Desde Ciudad de México nos llega un relato del autor Alberto Monterrubio para participar en nuestro Desafío del Nexus de Abril:

Úrsula

El silencio que reina en mi habitación se rompe de repente. Por la ventana entra una luz tenue que ilumina las impecables paredes blancas y los muebles modernos que adornan mi apartamento. Son las seis y media, y la voz tranquilizante y amable del despertador me llama:

Buenos días, UR172—A. Hoy es lunes, tu día favorito. La temperatura es de veintidós grados centígrados y, como todos los días, te ves absolutamente bella. El desayuno ya está listo y tu día laboral comienza en una hora con siete minutos.

Todavía un poco adormilada, le doy las gracias al despertador por la información y el cumplido, y me levanto de la cama. Procurando despertar por completo, estiro los brazos y los llevo a mi cabeza, donde mi mano derecha se encuentra con el implante craneal cibernético que está alojado detrás de mi oído. Esa pequeña maravilla cibernética, presente en mi cabeza como en la de todas las demás personas, nos proporciona información, nos identifica como ciudadanos y, lo más importante, nos mantiene con vida.

Al mirar por la ventana me doy cuenta de que hace un día espectacular. A lo lejos, se ve el sol alzándose sobre los elegantes rascacielos de la bellísima ciudad de Sigma 17 y el holograma con la cara del presidente brilla proyectándose sobre las nubes, recordando que todo está perfectamente protegido y feliz bajo su guía. Su cabello negro está perfectamente bien peinado y recortado a la usanza actual. Sus ojos verdes dirigen hacia el horizonte una mirada muy profunda. Una mirada que hace sentir que, sin lugar a dudas, vivir en Sigma 17 es un privilegio por el que todos hemos luchado, como recuerda aquella cicatriz que recorre la cara del presidente desde su ojo izquierdo hasta la mandíbula.

Aparte de ser un verdadero héroe, el presidente es también una persona muy culta: su biblioteca personal es toda una leyenda. No cabe duda de que es la persona más inteligente y sobre todo, cautivadoramente atractiva que he visto en toda mi vida. A veces incluso envidio a aquellas ciudadanas que trabajan en su gabinete personal por la oportunidad de estar tan cerca de aquella personalidad.

Pensando todavía en los intrigantes ojos de nuestro libertador y líder, me doy un baño. Sintiendo el agua caer reconfortantemente sobre mí, recuerdo las clases de historia cuando oí por primera vez sobre las hazañas que ese hombre realizó para liberar a nuestra gente de la tiranía de aquel horrible villano con un parche en el ojo que se hacía llamar El Escorpión. Hazañas en las que seguramente el presidente se ganó aquella cicatriz tan característica.

Salgo de bañarme y me visto para ir a trabajar. Me miro en el espejo y reafirmo que, a mis treinta y cinco años, me sigo viendo muy bien, como dijo el despertador. Acomodo cuidadosamente cada uno de mis negros cabellos y me dirijo a la cocina. Sobre la mesa, encuentro servido el desayuno: tres cápsulas de nutrientes que ingiero con avidez. La ración de esta mañana calma mi hambre al instante y sabe excepcionalmente bien.

Finalmente, me dispongo a salir de casa, y el despertador me dice:

Que tengas un magnífico día, UR172—A.

Me detengo en la puerta y, mirando hacia atrás, contesto con una sonrisa:

Gracias, despertador.

Bajando por la escalera del edificio encuentro a RM342—C y nos saludamos animosamente. Mi vecino también me recuerda que hace un día espectacular y yo asiento mientras sigo caminando hacia la calle.

Por todos lados se ven los modernos vehículos cromados que sirven de transporte público. Todo en Sigma 17 está compuesto de materiales ecológicos y se percibe una idea general de elegancia, prosperidad y uniformidad ya que todo lo que el ojo alcanza a ver es de color blanco, plateado, transparente o negro. Las calles están siempre limpias, y los ciudadanos siempre felices.

Tomo el tren de levitación AX—986, que me llevará a la calle Beta—11 y de ahí caminaré algunas cuadras hasta el trabajo. Particularmente hoy hay mucha gente en el tren. Tomo un periódico del estante móvil y me pongo al tanto de todas las noticias de hoy.

Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando leo que algunas personas dicen haber visto al Escorpión vagando por las calles de Sigma—17 en los últimos días. En realidad no se sabe bien qué pasó con el tirano luego de que la revolución del presidente triunfó. Algunos dicen que murió, pero muchos piensan que sigue vivo planeando venganza. Cualquiera que sea el caso, mejor hay que andarse con cuidado. No me gustaría nada encontrarme de frente con aquel hombre repugnante y su típico ojo parchado.

Salgo de mi ensimismamiento al notar que casi he llegado a la estación donde debo bajar.

Todo sucede demasiado rápido:

Devuelvo el periódico al estante.

Me paro frente a las puertas, mirando hacia afuera.

El tren se detiene.

La gente se comienza a levantar de sus asientos.

Los altavoces del tren proyectan una voz que anuncia que la estación a la que llegamos.

Las puertas hacen un sonido sordo y se abren de par en par.

Miro a la gente que espera en la estación.

Bajo un pie del tren.

Levanto mi pie derecho, que sigue apoyado en el umbral de las puertas.

Me dispongo a apoyarlo en la plataforma de la estación.

Desde mi derecha llega un sonido extraño que me asusta.

Intento voltear hacia ese lado.

Antes de que lo logre, un objeto grande impacta con muchísima fuerza contra mí.

Me empieza a atacar un fuerte dolor en el cráneo, detrás de mi oído derecho,

Se me nubla la vista.

Siento que estoy perdiendo el equilibrio.

Lanzo mi cuerpo hacia adelante para alejarme lo más que pueda del tren evitando que me aplaste cuando arranque de nuevo.

Choco contra el piso.

El suelo está frío y húmedo.

El dolor se vuelve más agudo, pero después de unos segundos, todas mis sensaciones empiezan a desvanecerse.

Estoy perdiendo la consciencia.

O tal vez estoy muriendo lentamente.

Ahora el dolor ha cedido.

No veo nada aparte de una profunda oscuridad.

Los sonidos también se han silenciado.

Lo único que queda es una palabra.

Una palabra que se repite una y otra vez en mi mente.

Una palabra familiar.

Úrsula.

Úrsula.

Úrsula…

Despierto de mi inconsciencia con un respiro profundo y sintiéndome completamente desubicada. Abro los ojos poco a poco y voy recordando lo que acaba de pasar.

Vuelve a mi mente aquella fuerza chocando contra mí. Recuerdo todas las sensaciones pasadas y mi corazón empieza a latir como si fuera a salírseme del pecho. Me recupero un poco y observo todo cuanto está a mi alrededor.

Estoy en el piso, apoyada sobre mis brazos ya que no tengo la fuerza suficiente para levantarme. Me rodea hay un grupo de ciudadanos mirándome. Un poco más allá está lo que me golpeó: un vehículo que transporta víveres. Caigo en la cuenta de que no deben haber pasado más que algunos segundos desde que perdí la consciencia. Sigo en la estación de tren, pero todo luce diferente.

El piso, antes pulido y brillante, ahora es un sucio pavimento de asfalto viejo y encharcado. El tren del que acabo de bajar no levita sobre los rieles, sino que descansa sobre unas antiquísimas ruedas. Los vidrios de los vagones están rayados y tienen inscripciones obscenas en ellos.

Al fijarme mejor en el grupo de gente que me mira, observo que también ellos se ven distintos: no llevan los pulcros ropajes blancos que todo ciudadano porta, sino que visten unos viejos harapos desteñidos. Su aspecto físico también luce mucho más desaliñado de lo normal.

Desconcertada ante la transformación de todo mi entorno, pienso que seguramente me volví loca luego del impacto y por eso todo se ve diferente. En un intento desesperado por volver a la cordura, cierro los ojos fuertemente y los vuelvo a abrir, como si estuviera intentando despertar de una horrible pesadilla. Tristemente, lo único que ven mis ojos al reabrirse es el pavimento encharcado sobre el que desperté. Sin embargo, al fijarme mejor encuentro algo más: en el medio del charco hay un pequeño objeto electrónico. Lo tomo en mis manos y lo acerco a mi vista. Me llevo la mano a la parte posterior derecha del cráneo y ahogo un grito: hay un agujero.

Lo que tengo en mis manos es el implante craneal cibernético que todo ciudadano de Sigma—17 tiene. Rápidamente lo guardo en mi bolsillo para no perderlo. Tengo que encontrar alguna forma de reimplantármelo o mis funciones vitales empezarán a fallar.

Creo que ya me he recuperado lo suficiente para ponerme en pie. Del círculo de personas congregado a mi alrededor se acerca un hombre de cabello canoso cortado casi a rape. Viste una curiosa bufanda roja en el cuello y lleva unos guantes de tela que dejan sus dedos al descubierto. Me toma del brazo y me ayuda a levantarme diciendo:

Con cuidado. Levántate lentamente. Descuida. Todo va a salir bien. Todo sale bien al final.

Le agradezco la ayuda y me escabullo con andar confundido entre el grupo de mirones que me acorralaban. Tomo el camino de regreso a casa. No puedo ir a trabajar en estas condiciones.

Por miedo al tren opto por caminar, pero el recorrer a pie las calles es aún peor. Los edificios que yo recordaba blancos, modernos e impecables, están decaídos y a medio destruir. El día está nublado y la ciudad de ensueño en la que vivía ha desaparecido.

Voy sorteando callejones oscuros y sucios hasta que llego mi departamento. Subo las escaleras lo más rápido que mis cansadas piernas me permiten. Nerviosamente introduzco la llave en el picaporte de la entrada y al abrir me quedo perpleja.

Mi hogar es un lugar oscuro, viejo y frío. Los muebles están a punto de caerse de viejos. Convencida de que estoy completamente loca, me dirijo a mi habitación y me encuentro con la sorpresa de que mi cómoda cama no es más que un desvencijado colchón sobre el piso, y que mi querido despertador que antes poseía inteligencia artificial avanzada, ahora no es más que un reloj de alarma como aquellos que sólo se ven en las películas antiguas. Me asomo a la ventana y noto que el holograma del presidente ha desaparecido. Me miro al espejo: mis ojos se ven hundidos, mi cabello alborotado y quebradizo, mi piel reseca y mi vestimenta está compuesta de harapos similares a los que tenían los ciudadanos del tren luego del accidente. La mujer esbelta y bella que salió de casa hoy por la mañana no ha vuelto. Probablemente nunca lo hará.

La desesperación me empieza a llenar rápidamente. Me estoy sintiendo débil. Necesito dormir. A mi abatida mente llega ocasionalmente aquella palabra misteriosa pero a la vez conocida que escuché al caer al piso en la estación de trenes:

Úrsula.

Úrsula.

Úrsula…

Esta vez no es el despertador, sino el frío lo que me despierta. Miro melancólicamente mi estúpido despertador, que marca algunos minutos pasada la media noche. Temblando, me siento en la cama (si es que se le puede llamar así) y meto las manos a mis bolsillos para contrarrestar un poco el entumecimiento y la desesperación. Sorpresivamente, mi mano derecha se topa con un pedazo de papel.

Lo saco, lo desdoblo y comienzo a leer. Es un folleto de color amarillo brillante en el que se lee:

¿Problemas con tu implante craneal? Nosotros tenemos la solución. ¡Ven con nosotros!”

Esto sí que es una extraña coincidencia. Sin embargo, este es el folleto más inútil que he visto en toda mi vida: no tiene ninguna dirección, ni teléfono, ni forma de contactar a los emisores. ¿Cómo diablos quieren que alguien que necesita arreglar su implante acuda a ellos?

Pensando en lo raro del asunto, miro casualmente hacia la puerta de mi habitación y me quedo de una pieza cuando veo que ahí, en el piso, hay otro folleto idéntico.

Me levanto para recogerlo y descubro otro bajo la puerta de mi departamento. Esto está muy extraño. Abro la puerta y veo que decenas de folletos amarillos marcan un camino que desciende por las escaleras del edificio.

A pesar de que todavía me siento mareada y desorientada, comienzo a seguir el recorrido de los papeles y llego a la calle, sólo para notar que la senda amarilla sigue y sigue. Echo a correr siguiendo los folletos. Siento como si estuviera viviendo en un sueño surrealista donde nada tiene sentido.

Después de varios minutos de callejonear tras la pista de la misteriosa agencia de implantes craneales llego a un punto donde el camino de los folletos amarillos desaparece. El último de ellos está pegado a una puerta de metal oxidado. Me acerco, la observo, y con una mano temblorosa golpeo tres veces.

Por unos momentos no hay respuesta alguna. Cuando finalmente un hombre somnoliento y vestido con ropa de dormir abre la puerta, noto que no es la hora más prudente para acudir a un establecimiento de reparaciones, pero al tratarse de un implante craneal, no puedo esperar mucho. De hecho no debí haberme dormido al llegar a casa. Sin embargo, seguir un camino que me lleva a un lugar desconocido a media noche tampoco parece ser una idea muy prudente. Definitivamente me volví loca.

El hombre que acabo de despertar me pregunta de manera ruda:

¿Qué quiere?

En mi mente intento formular una frase. Mi idea es explicar la situación y pedir perdón por la hora a la que llego, pero mi cabeza está dando vueltas y mi cuerpo no parece obedecerme. La única palabra que sale de mi boca lo hace de manera casi involuntaria:

Úrsula.

En ese instante la puerta se abre por completo y una mano fuerte me toma del brazo y me lleva adentro. Me asusto muchísimo y comienzo a gritar, pero confundida como estoy no logro resistirme. Fui una estúpida al venir hasta aquí. No entiendo nada. Mis fuerzas se están yendo. Parece que otra vez estoy desfalleciendo.

Cuando vuelvo a despertar, me encuentro en una sala pequeña iluminada por una vela. Estoy en un sillón viejo e incómodo y frente a mí hay tres personas: un joven de cara alargada y cabellos lacios, el hombre regordete y con cara de sueño que me abrió la puerta y un señor de cabello canoso casi rapado que lleva una bufanda roja y unos guantes con los dedos al aire libre. Es quien me levantó del piso en la estación de tren hace algunas horas. ¿Coincidencia? A estas alturas lo dudo bastante.

El hombre de la bufanda es el primero en hablar:

Curiosas bromas las que hace la vida, ¿no lo crees?

Saber que aquel desconocido es quien está detrás de todo que me tranquiliza un poco. Después de todo, si estos individuos me hubieran querido lastimar o algo así, no hubieran esperado a que despertara. Sin embargo, no estoy en condiciones para andar hablando con aforismos y metáforas, así que voy al grano.

Mi implante craneal. Necesito arreglarlo.

Meto la mano a mi bolsillo para tomar el implante roto, pero lo encuentro vacío. Alzo la vista y veo el dispositivo en manos del chico de cabello lacio, quien lo coloca sobre la mesa.

Es verdad. Aquí hay algo que se tiene que reparar. Es un proceso sencillo.

Y sin más preámbulo, el hombre regordete que me abrió la puerta toma un martillo que está tirado en el piso y se prepara para descargar un golpe sobre el dispositivo.

Si tuviera más fuerzas me le habría lanzado encima a golpes para detenerlo, pero dado que no tengo, me limito a gritarle muy exaltada:

¿Qué haces, estúpido? ¡Voy a morir!

Interesante afirmación – dice el viejo de la bufanda —, eventualmente vas a morir algún día, pero dudo mucho que el destruir aquel implante tenga algo que ver en ese proceso.

Pero controlan las funciones vitales de todos los ciudadanos de Sigma.

Si eso fuera cierto, entonces no podría existir alguien que viva sin un implante.

¡Eso es lo que estoy diciendo! – replico desesperada.

Pero tú llevas más de doce horas viviendo sin tu implante pegado a la cabeza.

Probablemente tenga un sistema de emergencia que te mantenga estable algunas horas mientras se arregla el implante.

El hombre sonríe y me responde:

O tal vez te han mentido toda tu vida.

Con una expresión extraña en la cara, voltea su cabeza hacia la izquierda y peina sus cabellos hacia atrás con la mano, dejando al descubierto un hueco de varios centímetros detrás de su oído, donde debería estar un implante. Esto sí que es raro. Aquel hombre que, según cuanto me han enseñado toda la vida debería estar muerto, toma el martillo y destruye el implante que está sobre la mesa. Cierro los ojos esperando el fin, pero no pasa absolutamente nada.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, el hombre de la bufanda me está mirando fijamente y, muy serio, me dice:

Parece ser que sigues viva, así que yo me inclinaría más por la segunda opción. ¿O tú qué opinas? ¿Qué pasó luego de que te golpeaste la cabeza al bajar del tren?

Me volví loca. Los edificios se transformaron en horribles estructuras abandonadas. Los ciudadanos pasaron a parecer vagabundos. Mi propia casa perdió toda su belleza. Y también yo.

Él me contesta:

Yo no diría que te volviste loca, sino que tus ojos se abrieron. Todo cuanto habías percibido hasta ese momento había estado manipulado. Para eso es para lo que existen los implantes. Elías te sabrá explicar mejor.

Al parecer Elías es el joven de cabellos lacios, ya que él es quien continúa hablando.

Es muy sencillo: todos los ciudadanos de Sigma—17 tienen un implante craneal. En las oficinas de la Presidencia hay una computadora que se conecta a cada uno de esos dispositivos y, a través de ellos, siembra todo tipo de información en los cerebros de las personas, quienes no detectan que están siendo influenciados en favor del presidente y sus demás bufones.

No acabo de entender a la perfección. Elías debe percibir esto, así que me acerca una hoja de papel con algunas líneas escritas.

Hace algunos días, logré interferir la señal de recepción de la computadora y transcribí lo que decía.

Tomo la hoja y la comienzo a leer:

<<Inicio de secuencia de transferencia de datos a implantes craneales cibernéticos.

Tu nombre no existe. Existe tu clave de identificación.

Tu implante craneal es fundamental para mantenerte con vida.

Sin tu implante craneal morirás.

Tu despertador posee una inteligencia artificial avanzada.

Hoy es lunes.

Los lunes son tus días favoritos.

El clima está espléndido.

Sigma—17 es la ciudad más bonita del mundo.

Todos los edificios y transportes de Sigma—17 son estéticos y modernos.

Las calles de Sigma—17 siempre están limpias.

Hoy te ves especialmente bien.

Todos los ciudadanos de Sigma—17 son bellos.

Todos los ciudadanos de Sigma—17 usan elegantes ropas blancas.

Todos los ciudadanos de Sigma—17 son incondicionalmente felices.

Las cápsulas de nutrientes son deliciosas.

Vivir en Sigma—17 es un privilegio por el que hemos luchado.

El holograma del presidente vigila la ciudad.

Todo está protegido y feliz bajo la guía del presidente.

El presidente es un verdadero héroe.

El presidente es muy culto.

El presidente lee mucho.

El presidente es la persona más inteligente que conoces.

El presidente es, sobre todo, muy guapo y atractivo.

El presidente nos salvó del Escorpión.

El Escorpión es el villano más grande y malévolo de la historia.

El Escorpión usa un horrible parche en el ojo.

Le tienes miedo al Escorpión.

Fin de secuencia de transferencia de datos a implantes craneales cibernéticos. >>

Entonces esa es la realidad. Toda mi vida he estado viendo los mismos edificios decadentes y los mismos seres humanos doblegados, pero nunca me di cuenta. Con el corazón oprimido de impotencia, miro directamente al hombre de la bufanda roja. Con un hilo de voz digo:

Tenemos que hacer algo. No pueden seguir manipulándonos como quieran.

Él sonríe, abre los brazos y me dice:

Bienvenida a la Sociedad Secreta de la Oposición… Úrsula.

Úrsula. Ese es mi verdadero nombre. Ahora lo sé. Siempre lo ha sido, pero con el paso de los años, lograron que me olvidara de mí misma. Sin embargo, esto nunca más sucederá. Nunca más.

El hombre vuelve a tomar la palabra:

Por cierto, creo que no me he presentado. Soy El Escorpión.

Me quedo completamente boquiabierta. No puedo pronunciar palabra alguna por algunos segundos hasta que logro decir inocentemente:

Mucho gusto, pero… ¿Y el parche?

El Escorpión echa una sonora risotada y responde:

Digamos que hace algunos años el presidente necesitaba un villano de cuento que asustara a los ciudadanos para que éstos no escaparan de la ciudad. Yo era un prófugo que se había quitado el implante y había ido reuniendo a otros disidentes escondidos bajo la Sociedad Secreta de la Oposición, así que el presidente tuvo la idea de crear todo un mito aterrador alrededor de mi nombre para formar una leyenda heroica alrededor del suyo y amarrar a las personas a permanecer en Sigma—17. Fue una buena estrategia y con la ayuda de los implantes se llevó a cabo a la perfección. Sin embargo, lo mejor definitivamente fue el ridículo detalle del parche en el ojo.

¿Entonces nunca existió la revolución de la que tanto se habla? –pregunté curiosa.

Por supuesto que no.

Se quedó en silencio y después de unos segundos, mientras estallaba en risas, exclamó:

¡Un parche en el ojo!

La oficina del presidente me deja perpleja por un momento. Ni siquiera cuando estaba bajo la influencia de mi implante llegué a ver un lugar tan exquisitamente decorado y amueblado. Al parecer, la utopía feliz que viven los ciudadanos a través del engaño, es tan sólo una copia barata de la vida elegante y lujosa del presidente y las demás personas de su corte personal que se benefician de su poder. Aquellos que creen que por no tener un implante craneal no están bajo la influencia del sistema. ¡Qué ilusos!

Han pasado siete meses desde que me uní a la Sociedad Secreta de la Oposición. En ese tiempo he conocido a otros miembros, con los que he trabajado para diseñar el plan de la misión de hoy.

Infiltrarnos en la oficina fue mucho más fácil de lo que esperaba. El presidente y su corte están tan distraídos con su vida lujosa que han ignorado la posibilidad de que la Oposición fundada por el Escorpión siga viva.

Elías es el primero en actuar. Está analizando cada una de las siete computadoras para determinar cuál es la indicada.

Es ésta – dice con emoción.

A mi lado el Escorpión da un paso hacia adelante. En su mano derecha trae un martillo. El mismo martillo con el que destruyó mi implante, aquel día en el que abrí los ojos a la realidad. Elías escribe unas cuantas palabras en la interfaz de la computadora. Me asomo a la pantalla y leo:

<<Inicio de secuencia de transferencia de datos a implantes craneales cibernéticos.

Todos los implantes craneales deben ser destruidos inmediatamente.

Fin de secuencia de transferencia de datos a implantes craneales cibernéticos. >>

Acto seguido, el Escorpión toma el martillo y destruye aquella computadora para siempre. Sonriendo, se da la vuelta y se dirige hacia la salida diciendo:

Listo. Ellos se encargarán de hacer el resto. Todo va a salir bien. Todo sale bien al final.

Fin

Muchas gracias a Alberto por compartir esta historia con nosotros, y si ustedes también disfrutaron leyendo esta historia, no olviden que está participando en el Desafío del Nexus de Abril 2014 así que no dejen de votar compartiendo el relato con sus amigos a través del botón de facebook.

 

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