Palabras

Va caminando por la calle, edificios grises, todos iguales, porque todos somos iguales, todos tenemos el deber de tener lo mismo que los demás, de sentir lo mismo, de hablar lo mismo… Las pantallas lo llenan todo: Comedia, jijijaja, chistes, trama, drama, película, acción, tiros, Bang Bang, compra, compra, compra, romántico, compra, sexo, sexo, Bang, compra. Carlos camina sin saber a dónde, sus ojos enfocados en su pantalla, su mente abstraída, en un limbo, sin pensar pero sin estar en coma. Bang, compra, compra, ríete, llora, vive, carreras. Pero sus pies le guían, guían y guían a su destino, hasta que se choca con un hombre, chaqueta y sombrero, mayor, barba del mismo estilo que todas las personas que tienen barbas en la pantalla, y en el mundo (aunque, ¿a quién le importa?). El anciano le mira a la cara (¿eso no estaba prohibido?) y le quita la pantalla, su pantalla, le aleja de su cosmos.

-El conocimiento es poder, úsalo con cuidado.

-¿Qué?

-Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces, estás peor que antes.

-¿Perdone?

-La sociedad actúa como si todo lo posible fuera deseable y necesario. El libro es la puerta al alma del escritor. ¡El fin justifica los medios!

Carlos mira a un lado y a otro, sin saber qué hacer, el viejo sigue diciendo cosas inconexas y sin sentido que no significan nada para él, ¿por qué tenía que molestarle? El hombre mira al suelo y ve su pantalla allí, el ansia empieza a consumirle, un sudor le brota por la cara, pero el anciano lo tiene sujeto bien fuerte.

-¡Ama a Dios sobre toda las cosas, y al prójimo como a ti mismo! ¡El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho!

Dos manos enguantadas aparecen en los hombros del viejo y lo arrastran atrás. Dos agentes le sujetan y lo montan en el furgón (igual a todos los furgones del mundo, con los mismos números escritos y el mismo conductor). Un tercer agente, sonriendo, recoge su pantalla y se la entrega.

-¿Ha visto las noticias?

-A veces.

-Tenga cuidado. Hoy echan una comedia, como todas las noches, disfrútela.

-Como todas las noches. -¿seguro?

Los policías se van y Carlos se da cuenta de que ha empezado a andar, sin saber adónde pero con su cuerpo guiándolo. Su pantalla le llama con su luz y él la mira con satisfacción: Caza, pesca, aviones, trenes, compra, compra, chicas, niños, escuelas, dentífrico, compra, compra, compra, compra, sexo, mujeres, bomberos, compra, compra…

Carlos se sienta sin pensarlo en un banco (¿a esperar el autobús? No lo sabe). A su lado, un joven con una pantalla. Pero diferente, no emite luz, se desdobla, ¿está rota por dentro? No, son como tiras rectangulares con algo puesto en él, ¿palabras, quizás? Sí, palabras. “¿Qué más dará?”, piensa. Compra, huesos, entierro, luces, coches, matorrales, jardinería, compra, compra, sexo, compra, película, pan.

El chico le toca el hombro: una, dos, tres veces, y Carlos levanta la vista y le mira. No se parece nada a él cuando era joven. No tiene ojeras, no tiene arrugas alrededor de los ojos, no tiene ese brillo extraño, como si la luz de la pantalla se hubiera trasladado allí. ¿Será por esa pantalla extraña que lleva? El chico le mira con sus ojos verdes y le tiende la extraña pantalla.

-Tómelo, haga con él lo quiera. Léalo si puede –¿leer?-. A mí ya me tienen fichado, no debo leer en público más.

Carlos le mira sin saber qué hacer. El chico sonríe, pero de forma extraña. No es la típica sonrisa que ve en las pantallas, tampoco la de los policías, sus labios se estiran más a un lado que a otro, y un brillo radiante parece cubrirle toda la cara. Le da miedo, no es nada que él conozca.

-Sé que no nos conocemos, pero quédeselo, por favor. Puede tirarlo si no lo quiere, pero sería mejor que lo leyera. Para todos.

El chico se larga, se va sin decir nada. Carlos baja la vista a su pantalla, pero el objeto del chico está delante. Va a apartarlo cuando nota una sensación extraña. ¿Curiosidad? Hacía décadas que no la sentía… El hombre lo coge, toca su cubierta. Es suave como un sillón, y tiene algo grabado. Ahora que se fija, no es tan difícil leer palabras en cosas distintas a pantallas… Romeo y Julieta, pone. William Shakespeare, debajo. Carlos abre el objeto como lo hacía el chico y toca los rectángulos. Espera, ¿eso es papel? Las pantallas decían que ya no existía, que era algo atrasado e inútil de una época más oscura… Carlos acaricia las hojas, algo rugosas y amarillentas, recorre con sus dedos los gusanos de tinta que las cruzan y empieza a leer un minuto “Sólo por probar”, luego dos y tres y cinco. De repente, una mano enguantada aparece encima del papel. Carlos levanta la vista. Delante de él hay un sonriente policía, con su perfecta y blanca dentadura al descubierto. Nada que ver con la del chico.

-No creo que de verdad quiera hacer eso.

El policía le quita con suavidad el objeto y lo mete en una bolsa, de la que asoman más.

-Tome esto –el agente le da una nueva pantalla, más grande, con más luz.-. Es último modelo, le gustará más que cualquier cosa de papel, ¿no cree?

Carlos coge la pantalla pero no dice nada, sigue mirando al policía y su bolsa.

-Venga, señor, no es usted un crío, ¿no querrá ser distinto y más triste que los demás, no? ¡Diviértase! Y recuerde que mirar a la gente a la cara no está bien. Podría aprender demasiado y descubrir diferencias.

El policía le acompaña hasta su casa, ocupándose de que esté mirando la pantalla todo el rato y hablando de algo que ya ha olvidado cuando el agente cierra la boca.

Carlos está cenando en su cocina (una estándar Tipo B, igual a la de todos sus vecinos). No sabe qué está comiendo, la pantalla requiere toda su atención, pero da igual. El caso es que ahora mismo millones de personas están comiendo lo mismo en una cocina igual y con una pantalla delante de sus ojos. Sin diferencias, sin superioridades, todos igual de felices y de adaptados a su mundo. Desde luego, a Carlos no se le ocurre una sociedad más justa y feliz que esta… pero ya está pensando, y no debe hacerlo demasiado.

Correr, saltar, moverse, BANG BAN, volar, nadar, árboles, ardillas, RATATATA, risas, compra, compra, hombres, colegio, mujeres, gominolas, ropas, cocinas, compra, compra, compra, sexo, coches, peatones, agua, compra, refrescos, compra, manos, bailes, cantando, compra, escobas, compra, lavarse, viajar, compra, políticos, gente, huevos, compra, compra, El fin justifica los medios; compra, trenes, sartén, nadie, compra, sexo, compra; La diferencia entre el ignorante y el estúpido es que el ignorante intenta remediar su ignorancia; compra, kárate, niños, compra, compra; Si no puedes con ellos, confúndelos; compra, gachas, fútbol, sexo; Dichosos los que creen sin ver; compra, compra; La pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos; El hombre está condenado a ser libre; A los que corren en un laberinto, su misma velocidad los confunde.

Carlos se siente mareado. Una parte de su mente se mueve a toda velocidad. Va de un lado a otro, abriendo las cerradas y desusadas puertas de su razón. La otra está confundida, atolondrada, sin saber qué hacer ante todo esto.

¿Qué le está ocurriendo? ¿A qué viene eso? ¿Qué le pasa a su mente? Las manos de Carlos empiezan a temblar mientras su mente se lía aún más y por primera vez mira su pantalla sin prestarle atención. Han sido los estúpidos libros. El maldito papel lo ha envenenado, las frases del viejo loco se le han clavado en el subconsciente como esquirlas y ahora le atacan la mente, destrozándolo todo (¿o tal vez arreglándolo?). Carlos sabe de repente que no tiene remedio, la sensación de antes (¿curiosidad?) ha vuelto. Acabará como el viejo loco, chocheando frases inconexas a los felices viandantes de vidas y caras iguales hasta que se lo lleven a un asilo. O tal vez acabará como aquel extraño joven y su sonrisa torcida, leyendo a escondidas y huyendo de la buena y justa policía, que tanto se esfuerza por mantener la felicidad de los ciudadanos.

Carlos empieza a golpearse la cabeza contra su pantalla, nueva y último modelo; como si intentara que su cosmos volviera a su mente y acabara con la pesadilla del saber. Pero su mente sigue siendo un caos, un caos que se va tranquilizando, pero no de la manera que él quiere. Va a una calma nerviosa, sin descanso, destinado a la maldición del libro.

Unas gotas de sangre salen de la brecha de su cabeza y caen sobre la pantalla. Y, con un suave y ligero zumbido de despedida, el cosmos de Carlos se apaga.

FIN

Muchas gracias Fernando, te deseo lo mejor en el Concurso.

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