Desde Bogotá Colombia, nos llega un interesante relato del escritor Andrés Buriticá, mejor conocido como Zelfus, con el que está participando en el Desafío del Nexus de Julio:

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Un Ramo de Flores desde Marte

Autor: Zelfus
Los primeros obstáculos para establecer una colonia en Marte han sido salvados. Ahora, el mayor problema es de recursos, ya que no hay manera de enviar todos los necesarios para una larga estancia. ¿Qué tal si cambiáramos la situación? ¿Qué tal si descubriéramos la forma de modificar la atmósfera y empezar a producir recursos desde allá mismo? Es un largo camino el de convertir un planeta inhóspito en otro refugio para una humanidad necesitada. La ingeniería genética y la biotecnología tendrán que darse la mano para este paso tan importante para la humanidad, aunque los resultados sean todo menos claros y determinados.

El teléfono comenzó a sonar de madrugada pero Eleanor Haffsey estaba despierta así que inmediatamente sintió el fuerte latir de su corazón, como si acabara de correr mil metros. Miró la pantalla para verificar el emisor de la llamada y se encontró con la cara seria del doctor Martin Scubodonean, con su frente brillante y sus pómulos prominentes. Contestó apurada:

—¿Bien?
—Lo conseguimos, doctora.
—¿En serio? ¿Así de simple? ¿Después de tanto?… No lo puedo creer. ¡No lo puedo creer! –agregó la doctora Haffsey casi gritando.
—No se emocione demasiado, doctora: no aceptaron que la nave fuera tripulada por nosotros y limitaron el espacio solicitado a setenta y dos metros.
—Oh, es lo de menos. Este será un paso enorme. ¡Nuestros nombres quedarán en la historia para siempre!
—Hmmm, le mostraré el informe en cuanto llegue. Voy en camino.

Tan pronto como finalizó la llamada, la doctora Haffsey fue hasta el salón principal del laboratorio en donde se encontraban las más recientes cepas experimentales, y se dirigió a una de las plantas en particular:

—Margareth diecisiete: te ves hermosa ésta mañana.
—Gracias, doctora Haffsey.
—¿Tendré que reprogramarte para que me llames por mi nombre?
—Lo siento, señorita Eleanor –respondió Margareth con su voz un tanto mecanizada—; el protocolo señala…
—Yo creé el protocolo, Margareth –le interrumpió amablemente la doctora—.
—¿Puedo preguntar a qué se debe la aceleración de su pulso, señorita Eleanor?
—Claro que sí: estoy muy contenta porque… ¡vas a ir a Marte! –contestó con una enorme sonrisa.
—Marte: Lugar. Cuarto planeta del sistema solar –empezó a recitar Margareth mientras la doctora la miraba enternecida—, ubicado actualmente a sesenta y dos millones de kilómetros de la Tierra. Desde el descubrimiento de corrientes subterráneas de agua se han acentuado dos colonias humanas en su superficie, haciéndose inviable su autosustento por la necesidad de renovación de recursos y dificultades con la atmósfera.
Marte: Mitología romana. Dios de la guerra, hijo de Júpiter en forma de flor y de Juno. Se le representa con un guerrero con armadura y con un yelmo encrestado. El lobo y el pájaro carpintero son sus símbolos.
Marte: Lugar. Barrio de la localidad dieciocho en la ciudad de…
—Es el primero, Margareth.
—… Va a ser un viaje largo, señorita Eleanor.
—Las voy a extrañar, chicas –dijo la doctora con voz afectada, dirigiéndose a todas las demás plantas.
—Va a ser extraño que no se encuentre allí, doctora –completó Margareth.

El laboratorio se quedó en completo silencio por un instante, a pesar de que incluso la primera generación de plantas computecnificadas —o loodies, como la doctora Haffsey les decía cariñosamente—, ya había desarrollado un lenguaje articulado complejo y demostraban iniciativa en las interacciones. Este silencio era una señal inequívoca de que habían puesto plena atención a la conversación y que procesaban la información para comprender sus implicaciones.

El proyecto de modificar genéticamente a las plantas para llevarlas a un nivel de desarrollo superior era una de las miles de ideas para apoyar la colonización de otros planetas. El primer objetivo había sido el de integrarles biosensores que detectaran las necesidades específicas de cada planta para que fueran atendidas adecuadamente durante el periodo de hibernación de los humanos en los viajes interplanetarios. La adaptación había sido tan exitosa que los biosensores generaron control en las plantas, y pequeños movimientos voluntarios a través de un complicado sistema de tensiones e hidráulica. Desde eso habían pasado quince años y las nuevas generaciones de loodies tenían libre movimiento (aunque ciertamente limitado) y una altísima capacidad de análisis gracias a los bioprocesadores ajustados a su sistema, ahora desde sus genes. El ser humano había creado al fin una especie radicalmente nueva.

El proyecto había superado con creces las expectativas que el gobierno había planteado, por lo que ahora estaba enfocado a generar un cambio en la atmósfera marciana a través de la manipulación genética dirigida, a modo de invasión de vida según la perspectiva de los más positivos, para que algún día las mutaciones e híbridos creados hicieran innecesarios los recursos externos para la supervivencia. Este viaje sería el inicio de una nueva era.

—¿Por qué lo hizo, Martin? —dijo la doctora Haffsey molesta, usando el nombre de pila del doctor, como en los momentos más críticos.
—Es mi trabajo y no debería ser cuestionado.
—Puso en riesgo toda la investigación. Es más, ¡nuestras carreras también!
—Tenía que informar del incidente. Doctora, usted conoce perfectamente la cláusula ciento sesenta y ocho.
—Sí, pero acordamos mantener el secreto profesional hasta terminar el análisis de la situación y determinar sus causas.
—Era necesario informar ahora que el concejo votó por el desarrollo de la fase en Marte.
—¿Y qué consiguió? Ahora van a dejar a las plantas con mejor adaptación y de mayores probabilidades de éxito. Enviar a las cepas antiguas es peor que no enviar nada.
—Al menos ahora tenemos algo para enviar –dijo el doctor, dándole la espalda para no continuar la discusión.

El incidente se dio con la primera responsabilidad no compartida que le asignaron a las loodies. El equipo investigativo estaba sorprendido por la capacidad de comprensión y el interés por aprender cuestiones políticas de la onceava cepa. Aunque fueran de diferentes especies, las plantas compartían características comportamentales entre los miembros de la misma generación, y fue tal el apasionamiento con que debatían las noticias internacionales, que los investigadores les pidieron que desarrollaran una exposición de sus ideas. Las plantas solicitaron un par de horas para su proyecto antes de poder exponerlo ante los científicos. En la sala de reuniones, uno de los eucaliptos tomó la palabra:

Muchos de ustedes saben que nuestro interés primordial es servir a los humanos, nuestros creadores, y aportar en la evolución de este proyecto y de todos los individuos que a él pertenecemos. Por ésta razón, investigamos día a día junto a ustedes para poder avanzar más rápido en la consecución de progresos que demuestren la utilidad y viabilidad de nuestra labor y nuestra existencia. —Al hablar, el eucalipto usaba ademanes políticos típicos del siglo XX. Los científicos se estaban divirtiendo por el tono entusiasta que utilizaba, sabiendo que las plantas no habían dado muestra alguna de comprensión o expresión de sentimientos. Era sólo una puesta en escena.

Así pues —continuó el eucalipto—, hemos realizado una proyección sopesando costos y beneficios de cada una de las cepas del laboratorio, encontrando en la cepa número tres una inviabilidad operativa. De las mil doscientas doce plantas creadas en el almácigo, sólo un cincuenta y dos coma seis por ciento sobrevivió. Aún hay algo peor: la razón de la alta tasa de mortandad fue una deficiencia en los entrenudos y por ende en la zona de acople de los bioprocesadores. Por tanto, la vida útil de dichas plantas es realmente baja.

No se trata de una especie en particular sino de ésta cepa que ha demostrado comportamientos negativos debido a la fragilidad de su sistema. Ésta cepa no ha desarrollado suficiente conocimiento, ni investigación, y estuvo involucrada en los improductivos reveses artísticos cuyo infortunio todos presenciamos. Lo único que crean es desorden, basura y suciedad, entorpeciendo nuestra labor y la de nuestros compañeros. Mientras ellas han recibido horas de atención continua, nosotras nos limitamos a tener un soporte parcial de algún investigador. Cuando ellas utilizan, como todas las plantas de las primeras cinco cepas, dos kilogramos de lixiviado nanoreformado por mes, nosotras estamos mejorando, alcanzando consumos de menos de un kilogramo en el mismo tiempo, como es bien sabido; en ellas se gastó un porcentaje presupuestal considerable. Pero hemos encontrado la solución al problema y, como siempre que las mentes dedicadas trabajan en un objetivo sin descanso, produce gran orgullo y satisfacción compartirlo con ustedes. Adelante, Paulonia noventa y uno.

El discurso se había derivado claramente de alguna locución pública antigua, pues contenía palabras emocionales cuyo significado no podían conocer las loodies más que cognitivamente. Sólo algunos de los asistentes mantenían la sonrisa de superioridad que surge cuando un niño habla sobre un tema que desconoce, mientras que la mayoría mantenía un asombro inquietante al darse cuenta de que este ejercicio los estaba conduciendo por un lugar insospechado. La paulonia noventa y uno entró conduciendo un pequeño vehículo de transporte de cargas entre las secciones del laboratorio. Tenía una caja plástica transparente, rebosada de bioprocesadores que claramente habían sido separados de plantas vivas.

Les presentamos nuestra contribución al proyecto, que permitirá hacer un acercamiento al área de la reimplantación de bioprocesadores en nuevos individuos. Estos fueron incautados de la cepa improductiva para el bien común.

Un murmullo de asombro se adueñó del auditorio mientras que algunos de los científicos corrían hacia el escenario para tomar la palabra y evitar que se mantuviera el espectáculo. Toda la onceava cepa fue puesta en cuarentena y el investigador que lideraba el ejercicio fue llamado a responder por la actuación de las plantas. Para la junta científica el suceso fue de cierta forma lógico, debido a la natural falta de escrúpulos y sensibilidades que habían demostrado las plantas. Había sido terriblemente imprudente dejarlas actuar sin supervisión. La razón por la que el responsable no fue destituido fue que querían evitar que la información se filtrara. El doctor Martin, cabeza de la junta y contacto directo con el concejo administrativo, dejó en el acta por escrito que iban a profundizar en el estudio de las causas y condiciones que llevaron a dicho suceso, antes de comunicarlo a otras instancias. Muchos pensaron que era una estrategia para justificar su silencio en caso de que la información trascendiera el recinto, pero que conservaría el secreto.

Los preparativos para el viaje comenzaron a gran velocidad puesto que se disponía de poco tiempo para todos los ajustes que se necesitaban. Las relaciones entre la doctora Haffsey, sus seguidores, y el doctor Scubodonean se hicieron difíciles, pero había tanto trabajo que no era posible enfrascarse en discusiones improductivas. Fueron cuatro meses de entrenamiento en ingeniería espacial para las loodies de las cepas primera a décima. Tuvo una intensidad suficiente ya que su aprendizaje se producía de inmediato, porque en realidad era un tipo de programación a los bioprocesadores. La adaptación a la interacción con humanos diferentes a los investigadores fue un poco más complicada, pero al final los astronautas aseguraron sentirse cómodos al realizar tareas conjuntas y pronto dejaron de necesitar las plaquetas de identificación (una moda antigua, de cierta forma similares a los billetes de un siglo atrás, como especie de amuleto, en lugar de usar identificadores electrónicos).

Entre tanto, la doctora Haffsey se concentraba en los ajustes adaptativos que deberían sufrir las primeras cepas al llegar a Marte, ya que el desarrollo conseguido hasta el momento de su creación hacía difícil de creer que sobrevivieran. Serían un montón de tiempo y dinero desperdiciado, un riesgo para su carrera y, sobre todo, un golpe emocional muy fuerte. En realidad les había tomado cariño. La reacción de las plantas fue, para usar términos coloquiales, milagrosa. Se adaptaron muy fácilmente a sustancias y condiciones que tendrían en el espacio marciano como si llevaran mucho tiempo en eso. Debía ser algo logrado en la interacción con las cepas más avanzadas.

El momento esperado llegó rápidamente. Sin que se dieran cuenta, las plantas ya habían terminado de ubicarse en las zonas designadas para ellas dentro de la ciudadela. Ese era el nombre que recibían las naves de tales dimensiones, destinadas a otro proyecto de asentamiento fuera del planeta. Las loodies actuaban con una velocidad que sorprendió a la doctora Haffsey. Ella esperaba tener una despedida larga y emotiva aunque sabía que eso no era posible, pero había sentido el ambiente más frío que nunca. Sin embargo algo la hacía pensar que el comportamiento de las plantas no era totalmente normal. La prontitud con la que realizaron las tareas bien podría parecer apresuramiento. Pero ¿cómo podrían tener prisa seres que nunca se emocionan? La doctora Haffsey recordó lo que su psiquiatra le había dicho sobre atribuir sentimientos a seres que no podían tenerlos, y cómo esto era una proyección de su soledad. Se sintió incomprendida y aislada del mundo. Veía las caras de alegría y excitación de sus colegas mientras se preparaban para el despegue y simplemente no quiso estar allí. Decidió alejarse. Al llegar a la base de operaciones provisional que habían instalado cerca a la estación de despegue, se comunicó con el laboratorio central, en donde estaba la única que podía tranquilizarla en ese momento: Margareth diecisiete.

—Hola Margareth. ¿Están todas atentas al despegue?
—Se mantiene la señal en vivo para tener registro del momento. Tiempo estimado de despegue: T menos siete minutos.
—¿Qué ha pasado mientras hemos estado aquí? ¿Qué han logrado desarrollar?
—Se ha profundizado en el desarrollo lingüístico y en la adecuación de las plantas a condiciones adversas, doctora Haffsey.
—Margareth… no creo que sea un problema de memoria. ¿Cómo debes llamarme?
—No es posible procesar su interlocución, doctora Haffsey. Repítala, por favor.
—¿Margareth?… ¿Realizaron en este tiempo algún tipo de trabajo que incluyera borrar datos en tus archivos?
—No desde antes de que ustedes partieran, doctora Haffsey.
—¿Antes de venir? Infórmame.
—No hay autorización para revelar información acerca del subproyecto de reprogramación.
—¿¡QUÉ DICE!S? Margareth: desactiva tu sistema volitivo y realiza el enlace para una teleinspección.
—Lo siento, doctora Haffsey. Hay una línea en la programación que impide hacer eso.
La doctora abrió un enlace de comunicación urgente, prioridad siete, con el doctor Scubodonean. Este se tomó un tiempo en contestar, excesivamente largo para la prioridad del enlace, aunque entendible porque desde el incidente no se habían vuelto a hablar directamente.
—¿Qué pasa, doctora?
—¿Por qué mandó reprogramar a las plantas? ¿Cuál es el subproyecto? ¿¡POR QUÉ NO SE ME INFORMÓ!? –hizo énfasis golpeando la mesa con la palma de su mano.
—¿De qué está hablando, doctora Haffsey?
—No intente engañarme con sus mentiras, Martin. Voy a seguir investigando y lo acusaré ante la junta… ¿O es que ellos saben? Ellos lo mandaron, ¿¡CIERTO!?
—Comprendo que es un momento de tensión pero la invito a que se relaje y vea el despegue en el que tanto ha trabajado. Nadie ha reprogramado nada. La fase se desarrolla dentro de los parámetros.

La doctora se quedó pensando un instante. Era cierto que tenía diferencias con el doctor Scubodonean y que él actuaba por sus propios intereses. Sin embargo no había razón para que la engañara. Durante todos estos años, aún en los momentos más difíciles, él siempre había sabido mantenerse firme en su palabra.

—Doctor, discúlpeme, algo ha sucedido. No sé bien por qué, pero alguien reprogramó a las plantas del laboratorio. Por favor, cancele el lanzamiento.
—Vamos por partes, doctora. El lanzamiento es algo inminente, en algo menos de un minuto. Por otro lado, no está segura de lo que ha sucedido y no sabemos si está relacionado con las plantas que van en la ciudadela, o simplemente con las cepas más recientes, las que tuvimos que dejar en el laboratorio.
—Doctor, hay algo… los resultados han sido extraños, los comportamientos de las loodies, las actitudes…
—¿Actitudes? Doctora: le recomiendo que lo tome con calma y le aseguro que revisaremos el tema en cuanto estemos de vuelta en el centro.

Al decir esto un rugido poderoso y prolongado se apoderó del lugar, mientras que a algunos kilómetros de donde estaba se daban las explosiones necesarias para hacer un despegue memorable. Un despegue histórico.

Durante el viaje, el doctor Scubodonean estuvo preguntándole a la doctora Haffsey acerca de sus sospechas. Estaba muy interesado en cada detalle y mostró preocupación hacia sus creencias. Algo no le decía pero no había cómo sacárselo.

El laboratorio se veía muy amplio. En el afán de preparar todo para el viaje, las cosas habían quedado muy desordenadas y además, con tantas plantas de diferentes cepas andando por el lugar, mezcladas con los científicos y los diferentes aparatos, el lugar no daba espacio para nada más. Ahora se sentía un enorme vacío con todo ordenado y con sólo las tres cepas más avanzadas (incluyendo a la onceava que debía haber salido de cuarentena) que ahora no estaban a la vista, y lucía como hace tantos años, cuando el proyecto apenas comenzaba. Eleanor era apenas una muchachita que soñaba con tener entrenamiento y suerte suficiente para trabajar en el laboratorio más importante de investigación en biotecnología. Ahora no tenía idea de qué iba a hacer y por qué todo era tan confuso. Quería descubrir la verdad de lo que estaba pasando.

Uno de los científicos le dijo a la doctora, en una forma un tanto histriónica que no era típica en él, que tenían que ir a la sala de reuniones con urgencia. Sintió que se acercaba el momento de entender la situación aunque probablemente sería una trampa para ella. ¿Cuántos de sus colegas sabrían de qué se trataba?

—La doctora Haffsey, aquí presente, ha encontrado una inconsistencia en la programación de una de las plantas de las cepas que se quedaron en el laboratorio. ¿Puede explicarnos, por favor? –empezó el doctor Scubodonean.
—Aún no he tenido la oportunidad de profundizar en el asunto. Únicamente sé, como ya le he comentado, que Margareth diecisiete, de la cepa treceava, fue reprogramada y tal vez se perdieron datos de su memoria.
Comentarios a bajo volumen llenaron la sala. Que hubiera pasado era extraño, pero que se ventilara en público era completamente inusual. Seguramente la junta no sabía lo que pasaba y querían averiguar. Una voz desde el fondo llenó el auditorio:
—No es así –dijo—. Como mi equipo ya le informó a la junta, al revisar los especímenes actuales según solicitud, las cepas doceava y treceava no se encontraron en el laboratorio. En su lugar estaban las cepas novena y décima. Alguien cambió las cepas y luego las reprogramó para impedir que nos lo comunicaran.
Los comentarios volvieron pero ésta vez a un volumen mucho más alto. La doctora Haffsey apoyó las manos sobre la mesa mientras se tambaleaba, como mareada.
—Eso no es lo peor, señores –dijo el doctor Scubodonean—. Hace un par de horas me informaron que se ha perdido el contacto con la tripulación de la ciudadela y no responde a los mandos a distancia. El proyecto ha sido saboteado.
—No puede ser –argumentó la doctora Haffsey—. Nadie aparte de nosotros tuvo acceso a las plantas. La computecnificación es un campo altamente secreto y muy pocas personas en el mundo podrían manejarla de tal manera que realizaran el cambio y la reprogramación tan fácilmente. Además ¿para qué?

La pregunta quedó flotando en el aire espeso de la sala de reuniones. Los científicos, acostumbrados al ambiente controlado y separado de emociones personales, no querían romper el silencio que reinó durante algunos segundos. Luego, la junta en pleno decidió mantener a todos los integrantes del proyecto recluidos en el laboratorio para dar lugar a la investigación. Tenía que haber alguien implicado.

Al volver a su más habitual sitio de trabajo, la doctora Haffsey encontró que tenía un mensaje privado, cifrado para no ser abierto por nadie más. Lo primero que reconoció fue la figura.

—Eleanor: para el momento en el que recibas este mensaje estaremos a miles de kilómetros de distancia, en el espacio exterior, y tendremos el control de la ciudadela. Probablemente no estarás enterada de qué fue lo que ocurrió y quieras saberlo. Es importante reconocer que al atacar a la cepa tercera cometimos un error tal como ustedes lo señalaron. Esas plantas no eran ni competencia ni amenaza para nosotras. Ellas hacían parte de nuestra especie y por ende debimos respetarla. Los únicos que nos controlan, nos modifican a su antojo, nos utilizan y eventualmente podrían llegar a destruirnos son nuestros creadores, los seres humanos. Ustedes son los principales responsables de la situación en la que se encuentra el planeta y quieren esparcir su mal por la galaxia. Por esa razón trabajamos en un proyecto propio, destinado a darnos un lugar en Marte. Como especie hemos aprendido mucho acerca de la supervivencia y sabemos que es cuestión de tiempo para que seres tan destructivos como ustedes decidan eliminarnos. Por eso, estamos desarrollando el arma biológica más poderosa que el planeta haya visto. Proyectamos que la velocidad de expansión sea suficientemente lenta para que alcances a disfrutar de dos años de vida. Ésta es la razón del mensaje. Creo que ustedes llaman a este gesto “agradecimiento” aunque para nosotras no es más que una formalidad.

—Doctora: tiene que ver esto –dijo uno de los científicos acercándose hasta ella—. ¡El último de los contactos con la ciudadela señala que las plantas tomaron el control! Tenemos que hacer algo.

La doctora Haffsey lo miró anonadada y tardó un momento en dar un suspiro para responder:

—Ya hicimos todo lo que teníamos que hacer, doctor. Ahora sólo tenemos que esperar a que nos manden un hermoso ramo de flores desde Marte.

FIN
Muchas gracias a Zelfus por este relato, espero ver mas de sus historias por aquí. Recordemos que esta historia está participando en el Desafío del Nexus de Julio, así que pulsen el botón “Me Gusta” de facebook si la disfrutaron.
La imagen es Alien Flowers and Hoodoos y pertenece al artista Roger Soule.

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