Desde los Teques en el estado Miranda, Venezuela, nuestro amigo Ermanno Fiorucci, ni tonto ni perezoso, nos envía su nueva historia para el Desafío del Nexus de Mayo, estoy seguro que todos la van a disfrutar:

Desert

Una tierra mas allá del bosque

Autor: Ermanno Fiorucci

Su aparición y la historia de su aventura levantaron un gran revuelo en Río Seco. Habían sobrevivido al infierno, y habían vencido al desierto. Esta hazaña milagrosa los colocaba por encima de los mortales comunes. Pero había un precio… y debía pagarse…

El desierto se extendía por más de trescientos kilómetros. Era un mar muerto sobre el cual flotaban cactus grotescos con espinas puntiagudas como espadas, un reino de buitres, escorpiones y grandes serpientes de color oscuro. Una tumba árida cubierta por los huesos del Tiempo.

El sol de la tarde ardía con violenta intensidad en el cielo color cobalto, y el calor se expandía en oleadas casi tangibles sobre la árida extensión, distorsionando los multiformes salientes de granito, de roca calcárea y de esquisto diluyendo, de manera surrealista, las puntiagudas cimas de las Colinas Púrpuras, que destacaban en el horizonte oriental.

Nada se movía. Era como si en aquel lugar había una ausencia total de vida. Las criaturas del desierto habían huido buscando la sombra, para resguardarse del inclemente sol del día. Solo los escasos buitres y cuervos, que volaban perezosamente en el aire denso y pesado, daban fe, de que la vida siempre se resistía y luchaba estoicamente para decir, tímidamente, presente, también en un lugar como ese. En efecto, repentinamente, en la lejanía aparecieron dos pequeñas figuras… extrañas, incongruentes en aquel paisaje ya que, por momentos, se diluían mimetizándose con el horizonte… Se movían lentamente, destacándose apenas de las sombras rojo-grises de las Colinas Púrpuras

Vlad pronosticó lúgubremente:

—Moriremos en este maldito desierto, Franco.

—¡Cállate. No debes decir eso!

—¡Es que no quiero morir así!

—No morirás… ni así, ni de otra manera…

—¡Es que es terrible morir de sed Franco!

—Te aseguro que hay peores maneras de morir.

—No… No conozco peores maneras.

—Yo sí… Es conveniente no pensar en eso… no ayuda y deprime…

—¿Cuánta agua nos queda?

—Un par de sorbos para cada uno.

—Dame lo que me toca Franco, tengo la garganta reseca.

—Muy bien, si así lo quieres…

Tomó la última cantimplora, destornilló la tapa, bebió dos tragos de agua para asegurarse. Luego se la entregó.

Vlad tomó la cantimplora apretándola suavemente. Se dejó caer de rodillas sobre la tierra roja y cálida del desierto, y bebió con contracciones espasmódicas de la garganta, tragando ruidosamente. Después de haber sorbido hasta la última gota, apretó la cantimplora contra su pecho y comenzó a mecerse adelante y atrás, adelante y atrás…simulando el inicio de una mística danza macabra.

Franco lo miró y en tono reposado lo animó:

—Vamos, compañero, levántate… tenemos todavía un largo camino que recorrer

—¿Para qué? Se acabó el agua… No hay más Franco… ni una gota. Moriremos de sed Franco.

—¡Cállate de una vez… Ya te estás poniendo lloricón y fastidioso!

Vlad lo miró con expresión de animal herido.

—¿Tú crees que lo lograría?

—¿Quién, chico?

—Julio.

—¿Por qué estas pensando en Julio… ¡por Dios!

—Es que creo que no se surtió con suficiente gasolina.

—Estoy seguro que tomó la necesaria.

Vlad comenzó a lloriquear.

—Quisiera saber por qué lo ha hecho

—¿Por qué carajo crees que lo hizo?

—No lo sé. Es que los yacimientos que hemos encontrado son fabulosos…muy ricos. Había ganancia suficiente para todos.

—Bueno, parece que le pegó la fiebre y… quiso todo.

—Pero era nuestro amigo… No hubiese debido hacerlo… no debía…

—Olvídalo. Primero es lo primero… tratemos de salir de este lío en el cual estamos metidos en este momento… después nos haremos cargo de él, con calma y sin apuros…

Vlad comenzó a reír de manera histérica:

—Esto sí es gracioso… jejeje… sí que es muy gracioso…jejeje

—¿Y ahora qué es lo que te picó?

Tratemos de salir de este lío, has dicho. Has dicho tratemos… jejeje es absolutamente gracioso, es…

Franco le propinó una sólida bofetada y su compañero enmudeció.

—Date cuenta que te estoy arrastrando como una maldita y pesada piedra desde hace tres días —casi gritó —. Ya me está provocando dejarte aquí y seguir solo… a ver si por fin se te asoma el hombre por algún lado…

—No Franco… por favor…no lo hagas… por fa…

—¡Entonces levántate, maricón, y deja la quejadera!

—No puedo. Es que no puedo… moverme.

Franco se inclinó, agarró a su compañero por las axilas y lo levantó. Juntos reanudaron la marcha. Vlad lo siguió a trompicones El suelo rojo quemaba bajo sus pies. Aridez y calor…. El tiempo transcurrió, pero en el estado en que se encontraban, el tiempo no tenía significado alguno.

—¡Oye Franco!

—¿Qué te pasa ahora?

—¿No podríamos descansar un rato?

Franco hizo visera con la mano y miró hacia arriba. El Sol estaba bajando. Resplandecía en medio de franjas de nubes color sangre y parecía el ojo de un loco.

—Entre una hora, más o menos, — sentenció —, antes, ni pensarlo.

Para aliviar la presión de la mochila sobre la columna vertebral, Franco desplazó el peso, no muy grande pero molesto, del saco que contenía las provisiones secas. Vlad lo miró con una enorme gana de llorar, pero ya no le quedaban lágrimas. Siguió caminando dando bandazos cual borracho detrás de su amigo.

Habían recorrido unos quinientos metros cuando Franco se paró.

—Parece que hay algo allí adelante — dijo.

.—¿Qué será?

—No lo sé, está muy lejos todavía.

Se dirigieron en esa dirección tratando de forzar la mirada.

—¡Santo Cristo, es nuestro jeep! —Gritó Vlad

Franco aceleró el paso y luego comenzó a correr, tropezando, cayendo, volviéndose a levantar para reiniciar la carrera. El jeep estaba volcado. Tres cauchos habían explotado, el parabrisas estaba roto y la carrocería abollada y rayada.

Se acercó, inspeccionó. Luego paseó la mirada por los alrededores. De Julio ni la huella y tampoco de las cuatro cantimploras que se había llevado del campamento de las Colinas Púrpuras.

Dando tumbos, con los ojos brillantes por la esperanza, Vlad llegó hasta el jeep.

—¿Y Julio?…— preguntó.

—Desaparecido.

—¿Y las cantimploras?

—También desaparecidas.

—¿Qué… qué crees que sucedió?

—No tengo idea…Quizás le explotó un caucho y perdió el control del carro y volcó.

—¿Hay posibilidad de reparar el daño

—Lo dudo

—¿Por qué?

—El radiador reventó, los cauchos han explotado y el motor está fundido.

—¿El radiador?… ¡Franco el radiador!…

—Ya lo revisé. No queda ni una gota de agua.

—¡Santo Cristo!— exclamó Vlad y se dejó caer de rodillas, apretó sus brazos alrededor del cuerpo y comenzó a mecerse nuevamente, como acunando su desesperación.

—¡Levántate, maricón!— le ordenó Franco

—Es inútil… es inútil moriremos.

—¡Levántate cobarde de mierda! Julio no debe estar muy lejos, tiene las cantimploras… y si nos movemos ya, quizás lograremos encontrarlo.

—¿Cómo? Puede estar en cualquier parte.

—Es evidente que no murió en el accidente…Podría estar herido. De ser ese el caso, se verá obligado a caminar despacio y podríamos alcanzarlo.

—¿Se te olvidó que nos lleva tres días de ventaja? Este accidente seguro ocurrió el primer día.

Franco no contestó. Le dio la espalda al carro y comenzó a caminar siguiendo el cauce de algo que alguna vez fue un torrente, que ahora estaba seco, en dirección oeste. Su compañero se desmoronó lloriqueando, mirando fijamente la espalda de la figura que se alejaba hasta casi perderla de vista. Finalmente se levantó muy despacio y comenzó a arrastrarse tras él penosamente.

Franco encontró la primera cantimplora al atardecer. La última tajada de sol ardiente había desaparecido del cielo estriado de rojo. Dentro de unos minutos el escarlata se trasformaría en violeta y lentamente subiría la pálida esfera de la Luna. En ese momento, el paisaje, que de día se presentaba cruel e implacable, asumiría las características de una apacible pintura limpia y serena.

Habían seguido la huella que comenzaba a un centenar de metros del jeep. Allí, unos arbustos estaban rotos. Otros detalles sugerían que Julio estaba herido, y que avanzaba prácticamente arrastrándose. La huella cruzaba abruptamente hacia el sur y luego continuaba hacia el oeste, en dirección al pueblo de Río Seco, de donde habían salido, hacia ya un mes, para su expedición minera.

La cantimplora descansaba a la sombra de un arbusto. Vacía. Franco la recogió y giró para ver si Vlad lo seguía. Lo vio. Avanzaba bamboleándose como un zombi.

Si Julio había bebido toda esa agua en un recorrido tan corto, era evidente que estaba gravemente herido.

Franco siguió las huellas siempre más evidentes. Ahora estaba excitado. Diez minutos más tarde encontró la segunda cantimplora, vacía, y su deseo de apurar el paso se acrecentó. Hizo acopio de las escasas fuerzas que le quedaban y comenzó a correr.

Ciento cincuenta metros más adelante encontró la tercera cantimplora, y luego…vio al zamuro. La ságoma negra del animal estaba planeando lentamente hacia la sombra de un arco natural escarbado en la roca. Apuró el paso, agitando los brazos y lanzando gritos roncos que apenas emergían de su garganta reseca. El ave carroñera batió con fuerza sus alas y se elevó de nuevo. Se quedó dando vuelta allá arriba, mirando con rabia al intruso arrodillarse al lado de la figura inmóvil tendida en el suelo.

Julio estaba vivo todavía, más su cara hablaba de agonía. Las pulsaciones eran débiles e irregulares. Estaba muriendo. La pierna derecha doblada de manera no natural y la cara golpeada y rasguñada… A pesar de estar herido gravemente, había sido capaz de desplazarse por casi dos kilómetros.

Franco le quitó la cuarta cantimplora y se la llevó a la boca. ¡Vacía! Ni una gota de agua. Sacudió a Julio con violencia. Pero Julio ya estaba en coma. Franco le quito de sus espaldas la mochila. Todas las muestras de los valiosos minerales hallados estaban allí.

Se levantó y lo estuvo mirando un largo rato. Luego sintió que Vlad se acercaba, pero no lo miró. Siguió observando a Julio con los párpados casi cerrados.

—¡Franco!… ¡Franco!

—Estoy aquí.

—¿Encontraste a Julio?

—Sí, lo encontré.

—¿Está muerto?

—¡Todavía no… pero lo estará muy pronto

—¿Y el agua?… ¿Encontraste agua?… ¿Queda…?

—Nada. ¡Ni una sola gota!

—¡Por Dios Franco… no puede ser… no debe ser…no!

—¡Cállate coño y déjame pensar!

—Ahora sí se acabó… ya no queda ninguna esperanza de…

—¡Maldita sea! ¿Quieres dejar de chillar como una loca por un momento?

—Terminaremos como Julio… Vamos a morir compañero… nosotros…

Franco le estampó, de nuevo, una bofetada en la cara

—Nosotros lo vamos a lograr Vlad… lograremos llegar al pueblo…ya verás…

—No, no, no…es inútil…

—¡Lo lograremos!— y esta vez en su voz había seguridad.

Salieron del desierto tres días después, quemados, rasguñados, cubiertos de la cabeza a los pies de polvo rojo. Parecían figuras humanas modeladas en arcilla.

Su aparición y la historia de su aventura levantaron un gran revuelo en Río Seco, mucho más que las valiosas muestras de mineral que Franco llevaba en la mochila. Se les atendió debidamente, primero en el hospital del pueblo y luego en una hermosa casa de campo, puesta su disposición por las autoridades del pueblo para su recuperación, en las afueras. Ya eran célebres y también muy ricos. Habían sobrevivido al infierno, y habían vencido al desierto. Esta hazaña milagrosa los colocaba por encima de los mortales comunes.

En dos semanas las heridas cicatrizaron lo suficiente para permitirles cierta movilidad. Franco de inmediato organizó los trabajos de excavación en las Colinas Púrpuras a nombre de la Compañía, que ellos habían registrado como Corporación Minera Colinas Púrpuras SA.

Vlad, sin embargo, desde el día en el cual habían salido del desierto, estaba siempre callado, encerrado en sí mismo, abúlico, curiosamente desinteresado por su popularidad y riqueza, prefería quedarse en la casa de campo.

En un primer momento los médicos asomaron la posibilidad de internarlo en un manicomio. Sus ojos brillaban de manera extraña, y de vez en cuanto de su garganta salían sonidos raros, inhumanos…. Pero pareció recuperarse bastante bien, y Franco estaba convencido que, a pesar de lo dramático de su aventura, la cual lo había dejado bastante traumatizado, con el tiempo, se recobraría total y satisfactoriamente.

¡Cuando hay riqueza, el tiempo, resuelve todos los problemas!

Aquella noche Franco, al regresar, encontró a Vlad sentado en la cocina, en total oscuridad escuchando distraídamente la radio… Le contó los acontecimientos del día, pero este no mostró mucho interés, y cuando terminó de hablar, tampoco dijo nada. Después de un largo silencio Franco fue al bar tomó una botella de ron y se sirvió un generoso trago.

—Estuve pensando, Franco—dijo Vlad a sus espaldas.

—¿Si? ¿En qué?

—En Julio.

Franco tomó una diminuta botella de amargo angostura, versó tres gotas en su vaso con ron y luego bebió un largo sorbo.

—Yo creo que es bueno y conveniente para ti olvidarlo. No pienses más en él.

—El problema es que no puedo pensar en otra cosa. ¿Qué diría la gente si contáramos toda la historia? —tenía los ojos muy brillantes.

La cara de Franco se ensombreció

—¡No digas estupideces!

Vlad sonrió.

—Teníamos sed ¿verdad? Una sed terrible y desesperante.

—Exacto. Teníamos una gran sed. E hicimos lo que debíamos hacer para sobrevivir… Instinto de conservación… ¿Entiendes eso verdad?

—¡Por supuesto Franco, hicimos lo que era necesario hacer!

Se levantó y alzó una servilleta que descansaba sobre la mesa. Debajo estaba un largo y afilado cuchillo. Vlad lo empuñó con la hoja dirigida hacia Franco. Su frente estaba cubierta de sudor. Y los ojos brillaban con un fulgor centelleante.

Franco al mirarlo tuvo miedo. Trató de huir, pero Vlad le dio un fuerte empujón que lo hizo caer. Luego lo cabalgó y levantó el cuchillo.

—¿Sabes qué somos Franco? ¿Sabes realmente qué somos?… ¿Sabes qué recordé esa tarde, cuando le cortamos la garganta a Julio y transvasamos la sangre en las cuatro cantimploras?

Franco comprendió y comenzó a gritar.

—Yo todavía tengo sed…y no puedo borrar de mi mente una tierra más allá del bosque.

En la radio podía oírse la hermosa y vieja tonada Canción de amor para un vampiro, mientras el afilado cuchillo bajaba implacable hacia la yugular de Franco.

FIN

Excelente historia Ermanno, que interesante manera de abordar el tema, muchas gracias por compartir esta historia con los lectores de La Cueva del Lobo.

No olvidemos que Ermanno está participando con esta historia en el Desafío del Nexus de Mayo, así que si les gustó, pulsen el botón “Me Gusta” de facebook.

Quiero recordarles también que nuestro amigo Ermanno ya ha escrito varias historias para nuestro blog, y pueden disfrutarlas consultando la etiqueta: “Ermanno Fiorucci”.

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